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segunda-feira, 15 de abril de 2013

TOPONIMIA


No es lo que parece
Las trampas y verdades de los nombres de los pueblos

Los hay con pasado religioso, modernos, sugerentes y proclives a la broma fácil
Sol Carreras (Efe) | Madrid
Los hay con pasado religioso, como Sieteiglesias o Velilla de San Antonio; aparentemente modernos, como Nuevo Baztán; algunos tienen nombres sugerentes, como Villaconejos; y otros son proclives a la broma fácil, como Guarroman; la toponimia de los pueblos nos habla de sus orígenes, aunque las cosas no siempre son lo que parecen.

Muchos de los turistas que visitan Sieteiglesias se quedan asombrados cuando descubren que en este pueblo del norte de la Comunidad de Madrid no hay siete iglesias y ni siquiera llegó a haber esa cantidad de templos en el pasado.

Esta pequeña localidad, que comparte ayuntamiento con Lozoyuela y Las Navas de Buitrago, sólo cuenta con la Iglesia de San Pedro Apóstol, rodeada por una necrópolis visigótica con 80 tumbas, además de los restos de una ermita cuyo origen no se ha podido estudiar por estar ubicada en un terreno privado.

La responsable de Turismo de Sieteiglesias, Nieves Lázaro, ha explicado a Efe que el nombre del pueblo se debe a su carácter "sagrado", reflejado en el número 7, ya que hasta el momento las evidencias han demostrado que la necrópolis (del siglo IX) fue anterior al asentamiento de población, y además en los alrededores hay "numerosas cuevas y oratorios".

La religión también tiene algo que ver en la toponimia de Velilla de San Antonio, aunque no tanto como se pueda pensar en un principio porque el patrón de este pueblo es San Sebastián y no el santo que le da nombre, que se añadió como coletilla en el siglo XVII sin que ningún documento explique el porqué.

Así lo ha comentado a Efe Arturo Lebrado, responsable de prensa y de relaciones institucionales del Ayuntamiento, quien ha señalado que la primera parte de la denominación del pueblo viene del árabe 'veililla', que significa vela pequeña, y hace referencia a su función de vigilancia.

Ayuntamiento de Guarromán. | Guarroman.net
De hecho, según ha señalado, los primeros documentos escritos del pueblo datan del siglo XII, época de dominación árabe, aunque en Velilla de San Antonio también hay restos arqueológicos romanos que nos informan de que probablemente el lugar era una parada o posta en un cruce de caminos.

En Villaconejos, famoso por su producción de melones, que genera el 5% del total nacional, es muy probable que en un pasado los conejos abundaran en este pueblo de 3.500 habitantes situado entre Chinchón y Aranjuez, pero aún no está comprobado que estos animales le den nombre.

Uno de los vecinos de Villaconejos, Armando Fernández, que se ha dedicado por afición a investigar sobre la historia del municipio, ha comentado a Efe que aparece con el nombre de 'Villa de Villa Conexos' en los primeros documentos escritos, del siglo XV, cuando los Reyes Católicos segregaron la localidad de Segovia y la integraron en el Condado de Chinchón.

Es probable que en sus orígenes fuera un coto de caza con conejos, una especie que, según ha afirmado Armando, en la actualidad es muy numerosa e incluso supone un "problema" para los agricultores de la zona, algunos de los cuales tienen que vallar sus tierras para evitar que se coman los cultivos.

Aunque no se dedica de forma sistemática el estudio del origen de las denominaciones de los pueblos, el Registro Central de Cartografía del Instituto Geográfico Nacional atiende consultas de instituciones públicas o particulares consultando sus propias bases de datos y bibliografía específica.

"El origen de los nombres de los pueblos es muy diverso", asegura Angélica Castaño, una de las trabajadoras de esta área, que cita la orografía del lugar, los animales o personas que han sido significativas en el pueblo (por ejemplo, el fundador) entre los motivos de la denominación de los 8.117 municipios que hay en España (179 en la Comunidad de Madrid), según datos de la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP).

El fundador de Nuevo Baztán, municipio próximo a Alcalá de Henares, no dio su nombre al pueblo pero sí que quiso reflejar en él sus orígenes, ya que el político Juan de Goyeneche pensó en el valle navarro de Baztán para bautizar el emplazamiento de sus fábricas, con las que en el siglo XVIII surtía de productos de lujo a la nobleza y la monarquía.

Todavía hoy se nota la influencia navarra en Nuevo Baztán con la celebración el segundo domingo de octubre de una 'javierada' organizada por la congregación madrileña de San Fermín de los Navarros, según ha relatado a Efe Isabel González, de la concejalía de Turismo y Desarrollo Local.

