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domingo, 24 de novembro de 2013

Menos sexismo en el nuevo Diccionario












La Real Academia Española suprime acepciones contestadas por su machismo en 2014
Algunas definiciones son inexactas pese a haber sido incorporadas en el siglo XX
Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer
Inés Alberdi: "Son un poco antiguos en la RAE"
TEREIXA CONSTENLA Madrid en El País - España

Borges se burló del Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) con su característica inclemencia: “Cada nueva edición hace añorar a la anterior”. No parece que vaya a ocurrir con la versión vigésimo tercera, que saldrá a finales de 2014. Al menos desde el punto de vista del sexismo. Algunas de las acepciones más denostadas por su sesgo machista desaparecerán. Ya no será más huérfano quien pierda al padre que a la madre. Lo femenino no equivaldrá a débil y endeble, ni lo masculino a varonil y enérgico. Tampoco babosear tendrá entre sus variadas definiciones la de “obsequiar a una mujer con exceso” (aunque esta se enmendó durante una de las cinco actualizaciones realizadas desde 2001, cuando se publicó la 22ª edición del DRAE).

En las casi 93.000 entradas que recogerá la nueva obra (5.000 más que la actual) se incorporarán enmiendas en los nombres de profesiones o actividades que desempeñan mujeres. Entre otras, tendrán lema doble: alfarero, -ra, camillera, -ra, cerrajera, -ra, enterrador, -ra, herrero, -ra, picapedrero, -ra, costalero, -ra o soldador, -ra. Otras pasan a ser un nombre común en género, esto es, un término con masculino y femenino según el contexto, que sirve para unas y otros sin necesidad de alterar la terminación (el/la concertino, el/la submarinista o el/la guardabosque).

Gozos y sombras del DRAE

Algunas de las siguientes acepciones del Diccionario de la Real Academia Española serán modificadas en la edición, que se publicará a finales de 2014.
Huérfano. Dicho de una persona de menor edad: a quien se le han muerto el padre y la madre o uno de los dos, especialmente el padre.
Gozar. Conocer carnalmente a una mujer.
Cocinilla. Hombre que se entromete en cosas, especialmente domésticas, que no son de su incumbencia.
Periquear. Dicho de una mujer: disfrutar de excesiva libertad.
Cancillera. Cuneta o canal de desagüe en las lindes de las tierras labrantías.
Edén. Paraíso terrenal, morada del primer hombre antes de su desobediencia.
Hombre. Ser animado racional, varón o mujer. / Individuo que tiene las cualidades consideradas varoniles por excelencia, como el valor y la firmeza.
Mujer. Persona del sexo femenino. / Que tiene las cualidades consideradas
femeninas por excelencia.
Femenino. Débil, endeble.
Masculino. Varonil, enérgico.
Padre. Varón o macho que ha engendrado. / Cabeza de una descendencia, familia o pueblo. / Padre de familia: jefe de una familia aunque no tenga hijos.
Madre. Hembra que ha parido. / Madre de familia: mujer casada o viuda, cabeza de su casa.

“La edición de 2014 tendrá miles de novedades, algunas tan minúsculas que los lectores no las van a captar”, precisa su director, el académico y catedrático de Lengua española, Pedro Álvarez de Miranda. “Se trata de que el Diccionario sea mejor, no menos machista, sino de que lo que diga sea verdad. Parece que solo actuamos a instancias de parte y no es así… no se cambia por protestas sino porque no es verdad. Lo que no se puede pretender es cambiar la realidad a través del Diccionario. Si la sociedad es machista, el Diccionario la reflejará. Cuando cambia la sociedad, cambia el Diccionario”, añade.

Eulàlia Lledó, una catedrática de Lengua y Literatura de secundaria que lleva años investigando los sesgos sexistas en el lenguaje, solo comparte con el académico un aspecto: el retrato de la realidad. En su opinión, la casa es refractaria a incorporar usos igualitarios que están en la calle. “El DRAE está a años luz de la sociedad. Arrastra una inercia que parece que les gusta. Una de las misiones del Diccionario es reflejar la realidad. Si lees las definiciones de madre, padre o huérfano verás que no la reflejan. El androcentrismo y el sexismo son tópicos que contravienen la realidad”.

