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sábado, 27 de outubro de 2012

LA LENGUA DEL SABER







Por Diego Tatián *
En diversos coloquios y encuentros académicos en los que la universidad busca pensarse a sí misma en sus rutinas de transmisión del saber y producción del conocimiento, puede corroborarse un retorno de la pregunta por la crítica, término que designa la herencia mayor del proyecto histórico, social y político que lleva el nombre de Ilustración. ¿Cuándo un conocimiento es crítico? Cuando el trabajo con las palabras, los materiales y las ideas que llamamos investigación no se desentiende de un conjunto de preguntas (cuya pertinencia no tiene por qué ser considerada privativa de las ciencias sociales) que acompañan –y a veces incomodan– la producción y transmisión de conocimientos: ¿para qué?, ¿para quién?, ¿con quién?, ¿quién lo decide y por qué?, ¿a quién le sirve?, ¿qué intereses satisface?, ¿contra quién puede ser usado?

Cuando se habla de crítica no se alude a ninguna incumbencia exclusiva de la filosofía, las humanidades o las ciencias sociales, sino a los nuevos lenguajes e ideas que son capaces de concebir las ingenierías; a los múltiples saberes acerca de la salud y enfermedad que irrumpen en la medicina; a una reflexión del mundo económico capaz de desnaturalizar modelos que se presentan como ineluctables y necesarios, y así sucesivamente con las ciencias naturales, el derecho, la arquitectura...
Conforme esta acepción, la crítica sería el acompañamiento del trabajo académico e intelectual por una reflexión acerca de su sentido que precisamente resguarda al conocimiento de su captura por el mercado o por poderes fácticos de cualquier índole; es decir lo resguarda de las heteronomías que lo politizan de hecho, en favor de un compromiso social explícito y lúcido que, por tanto, no mengua su libertad sino más bien la expresa.
Frente al progresismo reaccionario que hoy disputa el sentido del estatuto universitario, acusando de “conservadores” a quienes de una manera u otra resisten la conversión de la universidad en una empresa de servicios, la interlocución con la historia, la anamnesia y la anacronía pueden esconder un insospechado contenido crítico. En ese aspecto, una universidad democrática mantiene una importante dimensión conservacionista, capaz de invocar contenidos antiguos en alianza con otros nuevos, contra el paradigma de una eficiencia definida en términos del mercado, que se busca hacer prosperar y naturalizar como pura prestación de servicios determinada por la demanda estricta –de consumidores, de empresas, de grandes capitales–. En ello, en la encrucijada crítica de memoria e invención, radica quizá la mayor contribución democrática de la universidad pública.
Una tarea de principal importancia bajo esta misma inspiración crítica es la recuperación del español como lengua del saber, como lengua científica y filosófica. Lo que no equivale a promover un provincianismo autoclausurado y estéril, sino un universalismo en español que se acompaña con el aprendizaje de muchas otras lenguas para acceder a todas las culturas y entrar en interlocución con ellas contra la imposición de una lengua única. El desarrollo del español como lengua del saber, del pensamiento y del conocimiento académico postularía un internacionalismo de otro orden, babélico y no monolingüe, y requeriría un cambio radical en nuestra cultura de autoevaluación universitaria y científica.
Ese cambio consiste en la decisión de no reducir el propósito de la actividad científica a una comunicación de resultados en inglés para especialistas a través de revistas –paradójicamente llamadas de “alto impacto”– que efectivamente garantizan la calidad de las publicaciones, sino también –sin sacrificar lo anterior, además de ello– promover el español como lengua capaz de acuñar conocimientos e interpretar el mundo de manera singular.
La tarea de volver al español una lengua hospitalaria de la ciencia y una herramienta para su transmisión requiere de una decisión política –de la universidad, del Conicet, pero también de los investigadores, cuyo trabajo, de manera explícita o tácita, se halla confrontado con cuestiones políticas por relación a la lengua–. Dicha opción no es convertible con un chauvinismo resentido y autorreferencial sino todo lo contrario. Plantear para la filosofía y las ciencias algo así convoca –por supuesto de manera no directamente trasladable– la experiencia literaria borgiana y la transformación en la manera de percibir el mundo de los argentinos después de ella.
En efecto, la tarea de explorar el español en sus posibilidades ocultas y de haberlo llevado a su máxima expresión no abjura de su puesta en interlocución con todas las lenguas, más bien la presupone. Entre el inglés de la infancia y el árabe que había comenzado a estudiar en Ginebra poco antes de morir, Borges conjugó la lengua de los argentinos con muchas otras, vivas y muertas, sin no obstante desconocer que “un idioma es una tradición, un modo de sentir la realidad, no un arbitrario repertorio de símbolos.
El estatuto de la literatura, la ciencia y la filosofía no son cuestiones menores en la actual experiencia latinoamericana que emerge finalmente como laboratorio democrático, cuyo litigio central es la conquista de la igualdad, y constata una irrupción de movimientos populares orientados a desactivar lo que la filósofa brasileña Marilena Chaui llamó el “discurso competente”, la ideología de la competencia explicitada en la llamada “sociedad del conocimiento”, conforme la cual el conocimiento, convertido en una mercancía entre otras, se determina como una fuerza productiva de capital y el principal activo de las empresas.
En la “sociedad del conocimiento”, el pensamiento y las ideas “improductivas” (en sentido marxiano, es decir no subordinadas a la reproducción del capital) se hallan “fuera de lugar”; la ideología que la sustenta es un progresismo tecnocrático conforme el cual nada –nada nuevo– podría o debería suceder; un progresismo inmune a los riesgos y las implicancias emancipatorias de un saber instituyente que pudiera “hacer un hueco” en el conocimiento instituido.
El discurso competente –la delegación de las decisiones políticas en “especialistas” y, en términos generales, la subordinación de la política a la economía– presupone un saber alienado de la vida colectiva, y su captura como propiedad privada e instrumento de dominación. La ideología de la competencia (en el doble sentido del término) presupone pues la destrucción misma del principio que afirma la comunidad del pensamiento, el pensamiento como lugar común, la lengua compartida como tesoro acumulado por muchas generaciones de escribientes y de hablantes en las que encontrar palabras que nos permitan abrir la historia y decir cosas nuevas, y opera su sustitución por el principio opuesto que afirma la incompetencia de los muchos y la competencia especializada de unos pocos. Es éste uno de los núcleos de la despolitización neoliberal.
Contra el discurso competente, mantener abierta la cuestión democrática en la aventura latinoamericana presupone una reflexión sobre el saber –un saber de las condiciones del saber– que reconoce la radical igualdad de los seres humanos como sujetos capaces de acciones y pensamientos. Esa comunidad del pensamiento (y, si nos fuera permitido acuñar este término, el “comunismo del conocimiento”) nada tiene que ver sin embargo con una transparencia de los significados culturales ni con la impugnación resentida de todo lo que no puede ser entendido por todos de la misma manera. Semejante ilusión de transparencia no sólo es imposible, es además indicio de una pulsión antiintelectual reaccionaria que censura la experimentación con la lengua, con las formas y con las prácticas. Lo común no equivale al sentido común ni a la opinión pública –que no obstante el adjetivo suele ser privada, estar privada–. Lo común no aspira a un mundo de la comunicación total.
Diríamos más bien que se desarrolla paradójicamente como la generación de muchas “lenguas menores” cobijadas por el español, y también como resguardo de lenguajes extraños, no comunicativos ni argumentativos, en la conversación pública latinoamericana de los seres humanos respecto de sí mismos. Lo común no es uniforme ni algo ya dado sino siempre una conquista del saber, del pensamiento, del arte y de la política; un trabajo, un anhelo, una opacidad; el objeto de una interrogación y de un deseo. Lo que está siempre ya dado es más bien la “opinión pública”, que Marx llamaba ideología y, antes, Spinoza llamó superstición: es decir, una elaboración del miedo que lo perpetúa y perpetúa el estado de cosas que lo genera para así bloquear cualquier transformación.
* Universidad Nacional de Córdoba.

