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sexta-feira, 6 de novembro de 2015

ELOGIO A LAS PALABRAS

Rubén Darío Flórez
Hoy quiero hacer el elogio de las palabras. Para ser más precisos, el elogio de las civilizaciones que dejaron su inteligencia y su sensibilidad en ellas. Nuestro idioma español tiene memoria. Y en su memoria o etimología está la sutileza del pueblo y de los sabios que escribieron en árabe, latín, sanscrito, italiano… En el origen de la cultura, cuando el ser humano descubría la música de los fonemas y las sutilezas de la imaginación, surgieron docenas de palabras o signos, para decir y relacionarse.
Los encuentros entre culturas trajeron palabras y artes. Un arte es imposible sin sus palabras exactas. Las artes de navegar de exploradores italianos dejaron la palabra brújula. Las palabras recorrieron medio mundo para llegar hasta el idioma español. Los árabes trajeron de La India una de las especies que paladeamos a la hora del almuerzo: el azafrán que anima la vida y la sopa. El signo viene del árabe clásico zafarán.
Si uno levanta la mirada del plato de sopa y mira al cielo, diría está azul. Esta manera de ver es posible porque siglos atrás los persas inventaron el tinte y lo bautizaron Lazvard. Los árabes asimilaron la palabra y la transformaron en lazaward. Quedó en español como azul.
Julio Flórez decía todo nos llega tarde, hasta la muerte. Pensaría en el elogio. La palabra viene del latín y significaba elogium, una inscripción sobre una tumba. Los persas tenían su frase para un muerto real, se hizo famosa en el ajedrez inventado por ellos: ¡assah mat!, ¡jaque mate!, ¡el rey ha muerto! Los modos de pensar de otros siglos siguen viviendo en nuestra vida diaria cuando usamos las palabras. Esta es la memoria cultural que nos convierte en seres refinados.
Póngale la enjalma, decía papá en la finca El Bosque, en Pijao. Enjalma, es una palabra de origen árabe. Qué sería de nosotros para refrescar la vida, para guardar el recuerdo inolvidable de una mirada, para dirigirse a alguien sin los signos naranja, zarcos o halago. Del sanscrito milenario es naranga, para la fruta amarilla. Del árabe clásico zarqua, la que tiene ojos azules y del árabe hispano, halak -tratar con suavidad- que se transformó en halago.
Las palabras venían con los barcos, se quedaron de las conversaciones de los sabios que inventaron las artes y las ciencias, aparecieron en las conversaciones del pueblo. Las palabras llegaron para ampliar la inteligencia y refinar nuestras emociones. Un alfiler común y corriente, pero fue una obra de orfebrería pegada de la palabra que llevaron los árabes a Andalucía.
Hoy uno puede ponerse un alfiler en la corbata. Es la imagen de la sutileza del seductor que con un alfiler conquista. Lo inútil es una imagen de gran abstracción. ¿Qué es ser inútil? Pues ahí está “no esté de balde”. Y la palabra es del árabe clásico del siglo IX. Y ojo, si dice pendejo, tenga cuidado. Es del latín pectiniculus, indica a los pelos que nacen en el pubis y en las ingles. Siga con mamola, que la usaban en el siglo X en Andalucía los árabes poetas y comerciantes.
Estuviéramos andando a pata limpia si no fuera por los turcos que divulgaron el zapato. En turco zabata, calzado que no pasa del tobillo. Ojalá nos ayuden las palabras para vivir. Ojalá es del árabe law sa llah, si Dios quiere.

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