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quarta-feira, 28 de agosto de 2013

GOLES A GRANEL




Fuente: Fundéu - España

Si el fútbol fuera un organismo, el gol sería el agua que lo vivifica. El gol es el objetivo hacia el que toda jugada fluye, la ilusión con la que los espectadores acuden a los estadios y los amigos se arraciman frente a un buen televisor. Sin goles, el fútbol es una tarta sin velas ni aire en los pulmones.


Por eso, porque el gol es magia y chistera de las mayores alegrías balompédicas, los hay de todas las clases: si se atiende al momento en que se consigue, gol relámpago es aquel que se marca de inmediato; con menos velocidad, se llama tempranero o madrugador al logrado en los primeros minutos; al filo del descanso o recién comenzada la segunda parte, se hablará de goles psicológicos, y en los minutos finales pueden resucitar a un equipo los goles in extremis.

Según la cantidad de goles cosechados, goleador es quien marca, aunque solo sea un gol; si son dos, se apuntará un doblete, triplete si la cuenta sube a tres; cuatro goles forman póker, las manitas son de cinco, seis hacen set, como en tenis, y aún más goles en el casillero equivale a titular que se hizo un siete al rival; en tal circunstancia, por cierto, nadie se enoja si el derrotado consigue el gol de la honra o del honor.

También reciben bautismo en función del orden en que se consiguen: el primero, siempre el de mayor dificultad contra un equipo que se cierra, es el gol que abre la lata; como un gol supone poca diferencia, el que otorga margen de dos es el gol de la tranquilidad; y cuando la distancia es de tres, para regocijo de los victoriosos, se celebra el gol de la puntilla; puede suceder, no obstante, que el equipo en desventaja acierte con la portería contraria y se aferre entonces al gol de la esperanza.

De tantos tipos los hay que resulta aventurado este empeño en compendiarlos: gol olímpico es el de saque de esquina directo, en propia puerta marcan los defensas que despejan sin acierto y gol cantado es aquel que se falla cuando ya lo celebraba el respetable. Aún hay más: los jugadores que superan al portero por encima marcan goles de vaselina y, con menos elegancia, de cuchara; gol de tijera es el acrobático, de espaldas a la portería y en el aire, y, aunque no se corten piernas, basta una lesión cuando se han agotado los cambios para conseguir el gol del cojo.

Goles de oro y de plata, goles marca de la casa, goles maradonianos tras recorrer medio campo regateando adversarios y, por si esto fuera poco y no bastase con la dimensión mundana, cuando se duda si el balón rebasa la línea de gol por completo, nos hallamos ante la inquietante presencia de un gol fantasma.

Lluvia de goles, por consiguiente, como se suele decir. Celebremos, pues, los goles, también llamados dianas o tantos. Los goles son tantos y ¡son tantos los goles…!

DELE


Más de 2.800 estudiantes optan al Diploma de Español como Lengua Extranjera

28/08/2013 | AGENCIA EFE
Más de 2.800 estudiantes se han presentado a la última convocatoria para los exámenes de obtención del Diploma de Español como Lengua Extranjera (DELE) que se han realizado en 104 centros de exámenes de 91 ciudades en 30 países, según ha informado el Instituto Cervantes.


Se trata de la segunda convocatoria que ha tenido lugar este año, ha indicado el Instituto Cervantes, que ha destacado el aumento del número de candidatos en países como Rusia, México o Suiza respecto a la convocatoria del pasado mes de mayo.

Los DELE son los diplomas de español más ampliamente difundidos en el mundo. En el primer semestre del 2013 se han realizado cerca de 46.000 exámenes, lo que, ha indicado el Instituto Cervantes, confirma su crecimiento constante.

Los DELE son títulos oficiales que el Instituto Cervantes otorga en nombre del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte de España, de validez indefinida y con el reconocimiento de importantes instituciones y empresas de ámbito internacional.

La próxima convocatoria de los diplomas de español DELE, a la que se espera que concurran más de 23.000 candidatos, se celebrará los días 22 y 23 de noviembre.

LA EXTINCIÓN DEL ESCRITOR




Blog de Juan Bonilla en El Mundo - España

Benito Perez Galdós en los billetes de 1000 pesetas.







