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terça-feira, 19 de fevereiro de 2013

FUNDACIÓN DEL ESPAÑOL URGENTE


debate sobre el estado de la nación se escribe en minúscula

La locución debate sobre el estado de la nación se escribe con minúsculas iniciales, pues se trata de la denominación común de uno de los muchos debates que se celebran en el Parlamento.

Sin embargo, suele verse escrita en algunos medios con iniciales mayúsculas: «Los socialistas acusan a Rajoy de querer “trucar” el Debate sobre el Estado de la Nación» o «El Gobierno llevará al Debate sobre el Estado de la Nación la “transparencia” de las administraciones».

Debate no es un nombre propio y, por lo tanto, debe escribirse con inicial minúscula; tampoco se escribe con inicial mayúscula estado, ya que en este contexto se usa con el significado de ‘situación en que se encuentra algo’ (no con el de ‘órganos de gobierno de un país’), ni nación, que funciona como sinónimo de país, no de Estado.

Por todo ello, en los anteriores ejemplos debió haberse escrito: «Los socialistas acusan a Rajoy de querer “trucar” el debate sobre el estado de la nación» o «El Gobierno llevará al debate sobre el estado de la nación la “transparencia” de las administraciones».


debate sobre el estado de la nación se escribe en minúscula

La locución debate sobre el estado de la nación se escribe con minúsculas iniciales, pues se trata de la denominación común de uno de los muchos debates que se celebran en el Parlamento.

Sin embargo, suele verse escrita en algunos medios con iniciales mayúsculas: «Los socialistas acusan a Rajoy de querer “trucar” el Debate sobre el Estado de la Nación» o «El Gobierno llevará al Debate sobre el Estado de la Nación la “transparencia” de las administraciones».

Debate no es un nombre propio y, por lo tanto, debe escribirse con inicial minúscula; tampoco se escribe con inicial mayúscula estado, ya que en este contexto se usa con el significado de ‘situación en que se encuentra algo’ (no con el de ‘órganos de gobierno de un país’), ni nación, que funciona como sinónimo de país, no de Estado.

Por todo ello, en los anteriores ejemplos debió haberse escrito: «Los socialistas acusan a Rajoy de querer “trucar” el debate sobre el estado de la nación» o «El Gobierno llevará al debate sobre el estado de la nación la “transparencia” de las administraciones».

FUNDACIÓN DEL ESPAÑOL URGENTE


presentismo laboral es lo contrario de absentismo laboral

La expresión presentismo laboral, que define el hecho de pasar más horas en el lugar de trabajo que las exigidas por la jornada laboral, en muchos casos por temor a perder el empleo, es una expresión adecuada desde el punto de vista lingüístico y se escribe en redonda.

El término presentismo surge como contraposición a absentismo o ausentismo, porque pretende destacar el hecho de que el trabajador está presente en el lugar de trabajo, incluso aunque ello no repercuta en un aumento de su productividad: «El ‘presentismo’, nuevo fenómeno laboral ante el temor a perder el empleo», «La crisis ha multiplicado el número de trabajadores que practican el llamado presentismo laboral».

Para referirse a este concepto también se utiliza, aunque en menor medida, la palabra presencialismo, que parte del sustantivo presencia y no del adjetivo presente.

Tampoco es preciso enmarcar esta expresión con comillas dobles o simples como se encuentra a menudo en la prensa escrita: «Del absentismo al ‘presentismo’» o «La incertidumbre del empleado genera el fenómeno del “presentismo laboral”».

ALMAFUERTE



Cuando la ayuda llega desde lejos en el tiempo
Por Graciela Melgarejo | LA NACION
Twitter: @gramelgar | Mail: lineadirecta@lanacion.com.ar |



