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segunda-feira, 22 de março de 2010


Lo que los budistas creen

Narada Maha Thera

Los budistas creen en las posibilidades, latentes del hombre tal como son reveladas por la vida excepcional del Buda Gotama, el fundador del sistema moral y filosófico conocido popularmente como Budismo. El hecho de que la Budidad, o ese estado supremo de perfección e iluminación, esté latente en todos, sirve como un gran incentivo para los individuos dispuestos al auto sacrificio, compasivos y dedicados a servir a otros y a perfeccionarse a sí mismos.
El hombre es una máquina poderosa que, a diferencia de los artefactos mecánicos ordinarios, es muy simple en su inicio y extremadamente compleja en su final. En esta compleja maquinaria que es el hombre, el factor más importante es la mente visible, cualquiera que sea su origen.
Es la mente la que eleva al hombre a un pedestal sobrehumano o lo degrada a un nivel subhumano. Al igual que la electricidad, la mente es una fuerza poderosa, al mismo tiempo constructiva y destructiva. Es el enemigo más cruel y el amigo más grande del hombre. Los budistas creen que esta mente poderosa es la creadora y destructora del hombre, y el arquitecto del propio destino. Es esta mente poderosa la que crea el cielo y el infierno sobre la tierra, y en esta mente invisible se encuentran el gusano, el bruto, el hombre, el superhombre y el dios. De hecho, el hombre es un mundo en sí mismo.
La razón no inspira a los budistas a creer en un creador arbitrario que controla el destino del hombre y que recompensa y castiga al hombre por hacer o no hacer su voluntad sobre la tierra. Los budistas no están convencidos de la omnipresencia, omnipotencia, omnisciencia de un Dios todopoderoso por encima del hombre, a quien éste debería temer, obedecer y amar. Tal y como afirma Voltaire, “Dios es la creación más noble del hombre”.
El consejo de Buda a sus seguidores es no temer a nadie y no inspirar miedo a nadie. Éste es un principio budista que debería ser cultivado en este mundo que incita a la guerra, donde la cosa más preciosa –la vida- es sacrificada en el altar de la fuerza bruta y donde los armamentos están creando miedo, recelo y odio.
Se espera que los budistas desarrollen esa dulce virtud en una bondad amorosa hacia todo, sin que importe la casta, el credo, el color o el sexo. ¡Cuán felices seríamos si todos pudiéramos vivir como ciudadanos de un mundo sin ningún sentimiento de separación! Un mundo fundado en el amor y la razón, que una el conocimiento científico de Occidente con la sabiduría de Oriente debería ser deseado por todos los hombres y mujeres de principios elevados.
Los budistas no tienen fe en las plegarias para pedir o interceder, sino creen en la importancia del auto esfuerzo y en la eficiencia de la meditación que está orientada hacia la auto conquista, el autocontrol, la auto purificación y la iluminación.
“La meditación no es un sueño silencioso ni un esfuerzo enérgico”. Ella sirve como un tónico para el corazón y la mente.
Los budistas no creen en las recompensas y los castigos dados por un ser superior, sino creen que el hombre cosecha lo que ha sembrado, y que lo que siembra lo cosecha en alguna parte, alguna vez. Saben que al hombre no le sucede nada que éste no merezca por una razón u otra. El dolor o la felicidad que experimenta el hombre es el resultado inevitable de su propio hacer. Esto los conduce a creer en la doctrina del kamma (en pāli=karma o karman en sánscrito), la ley budista de la causalidad moral y de la responsabilidad individual. El kamma, que algunos “interpretan como influencia de la acción”, es en sí mismo una ley que actúa en su propio campo sin la intervención de un agente gobernante que sea independiente o externo. No es ni fatalismo ni predestinación impuestos sobre nosotros por algún misterioso poder desconocido al cual debamos someternos ineludiblemente.
Esta ley del kamma explica el problema del sufrimiento, el misterio del destino y la predestinación de algunas religiones, el problema de los niños prodigio, y por sobre todo, la desigualdad de la humanidad. Esta creencia en kamma les da a los budistas consuelo, esperanza, autoconfianza y valor moral. Ella “convalida su esfuerzo, aviva su entusiasmo”, y los hace siempre amables, tolerantes y considerados, porque comprende que ningún ser humano es enteramente bueno o enteramente malo.
