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terça-feira, 16 de abril de 2013

ESCRACHE


Escrache de ida y vuelta
La palabra viene a designar un hecho nuevo, que no disponía de vocablo específico
ÁLEX GRIJELMO 16 ABR 2013 - 00:01 CET

Miles de palabras del castellano viajaron hacia América en distintas oleadas, pero otras muchas llegaron a España desde allá. Los españoles decimos “tiza”, y esa voz recorrió su largo camino hacia Europa desde el náhuatl, lengua precolombina mexicana en la cual a la tiza se le dice “tizatl”. Por su parte, los mexicanos a la tiza le llaman “gis”, vocablo que recorrió el trayecto inverso partiendo del griego (gýpsos, yeso) y pasando por el latín (gypsum) y luego por el catalán (probablemente también por el aragonés) y el francés, según el diccionario etimológico de Joan Corominas.

Tiza en España, gis en México.

No parece raro, por tanto, que un término como “escrache” nos haya llegado ahora de regreso a Europa después de dar unas cuantas vueltas por el mundo.

La palabra “escrache” lo tiene todo para triunfar entre nosotros.

En primer lugar, porque su formación no repele a la morfología y la fonología del español.

En segundo término, porque su connotación sonora evoca algo que sucede con estrépito (y tiene así un valor onomatopéyico).

En tercera instancia, porque la palabra viene a designar un hecho nuevo, que no disponía de vocablo específico: las manifestaciones ruidosas ante las casas de políticos o personajes de transcendencia pública; el acoso domiciliario en grupo.

Y finalmente, porque está de moda y ha salido con fuerza en todas las direcciones.

El Diccionario de la Real Academia recoge desde 2001 el verbo “escrachar”, pero no sus derivados americanos “escrache” y “escracho”. Y lo define según el uso coloquial propio del español rioplatense (Argentina y Uruguay), con dos acepciones: “1. Romper, destruir, aplastar. 2. Fotografiar a una persona”.

El ‘Diccionario de americanismos’ habla de “situación desairada en que se deja a alguien”
Así que, por ahora, la Academia no da ninguna pista que relacione ese verbo con el uso reciente de “escrache” en los medios de comunicación españoles.

¿De dónde ha salido entonces esta palabra?

Podemos establecer algunas conclusiones a partir del cruce de datos al que nos dan pie el Diccionario de americanismos (elaborado en 2010 por las Academias de la lengua hispanoamericanas), el Diccionario de argentinismos (editado en 2008 por la Academia Argentina de Letras; es decir, la Academia argentina) y el Diccionario etimológico del lunfardo, del argentino Óscar Conde (Taurus, 2011).

“Escrachar” tiene dos líneas de significados: una de ellas parte del inglés scrach (rasguño, arañazo) y la otra del lunfardo escrache (poner en evidencia o delatar públicamente a alguien).

Los significados por la rama de rasguño se reparten entre los dos sustantivos (escrache y escracho): en el español de Estados Unidos, escrache significa “arañazo”. Y en Argentina y Uruguay, escracho tiene estas acepciones: “Cara o rostro, especialmente si es feo o desagradable”, “fotografía de una persona, generalmente de mala calidad” y “cosa mal hecha”. La vinculación entre esos significados y el rasguño original la encontramos a partir de los usos jergales del mundo delictivo argentino, donde —con alguna influencia del italiano scaracio, billete— se llamaba “escracho” a un boleto de lotería engañoso, que seguramente precisaba de alguna raspadura para alterar el número; o a un pasaporte falsificado de igual forma (lo que explica también la relación con la fotografía y la mala cara que solemos lucir en ese tipo de documentos).

Pero la línea de “escrache” que nos concierne en la actualidad tiene que ver con otro origen, cuyas definiciones en el Diccionario de americanismos hablan de la “situación desairada en que se deja a alguien” y —en la entrada “escrachar”— de “dejar en evidencia” a una persona, así como “golpear duramente a alguien, especialmente en la cara” y “romperse o estropearse algo”.