El profesor y editor Gonzalo Pontón publicaba hace poco en 'Babelia' un artículo titulado provocativamente 'Ojalá que se extingan los escritores' en el que venía a decir que uno de los gozosos efectos colaterales que va a tener el nuevo modelo de mercado digital en lo concerniente a la literatura será la extinción del escritor profesional. Ya éste no podrá esperar que un editor le firme contratos sustanciosos por obras no escritas, y cada cual, decía Pontón con harto optimismo y nula ciencia, escribirá lo que tenga que escribir y ni una sola palabra más. Pontón recordaba que la figura del escritor que vive de lo que escribe es relativamente nueva -del XIX- y que durante siglos poetas y narradores han hecho lo que tenían que hacer sin esperar satisfacción económica. Así que esa vuelta a la antigüedad -que no es tan así, Marcial cobraba una pasta por cada epigrama que se le encargaba, y en cuanto al encargo que Augusto le hizo a Virgilio y del que resultó la 'Eneida' ni hablamos: pero es mejor no poner ejemplos, para cualquier cosa, en este asunto como en tantos otros, se pueden apilar ejemplos que demuestren una cosa y su contraria- es una estupenda noticia que mejorará la literatura, o por lo menos no la va a ensuciar tanto como la ha ensuciado el mercado, con la consiguiente proliferación de escritores jóvenes criados en la estúpida fe de que podrían vivir de lo que escribían. Como los jóvenes escritores van a ver enseguida que no pueden esperar cobrar una peseta por lo que escriben, sólo escribirán los mejores, parece esperar Pontón, confundiendo tenacidad con talento y volviendo al supurado asunto de que escribir tiene que ser una necesidad del alma, que no sé cómo se ha elevado a lugar común. Escribir puede ser una necesidad o un pasatiempo: no hay nada que previamente indique que la tormentosa angustia que padece un viudo al que se le han suicidado sus ocho hijos vaya a producir un artefacto literario más convincente que las invenciones de una dama que, por librarse de el calor, se pone a fantasear con robots pornográficas.

Dice Pontón que no hay temor de que la literatura se extinga porque se extingan los escritores profesionales, repitiendo a Bécquer, que estaba seguro de que podrá no haber poetas pero habrá poesía (hay siglos enteros que le quitan la razón, el XVIII en España por ejemplo, clara prueba de que durante algunas temporadas puede no haber poesía en parte alguna pero hay poetas por todas partes). Y a la pregunta que, al parecer, cierto novelista -cuyo nombre no se cita- se hacía, pecando de ingenuo ciertamente, sobre quién escribirá de amor, del dolor, de la vida y la muerte cuando un escritor no pueda esperar recompensa económica por lo que escriba, Pontón responde que escribirán los que siempre han escrito, los que lo necesitaban, "usted mismo si tiene algo que decir", concluye Pontón guiñándole un ojo al sabio público. Es curioso que siempre que alguien carga contra los escritores profesionales fije su atención en la basura producida por estos y no en las obras maestras, y es más curioso todavía que suela ser alguien a quien no le extraña ni le parece pernicioso haber vivido, profesionalmente, de la literatura -como editor, como profesor- sin que esa profesionalidad pareciese menoscabar por una parte su vocación y por otra su talento. Ahora, si quien se hace profesional es el escritor, entonces sí, entonces la vocación se ve mermada y el talento, exigido por el mercado, se va al carajo. Nula ciencia, ya digo. Dice Pontón que la literatura requiere por supuesto oficio, pero que no debería, como la política, haberse convertido en un oficio. Y como frase está bien, pero volvemos a lo de los ejemplos: depende. ¿Por qué no iban a ser de oficio escritor Benito Pérez Galdós o Scott Fitzgerald?