Convengamos que les cuesta. Retrocedamos hasta 1992, un año en el que ocurrieron tantas cosas en la sociedad española que no había tiempo para palabras. Para sumarse a la fiesta la RAE publicó la vigésimo primera edición del Diccionario, la segunda que se corregía en democracia y solo ocho años después de la anterior, sin enmendar ninguna de las definiciones que la realidad estaba sobrepasando a toda prisa, como periquear (“disfrutar de excesiva libertad la mujer”) o gozar (“conocer carnalmente a una mujer”), que había figurado en la versión de 1780 (“gozar de una muger: tener congreso carnal con ella, consintiendo ella o padeciendo violencia”) y luego desaparecido. Y aunque en su haber figuraron entradas como jueza, concejala o machismo, siguió resistiéndose a incluir médica. Un término con una extraña evolución: se registra en el canon lexicográfico de 1925 (“mujer que se halla legalmente autorizada para profesar y ejercer la medicina”) y se destierra de ediciones posteriores hasta 2001.

Álvarez de Miranda: "Se trata de que el DRAE sea mejor, no menos machista"
En algunos aspectos, el DRAE retrocedió en el XX. En el siglo que se consagran los derechos de la mujer como un pilar básico de las sociedades modernas —claro que en España se obstaculizó la igualdad (y no solo) durante cuatro décadas—, el Diccionario incorpora acepciones que proclaman el sometimiento de las mujeres como la citada babosear o las ningunean como ocurre con huérfano. Hasta la versión de 1925, la definición es impecable y mantiene con mínimos matices la introducida en el siglo XVIII por los primeros redactores: “La persona que ya no tiene padre, o madre, o le falta uno y otro”. Es en el siglo XX cuando se añade la coletilla que convierte a alguien en más huérfano si pierde al padre que a la madre.

Eulàlia Lledó: "El androcentrismo es un tópico que no refleja la realidad">
A la RAE, que ahora desterrará estas definiciones de su principal obra, le ha costado dar el paso, a pesar de que ya en la década de los ochenta encargó a tres expertas (entre ellas Eulàlia Lledó) un informe para detectar sesgos sexistas con vistas a mejorar la edición de 2001. “Del trabajo que hicimos, apenas recogieron cosas. Creo que cuando vieron la envergadura, decidieron cambiar poco. Pagaron por un trabajo que tiraron”, recuerda la filóloga. En el estudio no se limitaban a revisar definiciones, también analizaban ejemplos, donde detectaron una clara hegemonía de los masculinos y una sobreabundancia de casos peyorativos en los femeninos. “Les cuesta menos introducir cambios que tienen que ver con las profesiones que con aspectos relativos a lo físico, lo moral o lo sexual”, concluye Lledó. De las difíciles relaciones entre la Academia y las feministas da fe el debate generado el año pasado tras un informe del académico Ignacio Bosque sobre las guías de lenguaje no sexista en el que afirmaba: “Nadie niega que la lengua refleje, especialmente en su léxico, distinciones de naturaleza social, pero es muy discutible que la evolución de su estructura morfológica y sintáctica dependa de la decisión consciente de los hablantes o que se pueda controlar con normas de política lingüística”.

Médica figuró en femenino en la versión de 1925 y se suprimió después
El sexismo del lenguaje comenzó a combatirse a nivel internacional en la primera Conferencia Mundial sobre la Mujer, celebrada en México en 1975. No es exclusivo de las lenguas latinas. El inglés arrastra sus prejuicios. En un artículo de hace unos años, Deborah Cameron, profesora de Lengua y Comunicación en la Universidad de Oxford, citaba fireman (bombero), gestada a partir de la palabra man (hombre), y sustituida por el integrador firefighter tras presiones de movimientos femenistas. Dicho lo cual avisaba de que la lengua corre libre: “Las instituciones pueden legislar sobre el lenguaje, pero las reformas solo funcionan si la mayoría de los hablantes las aceptan. La gente nunca consulta a las autoridades antes de abrir la boca”. A estas alturas nadie comparte lo que un día espetó Leopoldo Alas: “Somos los amos de la lengua”. Las palabras nacen, mueren o se transforman por voluntad de todos en general y de nadie en particular (salvo excepciones: mileurista tiene una madre reconocida que acuñó el término en una carta a este diario que corrió como la pólvora). En esto conciden los hacedores de diccionarios y quienes los someten a auditorías externas. “Las lenguas dependen de la gente y las cosas van a su cauce”, concede Eulàlia Lledó.

“El Diccionario tiene que reflejar la realidad y toma nota de lo que pasa del uso al desuso. Pero el Diccionario no puede acelerar el proceso”, defiende Álvarez de Miranda. Por ejemplo, sexo débil “podría estar cerca de la necesidad de tener una marca de vigencia porque probablemente hoy se usa poco, pero en la próxima versión saldrá sin marca”. En 2014 se conservarán las acepciones de sexo débil como “conjunto de las mujeres” y sexo fuerte o feo como “conjunto de los hombres”. Otra herencia sexista del siglo XX.

