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sexta-feira, 28 de setembro de 2012

EL LENGUAJE DE LOS URUGUAYOS





Día del Patrimonio en Uruguay tendrá como centro el lenguaje

Montevideo, 27 sep (PL)
Bajo la consigna de El lenguaje de los uruguayos, se efectuará el 6 y 7 de octubre el XVIII Día del Patrimonio, informaron hoy fuentes oficiales.


El Ministerio de Educación y Cultura (MEC) y la Comisión Patrimonial Cultural (CPCN) presentaron este jueves la amplia guía de actividades en esta nación suramericana, que estará acompañada de la edición del Diccionario del Español del Uruguay, el cual reúne más de 10 mil voces y expresiones propias de este país.

"El lenguaje es aglutinante y generador de sociedades", reflexionó José María Obaldía, presidente de la Comisión de Lexicografía de la Academia Nacional de Letras, según un reporte en la página en internet del MEC.

El titular esa institución, Ricardo Ehrlich, sostuvo que el idioma forma parte del núcleo de la identidad y "es uno de los pilares del sentido de pertenencia".

La idea de festejarlo es de permanencia y de cambio, de reflexión continua, significó.

Alberto Quintela, director general de la CPCN, dijo que el respaldo a la publicación del catálogo "es una manera de reconocernos a nosotros mismos".

"Leerlo es entretenido, hay un acto de reconocimiento y de ver lo viva que está la lengua", aseveró el experto.

Recorridos guiados, puertas abiertas de museos, charlas y exhibiciones serán algunas de las propuestas durante las dos jornadas.

El Día del Patrimonio se efectuó por vez inicial en 1995 y en las primeras ediciones abarcó solo una fecha, principalmente en Montevideo, pero con el tiempo se extendió a toda la nación y por dos días pero mantuvo su denominación en singular.

Durante la festividad cultural todos los edificios gubernamentales, salas, instituciones educativas, iglesias, edificios y hasta casas particulares con interés histórico o arquitectónico estarán abiertos gratuitamente al público.

jf/WAP FUENTE : PRENSA LATINA –Agencia Informativa Latinoamericana

SOBRE LA TRADUCCIÓN







En este nuevo Día Internacional del Traductor deseo enviar un afectuoso saludo a mis colegas y a todos aquellos que a través de sus tareas contribuyen para la jerarquización y reconocimiento de nuestra profesión.


El lector ideal es un traductor. Es capaz de desmenuzar un texto, retirarle la piel, cortarlo hasta la médula, seguir cada arteria y cada vena y luego poner en pie a un nuevo ser viviente.
Alberto Manguel

Los escritores hacen la literatura nacional y los traductores hacen la literatura universal.
José Saramago

Una lengua es toda una visión del mundo, y hasta cuando una lengua adopta una palabra ajena suele teñirla de otro modo, con cierta traición imperceptible. Una lengua, además, vale tanto por lo que dice como por lo que calla, y es dable interpretar sus silencios.
Alfonso Reyes

Traducir de una lengua a otra es el más delicado de los ejercicios intelectuales; comparado con él, los otros acertijos, del bridge al rompecabezas, parecen triviales y vulgares. Tomar un fragmento de griego y ponerlo en inglés sin derramar una gota ¡qué agradable destreza!
Cyril Connelly

Si el traductor hace su trabajo como debe, es un benefactor de la humanidad; si no, un auténtico enemigo público.
Miguel Sáenz

TEATRO Y TRADUCCIÓN





Traducir para la escena

Un especialista en versiones dramáticas traza brevemente la historia de la traducción teatral en la Argentina, deteniéndose en sus distintos períodos.
POR JAIME ARRAMBIDE – FUENTE REVISTA Ñ