Julio Cortázar empleó ese verbo en Rayuela (1963) con este último sentido, y con evidente evocación sonora: un paquete “se escracha en la calle”; y un imaginario piloto de avión “ya te lo está escrachando en la confitería del Águila a la hora del té”. Para un español no resultará difícil relacionar esas formas verbales con el “escachar” del castellano (y del gallego) que significa “cascar, aplastar, despachurrar; hacer cachos, romper”; que se basa a su vez en el verbo “cachar”, asimismo registrado por la Academia: “Hacer cachos o pedazos algo”.

Los dos referidos diccionarios del español del otro lado ofrecen finalmente el sentido que buscamos, con definiciones casi idénticas (reproducimos la del diccionario de la Academia de Letras argentina): “Escrache: Denuncia popular en contra de personas acusadas de violaciones a los derechos humanos o de corrupción, que se realiza mediante actos tales como sentadas, cánticos o pintadas, frente a su domicilio particular o en lugares públicos”. Y documenta ese uso en un texto de la revista cultural La Maga publicado en agosto de 1998.

La expresión se extendió en 2000 en Argentina, en la época del corralito
Tal sonoridad de la palabra encuentra su correspondencia con lo ruidoso de las protestas: tambores, música, gritos. Los escraches son “lúdicos” y “carnavalescos”, como recoge la obra Pensar y habitar la ciudad, de los mexicanos Patricia Ramírez Kuri y Miguel Á. Aguilar Díaz (Anthropos, 2006). Y lo corrobora Paula Mónaco Felipe en un capítulo del libro Justicia Penal Internacional, coordinado por Santiago Corcuera y José Antonio Guevara (Universidad Iberoamericana, México, 2001): “Cada vez que vamos adenunciar a un genocida es una fiesta en la que gritamos a los cuatro vientos quién es esa persona”.

Es decir, para dejarla en evidencia.

A este lado del Atlántico, el banco de datos de la Real Academia (que contiene más de 410 millones de registros) recoge cuatro ejemplos del sustantivo “escrache”, todos ellos tomados del diario argentino Clarín en 2001 y con el significado de protesta callejera (en dos de esas ocasiones, ante el domicilio de un ministro). Esto no quiere decir, por supuesto, que únicamente se haya usado cuatro veces el sustantivo, pues el banco de datos académico constituye solo una muestra del uso del español (aunque ciertamente una muestra descomunal).

En otro archivo de textos, el de la agencia Efe (Efedata), aparece documentada esta palabra por vez primera en julio de 1998, puesta en boca de una conferenciante argentina en Gijón. En EL PAÍS se estrenó en septiembre de ese mismo año, en una crónica desde Buenos Aires.

El escrache se extenderá en Argentina sobre todo a partir del año 2000, cuando los ciudadanos toman la calle para generalizar su protesta contra los políticos, según recoge Óscar Lamberto, exsecretario de Hacienda, en su libro Los cien peores días: el fin de la convertibilidad (editorial Biblos. Buenos Aires, 2003). En aquellas épocas, Argentina vivió el corralito, con los depósitos de los ahorradores inmovilizados en los bancos.

Pero estábamos hablando de una palabra viajera, porque nuestro ruidoso “escrache” ha llegado ahora desde Argentina a España; y antes lo hizo desde Europa a América. Concretamente desde Italia. De ahí pasó al lunfardo, la jerga de las clases bajas bonaerenses; y del lunfardo, al español general de Argentina.

El referido Diccionario etimológico del lunfardo, del argentino Óscar Conde, apunta como origen de este segundo “escrachar” (el equivalente de “delatar”) un posible cruce entre el genovés scraccâ (expectorar, escupir; parecido al francés cracher, con el mismo significado), y el italiano schiacciare (romper, destrozar). Las protestas, pues, arrojan sus gritos a la cara de los interpelados, para delatarlos, y lo hacen irrumpiendo en su espacio más personal. Y con el ruido de la propia expresión “escrache” envolviendo el paquete.

Vemos así que las palabras se entrelazan, se enriquecen, cambian de país. Analizar sus cromosomas tiene algo que ver con conocer la historia de las personas y el lugar de sus conflictos. Siempre hay una palabra sacando su billete en una estación.

