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quinta-feira, 13 de setembro de 2012

FERNANDO VALLEJO

LITERATURA › EL ESCRITOR FERNANDO VALLEJO, DE NUEVO EN LA ARGENTINA

“¿Cómo va a morir un verbo que tenía 3000 años de edad?”

En su libro más reciente, El cuervo blanco, el autor “canoniza” la figura de Rufino José Cuervo, un “loco” al que califica como “el más grande de los filólogos de este idioma y el más noble de los colombianos”. El escritor se presenta hoy en el Filba.
Por Silvina Friera

Los locos abren caminos. Fernando Vallejo se mira en el espejo del pasado, en la desmesura de un “loco” del siglo XIX –“el más grande de los filólogos de este idioma y el más noble de los colombianos”– que ha sido elevado a la categoría de santo: Rufino José Cuervo, árbitro de la lengua que “enseñó a hablar bien”. El santo en cuestión es el protagonista de El cuervo blanco (Alfaguara), una biografía que el genial narrador colombiano escribió para honrar su amor por la lengua española y por Cuervo, ese erudito que no vaciló en llevar a cabo la empresa más descabellada: un diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana que quedó inconcluso. “Los géneros literarios son tan insignificantes e inapropiados para decir lo compleja que es la vida que seguir recurriendo a la novela en primera persona –porque en tercera para mí es despreciable– no alcanza. La literatura dice muy poco del dolor de la vida”, subraya Vallejo, invitado al Festival Internacional de Literatura (Filba), que empezó anoche (ver aparte).
Alguien golpea la puerta del salón de un hotel con nombre y estilo francés, donde se hospedan los autores que participan en la cuarta edición del Filba Internacional. Entra la moza con una bandeja. Trae café y agua sin gas. Hay que verlo sonreír y agradecer a Vallejo; es como si la rabia demencial del personaje, la voz belicosa que vocifera un sinfín de diatribas en sus novelas –La virgen de los sicarios o El desbarrancadero– deviniera pura caricia y amabilidad. “Nomás un poquito”, le indica a la joven que comienza a servirle agua. “Ya se me olvidó contra quién estaba hablando mal”, bromea el narrador colombiano en la entrevista con Página/12.
–¿Qué rol le asigna a empresas “locas” como el diccionario de Cuervo? Haber querido dar cuenta de toda la construcción del idioma es un gran delirio. ¿Estos delirios son necesarios?
–Nada es necesario, pero estas empresas iluminan un poco la miseria de la vida del ser humano, porque escribir un libro de filología, de gramática y de lingüística sobre un idioma que es algo inasible, cambiante –un idioma es un río–, tiene más ribetes de locura que de sensatez. Por lo demás, en el tiempo de Rufino José Cuervo todavía el idioma importaba. Era cuando se empezaron a fundar las distintas Academias de la lengua. La primera fue la española; cien años después fundaron la colombiana, después la ecuatoriana y la mexicana. La que ni siquiera se llama Academia de la lengua es la Argentina, que nunca tuvo la pasión por el idioma que pudo tener Colombia, porque éste fue un país de inmigrantes que se le vinieron a sumar al núcleo fundador español; un país que quedó en manos de los italianos, los polacos, los judíos, los alemanes. Entonces nunca vivieron ese purismo idiomático que pudieron tener Colombia y España, que son los dos países en que hubo puristas del idioma que trataban de conservar lo que llaman la “casticidad”. Eso se perdió para todos; es imparable la mezcla de las lenguas y la predominancia del inglés sobre todos los idiomas del planeta. Detrás de la imposición del idioma viene la imposición de una cultura y de una forma de ver el mundo. Si Cuervo escribió un libro loco que era el Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana, yo estoy más loco que él porque estoy escribiendo un libro sobre Cuervo cuando a nadie le importa ni la gramática ni la filología ni este idioma. Para un loco, uno peor (risas). No les interesa el idioma, lo van a acabar... Ah, yo doy cuenta de que detrás de la colonización del idioma viene la colonización del alma anglosajona, que estamos padeciendo en todos los órdenes. ¡Pero qué más da que tengamos un alma anglosajona o un alma hispánica! Al final de cuentas, somos la misma especie, sometida a la misma tragedia en el mismo mundo-desastre en el que vivimos.
