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domingo, 11 de maio de 2014

"IMPRECACIÓN CONTRA EL ESPAÑOL"


Por Edvardo Zeind Palafox

Imprecaba Leopoldo Alas, maestro de la pluma hispana, contra los redactores desconocedores del griego y del latín que toda la semana se dedicaban a dar noticias a través de la prensa, pero que los domingos simulaban ser eruditos de la estética universal. Dicha queja nos hace pensar en la influencia que tiene la prensa, la lengua común y corriente del pueblo, sobre el pensamiento de los individuos.

Mucho se ha hablado acerca de los idiomas imperiales y de los modos en que arrumban y azotan a las lenguas indígenas; y muchas soluciones para conservar el habla de los autóctonos amenazados por la "civitas" se han dado, aunque ninguna es viable. ¡La literatura no puede ser salvaguarda de la arqueología! Richard Rorty arbitra que sólo hay problemas lingüísticos donde hay problemas metafísicos, filosóficos, arbitrio que nos obliga a aceptar que al desconocer la sensibilidad del prójimo confundimos, como lo hacían los hermeneutas anteriores al genial Jean-Francois Champollion, el jeroglífico con el pictograma, lo artístico con lo artesanal, lo económico con lo espiritual.

La escritura constante de actas, de libros científicos, de cualquier cosa, pulimenta nuestro idioma. Ya Azorín ha dicho que el francés se acerca más a la perfección que el italiano o que el español porque muchos filósofos, científicos o historiadores han escrito en francés. El caso que hoy nos congrega, es decir, que hoy pretexta y garantiza la unión democrática de mi mano, mi pluma y mi estro, es el tema de los idiomas imperiales. Hemos hablado durante los últimos dos artículos de la obra de Arguedas, de su novela `El zorro de arriba y el zorro de abajo´, obra que suscita varias preguntas, cuestionamientos de suma importancia para el futuro de un continente que no acaba de saber quién o qué es. Las preguntas cantan así: ¿es posible salir de la ideología, que está hecha de lenguaje, usando el lenguaje?, ¿es posible enderezar a nuestras necesidades un idioma que ha sido fraguado en la escolástica más minuciosa y feroz, que siempre lleva hacia los mismos razonamientos, hacia la racionalidad de un imperio?, ¿hace falta una hermenéutica propia, una diferente a la que nos heredaron los reformistas luteranos?

No es un texto meramente informativo el lugar para resolver tan grandes temas; mas sí es lugar la prensa para redactar textos combativos, artículos que no sólo cuestionen, sino que también inviten. Decía Louis Althusser que contra un imperio burgués es imperioso luchar con las mismas armas del imperio, advertencia que nos tonifica para esgrimir la lógica aristotélica, que puesta al servicio de la Iglesia es la de Santo Tomás. Decía el santo que un pensamiento lucio es posible si seguimos el orden natural de la lógica, si avanzamos a través de las tierras epistemológicas buscando dependencias y semejanzas. Si lo de acá se asemeja a lo de allá posiblemente ambas cosas estén relacionadas; si lo de allende transforma lo de aquende posiblemente ambas cosas estén hechas de la misma substancia. ¡Se entrevé que un idioma románico, patricio, riguroso, que apunta hacia lo cartesiano, difícilmente podrá causar políticas democráticas! Todos los avezados en la filosofía clásica encontrarán que tal proceder es harto sencillo, mas no los ignorantes de la filosofía, que usan su lengua materna sin saber cómo lo hacen.

No podemos razonar de modos diferentes si pensamos como siempre lo hacemos. ¿Qué podemos o debemos hacer para huir de la lógica que nos impera, que es decir huir del imperio que nos lee? Decía Paz:

"también soy escritura, 
y en este mismo instante
alguien me deletrea".