FUNDACIÓN DEL ESPAÑOL URGENTE


el maratón y la maratón, formas adecuadas

La palabra maratón puede emplearse tanto en masculino (el maratón) como en femenino (la maratón), según el Diccionario panhispánico de dudas (DPD).

Esa obra explica que el término, que alude a una ‘carrera pedestre de resistencia’ y, en general, a una ‘competición de resistencia o actividad larga e intensa’, comenzó a circular en el primer tercio del siglo xx con género masculino, aunque más tarde, por influencia del género de prueba o carrera, se extendió su uso en femenino, que también se considera válido.

Así son adecuadas tanto la frase «Google lanza una web para ayudar a encontrar a los corredores de la maratón de Boston» como «Dos explosiones en la meta del maratón de Boston».

El DPD desaconseja, en cambio, la grafía marathón.

Se recuerda asimismo que el término maratoniano es el adecuado para referirse a los participantes en esa prueba.

LA LENGUA VIVA


Polémicas lingüísticas
Amando de Miguel

Jesús García Castrillo vuelve donde solía. Es admirable la constancia científica de este hombre. Ahora sale al paso de una noticia, fechada en Pamplona, por la que se asegura que el vascuence se originó en el dogón, un idioma hablado en Mali. Ignoraba yo que hubiera tal idioma, que ni siquiera figura en el Diccionario Espasa, Las lenguas del mundo (de Rafael del Moral). La tesis de don Jesús es que el dogón, como otros idiomas africanos (por ejemplo, el beréber), procede de las lenguas del Cáucaso. Ese es también el origen del vascuence, a través de las emigraciones de canteros armenios en la Edad Media. De ahí la similitud entre algunas voces del dogón, el beréber y el vascuence. Por ejemplos, la palabra hambre es gose en vasco, kose en dagón y kagse en armenio. Me gustaría saber cómo es en beréber. Añado que en el castellano coloquial decimos gusa para significar lo mismo. Supongo que es un vasquismo.

La polémica del día es la moda de los escraches. La hemos traído de la Argentina. A casi nadie le gusta el palabro, pero todo el mundo lo repite; bien expresivo es. La derecha insiste en que se trata de una versión del acoso. Ignacio Frías me dice que tendríamos que emplear el término asedio. Dice el diccionario de Seco que acosar es "agobiar o importunar a alguien con peticiones insistentes". De asediar señala que es "acosar a alguien, especialmente con pretensiones o preguntas inoportunas". No me vale ninguno de los dos términos. Escrachear es organizar un tumulto delante del domicilio o despacho de un político para ridiculizar su conducta pública. En España solo escrachean los grupos de la extrema izquierda o antisistema. Sus acciones se dirigen contra los políticos del PP. Los organizadores de esas plataformas sostienen que los escraches son el equivalente de los piquetes informativos para llamar la atención del público sobre la conducta deshonrosa de los políticos del PP. No consideran que sean una forma de violencia, pero lo de los piquetes informativos no deja de ser un donoso eufemismo. La violencia no es solo física.

El antecedente europeo del escracheo fue la acción directa de los grupos nazis en la Alemania de los años 30, principalmente contra los judíos. Entendían que los hebreos eran los causantes de la crisis económica de entonces. La izquierda española actual se revuelve contra la idea de que los escraches hodiernos se puedan comparar con las prácticas de los nazis alemanes. En realidad, a la izquierda española le molesta que se haga cualquier comparación. Ignoro por qué.

Contacte con Amando de Miguel: http://www.libertaddigital.com/opinion/amando-de-miguel/polemicas-linguisticas-68153/

CULTURA / LENGUA


Las palabras más feas del castellano
AURORA VASCO ABC_ES
El diccionario español contiene muchos vocablos que los internautas consideran cacofónicos

ABC
En el extenso vocabulario recogido en el diccionario de la Real Academia Española podemos encontrar muchas curiosidades. Entre ellas, las palabras más largas –electroencefalografista, con 23 caracteres– o los vocablos cotidianos que son marca registrada – por ejemplo, jacuzzi–. Por supuesto, también hay un hueco para las «palabras feas», bien sea por su significado o por la unión de letras que no suenan del todo bien a nuestro oído.