–Pero su interés por el idioma viene de mucho antes de la publicación de El cuervo blanco.
–Siempre me interesó. A contracorriente de todos en Colombia, que pretendían que era un país de gramáticos y donde se hablaba muy bien el español. Lo cual es una tontería porque el español se habla como se puede en todas partes, en todos los ámbitos del idioma. Puesto que la vida humana es tan sinsentido, yo no pretendo darle ninguno, pero sí llenar la mía. Entonces la lleno con esta biografía. ¿A quién se le ocurre escribir un libro sobre un gramático y sobre la lengua, sobre un idioma en bancarrota? Yo no sé si el inglés está en bancarrota, pues como se convirtió en una lengua universal, unos lo atropellan de una forma y otros de otra. Ellos no tienen academias de la lengua, y sin embargo es el idioma que se ha impuesto como lingua franca en los negocios, en la diplomacia –reemplazando al francés– y en la ciencia. El idioma nuestro es un idioma de 22 países subdesarrollados, tercermundistas, pobres, entre los cuales contamos a la pobre España, que se convirtió en un país de mendigos. España es una provincia del idioma anómala porque nosotros estamos unidos por muchas cosas y separados de ellos. Era explicable después de doscientos años de independencia y con un mar de por medio.
–¿Qué ventajas cree que tiene el hecho de que los países latinoamericanos compartan la unidad lingüística?
–Como no le busco utilidades prácticas a las cosas de la vida, me da lo mismo que el idioma sirva como fuente de comunicación. Qué más da la unidad si todo el tiempo estamos uniéndonos y desuniéndonos: uniéndonos para separarnos y nos separamos para volvernos a unir. La Unión Europea se hizo para unir, ahorita se desintegra y después verá cómo la vuelven a armar. Vivimos para eso: para llenar el vacío de la vida, uniendo para desunir. Pero más allá de las razones prácticas, de la utilidad de que estos 22 países conserven un vínculo que los une, el desastre va más lejos que el idioma.
–¿En qué dirección?
–La música es para mí el arte que más llega al corazón. Mire la música hispanoamericana, que era tan hermosa, ¿en qué quedó? Una música muy hermosa de porros, de guarinas, de guarachas, de cumbias, de tangos, de milongas, de boleros, más los pasodobles españoles. En qué quedó esta música, colonizada por el ruido anglosajón que no sabemos cómo se llama porque no he podido entender qué es música disco, qué es música tecno... La literatura no llega al corazón como la música.
–El cuervo blanco tiene un comienzo muy literario, en el cementerio parisiense de Père Lachaise, donde el protagonista encuentra la tumba, sencilla y llena de musgo, de Rufino José Cuervo. ¿Por qué eligió empezar la biografía por el cementerio?
–Así me nació hacerlo. Pensé que sería un buen comienzo empezarlo en la tumba y acabarlo igual –en la tumba–, para que se cerrara rotundamente. ¿Quién de los escritores de este idioma quiere al idioma? Borges no creo que lo quisiera, parecía que era un escritor inglés que escribió en español porque no le quedaba más remedio. ¿Quién lo quería? Y sin embargo, la prosa que escribió Manuel Mujica Lainez es la más hermosa del idioma. Esa, con la de Azorín, es la más rica, lexicográfica y sintácticamente. Lo cual no quiere decir que Azorín y Mujica Lainez fueran grandes escritores, porque una cosa es ser un gran prosista y otra cosa ser un gran escritor.
–En este sentido, ¿Borges sería un gran prosista de la lengua o un gran escritor para usted?