EL ESPAÑOL EN LOS TIEMPOS DEL CÓLERA

por Cecilia Ansaldo Briones en http://www.eluniverso.com/



El español en los tiempos del cólera

Que valga la metáfora garciamarquiana para aludir a tiempos complejos, amenazadores, cuando comportamientos y actitudes poco alentadoras se esparcen como una peste. Y lo que surge como producto del talento humano, de la imparable creatividad de las mentes exploradoras, se convierte en un foco problemático.

Conversé públicamente con Susana Cordero de Espinoza, directora de la Academia Ecuatoriana de la Lengua y estimada excolaboradora de este Diario, el día jueves de la presente semana, para intercambiar opiniones sobre la situación de la lengua española en nuestros días. Como era de preverse salieron muchos temas de ese intercambio porque ambas concordamos en varios puntos, y porque su experiencia de maestra, investigadora y representante de la institución que trabaja por el idioma, la facultan para el testimonio y la reflexión.

Me atengo solamente a un par de aspectos de ese diálogo –dinámico y variado por las intervenciones del público (y que resultó lo más valioso de la noche como muestra de que hay vivas preocupaciones sobre el uso del idioma en nuestro medio)–. Parecería que la comunidad cree en el poder mandatorio o autoritario de la academia, que la acción de incluir o no palabras extranjeras en el diccionario, o flexibilizar los usos hacia construcciones de otros idiomas, cambia el rumbo de una lengua. Susana insistió en el carácter descriptivo de la gramática, más que normativo. Como un real ser vivo, el código lingüístico se transforma con fuerza propia por los caminos de secretas necesidades expresivas. Pero también, por visibles e interesadas manipulaciones públicas, digo yo, que en los tiempos actuales están muy a la vista.

Por tanto, los reclamos hacia instancias de autoridad deberían redireccionarse hacia los inmediatos y concretos ámbitos de educación del ser humano: el hogar y la escuela. Todos concuerdan en lamentar el mal uso de las redes sociales en materia de idioma: los acortamientos, la ausencia de signos de puntuación, la tendencia a escribir como se habla, mella notablemente el fortalecimiento de la herramienta de comunicación. Los padres ponen en manos de los niños aparatos electrónicos, pero no controlan su uso; los maestros han perdido la pasión y luchan, casi en una batalla perdida, por inculcar el hábito de la lectura.

Quien en realidad sale perdiendo en esta batalla es el niño y el adolescente que crece creyendo que con hablar y ser alfabetizado basta en materia de comunicación lingüística. Con la atención fraccionada entre las múltiples pantallas, su lectura de libros es mínima, deshilvanada y termina derrotada por falta de vocabulario y de imaginación. Su mente está acuñada y sostenida por las imágenes que consume y no que inventa; por los rostros de los actores famosos, por las canciones de sus ídolos.

¿Quién va a atender este problema creciente y colectivo? ¿Quién se preocupa de que el fortalecimiento del idioma vaya aunado con el desarrollo de la capacidad de pensar y crear teoría, manejar cuadros conceptuales, abstracciones de nivel superior? La solución a la enorme dificultad de crear pensamiento propio –y una de sus muestras es el plagio de las tesis o de cualquier tarea escolar– no puede ser la supresión de las tesis y las tareas, sino la aplicación de estrategias para nutrir las capacidades cognitivas, por una parte, y el principio de honestidad, por otra.

Dialogando sobre el idioma se llega muy lejos. Gracias, Susana.

El lenguaje de los latinoamericanos


Semanas atrás se realizó en Panamá el VI Congreso Internacional de la Lengua Española, el cual reunió a más de doscientos escritores e investigadores. Fueron cuatro días de intensos debates sobre los retos que plantean, al idioma español y a la industria del libro, el avance de los medios audiovisuales e internet. El destacado ensayista Julio Ortega participó del encuentro y profundiza en esta nota los desafíos próximos. Y asegura: “Es extraordinario que nosotros nos peleemos periódicamente con el español de España como si fuera una lengua ajena”.