Cacofonía: disonancia en la combinación de elementos acústicos de la palabra
Internet es un hervidero de foros sobre cuáles son las expresiones menos agraciadas del castellano. De hecho, se puede encontrar un grupo en Facebook dedicado a esta temática. Y parece que las opiniones son de lo más variopintas. Para la realización de este artículo –sin validez científica alguna– se seleccionaron las palabras que los internautas solían destacar como malsonantes. Con ellas, se elaboró una encuesta sobre cuáles eran, de entre las opciones, los vocablos más feos. ¿El resultado? Muy llamativo. En la primera posición del ranking aparece «seborrea» –39 por ciento de los votos–, un término que además de no sonar agradable conlleva un significado aún menos apetecible.
La medalla de plata se la lleva «boñiga» –21 por ciento–, seguida muy de cerca por otro vocablo que también se escribe con «ñ»: gurruño –20 por ciento–. Sin esta letra propia del castellano, aparecen varias de palabras que hacen referencia a enfermedades: escorbuto, colitis, diarrea o prurito están entre ellas. También términos relativos al organismo se hacen un hueco: sobaco, carraspera, inguinal y ganglio.

Pero no todas las palabras están relacionadas con aspectos poco saludables o referentes al cuerpo humano. Los encuestados quisieron añadir a la lista proporcionada algunos términos que no aparecían en el ranking y que consideraban malsonantes. «Catacumba», «petulante» y «recoveco» también quedan recogidos entre algunos de los vocablos elegidos por los internautas como los más cacofónicos del castellano.

G. K. Chesterton (1874-1936)


El apóstol del sentido común
¿Borges es el único responsable de la vigencia en español de Chesterton?
Ha llegado la hora de reconocer la maestría del escritor inglés y establecer su linaje, que proviene de Edward Gibbon a Thomas De Quincey.

POR MARCELO G. BURELLO

CULTO. En 1922, Chesterton se convirtió al catolicismo y fue un referente inglés de la religión.
Para el mercado hispano parlante, G. K. Chesterton (1874-1936) es un paradigma de steady-seller, un autor que siempre se vende razonablemente bien. Poco importa por qué. Su nombre es rentable, y más desde que su obra ingresó al dominio público. Pero sus cultores querríamos indagar los posibles motivos de esa rara vigencia, que comenzó allá por los años treinta, con la ya clásica colección “Austral”, y que hoy no se detiene. Sólo en la Argentina, de hecho, una nueva versión crítica del clásico Hombre que fue jueves (Colihue) y un inédito panorama de La era victoriana en literatura (Prometeo) acaban de desembarcar al unísono, de manos del mismo y excelente traductor, Ramiro H. Vilar. ¿Será Borges, que tanto insistió en su valor literario, el único responsable de esta asombrosa continuidad? ¿Serán los obvios contenidos doctrinales que informan la obra chestertoniana el factor que la mantiene viva? ¿O habrá algo más, alguna cualidad en sí de sus imaginativos relatos y sus agudos ensayos?

En el mundo anglosajón, por contraste, también se constata la permanencia de este genial autor, pero con un detalle: las minorías católicas lo han tomado por caballito de batalla. Pues desde que Chesterton se convirtiera al catolicismo en 1922, poniendo fin a largas dudas existenciales, su figura quedó asociada para siempre a ese culto. Y esto explica, en ese ámbito, la permanente reedición de sus textos doctrinales, como Ortodoxia o las biografías de Santo Tomás y San Francisco, que acompañan a sus libros más consagrados como la serie del Padre Brown o algunas novelas “detectivescas”. En los países de lengua española, sin embargo, la fe de Roma es abrumadoramente mayoritaria y la pluma del inglés, aun tan singular, no deja de ser una más. Los escritos del “apóstol del sentido común”, como se lo conoce en los círculos religiosos anglosajones, no conforman una apologética solitaria y heroica. Lo que no impide, evidentemente, que tanto su obra de ficción como la de no ficción sigan nutriendo nuestras librerías.