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El arte de la escritura, según David Ogilvy

El arte de la publicidad no es única y exclusivamente visual. Los textos que acompañan un anuncio son tan o más importantes que sus imágenes. Por eso, los publicitarios deben ser también buenos escritores. Consciente de esta necesidad,David Ogilvy, el considerado por muchos como “padre de la publicidad moderna”, envió a sus empleados en 1982 un manual interno para dominar el arte de la escritura en el mundo de la publicidad. Brain Pickings recoge a continuación los inestimables consejos para escribir de Ogilvy:


1. Leer tres veces el libro Writing That Works; How to Communicate Effectively In Business, de Kenneth Roman y Joel Raphaelson.
2. Escribir de la misma manera que hablamos, con naturalidad.
3. Usar palabras, frases y párrafos breves.
4. No utilizar jerga. La jerga es un síntoma de presunción.
5. No escribir nunca más de dos páginas sobre un tema.
6. Comprobar siempre las citas que realizamos al escribir.
7. No enviar nunca una carta o una memoria en el mismo día que la escribimos. Leerla en alto a la mañana siguiente y editarla.
8. Si un texto es verdaderamente importante, buscar el apoyo de algún colega.
9. Antes de enviar una carta o una memoria, asegurarnos de que dejamos claro al receptor lo que queremos.
10. Si queremos realmente acción, es mejor no escribir e ir directamente a hablar con la persona a la que queremos transmitir el mensaje.

MEDIACIÓN CULTURAL


EL APASIONANTE MUNDO DEL TRADUCTOR COMO ESLABÓN INVISIBLE ENTRE LENGUAS Y CULTURAS

Nuria Ponce Márquez
(Universidad Pablo de Olavide, Sevilla)


Resumen

En una sociedad multicultural como la nuestra, la labor del traductor como mediador intercultural cobra especial importancia. Hoy día, los traductores se han convertido en profesionales capaces de conectar las realidades de dos culturas diferentes a modo de eslabón invisible. El buen traductor debe ser capaz de adecuar un mensaje expresado en una lengua origen a una lengua meta impregnada de una cultura totalmente diferente sin que el receptor detecte que se encuentra ante una traducción. Por esta razón, el verdadero logro de cualquier traductor es el de mantenerse invisible ante los ojos de un receptor meta que concibe el texto que recibe como un constructo nuevo y no como un producto que ha sufrido un proceso de transformación.

PRÓLOGO

Tras varios años dedicándome al apasionante mundo de la traducción y la interpretación, siento la necesidad de volver a re-andar mis propios pasos y de plantearme realmente la importancia de la actividad que estos profesionales desarrollan. Cualquier trabajador de cualquier rama debería hacer en algún momento de su vida un ejercicio de autorreflexión acerca de la actividad que realiza, así como acerca de las repercusiones que su trabajo pueda tener en la sociedad en la que ejerce su labor.
Normalmente, cuando esta situación se produce, es decir, cuando un trabajador se plantea realizar este ejercicio de autorreflexión, suele ser debido a algún factor externo que le ha hecho volver a mirar hacia atrás para respirar hondo y analizar cuál es su labor en el mundo que le ha tocado vivir.
En mi caso, probablemente, este ejercicio de autorreflexión se ha visto provocado por la continua lucha que tenemos que mantener los traductores e intérpretes con una serie de mitos irreales que pululan por nuestra sociedad. El hecho de que casi cualquiera que haya hecho un par de cursos de cualquier lengua extranjera se atreva a querer traducir o tantas otras situaciones en las que los traductores se sienten infravalorados ante un cliente que realmente no ha sabido apreciar el laborioso trabajo que dicho traductor ha tenido que realizar para poder ofrecer un resultado correcto son factores determinantes que deben provocar el ejercicio de autorreflexión mencionado anteriormente, para que en el mercado laboral sepamos quiénes somos y la importancia de la labor que desempeñamos. Traductor no es cualquiera y, mucho menos, buen traductor.

