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terça-feira, 25 de fevereiro de 2014

Los diccionarios de español a través de la historia

El académico y lexicógrafo Pedro Álvarez de Miranda ha participado en los ciclos de la Fundación Juan March de Madrid con dos conferencias en las que ha analizado la evolución de los diccionarios de español a través de cinco siglos de historia.
La primera de sus dos intervenciones dedicadas a la historia de la lexicografía española se ha celebrado el pasado 18 de febrero y la segunda ha tenido lugar hoy jueves, en el salón de actos de la Fundación.
A partir del lugar fundamental que ocupa en la historiografía de la lexicografía española el diccionario académico, Pedro Álvarez de Miranda ha hecho un recorrido en estas dos conferencias por tres tramos sucesivos: la lexicografía preacadémica, la lexicografía académica y la lexicografía extraacadémica. La primera conferencia se titulaba «De Nebrija a la Academia» y la de hoy «De la Academia a Manuel Seco».

«De Nebrija a la Academia», la primera etapa del recorrido que Álvarez de Miranda ha hecho por la historia de los diccionarios, se abrió con el análisis de dos hitos lexicográficos anteriores a la llegada del Diccionario de autoridades académico: el Vocabulario hispano-latino de Nebrija, aparecido hacia 1495 y que tuvo visible influencia sobre muchos otros repertorios bilingües posteriores, y el Tesoro de la lengua castellana o española de Sebastián de Covarrubias, aparecido en 1611, primer diccionario monolingüe del español.
A continuación, Álvarez de Miranda trazó la historia de los diccionarios de la Academia, empezando por la gran proeza de la corporación, el Diccionario de autoridades (1726-1739). Su reducción a un tomo «para su más fácil uso» fue la primera edición del luego llamado «diccionario común» de la Academia: una serie que hoy va por la vigesimosegunda edición (2001) y muy pronto (octubre de 2014) por la vigesimotercera.

SEGUNDA CONFERENCIA
La conferencia de hoy ha estado dedicada a la lexicografia no académica de los siglos xviii, xix y xx. En el xviii solo se publica, además de Autoridades, un diccionario más de tipo general, el Diccionario castellano con las voces de ciencias y artes de Esteban de Terreros. En el xix destacan dos que aparecieron simultáneamente en 1846-1847, uno en París, el Nuevo diccionario de la lengua castellana de Vicente Salvá, y otro en Madrid, el Diccionario nacional de Ramón Joaquín Domínguez. El recorrido termina con dos importantísimos repertorios lexicográficos de la segunda mitad del siglo xx, el Diccionario de uso del español (1966-1967) de María Moliner y el Diccionario del español actual (1999) dirigido por Manuel Seco.

Más información
De Nebrija a la Academia [audio]. Fundación Juan March, 18 de febrero de 2014.
De la Academia a Manuel Seco [audio]. Fundación Juan March, 20 de febrero de 2014.
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¿Por qué?







Por J. Edgar Palma A.

¿Alguna vez se ha preguntado “¿por qué?” ante una situación rara, extraña o desconocida? Yo sí, y muchas veces.

Con una gama tan amplia de posibilidades en radio, televisión, internet –y ahora hasta por teléfono- me brotan un número increíble de “por qués”. Por ejemplo, ¿por qué debo aceptar propaganda en mis líneas telefónicas? Ocupa tiempo, espacio, memoria, energía y nunca nadie me preguntó si yo la quería o aceptaba recibirla; sin embargo, ahí está.

Recuerdo el anuncio de un consorcio televisivo –hace 14 años- que nos machacaba la vista, el oído, la paciencia y la inteligencia con la seguridad de que el cambio de milenio sería visto por 3.5 billones de personas.

Con la consiguiente cara de what?, recurrí a mi calculadora y, dividiendo 3.5 billones entre 7 mil millones (que era la población mundial aproximadamente en ese entonces) resultaba que, para que fuera cierta la aseveración de la televisora se necesitarían más de 500 planetas iguales a la Tierra para contener tal cantidad de gente… Un poquitín pasados de tueste.

Lo que creo es que armaron su información con partes de diversas fuentes en diferentes idiomas, entre ellos el inglés, traduciendo “3.5 billions of persons” como 3.5 billones de personas’, sin analizar que en inglés la palabra “billion” significa “mil millones” y no “un millón de millones” como en español. O sea, que quisieron referirse a 3,500 millones de personas, que era la mitad de la población mundial.

