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sábado, 15 de junho de 2013

UNA TEORÍA SIMPLISTA DE LAS LENGUAS

Boomeran(g) BLOG DE EDUARDO GIL BERA

Los dos prejuicios más comunes en relación con la historia de las lenguas son la suposición de que el hombre primitivo empleaba un habla elemental, basada en gruñidos y monosílabos, y su hermana gemela, la convicción de que existió una lengua primigenia de la que derivan las demás. Un estudio publicado en la PNAS, abunda en la última, y asegura haberse remontado a la lengua practicada en Eurasia cuando templó la última glaciación, hace unos 15.000 años.

Suponen los autores del trabajo que las siete familias que la convención censa en la actualidad —altaica, kamchatkiana, dravidiana, inuit, indoeuropea, kartveliana y urálica— descienden de una superfamilia euroasiática a la que se han asomado mediante el cálculo de probabilidades. Establecida la probabilidad de un 50 % para el hecho de que una palabra sea reemplazada por otra sin afinidad al cabo de entre 2.000 y 4.000 años, pasan sin dificultad a la hipótesis de que algunas palabras son mucho más refractarias a la erosión, el préstamo y las demás circunstancias que las hacen desaparecer, y tendrían una vida media de entre 10.000 y 20.000 años. Esas palabras duraderas serían, entre otras, hombre, mano, madre, oír, dar, correr, los números, los pronombres, y algunos adverbios, en total 23, a las que se llega por sucesivas eliminatorias en los 21 pares establecidos para las siete familias. Previamente, se hace un casting con 3.804 proto-palabras reconstruidas para los 188 x 7, o sea 1.316 posibles emparejamientos. Esos pasos de baile conducirían a la predicción de la palabras propensas a tener una ascendencia remota y situable en el imaginado protoeuroasiático.

Me he acordado del profesor Morvan que, hace veinte años, en un coloquio de lingüistas sobre “la lengua vasca entre las demás”, proponía un umbral de cinco mil años para datar el momento en que las lenguas del mundo empezaron a diferenciarse de manera creciente, mientras hasta entonces se habrían conducido con formalidad y sin perderse de vista entre ellas, de modo que se podía atisbar, si uno se fijaba y comparaba un poco, la dichosa lengua primigenia euroasiática que hermanaba a semitas, indoeuropeos, uraloaltaicos, vascos y vascas.

Lo cierto y evidente es que todas las lenguas son complicadas, y tienen un pasado plagado de complicaciones abandonadas y sustituidas por otras. Porque cuando un matiz deja de interesar, se convierte en una complicación y sus días están contados. Y, así como varias escrituras se inventaron prácticamente al mismo tiempo en sociedades distantes entre sí, y sin relación constatable entre ellas, con las lenguas sucedió lo mismo, pero a mayor escala. Nunca hubo una lengua primigenia, sino muchas coetáneas.

Por otra parte, lo de las palabras que duran diez o veinte mil años no pasa de ser una hipótesis de comodidad. Hubo un tiempo reciente en que los tuteos entraron en regresión —se puede ver en el inglés y el vasco, donde la segunda persona del plural adquirió competencia singular— así como ahora el “usted” parece a punto de ser mandado recoger. Los pronombres son tan poco duraderos como el resto. El vasco tuvo un ni - hi - di / yo - tú - él, del que ha desaparecido el último miembro, ahora solo visible como partícula de la conjugación. Y no se trata de una lengua especialmente antigua ni aislada, como suponen los autores del estudio, porque tendrá unos dos mil años, si se cuenta desde el momento en que los aquitanos, que ya habían adquirido un habla celtoide, pasaron el Pirineo y empezaron a latinizarse. Por ejemplo, la palabra vasca aita, con significado de ‘padre’, es un préstamo del latín (atta, procedente del vocabulario infantil con significado de ‘yayo’ o 'abuelito'), y si una palabra como ésa puede desaparecer tan fácilmente de una lengua tan conservadora como la vasca, y ser sustituída por otra no afín, no se ve por qué habíamos de creer en la durabilidad de decenas de miles de años para esas palabras enchufadas que propone este estudio.

Cuando ni siquiera podemos tener constancia de si hace cinco mil años se había formado ya el indoeuropeo que, hasta donde sabemos, se extendió en toda Eurasia en oleadas sucesivas sobre un mosaico de lenguas incontables y no censadas, ¿cómo creer en esa simpleza de la lengua euroasiática primigenia —y datable en una horquilla entre 14,45 y 15,61 miles de años, para más animación—, de donde vendrían todas, incluyendo las desaparecidas de las que no tenemos noticia? Ese tronco filogenético único, a base de palabras ultraconservadas y recalentadas, parece más bien un refrito numérico de alguna historieta bíblica.