EL TRADUCTOR: EL ESLABÓN INVISIBLE ENTRE LENGUAS Y CULTURAS

Desde tiempos inmemoriales, el hecho de conquistar un territorio llevaba también consigo la necesidad de imponer la lengua del dominador sobre el subyugado. A pesar de la diferencia de estatus entre vencedores y vencidos, la propia convivencia entre culturas provocaba que se traspasase cualquier tipo de barrera lingüística, comenzando así a desarrollarse el proceso traductológico como un nexo necesario entre las diferentes culturas.
Desde hace bastantes años, este proceso traductológico ha sido objeto de análisis y estudio con el fin de sentar las bases de un aparato teórico-práctico que delimitase la función de traductores e intérpretes.
Han pasado ya muchos años desde que Eugene Nida comenzara a plantearse el concepto de equivalencia entre dos lenguas y a lo largo de todo este tiempo se han logrado numerosos avances en lo concerniente a un conocimiento y comprensión de lo que conlleva en sí mismo el proceso de traducción y los diferentes mecanismos que se activan al traducir.
Cuando un estudiante de traducción escucha por primera vez la explicación del significado del verbo “traducir”, realmente no es consciente de la complejidad que conlleva el hecho de que traducir consista, nada más y nada menos, que en “trasladar un mensaje de una lengua origen o de salida a una lengua meta o de llegada”.
Probablemente la utilización en esta definición del verbo “trasladar” no sea la más idónea; de ahí que hoy día las tendencias traductológicas más actuales hablen de “adecuación” en lugar de “traslado”. Se trata efectivamente de una adecuación de un enunciado de una lengua a otra, de forma que el mensaje final, hasta que llega a convertirse en el resultado deseado, va sufriendo una serie de transformaciones de diversa índole. Resulta casi imposible en la mayoría de los casos mantener, por ejemplo, la forma lingüística fonética y gramático-sintáctica del TO y lo que generalmente se transfiere de una lengua a otra es el sentido pragmático, es decir, trasladamos sentidos adecuando dichos conceptos de una cultura a otra.
Jesús Peláez, Catedrático de Filología Griega de la Universidad de Córdoba, expone claramente la complejidad de este proceso basándose en la traducción del proverbio de origen italiano “il traduttore, traditore” hacia el alemán (“der Übersetzer ist ein Verräter”= “el traductor es un traidor”). Según Peláez, “al traducirlo al alemán, se conserva el significado (traductor = traidor), pero hay una pérdida en el plano fonológico: en alemán no hay rima como en italiano (“il traduttore, traditore”); otra diferencia reside en que, en italiano, la estructura sintáctica se compone de dos palabras, sujeto y predicado, meramente yuxtapuestas, sin verbo que medie entre ellas. En alemán, en cambio, se usan dos palabras fonéticamente menos similares (“Übersetzer” – “Verräter”), unidas por un verbo copulativo que proporciona mayor complejidad a la oración. Fonética, sintaxis y efecto pragmático son diferentes. Como sucede con los trasvases de agua de un río a otro, al traducir siempre se pierde caudal. La labor del buen traductor consistirá en que se pierda lo menos posible” (Peláez, 1997: 1).
Para que ese caudal no se pierda, el traductor debe ser fiel tanto a la lengua origen como a la lengua de llegada, o mejor dicho a la cultura origen y a la cultura de llegada, adecuando de la forma más aproximada posible el sentido expresado en la lengua origen marcada por una cultura origen a una lengua meta marcada por una cultura meta. Al fin y al cabo, toda lengua no es más que la expresión de unos determinados hablantes inmersos en una determinada cultura con unas características determinadas. No cabe la menor duda de que esa adecuación que debe llevar a cabo el traductor en su obra implica un conocimiento profundo no sólo del par de lenguas de trabajo sino, sobre todo, de las implicaciones culturales de ambas lenguas. Por todo esto, el traductor se convierte en un eslabón intercultural que actúa de mediador entre la cultura origen y la cultura meta.
A lo largo de la historia de la traductología, los traductores se han planteado siempre cómo conseguir una traducción lo más perfecta posible. En su Carta sobre el arte de traducir, Lutero ya expresaba en el siglo XVI las dificultades sobrevenidas en su traducción de la Biblia:

“Me ha costado mucho esfuerzo traducir para poder ofrecer un alemán puro y claro. Con frecuencia se ha dado el caso de buscar y preguntarnos durante quince días, o durante tres o cuatro semanas, acerca de una sola palabra, sin encontrar, a pesar de ello, respuesta inmediata. Al traducir el libro de Job, Melanchton, Aurogallus y yo trabajamos de tal manera que apenas nos fue posible terminar tres líneas en cuatro días... Ahora está en alemán y terminado; cualquiera puede leerlo y examinar el texto; se pueden leer tres o cuatro páginas sin dificultad alguna y sin que se perciban las piedras y tropiezos que había allí...” Y más adelante añade: “No es la literatura latina lo que hay que escudriñar para saber cómo se debe hablar alemán..., sino que hay que preguntar a la madre en la casa, a los niños en la calle, al hombre ordinario en el mercado y observar su boca para saber cómo hablan, a fin de traducir de esa forma; entonces comprenden y advierten que se habla alemán con ellos” (Peláez, 1997: 1).