Y pues escritura somos, y tendremos como ésta también una gramática. El buen escritor, presumía nuestro filósofo Ortega y Gasset, sabe trastornar el léxico y la gramática, pregón que nos lanza a pensar que la buena política deletrea antes al hombre del porvenir que al del presente, al "average man". Deletrear no es contabilizar, sino vislumbrar paradigmas en las raíces léxicas del habla humana. Los grandes literatos, enseña Azorín, siempre han sido tenidos por escritores "incorrectos", o sea, subversivos en el terreno político.

Leamos una frase quechua: "pin kanki hora". Arguedas la ha traducido, ha segmentado los paradigmas que oculta, dirían los gramáticos, así: "la hora en que no es posible aún ver el rostro de las gentes y es necesario preguntar ¿quién eres?". Tal traducción es literaria, cuando la literal, nos dice, sería: "hora quién eres". He aquí un enorme dilema. La traducción inicial sería castellana, en tanto que la segunda sería inglesa, si me permiten los lectores hacer tan arbitrarios manejos. El lector corriente, por puro sentido común, por porfía epistémica, entendería que la primera traducción es poética y que la segunda es prosaica, y lo haría en función de sus nimios saberes artísticos.

Que seamos escritura no garantiza que seamos inteligibles. Es necesario desarrollar una "metahistoria", a palabras de Ortega, que nos dé licencia para interpretar la "sensibilidad vital" del hombre o pueblo al que leemos, ya quechua, ya náhuatl, ora gaucho o brasileño. Pero hay más obstáculos, pues resulta que los escritores y críticos, cuenta Rama en su ya citada obra, `Transculturación narrativa´, afirman que el español padece de "incapacidad referencial". ¡Y es verdad! Y es que en un mundo hecho de jerséis, de dandis, de coñacs, de sándwiches, de raviolis y de espaguetis imposible o inútil resulta hablar en nuestro idioma. Quien no es dueño de sus utensilios no tiene arqueología, y quien carece de ésta no posee una antropología, una definición de hombre.

Borges gruñía contra dicha carencia, y por eso leía pocos autores castellanos, entre los que había el algebraico Quevedo, el sencillo Cervantes, el preciso Saavedra Fajardo, el satírico Torres Villarroel, el gongorino Góngora, el nunca bien leído Gracián, el clásico Garcilaso, el elevado San Juan, el místico mayor Fray Luis de León, el árido Sarmiento, el elegante Groussac, el prosista `par excellence´ Alfonso Reyes y el minucioso crítico Henríquez Ureña. Todos son autores o realistas en extremo o hasta las nubes inspirados, mas nunca patéticos ni cursis. Tengo para mí que los autores dilectos de Borges sabían deletrear, bifurcar senderos, distinguir lo pretérito, histórico, de lo presente o político y de lo filosófico o futuro.

Los políticos latinoamericanos gustan de lo cursi, de la "elocuencia desbordada", citando al magistral cubano Carpentier, por lo que han hecho del español un meloso recurso delicioso para las moscas que son las masas. Y para probarlo citaré un fragmento harto significativo de la `Carta a un joven argentino que estudia filosofía´, redactada por el maestro Ortega y Gasset: "Son ustedes más sensibles que precisos, y, mientras esto no varíe, dependerán ustedes íntegramente de Europa en el orden intelectual –único al que me refiero–. Porque, al ser sensibles, toda idea graciosa y fértil que se produzca en Europa conmoverá, quieran o no, el fino receptor que es su organismo". Y dicho en gaélico tono, en eslogan, en el de un Arguedas afanoso de comunicar concisamente, sonaría así:

"olemos pero no entendemos".