LA LENGUA VIVA


El habla cultiparlante
Amando de Miguel


Cada día me fascina más el modo de hablar de las personas que peroran ante un micrófono o una cámara de televisión. No hace falta que sean políticos. Son igualmente ejemplares los tertulianos, los futbolistas o los que hacen declaraciones a troche y moche. No todo es finura. Hay también algunos errores de bulto, pero que, al decirlos con autoridad, se presentan como legítimos. Por ejemplo, es ya corriente decir "pago en especias" (en lugar de "en especie", es decir, no en dinero). Lo acabo de oír una vez más en una tertulia televisiva a cuatro voces. Acabará aceptándose.

Son muy corrientes los falsos latinajos, más que nada porque dan prestigio. El más socorrido es urbi et orbe (en lugar del correcto urbi et orbi). Las referencias son innúmeras. Más difícil de encontrar es lo que ha soltado otro tertuliano: "el status quo". Es como dicen los angloparlantes y por ese lado podría pasar, aunque lo correcto sería statu quo (= estado de cosas actual). Pero lo divertido es que el tertuliano en cuestión quiso decir con el latinajo algo así como una situación privilegiada.

Otro latinajo absurdo que acabo de oír a un intelectual de renombre: ab homo. Ignoro lo que significa. Seguramente quiso decir ad hominem (= se dice de un argumento dirigido contra la persona, no contra lo que dice), pero a lo mejor pensó que eso era muy vulgar.

Mi cuate Francisco Capitán me enseña que ya no se dice bedeles, ordenanzas o conserjes. El título correcto es oficialmente auxiliares de control. Por lo mismo, los jardineros de toda la vida ahora cobran más cuando se denominan "manipuladores de objetos fitosanitarios". En la jerga de los economistas los progresos son imparables. Todos los días aprendemos algo nuevo. Por ejemplo, los pronósticos de las magnitudes económicas son ahora prognosis, que queda más científico y arcano. Ya nos hemos enterado de que la consolidación fiscal no es más que la vulgar y consuetudinaria subida de los impuestos y tasas. Queda más elegante hablar de la "sostenibilidad de las pensiones" para indicar que van a bajar o no van a subir.

Me he referido muchas veces a la técnica de alargamiento de las palabras o de las frases con el fin de ganar tiempo o de impresionar al oyente. Por ejemplo, si un hombre público tiene que declarar algo, antes de enunciar el verbo lo hace preceder de esta muletilla: "Estoy en condiciones de afirmar que…". Es evidente que lo que sigue adquiere un halo de solemnidad, aunque solo sea una sinsorgada. El alargamiento de las palabras es muy fácil. Basta con rebuscar un sinónimo con más sílabas. Por ejemplo, después o luego quedan vulgares. Resulta más fino decir posteriormente.

Hablando de sinsorgadas (y perdón por el vasquismo), nada mejor que decir de alguien, para elogiarle, que "es amigo de sus amigos". Aunque parezca mentira, se dice muchas veces en serio.

SAMUEL BECKETT


Vida y obra: Samuel Beckett
Premio Nobel 1969, dramaturgo, novelista y poeta, Beckett logró superar la aplastante influencia de su gran predecesor irlandés, James Joyce. Y aunque está encasillado en la literatura de vanguardia, su búsqueda literaria fue sencilla: hallar una expresión honesta al dilema de existir en un mundo aparentemente sin sentido.
Revista Ñ - Clarín - Argentina
Poco a poco nos vamos alejando del siglo XX y, aunque aún lo tenemos demasiado cerca para verlo desapasionadamente, ya es posible entenderlo como una unidad que comenzó y terminó. Podemos imaginarnos cómo este siglo hermano será visto dentro de varias generaciones, dentro de un puñado de siglos, por ejemplo. Y cuando se arman las listas esenciales de fechas, descubrimientos, batallas, edificaciones y autores, apostamos que en la última categoría estará Samuel Beckett, el flaco y elegante escritor irlandés cuya vida y obra transcurrió en pleno siglo XX. Nació en 1906 en el pueblo de Foxrock de Irlanda (un suburbio de Dublín) y murió en París en el último mes de 1989.

