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quarta-feira, 11 de janeiro de 2012

ELOGIO DEL TRADUCTOR



por Olga Sánchez Guevara1


Estos son los pensamientos de los hombres de todas las edades y de todos los pueblos: no son originales, no son míos solamente, si no son tuyos también, no son nada o casi nada...
Canto a mí mismo, Walt Whitman (Traducción de León Felipe)



Ante el público de profesionales, especialistas e interesados en la traducción como arte y como ciencia, reunidos en este encuentro y organizado por la editorial que más traducciones ha publicado en Cuba, parecería tal vez ocioso, banal o narcisista un «elogio del traductor»; más aún, si se considera que todo lo que aquí se expondrá se supone harto sabido, incluso para quienes no se relacionan directamente con el tema, sin embargo, vale la pena resaltar las virtudes de este oficio silencioso, paciente y anónimo a veces.
Las verdades, por conocidas, pueden llegar a perderse de vista. En nuestra época de altas tecnologías, Internet y viajes espaciales, ¿quién recuerda, digamos, la invención de la rueda? La rueda marca un hito en la historia del hombre; su utilidad es indiscutible hasta hoy y, sin embargo, es algo tan obvia que casi pierde su importancia. Un ejemplo más cercano: un personaje de una novela del siglo XIX muere de neumonía por desconocerse los antibióticos, hoy parte de la vida cotidiana. Pocos recuerdan cuántas muertes se producían un siglo atrás a causa de infecciones que cualquier antibiótico puede curar sin dificultades. Ante la interrogante de quién o quiénes inventaron la rueda; sus nombres se pierden en la noche del tiempo. El nombre de Alexander Fleming es, injusta y lamentablemente, mucho menos conocido que el de Napoleón.
Recordemos, además, que el descubrimiento de Fleming, como todos los grandes descubrimientos, pasó por el camino de la traducción antes de convertirse en patrimonio mundial. Según se dice, Sigmund Freud aprendió el español para poder leer el Quijote en su lengua de origen. ¿Cuántos psicólogos no germanófonos cuentan hoy con el tiempo necesario para aprender la lengua en que Freud escribiera? No muchos, seguramente. La mayoría depende de las traducciones. ¿Y quién recuerda los nombres de los traductores de Freud, aquellos que en sus respectivas lenguas acuñaron, para una ciencia entonces nueva, conceptos que forman hoy parte insoslayable del acervo de la psicología y hasta del lenguaje cotidiano? Y los traductores de Shakespeare, Dante, y de tantos autores de fama universal, cuya universalidad se hizo posible precisamente gracias a traducciones y traductores, ¿quién recuerda sus nombres?
En un evento semejante a este, una colega expresaba que sólo se haría justicia al traductor literario cuando el Premio Nobel de Literatura fuese concedido a un traductor «puro», es decir, no a un escritor que fuera también traductor, sino a alguien conocido sólo por sus traducciones. No estaría mal. Y me recuerda cierta idea infeliz según la cual «la poesía debería ser traducida únicamente por poetas». Como si todos no llevásemos dentro un poeta al que sólo es preciso despertar. ¿Por qué creer que sólo son poetas aquellos cuya obra se ha publicado y reconocido? ¿Quién sería capaz de calcular cuántas de las mejores páginas de la poesía universal se han perdido para la historia literaria, sólo porque sus autores no tuvieron la suerte de hallar un editor capaz de valorarlos, o por alguna otra razón? Los poemas de Emily Dickinson se publicaron póstumamente. Los del célebre poeta romántico Gustavo Adolfo Bécquer no fueron publicados en forma de libro hasta después de la muerte del autor, como también ocurrió con los de Konstantinos Kavafis, a quien se cuenta entre los grandes de la poesía griega del XX. Más cercano en el tiempo, es paradigmático el caso del novelista austríaco Robert Schneider. Su obra «Schlafesbruder» (La hermana del sueño, en traducción al español de Miguel Sáenz) fue rechazada por veintitrés editoriales antes de convertirse en resonante éxito de crítica y público, con traducciones a veinticuatro idiomas, ocho millones de ejemplares vendidos, versiones para teatro, ballet, ópera y cine. ¿Qué habría sucedido con esta extraordinaria novela si su autor hubiera desistido ante las reiteradas negativas de los editores, o no hubiese tenido la posibilidad de seguir insistiendo? Robert Schneider sería el mismo y su libro tendría el mismo valor, pero no lo conoceríamos.
