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sábado, 22 de novembro de 2008

EL CAMBIO DE VIDA.

El Cambio de Vida


El cambio de vida, o proceso de individuación, es una posibilidad psíquica innata, pero su desarrollo representa tanto una bendición como una pesada tarea. Es una bendición porque la persona aprende a vivir más armoniosamente sobre la base de una mayor comprensión; pero es una pesada tarea porque ese enriquecimiento interno hay que ganarlo muy duramente. Según la Dra. Jacobi, “la consecuencia inicial es que el individuo se libera premeditada e inevitablemente de no ser más que un rostro entre la gente-masa, inconsciente de sí misma. Esto conlleva el aislamiento, pero también la fe en el propio camino. Se convierte en un solitario, es una individualidad que, consciente de su destino interior, emprende su camino de un modo positivo”.

No resulta sorprendente que la mayoría de las personas se atemorice ante las tensiones y las dificultades inevitables asociadas con este proceso y elijan, por lo tanto, la línea del menor esfuerzo limitándose a enfrentarse a sus necesidades biológicas y materiales. Muchos se dejan absorber por la búsqueda de la “felicidad” sin pensar que ella – considerada como sensaciones placenteras tan continuas e intensas como sea posible – no es la finalidad destinada al hombre al ser creado. El verdadero propósito de la vida es una tarea que continúa hasta el final: el desarrollo del ser humano del modo más completo posible. Esto produce algo de valor inestimable e imperecedero, es la paz interior, y con ella, la forma más alta de “felicidad”.

Quienes han prestado la atención debida a sus impulsos interiores, sienten con claridad en un momento dado que necesitan convertirse en ellos mismos. Hasta entonces se han preocupado de su profesión, su familia, la educación de sus hijos; en suma, de las necesidades de la vida cotidiana. Esta es una fase esencial del desarrollo humano, ante todo tenemos que saber actuar adecuadamente en el mundo externo. La profundización de la vida interior se produce después, en la segunda mitad de la vida. La edad en la que se inicia este anhelo de encontrarse consigo mismo es alrededor de los treinta y cinco a cuarenta años. Es la época en que las dificultades y fallas inherentes al modo de vida adoptado hasta entonces se dejan sentir, habiendo que superar barreras levantadas en años anteriores. También es la época en que problemas que han sido ignorados (consciente o inconscientemente) exigen alguna solución.

Estos problemas pueden estar tanto en la casa como en el trabajo. Pueden surgir dificultades en la familia porque los hijos ven poco al padre, que se halla bajo una constante presión de trabajo; continuar con la actividad laboral que se tiene puede traer muchos dolores de cabeza. Hay que hacer un intento para llegar a las fuentes psíquicas de las tensiones y sopesar circunstancias que hasta entonces se han subestimado, buscando alguna esperanza de comportarse mejor en el futuro. Resulta necesario eliminar todo lo que no pueda tener un buen uso en el entorno y todo lo que resulte decadente en la psiquis. En esta época, algunas personas pueden tener una crisis nerviosa. Sin embargo, para muchas otras es la oportunidad de ampliar su gama de actividades.

Se siente la necesidad de un cambio, de romper con lo viejo a fin de saborear lo nuevo y también de poner de relieve la propia individualidad. Jung describe así el proceso de crisis que conducirá a un cambio de vida: “Entre los treinta y cinco y los cuarenta años observamos los preparativos para un cambio significativo en la psiquis humana. Al principio, este cambio tiene lugar de un modo inconsciente y apenas perceptible. Incluso síntomas indirectos del cambio se hacen apenas presentes, porque él surge gradualmente del inconsciente humano. Hay a menudo una alteración gradual en el carácter de la persona; en otros casos se exhiben algunos rasgos que se habían perdido en la niñez.”