El "Atlas toponímico de España", de Jairo Javier García, revela curiosidades sobre la toponimia de pueblos de fuera de Madrid, como Guarroman, en Jaén, que significa 'río de los granados', y Manacor, el municipio mallorquín también de etimología árabe famoso por ser el lugar de nacimiento del tenista Rafa Nadal, que es literalmente 'lugar de monjes

UN DIA ES UN DIA


Prólogo
Empecé a escribir relatos a mediados de la década de 1950, mucho antes de cumplir los veinte años. En esa época yo todavía iba
a eso que los canadienses llaman high school. Aunque en el instituto no escribíamos poesía ni relatos de fi cción, los estudiábamos a
fondo y los comentábamos por escrito. Tuve además la fortuna de pertenecer a una familia que adoraba leer y contar historias, y
siempre había libros en casa.
Al comenzar a escribir me dediqué a los géneros que todavía practico: poesía, narrativa y ensayo. No intenté pergeñar una novela hasta los veintitrés años, pero escribí muchos relatos con anterioridad y los publiqué en revistas universitarias y después en
revistas literarias. Mi primer contacto con un editor fue a raíz de un relato publicado en una revista llamada Alphabet. Otros de mis
relatos se difundieron a través de la radio, en un programa crucial llamado Anthology.
¡Qué emocionantes fueron esas primeras publicaciones! ¡Y qué laboriosa la escritura de los relatos! Escribía a mano y después
mecanografiaba el texto con una máquina de escribir mecánica tecleando con cuatro dedos. Como no era una buena mecanógrafa, corregía mis frecuentes errores con una sustancia blanca que aplicaba en la página con un pequeño pincel. La fotocopiadora no
era todavía de uso común, de modo que sacaba copias con papel carbón. Luego revisaba y volvía a revisar. Después enviaba los relatos, junto con un sobre franqueado en el que figuraba mi nombre y mi dirección, y me ponía a esperar…
En esa época, la llegada del correo era una experiencia que desataba la adrenalina. ¿Sí o no? Si era que sí, me alegraba. Si era
que no, me lamentaba. Luego enviaba el relato a otro sitio.¿De dónde sacaba las ideas para mis relatos y a qué debían parecerse? Las sacaba de otros escritores. A algunos los había leído en el colegio, a otros en recopilaciones de relatos de distintos autores —incluso había un canadiense, una rareza en la época— y a otros en recopilaciones de relatos de un solo autor. Hemingway
era lo suficientemente importante para tener un libro así. Katherine Mansfield. Somerset Maugham. Robert Louis Stevenson.
Maupassant. Ray Bradbury. Conan Doyle. Mis lecturas no se limitaban a un género en particular, sino que engullía felizmente
todo lo que caía en mis manos, y sigo haciéndolo todavía.
Repasando los relatos aquí reunidos, observo que todos datan de un período muy posterior a la década de 1950 e incluso
de la de 1960. Fueron publicados en los años setenta y ochenta.
Aunque solo podemos escribir sobre el pasado, sea ese un pasado remoto o el pasado más inmediato, los períodos de tiempo
en los que están ambientados estos relatos son a menudo muy anteriores.
«Betty» está básicamente ambientado en la década de 1940 y «El huracán Hazel», a mediados de los años cincuenta, cuando el
huracán de ese nombre —poco habitual en la época— barrió la ciudad de Toronto. «Auténtica basura» data de finales de los años
cincuenta, «Isis en la oscuridad», de principios de los sesenta, la era de las canciones folk y las lecturas poéticas en las cafeterías, y
«La tumba del famoso poeta» de principios de los años setenta. La mayor parte de los restantes relatos son más tardíos, aunque no
mucho. Todos son anteriores a la aparición del ordenador, cuando la comunicación se realizaba por carta o por teléfono —ni siquiera por fax— y cuando las relaciones a larga distancia podían verse interrumpidas por largos períodos de silencio.
En sendos extremos de esta colección hay dos relatos sobre mis padres, mis padres auténticos, o al menos todo lo auténtico
que se puede llegar a ser en la ficción. En «Momentos signifi cativos de la vida de mi madre» ella continúa haciendo lo que hacía a
menudo: contar historias que tenían que ver con su vida y la de la gente que conocía. Era una persona audaz y muy canadiense: adoraba la naturaleza y las actividades físicas como el piragüismo, y detestaba el confinamiento y cosas como las reuniones para tomar el té. «Un hallazgo extraordinario» habla de mis padres en su propio entorno: mientras les fue posible, siguieron yendo al norte de Canadá, y este relato está ambientado en una época en que todavía podían seguir con gran parte de su vida habitual.
La temática de estos relatos es sobre todo doméstica. Tratan de la gente y de sus relaciones en momentos determinados, de niveles sociales específicos y de lugares determinados. La cara más salvaje de mi escritura no está representada aquí. No hay guerras,
salvo entre bastidores; no existen los asesinatos como tales; no hay hombres lobo ni insectos hablantes. No hay futuros distópicos.
Pero sí hay personas, y al fin y al cabo de eso hablan todas mis historias: de seres humanos que hacen cosas que hacen los seres
humanos. Todos pertenecemos a algún lugar, todos queremos a alguien. Y con el tiempo, quizá, amemos a otra persona. Y todos
tenemos guardadas distintas versiones de nuestras vidas, aunque nos las contemos solo a nosotros mismos, en silencio. Y las corregimos a medida que avanzamos.En lo que a mí respecta, sigo escribiendo, aunque ahora con un portátil.
La palabra escrita es el mecanismo más asombroso para viajar por el tiempo. Heme aquí, dirigiéndome a ustedes desde estas pá-
ginas, en este momento. Aunque cuando lean estas líneas, quién sabe dónde y cuándo estaré.