Idiomas que sólo atienden a los objetos, como el inglés o el alemán, que han sido trabajados para que fácilmente "etiqueten" cosas, son idiomas primitivos, ágiles, de rápida comprensión y despreciables, al parecer de Goethe; y los que sólo afanan expresar sentimientos, emociones, como el de Garcilaso, son cortesanos e ineptos para comerciar. Pero no se crea que el español sigue en calidad de lengua imperial, palatina: es lengua súbdita, lacayuna el día de hoy, esclava vestida de dueña, que aunque acata las órdenes del viejo Shakespeare tiene más libertad que el náhuatl y el quechua, miembros de la comiquería andante que hacen del refrán sanchesco llegado de Europa sabiduría política, económica y filosófica.
Puede leer más artículos de este autor en:  

                                                                       http://donpalafox.blogspot.mx/

DON QUIJOTE

"Mi amigo Don Quijote"


“Puede parecer una tarea estéril e ingrata discutir una vez más el tema de Don Quijote, ya que se han escrito sobre él tantos libros, tantas bibliotecas, aún más abundantes que la que fue incendiada por el piadoso celo del sacristán y el barbero. Sin embargo, siempre hay placer, siempre hay una suerte de felicidad cuando se habla de un amigo. Y creo que todos podemos considerar a Don Quijote como un amigo. Esto no ocurre con todos los personajes de ficción. Supongo que Agamenón y Beowulf resultan más bien distantes. Y me pregunto si el príncipe Hamlet no nos hubiera menospreciado si le hubiéramos hablado como amigos, del mismo modo en que desairó a Rosencrantz y Guildestern. Porque hay ciertos personajes, y esos son, creo, los más altos de la ficción, a los que con seguridad y humildemente podemos llamar amigos. Pienso en Huckleberry Finn, en Mr. Pickwick, en Peer Gynt, y en no muchos más. Pero ahora hablaremos de nuestro amigo Don Quijote. Digamos, primero, que el libro ha tenido un extraño destino. Pues de algún modo, apenas si podemos entender por qué los gramáticos y académicos le han tomado tanto aprecio a Don Quijote. En el siglo XIX fue alabado y elogiado, diría yo, por las razones equivocadas. Por ejemplo, si consideramos un libro como el ejercicio de Montalvo, Capítulos que se le olvidaron a Cervantes, encontramos allí que Cervantes fue admirado por la gran cantidad de proverbios que conocía. Y el hecho es que, como todos sabemos, Cervantes se burló de los proverbios haciendo que su rechoncho Sancho abundara en ellos. Entonces, la gente consideró a Cervantes un escritor de estilo fino. Y debo decir que a Cervantes no le interesaba para nada la escritura florida. La escritura refinada no le agradaba demasiado, y leí en alguna parte que la famosa dedicatoria de su libro al Conde de Lemos fue escrita por un amigo suyo o copiada de un libro, ya que él mismo no estaba especialmente interesado en escribir esa clase de cosas. Cervantes fue admirado por su fino estilo, y por supuesto, el estilo fino significaba muchas cosas. Si pensamos que de algún modo Cervantes nos transmitió el personaje y el destino del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, tenemos que admitir su fino estilo o, más bien, algo más que eso, porque cuando hablamos de estilo fino pensamos en algo meramente verbal.
Me pregunto cómo hizo Cervantes para lograr ese milagro, pero de algún modo lo logró. Y recuerdo ahora una de las cosas más sorprendentes que he leído, algo que me produjo tristeza. Stevenson dijo: “¿Qué es el personaje de un libro?” Y respondió: “Después de todo, un personaje es una ristra de palabras”. Es cierto, y sin embargo, lo consideramos una blasfemia. Porque cuando pensamos, digamos, en Don Quijote o en Huckleberry Finn, en Mr. Pickwick, o en Peer Gynt, o en Lord Jim, sin duda no pensamos en ristras de palabras. También podríamos decir que nuestros amigos están hechos de cadenas de palabras y, por supuesto, de percepciones visuales. Cuando nos encontramos con un verdadero personaje en la ficción, sabemos que ese personaje existe más allá del mundo que lo creó. Sabemos que hay cientos de cosas que no conocemos, y que sin embargo existen. De hecho, hay personajes de la ficción que cobran vida en una sola frase. Y tal vez no sepamos demasiadas cosas sobre ellos, pero, esencialmente, lo sabemos todo de ellos. Por ejemplo, ese personaje creado por el gran contemporáneo de Cervantes, Shakespeare: Yorick, el pobre Yorick es creado, diría, en unas pocas líneas. Cobra vida. No volvemos a saber nada de él, y sin embargo sentimos que lo conocemos. Y tal vez, después de leer Ulises, conocemos cientos de cosas, cientos de hechos, cientos de circunstancias acerca de Stephen Dedalus y de Leopold Bloom. Pero no los conocemos como conocemos a Don Quijote, de quien sabemos mucho menos...”