Almafuerte (el maestro y poeta argentino Pedro Bonifacio Palacios, 1854-1917) fue un autor muy tenido en cuenta por otros escritores. Silvina Bullrich, por ejemplo, sabía poemas suyos de memoria, y hasta Borges, generalmente muy crítico con sus colegas, admitió que "de lo que no podemos dudar es de su inexplicable fuerza poética".
Inspirándonos, pues, en Almafuerte, y con el debido respeto, podríamos decir que, en cuestiones de lenguaje, "No te des por vencido, / ni aun vencido". Una decisión que parece haber adoptado el académico Manuel Seco Reymundo (Madrid, 1928) -el autor del glorioso Diccionario de dudas de la lengua española , el antecedente directo y no "blanqueado" por la RAE del Diccionario panhispánico de dudas -, según las respuestas que dio en una entrevista hecha por el periodista español Luis Rivas y rescatada por Línea directa del intercambio en Twitter.
La entrevista se titula "Espero que no lleguemos a ver una novela en lenguaje 'sms'", es muy extensa y vale la pena disfrutarla entera (la dirección electrónica es http://bit.ly/15i07cW , para quienes quieran buscarla).
Seco admite que muchas veces "hay que resignarse a la realidad: el uso se puede imponer simplemente porque los hablantes lo imponen", lo cual no significa que se acepte cualquier cosa. "Lo único que podemos hacer los que observamos el idioma es tomar nota de esas formas que se apartan del uso heredado y, si una desviación se repite a menudo, empezar entonces a pensar que la norma pueda estar cambiando", señala. Es oportuno advertir que en el Diccionario actual del español (1999 y 2011, Aguilar), que Seco escribió junto con Olimpia Andrés Puente y Gabino Ramos González, ya figura para la palabra bizarro una tercera acepción con el sentido de 'extravagante' -el que se le atribuye hoy, cada vez más usado-, aunque los autores lo califican todavía como "raro".
Se puede hacer como Seco ("Los que trabajamos en esto estamos sentados en una piedra al lado de la carretera y vemos pasar los coches, ¡se aprende tanto viendo pasar los coches!"), o, de vez en cuando, se puede lanzar un mensaje en una botella al mar. Algo así ocurrió con la palabra padelín, sobre cuyo origen preguntaba la lectora Araceli García Acosta
La respuesta llegó en el correo electrónico del lector Enrique E. Sciandro, del 9/2. Escribió Sciandro: "Poseo un diccionario heredado de mi padre, que se llama Diccionario general etimológico de la lengua española , Madrid, y es una edición arreglada, en cinco tomos, de los diccionarios de Roque Barcia, de la Academia Española y de otros trabajos importantes, según se indica en la portada. Estimo que es de las primeras décadas del siglo XX; en el tomo IV, página 640, se detalla: « padelín , masculino. El crisol en que se funde la materia del cristal. Etimología: depadilla », y en el renglón de abajo, « padilla , femenino. Sartén pequeña. Especie de horno para cocer el pan, que tiene en medio un agujero por donde respira y cae la ceniza. Etimología: del latín patella, cierto vaso pequeño que servía en los sacrificios, marmita, pote de barro o de metal para cocer la vianda»".

MARTÍ Y EL ESPAÑOL NUESTRO


Nuestro Apóstol poseía dotes creadoras, que lo convirtieron en un singularisímo escritor y periodista, que trabajó para las publicaciones más importantes de su tiempo y cultivó casi todos los géneros literarios, dueño de una prosa elegante, fluida y vigorosa, y de un verso renovador, un hombre que nos legó una inmensa obra, gestada por demás en un tiempo brevísimo.

Hombre de extraordinaria cultura, decía: «[…] usaré de lo antiguo cuando sea bueno, y crearé lo nuevo cuando sea necesario: no hay por qué invalidar vocablos útiles, ni por qué cejar en la faena de dar palabras nuevas a ideas nuevas», con lo que demostró su concepción de que la lengua que hablamos es un organismo vivo que recibe múltiples influencias y resulta un fenómeno muy dinámico y cambiante.
Pero sus preocupaciones en torno a la lengua fueron más allá del plano conceptual. Su americanismo raigal lo llevó a «reunir voces nacidas en América para denotar cosas propias de sus tierras y señalar acepciones nuevas»: En ese empeño, compiló unas 150 palabras en un breve cuadernillo de veinte páginas. Allí se encuentran, entre otras muchas, cholo, chancho, chocolate —como cubanismo: «cohecho, caso oculto y culpable»—, facón, gallinazo, joropo, matahambre —«dulce»—, quena, rebenque, tiple —palabras todas hoy incorporadas a los diccionarios académicos—; así como las expresiones café cerrero —poco dulce— y hacer plancha —ponerse en ridículo.
Resulta curioso comprobar una vez más el amplio espectro de los intereses martianos.
Autora: María Luisa García Moreno