La persona empieza a formarse una posición más influyente en la sociedad. Pareciera como si al final “lograra entender las cosas”, como si estuviera siguiendo el curso adecuado por la vida con los principios e ideales correctos. El peligro introducido por estas ideas y convicciones personales es que, con gran frecuencia, quien las tiene las considera de aplicación general y, por lo tanto, puede introducirse no sólo una cierta rigidez de actitud hacia sí mismo y los demás, sino también una tendencia a considerar esas ideas como algo irrebatible en este mundo todavía en proceso de cambio. Una nueva consecuencia es que no se siente inclinado a prescindir de estos valores cuando cambia su psiquis. Por esto, en el período relativamente plácido que se produce entre los treinta y ocho y los cuarenta años es posible que sus valores, su actitud moral y sus opiniones se cristalicen de tal modo que interfieran en el camino del nuevo desarrollo, comportándose como un estorbo. Por desgracia, es muy probable que esta persona establezca un esquema de pensamientos y conducta casi inflexibles.

Puede darse que en este período el individuo se sienta mucho mejor y piense que aún la vida tiene mucho que ofrecerle. Algunos simplemente perciben las corrientes de la parte inconsciente de su psiquis, la que puede emerger en los sueños y desempeñar su parte en la preparación para el difícil aunque creativo y formativo período por el que pasa la persona. Una vez más, ella se enfrenta a la elección de ponerse de acuerdo con su desarrollo interior o retroceder hasta los valores que le fueron de utilidad en épocas más juveniles.

Aunque en las mujeres los síntomas de la menopausia aparecen por término medio alrededor de los cuarenta y siete años, los primeros signos de la crisis se presentan en la psiquis mucho antes, entre los cuarenta y los cuarenta y dos. Estos síntomas mentales no se limitan en absoluto al sexo femenino. Por el contrario, los hombres sufren también de cambios psíquicos entre los cuarenta y dos y los cuarenta y siete años, y en ambos sexos este período merece el nombre de “cambios de vida”. Hablaremos sobre todo de los cambios de vida psíquicos asociados con esta época de la vida, más que de los detalles fisiológicos de la menopausia.

No todo el mundo experimenta conscientemente estos cambios. Hablando en términos generales, podemos distinguir dos grupos, aunque evidentemente haya numerosos subgrupos intermedios. Los del primer grupo se adaptan gradualmente a otras perspectivas de vida y apenas son conscientes de los cambio interiores, experimentando simplemente este período como difícil. Las cosas no resultan tan bien como de costumbre, pero no se preguntan por la razón de ello. Los del segundo grupo son más conscientes de lo que les está sucediendo y – en términos generales – sufren por ello mucho más. Sin embargo, se hallan en posición de aprender mucho, especialmente en relación a sus deseos e impulsos interiores. Llegan, o pueden llegar, así a una perspectiva más consciente y armoniosa, lo que es uno de los objetivos del proceso de individuación inherente a la vida.

Es difícil predecir cómo va a reaccionar alguien ante los cambios interiores. En gran parte dependerá de la actitud consciente y del modo en que han sido asimiladas las experiencias previas; incluso de si ha habido o no capacidad o voluntad de asimilarlas. Cuando menos preparada esté una persona para este cambio, más se verá afectada por él, siempre que se produzca realmente y la persona no esté estancada en un estado infantil o adolescente. En este caso terminaría en una neurosis crónica.

Al final de la tercera década y comienzos de la cuarta, la vida suele recorrer líneas fijas en todos los aspectos. La familia está creciendo, la posición social está asentada, la persona se halla establecida en su trabajo o profesión y tiene su lugar en el mundo. En suma, la fase de alcanzar las metas externas casi se ha completado. En esta época, la gente se pregunta porqué sigue haciendo las cosas que hace, a que propósito sirve su vida, etc. Gradualmente, va sintiendo que en la vida tiene que haber algo más que la simple satisfacción de las necesidades básicas. Con el crecimiento de la incertidumbre interior llega la comprensión de que se ha experimentado muy poco en la vida y de que es mucho lo que uno se ha perdido.

Especialmente en los hombres, se produce una notable reducción en los deseos sexuales hacia los cuarenta y dos años, fenómeno estrechamente vinculado con el proceso biológico y psicológico del ser humano. Los sentimientos de devaluación y ansiedad que esta reducción de la potencia o del deseo sexual pueden despertar, son a menudos el origen de todo género de compensaciones en esta época de la vida. Serán intentos espasmódicos de demostrar que uno sigue perteneciendo a la generación más joven, que se sigue siendo alguien con quién se puede contar, etc. No en vano se da a este período el nombre de “segunda juventud”.

