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segunda-feira, 6 de janeiro de 2014

LA LENGUA VIVA







Escribir es también innovar
Amando de Miguel en Libertad Digital - España



Ignacio Frías corrobora mi impresión de que el uso del plural puede indicar una especial carga emotiva. Es el caso de los saludos o despedidas: "Buenos días", "recuerdos", etc. Tiene razón. Por eso decimos también “felicidades” (no una sola). Mi idea es que se trata de una especie de plural festivo. Lo asociamos, por ejemplo, con las fiestas, las vacaciones, incluso las elecciones políticas y hasta las oposiciones a los cuerpos funcionariales. Don Ignacio sostiene que en el caso de "Felices Pascuas", que yo citaba, el plural queda justificado porque hay cuatro Pascuas: Navidad, Reyes, Resurección y Pentecostés. De acuerdo, pero ahora hemos restringido las "Felices Pascuas" a una sola: “Feliz Navidad”, seguramente por influencia norteamericana, una vez más.

Juan José Carballal precisa que la manera de felicitar las Pascuas navideñas en tercera persona le recuerda la fórmula de hace muchos años: "El cartero [o el sereno, entre otros] le felicita…". Era la forma de solicitar un aguinaldo. Añado que en la Navidad de 1981 estaba yo en México (haciendo un libro, claro). En la prensa de aquellos días el Gobierno publicaba un aviso a toda plana. No era una felicitación. En ese comunicado se advertía a la población para que tuviera especial cuidado. Los policías iban a pedir el aguinaldo en la forma de mordidas o pequeños sobornos. Yo fui sujeto de uno de ellos. Un policía me paró en la carretera y me dijo que iba en dirección prohibida. No había ningún cartel que lo indicara, pero él acababa de establecer esa norma. El asunto se arreglaba con 100 pesos. Así pues, lo del cartero era un aguinaldo más benévolo.

Pedro Lorenzo recuerda algunos usos erráticos o erróneos que se repiten con obstinación en los medios. Conviene atenerse a las normas. Por ejemplo, el plural de currículum es currículos, el de club es clubes. Los cariocas son los habitantes de Río de Janeiro, no los de otras partes del Brasil. El verbo adolecer expresa siempre algo negativo, doliente. (Añado que por eso adolescencia indica una edad de sufrimiento). Respecto al famoso dequeísmo, no creo que haya una regla fija, que es la que anda buscando don Pedro. Hay que adaptarlo a cada verbo en particular. Aun así, la tendencia en España es a ampliar la fórmula de que. A veces suena rematadamente mal, como en el "pienso de que".

Es evidente que la lengua es cosa viva, como indica el título de esta seccioncilla. Es decir, algunas palabras fenecen, otras se recuperan y aun otras son nuevas. José Cuevas anda empeñado en rescatar algunas voces del olvido. No lo hace por un afán arqueológico, sino porque son muy expresivas y admiten mal otras sustituciones. Me envía una colección provisional de 61 términos, pero podrían ser 600 o 6.000. Apunto algunas especialmente sonoras: pacato (= tímido, pero de forma despectiva), mechinal (= casa pequeña), mefítico (= que huele mal), sandio (= tonto), badulaque (= majadero), gozque (= perro pequeño y ladrador), zaquizamí (= habitación pequeña, cuchitril). Hay muchas más. Añado que hay un estupendo Diccionario de palabras olvidadas o de uso poco frecuente, de Elvira Muñoz (Paraninfo, 1993). Convendría distinguir entre los arcaísmos propiamente dichos (palabras antiguas que se refieren a realidades hoy inexistentes) de las voces que ya no se utilizan y que serían útiles. Son esas últimas a las que se refiere don José.

LA PUNTA DE LA LENGUA



“Yo”, “yo”, “yo”, “yo” y “yo”
El pronombre de primera persona del singular está poco presente en español, y su abundancia extraña
ÁLEX GRIJELMO en El País - España


Decimos de algunas personas: “Ese es muy yo, mí, me, conmigo”. Y describimos así a través de la gramática el excesivo interés que alguien muestra sobre sí mismo.

La lengua española nos permite prescindir casi siempre del pronombre en función de sujeto porque queda implícito en las desinencias verbales. Si decimos “llevo paquetes”, no hace falta expresar por delante “yo”, al contrario de lo que sucede en inglés o francés. Porque “llevo” es distinto de “llevas” (o “llevás”), “lleva”, “llevamos”...