TRÁFICO DEL LENGUAJE

VICENTE BATTISTA
Señales para el tráfico del lenguaje

Se cuenta que Aristófanes de Bizancio fue quien en el año 194 a.C. trazó ciertas marcas para la mejor comprensión de un texto. Con el correr de los siglos, esas señales se convertirían en los signos de puntuación, “misteriosos espíritus de cuya presencia sin cuerpo se alimenta el cuerpo del lenguaje.” Nacieron hace más de dos mil años, ¿están a punto de morir?
En el año 236 a.C., Ptolomeo III le solicitó a Eratóstenes, matemático, astrónomo y geógrafo griego, que se hiciera cargo de la Biblioteca de Alejandría. Eratóstenes murió a la edad de 80 o de 82 años, no se sabe con certeza, aunque sí se sabe que por entonces había perdido la vista. Los dioses del Olimpo, igual que el Dios de Groussac y de Borges, con magnífica ironía, le dieron los libros y la noche. En el 194 a.C., Eratóstenes convocó a Aristófanes de Bizancio para que se hiciera cargo de la célebre Biblioteca. No se equivocó en la elección: Aristófanes de Bizancio, considerado uno de los primeros filólogos, editó y difundió las obras de Homero, Hesíodo, Eurípides, Aristófanes y Píndaro e incorporó tres tipos de marcas que ayudarían a la mejor lectura de los textos de esos sabios y poetas. Esas marcas de algún modo estaban preanunciando los signos de puntuación: la línea alta indicaba el final de una frase, la media podría vincularse con el punto y coma o los dos puntos, y la baja equivaldría a una coma. Este sistema fue incorporado por los romanos y posteriormente, por medio del latín, se trasladaría a las futuras lenguas romances: español, italiano, francés, catalán, portugués, sardo.

Según cuenta en el capítulo III del libro VII de sus Confesiones, en el año 383 San Agustín llegó a un monasterio situado en los extramuros de Milán, allí conoció al obispo Ambrosio quien “cuando leía sus ojos recorrían las páginas y su corazón entendía su mensaje, pero su voz y su lengua quedaban quietas”. No debe asombrarnos el asombro del santo: era la primera vez que veía a alguien leyendo en silencio. Hasta ese momento, la lectura forzadamente se realizaba en voz alta: el texto plasmado sobre la página carecía de signos de puntuación y las palabras, escritas en mayúscula, estaban unidas entre sí. El párrafo, que acaban de leer, se hubiera visto así:

SANAGUSTINENSUSCONFESIONESHABLADELAVISITAQUEEN383HIZOAMILAN
DONDESEENCONTRARIACONELOBISPOAMBROSIOYREVELAELASOMBROQUE
AMBROSIOLEPRODUJO.

La ausencia de signos de puntuación, la unión de las palabras y su exclusiva condición de mayúsculas obligaban a una modulación que sólo se conseguía leyendo en voz alta. Leer no era un placer.

No obstante, hubo que esperar hasta mediados del 600 para que unos monjes copistas irlandeses introdujeran, en los textos que reproducían, algunos de los signos de puntuación que actualmente se utilizan. Esos anónimos monjes fueron, además, los primeros en separar sistemáticamente las palabras. Ese modo de escribir se pondría definitivamente en uso a finales del siglo XV. El mérito en esta oportunidad fue de Gutenberg y de su invención de los tipos de imprenta móviles: en 1449 editó Misal de Constanza, el primer libro tipográfico del mundo.


Gramática de la lengua castellana, Antonio de Lebrija
Aunque los signos de puntuación ya eran parte de la escritura, aún se los ignoraba en los volúmenes de gramática. En la Gramática de la lengua castellana, que Antonio de Lebrija publicó en 1492, no se los menciona, circunstancia que no debería inquietar: entonces la puntuación no era obra del autor del texto sino del componedor, con este nombre se conocía a quien en la imprenta armaba los libros letra a letra. Si observamos el capítulo uno de la primera edición del Quijote(1615) advertiremos que no tiene un solo punto y aparte. Con el correr de los años se modernizó la caligrafía de aquella primera edición, pero hubo que esperar un cuarto de siglo —la edición que en 1862 realizó Juan Eugenio de Hartzenbusch— para que la obra se dividiera en párrafos.

Esa supuesta indiferencia hacia los signos de puntuación parece no coincidir con una anécdota atribuida al rey Carlos V que tiene a una humilde coma por protagonista. En 1530 Carlos V era el monarca de un inmenso territorio que abarcaba casi la totalidad de Europa. La leyenda dice que le entregaron para su firma una sentencia de muerte que se leía así: “Perdón imposible, que cumpla su condena”. El rey ese día se sentía magnánimo, por lo que antes de firmar la sentencia corrió la coma: “Perdón, imposible que cumpla su condena”. Gracias a ese mínimo movimiento, el infeliz condenado salvó su vida.