Por los sentimientos de incertidumbre, con las sobrecompensaciones resultantes y la inclinación a prestar atención a esa voz interior que habla de desarrollo continuo, una persona puede abandonar su rumbo durante un tiempo y vagar a la deriva en un océano de sentimientos difusos y ansiedades. Los cuestionamientos, cada vez más importantes, concernientes al significado de la vida y al propósito de las propias actividades, contribuyen considerablemente a este estado de cosas. Las consecuencias usuales son las perturbaciones psíquicas y psicosomáticas, todo tipo de enfermedades, divorcios, cambios de ocupación, cambios de casa y de ciudad, pérdidas financieras, etc.

Estos son sólo algunos de los numerosos acontecimientos que se producen más o menos repentinamente en esta época de la vida. Si se han experimentado pocas dificultades en la crisis de la pubertad, hay buenas posibilidades de que a los cuarenta y dos años la persona pierda totalmente el equilibrio. Es decir, cuando el ego está poco desarrollado tendrá la sensación de que sus actividades se hallan sometidas a impulsos arbitrarios e incontrolables, a pesar de ser bien consciente de toda la situación. Por el contrario, si el ego está firmemente anclado en la psiquis, la persona descubre en este período que todos los factores reprimidos del inconsciente personal se combinan para formar una única y significativa contraparte a la psiquis consciente desequilibrada. Esto puede producir perturbaciones psíquicas que en algunos casos serán muy graves. En esta fase de la vida se paga el precio de haber elegido una identidad negativa o de haberla elegido en una época muy temprana de la adolescencia.

Los síntomas de la crisis pueden mostrarse durante varios de los años siguientes. Los arquetipos del padre y de la madre empiezan a desempeñar un nuevo papel internamente. Lo ideal es que en esta época de la vida ya no se unan a los padres reales. Sin embargo, no es así, Jung ha encontrado una y otra vez a personas que se identifican mucho más con la juventud que se les escapa cuando sus padres están vivos que cuando están muertos. Cuando los padres viven aún, hay mayor probabilidad de que se reproduzcan en una etapa tardía de la vida los procesos psíquicos retrasados. “He observado principalmente esta situación en los casos en que el padre sobrevivió durante mucho tiempo. Después de la muerte del padre, se produjo una transición precipitada y casi catastrófica hacia la madurez”, escribe Jung.

Los arquetipos del padre y de la madre, que contienen en esencia la dualidad de la vida en la propia psiquis, han exigido una transformación gradual en los años anteriores. Sin embargo, esta transformación sólo puede producirse cuando uno sabe cómo encontrar un objetivo equilibrado en la segunda mitad de la vida: problema que parece resumir la crisis. Los cambios psíquicos que han estado produciéndose interiormente surgen ahora a la consciencia con trastornos nerviosos asociados, inclinaciones destructivas, reducción de la actividad y sensación de que “nada sirve para nada”. Los síntomas típicos son las depresiones, el aumento de la inestabilidad, la ansiedad y – en el hombre – problemas por la potencia sexual, todos los cuales empeoran cuando no se está preparado para enfrentarse al hecho de que los ideales juveniles no se ajustan ya con las condiciones de vida.

Al entrar en la segunda mitad de la vida, los problemas que hay que afrontar son distintos de los de la primera mitad. En esta segunda parte, el concepto de “cambio de vida” significa un “cambio” en el sentido más literal de la palabra. Es la conversión de una actitud extravertida en otra introvertida. La primera y la segunda mitad de la vida se complementan. El desarrollo individual de la primera mitad es absolutamente necesario para producir un cierto grado de equilibrio en la segunda. Schopenhauer comparó en una ocasión la diferencia entre las dos mitades de la vida con un paño bordado. En la primera mitad tenemos el lado derecho del paño muy coloreado, y en la segunda mitad el revés, menos coloreado pero más instructivo, porque se hace evidente entonces la interrelación de las hebras.