En esta afirmación, Lutero confirmaba el procedimiento traductológico que todo profesional debe seguir antes de comenzar con su labor de traducción, es decir, el traductor debe establecer una fase de comprensión en la que se debe plantear cuál es el sentido del texto original. Mientras redacta, es normal que al propio traductor le surjan dudas no sólo con respecto a meras palabras sino, incluso a veces, en cuanto a la expresión de frases completas. Precisamente ése es el factor clave para cualquier buen traductor: la duda. Esta duda es la gran aliada del traductor.
Cuando el profesional duda, se produce un descenso desde su pedestal de endiosamiento para darse cuenta de que se encuentra ante un reto difícil que tiene que superar a pesar de los muchos años de experiencia. El orgullo sobrevenido por querer superar ese reto que se le plantea lleva al profesional a tener que investigar y plantearse cuáles son los giros idiomáticos más pertinentes en la lengua de llegada.
El profesional siempre tiene que plantearse si la expresión y/o expresiones que está utilizando serían identificadas como propias por los receptores del texto meta. Ésa es la verdadera tarea de adecuación y el verdadero logro que se consigue tras una larga formación que continúa durante todos los años de ejercicio profesional y que, personalmente, creo que no acaba nunca.
El traductor es, por tanto, responsable nada más y nada menos de que un mensaje, que probablemente no fue concebido para ser traducido, efectivamente se traduzca hacia una lengua meta sin que a los hablantes de esa lengua les provoque ninguna sensación de extrañeza. Para conseguir esto, el traductor debe sumergirse hasta las entrañas del texto origen y dejarse impregnar de toda la carga cultural que dicho texto pretende transmitir para volver de nuevo a resurgir de sus cenizas con el fin de adecuar todo ese mensaje a una cultura meta totalmente diferente. Todo esto conlleva que el traductor no se erija tan sólo como un mero transmisor de palabras, sino como un verdadero eslabón, una conexión tan sumamente versátil que es capaz de entrelazar dos culturas diferentes.
El profesional adopta así la función de eslabón invisible, puesto que el buen traductor debe ser capaz de adecuar un mensaje expresado en una lengua origen a una lengua meta impregnada de una cultura totalmente diferente sin que el receptor detecte que se encuentra ante una traducción. Por esta razón, el verdadero logro de cualquier traductor es el de mantenerse invisible ante los ojos de un receptor meta que concibe el texto que recibe como un constructo nuevo y no como un producto que ha sufrido un proceso de transformación.
La Real Academia Española de la Lengua define el término `cultura´ como “el conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.” La última expresión de toda cultura es su lengua y el traductor es el elemento mediador que actúa de vaso comunicante.
Tal y como hemos mencionado anteriormente, el hecho que ratifica esta afirmación es que desde tiempos remotos una de las formas más eficaces de colonización ha consistido en la imposición de una lengua. Lengua y cultura forman un todo indisociable, sin que se pueda entender la una sin la otra. De esta manera, la traducción supone una puerta abierta a la comunicación entre pueblos y culturas, convirtiéndose en la principal vía para recibir información actualizada de todo lo que ocurre más allá de nuestras fronteras.
En este contexto, las últimas tendencias traductológicas desarrollan el concepto de “interculturalidad”, es decir, enfatizan el hecho de que el traductor debe poseer un amplio conocimiento acerca de las similitudes y diferencias que se aprecian entre las dos culturas, la de la lengua origen y la lengua meta. A este respecto, Jenny Brumme, profesora de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, afirma lo siguiente:

“Durante las últimas décadas, los estudios dedicados a la traducción han hecho hincapié en la necesidad de concebir esta actividad como un proceso de comunicación intercultural [...]. Ya no se entiende al traductor como un mero transmisor entre dos lenguas, sino como un especialista bi o multicultural que tiene que recrear, en una situación determinada, para una cultura meta, un texto impregnado de una cultura origen. Con la ayuda de un saber cultural lo más amplio posible, debe poder distinguir entre las realidades del autor, la de él mismo y la del cliente / receptor [...]. El saber intercultural abarca la totalidad de los conocimientos sobre las similitudes y diferencias entre dos o más culturas, es decir, no sólo comprende los conocimientos de los contrastes más o menos fuertes, sino también el saber en áreas donde no es de esperar conflicto alguno gracias a los rasgos comunes de las culturas” (Brumme, 2006: 1-11).

Brumme confirma un aspecto muy interesante y a menudo olvidado en la docencia de la disciplina de la Traducción y la Interpretación: el hecho de que hay que observar no sólo aquello que diferencia a dos textos, sino también aquellos aspectos que los acercan, que los hacen ser similares, con el objetivo de poder efectuar un análisis contrastivo completo a modo de trabajo previo en el que se base la búsqueda de la tan ansiada adecuación cultural.
Esta autora va un poco más allá y describe todos los factores que debe tener presente el buen traductor para conseguir dicha adecuación, para lo que plantea un método basado en el análisis de la función prevista para el texto en la cultura meta, la familiaridad o extrañeza del lector meta ante elementos concretos de la cultura origen, así como la necesidad o no de adaptar el tipo textual según las normas vigentes en dicha cultura meta:

“Primero habría que determinar qué función se prevé en la cultura meta para el texto que se ha de traducir. En segundo lugar, para cada texto o tipo textual concreto, en qué medida los elementos específicos de la cultura origen se reencuentran en la experiencia cotidiana y los conocimientos adquiridos por el cliente / lector meta o en qué medida son ajenos al receptor meta. Finalmente, el traductor debería decidir si `lo diferente/ajeno/extraño´ en el texto salida desempeña una función en el texto meta, o si será necesario adaptar el texto a las normas del tipo de textual meta para mantener la función del texto salida” (Brumme, 2006:22-30).