–Hay dos Borges: uno el poeta y el otro el prosista. Del poeta ni hablemos porque es lamentable. No tenía el sentido de la poesía, entendida como la poesía hecha por versos. No era su momento, ya había pasado el momento para que se hicieran grandes poemas en el idioma. Que por lo demás son muy pocos; los versos buenos de la lengua española caben en un cuadernito de escolar. El otro Borges es un escritor de relatos cortos. Uno un poco largo, “El aleph”, es un magnífico relato lleno de sentido del humor y desmesurado, escrito en buena prosa, con riqueza sintáctica. Todos los otros relatos chiquitos, pequeñitos, son una literatura más de divulgación del mundo árabe, por ejemplo “Los traductores de las 1001 noches”. No creo que eso haga un gran escritor a nadie; Borges puede ser un gran divulgador o un buen tratadista de literatura. Son curiosidades de erudito con las que ya acabaron Google, Internet y Wikipedia. Eso que era inaccesible en el tiempo de Borges, ahora con un clic lo tenemos al alcance de la mano. Borges es un personaje bonito por su amor a los libros y a la literatura. Y por su tragedia de quedarse ciego, con lo cual se escapó de leer mucha basura.
De repente, como entusiasmado por el repentino optimismo que le genera su devoción por Cuervo, vuelve a ese amor imperecedero por el filólogo colombiano. El romance comenzó en la infancia, cuando Vallejo leyó Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano. “He ascendido de biógrafo a hagiógrafo, del que cuenta la vida de un simple mortal al que cuenta la vida de un hombre bondadoso que debe estar levantado en los altares. Ya canonicé a Cuervo. ¿Cuántos canonizó Wojtyla, la alimaña polaca canonizadora? Unos 4000 entre beatos canonizados. Yo nomás uno. Pero el mío hace milagros y los 4000 de él no sirven para un carajo.” No escamotea las palabras. No se las aguarda en el reservorio de la mente. No se deja amedrentar por aquello que, en el manual de usos y costumbres, conviene no decir en voz alta. “Cuervo escribió un diccionario loco, disparatado. Nunca precisó qué entendía por construcción y por régimen. No abarcaba todas las palabras, sino las que tenían régimen y construcción, verbos o adjetivos. Era un diccionario sui géneris que no lo había hecho nadie. Si hacer un diccionario ya tiene mucho de desmesura, hacer uno de construcción y de régimen iba más allá. Y en última instancia, arma una historia de la lengua porque estaba implicado con autores del idioma desde los comienzos, desde el año 1100, hasta fines del siglo XIX. Era una empresa sin sentido, lo cual está bien. Qué más sin sentido puede haber que la vida humana.”
–Quizás el gusto que muchos sienten por los diccionarios tenga que ver con cierta fascinación por los cementerios de la lengua, ¿no?
–Sí, tiene mucho de cementerio porque todo diccionario está lleno de arcaísmos. Pero si no tuviera arcaísmos, al cabo de unas décadas los diccionarios se vuelven cementerios porque se mueren las palabras que estaban vivas en el momento en que los hicieron. Nosotros siempre decíamos “oír” y el verbo “escuchar” casi nunca se usaba, pese a que los dos son igual de viables, puesto que vienen del latín, de audire y auscultare. “Escuchar” es “oír con atención”. Pero uno no escucha un trueno. Uno oye un trueno, ¿no? Entonces el verbo “escuchar”, en todo el ámbito de la lengua española, reemplazó a “oír”. Es insólito. Ya no quedan comentaristas del idioma y yo señalo estas cuestiones por molestar.
–¿Qué palabras que se perdieron le generan una profunda tristeza o nostalgia?
–La muerte del verbo “oír” se me hace terrorífica. ¿Cómo un verbo que venía de audire, que tenía 3000 años, puede morirse? Si se muere el verbo “oír”, ¡qué va quedar de mí mañana cuando me muera! Cómo se puede morir una palabra que estaba incorporada en las neuronas, en el código genético. Palabras como el verbo “escampar”, ¿en Argentina se usa?
–Sí, pero en la ciudad rara vez. Es más frecuente en las zonas rurales, y también se usa en Uruguay.
–Ah, no importa que sea en zonas rurales, ¡fíjese qué maravilla! En México nunca se usa; en Colombia sí porque llueve todo el tiempo y prescindir de un verbo como “escampar” sería imposible. Si me pusiera a hacer memoria, la lista de palabras que se han dejado de usar y me duelen sería muy grande. Muchos son localismos de mi tierra de Antioquia, aunque por ser localismos tienen menos dolor para mí. Lo que me duele más es el idioma entero. No quiero decir que no se deban usar localismos en la literatura, porque una novela tiene que estar llena del idioma de la vida, que es el local. Y en mis novelas uso muchos localismos pero de una manera maliciosa, para que se entiendan sin necesidad de un glosario (risas).