Margaret Atwood,
Amsterdam,diciembre de 2012
Fuente: El País - España

El dardo en lo ostentóreo


La divulgación lingüística se extiende en diarios y libros de España y América
Los sabios del idioma se adentran en el terreno con humor, en la senda de Lázaro Carreter
ÁLEX GRIJELMO 10 ABR 2013 - 13:05 CET24
Ilustración de Isidro Ferrer. Fuente: El País - España

José Antonio Pascual ha dedicado su vida a mirar dentro de las palabras. Las extiende sobre una mesa y examina sus piezas. Primero averigua sus códigos genéticos y luego les descubre en los zapatos todos los lugares por los que han pasado. Tiene mirada de radiólogo y vocación de detective.

Su archivo de casos ganados daría para una historia de la lexicografía española; también para unos cuantos diccionarios de palabras misteriosas. Y ahora se ha animado además a ofrecer al gran público una pequeña parte de sus pesquisas.

No es lo mismo ostentoso que ostentóreo se titula el libro que el vicedirector de la Real Academia Española acaba de publicar con el sello de Espasa. Y ya desde esa frase se aprecia un afán por abrir la sonrisa y acercarse al lector sin aburrirle.

Este ensayo devuelve a Pascual al terreno divulgativo, en el que ya hizo alguna incursión tiempo atrás, cuando colaboraba en el programa de TVE Hablando claro (1988-1992) o cuando escribió un manual para estudiantes de bachillerato (editado por Santillana).

Tampoco el sentido del humor que se aprecia en el título constituye una sorpresa tratándose del académico salmantino. Pascual es una persona afable, jovial y anecdotista. Incluso se permitió titular una de sus eruditas comunicaciones académicas de este modo: Paseo por Salamanca y por su manera de hablar, sin que, por una vez, nos acompañen ni Elio Antonio de Nebrija ni Miguel de Unamuno en el recorrido. (‘El camino de la lengua’. Artec. Segovia, 2004. Páginas 154-173).

Que los auténticos sabios del idioma se adentren en el terreno de la divulgación y el humor suele despertar gratitud, porque han de afrontar el esfuerzo de renunciar a tecnicismos y a otras oscuridades propias de su sabiduría y acudir en su lugar al “lenguaje natural”, expresión que el propio Pascual emplea (página 152).

El público ya supo apreciar este empeño en Fernando Lázaro Carreter y en sus dos entregas de dardos en la palabra; y también en otros muchos autores que han acortado con artículos o con libros el camino que media entre su ciencia lingüística y la gente de la calle.

José Antonio Pascual, vicedirector de la Academia, acaba de publicar ‘No es lo mismo ostentoso que ostentóreo’
En España hallamos el precedente de Antonio de Valbuena en la segunda mitad del siglo XIX. Con el seudónimo Miguel de Escalada, Valbuena escribía en el periódico El Progreso airadas críticas contra la Academia, en unos textos que, si dejamos aparte sus excesos, constituían un interesante vehículo de divulgación lingüística. Más cerca ya de nosotros, Luis Calvo, El Brocense, firmaba sus artículos en la desaparecida Hoja del Lunes de Madrid en los años setenta, y también en Abc; y con él coincidió en el tiempo el propio Fernando Lázaro Carreter desde Informaciones, de donde luego pasaría sucesivamente a Abc y EL PAÍS.

Siguieron su estela colaboradores ocasionales o fijos llenos de erudición como Pancracio Celdrán (RNE), Fabián González Bachiller y José Javier Mangado (en el diario La Rioja), Humberto Hernández (El Día, de Tenerife), Juan Aroca, Mariano de la Banda o José Antonio Millán.