LIBRO DE ESTILO

El ‘Libro de estilo’ se adapta al futuro

EL PAÍS ajusta al entorno digital las normas éticas y estéticas del periodismo

Regula el ‘derecho al olvido’ y la cámara oculta

El nuevo libro de estilo de EL PAÍS. / GORKA LEJARZEGI

El Libro de estilo de EL PAÍS cobra nueva vida. Desde la publicación de su última gran revisión en 2004 (reeditada en 2008 sin apenas cambios), la cabecera que nació hace 38 años se ha convertido en un soporte multimedia. A través de nuevas tecnologías canaliza la información mediante ciberpáginas, redes sociales, aplicaciones para móviles… El papel ha dejado de ser el único soporte y la información escrita ahora convive con otros formatos, como el vídeo y el audio.
El nuevo Libro de estilo de EL PAÍS (editado por Aguilar) supone una revisión integral del texto vigente hasta ahora para adaptarlo a las profundas transformaciones que ha experimentado el trabajo del periodista en los últimos años, según explica Álex Grijelmo, que ha coordinado esta edición. A estos cambios se añaden los registrados por la Academia y por el uso de los hablantes del español: neologismos, ortografía, topónimos nuevos o renovados, gentilicios, transliteraciones, femeninos y masculinos, abreviaturas, denominaciones científicas, lenguajes informáticos, siglas…
“Se hacía necesaria una revisión total de estas normas que EL PAÍS se da a sí mismo y que ofrece a los lectores como contrato ético y estético. Hemos recogido el sentir de los lectores, expresado en miles de cartas al director, que nos reclaman escribir bien en español”, comenta Grijelmo. Este código mantiene su elevada autoexigencia en cuanto a rigor informativo, verificación de los datos, contraste de las noticias, la consulta a la persona perjudicada por una información, la exposición de posturas divergentes, el respeto al honor, la intimidad y la propia imagen, la pluralidad de opiniones, el uso correcto del idioma, la coherencia en el léxico y la rectificación de errores.
Incluye términos relacionados con Internet, la mayor parte neologismos
El manual recoge los principios éticos de los periodistas, las normas de escritura, la tipografía y los géneros periodísticos. En este apartado se especifica que la presencia del periodista debe ser ínfima en la noticia, pero va aumentando en la crónica, el reportaje, el análisis, la crítica… hasta llegar al grado máximo de subjetividad en el artículo de opinión o el editorial. “En cada uno de esos pasos se establecen unos límites que el lector puede conocer gracias a esta pequeña Constitución del periódico”, explica Grijelmo.
El nuevo mundo que se abre en Internet ha planteado también nuevas cuestiones éticas. Así, por ejemplo, el Libro de estilo recoge el llamado derecho al olvido. Ahora toda información es recuperable en Internet, y eso puede perjudicar de por vida a personas que cometieron algún desliz de juventud, alguna imprudencia de tráfico, algún delito menor… y pueden pagar por ello mucho tiempo después de haber cumplido condena y con mayor coste que la multa impuesta en su momento.
A ese respecto, el manual de EL PAÍS intenta congeniar el derecho a la información y a la documentación con el derecho de cualquier individuo a rehacer su vida o a que se olviden algunos aspectos de su pasado. Y por ello establece ciertos criterios para el caso de que una persona reclame el borrado de una noticia, crónica o reportaje veraz que afecte a su imagen.
Al
vocabulario se 
incorporan referencias 
del español de América