Kamma, o la acción causada por la ignorancia y el apego –dice Buda- condiciona el renacer. Las acciones pasadas condicionan el presente nacimiento, y las acciones presentes, en combinación con las acciones pasada, condicionan el futuro. El presente es hijo del pasado y, a su vez, se transforma en padre del futuro. En cierto modo, somos lo que fuimos, seremos lo que somos. Por ejemplo, un criminal de hoy podría ser un santo mañana: una persona virtuosa de hoy, debido a la debilidad humana o impelida por las circunstancias, podría ser mañana un criminal.
Los budistas no creen que el presente sea la única vida entre dos eternidades de miseria y felicidad; ni tampoco creen que este flujo de vida presente sea completamente aniquilado después de la muerte. Los budistas creen que “el hombre no es más que uno de un número indefinido de estados de ser y que esta vida terrestre no es más que un episodio entre muchos otros”. Hay que admitir que esta doctrina de la reencarnación no puede ser ni probada ni descartada experimentalmente, pero se acepta como un hecho verificable por las evidencias.
El nacimiento significa el surgimiento de fenómenos psicofísicos. El renacimiento, por lo tanto, significa sus surgimientos repetidos. Esta doctrina del kamma y de la reencarnación explica el surgimiento de genios y niños prodigio, las diferencias entre niños de la misma familia, las capacidades especiales en los hombres debido a sus tendencias prenatales, los gustos y rechazos instintivos a primera vista, las muertes prematuras, el surgimiento de grandes maestros religiosos como Buda, que poseen características físicas, mentales e intelectuales incomparables.
Si postulamos una vida pasada, presente y futura, entonces nos enfrentamos al mismo tiempo con el misterioso problema ya mencionado: “¿cuál es el origen último de la vida?”
Una escuela, en su intento por resolver el problema, plantea una causa primera, ya sea como una fuerza cósmica o como un ser todopoderoso. Otra escuela niega una causa primera, pues según la experiencia común, la causa siempre se transforma en los efectos y los efectos se transforman en la causa.
En una cadena de causa y efecto, la causa primera es inconcebible. De acuerdo con la primera escuela, la vida ha tenido un comienzo; mientras que de acuerdo con la segunda escuela, la vida carece de principio.
La ciencia moderna, al confinarse a los datos sensoriales, enfrenta el problema y nos dice que somos el producto directo de las células del esperma y del óvulo suministrados por nuestros padres. Pero la ciencia no da una explicación satisfactoria respecto del desarrollo de la mente, la cual es infinitamente más importante que la maquinaria del cuerpo material del hombre. Los científicos, mientras que afirman que omne vivum ex vivo, sostienen que la mente y la vida evolucionaron de lo carente de vida.
Algunos sistemas religiosos afirman que el alma (una esencia del hombre asumida como un hecho) brota del Dios, y que los padres sólo proporcionan las groseras vestiduras del alma. Desde el punto de vista científico, somos absolutamente nacidos de nuestros padres; como tal, la vida precede a la vida. En lo que respecta al origen del primer protoplasma de vida o “coloide” (como queramos llamarlo), los científicos alegan su ignorancia.
Según el Budismo, nacimos de la matriz de la acción (kamma-yoni). Los padres simplemente nos proporcionan un fundamento material; como tal, el ser precede al ser. En el momento de la concepción, es kamma, o la acción pasada, quien condiciona la conciencia inicial que vitaliza al feto. Es esta energía kámmica invisible, generada del nacimiento pasado, la que produce los fenómenos mentales y el fenómeno de la vida en un fenómeno físico ya existente, para completar así el trío que constituye al hombre.
Respecto al origen último de la vida, Buda declara positivamente: “Sin fin cognoscible, es este ‘continuo vagar’ (saṃsāra). No se puede percibir un primer comienzo de los seres que, obstaculizados por la ignorancia y encadenados por el deseo, vagan y deambulan en él”.