Pluma en ristre, raudo y veloz le comuniqué a la televisora de este errorcillo… Y ¿qué creen? Exacto, me ignoraron (uno que piensa, entre millones a los que les vale m…uy poco, es una insignificancia inaceptable. No por esto solamente, sino por otros muchos detallitos adicionados, dejé de ver tele (jua jua, otra vez uno entre millones).
Dicen que a los gatos les enfurece que los acaricien a contrapelo, y así es como me siento cada vez que pregunto por un número telefónico y de inmediato me responden “9999”. ¿Por qué? Esta es la razón de tantos números mal marcados y llamadas equivocadas.

Los números telefónicos se forman con 10 dígitos, de los cuales los 3 primeros corresponden al código de área y los otros 7 al teléfono propiamente dicho. El código de área de Mérida es “999”, así que la respuesta a la petición de mi número sería “999 1234567”. Si estuviera registrado en Cancún, el código sería “998”, en Campeche “981” y en Motul “991”.

Lo deprimente es que he tenido que solicitar un número a Telmex y ahí mismo me han dicho el infame “9999”. ¡Hágame usted el favor!

Algo que me llama la atención es la forma en que muchos comunicadores se dedican a modificar a su antojo el idioma español. ¿Por qué? Siendo este tan amplio, rico y variado.

Tal vez yo esté remando a contracorriente, pero en lo que me resta de vida no aceptaré que a una coquetuela y muy femenina sartén le digan el sartén, así, con bigotes. ¿No sintió usted un repeluzno recorrerle la columna vertebral al oír semejante desatino? Yo sí, desde la nuca hasta donde la espalda pierde su honesto nombre.

Tampoco aceptaré que compongan (¿o descompongan?) una frase como ésta: “Esta es la primer vez”. Si nos fijamos con detenimiento en la frase, veremos que Esta, la y vez son femeninas, entonces ¿por qué está el adjetivo numeral masculino “primer” en medio de una frase totalmente femenina?

Otro ¿por qué? No menos importante, es el de tratar de crear nuevas palabras sin pensarlo mucho (tal vez salga sobrando la palabra mucho). Una palabra que me repele es “sospechosismo”. ¿”Sospechosismo”? Tratar de poner en circulación semejante término es equiparable a un crimen, existiendo en nuestro idioma una palabra que significa lo mismo, pero es además muy elegante, siendo ésta “suspicacia” con su variante “suspicaz”.

Para finalizar, a los aspirantes a componentes de los medios, no una crítica, sino un consejo (que es como la llamada a misa, todos la oyen pero sólo asiste el que quiere): No se conformen con recibirse y colgarse del cuello un “LCC” del tamaño de una potala, sino manténganse actualizados, que hay material suficiente. Y no hagan sufrir a su idioma materno.

FUNDACIÓN DEL ESPAÑOL URGENTE




las personas sufren abusos, no son abusadas

Recomendación urgente del día

No es adecuado emplear el participio abusado («personas abusadas») para aludir a las víctima de abusos sexuales.

En los medios de comunicación resulta frecuente encontrar frases como estas: «Entre las evidencias están las declaraciones de los niños abusados», «Además, las niñas en muchos casos sufren el peligro de ser abusadas sexualmente» o «Se ha intervenido más material que confirma la existencia de más niños abusados en el colegio Valdeluz».

Sin embargo, se abusa de alguien, no a alguien. Por ello, y según recuerda el Diccionario panhispánico de dudas, no es apropiado decir que «una persona ha sido abusada». En ese diccionario se proponen alternativas como sufrir abusos o ser víctima de abusos.

En los ejemplos anteriores, por tanto, habría sido más adecuado escribir «Entre las evidencias están las declaraciones de los niños que fueron víctimas de abusos», «Además, las niñas en muchos casos sufren el peligro de sufrir abusos sexuales» y «Se ha intervenido más material que confirma la existencia de más niños que han sufrido abusos en el colegio Valdeluz».

FUNDACIÓN DEL ESPAÑOL URGENTE



debate sobre el estado de la nación se escribe en minúscula

Recomendación urgente del día

La denominación debate sobre el estado de la nación se escribe con minúsculas iniciales, pues se trata de la forma común de referirse a uno de los muchos debates que se celebran en el Parlamento español.


