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segunda-feira, 16 de dezembro de 2013

Mil maneras de recibir un disparo







«Y tú, mi vida, ¿tú qué quieres ser de mayor?», preguntan los padres a su hijo en esa edad reflexiva en que los niños responden: «Astronauta, está clarísimo, astronauta o embalsamador de hormigas».

En esta ocasión, el crío contesta que sus ilusiones se verían plenamente satisfechas si lograra convertirse en portero. ¿Han oído bien? Mientras se les dibuja otra arruga en la frente, los progenitores lamentan que el chaval les salga con una vocación tan gris: solo portero, un trabajo tan digno como cualquier otro, hasta ahí estamos; pero pobre ambición para un niño con la vida aún despegando, vigilante de portales, humilde limpiaescaleras, sacabasuras, en fin.

«¿No preferirías ser bombero, como papá?». «¿Tú eres bombero, papi?». «No, cariño, pero lo preferiría». Y entonces hablan de bomberos y policías y médicos y científicos, «profesiones heroicas, corazón, profesiones que salvan vidas». El hijo será lo que a él más le guste y siempre lo apoyarán, aseguran, pero aun así se les antoja extraño que su vástago haya puesto sus esperanzas en una vida de chiscón y buenas tardes, aquí está su correspondencia, ¿de veras quiere pasarse los años abriéndoles la puerta del ascensor a los vecinos?

Solo entonces el niño descubre el malentendido, ríe, se apresura a aclarar el equívoco: «¡Portero de fútbol! —exclama—. ¡Portero del Real Madrid!». Y los padres respiran, parece que se sobreponen a la decepción inicial, pero siguen disconformes: ¡un futbolista en la familia!, ¿en qué estará pensando?

Esa misma noche, viendo juntos un partido por televisión, el guardameta despeja de forma milagrosa el potente lanzamiento a bocajarro con que lo habían fusilado. Al oír los elogios del comentarista por tan espectacular intervención, el niño afirma sonriente: «Yo también quiero que me fusilen, mamá. De mayor quiero que me fusilen a placer».

Y ese momento lo transforma todo. De súbito, los padres comprenden que los porteros son igualmente heroicos: del mismo modo que los policías, están continuamente expuestos a recibir disparos, y así como los bomberos salvan vidas, los porteros pueden salvar con sus paradones la cabeza de los entrenadores cuestionados. Bien mirado, se dicen, es una profesión de entidad. Su hijo será portero, a mucha honra, leyenda entre leyendas.

Desde ese momento, los padres se recrean en las hazañas futuras del hijo, al que ya se figuran deteniendo toda clase de amenazas: según de donde proceda el lanzamiento, lo imaginarán deteniendo derechazos, zurdazos o, si vienen del inglés to shoot, chutazos; en caso de ser atacado con instrumentos fetichistas, se enfrentará a latigazos o —a partir del sustantivo zurriago— a zurriagazos; asimismo, en función de cómo se aluda a la extremidad con que el delantero golpea el balón se hablará de zarpazos o zapatazos, y todavía se hablará de balonazos, pelotazos, pepinazos, chupinazos…

Pero lo que más impresiona a los padres, lo que a buen seguro le granjeará la gloria a su hijo, es que deberá plantar cara a continuos cañonazos, obuses, misiles, torpedos y bombazos. Así contempladas, sus victorias serán épicas. Solo ahora, en épocas navideñas, de natural relajadas, lidiará el chaval con alegres castañazos y zambombazos.

¿Cómo se defiende el portero de tamaño asedio? Con un par de guantes. ¿Existirá defensa más pacífica y efectiva? Y si después de todo el niño ve su sueño materializado, nada tan enorgullecedor como afirmar que sí, que siendo su aspiración triunfar en el Real Madrid, se ha convertido en guardameta, en un portero de guante blanco, esto es, ‘que actúa de modo elegante y sin emplear la violencia’ conforme a esta definición del Diccionario académico.

LA PUNTA DE LA LENGUA



“Depurar responsabilidades”, qué difícil
La frase representa en nuestra mente una abstracción mientras esconde a los autores
ÁLEX GRIJELMO en El País - España


El verbo “depurar” remite a la limpieza, pero el uso lo ha ensuciado bastante en los últimos tiempos.