El gusto por conocer mejor nuestro idioma quizás sea mayor aún en América. Allí el público interesado lee o ha leído con devoción los textos del colombiano Roberto Cadavid, Argos (El Espectador, El Colombiano), del académico venezolano Alexis Márquez Rodríguez (en El Nacional), de la académica peruana Marta Hildrebrandt (El Comercio), el guatemalteco Rubén Alfonso Ramírez Enríquez (Prensa Libre), el chileno Enrique Ramírez Capello (La Nación), los cubanos María Luisa García (Granma) y José Z. Tallet (diario El Mundo, ya desaparecido), el académico mexicano José Moreno de Alba (diario Unomasuno) o su compatriota Ricardo Espinosa (en varias televisiones mexicanas), y el puertorriqueño Salvador Tió (El Mundo, El Imparcial, El Universal, el Diario de Puerto Rico).

También ellos tuvieron sus precedentes, como el del prestigioso lingüista venezolano Ángel Rosenblat, quien en los años cincuenta publicó en El Nacional sus artículos bajo el epígrafe Buenas y malas palabras; y que luego editó en libro.

El humor que despliega José Antonio Pascual en No es lo mismo ostentoso que ostentóreo se apreciaba también en la mayoría de estos columnistas y escritores. Casi todos intentan a toda costa que el lector más desavisado los entienda y se divierta con ellos, y por eso los ejemplos disparatados acuden al texto muy a menudo para crear analogías que expliquen mejor el error que se comenta.

Así, el colombiano Roberto Cadavid, Argos, cita una crónica periodística donde se dice: “No faltaba ningún enser”; y en la que, por tanto, el autor había inventado un sustantivo singular imposible (derivado de “enseres”). Así que Argos comenta a continuación: “Tampoco faltaría ningún víver”.

Y un día descubre el bueno de Cadavid en la prensa colombiana el neologismo “nupcializarse”; pero, lejos de ofrecer al lector las alternativas obvias, acude con su humor habitual a una opción, también neológica, más apropiada a su gusto: “patimaniatarse”.

Que los sabios del idioma se adentren en el terreno de la divulgación y el humor suele despertar gratitud
Argos intentó con esa mirada irónica bucear en los significados de las palabras, en sus orígenes o en el concepto filosófico que entrañan muchas expresiones, como esta tan administrativa: ¿debe decirse “a la mayor brevedad” o “a la menor brevedad”? ¿No deberíamos buscar la brevedad menor posible? (En el español más natural, esto se resolvería de otro modo: “cuanto antes”).

La cubana María Luisa García ofrece en Granma un estilo didáctico, pero también se permite puntualizaciones curiosas: “¿Por qué se escribe ‘bajamar’, todo junto, y ‘alta mar’, separado?”. (Una contradicción semejante al chiste que contamos por acá: ¿por qué separado se escribe todo junto, y todo junto se escribe separado?).

También José Antonio Pascual cocina un libro salpimentado de guiños. Por ejemplo, cuando aborda las acepciones académicas de “exprimir” (que, sorprendentemente, incluyen los significados de “expresar” y “manifestar”). Y exclama Pascual al final de su razonamiento: “¡No sé si me exprimo!”.

La mayoría de las críticas de estos divulgadores de ahora y de antes estaban dirigidas a quienes tienen el lenguaje por herramienta profesional. Lázaro acechaba especialmente a los locutores deportivos, como gran aficionado al fútbol que era, y seguidor del Zaragoza; y Argos se permitía corregir al mismísimo García Márquez. Por ejemplo, en una de sus cariñosas reprimendas (“mi querido Gabo, voy a hacerte amistosamente una ligera observación”) le recriminaba que escribiera esta frase en El Espectador del 19 de junio de 1983: “Tocaban de oídas el acordeón”. Y claro, apelaba Argos a que algunas cosas se conocen de oídas, pero algunos intérpretes tocan de oído.

Sin embargo, el humor de Pascual no va contra el infractor, sino a favor del lector, para mostrarle la relatividad de las cosas.

Eso sí: repasar los comentarios de todos estos entrañables amantes de la palabra permite apreciar cómo luego el Diccionario (edición de 2001) les ha quitado la razón más que dársela. Pero a su vez el tiempo corregirá al Diccionario, no tardando mucho.

El gusto por conocer mejor nuestro idioma quizás sea mayor en América. Allí el público lee con devoción a Cadavid
Si alguno de ellos criticaba el uso de “patología” (lo que venía siendo el estudio de las enfermedades) como “conjunto de síntomas de una enfermedad” (eso que hasta poco antes solía llamarse “síndrome”), se lo puede encontrar ahora mismo con toda paz en el léxico de la Academia.

¿Alguien abominaba de self-service porque ya existe “autoservicio”? Pues el Diccionario oficial da entrada al anglicismo en la edición del año 2001, del mismo modo que ya se incrustan en sus tomos palabras como speech, kit, spray, stock…, por más que tengamos nuestros previos “discurso”, “paquete” o “lote”, “pulverizador” y “existencias” o “reservas”.

Los divulgadores, en efecto, han ofrecido otras opciones ante la mayoría de esos anglicismos, que veían superfluos. (Por ejemplo, el cubano José Z. Tallet no entendía por qué se usa container, si tenemos “recipiente” y “contenedor”).