Por Julio Ortega http://www.perfil.com/


Lengua filosa. Borges, Lezama Lima, Rubén Darío y Octavio Paz, entre otros, han hecho de la lengua española un territorio vital que extiende las fronteras del horizonte creativo. | Foto: Cedoc

El Congreso de la Lengua Española se acaba de celebrar en Panamá, dedicado este año a su actualidad atlántica. No es un misterio que ésta sea la única lengua que requiera comprobar su buena salud y celebre la noticia. Es la lengua de mayor diversidad de normas nacionales y regionales, lo que explica su necesidad interna de unidad. Se ha hecho experta en negociar zonas de contacto, y todos los días le nace una nueva jerga como si fuera una buena noticia. No es casual, por lo mismo, que en cada megacongreso nos preguntemos por el lugar de las lenguas americanas originarias. La ocasión fue propicia para recordar que muchas de ellas, como el quechua, incorporaron los nuevos términos a su sintaxis aglutinante, ducha en negociar con lo desconocido. Como todo en el campo cultural, los eventos son metáforas de nuestra capacidad critica, y sólo significan lo que hagamos de ellos; ésa es otra lección del quechua.
La palabra “rey”, por ejemplo, aparece al lado de su equivalente, “inca,” creando esa tercera instancia del nuevo idioma: “Inkarrí”, esto es, “Inca Rey”. Pero no se trata de una redundancia, sino de otro hablante. Forjado en el intercambio, este español andino es un espacio de lo moderno, hecho por la práctica de las sumas desiguales y las formas híbridas. Las nuevas lenguas americanas y, por lo mismo, la primera formación cultural latinoamericana, desencadenan un proceso de reapropiación temprana, cuyo operativo es el principio moderno por excelencia: la mezcla. Ese devenir es el primer futuro que le crece al español de a pie: una nueva lengua camina. “Dios,” por lo mismo, pasa al lado del dios nativo, sin fruncir la nariz. Nunca ha trabajado tanto como en el quechua.

El nahuatle, en cambio, optó por no incorporar el nombre “mesa” y la llamó “madera cortada que se sostiene en cuatro patas y sobre la cual se puede comer” (gloso la paráfrasis). Probablemente no tenían necesidad de esa mesa; sólo incorporaban aquello que les mejoraba las tareas del día. No es extraño: tampoco los griegos necesitaron de una mesa ycomían con las manos. Son propios del quechua los fonemas glóticos que declaran la fuente de la información: “yo lo vi”, “dicen”, “no me importa”. El mundo es distinto cuando uno tiene que ser parte de la verificación. El español del Inca Garcilaso de la Vega no escapa a esa demanda: siempre incluye un testigo para hacer veraz el asombro. En aymara, la diferencia más intrigante es que el tiempo futuro está en el pasado: aquello que serás es lo que ya has hecho. Por lo demás, en el español que hablamos en América el pasado se debe a las formas futuras. Bien vista, nuestra historia está hecha de fracasos sólo desde la superstición del progreso y la negatividad compulsiva de las modernizaciones; mejor vista, está hecha de varios futuros ensayados, irresueltos, incumplidos, pero siempre proyectivos y abiertos. Mi hipótesis es que la historia de America Latina es una historia del futuro. Por eso, sostener que nuestros proyectos de emancipación republicana son un fracaso, es una mera opinión, no es un pensamiento crítico. De los déficits de todo orden somos responsables nosotros, no los que nos imaginaron mejores. José María Arguedas, a fines de los años 30, tuvo que decidir si escribiría en quechua o en español. Optó por un español impregnado de quechua. Esto es, inventó un lenguaje que nadie habla, pero que los peruanos hablaremos cuando seamos bilingües. Su versión del futuro no descuenta las agonías del presente, pero las resuelve poéticamente, como hace el mismo castellano andino, sumando para salvar lo actual, incorporando para negociar lo diferente, y procesando la violencia para humanizarla. Otro peruano, Cronwell Jara, en Montacerdo, inventa un visceral castellano peregrino que una familia migrante maneja para que el derroche de la violencia sea procesable. La niña que narra el deambular de estos nuevos cristianos primitivos, imagina que las palomas prometen un espacio alterno. Su castellano le ayuda a suturar las heridas. El poeta mapuche Elikura Chihuailaf, en cambio, escribe un español transparente donde el azul de su pueblo es una luz benéfica.