Así pues, no hay por qué dudarlo: el traductor, quien asume a su cuenta y riesgo la ingente tarea de reescribir poesía, novela, teatro o cuento, ensayo o cualquier otro género literario, y cumple esa tarea con acierto y maestría, es con seguridad poeta, aun cuando no haya publicado una sola página como autor. Quien posea amplia cultura, sensibilidad y profundo conocimiento de las lenguas de partida y llegada, si se lo propone, traducirá con arte la literatura, y no debe negársele parejo reconocimiento que el otorgado al autor del texto primario. «El que saca de sí lo que otro sacó de sí antes que él, es tan original como el otro», dijo Martí.
Y si el traductor literario está capacitado para escribir su propia obra, ¿por qué dedicarse a traducir lo que otros han escrito? Porque el traductor, antes de serlo y siempre, es un lector enamorado. ¿Quién no ha llamado alguna vez la atención de otra persona sobre los valores de cierto poema, cuento o ensayo, de cierta novela, drama o comedia? Compartir su disfrute con otros, es la tentación a que nos induce la belleza. Y es, a mi parecer, la motivación fundamental de las mejores traducciones. Sin duda, y sobre todo en poesía y narrativa, el traductor deja su sello personal en la obra traducida: es él o ella quien selecciona equivalencias, aporta soluciones propias a las diversas dificultades que surgen en el proceso de la traducción: en suma, vuelve a escribir la obra en la lengua de llegada.
Sé que no soy la única en el gremio a quien molesta enormemente el viejo refrán italiano «Traduttore, traditore», infausta afirmación tan gastada como equívoca, consecuencia del absoluto desconocimiento de problemas discutidos durante largo tiempo por los teóricos de la traducción, como traducibilidad, fidelidad, equivalencia, etcétera. ¿Qué se entiende por «traicionar»? ¿Habrá que atenerse a una mal llamada «fidelidad» que omita las incuestionables diferencias entre los códigos de las distintas lenguas para expresar una misma cosa? No pretendo adentrarme en un análisis lingüístico del asunto.
Pero en este «elogio del traductor» quiero volver a referirme a hechos harto sabidos: ¿Existiría, por ejemplo, la historia de la filosofía sin la traducción? No sería, en todo caso, la misma historia: Marx, Kant, Hegel, Descartes, Voltaire, Kierkegaard, Aristóteles, Platón –por mencionar sólo unos pocos nombres, evocados sin orden ni concierto–, habrían permanecido aislados en el marco de sus lenguas de origen, privados del fructífero intercambio que sólo la traducción pudo propiciar. Me atrevería a afirmar que, en ocasiones, el acercamiento a una traducción con algún que otro desacierto es preferible al total desconocimiento de una obra capital.
Aprendí a leer muy niña. Comencé por Martí y su Edad de Oro, que todavía releo con deleite, y cuyo artículo «Músicos, poetas y pintores» despertó mi temprano interés por el arte y la literatura del mundo entero (no ha de olvidarse que Martí fue también traductor: lector enamorado que convoca). Le siguieron los cuentos completos de Hans Christian Andersen, traducidos directamente del danés por alguien cuyo nombre se me extravió hace mucho, junto con el libro de cuentos, pero a quien estaré siempre agradecida. Después vinieron las novelas, el teatro, la poesía; traducciones del francés, el inglés, el ruso, el alemán... ¿quién de nosotros sería capaz de calcular el número de traducciones que ha leído? En verdad, es inapreciable el aporte del traductor a la literatura universal –como los grandes autores, gracias a las traducciones–, así como a su conocimiento y difusión.
El oficio del traductor es, por lo general, mal remunerado y peor reconocido. Es bastante reciente la fecha en que se comenzó a ubicar en la portada interior de los libros el nombre del traductor, con el del autor. Un acto de elemental justicia. Hasta hace poco se incluía al traductor en los créditos generales de la obra, y sé de casos en que arbitrariamente se ha omitido el crédito del traductor. También sé de otros casos en que al de traducción se ha añadido un festinado crédito de «versión literaria», lo cual induce a pensar que el traductor entregó su trabajo «en bruto» para que otro lo retocara o le diera forma definitiva: sólo se puede hablar de una «versión literaria» cuando realmente el trabajo del traductor se ha limitado a la traslación literal del texto. Salvo en esos casos –los menos, según creo–, incorporar un crédito de «versión literaria» realizada por otro que no sea el de traductor equivale a menospreciar el trabajo de este último, a menos que la adaptación sea hecha de común acuerdo entre el traductor y el adaptador.