Seguramente esta historia no es cierta, pero sí es cierto que comenzaron a establecerse normativas con respecto al uso correcto de los signos de puntuación. Normativas que, como sucede cada vez que se establece una regla, se rompieron de inmediato. Fue T.W. Adorno quien en un texto memorable puso las cosas en su lugar y los definió con cristalina exactitud: “¿No parece el signo de exclamación un índice amenazadoramente erguido? ¿No son los signos de interrogación como luces intermitentes o como una caída de párpados? Los dos puntos abren la boca: ¡Ay del escritor que no sepa saciarla! El punto y coma recuerda ópticamente unos bigotes colgando. Las comillas se pasan la lengua por los labios, tontiastutas y satisfechas. Todas son señales del tráfico; en última instancia, éstas son imitaciones de aquellas. Los signos de exclamación son el rojo, los dos puntos el verde, los guiones dan orden de stop. Fue un error basarse en eso para confundirlos con signos de comunicación. Más bien son signos de dicción o de elocución; no están al atento servicio del tráfico del lenguaje con el lector, sino que sirven jeroglíficamente a un tráfico que se desarrolla en el interior del lenguaje, en sus propias vías por eso es superfluo ahorrarlos por superfluos: pues con ello no se consigue más que se disimulen. Todo texto, incluso el más densamente tejido, los cita sin más; misteriosos espíritus de cuya presencia sin cuerpo se alimenta el cuerpo del lenguaje.”

He advertido que en los tuits suele prescindirse de los signos, tal vez como consecuencia de la prisa que esa escritura exige. También descubro que se leen desenvolviéndolos, como, sospecho, se leían los papiros. ¿Estaremos regresando a aquellos tiempos en que no existían los signos de puntuación y tampoco los libros?

LA ESQUINA DEL IDIOMA

Piedad Villavicencio Belloliopvillavi@eluniverso.com

Cuatro árbitras aspiran la gerencia del club deportivo
Este título tiene ambigüedad, pues el verbo aspirar cuando se emplea con el significado de pretender o anhelar algo es intransitivo y debe construirse con la preposición a (cuatro árbitras aspiran a la gerencia...).

Al omitir la preposición el verbo pasa a ser transitivo e introduce cambios en el sentido del mensaje: se puede captar que las cuatro árbitras están haciendo una limpieza con una aspiradora en la gerencia del club deportivo. También se puede percibir que las aspirantes absorben, olfatean o inhalan la gerencia del referido club.

Reflexiónese en que esa preposición no debe obviarse, ya que su ausencia le quita claridad a la comunicación escrita o hablada.

La preposición no debe emplearse en oraciones similares a «Está con gripe porque aspiró el viento frío del altiplano». En este caso, el verbo tiene uso transitivo.

¿El exit poll o la exit poll?
Lo más apropiado es recurrir a expresiones que tengan un significado equivalente en español, como ‘encuesta a pie de urna’, ‘sondeo en boca de urna’ o cualquier otra construcción que transmita la idea de que los resultados que se están divulgando salieron de las encuestas o tanteos que se hicieron en los centros o recintos electorales.

Cuando se prefiere el uso del anglicismo, la concordancia suele aplicarse de manera indistinta con género femenino (por encuesta) o masculino (por sondeo): la exit poll, el exit poll. Ninguna de estas formas se considera inapropiada, pero se debe tener presente que por su característica de extranjerismo deben escribirse en cursiva o entre comillas.

¿A Doménica no la callará nadie o no le callará nadie?
En la frase «no le callará nadie», referida a una mujer, hay leísmo de persona femenino; pues se ha usado el pronombre «le» como acusativo en lugar del pronombre «la». Sintaxis apropiada: «A Doménica no la callará nadie».

La Nueva gramática de la lengua española (NGLE) indica que el leísmo de persona femenino se considera incorrecto.

La NGLE no cuestiona el leísmo de persona masculino, que es el uso del pronombre le como acusativo en lugar de lo, pero no recomienda el plural. De ahí que es normal el empleo indistinto de, por ejemplo, «A Ernesto le/lo premiaron en la universidad». Y entre «A ellos los premiaron» y «A ellos les premiaron», se prefiere la primera forma.

Tampoco se considera apropiado el empleo del pronombre le/les como acusativo con sustantivos referidos a cosa: Te pido el auto porque le necesito para un viaje. Forma correcta: Te pido el auto porque lo necesito...


FUENTES: DICCIONARIO DE LA LENGUA ESPAÑOLA, DICCIONARIO PANHISPÁNICO DE DUDAS Y NUEVA GRAMÁTICA DE LA LENGUA ESPAÑOLA, DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA Y LA ASOCIACIÓN DE ACADEMIAS DE LA LENGUA ESPAÑOLA; DEPARTAMENTO DE «ESPAÑOL AL DÍA», DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA.

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