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quarta-feira, 30 de julho de 2014

ALGO ESTAMOS HACIENDO MAL











por Miguel Font Rosell -
http://www.atlantico.net/opinion/miguel-font-rosell/algo-estamos-haciendo
mal/20140729234822428376.html



Los seres humanos, en general, tenemos una cierta tendencia a inclinarnos por aquello que nos atrae y aborrecer aquello a lo que se nos obliga, sobre todo si lo obligado no nos reporta satisfacción, ya sea anímica o de provecho material y va en contra de nuestra comodidad o interés. Por otra parte, en libertad, nadie tiene que decirnos lo que debe interesarnos y por ello obligarnos a entrar en sus planteamientos, pues como seres libres, en la libertad está el cúmulo de nuestros derechos.
En Galicia, tenemos la fortuna de contar con dos idiomas para comunicarnos, el gallego y el español, el resultado este último de la evolución del castellano, asumido constitucionalmente como el idioma oficial del país, que todos tenemos la obligación de conocer y en el que otros idiomas tienen también consideración de oficialidad en sus comunidades autónomas, en las que sus habitantes, a parte de tener el deber de conocer el español, tienen también el derecho a conocer y expresarse en ese idioma, idiomas de los que el gallego es uno de ellos, de ahí que los gallegos tengamos el derecho de expresarnos en gallego a la par de la obligación de conocer el español.
Considerando tal riqueza, no cabe duda que es más que deseable el no perder el uso del idioma mas próximo a nuestra idiosincrasia, de tal forma que en encontrar la forma idónea de hacerlo, y transmitirlo a las nuevas generaciones, se encuentra el desafío al que enfrentarse en tal empeño. Es evidente que la forma mas sencilla, aunque mas torpe, de intentarlo es a través de la imposición, un método que en la dictadura franquista se utilizó sistemáticamente con el español y cuya consecuencia conozco perfectamente de primera mano, por haberla vivido directamente. En 1953, a la edad de 5 años, mi familia se trasladó a vivir de Barcelona a Vigo. Vivíamos en el centro de Barcelona, una ciudad en la que el idioma escolar era únicamente el español, al igual que para todo lo relacionado con la Administración, de ahí que por rechazo, la práctica totalidad de sus habitantes hablaban únicamente catalán, yo entre ellos. Ahora, 60 años después, los términos se han invertido, pues la escolarización, de forma impuesta, es prácticamente en su totalidad en catalán, no utilizando la Administración otro idioma y quizá por ello, ante la imposición, el porcentaje de ciudadanos que hablan regularmente en catalán en Barcelona no llega al 50%.
Con el gallego nos está pasando algo similar, nos hemos empeñado en defender el gallego, no a base de hacerlo agradable, ni apetecible a las nuevas generaciones, sino por imposición, no en elección libre y voluntaria, sino obligatoriamente para algunas asignaturas, obteniendo con ello similares resultados a los obtenidos en Cataluña, de rechazo por parte de la mayor parte de la juventud, a quien no se ha atraído hacia tal querencia y como contrapartida se le ha obligado a su uso, considerando por otra parte que en el mundo globalizado en el que nos encontramos poca utilidad, por no decir ninguna, le va a reportar su uso forzado, no digamos ya del vasco, algo ni parecido en ningún lugar del mundo.
Los resultados recientemente publicados de número de matriculas en las universidades gallegas, en cuanto a todo lo relacionado con el idioma, son absolutamente decepcionantes, pues mientras en la universidad de Vigo es preciso una nota de 10,074 para poder matricularse en traducción e interpretación español-inglés, para lo mismo en cuanto a gallego-inglés, la nota exigible es únicamente de 5,082, la mas baja de todas las universidades y carreras en Galicia, con el resultado de solamente 41 matriculados, no llegando a cubrir el mínimo de la oferta, lo que deja bien a las claras que no es el método coactivo, ni el obligar a los alumnos a utilizar un idioma que no desean, el mejor método de proteger el gallego, sino el conseguir ilusionarles en tal utilización, un empeño en el que los mas acérrimos defensores del idioma no solo no han conseguido sino que ni siquiera lo han intentado.
La Xunta, sean unos partidos u otros, desde el enorme podio que supone la televisión gallega y por el cultivo del voto aldeano, no han hecho otra cosa que fomentar un acento total y absolutamente paleto, propio de la mas censurable caricatura, en las antípodas de la innegable belleza del gallego de un Víctor Freixanes, o de Alfonso Álvarez Gándara, o del propio Ferrín, e incluso del gallego torpe y mal estructurado de la calle de nuestras ciudades. No, no es a base de la imposición o del fomento de un paletismo de caricatura como se defiende un idioma, sino haciéndolo atractivo a nuestras futuras generaciones, unas generaciones que con estas actitudes acaban odiando el idioma de sus ancestros, un idioma generado en libertad y que hoy unos fanáticos de la intolerancia se están cargando con sus imposiciones o con sus intereses partidistas. Dejen estudiar a cada niño en el idioma que quiera y hagan agradable, apetecible y querido, el uso del gallego, y verán como los resultados empiezan a cambiar de signo.
En mi caso, no me llevó al conocimiento del gallego imposición alguna, sino la lectura querida y deseada de una biblioteca hecha poco a poco a base de difíciles adquisiciones en momentos en los que tales lecturas eran simplemente “sospechosas”

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