Chesterton al sur del sur

Consideremos la influencia de Jorge Luis Borges. Su campaña pro-chestertoniana se remonta al menos a un señero artículo aparecido en la revista Sur, en 1935, y se extiende hasta un postrero prólogo de la “Biblioteca Personal”, cinco décadas más tarde, con la muy notable cumbre del ensayo “Sobre Chesterton” escrito en 1947 y aparecido finalmente en Otras Inquisiciones (1952). Con ánimo de brevedad, podríamos sintetizar su recepción y divulgación del autor del Napoleón de Notting Hill señalando que lo reescribió, lo inscribió y lo circunscribió. Al reescribirlo (por ejemplo, en el “Tema del traidor y del héroe”), lo transformó en una fuente primaria, en un “precursor”. Al inscribirlo en una tradición poética, la de Poe y la de Kafka (¡nada menos!), lo puso en un contexto de consagración literaria. Y al circunscribir la obra chestertoniana a las narraciones de índole policial, la acotó a un catálogo personalizado y depurado, justamente, de toda militancia religiosa. Digamos que reescribiéndolo, lo reactualizó; inscribiéndolo, lo afilió; y circunscribiéndolo, lo redefinió, poniéndolo así a disposición de un público lector que acaso no se habría acercado a él sin esas mediaciones.

Sin embargo, asombra descubrir que Borges, nuestro oído más fino para la musicalidad de la prosa, nunca subrayó los méritos propiamente formales de la escritura de Chesterton. Se explayó, como sabemos, sobre lo tremendo y horrible que se agita por detrás de las felices invenciones del autor, que “se defendió de ser Edgar Allan Poe o Franz Kafka”, enfatizando los logros de su imaginación proverbial y su inteligencia paradójica. Pero no destacó el ritmo de su sintaxis ni la precisión de su léxico, desatendiendo los méritos inmanentes de su prosa, que fluye como pocas y que a menudo parece no tener otro referente que sí misma sin hacer alardes de ello (a diferencia de tantos escritores esteticistas y vanguardistas). Y aunque este abordaje formalista no le gustaría ni siquiera al propio Chesterton, hoy resulta conveniente aplicarlo a esa enorme cantidad de sus textos cuya actualidad desafía cada vez más a toda mirada exógena. Porque ni la presunta capacidad evangelizadora ni los beneficios de una divulgación ajena parecerían dar cuenta de su persistencia en habla española, sobre todo porque dicha persistencia ni se basa en sus trabajos cristianizantes ni se acota a sus relatos de intriga. Como ya apuntamos, la discreta y cotidiana invasión chestertoniana incluye textos históricos, poéticos y autobiográficos, más allá de las aventuras del detective con sotana y de los anarquistas que resultan ser agentes del orden.

En la última década, sin ir más lejos, ciertas editoriales de España han lanzado poemas, fábulas, biografías y casi cuanta página más o menos valiosa pudieron encontrar entre las decenas y decenas de volúmenes que pueblan las obras completas de este robusto nativo de Kensington.

Ha llegado la hora, entonces, de reconocer la maestría chestertoniana como escritor en sí, más allá del tema o del género. Sin el aura religiosa y bendecidos por un referente de lujo (ambas figuras son especialmente apropiadas), con el tiempo sus textos se han ido transformando en verdaderos paradigmas de belleza, y eso merced a sus cualidades intrínsecas antes que a sus “contenidos”. Pues aquella idea de Roland Barthes según la cual Flaubert se constituyó en artesano de cada una de sus frases, asimismo válida para tantos notables prosistas, a Chesterton sin duda le calza perfectamente, con el interesante dato adicional de que jamás se propuso medrar en la alta literatura, teniéndose a sí mismo más por un humorista y un polemista. El gran escritor mexicano Alfonso Reyes oportunamente ponderó la dimensión poética del inglés, a quien tradujo en abundancia muchos años atrás. Pero valoraciones así han faltado desde entonces, quizá porque siempre cuesta ver al poeta en quien no escribe en verso.