Según la tesis de Pontón, la literatura que se hace en Mauritania, donde no hay un solo escritor que cobre un céntimo por lo que escribe, es muy superior -dada su pureza no contaminada por el dinero- a la que se hace en los Estados Unidos, donde no hay un solo escritor que no espere cobrar por lo que escribe. La profesionalización que muere ahora en el nuevo modelo de negocio que se nos viene encima, sí, sin duda, habrá producido montañas de basura, vertederos enteros, pero no más que el amateurismo: lo malo de presentar las cosas como las presenta Pontón es que se da pie a pensar que sólo porque uno no vaya a cobrar por lo que escribe, ya lo que escribe es mejor o tiene más sentido que si se hubiera escrito esperando cobrar lo que sea. Pero el amateurismo ha producido millones de kilos de basura más que la profesionalidad, aunque sólo sea por el hecho evidente de que hay millones de aficionados más que profesionales. Yo estoy de acuerdo con el profesor en que no hay el menor riesgo de que la literatura se extinga porque cambie el modelo, y también en que es muy posible que cierto tipo de escritor profesional esté en su raudo crepúsculo, ahora bien, echarle las culpas de que las ballenas se extingan a las propias ballenas, cuando tantísima gente vive de las ballenas, me parece un poco excesivo. Y eso es lo que viene a hacer el profesor, como si la quiebra del negocio editorial tenga más que ver con los adelantos que han cobrado los novelistas, que con la propia sacudida tecnológica que disfrutamos o padecemos y la vecindad del lobo de la piratería. Puestos en la lógica del mercado, me temo que ni siquiera la figura de escritor profesional va a extinguirse -no se extinguirán las ballenas: se sustituirán por ballenas sintéticas llegado el caso-, sólo que será el mercado quien dicte quién es profesional o no (antes eso podían dictarlo los editores, confiando en que autores cuyas ventas quedaban lejos de cubrir sus adelantos, despegaran comercialmente en algún momento, o dándose por satisfechos por tenerlos en sus catálogos para lucirlos como autores de culto). O sea, que si lo que peta son los ensueños eróticos de una mujer a la que le gusta que la aten y le azoten, enseguida el vendedor de turno encargará a algunas plumas en nómina que clonen el éxito hasta agotarlo. Le hubiera bastado a Pontón mirar qué autores se hacen millonarios y con qué cosas en estos momentos para comprobar lo mucho que se equivoca. Hasta ayer mismo esos autores estaban alojados en editoriales, esas editoriales -por un sistema de solidaridad muy eficaz, por sostener un prestigio- destinaban parte de las ganancias obtenidas con esa basura a comprarle obra a autores "literarios" que no iban a cubrir los adelantos recibidos ni aunque tuvieran diez mil hijos y cada uno comprara dos ejemplares. El sistema producía un abotargamiento evidente y una flora intestinal excesiva, no hay duda de ello. Pero hacer residir ahí y sólo ahí el problema, es ya digo, echarle las culpas a la ballena de que las ballenas se extingan. (Y dirán: pero es que las ballenas no son los escritores, la ballena es la literatura: qué va, la literatura es el mar, la surcan todo tipo de animales, desde poetas que, según Pontón, no esperan ganar nada a cambio de sus poemas -se ve que no está al tanto de cuántos premios hay en España- hasta negros que le escriben discursos a alcaldes y presidentes y libros a presentadores de televisión y actores porno.) Los vaticinios hacia dónde nos dirigimos y chalalá son meras muestras de impaciencia: no hay prisa en adivinar hacia qué garete se va el negocio editorial y cómo va a resolverse. Pero si la solución pasa por lo que las apariencias dictan, está claro que no sólo no se va a reducir el número de textos que se produzcan, ni que esa reducción imposible vaya a mejorar la calidad de lo que se escriba, sino que se va a multiplicar temerosamente. Y encima, por la mayor parte de esa obras, el escritor no cobrará nada, y sin embargo el mercado las hará funcionar, con lo que, como de costumbre, alguien estará haciendo dinero con la carne de la ballena.

La literatura, eso sí, no corre riesgos de extinguirse. Aunque no se produzca de aquí al final de los días una sola obra maestra más, ya se han producido las suficientes como para llenar la vida de cualquier lector. Pero brindar por la extinción de los escritores, por provocativo que quiera ser, no es más que brindar por los balleneros japoneses. Será el mercado y sólo el mercado quien dé ese carnet de profesional de la cosa a quien sea capaz de conquistar público suficiente como para pagarse el alquiler. Ya no se podrá esperar la protección de un editor que le escriba a alguien: "vamos, Scottie, no te preocupes por las ventas, te envío el adelanto que pactamos y sigue trabajando". Y lo peor de todo es que no es ninguna tragedia ni una cosa ni la otra.