Jung da un ejemplo de esto, después de haber demostrado que la base y la causa de todos los problemas de este período transicional han de encontrarse en un cambio particular y profundamente enraizado dentro de la psiquis. Según él, a primera hora de la mañana, el sol sale del océano de la noche (nuestro inconsciente) y observa el mundo brillante que hay ante él. Lentamente asciende sobre una extensión de tierra cada vez mayor (somos cada vez más conscientes de nosotros mismos y del mundo). Podemos imaginar que si el sol fuera una persona, tendría cada vez más sensación de su propia importancia a medida que asciende en el cielo y consideraría su punto más alto, al mediodía, como su objetivo principal. Pero, inmediatamente después de la culminación, su camino empieza a descender. De la misma manera los valores e ideales del período que sigue al cenit de la vida humana son los opuestos a aquellos que se valoraron en la juventud. Esta inversión que se produce en la psiquis corre paralelamente con alteraciones físicas. Con frecuencia se producen perturbaciones neuróticas en los adultos en estos años de transición, porque persisten en acariciar los ideales juveniles en una época de la vida en la que ya no son apropiados. En la sociedad occidental es casi un lugar común que la generación mayor compita con la más joven en algunos campos de actividad. Como dice Jung: “…. La madre parece ansiosa de ser considerada como la hermana de su hija….”

El origen de todas las dificultades encontradas en estos años es la naturaleza drástica de esta media vuelta, aunque algunos sientan el cambio más agudamente que otros. Hay que señalar también que el período entre los cuarenta y dos y cuarenta y siete años es decisivo para el planteamiento de los objetivos futuros y que, a pesar de las dificultades, puede ser una etapa de autocomprensión en el que las tensiones se reduzcan mucho, y aparezca un nuevo período social con nuevas exigencias motivantes. Una gran parte de lo que la persona siga experimentando en la vida dependerá del modo en que esta transición haya sido asimilada y aceptada, considerándola un cambio a una nueva norma en la vida.

Se entra en un período en que el crecimiento interior logrado se estabiliza, y a menudo parece conducir al sujeto a una aceptación de la vida. Siente una fuerza interior y es capaz de dar una respuesta mejor a aquellos que lo rodean, suponiendo que haya querido y podido asimilar lo sucedido antes, sin quedar atrapado en una fase anterior. En el caso de la persona que se haya detenido en alguna parte de su desarrollo, un nuevo sentimiento de tensión producirá insatisfacción, vaciedad e incumplimiento. Se siente la percepción de que queda algo por hacer, o que debería haberse hecho algo que ahora resulta imposible. El deseo interior de autorrealización puede enfrentar a esa persona de múltiples maneras con su fase de crecimiento mal entendido.

Es posible que la persona se contente con una actitud obsoleta ante la vida, o que ante una motivación creativa, se precipite por el camino que ha elegido y se enfrente con cualquier resistencia que pueda presentársele. Muchas personas de esta edad tienen el impulso renovado de no dejar que las cosas resbalen, sino que buscan oportunidades para conversar, intercambiar opiniones y tener la oportunidad de propagar sus propias ideas.

A los cuarenta y nueve años, las transformaciones interiores pueden producirse de un modo sutil y la persona se vuelve más abierta a las “otras realidades”, sea consciente o no de ello. Temas como la muerte o lo que haya más allá se vuelven importantes. En algunos casos, la incertidumbre sobre otra vida y el miedo interior pueden hacerla adherirse a algún credo religioso o seudo religioso, el cual defenderá fanáticamente. Cuando mayor sea el miedo y la incertidumbre, mayor será el fanatismo. No estamos diciendo que en este período todos los que tengan una visión de la vida basada en creencias religiosas se vean atrapados por un miedo interior. Al contrario, sucede con gran frecuencia que le ocurre principalmente a los que se sienten una mayor vaciedad en sus almas y que piensan que en la vida hay algo más que ellos no han encontrado. Buscan algún tipo de maravilla, y en cuanto creen que la han encontrado, se ven inclinados a tratarla como la única verdad que deben abrazar y promover. Las personas con esta estructura suelen convertirse en seguidores de algún “gurú”, en discípulos de algún “profeta” o de cualquiera que predique algo “nuevo” con intensa convicción, incluso aunque se trate del reacondicionamiento de creencias antiguas. Con independencia de la forma que tome, el fanatismo es a menudo notable en esta época de la vida.