Su origen remoto lo encontramos en el indoeuropeo peu(a) (“purificar”, “limpiar”. Diccionario etimológico indoeuropeo; Roberts-Pastor). Y de ahí salen (tras pasar por el latín purus) términos como “puro”, “purificar”, “purista”, “puritano” o “apurar”. Sí, “apurar”: limpiar el vaso hasta vaciarlo.

En la misma línea se sitúa el término “purgar”, que a veces funciona como sinónimo de “depurar”. “Purgar” se forma en latín con la ya conocida base purus (limpieza) y el verbo ago (llevar, hacer). Por tanto, purgar es “llevar a la limpieza” o “hacer limpio” algo. De donde obtenemos “expurgar”, con similar sentido.

Vale la pena, pues, observar el vocablo “depurar” junto con sus familiares, para perfilarlo mejor al través de la historia.

En nuestros días comprobamos a veces que alguien se queda más ancho que largo ante un caso de corrupción tras anunciar que “se van a depurar responsabilidades”. Y cuando un significado se fuerza, cuando no responde a lo que el Diccionario viene diciendo de él, conviene reflexionar al respecto. Sobre todo si la manipulación semántica procede del poder, ya sea político, económico o sindical: cuando viene de los que pontifican ante el micrófono, y no de lo que circula entre el pueblo.

La Academia define depurar como “limpiar” o “purificar”. No podía ocurrir de otra forma, pues tales son los conceptos que acompañaron al término durante toda su vida, como acabamos de ver.

Si hiciéramos caso del lenguaje político (y ya se ve que estamos lejos de ello), esa depuración a la que suelen referirse los personajes públicos significaría “limpiar las responsabilidades”.

¿Limpiar qué?

¿Cómo se limpia una responsabilidad?

Sí, sabemos que el verbo depurar tiene sentidos figurados, por supuesto, además del equivalente a “limpiar”. Aquella primitiva idea de la higiene ha formado metáforas sobrecogedoras, como “limpieza étnica” (genocidio) o “limpieza de sangre” (racismo). Y el término “depuración” transita por un camino semejante; sinuoso y embarrado. El Diccionario lo refleja, pues otras acepciones de “depurar” aluden a la sanción que sufre alguien a quien se castiga por sus ideas. Estos disidentes se convierten así en “depurados”, es decir, en “represaliados”. Ambos conceptos —depuración y represalia— se identifican, porque la depuración implicaba venganza política. Estamos, por tanto, ante un término asociado al sufrimiento de los republicanos, de los exiliados, de los separados de sus puestos durante el franquismo. Depurados todos.

Esa “depuración” metafórica afectaba siempre a seres de carne y hueso, aunque no fueran responsables de irregularidad alguna. Solo de sus ideas.

La depuración de la que se nos habla ahora, en cambio, orilla a los autores (ahí está el truco) y se fija en los hechos, que son los sometidos a supuesta limpieza. Claro, hemos heredado la incomodidad de depurar a las personas, y aplicamos entonces la fuerza de la palabra sobre unas abstractas “responsabilidades” que parecen ajenas a los individuos.

Podemos limpiar un traje, y no por eso limpiamos a quien lo compró. Sin embargo, las responsabilidades no se quitan o se ponen como unos calzones. No se pueden limpiar aparte, aunque así se muestre tal engaño ante nuestros oídos. “Depurar responsabilidades” rompe con el significado real del verbo y con su historia, y representa en nuestra mente una abstracción que esconde a los responsables de los hechos.

Las manipulaciones del lenguaje no siempre se emplean a sabiendas; ni siquiera por quien las inventa. Pero esas expresiones hacen luego que algunos se sientan cómodos al proferirlas, porque inconscientemente les sirven de escondrijo.

Podemos entenderlo. Sin embargo, quizá nos gustaría más que quienes anuncian “la depuración de todas las responsabilidades” se propusieran en su lugar “la dimisión de todos los culpables”.