En 1866, el escritor y militar argentino Estanislao del Campo asiste al estreno de la opera Fausto , de Gounod, en el Teatro Colón de Buenos Aires, minucia del anecdotario social porteño que se revelaría a posteriori como germinal para el teatro argentino: poco después de esa representación, Del Campo publica su texto dramático más famoso, comúnmente conocido como El Fausto criollo , donde el gaucho Anastasio le cuenta a su amigo Laguna sus “impresiones” tras haber asistido, precisamente, a una función del Fausto de Gounod. La situación llama a la risa, ya que Anastasio no sólo no ha logrado discernir el carácter ficcional de lo que ha visto en escena, sin distinguir realidad de representación, sino que además ha presenciado la ópera en su idioma original, el francés, y por lo tanto entiende la trama no por su texto, sino por su representación escénica. Del Campo, que sí hablaba francés y seguramente conocía la obra de Goethe en la traducción francesa de François-Victor Hugo, realiza una operación literaria simple que desde entonces recorre como un bajo continuo la relación entre la dramaturgia local y el teatro en lengua extranjera: a través de una elemental puesta en abismo, el autor conjuga una operación de traducción y dramaturgia a la vez, apropiándose de la fábula para torcer su carácter trágico y poner en escena la comicidad de esa brecha cultural y lingüística. El Fausto criollo es tal vez el primer empeño dramático de conferir un carácter nacional –y popular– a la herencia teatral europea: un improbable diálogo en verso, tan gauchesco como porteño, entre dos reseros al sereno de la noche pampeana.
Con el cóctel lingüístico que aportaron las posteriores oleadas inmigratorias, la cuestión idiomática se impregnó en todos los aspectos de la vida social, provocando un cimbronazo en el habla cotidiana que también el teatro debió digerir. En un nuevo gesto de apropiación, en este caso del género del sainete valenciano, el teatro porteño inaugura una forma nueva y genuinamente propia: el sainete criollo, forma popular que combina elementos circenses y que en general refleja la vida íntima de los conventillos de Buenos Aires, donde los recién llegados al país convivían en una Babel de dialectos y costumbres. El conventillo es incluso la cuna de una lengua urbana con nombre propio, el cocoliche, jerga híbrida del español hablada por los inmigrantes italianos de la época. En el sainete criollo el problema de la traducción está tematizado e imbricado en la trama, y suele ser el disparador de situaciones graciosas derivadas de los malentendidos idiomáticos o del acento extranjero de los personajes.
Hasta ese momento, sin embargo, el teatro traducido que se estrenaba en Argentina utilizaba las traducciones publicadas que llegaban desde España y que el espectador digería por convención o porque ese habla aún le resultaba familiar. Pero a partir de la década de 1940, con el apogeo de la clase intelectual argentina y el oscurantismo intelectual que se cernió sobre España, algunos escritores y traductores locales se dedicaron a volcar al español los nuevos clásicos contemporáneos, textos que ahora les llegaban desde más allá de la barrera de los Pirineos. El ostracismo español tuvo entonces un correlato obvio en la desacralización de su lengua, y si bien la literatura argentina ya había librado la batalla del “buen decir” muchos años antes –tal vez con Roberto Arlt, de quien se dice que aprendió a escribir leyendo traducciones malas–, los traductores que hasta entonces seguían bajo el yugo del canon castizo comienzan a incorporar gradualmente ciertos localismos y figuras de expresión propios del habla local. (Y aquí va la mención obligada a Aurora Bernárdez, gran traductora, y en especial de teatro.) En ese enclave histórico, se hace manifiesto por primera vez en Argentina el rasgo inalienable y específico de la traducción teatral: su destino oral.
Para el dramaturgo, la oralidad está en el origen y en el destino de su texto: el intento de construir un verosímil lingüístico para la escena. Su paso por la página, por escandaloso que pueda sonar, es mayormente una circunstancia obligada, utilitaria, pues para el dramaturgo el texto teatral se consuma cuando ocupa la voz del actor. Del teatro publicado al teatro escenificado siempre hubo, en los hechos concretos de la práctica teatral, un abismo escarpado y pesaroso. Por eso el texto teatral es siempre tan inacabado, y la noción de autoría en el teatro es más lábil y a la vez más peliaguda que en ningún otro género literario. A eso se suma un fenómeno mundial que corre en paralelo con las postrimerías del siglo XX y que continúa en la actualidad, a saber, la disminución exponencial de los lectores de teatro. En efecto, y gradualmente, la mayor parte de las traducciones de teatro ya no fueron encargadas por editores, sino por productores o directores de teatro, y el destino oral de ese encargo, precisamente, resulta decisivo para el equilibrio de las soberanías idiomáticas. Gracias a la exigencia instantánea de la puesta en escena, el teatro bien traducido hace un aporte capital a la independencia y supervivencia de las distintas variantes del español, resistiendo cualquier embate neutralizador. Ya sea que el autor haya creado un habla escénica propia, ya sea que intente reproducir un modo de hablar que existe en ese otro idioma, el punto de referencia para el traductor siempre será el habla del espectador, y no del lector. El teatro es así. Su destino es al mismo tiempo, ay, su coyuntura. Por eso existen actualmente las así llamadas “versiones internacionales”, traducciones de buena fe a un español de comprensión generalizada, que logran divulgar las obras –sí, la vulgata –, pero que están abiertas a ser retrabajadas por un traductor-dramaturgo allí donde vayan a representarse.
A partir de 1970, el cuestionamiento de la idea de autor a nivel mundial y el desarrollo subterráneo del teatro local durante la dictadura militar tuvieron su correlato en el ascenso de la dramaturgia de director. El escritor dramático no desaparece, pero vuelve a subirse al escenario; o por el contrario, no es más que un director disfrazado de autor. Para la traducción teatral, la consecuencia más relevante de este proceso es que salvo que se trate de un nombre que ha trascendido por motivos comerciales, son pocos los directores dispuestos a correr el riesgo de dar a conocer un autor experimental extranjero, ya que suele preferirse la experimentación local y de la pluma del propio director. A esto se suma la fortaleza y relativa independencia del mercado teatral de la metrópolis de Buenos Aires, donde en los buenos años llegan a estrenarse casi mil producciones y que en temporada alta registra más de 400 espectáculos simultáneos en cartel. Por supuesto que ese es el reino de la dramaturgia local, actual o de repertorio, pero también han tenido cabida obras europeas contemporáneas, muchas veces con el aporte económico o de difusión de los servicios culturales de las distintas embajadas, que justamente financian la traducción de las obras, como un modo de aproximar la literatura de sus países a la plaza teatral argentina.
Y si traducir es aproximar, en el teatro esa proximidad se vuelve urgencia de los sentidos, del texto que corre y no nos da una segunda oportunidad, siempre fugando hacia adelante por el impulso irrefrenable de la escena. Si traducir es aproximarse, el traductor comparte con la gente de teatro la capacidad de insuflar vida nuevamente a un texto y hacerlo respirar: más aún que el erudito y el exégeta, el traductor se revela así como el único con derecho pleno a meter sus manos en un texto cerrado hace mil años, o incluso cerrado ayer.