La persona que ha conseguido mantener internamente el paso con los acontecimientos de la vida y, en consecuencia, ha seguido su propio camino hasta los treinta años, puede encontrar que a los cincuenta sirve de ejemplo a otros que no han prestado esa misma atención a su deseo interior de autorrealización. Para el hombre creativo, las tensiones que depara la vida significan que debe trabajar más su propia individualidad. En cambio, los que se han ocultado tras los asuntos rutinarios de la vida diaria, poniéndose una máscara o levantando una fachada, encuentran que nada de eso ha servido como protección contra el creciente abatimiento interno que se presenta en la cincuentena.

La perspectiva a la que se enfrenta a futuro el ciudadano a esta edad es el final de su vida de trabajo y el status de jubilado. Después, un vacío se abre ante él, a menos que haya aprendido a ser él mismo y a llenar su vida con otros intereses además de los de ganarse el sustento o de aumentar su prestigio. Como preludio a los años que van a venir, la persona comprende con gran claridad que está llegando a la fase en que perfeccionará el aspecto externo del proceso de individuación, el que todavía le ocupará un tiempo considerable. Entre los cincuenta y cincuenta y cinco años, las viejas ideas deben dejar lugar a las nuevas experiencias y percepciones. Se ponen a prueba la validez de las opiniones propias para este período de la vida y, también, cualquier tensión que surja exigirá atender a facetas del carácter a las que hasta ahora se le había dado poca o ninguna posibilidad de expresarse. No nos referimos aquí simplemente a factores que habían sido reprimidos, sino a auténticas capacidades y talentos.

A menudo no hay ya grandes cambios externos en las circunstancias de la persona. Sin embargo, interiormente la vida puede verse sometida a considerables cambios y refinamientos. Los que se encuentran muy unidos a los ideales y opiniones que ya no son apropiados para esta época de la vida, y aquellos cuya imagen se haya fosilizado en una fase anterior de su existencia, experimentarán este período como una gran prueba. Incluso permanece una sensación de inquietud producida por las reacciones inconscientes ante actitudes rígidas también inconscientes. La psiquis humana busca siempre el equilibrio, y cuando este se perturba hay un énfasis unilateral en un aspecto – en este caso, la actitud consciente - que significa que la persona no está ya completamente tranquila ni siquiera en los períodos de relativa calma. Son estas personas las que pueden ser víctimas de los factores de su propio inconsciente en la etapa de los años críticos.

Próximo a los sesenta años, el envejecimiento puede ser sentido como una amenaza. Los primeros signos que señalan el acercamiento a la vejez son inequívocos, y todo esfuerzo por mantenerse en la generación más joven se reconocerá de antemano como una pérdida de tiempo. Los sentimientos de incertidumbre producidos por la pregunta de “¿qué viene ahora?”, inducen a menudo a la persona a asentarse en ideas y valores que debería haber superado. También aquí pueden producirse sentimientos de incertidumbre y ansiedad al sentir que no se ha hecho todo lo que se debiera. En consecuencia, se produce un estado de insatisfacción. Se siente que la vida debería haber sido distinta, o más gratificante. Los logros sólidos suelen apartarse a menudo por considerarlos poco importantes y de escaso valor. Pueden ocurrir en este momento separaciones repentinas y muchas personas terminan abruptamente con todo tipo de situaciones. A veces, la persona enferma como reacción negativa ante una situación que se experimenta como una carga. Es una época de la vida en la que se dan muchos pasos en falso. Uno quiere empezar de nuevo y romper limpiamente con todo lo que ha querido antes. También uno se siente acosado por miedos concernientes a la vejez.