BIOÉTICA



Bioética: Filosofía del siglo XXI
A r n o l d o K r a u s

Los retos de la sociedad contemporánea, el uso indiscriminado de una tecnología contaminante y caduca, la brecha cada vez más grande entre países ricos y pobres han provocado el ahondamiento en el ámbito de la bioética, cuya finalidad es la protección de la vida. Arnoldo Kraus apunta en este ensayo la urgencia de fortalecer el pensamiento y la acción bioéticas como garantía para la preservación de la vida en nuestro planeta.
Para muchos, la bioética se ha convertido no sólo en una forma de vida sino en una condición de vida. Supervivencia es quizás el término que mejor resume los avatares incluidos en la agenda de la bioética. Sus peldaños son conocidos: dignidad, justicia, libertad, preocupación por “el otro”, calidad de vida y autonomía son algunos de esos cimientos. Las amenazas que pueden derruir el edificio de la ética también son conocidos: intolerancia, aplicación inadecuada de la tecnología, ineptitud de la inmensa mayoría de los políticos, mal uso del poder y fanatismo, son, inter alía, los vigentes. Tras el fracaso de los modelos que rigen a la humanidad lo único que podría detener la destrucción del ser humano y de la Tierra es la bioética, sobre todo, la bioética laica. Con frecuencia se repite, y es cierto, que la bioética es la filosofía del siglo XXI.
Aunque sea una idea que a muchos disguste, las amenazas sobre nuestra condición como personas y como inquilinos de la Tierra deben mirarse a partir del escepticismo y no del optimismo. No por serendipia, sino por necesidad, el libro que siembra las bases de la bioética, y que se encarga de preguntar acerca del futuro de la humanidad está dedicado a Aldo Leopold.
Leopold, precursor de la ética de la Tierra, afirmó en la década de los cuarenta del siglo XX que “el hombre era el cáncer de la Tierra”. No se equivocó: somos el cáncer de la Tierra. Van Rensselaer Potter, fundador de la bioética, publicó, en 1971, Bioethics. Bridge to the future. La dedicatoria dice: “Este libro está dedicado a la memoria de Aldo Leopold, quien anticipó la extensión de la ética a la bioética”.
Las reflexiones que siguen al reconocimiento son interesantes. Provienen del libro más importante de Leopold, A Sand County Almanac (Almanaque del condado arenoso), texto que transformó la ecología en ciencia y que sirvió de base para crear el Día de la Tierra. Entresaco algunas ideas:
Las primeras éticas se dedicaban a las relaciones entre los individuos; el Decálogo de Moisés es un ejemplo. Tiempo después la ética se dedicó a estudiar las relaciones de los individuos con la sociedad… Hasta ahora no existe una ética que se consagre a estudiar las relaciones del hombre con la Tierra y con los animales y las plantas que crecen en ella… La ética puede ser considerada como una guía para afrontar situaciones ecológicas nuevas o intrincadas… Los instintos de los animales pueden servir de guía para que los seres humanos puedan hacer frente a esas situaciones. La ética es posiblemente un tipo de instinto comunitario en construcción.
Han transcurrido casi cuatro décadas desde la publicación del libro de Potter y casi siete desde que Leopold advirtió del peligro que representa el ser humano para la Tierra, y por inferencia, para él mismo. En ese tiempo, la mayoría de los señalamientos de ambos, y de muchos eticistas han sido insuficientes para impedir el deterioro del globo terráqueo y para repartir las bonanzas de la tecnología. No es necesario ser pesimista para saber que la salud de nuestra casa, la Tierra, ha empeorado desde entonces. No es tampoco indispensable ser científico para cuestionar algunos logros de la ciencia y de la tecnología, tanto a nivel individual como social.
Lo que sí es necesario cuestionar es el uso inadecuado y exagerado de la tecnología. Cuestionar para revitalizar la vieja idea de Albert Einstein, quien, palabras más, palabras menos, advertía que “la única vía para detener el crecimiento inadecuado de la tecnología es la ética”. Junto al cuestionamiento einsteiniano es menester pensar en los usos y en las prioridades del conocimiento. Sin duda fueron esas preguntas las que motivaron a Potter a incluir en su viejo pero no tan viejo libro el capítulo intitulado “Conocimiento peligroso: El dilema de la ciencia moderna”.