LA LENGUA VIVA






Qué queremos decir cuando decimos
Amando de Miguel en Libertad Digital - España



Eduardo Fungairiño comenta la reacción de pedir perdón a las señoras cuando en una reunión educada alguien suelta lo de "carajo". En esos casos el fino de don Eduardo aconseja especificar que se trata del nombre de un atolón del Océano Índico. Añado que más exótico quedaría la referencia a los "carajá", una tribu del Amazonas. Supongo que cuando vieron por primera vez a los barbudos conquistadores de Lope de Aguirre exclamaron: " ¡carajo!”. Y de ahí les quedó el gentilicio. Para evitar la mala palabra siempre cabe el recurso de apelar a algún ñoñismo como “caray, caracoles o caramba”. Pero las señoras ya saben que carajo tienen todos los varones.

Cayetano Morales observa que en el mundo hispánico la palabra "puta", entre otras, resulta obscena. El problema está, según don Cayetano, en que algunas palabras necesarias llevan dentro esas sílabas comprometedoras; por ejemplo, "computadora". Por eso algunos dicen "la compu”. Me parece un ñoñismo de tres al cuarto. Por la misma regla de tres tendríamos que decir “el dipu” en el Congreso o que el cirujano ha realizado una “ampu”. El ridículo es lo peor. La palabra “puta” aparece varias ves en el Quijote, y así la leíamos en voz alta a los nueve años en el colegio. Otro ñoñismo que señala don Cayetano en algunos países americanos es “mamá” para no decir “madre”, que, por lo visto, también es una mala palabra. Esto le habría gustado mucho a Freud.

Juan Ignacio Gómez Lozano se alarma de esa plaga sobre el abuso de la voz "realizar". Se realizan los viajes, las visitas, cualquier cosa. Ignoro de dónde pueda venir esa manía. Del inglés no será. El verbo realice en inglés significa "darse cuenta, vender una propiedad". Más latino no puede ser.

Agustín Fuentes expresa su desagrado respecto de algunos usos del español público. Por ejemplo, "étnico" para significar el atractivo de lo exótico. Supongo que lo de "etnia" ha cuajado para no tener que mencionar la vitanda "raza”. O también “enviar fuerza (a alguien)". Su opinión es que los españoles siempre han enviado saludos o ánimo pero no fuerza. Estoy de acuerdo. Supongo que es un italianismo. "¡Forza Italia!" es tanto como decir "¡Viva Italia!”. En ortos idiomas ese deseo de “viva” se expresa como “larga vida”. En vascuence se dice “arriba”. Sí, de ahí vino lo de “arriba España”.

Juan J. Carballal certifica que la voz "madrigal" proviene de carmen matricale" (= canto materno). Pasó del italiano a los otros idiomas europeos. Lo acepto, pero sin averiguar qué tiene que ver la "madre" con esa forma métrica. En castellano antiguo se decía "madrigal" para un bosque de robles o de encinas, tampoco sé por qué.

Gabino Fernández Baquero sostiene que "madrigal" es la localidad principal, o madre, de una comarca. Así, Madrigal de las Altas Torres. Añado que no hay topónimo más sonoro en la lengua castellana. Sin desmerecer a Jerez de los Caballeros.

Luis Bago (desde Guatemala) se queja de que "nuestro querido idioma está dando las boqueadas". Ni por pienso. Nunca ha habido tantas personas que no lo tienen como idioma materno y que intentan aprenderlo. Otra cosa es lo que aquí vituperamos, el habla del "politiqués" y dialectos afines. Pero no son de ahora los “eruditos a la violeta”.

ARGENTINA, UN PAÍS DE TRADUCTORES





Desde sus orígenes, nuestro país apostó fuerte a la traducción, volviendo propio el pensamiento del mundo. Esta producción destaca una tradición poco o mal conocida.
POR JORGE FONDEBRIDER en Revista Ñ - Clarín - Buenos Aires
http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/pais-traductores_0_778722131.html

Lengua del mercado, lengua del poder

Un diccionario a medida
siguen siendo una importante base de sustentación para nuestra manera de procesar las complejidades del mundo haciéndolas nuestras. Y hay sobradas evidencias de ello.