LA LENGUA VIVA







Escribir en tiempos internéticos
Amando de Miguel


Antes de la internet eran pocos los que escribían textos de modo regular. Ahora son legión. Antes no había necesidad de compendiar normas y usos para escribir correctamente. Es algo que se aprendía en la escuela y se transmitía oralmente en el círculo de las personas letradas. Ahora se impone ese vademécum de cómo escribir correctamente, no solo la ortografía sino el estilo. Hay algunas buenas fuentes sobre el particular. Para mí la mejor es el Nuevo diccionario de dudas y dificultades, de Manuel Seco (Espasa). Acaba de aparecer un nuevo aporte, Las 500 dudas más frecuentes del español (Instituto Cervantes, Espasa). Debe entenderse "del idioma español", porque también son dudas para los hispanoamericanos. Me parece un libro utilísimo. Su método es práctico, con ejemplos, con el tipo de errores que mucha gente comete, incluso la que tiene estudios.

Es difícil discutir algunas de las recomendaciones del libro del Instituto Cervantes, tan ponderado es. Con todo, se me permitirá que haga algunas observaciones a vuelatecla.

Encuentro demasiado estricta la norma para el uso de las mayúsculas. Comprendo que la costumbre actual es la de su abuso, sobre todo en la internet. Pero a veces hay que recurrir a la mayúscula inicial como un recurso para resaltar algo. Lo que debe rechazarse es escribir los textos o anuncios con todas mayúsculas (lo que se llama caja alta). La razón es simple: los textos así escritos se leen mal.

El vademécum del Cervantes recoge la opción tradicional entre las comillas angulares (ni siquiera tengo el símbolo en mi ordenador) y las inglesas ("). No hay que darle más vueltas. Se leen mucho mejor las comillas inglesas, que ya son universales.

Respecto a la escritura de las cifras (no de los números, como se dice en el vademécum), la norma se puede resumir en esta sencilla recomendación: se escribirán literalmente las cifras menores de 10, salvo en las fechas. Por el otro lado, es conveniente escribir con números las cifras muy altas. Otra norma: las cifras superiores a 999 deberán utilizar el punto paras separar los millares, otra vez con la excepción de las fechas. Por ejemplo, en la página 143 se contiene este ejemplo de buena escritura: "El camión pesaba exactamente 5823 kg.". Para mí que habría sido mejor poner "5.823 kg". El vademécum insiste en que “no es correcto escribir un punto para separar los millares “ (pág. 145). No estoy de acuerdo.

Una norma confusa en el texto que comento es la del ejemplo "la mayoría de los ciudadanos rechaza" (pág. 273). Se dice que está mal, y estoy de acuerdo. Pero luego se dice que la expresión "la mayoría de los ciclistas ya ha llegado" (pág. 339) está bien. No estoy de acuerdo. La razón es que la mayoría de un conjunto es un plural.

Encuentro que el libro del Cervantes se arma un lío con los verbos cesar, destituir y dimitir. La verdad es que el lío está en el lenguaje público, pero por eso mismo convendría aclararlo un poco. Es muy sencillo: cesar es equivalente a dimitir, verbos intransitivos. No queda claro (pág. 323).

Tampoco se aclara mucho lo de la violencia doméstica, que es algo más que la violencia contra las mujeres (pág. 421).

Me parece muy bien el consejo de que las frases de los textos, entre punto y punto, no sobrepasen las 30 palabras. Es la norma que yo sigo desde hace muchos años. Pero lo que no entiendo es la excepción: "Esta recomendación es de carácter general y no afecta, por supuesto, a la expresión literaria". Ese "por supuesto" me exaspera.

Hay más cosas, pero mi espacio es limitado. Perdóneme el Cervantes si soy tan pejiguero, pero el propósito lo merece.

FUNDACIÓN DEL ESPAÑOL URGENTE

patanegra, mejor que pata negra

Recomendación urgente del día

El término patanegra, que se aplica en España a la persona o cosa de grandes cualidades o que representa los valores más característicos de un grupo u organización, se escribe en una sola palabra.

En los medios de comunicación existe una considerable vacilación en su escritura, con predominio de las variantes de dos palabras: «Nairo Quintana es un pata negra», «Resulta que la cosa va bien en algunos sitios que no alardean de ser “pata negra”» o «Eso, en un Gobierno de patas negra del PP, chirría».