Es evidente que el conocimiento científico es imparable. En ese sentido, es, en ocasiones, motivo de preocupación el hecho de que no todos los científicos se pregunten si todo lo que se estudia es útil o prioritario, o si tiene o no sentido seguir realizando determinados experimentos. Por su parte, los eticistas saben que la ciencia carece de límites, de ahí que suelan preguntarse hasta dónde es ético y lícito investigar “todo lo que se desee”. El reto se sintetiza en dos preguntas: ¿Cómo pueden conciliarse las posturas éticas y científicas con respecto al uso, al valor y a los límites del conocimiento?, y, ¿es realmente neutra la ciencia? Me recargo en el doctor José Narro para responder.
En octubre de 2009, el Rector de la Universidad Nacional Autónoma de México dijo, al recibir el Premio Príncipe de Asturias: “La modernidad debe traducirse en mejores condiciones para los excluidos de siempre. El verdadero saber no es neutro, debe estar impregnado de compromiso social”. En las caras de los excluidos de siempre, es donde el conocimiento y la ciencia deben estar impregnados de compromiso social, y no sólo ser fuente de bonanzas y espejo de la testarudez de quienes suelen manipular y mal usar el conocimiento. De lo mismo hablaba Potter en 1971:
La humanidad requiere urgentemente una nueva sabiduría que provea el “conocimiento de cómo usar el conocimiento” para la supervivencia del ser humano y para mejorar su calidad de vida. Esta sabiduría como una guía de acción —el conocimiento de cómo usar el conocimiento para el beneficio social—podría llamarse la Ciencia de la supervivencia, requisito indispensable para mejorar la calidad de vida. Propongo que la ciencia de la supervivencia deba ser construida a partir de la biología, la cual deberá expandirse por medio de algunos elementos de las ciencias sociales y de las humanidades con énfasis en la filosofía en el sentido estricto, es decir, “amor por la sabiduría”. Una ciencia de la supervivencia debe ser más que una mera ciencia, por lo que propongo el término bioética para enfatizar los dos ingredientes más importantes para adquirir esa nueva sabiduría que tan desesperadamente necesitamos: conocimiento biológico y valores humanos.
El mensaje de Potter es claro: vincular conocimiento biológico con valores humanos. Es decir, mirar al ser humano desde la óptica de la ética. Es decir, atraer a la discusión de las ciencias las palabras adecuadas que cuestionen las formas inmorales en las que se sustenta el poder omnímodo. Justicia, dignidad, libertad, calidad de vida y uso correcto de los recursos generados por la tecnología son algunos de esos principios.
Recurro a la literatura para fortalecer algunos conceptos. Aunque la literatura no compruebe sucesos, permite imaginarlos y recrearlos. En El secreto de Garcilaso, Lezama Lima habla de los falsos dualismos que sostienen nuestra cultura: claridad y oscuridad, arte y vida, experiencia y lenguaje. Lima aseguraba, con sabiduría, que la poesía es la responsable de mediar entre esas contradicciones. El escritor cubano tiene razón: quien lee poesía tiene la virtud de instalarse entre los dualismos de la realidad. Tiene, además, las llaves para abrir las puertas de esos desaguisados evitando quedar atrapado entre ellas. Una de las grandes virtudes de la poesía y de la literatura es ayudar. Ayudar para comprender las razones y las sin razones de la especie humana.
Entre Lezama Lima y Potter queda Charles Percy Snow. Imposible no recordar su conferencia magistral, “The Two Cultures”, dictada en 1959 en la Universidad de Cambridge. Esa conferencia, que posteriormente se transformó en un brillante ensayo, se rejuvenece cada año con más brío debido al inconmensurable avance de la ciencia y a las interminables preguntas de la ética. Snow, científico por estudio y escritor por vocación, planteó, en 1959, en la Rede Lecture, la incomprensión que existía entre intelectuales y científicos así como la dificultad de percibir la condición humana como un todo. La conferencia devino libro: The Two Cultures. An Expanded Version of the Two Cultures and the Scientific Revolution(1959).
Snow sostenía que la separación entre las ciencias y las humanidades disminuye la calidad de la educación y dificulta la solución de los retos y problemas del mundo. Ignoro si el científico inglés leyó a Potter, pero es importante señalar que el texto de Potter, Bioethics. Bridge to the Future, se publicó en 1951, es decir, ocho años antes de que el dualismo entre científicos e intelectuales fuese expuesto en el libro de Snow, The Two Cultures.