En 1794, Manuel Belgrano tradujo las Máximas generales del gobierno económico de un reyno agricultor , de François Quesnay, un texto de naturaleza económica, publicado primero en España y luego en Buenos Aires. Luego, en 1810, se publicó localmente El contrato social , de Jean-Jacques Rousseau, traducido –y expurgado– por Mariano Moreno, también traductor de Constantin de Volney y del marqués de Condorcet. Desde entonces, y hasta llegar a Un país mental, 100 poemas chinos contemporáneos , la muy reciente antología de poetas actuales, seleccionada y traducida por Miguel Angel Petrecca, la Argentina siempre ha traducido, discutido y asimilado el pensamiento y el arte de las más diversas latitudes, convirtiéndolo, adaptación mediante, en propio y, por lo tanto, confiriéndole nuevas especificidades. Así también lo vio el investigador y traductor Sergio Waisman, profesor de la George Washington University durante una visita al Club de Traductores Literarios de Buenos Aires (CTLBA): “La traducción importó el pensamiento y la literatura europeos a través de un proceso de adaptación y apropiación, y, recontextualización mediante, los acriolló”.

Ese proceso podría remontarse a Juan Bautista Alberdi, Esteban Echeverría y José Mármol, quienes tradujeron y encontraron las palabras para describir el territorio de la patria en los textos de los visitantes británicos que, a su vez, habían descrito a la futura Argentina, tomando como modelo la prosa del naturalista alemán Alexander von Humboldt, y en ese curioso juego de influencias –como bien señala Adolfo Prieto en Los viajeros ingleses y la emergencia de la literatura argentina. 1820-1850 – plantaron el germen de nuestra primera literatura. Domingo Faustino Sarmiento, en cambio, hizo otro tanto pero, en su caso, explorando acaso involuntariamente las posibilidades literarias del error: ya en la primera página de Facundo , anota “ On ne tue point les idées ”, frase de origen dudoso que atribuye a Hippolyte Fortoul –aunque otros atribuyen al Conde de Volney y, en otras oportunidades, a Denis Diderot–, que dice haber escrito con carbón al pasar por los baños de Zonda, en su huida a Chile, escapando del tirano Rosas, y que el autor de Recuerdos de provincia tradujo mal (“A los hombres se degüella, a las ideas no”). “En este caso, la traducción funciona como transplante y como apropiación –sostuvo Ricardo Piglia ante el público del CTLBA–. Pero es un manejo ‘lujoso’ de la cultura, neto signo de la civilización, corroído, desde su interior, por la barbarie”. Es posible que esa línea de fuerza surgida a partir de la apropiación de lo traducido para los fines propios, con el tiempo haya desembocado en las referencias equívocas, las citas falsas y la erudición muchas veces apócrifa de Jorge Luis Borges, convirtiendo así las manipulaciones políticas en propósitos estéticos.

Darle duro a los gringos

Entre las muchas historias que existen alrededor de la traducción en la Argentina, resulta insoslayable una que, verdadera o apócrifa, tiene como protagonistas a Bartolomé Mitre –traductor de Dante Alighieri, pero también de Victor Hugo, de Henry Wadsworth Longfellow, de Lord Byron, de Pierre-Jean de Béranger y de Horacio– y a Lucio V. Mansilla. El segundo visita al primero y, al cabo de una larga espera, recibe las disculpas de su anfitrión, quien se excusa manifestando lo ocupado que estaba con la primera traducción argentina de la Divina Comedia . Mansilla entonces lo exhorta: “Hay que darles duro a los gringos, mi general”. Más allá del chiste, eso era justamente lo que Mitre estaba haciendo: le estaba dando duro a los gringos, cuando, en la década de 1890, traducía al castellano culto de su época, empleando, acaso por influjo de la incipiente inmigración, italianismos que después se harían carne en el habla argentina y que serían dura e injustamente rechazados por los españoles.