¿Pero valía la pena adoctrinar a los lectores para tanta batalla perdida? Seguramente responderán que sí, porque si les abandona el Diccionario les quedará siempre el refugio del estilo. El estilo es la elección: unos términos les parecen mejores que otros, aunque todos resulten correctos ya. Y además muchos de esos vocablos incorporados hace 12 años acabarán arrinconados más pronto que tarde. De hecho, algunos de ellos ya tienen el billete de salida de la docta casa (se prevé por ejemplo la supresión de self-service, stock y speech, según el avance de la 23ª edición). Todo es relativo, pues.

Fernando Lázaro explicaba el significado de “detentar” y denunciaba que “pocas palabras han sido tan vapuleadas en sus usos espurios como el dichoso verbo”; (…) que nació entre juristas para referirse a algo de lo que alguien se apropiaba ilegalmente. Datada en el siglo XVII con ese sentido, se convirtió luego en “sinónimo desalmado de poseer, tener, conservar, gozar de o mantener, esto es, privado del rasgo semántico ‘sin derecho’ (…)”. Y añadía el entonces director de la Academia: “Los juristas van a quedarse sin una pieza que necesitan, y los no juristas poseemos otras para decir mejor lo que queremos. Hay una tendencia general a destruir matices, a mellar filos, a rematar las cosas con rebordes gordos. Es lo fácil, lo rebañego, lo espeso, lo que gusta” (El dardo en la palabra, página 234 y siguientes). “Detentar, el Diccionario lo garantiza, significa ‘retener y ejercer ilegítimamente algún poder o cargo público” (página 634).

Al otro lado del Atlántico, la peruana Martha Hildebrandt (El habla culta, página 113) explica que “detentar” equivale a “usurpar”, y recuerda que Leopoldo Alas, Clarín, ya censuraba aquel mal uso en el mismísimo Cánovas del Castillo.

Pues bien, José Antonio Pascual (página 210), tras poner en el escaparate los nombres de ilustres de la escritura que caen también en ese error —entre los que Cánovas se lleva otro coscorrón—, arguye que, ante esos avales, los diccionarios no deberían resistirse numantinamente a acoger el nuevo significado.

Ese empleo a veces caprichoso o innecesario de hablantes y escritores (pero sobre todo de los periodistas) viene influyendo mucho en la Academia, que —lejos de su inmovilismo analógico de otras épocas— ha desarrollado unos fantásticos oídos informáticos que atienden con facilidad ahora a todas las voces que antaño se habrían considerado desviadas.

Y por ese coladero se deslizó la segunda acepción de “ignorar” (verbo que antes solo significaba “desconocer” y que hoy equivale también a “no hacer caso”).

El plácet de la Academia cae unas veces de un lado y otras del contrario; y siempre con argumentos razonables
Fernando Lázaro (1997: 498 y 473) y Roberto Cadavid (2004: 450) criticaban tal uso anglicista de “ignorar”, que tiene precisos equivalentes en español según cada situación: “desdeñar”, “despreciar”, “desmerecer”, “hacer caso omiso”, “ningunear”, “desairar”, “soslayar”, “pasar por alto”, “olvidar” (tercera acepción) o “no tener en cuenta”. Pero el Diccionario abrió la puerta en 2001 a ese segundo significado innecesario (a la vista está que el español disponía de alternativas más eficaces) que convierte en confusa la palabra dentro de muchas oraciones (por ejemplo, en “es mejor ignorar lo sucedido”, donde ahora no sabemos si se nos dice que es mejor desconocerlo o mejor soslayarlo).

José Moreno de Alba, entonces director de la Academia mexicana, lamentaba por su parte el uso de “evento” como equivalente de “acto”, sin la connotación de inseguridad o imprevisión. Pero también se incorporó al Diccionario el empleo anglicado que entró por América.

Y qué decir de “peatonal”, que tanto disgustaba al filólogo aragonés y que ya se ha consagrado en la calle, nunca mejor dicho. Pero este parece más bien un caso que se puede apoyar con la frase del divulgador chileno Enrique Ramírez Capello: “Los neologismos de ayer son necesidades de hoy”.

Los tiempos cambian, claro. Lázaro Carreter censuraba el empleo de “escuchar” donde procedería “oír” (“se escuchó un tiro”), pero el actual vicedirector, Pascual, aporta decenas de usos erróneos que firman personas muy cultas. Y concluye: “Ejemplos como estos me animan a no militar contra estas confusiones”.

El verbo “implementar” (es decir, “instrumentar”, “aplicar”, “organizar”, “ejecutar”) fue censurado por Corominas, que lo calificó de “anglicismo reciente, superfluo e intolerable”, pero la peruana Martha Hildebrandt lo veía ya “insustituible en castellano” (página 166); y finalmente la Academia lo ha acuñado.