La alusión es importante porque en el prólogo del padre de la bioética aparecen las palabras “dos culturas”, es decir, ciencia y humanismo. Potter explica que su libro es un argumento para construir un puente llamado bioética cuyo fin sería unir las dos culturas.
Esa idea, la de unir las dos culturas, debería contar con los métodos adecuados para modificar, a favor del ser humano, algunas formas del poder, sobre todo el político, pero también el que se agazapa detrás de la tecnología en cualquiera de sus modalidades (médica, agrícola, comunicaciones, etcétera). Aunque nunca será una tercera cultura, para que la bioética tenga éxito, los interesados en ella deberán encontrar los caminos para convencer a políticos e industriales acerca de las amenazas contra el ser humano y la Tierra que surgen por su falta de sensibilidad y sabiduría. ¿Cómo debe afrontar la bioética la crisis del mundo, la crisis de la humanidad? Casi cuarenta años después de la publicación del libro de Potter, destacaría, entre muchas urgencias, cuatro puntos:
1. La bioética es una ciencia viva e imprescindible. Justicia, alteridad, tolerancia, dignidad, libertad y autonomía son algunos de sus pilares.
2. La bioética busca dotar a las ciencias de humanismo con la finalidad de mitigar el deterioro de la Tierra.
3. La bioética busca fomentar y salvaguardar los principios básicos que hacen del ser humano un ser humano y de la Tierra no sólo una casa, sino una obligación futura.
4. La bioética debe encontrar los caminos adecuados para mejorar las condiciones de vida de los pobres y de los muy pobres.
* * *
Los puntos anteriores son un prolegómeno en constante evolución. Esa mirada se modifica continuamente por los descubrimientos de la ciencia, por el deterioro de nuestro planeta y cambia de acuerdo a las preocupaciones de quienes cavilan en la bioética. Esos puntos permiten destacar innumerables escenarios. Para corroborar si es veraz o no la idea acerca de que la bioética es la filosofía del siglo XXI recurrí a los periódicos. No hay día sin noticias relacionadas con el tema. Los títulos que a continuación reproduzco aparecieron en un lapso de dos semanas (por razones de espacio no los discuto).
1. Londres despenaliza de hecho ciertos casos de asistencia al suicidio. La fiscalía aclara que no se procesará a quien ayude a morir de buena fe a un enfermo incurable que haya tomado la decisión sin presiones.
2. La desglobalización ha empezado, no volveremos al viejo régimen.
3. Vacuna de la malaria para 2011.
4. Panamá niega ayuda a España en el proceso por el jarabe asesino.
5. Yo quiero la parejita. La mitad de los diagnósticos preimplantacionales en Estados Unidos se usan para elegir el sexo del bebé.
6. España acusa a Estados Unidos de apartar a la Unión Europea para rebajar el pacto de Copenhague.
7. París no utilizará el ADN para reagrupar familias inmigrantes.
8. Las mujeres con menos recursos abortan más tarde.
9. La Iglesia mexicana llama “aberración” a la aprobación del matrimonio gay.
10. La Unión Europea abre el debate para fijar una tasa sobre bióxido de carbono.
11. La desertificación también distingue entre ricos y pobres.
12. Unos dos mil enfermos terminales al año piden la eutanasia.
Las noticias relacionadas con la bioética nunca finalizan. Las discusiones tampoco. A continuación enlisto una multiplicidad de temas, todos vigentes, todos complicados, todos en espera de respuestas. Todos fueron noticias periodísticas. Debe hablarse de las hambrunas y de los mil millones de personas que pasan hambre, del bioterrorismo, de la desaparición de las praderas marinas, de la contaminación de las aguas y de los aires, de la negativa de varios gobiernos latinoamericanos, incluyendo los autodenominados de izquierda, de prohibir el aborto incluso en situaciones tan extremas como sería la violación de niñas, de la opinión de la Iglesia acerca del uso del condón en África, de las amenazas que sufren los homosexuales en muchas partes del mundo, del alquiler de úteros en India por parejas europeas, de la compra de órganos, del denominado turismo de órganos en Chipre, Turquía e India por receptores europeos, de los asesinatos de prisioneros chinos en China y la subsecuente extracción de sus órganos para ser trasplantados en estadounidenses y europeos en los quirófanos vecinos, de los dobles estándares que utilizan muchos investigadores cuando realizan experimentos en países pobres, de la manipulación que hacen las compañías farmacéuticas de sus patentes con tal de no compartirlas, de los alimentos transgénicos, de la arrogancia de la medicina preventiva, de la manipulación que hacen con los médicos las compañías farmacéuticas, de los niños y niñas en situación de la calle, del asesinato de médicos que practican abortos y de ese universo que se escribe día a día en el Diccionario de las infamias del ser humano: sin papeles, sin techo, indocumentados, refugiados, etcétera. La multiplicidad de temas no sólo no termina, se incrementa. Todos requieren la intervención de la bioética.