Tal vez, algo similar, pero de consecuencias mucho más perdurables, podrá leerse más adelante cuando Roberto Arlt convierta en potente prosa argentina el castellano de las malas traducciones españolas de Dostoievsky que él leía editadas por el sello TOR. O cuando el argentino José Salas Subirat (1900-1970), anticipándose en varias décadas a los traductores ibéricos, tradujo en 1945 por primera vez al castellano periférico de nuestro país el Ulises , de James Joyce, sacándole provecho a esa circunstancia ya que, como señala el escritor Carlos Gamerro, “el Ulises original está escrito, no en una lengua o dialecto, sino en la tensión entre una variante desprestigiada (el inglés de Irlanda) y otra dominante (el inglés británico imperial) – relación que puede compararse, aunque no homologarse, a la que existe entre el español de España y el de los demás países de habla hispana”.

Y aquí entonces vale la pena hacer una importante afirmación que no es evidente para todo el mundo: las buenas traducciones realizadas en este país son literatura argentina y entran en una serie que comparten con los textos producidos por los escritores nacionales.

Anticipándose a este juicio de naturaleza estética, la Ley de Derechos de Autor –más conocida como Ley Noble–, promulgada en la década de 1930, equipara al traductor al rango de creador, lo que hace que sus derechos sobre su creación sean inalienables, una circunstancia que los editores que exigen a los traductores la cesión de una traducción a perpetuidad suelen pasar por alto.

Los traductores

Los hombres y mujeres que han traducido en el país responden a muchas y muy distintas tipologías. Ha habido traductores circunstanciales, movidos por alguna afinidad ideológica, como es el caso de, por ejemplo, el político Juan B. Justo (1865-1928), quien en 1898 tradujo el primer tomo de El Capital , de Karl Marx, o guiados por la coyuntura, como ocurrió con el general José María Paz (1791-1854), quien a lo largo de sus cuatro años de cautiverio se dedicó a traducir La Guerra de las Galias , de Julio César, o el general Edelmiro Mayer (1839-1897), traductor de Edgar Allan Poe, mientras combatía en las guerras civiles argentinas y, posteriormente, en la Guerra de Secesión en los Estados Unidos. También, inmensos traductores profesionales, como Patricio Canto (1916-1989) y Floreal Mazía (1920-1990), “generalistas” que superaron holgadamente el centenar de títulos. Ha habido asimismo especialistas en un único tema, como es el caso de Carlos A. Aldao (1860-1932) y Juan Heller (1883-1950), quienes en las primeras décadas del siglo XX tradujeron a la mayoría de los viajeros ingleses del siglo anterior, y otros que alternaron entre una especialidad y textos que los atrajeron, como Carlos Muzzio Sáenz Peña (1885-1954), fundador del diario El Mundo , traductor de viajeros ingleses y de Rubaiyat , de Omar Khayam y de El jardinero , de Rabindranath Tagore. Ha habido también especialistas en una única lengua, como Lysandro Z. de Galtier (1901-1985), que sólo tradujo del francés, o traductores de múltiples lenguas, como J. R. Wilcock (1919-1978) o Aurora Bernárdez. Asimismo, ha habido traductores de un único género, como Delfina Bunge de Gálvez (1881-1952) y Alberto Girri (1919-1991), ambos traductores de poesía, o León Mirlas (1907-1990), traductor de literatura dramática, y traductores de todos los géneros imaginables, como José Bianco (1908-1986). Y para terminar esta caracterización caprichosa –y, por supuesto, muy incompleta–, hay una sobrecogedora lista de traductores escritores, de traductores provenientes del campo académico –vale decir, que se desempeñan en instituciones académicas y que en el ámbito de la traducción llevaron a cabo tareas de investigación y docentes– y otros que han elegido limitarse a ser nada menos que grandes profesionales de la traducción. Por supuesto que se trata, en más de una ocasión, de categorías de límites muy tenues que, de hecho, podrían aplicarse a un mismo traductor.

El mundo editorial

Paradójicamente, a pesar de la importancia que la traducción parece haber tenido en nuestra formación como sociedad y de que en la actualidad sea un tema ampliamente instalado en nuestras discusiones, muchos editores locales no se dan cuenta de que los libros traducidos sencillamente no existen sin los traductores. No sólo no reconocen la importancia de la profesión, sino que, de hecho, la ven como el eslabón más fácilmente vulnerable en el proceso de publicación de un libro originalmente aparecido en lengua extranjera. Las tarifas miserables y el regateo mendaz al que obligan a los traductores –comportamiento que los responsables editoriales nunca tendrían con la papelera, la imprenta o el encuadernador, para no hablar de las instituciones del gobierno nacional o del gobierno de la Ciudad que les compran libros a las editoriales obligando a sus empresas a todo tipo de descuentos– van acompañadas de contratos abusivos o del todo ausentes.