Beckett es mucho más accesible de lo que parece a primera vista. Si uno solo lo conoce por un puñado de sus obras teatrales, como Esperando a Godot y Días Felices, es posible encasillarlo como un autor avant garde, o –para usar una frase aun más detestable– un escritor experimental. Beckett, en su vida y obra, fue una persona llana, directa y honesta. Nunca hizo algo por lograr un efecto o por conseguir un lugar en el mundo literario –aunque sí le interesaba la gloria literaria. Su vida no fue exactamente un sacerdocio –tenía muchos amigos, le gustaba beber, las mujeres, tenía un sentido del humor crudo y escatológico, era muy deportista de joven– pero sí fue marcada por un compromiso casi sagrado para buscar expresar en palabras la realidad de su existencia. Para ver qué se podía hacer con el lenguaje, con la literatura, para expresar con máxima honestidad el dilema humano. Y el dilema humano es, simplemente: ¿que hacemos acá? ¿Cómo pasaremos los días?

Si suscribimos a la teoría de Harold Bloom de la angustia de las influencias, que dice –más a menos– que el problema más grave para un autor en sus inicios es superar los logros de sus antecesores inmediatos, el obstáculo mayor para Beckett fue James Joyce. No hace falta decirlo: Joyce fue un titán que cambió la literatura universal. Ulises (1922) rompió todo. Puede ser que nadie aun haya escrito una novela nueva después. Beckett y Joyce eran irlandeses. Para hacer las cosas más complicadas, Beckett, a los 22 años, conoció a Joyce. Trabajó con él en París, en 1928, cuando había conseguido (Beckett) una beca para ser profesor en el École Normale Supérieure. Se ha dicho que Beckett era secretario de Joyce, pero eso es mentira. Joyce (1882-1941) admiraba a Beckett. Es verdad que Joyce lo reclutó para conseguir prosélitos para su nueva obra, Finnegans Wake (en ese momento llamada A Work in Progress), pero Beckett, por su parte, admiraba tanto a Joyce que usaba zapatos demasiado chicos como para emularlo. Para complicar las cosas más aun, la hija de Joyce se enamoró con Beckett (sin reciprocidad), lo cual terminó causando una ruptura temporaria entre ambos.

Pero lo fundamental es la literatura. Años después, Beckett se dio cuenta, en una revelación que tuvo alrededor de los 40 años, de que si el logro de Joyce fue agregar y agregar y agregarle realidad al mundo a través del lenguaje, el camino que él tenía que tomar era el opuesto: el de sustraer.

Dijo Beckett: “Me di cuenta de que Joyce había ido lo más lejos que se puede en cuanto a conocer tu material. Siempre estaba agregando. Solo hace falta mirar sus borradores para advertirlo. Me di cuenta de que mi camino era vía el empobrecimiento, en la falta de conocimiento y en sacar, en restar en vez de sumar. Cuando conocí a Joyce por primera vez no era mi intención ser escritor. Eso solo vino después, cuando me dí cuenta que no servía para enseñar, para ser profesor. Pero recuerdo haber hablado del logro heroico de Joyce. Le tenía mucha admiración. Eso es lo que logró: fue épico, heroico. No podía seguir el mismo camino.”

Entre sus renuncias estuvo el abandono de su lengua materna. Cambió del inglés al francés. Le permitiría –sentía– escribir de una manera más pura, libre de automatismos estilísticos.

Beckett nació en una familia protestante, no rica, pero acomodada, de las afueras de Dublín. Asistió a buenos colegios donde se destacaba como alumno y atleta. Le gustaba el ajedrez, jugaba cricket y al golf. También participaba en carreras cross-country de motos. En su vejez, cuando no podía conciliar el sueño, jugaba en su imaginación las partidas de golf de su adolescencia. Siempre siguió los deportes por televisión. Fue un brillante estudiante de letras en el Trinity College de Dublín, con un talento exquisito para los idiomas. Leía voraz y críticamente de todas las tradiciones. Amaba a su padre y con su madre tuvo una relación complicadísima que lo derivó a varios años de psicoanálisis. Lo curioso es que tuvo que emigrar a Londres para el tratamiento ya que en los años 20 el psicoanálisis era ilegal en Irlanda.

Entre las novias de Beckett, en su primera juventud, estaba una prima hermana y también una de las herederas de la fortuna Guggenheim. Ella, Peggy, le decía Oblomov, por el personaje del la novela homónima de Goncharov que se pasaba los días tirado en un sillón. Como muchos artistas irlandeses de esa época, emigró. Su destino fue París. Durante la Segunda Guerra Mundial participó en la Resistencia poniendo su vida en riesgo mientras trabajaba para una célula que descifraba y recodificaba mensajes secretos.