Esta corriente de vida fluye ad infinitud, mientras la alimentan las enlodadas aguas de la ignorancia y el deseo. Cuando estos dos son completamente detenidos, sólo entonces la corriente de vida deja de fluir; el renacer termina, como en el caso de los Budas y Arhants. No es posible determinar un comienzo último de esta corriente de vida, pues no se puede percibir una etapa en la que esta fuerza de vida no estuviera acompañada por la ignorancia y el deseo. Buda se ha referido aquí simplemente al comienzo de la corriente de vida de los seres vivientes. A los científicos les corresponde especular sobre el origen y la evolución del universo.
La doctrina budista del renacer debería ser diferenciada de las doctrinas de la transmigración y la reencarnación de otras religiones, puesto que el Budismo niega la existencia de un alma permanente o de una entidad inmodificable que transmigra de una vida a otra. Para justificar la existencia de la felicidad sin fin en un cielo eterno, es necesaria un alma inmortal.
El Budismo, con su análisis, reduce al ser vivo a mente y materia, que están en un estado de flujo constante, sin permanecer iguales por dos momentos consecutivos. Todo el proceso de estos fenómenos psicofísicos, que constantemente surgen y perecen, es a veces denominado por Buda, en términos convencionales, el Sí-mismo, o attā; pero lo así denominado es un proceso y no una identidad. El Budismo enseña una psicología sin psique.
El budismo no niega por completo la existencia de una personalidad en un sentido empírico. Niega, en un sentido último, un ser idéntico o una entidad permanente, pero no niega una continuidad en proceso. Este ininterrumpido flujo de vida dinámico o continuidad de los fenómenos psicofísicos condicionados por el kamma, carente de un origen perceptible en el pasado sin comienzo y de un fin a su continuidad en el futuro –con la única excepción del fin que puede procurarle el Noble Óctuple Camino- es el sustituto budista para el ego permanente o el alma eterna en otros sistemas religiosos.
Los budistas creen en este Noble Óctuple Camino, que consiste en Correcta Comprensión, Correctos Pensamientos, Correcta Palabra, Correcta Acción, Correcta Forma de Vida, Correcto Esfuerzo, Correcta Atención y Correcta Concentración, como el único Camino del Medio para liberarse de los males a los que todos estamos sujetos en el curso del “vagar por la vida”.
Este Camino del Medio no es ni un camino metafísico ni un camino ritualista; ni dogmatismo ni escepticismo; ni auto indulgencia ni auto mortificación; ni eternalismo ni nihilismo; ni pesimismo ni optimismo; y no es ni absolutamente de este mundo ni del otro mundo. No es ni pesimismo ni optimismo, sino realismo. Es un camino de iluminación, un medio de liberación del sufrimiento.
El Budismo no intenta racionalizar el sufrimiento, pero lo acepta como un hecho y trata de buscar la causa, para erradicarlo.
Con una confianza perfecta, los budistas siguen este camino único de vida practicado y enseñado por Buda, para alcanzar su meta última, Nibbāṇa (en pali= nirvāṇa en sánscrito), que se puede alcanzar en esta vida misma.
Desde un punto de vista ético, Nibbāṇa es la total destrucción del apego, la malevolencia y la ignorancia. Psicológicamente, es la total eliminación del llamado “Yo” o ego-ismo; metafísicamente, es la cesación del devenir o la aniquilación del sufrimiento.


Traducción al Español de Mariela Álvarez


Narada Maha Thera, respetado monje del Saṅgha o Comunidad budista de Sri Lanka (Ceylán). El término Thera (literalmente “anciano”) es una designación honorífica para monjes de mayor edad o jerarquía. Editó y tradujo al inglés el tratado, originariamente escrito en pāli, Abhidhammattha-Saṅgaha, atribuido a Anuruddha Thera (y que constituye una excelente introducción al Abhidhamma en pāli = abhidharma en sánscrito), Buddhist Publication Society, Kandy (Ceylán), 1968; The Buddha an His Teachings, Singapore, s.f.; The Life of Buddha (in His own words), Adyar, The Theosophical Publishing House, 1948. Tradujo al inglés el Dhammapada (Calcuta, Maha Bodhi Society of India, 1952; Londres, John Murray, 1954).