La mayoría de las críticas de estos divulgadores de ahora y de antes estaban dirigidas a quienes tienen el lenguaje por herramienta profesional
El uso, en efecto, consagra los cambios oficiales en el idioma, y deja colgados de la brocha a los otrora corregidores. Poco se puede oponer a eso; pero tales corrientes generales no impiden que la Academia sí obre en contra de ellas y ejerza su potestad regulatoria cuando lo considera pertinente, como nos muestra la nueva Ortografía. En ella se norma sobre el uso de Catar con ce cuando todo el mundo escribía Qatar; y sobre “cuórum”, también con ce, a pesar de que esta grafía reunía hasta entonces muy poco quórum; y se establece —paradójicamente— que un “ex marido” ya no esté separado como siempre, sino que debe juntarse a su “ex”.

¿Qué prima entonces para la Academia: el uso, la analogía, el mejor sentido para la riqueza del idioma, la lógica interna de la lengua (si es que existe)? Quién sabe. Como reza el dicho, “lo más seguro es que depende”. Así que a menudo discrepan entre sí las recomendaciones de los más sabios divulgadores —entre ellos algunos académicos de acá y de allá—, y las etimologías, y el Diccionario, y los desvaríos de los periodistas por una parte y el uso del pueblo soberano por la otra. El plácet de la Academia cae unas veces de un lado y otras del contrario; y siempre con argumentos razonables.

José Antonio Pascual pasea por esos vericuetos sin caer en las trampas de las que parecen sembrados. Cree que algunos anglicismos muestran el complejo de inferioridad de quien los emplea, pero precisa enseguida, citando a Antonio Muñoz Molina, que “a un idioma sano no le perjudican las palabras que vienen de otros”. Pascual maneja la historia de los vocablos con sus azarosas aventuras, sus usos, sus matices… Y siempre deja una puerta de salida, con distancia respecto de sí mismo y de sus propias ideas.

En esto, el filólogo salmantino circula por nuevos senderos. En el fondo no importará tanto de qué lado caiga la sentencia académica, sino averiguar qué ha pasado. No se trata de tener razón, sino de tener debate. No se busquen los errores, apréciense los esfuerzos. O, como explica a EL PAÍS el propio Pascual ante unas sabrosas lentejas en un restaurante del centro de Madrid: “No es ‘a ver si no te equivocas’, sino ‘a ver si te esmeras”.

Ahí coincide con Alexis Márquez. El académico venezolano no duda en criticar las actitudes pitiyanquis, pero censura a los puristas porque son “inquisidores” que inculcan el miedo en los hablantes, quienes temen equivocarse y dejan de hablar en público.

Al analizar los textos de todos estos divulgadores de la etimología y la gramática, se observan muchas más coincidencias. Los problemas elegidos son idénticos en muchos casos, lo cual muestra que la cohesión del idioma español concierne tanto a los aciertos como a los errores. Casi todos estos autores parten de que “la lengua evoluciona” (tal vez deberíamos decir “el léxico evoluciona”, pues la gramática o la sintaxis se mueven muy poco, y a nadie se le ha ocurrido inventar la cuarta conjugación). Pero a menudo dan soluciones también coincidentes que se basan en la historia del idioma, en los usos tradicionales y en la riqueza de los propios recursos del español, aunque abominan de que se les considere “puristas”.

Pascual, por su parte, se pronuncia sobre estas cuestiones a partir de la historia de las palabras; y no por su gusto personal o por lo que digan los diccionarios. “Desde la filología”, argumenta el académico después de otra cucharada, “las cosas son más complejas que desde el balcón del esto me gusta, esto no me gusta. He querido explicar el uso actual por el comportamiento histórico”.

En la mañana del 21 de noviembre de 1998, 11 diccionarios diferentes se alinean verticales en el lateral izquierdo de la mesa de trabajo de Gabriel García Márquez en Cartagena de Indias, recibiendo el sol que les llega desde el mar. “Los tengo ahí”, bromeaba el escritor colombiano aquel día, “para que se peleen entre ellos”.

Y vaya que si se peleaban. Pero quizás lo importante no deba ser lo que discutan entre sí los diccionarios, sino lo que enseñen a quienes los consultan. Y en eso reside también el propósito de la obra de divulgación que ha escrito José Antonio Pascual: no busquemos las sentencias del tribunal; disfrutemos, mejor, de los argumentos que manejan las partes.