Una de las grandes fortunas de Beckett fue su compañera de vida, Suzanne Deschevaux-Dumesnil, seis años mayor que él. La conoció jugando tenis, en un partido de dobles mixtos, a principios de los años 20, pero se unirían después. Como Beckett, Suzanne era austera, reacia a la fama. En sus tortuosos intentos por conseguir una editorial para sus primeras obras, Suzanne fue fundamental. Nunca dejó de creer en él. Y aunque él no le fue totalmente fiel en términos sexuales, estuvieron juntos siempre y hasta el final. Ella murió el 17 de julio de 1989; Beckett duró poco tras su pérdida. Murió en 22 de diciembre de 1989. Dicen que muchos de los diálogos “absurdos” de las obras teatrales de Beckett son casi transcripciones de las conversaciones que tenía con su esposa (se casaron en 1963, aunque vivieron juntos 50 años, incluyendo los años de Resistencia en los campos franceses durante la Segunda Guerra Mundial.)

La fama para Beckett fue una condena y le vino en dos tandas: al estrenar Esperando a Godot, en 1953 y al ganar el Premio Nobel de Literatura, en 1969.

La literatura, el deseo de ser parte de la literatura, de contribuir a su crecimiento, es algo raro: es tan privado escribir y es tan privado leer... Pero los autores, inevitablemente, son figuras públicas. Beckett murió en un hospicio digno y limpio, bien atendido, pero extremadamente austero. Era un hombre rico. No era tacaño. No necesitaba nada. En su cabeza había un mundo.

LEER

Padres e hijos: compartiendo espacios de diálogo a través de la lectura
Por Rocío Brescia, especialista de Fundación Leer, (www.leer.org).

En todo proceso de promoción de la lectura, que tiene como fin generar que los chicos sean lectores autónomos, hay acciones que son llevadas a cabo por diferentes actores, por ejemplo, la escuela, que tiene un rol sustancial pero no es el único. La familia es otra parte fundamental, sobre todo, porque allí comienzan las actividades de lectura antes que los chicos ingresen al nivel inicial.

Los papás tienen diferentes espacios de intervención para promocionar la lectura y la alfabetización y quizás no son necesariamente aquellos vinculados con el libro. Hay muchas veces que los papás comparten con los chicos espacios como mirar una película, incluso jugar juegos electrónicos. Todos aquellos espacios en donde se comparte con los chicos alguna actividad de entretenimiento, habilitan la intervención del adulto que va más allá de aquello a lo que se está jugando.

A veces es un juego, otras veces una salida, por ejemplo, ir a la librería. Ésta última tiene que ser una actividad interesante, no es solamente ir a comprar un libro, más bien debería ser encarada como una visita cultural. En general, las librerías hoy disponen de lugares en los que uno se puede poner cómodo, sentarse con los chicos, preguntarles, leer las contratapas con ellos. Esas son instancias que hay que aprovecharlas para dialogar.

Solemos encontrar que algunas prácticas están atravesadas por ciertas representaciones culturales un poco complicadas, por ejemplo, el cuento a la hora de ir a dormir. Muchas veces, queda relegado a las mamás o a las figuras femeninas y es importante que los papás también asuman ese rol. Leer un libro a los chicos antes de dormir es una experiencia maravillosa porque, sobre todo, se está generando un hábito. A veces, los papás delegan en las mamás estás tareas como si fueran tarea exclusivamente femeninas y en realidad pertenecen a los adultos en general ya que cada persona pueda aportar algo distinto.

Es interesante que todos podamos ofrecer espacios de intervención, los tíos, los abuelos, la mamá y el papá. Cada uno tiene su rol y puede construir con los chicos otros diálogos haciendo de esto algo enriquecedor. No es lo mismo el diálogo de una lectura con mamá que el diálogo de una lectura con papá.

Todo espacio con los chicos es un espacio de diálogo. Allí hay lugar para la promoción de la lectura, del relato, de experiencias, de aprender a escuchar y hablar. Los viajes, todos aquellos escenarios de cierta intimidad entre el niño y el adulto, son un espacio para dialogar y escuchar, sobre todo, darle la posibilidad a los chicos de que hablen, que pregunten, de escucharlos. Y de alguna manera, todo esto va forjando un valor sobre el contar, sobre la palabra que los acompañará durante toda su vida.
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