O que os budistas acreditam

Narada Maha Thera ●

Os budistas acreditam nas possibilidades latentes do homem assim como são reveladas pela vida excepcional do Buda Gautama, o fundador do sistema moral e filosófico conhecido popularmente como Budismo. O fato de que a Budidade, ou esse estado supremo de perfeição e iluminação, esteja latente em tudos, serve como um grande incentivo para os indivíduos dispostos ao auto-sacrifício, compassivos e dedicados a servir a outros e a se aprimorar a se mesmos.
O homem é uma máquina poderosa que, a diferença dos artefatos mecânicos ordinários, é muito simples em seu inicio e extremadamente complexo em seu final. Nesta complexa maquinaria que é o homem, o fator mais importante é a mente visível, qualquer que seja sua origem.
É a mente a que eleva ao homem a um pedestal sobre-humano ou degrada a um nível subumano. Ao igual que a eletricidade, a mente é uma força poderosa, ao mesmo tempo construtiva e destrutiva. É o inimigo mais cruel e o amigo maior do homem. Os budistas acreditam que esta mente poderosa é a criadora e destruidora do homem, e o arquiteto do próprio destino. É esta mente poderosa a que cria o céu e o inferno sobre a terra, e nesta mente invisível se encontram o verme, o bruto, o homem, o super-homem e o Deus. De fato, o homem é um mundo em se mesmo.
A razão não inspira aos budistas a acreditar num criador arbitrário que controla o destino do homem e que recompensa e castiga ao homem por fazer ou não fazer sua vontade sobre a terra. Os budistas não estão convencidos da onipresença, onipotência, onisciência dum Deus todo-poderoso por cima do homem, a quem este deveria temer, obedecer e amar.
Tal e como afirma Voltaire, “Deus é a criação mais nobre do homem”.
O conselho de Buda aos seus seguidores é não temer a ninguém e não inspirar medo a ninguém. Este é um principio budista que deveria ser cultivado neste mundo que incita à guerra, onde a coisa mais preciosa –a vida- é sacrificada no altar da força bruta e onde os armamentos estão criando medo, receio e ódio.
Espera-se que os budistas desenvolvam essa doce virtude numa bondade amorosa a tudo, sem que importe a casta, o credo, a cor ou o sexo.
¡Quanto mais felizes seríamos se tudos pudéramos viver como cidadãos dum mundo sem nenhum sentimento de separação! Um mundo fundado no amor à razão, que una o conhecimento científico de Ocidente com a sabedoria do Oriente deveria ser desejado por tudos os homens e mulheres de princípios altos.
Os budistas não têm fé nas orações para pedir ou interceder, senão acreditam na importância do auto-esforço e na eficiência da meditação que está orientada à auto-conquista, o autocontrole, a auto-purificação e a iluminação.
“A meditação não é um sonho silencioso nem um esforço enérgico”.
Ela serve como um tônico para o coração e a mente.
Os budistas não acreditam nas recompensas e os castigos dados por um ser superior, senão acreditam que o homem coleta o que tem semeado, e que o que semeia o coleta na alguma parte, alguma vez. Sabem que ao homem não lhe sucede nada que ele não mereça por uma razão ou outra. A dor ou a felicidade que experimenta o homem são o resultado inevitável de seu próprio fazer. Isto os conduz a acreditar na doutrina do kamma (em pāli=karma ou karman em sânscrito), a lei budista da causalidade moral e da responsabilidade individual. O kamma, que alguns “interpretam como influencia da ação”, é em se mesmo uma lei que atua em seu próprio campo sem intervenção dum agente governante que seja independente ou externo. Não é nem fatalismo nem predestinação impostos sobre nós por algum misterioso poder desconhecido ao qual devamos nos submeter iniludível mente.
Esta lei do kamma explica o problema do sofrimento, o mistério do destino e a predestinação de algumas religiões, o problema das crianças prodígio, y por sobre todo, a desigualdade da humanidade. Esta crença em kamma lhes da aos budistas consolo, esperança, autoconfiança e valor moral. Ela “convalida seu esforço, aviva seu entusiasmo”, e os faze sempre amáveis, tolerantes e considerados, porque compreendem que nenhum ser humano é inteiramente bom ou inteiramente mau.