Por tanto, la traducción es un proceso complejo en el que el traductor tiene que estudiar el original y su contexto, prestando especial atención al momento histórico en el que se produce, la sociedad en la que aparece, la biografía del autor original y todos los factores socioeconómicos que lo rodean. Esto quiere decir que con sólo conocer con rigor la lengua y su funcionamiento no se es buen traductor. No basta con eso.
En definitiva, debido a su importante labor como mediador cultural, el traductor debe ser el primero en tomar conciencia de que su trabajo tiene implicaciones que van más allá del simple ejercicio traductológico, valorando la importancia de sus estrategias y toma de decisiones en el proceso de traducción.
Sin embargo, la complejidad intrínseca al proceso de traducción y al hecho de que el traductor se establezca como mediador de culturas quizás no abarque completamente el trabajo de dicho profesional. Realmente la labor del traductor consiste en algo más que producir un traslado adecuado (trasladar ideas de un texto a otro, o de una cultura a otra). El traductor tiene que llegar a ser capaz de producir ese traslado y convertirlo en una construcción (el traductor participa activamente en la construcción de un nuevo texto). Estas dos visiones, que no tienen por qué ser contradictorias, están suscitando hoy día un gran debate traductológico en los foros de traductores.
De cualquier manera, lo que está claro es que el encargo de traducción va a ser el que va a delimitar siempre las dosis de construcción que un traductor puede emplear en el producto final, obviamente conociendo y respetando siempre las características culturales del texto origen y del texto meta.
En resumidas cuentas, el traductor posee un arma de trabajo que tiene que adecuar de la forma más correcta e idiomática posible a otra lengua, es decir, el traductor se convierte en un “traidor” que tiene que utilizar todo su ingenio para engañar al lector final de que lo que está leyendo “no suena a traducción”. Podríamos definir la traducción como un proceso muy complejo en el que el traductor tiene que hacer valer sus conocimientos de dos lenguas y dos culturas diferentes y establecer una toma de decisiones y de estrategias que permitan que el lector del texto traducido se sienta cómodo con la traducción.
Para conseguir este objetivo, se parte de la base de que el buen traductor debe contar con la suficiente competencia lingüística y cultural en estas dos lenguas, a lo que habría que añadir la suficiente competencia traductora, es decir, aquellas cualidades que le permiten traducir correctamente.
Un alto desarrollo de estas competencias y un equilibro entre las tres nos acercaría a la figura del traductor ideal. Sin embargo, la experiencia nos lleva a comprobar que no existe dicho traductor ideal, al igual que tampoco existe la traducción ideal. Lo que existen son traductores reales, unos mejores que otros, pero todos con sus limitaciones, tanto personales como externas, tales como un muy reducido plazo de entrega o un desconocimiento total del tema (para lo que previamente se tiene que realizar un trabajo de investigación e información). Estos profesionales lo que deben pretender, en definitiva, es adecuar al máximo el sentido pragmático del texto origen a una cultura meta.

CONCLUSIÓN

Por todo lo expuesto anteriormente, creo que es ahora, en una época en la que se está fomentando tanto la interculturalidad y la comunicación entre las culturas más diversas, cuando los traductores debemos hacer nuestro ejercicio de autorreflexión. Porque es ahora cuando más se nos necesita, pero también es ahora cuando más se nos infravalora.
Cualquiera no es capaz de traducir adecuadamente. Un ordenador tampoco tiene esa capacidad de adecuación intercultural por mucho que se esté avanzando en el sector de los programas de traducción automática.
Efectivamente, todas las coordenadas sociales se están uniendo para que sea precisamente ahora cuando tengamos que pararnos a pensar y legitimemos nuestra profesión por encima del intrusismo profesional de bajo nivel y de los supuestamente maravillosos programas informáticos que nos acechan.
Es ahora cuando tenemos que ampliar nuestra propia definición como traductores y/o intérpretes para pasar a denominarnos mediadores culturales. Porque, ladies and gentlemans, quizás hoy día cualquiera pueda pretender definirse como traductor, pero, desde luego, muy pocos consiguen ser buenos mediadores culturales.

BIBLIOGRAFÍA

Brumme, J. , “La traducción de la cultura” de la revista Especulo, Universidad Complutense de Madrid. Disponible en:http://www.ucm.es/info/especulo/ele/trad_cul.html [Consultado el día 05 de febrero de 2007].

Elena García, P. Aspectos teóricos y prácticos de la traducción, Salamanca: Ediciones Universidad de Salamanca, 1994.

Nida, E. Toward a Science of Translation with Special Reference to Principles and Procedures involved in Bible Translation, London: Leiden, 1964.

Peláez, J. “Traducción y culturas” recogido en el ciclo “Palabra y tiempo. Biblia y Cultura occidental”, organizado en el Aula Manuel Alemán de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria en el año 1997. Disponible en: http://www.uco.es/dptos/c-antiguedad/griego/publicaciones/docum1006.htm[Consultado el día 07 de febrero de 2007]

Peña, S. y Hernández, M.J. Traductología, Málaga: Universidad de Málaga, 1994.

RAE Diccionario de la lengua española, Madrid: Espasa Calpe, 2001

RAE Diccionario Panhispánico de Dudas, Madrid: Santillana S.A., 2005

Reiß, K. y Vermeer, H. Grundlegung einer allgemeinen Translationstheorie, Tübingen: Niemeyer, 1984

TRADUCCIÓN ÁRABE - ESPAÑOL


Comienzan los talleres del XIV Curso de Especialista en Traducción-Árabe-Español
Los alumnos pueden elegir seis de los ocho talleres que ofrece la Escuela de Traductores de Toledo
Un taller de traducción jurídica a cargo del profesor de la Universidad de Granada Manuel Feria inaugura este fin de semana en la Escuela de Traductores de Toledo (Universidad de Castilla-La Mancha) los módulos de especialización del XIV Curso de Especialista en Traducción-Árabe-Español. Los alumnos matriculados trabajarán con textos árabes de alto contenido jurídico y, de forma particular, con códigos articulados sustantivos penales.
El objetivo general del taller, explican desde la Escuela de Traductores, es la adquisición de habilidades generales de traducción de textos jurídicos del árabe al español. Además, se dotará a los participantes de conocimientos generales sobre las características definitorias del lenguaje jurídico en español y en árabe, conocimientos específicos de lingüística contrastiva del texto penal articulado árabe-español y otros conocimientos sobre variación en el discurso penal en árabe y español.
Así mismo, los alumnos conocerán las herramientas de documentación y de gestión terminológica aplicadas a la traducción jurídica árabe-español y los conceptos básicos de edición y maquetación textuales para fines profesionales. También se abordará de forma teórica el derecho penal sustantivo en España y en los países árabes y los elementos de comparación de sistemas jurídicos para fines de traducción.
Guiados por el profesor, los participantes reflexionarán en torno a la traducción jurídica al español de textos árabes de alto contenido jurídico y, de forma más concreta, abordarán la traducción de códigos articulados sustantivos penales.
El siguiente taller de especialización tendrá lugar a finales de noviembre a cargo del profesor de la Universidad Autónoma de Madrid Ignacio Gutiérrez de Terán. En esta ocasión, los alumnos trabajarán con textos de economía, dando por concluida la primera de las asignaturas optativas del postgrado.
Las otras tres asignaturas, que contienen dos talleres cada una, se desarrollarán a lo largo del curso en torno a la traducción periodística, el discurso religioso, el subtitulado y la interpretación de conferencias. Para obtener el título de “Especialista”, los matriculados tendrán que cursar tres asignaturas completas (seis talleres), además de los módulos obligatorios. También tienen que presentar un proyecto de fin de estudios.