Y no se habla aquí de las empresas multinacionales que, salvo raras excepciones –Fondo de Cultura Económica de la Argentina– no traducen en el país, sino que importan libros traducidos fundamentalmente en España, siguiendo una agenda del todo ajena.

El problema lo plantean las editoriales argentinas, las cuales, paradójicamente, muchas veces publican no lo que los editores deciden, sino lo que los traductores, súbitamente devenidos en scouts , ofrecen. Pese a este servicio adicional, que por supuesto no se paga, mantienen políticas abusivas respecto de los traductores, muchas veces degradados al rango de “proveedores”.

Estado de situación

Un caso paradigmático es el de los subsidios para la traducción provenientes del exterior. Hoy en día, prácticamente casi todos los países civilizados –con la excepción de los Estados Unidos e Inglaterra (Gales y Escocia son otro caso)– cuentan con subsidios a la traducción para impulsar el conocimiento de las literaturas nacionales en el exterior. Aunque el subsidio corresponde a los traductores, el trámite deben hacerlo los editores. Y por esas cosas de la viveza criolla, no siempre los subsidios para la traducción provenientes del exterior llegan a los traductores, aun cuando se anuncien de manera inequívoca, porque quedan en el camino.

La lista de miserias es tan grande como la ignorancia que históricamente han demostrado los editores respecto de las leyes vigentes que una y otra vez burlan sin la menor elegancia, apelando a la amenaza siempre latente de no dar más trabajo a quien se queje.

Sumemos a lo dicho que la prensa cultural tampoco ayuda. Se comenta el estilo de los libros extranjeros traducidos como si hubieran sido escritos en castellano y sólo aparece el traductor cuando éste ha cometido algún error grosero o, absurdamente, cuando ha sido fiel al error ya incluido en el original por el cual luego va a ser criticado sin que el crítico tenga a mano el original que pueda justificar la anomalía.

En otro orden, se llega al extremo de no consignar entre los datos de una reseña el nombre del traductor porque al departamento de diseño de la publicación en cuestión no pensó en ello y en la redacción nadie se lo hizo notar.

Llegados a este punto, está claro que el público raramente percibe a los traductores. Mucho menos advierte que, cuando lee traducciones de otras variantes del castellano –fundamentalmente las españolas– lo hace siguiendo una agenda ajena impuesta por la compra de derechos “para toda la lengua”, artilugio que atiende apenas a criterios comerciales y nunca a las necesidades de cada provincia del castellano.

Este estado de situación justifica entonces plenamente la publicación de este número especial que, además de honrar un trabajo muy mal valorado pero indispensable, ha buscado tratar el tema de la traducción en la Argentina desde todos los ángulos posibles. Es, para decirlo con alguna melancolía, una nueva botella arrojada al mar.

FUNDACIÓN DEL ESPAÑOL URGENTE

bróker, hispanización de broker

Recomendación urgente del día

El término bróker, como ‘agente intermediario en operaciones financieras o comerciales que percibe una comisión por su intervención’, se incorporará ya a la vigésima tercera edición del Diccionario de la lengua española, escrito con tilde por ser una palabra llana terminada en consonante distinta de n o s. Su plural es brókeres.


Aunque se admite la adaptación del anglicismo, se recuerda que existen expresiones españolas de sentido equivalente, como agente o intermediario financiero, corredor de seguros o de bolsa, según los casos.

En los medios de comunicación se encuentran frases en las que aparece este término en inglés: «EE. UU. pedirá que detengan al broker español», «Conviene analizar qué tipo de brokers nos encontramos en el mercado y cuáles son sus condiciones para operar en bolsa» y «… trabajar como broker es una de las salidas profesionales más atractivas para muchos jóvenes».

En estos casos, lo recomendable habría sido escribir «EE. UU. pedirá que detengan al bróker español», «Conviene analizar qué tipo de brókeres nos encontramos en el mercado y cuáles son sus condiciones para operar en bolsa» y «… trabajar como agente financiero es una de las salidas profesionales más atractivas para muchos jóvenes».

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