Sin embargo, en la pronunciación general de este compuesto —que deriva de la expresión «de pata negra», aplicada a los jamones de cerdo ibérico―, el primer término ha perdido el acento. Según el criterio de la ortografía académica, lo aconsejable en estos casos es escribirlo en una sola palabra: patanegra. Seguiría así un proceso semejante al de otros compuestos, como arcoíris o camposanto.

La palabra resultante no necesita ningún resalte tipográfico; cuando funciona como sustantivo, es común en cuanto al género, un patanegra y una patanegra, y su plural es siempre regular, patanegras.

De este modo, en los ejemplos anteriores habría sido más adecuado escribir «Nairo Quintana es un patanegra», «Resulta que la cosa va bien en algunos sitios que no alardean de ser patanegras» y «Eso, en un Gobierno de patanegras del PP, chirría».

IDIOMA ESPAÑOL

Una cruzada panhispánica y la melancolía porteña
Por Graciela Melgarejo | LA NACION
Twitter: @gramelgar | Mail: lineadirecta@lanacion.com.ar |


Una dulce melancolía sobrevoló por unos instantes el ámbito de la porteña librería Clásica y Moderna, el jueves pasado. No era extraño, porque había sido convocada, como en un conjuro, por el escritor Ricardo Piglia, durante la presentación del libro del español Jordi Carrión, que se llama precisamente Librerías . "Los libreros son melancólicos -dijo Piglia porque no pueden leerlo todo ni tener todos los libros del mundo en su establecimiento." Y agregó también a la lista a los coleccionistas, que no pueden coleccionarlo todo, y a los eruditos, que tampoco pueden llegar a saberlo todo.

La presentación terminó con un entrañable festejo. Natu Poblet, en nombre de Clásica y Moderna, cerró el año del 75º aniversario de la librería que ella y su hermano Paco habían heredado de su padre y de su abuelo con un premio muy especial: el premio Emilio Poblet a la trayectoria de un librero de la ciudad. El galardonado fue Alberto Casares, quien recibió una obra, diseñada especialmente para la ocasión por el arquitecto y artista plástico Jacques Bedel, una moneda -"un zahir", dijo Casares, borgiano convencido y confeso-, aprisionada en un prisma de cristal, como en los cuentos de hadas.

Pensar en librerías -quizás en el ocaso de las librerías como las conocemos hasta aquí- lleva inevitablemente también a pensar en la escritura y en el lenguaje. Para aventar esta particular forma de melancolía (Jordi Carrión rescató a los "melancólicos activos"), hay una buena noticia de la Real Academia Española. También el jueves pasado, pero en Madrid, la RAE y la Asociación de Academias de la Lengua Española (Asale) presentaron un nuevo libro, para personas interesadas en "hablar y escribir bien", que se llama El buen uso del español.

Publicado por Espasa, como todas las obras académicas, y redactado desde la óptica "del panhispanismo", El buen uso del español ha sido pensado como un manual, es decir, con una clara intención de facilitar la comprensión de las normas lingüísticas y con muchísimos ejemplos. Al referirse al libro, el académico Salvador Gutiérrez dijo que, junto con la Ortografía escolar de la lengua española (que se presentó en el último Congreso de la Lengua, en octubre pasado), forma parte de una "casi cruzada" que la Academia lleva adelante para que el uso del español mejore en los medios de comunicación y en la educación, porque "el peor daño que se le puede hacer a la lengua es no darle el tiempo y la importancia necesaria en la enseñanza".

Gutiérrez también destacó que el título, El buen uso del español , le debe mucho al gran filólogo y escritor venezolano Andrés Bello, quien hablaba, en el prólogo de su Gramática, de "los linderos del buen uso de nuestra lengua". En América latina, habrá que esperar hasta el primer trimestre de 2014 para conocer la obra, que tiene 224 bloques temáticos distribuidos a lo largo de más de 500 páginas.

Entretanto, en ese tiempo de espera, podríamos volver a leer el cuento "El Zahir": son apenas siete páginas, y está no por casualidad en el libro El Aleph. Borges siempre pone a prueba nuestro conocimiento de la lengua y sus infinitos matices.

© LA NACION.
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