“Nunca se producirá el borrado de los archivos digitales de EL PAÍS, pero se puede considerar la posibilidad de ocultar esa información a los buscadores de Internet”. Además, “la información debe haber sido publicada más de 15 años atrás respecto del momento en que se reclama su borrado” y “ha de perjudicar a la persona reclamante en su vida familiar o profesional”. Sin embargo, no se considerarán las reclamaciones “que afecten a hechos que figuren en sentencias firmes de los tribunales y se refieran a actos de violencia”.
También se regula el uso de la cámara oculta (ahora posible técnicamente en los vídeos que se publican en elpais.com). “EL PAÍS trabajará con el sistema de cámara oculta solamente cuando ése sea el último recurso posible para obtener una información de indudable interés general, y siempre que ningún periodista haya suplantado una personalidad ajena, que no se allanen lugares privados y que no se vulnere el derecho a la intimidad, al honor y a la propia imagen”, dice el texto.
“El uso legítimo de la cámara oculta (grabar hechos delictivos en la vía pública, por ejemplo, para su denuncia por impunidad o falta de vigilancia; sin que el periodista intervenga en ellos o los provoque) deberá preservar en todo caso”, añade, “la identidad de las personas o entidades implicadas, y no ofrecer datos que conduzcan a ellas”.
El Libro de estilo incluye 119 términos relacionados con Internet y la informática, la mayor parte de ellos neologismos. La lista sirve para establecer las analogías necesarias ante nuevas voces de formación semejante que puedan presentarse (ya se trate de anglicismos, galicismos, tecnicismos, palabras procedentes de siglas o de abreviaciones, marcas comerciales, etcétera).
En la mayoría de los casos, el manual explica el origen de los vocablos y razona la decisión adoptada al respecto. Así sucede por ejemplo en “banear”, que se relaciona con to ban en inglés y que entronca curiosamente con las raíces españolas de “bandido” y del verbo “bandir” (proscribir). Por tanto, una persona baneada en un foro de Internet o una empresa a la que se retira su enlace con buscadores o navegadores son una persona o una empresa “proscritas”'. También se recomiendan como alternativas ante el anglicismo baneado los términos “excluido”, “sancionado”, “despedido” o “vetado”.
Al vocabulario se incorpora el español de América, con más de una veintena de referencias, entre las que figuran “pantaloneta” (slip o calzoncillos), “polla” (lotería), “parquear” (aparcar), “motoneta” (scooter) o “computadora” (ordenador), términos que pueden utilizarse siempre que se expliquen adecuadamente por el contexto. En general, el criterio de EL PAÍS es incorporar paulatinamente los americanismos más comprensibles.
El Libro de estilo aporta palabras españolas como recambio de los tecnicismos y anglicismos que tantas barreras levantan entre los especialistas y el público en general. También, a veces, se escogen algunos vocablos por razones tan arbitrarias como la brevedad de su escritura (“ucranio” se prefiere a “ucraniano”, siendo ambas opciones correctas), con el objetivo de hacer más fácil la cuadratura del titular.
En cuanto a los aspectos ortográficos, EL PAÍS vuelve a admitir, entre otras novedades, la acentuación de sólo como adverbio, permitida asimismo por la Academia (“habló solo dos horas”, “habló sólo dos horas”), por entender que facilita la desambiguación de mensajes periodísticos, sobre todo en los titulares.
“Muchas de estas decisiones o recomendaciones son opinables, por supuesto. Se trata de establecer un estilo para un medio en concreto, que se autorregula de ese modo, no de dictar normas para los hablantes en general”, dice Grijelmo. Y añade que esta hoja de ruta para los profesionales de EL PAÍS está enfocada a facilitar la comunicación con un público lo más amplio posible y a garantizar el uso respetuoso de los potentes medios informáticos que el periodista tiene en su mano.
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