Gabinete de Comunicación. Toledo, 26 de octubre de 2012

GILBERTO GIL




Brasil: las deudas de una potencia cultural
Fue el “ministro hacker” del presidente Lula da Silva, un artista comprometido que hizo de la unión entre la cultura popular y la tecnología digital la clave de su gestión. En este diálogo habla de las tensiones entre lo local y lo global.
POR REGINA ZAPPA - Especial desde Brasil –
Fuente: Clarín.


Gilberto Gil está sentado a la gran y sólida mesa de madera del comedor de su departamento en Salvador, ciudad donde nació. Afuera, el paisaje es el mar de la bahía de Todos los Santos, con la isla de Itaparica al fondo, enmarcado por los ventanales de vidrio del balcón. “La música es mi instrumento de diálogo con el mundo. Soy yo frente a mí mismo, el asombro de la existencia, los grandes interrogantes. Mi música es mi meditación religiosa, filosófica, existencial y ético-moral”, dice. Uno de los íconos de la música popular de Brasil, autor de una de las principales bandas de sonido de la música brasileña desde finales de la década de 1960, ministro de Cultura durante el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva, se puede decir que Gil es uno de los rostros más destacados y simbólicos de la cultura brasileña en este tercer milenio. El se dice romántico y posmoderno, cultiva la cultura tradicional y popular, las raíces africanas, y, al mismo tiempo, está conectado al arte de la periferia, al hip hop, a la cultura digital, al creative commons, al copy left. Acepta de buen grado ser el conejillo de Indias de un mundo en transformación, mientras abreva en la fuente de la tradición cultural brasileña. Con la misma naturalidad con la que lanza un disco o hace un recital, es capaz de presentarse cantando en la apertura de la Asamblea General de la ONU, como en el 2003, siendo ministro de Cultura, e incluso de llamarlo al entonces secretario general, Kofi Annan, a tocar con él el tambor.

Gil llegó al ministerio, donde permaneció por cinco años y medio, con una nueva mirada sobre la periferia –consideraba a los medios digitales como el ámbito de resonancia para una cultura relegada a segundo plano, sin espacio de difusión en los medios de comunicación tradicionales. Traía un proyecto, considerado revolucionario, que consistía en crear políticas públicas basadas en la extensión y las posibilidades de inclusión que ofrecen las nuevas tecnologías. A su entender, el acceso a la información y a la difusión de la cultura y del conocimiento son motores del desarrollo. La unión de la cultura popular con las tecnologías de punta ha sido una marca de su gestión y llegó a decir sin pudor: “Soy un ministro hácker. Soy un cantante hácker”. Y ya decía en su canción Banda Ancha Cordel (Banda Larga Cordel), en 2008: “El que no viene en el cordel de la banda ancha / Va a vivir sin saber qué mundo es el suyo” (“Quem não vem no cordel da banda larga / Vai viver sem saber que mundo é o seu”).

Hablando pausado, con la camisa abierta y cierta desesperanza, Gil ejercita el viejo hábito de reflexionar sobre dos de sus temas preferidos: los nuevos medios de comunicación y la cultura brasileña. El camino, según él, para resistirse a la homogeneización de los pueblos, que galopa a la velocidad de la luz debido a la globalización, reside en la valoración y el reconocimiento del poder de la cultura. Artista mutante y politizado, Gil es un hombre de su tiempo, que defiende para este tercer milenio un proceso civilizatorio auténtico, direccionado hacia la cultura local.

-¿Cómo caracterizaría Ud. la cultura brasileña en este tercer milenio?
-Primero es preciso entender qué significa Tercer Milenio en términos de tiempo y cambios profundos en la estructura de cada país. Brasil y América del Sur vienen pasando por cambios residuales del milenio que se terminó, consecuencias de la explotación colonial española y portuguesa, como la pauperización a lo largo del crecimiento de las poblaciones locales, la dificultad para establecer sistemas republicanos y democráticos, la profunda fuerza de las elites dominantes. Parte de todo esto es también el resultado de los regímenes de excepción que vivimos, de las dictaduras apoyadas por la visión hegemónica de los Estados Unidos en todo el hemisferio, a fines del siglo pasado. La superación parcial y relativa de todo esto se fue dando a través de los movimientos de liberación e independencia, de la restauración de la posibilidad republicana, de los Estados democráticos, con la reapertura y el fortalecimiento de los congresos. Brasil participa de todo eso y al ser un país inmenso, de dimensiones continentales y economía fuerte, ha tenido un papel de influencia en el proceso de recuperación del sueño republicano y democrático. Esta es la cara básica de este comienzo de tercer milenio: vida política restaurada, partidos de ideario más nuevo, agendas populares, antiimperialismo, agenda Sur-Sur, antidominio del Norte, afirmación de la nacionalidad. Por otro lado, está la paradoja que trae la globalización. O sea, el movimiento de autodeterminación es también, de cierta forma, inhibido por la globalización. Los procesos del fin del milenio pasado corresponden a luchas anticoloniales, en un tiempo en que era posible hablar de autodeterminación de los pueblos, fortalecimiento de la economía local, lineamientos entre países emergentes y socios. En la India de Nehru [Jawaharlal Nehru, premier hindú de 1947 a 1964], el Egipto de Nasser [Gamal Abdel Nasser, presidente de Egipto, de 1954 a 1970], en el Brasil de Juscelino [Juscelino Kubitschek, presidente brasileño, de 1956 a 1961] – todavía se podía soñar con las autonomías, con las elecciones que los países podrían hacer. La globalización inhibe fuertemente esto porque establece una unilateralidad que anula las lateralidades propias de un sistema en que se quiere a las autonomías nacionales con sus modos de ser. Tenemos una civilización global dictada por la fuerza del mercado. En América del Sur eso se percibe claramente. Todos los esfuerzos de recuperación de un republicanismo continental propio, de una democracia moldeada por las propias necesidades locales, todo queda sometido a un nuevo proceso de civilización que está ahí, dictado por el industrialismo y el consumismo. Al mismo tiempo, hay intentos, como en Ecuador y en Venezuela, de establecer la dimensión local como informadora del modo de pensar el desarrollo. Esto ocurre, pero inhibido por ese contraataque permanente del sistema a través de la ideología del consumo, del mercado hegemónico, del Estado pequeño. Es necesario un esfuerzo muy grande para poder vencer todo esto. Y hacer emerger un proceso civilizatorio auténtico, autónomo, local. Porque ese MacWorld barre con todo, es demoledor.