De modo que la mejor explicación del sostenido culto de Chesterton puede reducirse a algo elemental y sutil: algunos millones de lectores hemos descubierto que se trata, sin vueltas, de una de las mejores prosas británicas del siglo XX (si no la mejor), en un linaje que retrospectivamente puede invocar a Edward Gibbon para el siglo XVIII y a Thomas De Quincey para el siglo XIX (otros dilectos de Borges, no casualmente). Su vocabulario y sus oraciones son ya de por sí un renovado cumplimiento de la promesa de felicidad. Y el placer literario es un valor muy pero muy estable.

La búsqueda del equilibrio entre dos mundos


Por Graciela Melgarejo | LA NACION
Twitter: @gramelgar | Mail: lineadirecta@lanacion.com.ar |

Un pequeño mensaje en un pequeño espacio, que llega mucho y es muy apreciado. Esta definición la dio Lucio Ruiz, el jefe del Servicio Internet del Vaticano desde 2009, en una entrevista hecha en este diario (http://bit.ly/17vllVE) , cuando se refería a "esos pequeños espacios que da la digitalidad, como el tuit, el pequeño video de YouTube o cosas por el estilo".

Como Internet es un nuevo mundo, con nuevas reglas -"¡El microcosmo de alquimistas y cabalistas, nuestro concret o amigo proverbial, el multum in parvo!" , como en "El Aleph" de Borges-, también la lengua que usamos adquiere características particulares, pero nunca demasiado alejadas de la esencia. Para equilibrar ambos mundos, el digital y el lingüístico, nació el libro Escribir en internet. Guía para los nuevos medios y las redes sociales , elaborado por la Fundación del Español Urgente (Fundéu BBVA), editado por Galaxia Gutenberg y postulado como "el primer manual de estilo en español para Internet".

Lo prometido es deuda, y aquí va una pequeña crónica de la tarde de la presentación de Escribir en internet en el auditorio de la Academia Argentina de Letras (AAL), con un público de profesores en letras, bibliotecarios y académicos, dispuestos a escuchar con atención a los presentadores, por orden de aparición: el presidente de la AAL, Pedro Luis Barcia; el director de relaciones institucionales del BBVA Francés, Gonzalo Verdomar Weiss; la directora de EFE en la Argentina, Mar Marín; la representante de Fundéu BBVA en la Argentina, Gabriela Pauer, y los periodistas especializados en nuevos medios Pablo Mancini y Ariel Torres (el editor de Tecnología de LA NACION).

Como este también es un pequeño espacio, habrá que resumir lo dicho: Barcia, con su humor habitual, hizo una precisa síntesis entre la historia y la modernidad de las consultas a las Academias por parte de los usuarios, un tema cuya importancia había señalado ya Dámaso Alonso en 1956; Verdomar Weiss, en términos económicos, destacó "el cuidado de un activo intangible como es el lenguaje" y la partipación del BBVA como una acción de responsabilidad social empresaria, y Mar Marín recordó que esta preocupación por el "español urgente" había nacido justamente en el seno de EFE, cuyos redactores, por pertenecer a una agencia de noticias, deben volar literalmente cuando escriben para informar, y ahí es cuando se debe ser más cuidadoso con el idioma.

A manera de entretenido reportaje, Pauer formuló las preguntas más comunes que los usuarios se hacen sobre el uso del español en los medios digitales (casi los prejuicios más comunes), y Mancini y Torres respondieron como expertos en esas lides. Para Torres, "el lenguaje se adapta, como lo ha hecho siempre" y hay, fundamentalmente, "una recuperación de la cultura oral"; para Mancini, no hay periodistas "de papel" o "de Internet", no se puede hablar de cultura sin incluir las nuevas tecnologías y, como ahora todos trabajamos en Internet, la red se está volviendo tan invisible como cualquier otra infraestructura social. La conclusión fue unánime: los cambios van a ir mucho más allá de lo que pensamos, pero nuestra lengua está en un momento maravilloso.

Otra promesa: el comentario del libro, para una próxima columna.

© LA NACION.
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