Cómo conocer mejor el idioma

» Cadavid, Roberto, Argos. Gazaperas gramaticales. Tomos 1 y 2. Intermedio. Bogotá, 2004 y 2005.
» Celdrán, Pancracio. Hablar bien no cuesta tanto. Temas de Hoy. Madrid, 2009.
» Espinosa, Ricardo. ¿Cómo dijo? Ediciones Castillo. Monterrey, 2001 (tercera edición).
» González Bachiller, Fabián; Mangado, José Javier. En román paladino. Universidad de La Rioja, 1999.
» Hernández, Humberto. Una palabra ganada. Notas lingüísticas. Altasur. La Laguna, 2002
» Hildebrandt, Martha. El habla culta (o lo que debiera serlo). Editorial Peisa. Lima, 2000.
» Lázaro Carreter, Fernando. El dardo en la palabra. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 1997. Y El nuevo dardo en la palabra. Aguilar. Madrid, 2003.
» Márquez Rodríguez, Alexis. Con la lengua. Cinco tomos. Vadell Hermanos, editores. Caracas, 1987-2002.
» Moreno de Alba, José G. Minucias del lenguaje. Fondo de Cultura Económica. México, 1995. Nuevas minucias del lenguaje. Fondo de Cultura Económica. México, 1996.
» Pascual, José Antonio. No es lo mismo ostentoso que ostentóreo. Espasa. Barcelona, 2013.
» Ramírez Capello, Enrique. Palabra de hombre. Edición del autor. Santiago de Chile, 2003.
» Ramírez Enríquez, Rubén Alfonso. Expresémonos mejor. Despeñaderos del habla. Escollos del lenguaje. Librerías Artemis-Edinter. Guatemala. Reimpresión de 1996.
» Romera, José María. Juego de palabras. Gobierno de Navarra. Pamplona, 1999.
» Tallet, José Z. Evitemos gazapos y gazapitos. Editorial Letras Cubanas. La Habana, 1985.
» Tió, Salvador. Lengua mayor. Plaza Mayor. Puerto Rico, 1992.


Juan José Millás:


"Al periodismo solo le salvará la buena escritura"

La clave para el escritor es "educar la mirada" en cuanto al modo de ver y enfrentarse a la realidad
Cáceres (EFE).- El escritor y periodista Juan José Millás considera que al periodismo solo le salvará "la buena escritura" y está convencido de que su futuro pasa porque los profesionales escriban textos de calidad sin importar el formato.
Millás, que ha inaugurado hoy en Cáceres la Escuela de Letras de Extremadura, impulsada por la Fundación Re-Bross, ha mantenido un encuentro previo con periodistas, ante los que ha hecho una reflexión sobre la literatura y el periodismo actual.
El periodismo, ha asegurado, está viviendo dos crisis: "la que afecta en general a todo el mundo y la suya particular, de desaparición del papel y la publicidad".
Aunque en la actualidad, ha indicado, existe una convivencia entre el soporte tecnológico y el del papel, "el futuro es del tecnológico y el papel se quedará solo en pequeños ámbitos".
Pero no en "ámbitos elitistas", como apuntan algunos, ha dicho, porque para él no es menos elitista leer en papel que en una tableta de última generación.
El problema que ve el escritor, y de manera principal en internet, es que al periodismo le está afectando un problema de "calidad", porque para que un texto atraiga al lector tiene que "tener interés y ser de calidad", todo ello influenciado por la crisis de las empresas y la falta de personal.
"Al periodismo solo le salvará la buena escritura", ha insistido Millás, y para eso, ha dicho, un texto tiene que "estar bien armado y ser literario, en el sentido de que tiene que haber un relato indiferentemente del tema que trate".
De esta forma, ha asegurado, la gente "dejará de ser lectora de titulares" y se sentirá atraída "por una buena escritura".
Para Juan José Millás, un buen escritor va unido a un buen lector, algo que para él se pude aprender en lugares como las Escuelas de Letras.
Millás fue uno de los fundadores de la primera Escuela de Letras de España, en Madrid en el año 1989. En este sentido dice que, al contrario que en Estados Unidos, que es algo habitual, aquí la gente "se extraña" de que se pueda aprender a escribir.
La clave, ha indicado el escritor, es "educar la mirada", en cuanto al modo de ver y enfrentarse a la realidad. Y es que para él la literatura nace del conflicto, "del conflicto del escritor con esa realidad y cuya escritura hace que desaparezca".
El presidente de la Escuela de Letras de Extremadura, Francisco Rebollo, ha manifestado que el proyecto "humilde" nace con vocación de perdurar en el tiempo.
La escuela se pondrá en marcha el 15 de abril con dos grupos de Escritura Creativa de nivel 1 y 2 y cuenta, de momento, con 8 alumnos por grupo.
Para el presidente de la Asociación de Periodistas de Cáceres, Conrado Gómez, Millás es uno de "los mejores exponentes en España" de conjugación de literatura y periodismo.
Asimismo, ha agradecido a la Fundación Re-Bross la iniciativa de la creación de la Escuela de Letras, un lugar "idóneo", según Millás, para que "surja el pensamiento literario".