Kamma, ou a ação causada pela ignorância e o apego –diz Buda- condiciona o renascer. As ações passadas condicionam o presente nascimento, e as ações presentes, em combinação com as ações passadas, condicionam o futuro.
O presente é filho do passado e, a sua vez, se transforma em pai do futuro.
Em certo modo, somos o que fomos, seremos o que somos. Por exemplo, um criminal de hoje poderia ser um santo amanhã: uma pessoa virtuosa de hoje, devido à debilidade humana ou impelida pelas circunstancias, poderia ser amanhã um criminoso.
Os budistas não acreditam que o presente seja a única vida entre duas eternidades de miséria e felicidade; nem tampouco acreditam que este fluxo de vida presente seja completamente aniquilado depois da morte. Os budistas acreditam que “o homem não é mais que um, dum número indefinido de estados do ser e que esta vida terrena não é mais que um episodio entre muitos outros”. Há que admitir que esta doutrina da reencarnação não pode ser nem provada nem descartada experimentalmente, pero se aceita como um fato verificável pelas evidencias.
O nascimento significa o surgimento de fenômenos psicofísicos. El renascimento, pelo tanto, significa seus surgimentos repetidos. Esta doutrina do kamma e da reencarnação explica o surgimento de gênios e crianças prodígio, as diferencias entre crianças da mesma família, as capacidades especiais nos homens devido a suas tendências pré-natais, os gostos e rejeições instintivas à primeira vista, as mortes prematuras, o surgimento de grandes mestres religiosos como Buda, que possuem características físicas, mentais e intelectuais incomparáveis.
Se postularmos uma vida passada, presente e futura, então nos enfrentamos ao mesmo tempo com o misterioso problema já mencionado:
“qual é a origem última da vida?”
Uma escola, em seu intento por resolver o problema, propõe uma causa primeira, já seja como uma força cósmica ou como um ser todo-poderoso. Outra escola nega uma causa primeira, pois segundo a experiência comum, a causa sempre se transforma nos efeitos e os efeitos se transformam na causa.
Numa cadeia de causa e efeito, a causa primeira é inconcebível. De acordo com a primeira escola, a vida há tido um começo; em tanto que de acordo com a segunda escola, a vida carece de principio.
A ciência moderna, ao confinar-se aos dados sensoriais, enfrenta o problema e nos diz que somos o produto direto das células do esperma e do óvulo subministrados por nossos pais. Mas a ciência não da uma explicação satisfatória respeito do desenvolvimento da mente, a qual é infinitamente mais importante que a maquinaria do corpo material do homem. Os cientistas, em tanto que afirmam que omne vivum ex vivo (tudo ser vivo provêm de outro ser vivo), sustêm que a mente e a vida evolucionaram do carente de vida.
Alguns sistemas religiosos afirmam que a alma (uma essência do homem assumida como um fato) brota do Deus, e que os pais só proporcionam as grosseiras vestiduras da alma. Desde o ponto de vista científico, somos absolutamente nascidos de nossos pais; como tal, a vida precede à vida. No que respeita a origem do primeiro protoplasma de vida ou “colóide” (como queiramos chamar-lo), os científicos alegam sua ignorância.
Segundo o Budismo, nascemos da matriz da ação (kamma-yoni). Os pais simplesmente nos proporcionam um fundamento material; como tal, o ser precede ao ser. No momento da conceição, é kamma, ou a ação passada, quem condiciona a consciência inicial que vitaliza ao feto. É esta energia kámmica invisível, gerada do nascimento passado, a que produz os fenômenos mentais e o fenômeno da vida num fenômeno físico já existente, para completar assim o trio que constitui ao homem.
Respeito à origem última da vida, Buda declara positivamente: “Sem fim cognoscível, é este ‘continuo vagar’ (saṃsāra). Não se pode perceber um primeiro começo dos seres que, obstaculizados pela ignorância y encadeados pelo desejo, vagam e perambulam nele”.