La bioética es una ciencia cada vez más viva y en constante evolución. Quienes la ejercen desde una perspectiva religiosa, quienes la promueven desde el laicismo y quienes se ven implicados por lo que hacen o por lo que no hacen —políticos, religiosos, científicos, humanistas, empresarios—deben repensar las obligaciones de la bioética. Deben también cavilar en las vías para acortar las diferencias entre las personas y los caminos para disminuir las amenazas que atenazan al ser humano y a la Tierra. Por eso escribí líneas atrás la palabra tolerancia. Aunque ética y tolerancia no son sinónimos, comparten muchas miradas. Me apoyo en Michel Walzer. En On Toleration, dice: “La tolerancia hace posible la diferencia. La diferencia hace necesaria la tolerancia”.
Para concluir recurro otra vez a la literatura, ese reino donde es difícil comprobar la verdad pero no es difícil acercarse a ella hasta tocarla y convertirla en realidad. Para muchos pensadores la ética es la ciencia del mal menor; su leitmotiv es beneficiar a muchos, y lastimar a los menos. En la bellísima y tristísima novela, La piedra de la paciencia, Atiq Rahimi explica, en voz de una de sus personajes, su concepto de ética:
Hija mía, afortunadamente, o desafortunadamente, no todo el mundo puede alcanzar la felicidad, ya sea en la vida o en los cuentos. La dicha de unos produce la desdicha de los otros. Es triste pero es así.
La ética sólo podrá avanzar si las dos culturas de Snow dialogan entre sí hasta torcer los brazos del poder político y empresarial, cuyas actuaciones han sumido a la Tierra en un barranco y han hundido al ser humano en un precipicio. Samuel Beckett, entrañable pesimista, bien ilustra, en una de sus obras, las torceduras del poder:
—Cliente —le dice al sastre—: Dios fue capaz de hacer el mundo en seis días y usted no es capaz de hacer un pantalón en seis meses. —Sastre: Pero señor, mire el mundo y mire su pantalón.
Copio las palabras con las que inicié esta lectura: “Para muchos, la bioética se ha convertido no sólo en una forma de vida sino en una condición de vida. Supervivencia es el término que mejor resume los avatares incluidos en la agenda de la bioética”. Responsabilidad es un término vinculado con bioética y con supervivencia. La bioética es también la ciencia de la responsabilidad.
Tras la desaparición del Muro de Berlín, tras el fracaso de las políticas imperantes, tras los descalabros de los modelos religiosos, la bioética laica es la encargada de construir el telar donde la responsabilidad, fruto del conocimiento biológico y de los valores humanos, siga permitiendo la supervivencia del ser humano y de la Tierra.

Fuente:http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/7210/kraus/72kraus02.html


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sobre todo y sobretodo no significan lo mismo

La expresión sobre todo y el sustantivo sobretodo no son la misma palabra, por lo que no es adecuado emplear estas dos formas indistintamente.

Según el Diccionario panhispánico de dudas, sobre todo, que quiere decir 'principalmente, especialmente', se escribe siempre en dos palabras, mientras que sobretodo, que significa 'prenda de vestir, larga y con mangas, que se lleva encima de las demás prendas' y que en América se emplea como sinónimo de abrigo, se escribe en una palabra.

Sin embargo, en los medios de comunicación se encuentran frases como: «Los más de 25 000 asistentes bailaron con los ritmos de Calvin Harris y sobretodo con el colofón final que preparó Carl Cox», «Los bombardeos afectaron sobretodo a la localidad de Al Hobei».

En estos casos lo adecuado habría sido: «Los más de 25 000 asistentes bailaron con los ritmos de Calvin Harris y sobre todo con el colofón final que preparó Carl Cox», «Los bombardeos afectaron sobre todo a la localidad de Al Hobei».
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