En Estados Unidos se llama “inglés” a la lengua nacional (donde resuenan muchas lenguas, incluyendo el español arcaico) pero nadie se siente negado por el inglés de Inglaterra (donde la clase social se declara en el acento). Es notable, en cambio, que el inglés norteamericano demande una pronunciación promedio como marca nacional cuando, de hecho, las normas regionales son distintivas, empezando por la blanda pronunciación del inglés del Sur, que es el sustrato fónico dejado en el inglés por las hablas de los esclavos africanos. Por el contrario, el español sólo se habla con acento: no hay una norma superior o mejor; cada país, cada región geográfica o cultural, tiene su acento propio; o sea, su protocolo de comunicación suficiente. Es extraordinario que nosotros nos peleemos periódicamente con el español de España como si fuera una lengua ajena y como si no la hubiésemos hecho nuestra. Tal vez los hijos de migrantes recientes sufran la ausencia de la lengua nativa como una usurpación hecha por la lengua madrastra. Pero el Inca Garcilaso es buen ejemplo: bebió nos dice, el quechua “en la leche”, pero lo recuperó gracias al español paterno. El monolingüismo, felizmente, es curable.
Insisto en que lo que tienen en común el catalán y el quechua, el vascuence y el aymara, el gallego y el zapoteca, es la lengua castellana, cuya extraordinaria diversidad sólo puede ser horizontal, esto es, de todos. Tanto, que esa comunalidad es un territorio proyectivo, virtual y actuante, donde esta lengua de mediación tendría que hacerse cargo de su horizonte creativo, el plurilingüismo trasatlántico. No es casual que César Vallejo (cuyos dos abuelos fueron curas españoles) haya reescrito el español, desde su primer poema hasta su último canto a España, en tiempo futuro. También Borges, Lezama Lima, Paz, Fuentes y Cortázar creyeron que el español era una forma de la inteligencia del mundo hecho más nuestro.
En Nicaragua las comunidades hablaban varias lenguas. El español les vino del panteón nativo, enviado por sus dioses para mejorar la conversación. Intensificaron el comercio, prosperaron en el intercambio, y se apoderaron de la lengua invasora. Venía esa lengua recargada de armaduras y jerarquías, de modo que ellos hablaron, por primera vez en el orbe ibérico, un español mundano, horizontal, igualador. No sé de otra área donde un lenguaje europeo, ibero-latino-judeo-arábigo, haya sido ejercido con más libertad que en su cuna. Rubén Darío, un verdadero milagro de la lengua, fue posible en esos maravillosos territorios verbales del español de extramares que son Cuba, Puerto Rico, Costa Rica, El Salvador, Honduras, Guatemala, Panamá y las costas de Colombia y Venezuela, cuyo anfiteatro lingüístico es tan reverberante como el del castellano del Medievo. No se puede borrar con una mano lo que se escribe con otra.

No menos asombroso, no menos intrigante, es el español en Argentina. Acaba de poner al día la discusión Julio Schvartzman en su magnífico libro Letras gauchas (Buenos Aires, Eterna Cadencia Editora, 2013). Tuve el gusto (o el buen tino) de invitar a Schvartzman a la sesión que me tocó organizar en el Congreso de la Lengua Española que se reunió en Rosario, dedicada al español como lengua de contacto con las lenguas nativas, y donde él habló del idioma nativo argentino, la gauchesca, hecho, como las hablas modernas, de varias más. Como no podía ser de otro modo tratándose de los lenguajes que van a dar a la mar de una lengua, que es el hablar, este libro dialoga con otras fuentes y afluentes, entre ellos el formidable tratado de Josefina Ludmer sobre la gauchesca, los ensayos de Borges sobre esa saga y, naturalmente, con el Martín Fierro, ese canto del tiempo presente configurado como el Archivo (matriz de discursos) de una nueva lengua del territorio cultural americano. La “gauchesca” debe ser el primer idioma hablado por lingüistas de corazón.
De orígenes múltiples, normas alternas, intertextos europeos, y hasta “tres patrias” (Hidalgo) la gauchesca es procesada por este libro como otro idioma, cuya sintaxis nos imagina como parte de su canto más que de su cuento. Por eso, verifica lo que dice y lo que no dice Hernández, porque “es la lengua la que está articulando misteriosamente algo vinculado con otras cosas” , lo que incluso remite al “dativo ético” de la declinación del latín. El malentendido y el sobreentendido forman parte de este drama de nombrar. “Vecino,” por ejemplo, implica “propietario” porque sólo podían formar parte del Cabildo quienes lo eran. Ironías de la formación nacional, que el lenguaje cierne. “El poema es hablado por la lengua,” adelanta el autor. Ya sabíamos que Hernández había apropiado el romance para su canto, y ahora, gracias a este libro, vemos el extraordinario trabajo del poema con la lengua española para abrir horizonte a las fronteras; y, contra los márgenes y los límites, afincar el lenguaje en un territorio de la cultura que podemos nombrar como nuestro.



*Ensayista. Editor de Nuevos Hispanismos. Una crítica del lenguaje dominante (Vervuert, Madrid: 2012).
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