Esta corrente de vida flui ad infinitud, em tanto a alimentam as enlodadas águas da ignorância e o desejo. Quando estes dois são completamente detidos, só então a corrente de vida deixa de fluir; o renascer termina, como no caso dos Budas e Arhants. Não é possível determinar um começo último desta corrente de vida, pois não se pode perceber uma etapa na que esta força de vida não estivera acompanhada pela ignorância e o desejo. Buda se ha referido aqui simplesmente ao começo da corrente de vida dos seres viventes. Aos científicos corresponde especular sobre a origem e a evolução do universo.
A doutrina budista do renascer deveria ser diferenciada das doutrinas da transmigração e a reencarnação de outras religiões, embora que o Budismo nega a existência duma alma permanente ou duma entidade imodificável que transmigra duma vida a outra. Para justificar a existência da felicidade sem fim num céu eterno, é necessária uma alma imortal.
O Budismo, com sua análise, reduz ao ser vivo a mente e matéria, que estão num estado de fluxo constante, sem permanecer iguais por dois momentos consecutivos. Tudo o processo destes fenômenos psicofísicos, que constantemente surgem e perecem, é às vezes denominado por Buda, em términos convencionais, o Se-mesmo, ou attā; porém o assim denominado é um processo e não uma identidade. O Budismo ensina uma psicologia sem psique.
O budismo não nega por completo a existência duma personalidade num sentido empírico. Nega, num sentido último, um ser idêntico ou uma entidade permanente, mas não nega uma continuidade em processo. Este interrompido fluxo de vida dinâmico ou continuidade dos fenômenos psicofísicos condicionados pelo kamma, carente duma origem perceptível no passado sem começo e dum fim a sua continuidade no futuro –com a única exceção do fim que pode lhe procurar o Nobre Óctuplo Caminho- é o substituto budista para o ego permanente ou a alma eterna em outros sistemas religiosos.
Os budistas acreditam neste Nobre Óctuplo Caminho, que consiste na Correta Compreensão, Corretos Pensamentos, Correta Palavra, Correta Ação, Correta Forma de Vida, Correto Esforço, Correta Atenção e Correta Concentração, como o único Caminho do Meio para liberar-se dos males aos que todos estamos sujeitos no curso do “vagar pela vida”.
Este Caminho do Meio não é nem um caminho metafísico nem um caminho ritualista; nem dogmatismo nem cepticismo; nem auto-indulgência nem auto-mortificação; nem perpetuismo nem niilismo; nem pessimismo nem otimismo; e não é nem absolutamente deste mundo nem do outro mundo. Não é nem pessimismo nem otimismo, senão realismo. É um caminho de iluminação, um meio de liberação do sofrimento.
El Budismo não intenta racionalizar o sofrimento, porém o aceita como um fato e trata de buscar a causa, para erradicá-lo.
Com uma confiança perfeita, os budistas seguem este caminho único de vida praticado e ensinado por Buda, para alcançar sua meta última, Nibbāṇa (em pali= nirvāṇa em sánscrito), que se pode alcançar nesta vida mesma.
Desde um ponto de vista ético, Nibbāṇa é a total destruição do apego, a malevolência e a ignorância. Psicologicamente, é a total eliminação do chamado “Eu” ou ego-ismo; metafisicamente, é a cessação do devir ou a aniquilação do sofrimento.


Narada Maha Thera, respeitado monje do Saṅgha ou Comunidade budista de Sri Lanka (Ceylán). O termo Thera (literalmente “ancião”) é uma designação honorífica para monjes de maior idade ou jerarquía. Editou e tradujo ao inglés o tratado, originariamente escrito em pāli, Abhidhammattha-Saṅgaha, atribuido a Anuruddha Thera (e que constituie uma excelente introducción ao Abhidhamma em pāli = abhidharma em sánscrito), Buddhist Publication Society, Kandy (Ceylán), 1968; The Buddha an His Teachings, Singapore, s.f.; The Life of Buddha (in His own words), Adyar, The Theosophical Publishing House, 1948. Tradujo ao inglés o Dhammapada (Calcuta, Maha Bodhi Society of India, 1952; Londres, John Murray, 1954).
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