Sin embargo, suele verse escrita en algunos medios con iniciales mayúsculas: «Convocado formalmente el Debate sobre el estado de la Nación los días 25, 26 y 27» o «Rajoy centrará su discurso del Debate del Estado de la Nación en las reformas para el crecimiento y el empleo».

Debate no es un nombre propio y, por lo tanto, debe escribirse con inicial minúscula; tampoco se escribe con inicial mayúscula estado, ya que en este contexto se usa con el significado de ‘situación en que se encuentra algo’ (no con el de ‘órganos de gobierno de un país’), ni nación, que funciona como sinónimo de país, no de Estado.

Por todo ello, en los anteriores ejemplos habría sido preferible escribir: «Convocado formalmente el debate sobre el estado de la nación los días 25, 26 y 27» o «Rajoy centrará su discurso del debate del estado de la nación en las reformas para el crecimiento y el empleo».

LA LENGUA VIVA






Lo que queda de Cataluña
Amando de Miguel en Libertad Digital - España


Hay muchas regiones europeas en las que una parte de sus habitantes habla otro idioma, distinto del que podríamos llamar oficial para el conjunto del país. Cataluña es una de ellas. La lengua catalana se halla muy extendida en esa región y goza de una estimable tradición literaria. Todos los catalanoparlantes hablan asimismo el castellano o español, que es la lengua oficial de España y de una veintena de países. En principio esa confluencia de dos lenguas en Cataluña no tendría que plantear muchos problemas, pero no es así. La razón es que el nacionalismo catalán pretende nada menos que desplazar el castellano de la vida pública de Cataluña y, a poder ser, de la privada. Ese proceso se designa con los ominosos términos de normalización e inmersión. Su éxito es relativo porque la lengua española es una de las pocas de comunicación internacional y su literatura es una de las más influyentes del mundo. Pero el nacionalismo sigue en sus trece. A su vez, con muchos menos medios, los que defienden la permanencia de la lengua castellana en Cataluña no dejan de resistir al monolingüismo. El conflicto resulta apasionante.

Acaba de aparecer la crónica más completa de esa lucha por la libertad. Es el libro de Antonio Robles Historia de la resistencia al nacionalismo en Cataluña (Biblioteca Crónica Global, 2013). Añado mi comentario personal, perfectamente polémico.

Cataluña podría independizarse siguiendo el modelo de Irlanda, esto es, conservando el idioma inglés en convivencia con el gaélico. Hay otra opción, seguir el modelo de Filipinas, es decir, eliminar la lengua española de la vida pública y privada para oficializar el tagalo. Así como la vía irlandesa ha sido un éxito, la filipina ha significado un fracaso lingüístico. La prueba es que el idioma realmente oficial y real de los filipinos medianamente cultos es el inglés. La razón es que el tagalo no es un idioma de comunicación internacional. Es decir, no lo aprenden muchas personas que no lo poseen como materno. Eso mismo ocurre con el catalán, por muy respetable que sea su tradición literaria.

La defensa del bilingüismo en Cataluña no la ha asumido el Estado español sino unas pocas personas particulares, amigas de la libertad por encima de todo. El libro de Antonio Robles cuenta sus vicisitudes con una meticulosidad de nombres, lugares y fechas que es de agradecer. Se me permitirá una pequeña corrección fraterna. Cuando en 1980 Santiago Trancón me pidió que firmara el famoso Manifiesto de los 2.300 lo hice con mucho gusto. Pero nunca hablamos de que yo fuera a ser el primer firmante. He agradecido siempre la deferencia de esa posición, pero para mí fue una sorpresa verme tan encumbrado. Yo solo pretendí ser uno más de los abajofirmantes. Supongo que esa amable licencia de Trancón se debió a que yo era a la sazón vicedecano de la Facultad de Económicas de la Universidad de Barcelona. Por cierto, no me resisto a contar una pequeña anécdota. Hace poco, con ocasión de mi jubilación, pedí un certificado a la Universidad de Barcelona para que constaran mis servicios a mi querida alma máter. Me contestó una administrativa: "No figura usted en los archivos de esta universidad". Fue un error, claro, pero me recordó la fantasía de Orwell.
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