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LA LENGUA VIVA


Significados inquietantes
Amando de Miguel


Gabriel Ter-Sakarian Arambarri se asombra del nuevo verbo politiqués de evidenciar. Su bachillerato francés (ese privilegio) le hizo creer que era algo así como poner de relieve (= mettre en évidence). Ahora ha caído en que equivale a poner en claro, manifestar la certeza de alguna cosa. Matices. Don Gabriel recuerda el suceso de la elección de "Míster Melilla", que se hizo en la televisión local. La locutora empezó así su discursito: "Así que todos los hombres que quieran poner en tela de juicio su aspecto físico, pueden participar en este concurso". Comprendo que a la presentadora le sonara muy bien eso de poner en tela de juicio. Por cierto, nunca he entendido por qué trama suena tan mal y urdimbresuena tan bien. La trama son los hilos a lo ancho de la tela; la urdimbre son los hilos a lo largo de la misma.
Jesús García Castrillo me pone en un brete al pedirme que le aclare la diferencia entre jarro y jarra. Ambas voces se refieren a vasijas, tradicionalmente de barro, con un asa. El jarro sirve sobre todo para poner flores y la jarra para beber o trasegar algún líquido. Luego está el jarrón, con una o dos asas, como adorno por sí mismo o también para poner flores (= búcaro). Son ganas de complicar las cosas, para desesperación de los extranjeros que estudian español.
Juan Díaz López me recuerda otra expresión del lenguaje taurino: "Que Dios reparta suerte". Creo que la dicen los toreros en el momento de empezar el paseíllo. A propósito, qué bonito es elpaseíllo de los toreros y qué feo era el paseo de cuando la guerra civil y sus antecedentes.
Me llegan docenas de comentarios sobre la significación de hacer un pan como unas hostias o unas tortas. No me convencen mucho. Puede ser mi ignorancia, pero la frasecita esconde algún misterio. Me atrae más la interpretación de Juan Ponce sobre la posibilidad de que lashostias o las tortas sean simplemente los panes que no levantan, por haber puesto poca levadura. La verdad es que se está perdiendo el honrado oficio de panadero, el hombre que trabajaba de noche, como los telegrafistas, los torreros o los serenos. Supongo que el pan de hoy proviene de una fábrica continua con masa congelada. Me gustaría saber quién hace las obleas para consagrar en la misa. ¿Algunas monjas? Una costumbre que se ha perdido es la de besar el pan que se ha caído al suelo. ¿Por qué sobra tanto pan en los restaurantes?
Emilio Alonso me llama la atención sobre una nueva adquisición del politiqués: marco político. En efecto, se trata de un término muy característico de esa jerga, pues busca palabras que sean de significación difusa, como marco o ámbito. Pueden querer decir cualquier cosa. Esa es su principal virtud. A ver quién es el guapo que me sabe decir el significado de marco de negociación. O qué quiere decir en todos los ámbitos. Más ejemplos. ¿Qué lapso de años o de meses puede corresponde a la condición de a largo plazo? ¿Y si se dice simplemente "a largo"? ¿Qué significado puede tenergobernanza que no lo tenga ya gobernación? Aparte de la deseada difusividad de las palabras, el politiqués busca términos que resulten voluntaristas. Por ejemplo, espero y deseo. Se añade otra cualidad, las expresiones deben aportar un cierto grado de estudiada humildad. Por ejemplo, a mi juicio o por decirlo de alguna manera. Ese mismo talante se logra si el discurso comienza con un infinitivo. Por ejemplo: "Destacar la participación..." (o lo que sea). Para elegir a los candidatos en las elecciones debería proponerse una especie de examen para averiguar si dominan el politiqués. Sería interesante que se ofrecieran cursos on line para llegar a dominar esa neolengua. No es empeño fácil.
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FUNDACIÓN DEL ESPAÑOL URGENTE


precariado, neologismo válido

Precariado es un neologismo válido, respetuoso con las normas académicas sobre formación de palabras, que puede definirse como ‘sector social que se ve sometido a inestabilidad e incertidumbre laboral prolongadas y que no percibe ingresos o estos son bajos’.

De origen incierto, puede considerarse un acrónimo de precario y proletariado, opción mayoritaria en otros países, o interpretarse simplemente como un sustantivo derivado de precario, del mismo modo que a partir de proletario, voluntario o notario se crean proletariado, voluntariado o notariado con idea de clase, conjunto o colectivo, de acuerdo con las definiciones del Diccionario académico.

En España, el precariado engloba un sector social constituido por personas de muy diversa condición y que no pertenecen necesariamente al proletariado, como desempleados, universitarios con salarios mínimos y contratos temporales, nativos o inmigrantes empleados sin contrato, jubilados con pensiones mínimas, jóvenes sin recursos para acceder a una vivienda o parejas sin medios para formar una familia.
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