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quarta-feira, 21 de janeiro de 2015

EL ORIGEN DE LOS INSULTOS MÁS POPULARES




«¡Ahí llegan Don Gil y sus pollas 
(hijas en edad de casamiento)!»

Una de las teorías más curiosas sobre el origen del calificativo «gilipollas» versa sobre un alto funcionario de Madrid de finales del siglo XVI

Salvo que usted sea un marciano, y en ese caso será una de las primeras palabras que aprenda, el término «gilipollas» le resultará familiar. No es para menos, dado el amplio abanico que posee para ser utilizado en casi cualquier conversación informal. Atendiendo al Diccionario de la Real Academia Española, esta palabrota es una vulgarización del adjetivo «gilí», cuyo significado describe a una persona tonta o lela y que emana del vocablo caló «jili», en alusión a alguien inocente o cándido.
Pancracio Celdrán, autor de «El gran libro de los insultos», señala en su obra que este insulto es un término no anterior al siglo XIX en la forma y sentido que hoy se utiliza. «El gilipollas, siendo tonto, es algo más que eso, ya que participa de la condición espiritual del bocazas que todo lo airea sin guardar recato. No tiene coeficiente intelectual suficiente para ser malo, pero es tan inoportuno que puede por ello tornarse peligroso».
A diferencia de otros vocablos que con el paso del tiempo se ha distorsionado su significado hasta el punto de convertirse en algo soez, la palabra «gilipollas» no ha trazado un camino tan poco uniforme. «Siempre fue un insulto, aunque no de los más gruesos. El erudito Francisco Rodríguez Marín, en sus Cantos Populares Andaluces utilizó el término escrito hacia 1882. Poco después lo recogería Benito Pérez Galdós en Misericordia, de ambiente suburbial. El vocablo cayó en gracia y no tardaron en aparecer sucedáneos suyos para quitar hierro a las altisonantes sílabas finales. Así nació el gilipuertas», concluye Celdrán.
No son pocas las teorías que establecen el origen de este insulto en un lugar u otro. El blog «Secretos de Madrid» revela una curiosa historia que coloca el foco de su aparición en el Madrid de finales del siglo XVI, época en la que Don Baltasar Gil Imón de la Mota desempeñaba la labor de fiscal del Consejo de Hacienda durante el reinado de Felipe III.
Cuentan los textos de por aquel entonces que Gil Imón acudía a todos los actos y eventos de la alta sociedad madrileña acompañado de sus dos hijas, con el único objetivo de encontrar un par de pretendientes que se prestaran a contraer matrimonio con las susodichas. Una tarea no exenta de dificultad, dadas las pocas cualidades físicas e intelectuales que atesoraban. Así, cada vez que el personaje llegaba a una fiesta junto a sus primogénitas, los chismoteos no paraban de circular entre los corrillos.
Si a lo anterior se le suma que la palabra «pollas» era utilizada para hacer referencia a las mujeres jóvenes, tenemos el perfecto caldo de cultivo del nacimiento de «gilipollas». La expresión «¡Ahí llegan Don Gil y sus pollas!» empezó a correr como la pólvora, provocando un propicio juego de palabras a medio gas entre la burla y el ingenio. De esta forma, cada vez que se quería hacer referencia a una persona atontada o falta de intelecto, se empezó a emplear este insulto en clara alusión a las «pollas» de Gil Imón.

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