Esto hace que el “yo” esté poco presente en el español, y que su abundancia extrañe. El académico Emilio Lorenzo (1918- 2002) escribió sobre este fenómeno (El español y otras lenguas, 1980): “Dejamos a los psicólogos e historiadores de la cultura la tarea de aclarar por qué el español, entre otras lenguas románicas y germánicas culturalmente colindantes, hace al sujeto hablante menos protagonista que aquellas”.

Vicente del Bosque es persona sabia, y el pasado 30 de julio manifestaba desde el titular de una entrevista publicada en el diario El Mundo: “Si veis que uso mucho la palabra ‘yo’, decídmelo”. Y en el texto añadía que él utiliza mucho el nosotros, el ¿no creéis?, el ¿qué os parece?

El plural de primera persona donde se esperaría un “yo” se oye con frecuencia entre deportistas cuidadosos. Induráin podía decir tras ganar una contrarreloj: “Tuvimos alguna dificultad en el repecho, pero luego nos hemos recuperado”.

En general (y salvo usos dialectales), el sujeto “yo” de nuestro idioma se emplea como recurso para el énfasis o para resolver una ambigüedad. Así, lo consideraremos enfático cuando expresa oposición, por ejemplo en la oración “yo no soy como usted”. Y en ciertos casos resulta imprescindible: “Tú eres ingeniera y yo soy camarero”, frase que no podríamos alterar para decir “tú eres ingeniera y soy camarero”. Pero en otras muchas ocasiones se hace superfluo, y acaba sonando raro (aunque no por ello se caiga en una incorrección gramatical).

La catedrática Marina Fernández Lagunilla (La lengua en la comunicación política I. 1999) destaca cómo, al hablar sobre el terrorismo de ETA, el entonces jefe del Gobierno José María Aznar acudía a los pronombres, conjugaciones y adjetivos de primera persona (“mis primeras palabras”, “creo haber contribuido”, “he cumplido”, “mi compromiso”...), mientras que Felipe González, su antecesor, empleaba “formas impersonales y genéricas” como “es necesario”, “importa ahora...”.

Parece interesante contrastar aquellos usos gramaticales con los últimos debates políticos. Los dos mantenidos por José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy en la campaña electoral de 2008 permiten percibir, con la transcripción en la mano, que el candidato del PP muestra una mayor propensión que su rival a decir “yo” en los tres capítulos señalados (usos superfluos, enfáticos o imprescindibles). Rajoy lo empleó en 54 y 38 ocasiones en esos dos debates, contra 11 y 12 de Zapatero. En los usos superfluos, el entonces presidente socialista dijo 6 veces “yo” en cada debate, mientras que Rajoy lo hizo nada menos que en 23 y 29 oportunidades. Si se contrasta además con el empleo de “nosotros”, vemos que Zapatero lo pronuncia en el primer debate en 19 ocasiones, por solo 5 de Rajoy. Y en el segundo, en 15 oportunidades (por 8 de su rival).

El análisis sobre el único debate electoral entre Rajoy y Alfredo Pérez Rubalcaba (noviembre de 2011) nos ofrece datos semejantes. Rajoy dice “yo” más veces: 83, por 52 de Rubalcaba. De ellas, eran usos superfluos 57 de Rajoy y 31 de Rubalcaba.

Así pues, Rajoy utiliza muchos “yo” innecesarios; lo hace en menor medida Rubalcaba, y muchísimo menos Zapatero.

Queda lejos de nuestra intención ejercer de psicólogos y sentar conclusiones a partir de estos números. No obstante, todos sabemos que el lenguaje de cada cual influye en la imagen que transmite, y quizá se cause mejor impresión con la serie nosotros, nuestros, nos, con nosotros que con un continuo yo, mí, me, conmigo.

FUNDACIÓN DEL ESPAÑOL URGENTE



menos quince grados bajo cero, expresión redundante

Recomendación urgente del día

Es redundante emplear expresiones como menos quince grados bajo cero, en lugar de menos quince grados o quince grados bajo cero.

En los medios de comunicación pueden verse frases como «Vientos huracanados y temperaturas de menos 45 grados bajo cero» o «Sensación térmica de hasta menos cuarenta grados bajo cero en el Pirineo».

Esta confusión proviene de la lectura equivocada de datos como -15 ºC, que es la representación en cifras de quince grados bajo cero o de menos quince grados, pero no de la mezcla de ambas formas.

Así pues, en los ejemplos anteriores lo apropiado habría sido escribir «Vientos huracanados y temperaturas de menos 45 grados» y «Sensación térmica de hasta cuarenta grados bajo cero en el Pirineo».

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