-¿Brasil está logrando imponerse como nación auténtica?
-La vida cultural del país es muy fuerte y se impone como trazo distintivo de esa masificación uniformadora que existe en todo el mundo. El país posee fuerza, 200 millones de habitantes, un continente enorme, una diversidad cultural y étnica muy fuerte, entonces tiene fuerza para imponerse con sus propias características y es una de las fuerzas más grandes de América del Sur. Eso ofrece una cierta expectativa: es posible crear un modelo, un modo brasileño de conducir el proceso civilizatorio, de poder elegir.

-¿Ud. es optimista?
-No mucho. Lo he sido más, ahora no lo soy tanto.

-Como ministro de Cultura, ¿invirtió en ese esfuerzo?
-Asumimos ese esfuerzo. Asumimos invertir en ese esfuerzo de implantación de un método, un modo brasileño de auto-reconocerse, de autoevaluarse y de trabajar la responsabilidad del Estado y de la sociedad con relación a ese modelo. Cosechamos algunos frutos, tuvimos algunos resultados, porque la expectativa, en el resto del mundo, está siempre a nuestro favor. Es lo que se espera de nosotros. En las propias fuentes generadoras de este proceso de uniformización, que son Estados Unidos y, un poco, Europa, en fin, los países del primerísimo mundo, existen reacciones al movimiento de homogeneización del proceso global. Estas corrientes aplauden y reciben con mucho interés los esfuerzos locales en el sentido de una contraposición a ese sistema uniformador, a ese capitalismo masificador, consumista, industrialista, cientificista. Esto está en disputa, pero no se sabe hacia dónde todo va a tender. Hay un desgaste brutal de ese modelo globalizante y hegemonista. Y hay pocas señales de que la sociedad pueda autocorregirse. Porque el modelo existente dicta fuertemente el modo de ser de la economía y las costumbres – el consumismo global es masificador, disemina modos de comportamiento, que se van cristalizando en todo el mundo. Entonces queda la pregunta: ¿cómo luchar por una autenticidad, por un modelo propio desarrollado desde el deseo y las necesidades de las poblaciones locales? Esto queda inhibido, obliterado. Uno quiere caminar en el sentido de hacer de Brasil, Brasil, de los países sudamericanos, ellos mismos, con sus características amerindias. Pero, a contramano viene la marea. Antes, las luchas anticoloniales daban más esperanza de tomar la dirección de lo legítimo y auténtico de cada pueblo. Hoy existe un sistema mundial, sin contrapartidas, contra esto, como ha habido hasta hace poco, naciones, Estados y sociedades direccionados hacia otra propuesta. Hoy es más difícil.

-¿Cómo influyeron los nuevos formatos, Internet y los medios digitales en los fenómenos culturales en el nuevo milenio y en la sociedad de la información?
-Influyeron muchísimo, sobre todo en la cultura. De nuevo, la contradicción reside ahí muy profundamente. Son nuevos modos, tecnologías, aportes de poder, muy propicios a otras formas de empoderamiento de nuevos grupos. Hay, por lo tanto, un proceso horizontalizante en el sentido de la democratización, apertura, autoafirmación y fortalecimiento de pequeños grupos e individuos en especial. Ese nuevo mundo le dio al individuo autonomía y medios para buscar su propio conocimiento, pero al mismo tiempo estos procesos están siendo incorporados por el viejo lineamiento industrialista y capitalista. Esta es la disputa que existe. Internet, ciberespacio, redes sociales: de un lado sirviendo a esta pulverización positiva del poder y de la influencia, pero al mismo tiempo siendo también procesados por estas estructuras hegemónicas enormes, que quieren el control, el uso de esas herramientas para su propio proyecto. La disputa es la misma: política.

-¿La individualización excesiva puede dificultar nuevas organizaciones colectivas?
-Las luchas emancipadoras implicaron siempre una ampliación de colectivos. Esto se vuelve muy complicado cuando hay un fortalecimiento de las individualidades. Eventualmente pueden reunirse otra vez en nuevas formas de colectivos, pero la búsqueda de nuevas organizaciones aún es algo muy reciente. La red social invierte en los dos sentidos opuestos –la individualización y los nuevos colectivos–, pero no se puede saber lo que va a prevalecer en el sentido de posibilidad de crear herramientas útiles en ese sentido. ¿Se puede utilizar la individualización excesiva en nombre de un proceso libertario cualquiera? Porque los procesos son siempre colectivos, hablan siempre en nombre de pueblos, naciones, minorías. Por otro lado, existe la tendencia de que el individualismo aliene ese compromiso del individuo con el colectivo. Todo esto corre lado a lado. Nadie sabe qué centella o chispa histórica determinará aquello que entrará en combustión.

-¿Pero esta centella puede ser también revolucionaria? ¿Podemos ser un poco optimistas?
-Podemos. Se percibe un cierto cansancio de ese gran modelo homogeneizante. Se sospecha que no podrá resolver estas grandes cuestiones o invertir en las autonomías individuales de hecho, dando espacio a los nuevos colectivos que se forman. Vivimos todavía con una pauperización creciente y el mantenimiento del hambre, a pesar del aumento de la formación de las clases medias. Todo el esfuerzo en el sentido de crear una humanidad más equilibrada, pagar las grandes deudas históricas, establecer un humanismo más efectivo, todo se va anulando por ese torrente de uniformización en provecho de la visón de ganancia, de acumulación de la riqueza por pocos a partir del esfuerzo de muchos. Aún no se logró ese mínimo equilibrio. Antes, todo era más claro, se sabía contra quién luchar, había un rostro, las monarquías, los despotismos.