SAN JERÓNIMO


PATRONO DE LOS TRADUCTORES

San Jerónimo nació cerca de Dalmacia y falleció el 30 de septiembre en Belén, Israel. ¿Por qué se eligió el día de su muerte como el día del Traductor y del Intérprete? Porque Jerónimo tradujo la Biblia (la Vulgata) del griego y del hebreo al latín. Su obra se convirtió en el libro más leído de la humanidad y dejó de ser la versión ‘oficial’ de la Iglesia Católica recién en 1979 cuando se publicó la Neovulgata.


Jerónimo aprendió el latín en Roma, donde sirvió al papa Dámaso y luego, cuando ya estaba interesado en traducir la Biblia del hebreo, decidió instalarse en Belén para perfeccionar su dominio de dicha lengua. Incluso se dio el lujo de corregir versiones anteriores de traducciones del Nuevo Testamento o de ciertos trozos del Antiguo Testamento, tratando de establecer un rigor en la versión traducida. En su momento, sus coetáneos lo criticaron por traducir la Biblia a partir de la versión en hebreo, pero San Jerónimo consideraba que debía acudir al texto original y traducirlo y, de hecho, detectó una serie de errores en las versiones de la Biblia que circulaban en su tiempo.

A diferencia de la mayoría de los traductores, San Jerónimo saltó a la fama y es conocido hasta en nuestros días: esto se debe, sin lugar a dudas, a su versión traducida de la Vulgata y a sus demás obras literarias que le valieron el título de Doctor de la Iglesia Católica.

La comunidad de Traductores e Intérpretes celebra el día 30 de septiembre como su día, el día en el que falleció un hombre que, para traducir un texto sintió la necesidad de irse a vivir al país donde se hablaba esa lengua para poder entender mejor el mensaje que debía traducir. No se trataba, simplemente, de reemplazar una palabra en hebreo por su equivalente en latín, sino que era necesario comprender el sentido, la cohesión del texto y la intención del autor.

DIA INTERNACIONAL DEL TRADUCTOR



Este día se conmemora en todo el mundo el Día del Traductor. Coincide con el Día de San Jerónimo, considerado por muchos como el primer traductor y el patrono de los traductores. San Jerónimo tradujo la Biblia al latín, por allá en el 383 d.C., versión denominada "Vulgata" (probablemente llamada así porque el latín era la lengua del pueblo, y hasta ese entonces la Biblia solamente se encontraba disponible para quienes conocían el griego y el hebreo) y, además, hizo toda una defensa de su traducción en la época, con un documento que se considera como el primer tratado de traductología.

Más o menos desde 1991, la FIT (Fédération Internationale des Traducteurs - Federación Internacional de Traductores), a través de su Comité de Relaciones Públicas, ha estado fomentando la celebración del 30 de septiembre como el día internacional del traductor, no tanto como un reconocimiento a San Jerónimo (que sería una celebración más bien religiosa) sino como una forma de promover la profesión en un mundo cada vez más globalizado y, por ende, dependiente de la actividad de los traductores.

FUNDÉU RECOMIENDA...


Recomendación del día


mandamás: plural, mandamases

El plural del término mandamás ('persona que tiene el mando o la autoridad') es mandamases, y es común en cuanto al género: el/la mandamás, tal como se señala en el Diccionario panhispánico de dudas de las Academias de la Lengua.

Sin embargo, se pueden ver ejemplos de uso inapropiado del plural de mandamás en algunos medios: «Puede que suene a broma, pero el documento está firmado por una de las mandamás de Google», «El jugador navarro trata de hacerse un hueco entre los mandamás del panorama de la pelota a mano».

En todos estos ejemplos lo apropiado habría sido escribir los o las mandamases, no los o las mandamás.

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