El período que comienza ahora es esencialmente aquel en el que se vuelven importantes la actitud internalizada ante la vida y su conformación. Este cambio se puede producir con cierto grado de compulsión. Se inicia la fase en la que gradualmente uno da menos valor a los fenómenos externos y presta más atención a los procesos internos. Esto se basa en la comprensión de que incluso el hecho de que uno es un individuo, más o menos diferente de los otros seres humanos, no es todo ni el final de todo. En el proceso de llegar a ser alguien más maduro como un ser único, un individuo se va separando más y más de los procesos naturales de su interior y de sus impulsos instintivos. En esta época de la vida se entra en una situación en la que se sienten tanto aquellos impulsos como la individualidad consciente, que se ha ido aprendiendo a desarrollar. Estos dos factores psíquicos son contrarios el uno al otro y hay un gran peligro de desgarrarse en conflictos entre intereses y sentimientos que a primera vista parecen irreconciliables. Este aspecto simboliza un factor psíquico que acompañará al crecimiento humano desde este momento. La psiquis colectiva asume mayor importancia y en esta crisis la persona puede llegar a comprender que hay valores superiores a los del ego y cosas de mayor importancia que la autoexpresión creativa. Los valores espirituales – relacionados o no con las enseñanzas cristianas – pueden experimentarse ahora plenamente. Sólo entonces se alcanza la fase en que la actitud personal y social asumida en forma consciente ante la vida puede convertirse en un interés humanitario por los acontecimientos del mundo sin una poderosa sensación de implicancia en ellos. Este desarrollo de adhesión plenamente reconocible a una serie mucho más impersonal y universal de valores, va junto con una actitud tolerante en la que el individuo se da a sí mismo un valor más relativo.

Sin embargo, no todo el mundo accede a este aspecto de universalidad e inclusividad. Como ya mencionábamos, muchos caen en una actitud en la que una selección de recuerdos sentimentales juveniles viene a ayudarles a revivir las glorias y vagos ideales del pasado. Puede haber incluso una recaída en una segunda infancia. El desarrollo del proceso de individuación que mencionamos aquí dependerá de lo que se haya aprendido y asimilado en las etapas anteriores de la vida.

Pasados los sesenta años, durante todo el período posterior de vida, no hay trastornos tan perturbadores como en los ciclos anteriores. Cuando el ego sabe cómo mantener el proceso psíquico interior, ya no es tan vulnerable, puesto que ha aprendido a verse bajo una luz relativa. Ahora es extremadamente importante equilibrar la parte consciente de la psiquis con la inconsciente, para estabilizar toda la personalidad. Según la Dra. Jacobi: “Esto parece una preparación para la muerte en el sentido más profundo de la palabra. Pues la muerte no es menos importante que el nacimiento, y es inseparable de la vida. Si la entendemos adecuadamente, es la propia naturaleza la que nos acoge en sus brazos. Cuanta más edad tenemos, menos tiene que decirnos el mundo exterior y más pierde este su color, sonido y placer, y más insistentemente nos ocupamos por el mundo interior. Al envejecer, el hombre se aproxima al punto en el que vuelve a la psiquis colectiva de la que con tanta dificultad salió en la niñez. Y así el ciclo de la vida humana termina significativa y armoniosamente, coincidiendo en el principio y el final. Esto ha sido simbolizado desde época inmemorial por Ouroboros, la serpiente que se muerde la punta de la cola. Si esta tarea se lleva a su feliz conclusión, la muerte perderá su terror y será aceptada como una parte significativa de la vida. Sin embargo, hay que tener en cuenta el hecho de que incluso el cumplimiento de la tarea a la que se enfrenta el hombre en la primera mitad de la vida parece estar en sí misma más allá de la capacidad de muchos, como podemos deducir por la cantidad de adultos infantiles que vemos a nuestro alrededor por todas partes. No resulta sorprendente, por lo tanto, que sean tan pocos los que consigan perfeccionar sus vidas con la plena autorrealización de un proceso de individuación llevado a feliz término.”

Karen Hamaker-Zondag
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