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sábado, 14 de setembro de 2013

EL IDIOMA ESPAÑOL

Sobre... El idioma en México
Quizá sólo Colombia nos puede ganar como país hispanoparlante en el uso correcto del idioma castellano, pero por supuesto nunca los actuales habitantes de la península ibérica
Escrito por Tomado de Diario La Razón

Quizá sólo Colombia nos puede ganar como país hispanoparlante en el uso correcto del idioma castellano, pero por supuesto nunca los actuales habitantes de la península ibérica. Allí se han dedicado por años a destruir su propio lenguaje.

Empecemos por la pronunciación “ceceada”; esa costumbre transformada en hábito a través de los siglos se debió simplemente a que Carlos V de Alemania y I de España, hijo de Juana la Loca y Felipe el Hermoso, nació y se crió en Austria y su lengua materna era el alemán; hablar español le causaba dificultades, de allí que ceceaba y los cortesanos primero y luego los súbditos todos, empezaron a imitarlo, alabándolo así supuestamente. Así trascendió el ceceo. Hernán Cortés y sus compañeros no estaban contagiados de ese desagradable sonsonete, pues cuando llegaron a México aún reinaba Juana la Loca —hija de los Reyes Católicos Fernando e Isabel—, y el mal aún no había arribado a la entonces, y por algunos años más, potencia española. Por eso hoy nosotros y los demás latinoamericanos hablamos con mayor corrección que los peninsulares.

La invasión de la influencia del inglés en la Madre Patria es de tal dimensión, que ya han aceptado (y es contagioso, conste) el vocablo “evento” aplicado a un acto, acontecimiento o festejo pasado. Lo eventual, como sabemos, de allí la palabreja, sólo puede o no ocurrir en el futuro. A estacionar un vehículo lo llaman “parquear”; al celular “móvil”; a un embotellamiento de automóviles en una calle le denominan “atasco”; acceder, antes era aceptar algo, hoy es tener acceso y hay otro vocablo peor: “accesar”. En este orden de ideas también se ha aceptado “agendar” por apuntar una cita en la agenda, tenemos también “calendarizar” por definir una fecha en el calendario; el estómago se rebela cuando oímos “adecúa” por adecua, pero, ya en el colmo de la osadía, designan a una estación de venta de gasolina como “gasolinera.” Si tuvieran razón y fuera correcto definir de esa manera al local en que expenden gasolina, tendríamos que cambiar todas las palabras que usamos referentes a establecimientos especializados. De llegar a ese absurdo, la zapatería devendría “zapatera”; la panadería “panadera,” la ferretería “ferretera”, la plomería “plomera”, la vidriería “vidriera,”; la cristalería “cristalera,” la joyería “joyera,” la lechería “lechera,” y muchas barbaridades similares.

Nosotros los mexicanos, quienes casi triplicamos a los españoles en habitantes (lo que, por cierto, no debe ser motivo de orgullo), deberíamos ser hoy quienes dictáramos las reglas del bien hablar y escribir en español. Se nos ha ido, por desgracia, prematuramente un académico, José G. Moreno de Alba, quien dedicó su vida “a darle brillo y resplandor” a nuestro idioma. Modesto y sencillo —como todas las personas valiosas— pasó su fructífera vida enseñando el uso adecuado del idioma. Antes tuvimos otros grandes gramáticos como lo fueron José Manuel González Montesinos, Francisco Zendejas, el talentoso Raúl Prieto (Nikito Nipongo) quien estableció un singular combate contra la Real Academia de la Lengua Española en el que resultó triunfador absoluto, don Julio Torri, don Artemio de Valle Arizpe, el maestro Erasmo Castellanos Quinto y muchos más preocupados por conservar en México un idioma castellano impecable.

Desafortunadamente, la mayoría de quienes hoy escriben (mejor dicho, tratan de hacerlo) en las famosas y harto consultadas redes sociales, se preocupan más de los chismes o ataques (en veces fundados) contra funcionarios y ex funcionarios del gobierno, pero no de hacerlo adecuadamente desde el punto de vista de la Gramática.

A menudo oímos, “a nombre del Estado Mexicano” aplicado incorrectamente, pues el Estado se forma con pueblo, territorio y gobierno. Quienes prestan sus servicios en el último componente lo hacen en los municipios, las entidades (estados y Distrito Federal) y en el de la República, esto si laboran para el Ejecutivo, pues también constituyen gobierno, los jueces y los legisladores, ya que el gobierno del país se divide en Poder Ejecutivo —el Presidente y sus colaboradores— Poder Legislativo —senadores y diputados— y Poder Judicial desde la Suprema Corte de Justicia (que no debía llamarse así, pero en su prisa de seguir las huellas de la Constitución del país del Norte, los constituyentes de 1856-1857 no se tomaron la molestia de traducir adecuadamente “Supreme Court of Justice” al correcto Corte Suprema de Justicia, pero se cometió ese error de traducción y así se quedó) hasta el más modesto juez.

Todo lo anterior antes se sabía desde la Secundaria, cuando había exceso de buenos maestros y se impartía Civismo como materia obligatoria. Hoy, por lo visto ni el civismo, ni la ortografía tienen cabida en las escuelas. Y eso es grave. Tenemos la influencia del inglés (cuántos establecimientos existen con nombres o propaganda en ese idioma), pero al momento tenemos que luchar contra las desmesuras que nos vienen allende del Atlántico.

Habrá que defender el uso correcto del idioma castellano y para ello ya sólo quedamos los latinoamericanos, pues los hispanos ya rindieron la plaza. El otro día me tocó opinar jurídicamente sobre un poder expedido en México para representar a una compañía mexicana en un consorcio ubicado en España. El borrador que enviaban de la Madre Patria estaba encabezado por un horrible “proxy”, palabra con la que se designa en inglés la representación a un tercero respecto a los votos que tenga un accionista en una empresa mercantil. Me permití cambiar “proxy” sustituyéndola por “poder” que es el mandato que se confiere a un tercero (mandatario) para que proceda en la forma en que se lo solicita el mandante.

Por cierto, cuando escucho “la ley mandata”, me dan retortijones, creo que quieren decir “manda”, “obliga”, “preceptúa” o algo semejante, pero se les llena la boca para decir un disparate. En fin, este asunto no termina nunca. Como dicen los chamacos malcriados: “ahí la llevamos.”

Qué espectáculo más triste dio la conocida “intelectual” de iniciales G.L. en un diario de circulación nacional al titular uno de sus últimos artículos: “¡Que sera sera!” por referirse a la canción que entona Doris Day en la película de Hitchcok El hombre que sabía demasiado. Lo que escribió significa más o menos “Que tarde tarde” o “Que noche noche”, pero lo que quiso decir es “Che sarà sarà”, lo que en español se traduce “lo que será será”. ¡Qué oportunidad perdió de no mostrar públicamente su ignorancia!
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