Al televisar conversaciones entre personas que necesitan de un intérprete para comunicarse, las cámaras casi nunca enfocan a la persona que posibilita el intercambio entre quienes, sin él o ella, con toda seguridad deberían intentar entenderse mediante la mímica, y es fácil deducir cuán pocas probabilidades de éxito tendrían. En reseñas (si es que aparece alguna) de obras traducidas, no se acostumbra incluir un comentario sobre la traducción y quien la ha realizado. He estado presente en uno que otro lanzamiento de algún libro traducido, donde no se ha dedicado una palabra al traductor del libro presentado, a estimular su trabajo de creación, tan valioso como el de cualquier autor. ¿Tendremos los traductores alguna posibilidad de romper el anonimato y ocupar el lugar que nos corresponde?
Vale la pena intentarlo. Buscar espacios –que ya se sabe son escasos– en publicaciones periódicas para escribir nosotros, traductores, sobre la traducción y sus problemas, perspectivas y alcance. No resignarnos al silencio. Que cuando se publique un libro traducido, este contenga, además de datos sobre su autor, al menos una breve nota sobre su traductor. Que el médico, el ingeniero, el científico, al leer en una revista especializada un novedoso artículo traducido, sepan el nombre de quien, con su esfuerzo, les ha tendido un puente desde el idioma ajeno hasta el propio. Que, por ejemplo, en los catálogos de ferias del libro donde se anuncian lanzamientos de obras traducidas, se consigne no sólo el nombre del autor, sino también el del traductor y su país de origen. Que nadie se aventure a opinar sobre traducción, ni sobre una traducción en particular, sin contar con el necesario saber, vale decir, conocimiento de las lenguas de partida y llegada en cada caso. Basta de repetir que «toda traducción es un intento de resolver una tarea imposible». La misma mano que escribió esa frase, escribió también esta otra: «La experiencia demuestra que en cualquier idioma se puede expresar cualquier secuencia de ideas» (Wilhelm von Humboldt).
Comencé estos apuntes citando un poema de Walt Whitman, en magistral versión de León Felipe, porque la traducción fue y es un modo de acercar entre sí «los pensamientos de los hombres de todas las edades y de todos los pueblos.» Los teóricos discuten desde hace largo tiempo si existe en realidad algún texto al que pueda llamarse estrictamente «original»; para el traductor, sin embargo, lo importante es recrear el texto de partida con dignidad artística y ética profesional, respetando sus valores formales y de contenido, y así ofrecer a muchos la posibilidad de acceso a la belleza y la poesía de obras que sin la mediación del traductor estarían vedadas.
Nadie duda el valor de los dramas de Shakespeare o del Fausto de Goethe porque sus argumentos se habían abordado antes por otros. Infinidad de piezas musicales son reconocidas como creaciones, aunque su tema se haya tomado de otras obras: pensemos, por ejemplo, en la Rapsodia sobre un tema de Paganini, de Rajmaninov; en tantas variaciones sobre un tema X... En un mundo donde la comunicación, vasta y múltiple, adquiere una importancia cada vez mayor, es hora ya de que se considere a la traducción como lo que realmente es, un género literario más: como todo género literario, trabajo de creación con sus características propias, que permite la comunicación entre culturas sin detrimento de ese inmenso caudal de memoria social e histórica que son las lenguas de cada país, de cada comunidad.
Una buena traducción es siempre, en mayor o menor medida, aproximación entre realidades que a la vez son distintas y las mismas: victoria sobre la confusión de Babel sin menoscabar la diversidad lingüística y cultural de los pueblos.
Recibido: 8 de mayo del 2001. Aprobado: 5 de junio del 2001. Lic. Olga Sánchez Guevara Instituto Cubano del Libro O´Reilly No. 4 esq. Tacón. Habana Vieja. Ciudad de La Habana. Cuba Correo electrónico: acti@esti.cu

1 Licenciada en Lengua Alemana. Instituto Cubano del Libro.

Publicado sin autorización y con profunda admiración.

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las batallas se presentan, plantean o dan, pero no se plantan

Las expresiones presentar, plantear o dar batalla tienen el sentido de ‘enfrentarse con decisión a un problema’, aunque en ocasiones se emplea en su lugar la forma inapropiada plantar batalla.

El origen de esta expresión puede encontrarse en el cruce entre las locuciones plantar cara, que significa ‘hacer frente a algo o presentar oposición o resistencia’ y presentar (o plantear) batalla.

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