-Estamos, entonces, en un proceso de permanente tensión...
-Cada vez más grande. En la medida en que crece en el mundo el elemento que detenta esa conciencia, que es el hombre. Hoy hay 7 mil millones de habitantes; pronto serán 8 mil. Esta materia prima, la más primaria de todas, que es la gente, crece. Crecen también los productos intelectuales y físicos, industriales y culturales de todo tipo.

-¿Por dónde pasa hoy el conocimiento?
-Pasa por donde pasó siempre, por la acumulación lograda en las escuelas, por la enseñanza, por la propagación del conocimiento de manera organizada. Pero pasa también cada vez más por esta cosa abierta, amplificada por Internet, por el ciberespacio, por la fuerza de la calle, por la horizontalidad y la difusión de la información, por la velocidad de distribución de la información, que es fundamental para la cuestión de la acumulación y de la propagación del conocimiento. Conocimiento e información cada vez más lado a lado. El conocimiento trabaja hacia adentro, hacia abajo, para verticalizar, profundizar, y la información para desparramar horizontalmente. Tanto más profundo, más conocimiento, más noción, más episteme, pero también más difusión, propagación, capacidad de alcance múltiple en todo el mundo. Cambiaron las fuentes de acumulación y propagación. Antes era sólo la escuela. Está también la cuestión de qué es la educación hoy. La escuela sufre un increíble proceso de cambios. Estamos en pleno debate sobre la crisis en la educación y sobre dónde está localizada la fuente de formación del proceso educacional. Con estos medios rápidos electrónicos de consulta, apertura de las bibliotecas de todo el mundo al alcance de todos, tenemos, de nuevo, la democratización del acceso al conocimiento y a la información, que podrá llevar a una acumulación de nuevo poder colectivo, de imposición de modelos de fruición del conocimiento que desemboquen en un fortalecimiento político de la visión colectiva. ¿Quizá nuevas posibilidades de comunismo? (risas).

Traducción de Adelina Chaves.

LA LENGUA VIVA


Ortografía discutible
Amando de Miguel – Fuente: Libertad digital

Las reglas ortográficas no son como las jurídicas; son discutibles. Por lo menos se acepta que pueden variar a lo largo del tiempo. A veces se puede jugar con ellas para producir efectos cómicos. Agustín Fuentes me envía una foto de un balcón con una pancarta: "Queremos tranquilidad". En el balcón de al lado otra pancarta reza: "Putas fuera". Pero las dos pancartas se unen y el viandante puede leer: "Queremos putas. Tranquilidad fuera". No ha variado propiamente la ortografía sino el orden de las palabras.
José Pedro Hernández González vuelve a la batallona cuestión de que en latín no hay tildes. No, no las hay, pero, al trasladar alguna frase latina, le podemos poner las tildes correspondientes a las reglas del español. Por ejemplo, renta per cápita. Es un uso muy frecuente en la lengua culta. Por lo mismo, el referéndum exige la tilde.
Gabriel Ter-Sakarian me envía un jugoso memorándum sobre cuestiones ortográficas. No solo ha oído decir "detrás mío", sino "detrás mía". Resulta intrigante averiguar qué género tiene el adverbio detrás. A don Gabriel le extraña el palabro sesquipedálico, que yo empleo algunas veces. Lo hago de modo irónico. El prefijosesqui significa vez y media. Por ejemplo, el madrileño cuarto y mitad, que viene a ser la equivalencia de una libra. La ironía de sesquipedálico es que ya es una palabra de muchas sílabas. Discute don Gabriel el consejo que yo doy de que no haya párrafos de una sola frase. Tampoco hay que tomarlo al pie de la letra. La norma se debe aplicar a los artículos de opinión o los ensayos. En el caso de los escritos de ficción la norma está de más. Otra opinión discutible es la que yo sustentaba sobre el carácter potestativo del uso de la coma. Quizá me expresé mal. Claro que hay reglas para el uso de la coma, pero algunas son muy lábiles; interviene mucho el estilo. Por ejemplo, yo me he inventado una regla práctica: se pone coma delante de una adversativa, pero solo cuando siga un verbo explícito. (La frase anterior es un ejemplo). Más interesante es el uso del punto y coma, que prácticamente ha desaparecido de los textos actuales. Es una pena. Se pregunta don Gabriel por qué pongo una tilde en "se prohíbe". Muy sencillo, porque sigo la regla de los acentos. Esa tilde se necesita para marcar el hiato. En ese caso no es una decisión personal sino el cumplimiento disciplinado de la norma. Me da la razón don Gabriel en lo mal que suena ese "han habido" que emplean algunos políticos, especialmente los catalanes. Menos mal que no han descubierto decir "hayn".
Lo que más me irrita de las cuestiones ortográficas no es que se cometan faltas. Esa debilidad la tenemos todos. A veces son faltas de tecla, de pulsación en el teclado. Se perdonan fácilmente. Lo imperdonable es la actitud de quienes razonan que la ortografía no es necesaria porque va contra la libertad. Puede que en la Edad Media no fuera necesaria una ortografía estricta, pues era poco lo que había que escribir y leer Pero en la época informática, inundados de textos, se requiere más que nunca el cumplimiento de las normas ortográficas. De otra forma la lectura se hace penosa. Algo así ocurre con las normas de tráfico automóvil. A principios del siglo XX apenas había normas de tráfico; además, eran poco estrictas. Ahora son fijas y se someten a multas cada vez más onerosas. Esa evolución nada tiene que ver con la libertad. Bien es verdad, insisto, que la ortografía va cambiando lentamente con el tiempo. No hay más que leer un texto del siglo XIX. Aun así, recordemos el principio de que el sábado se hizo para el hombre, no el hombre para el sábado
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