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sexta-feira, 14 de agosto de 2015

VAINA



El curioso origen de 'vaina', palabra más útil en el habla colombiana

Procedente del latín, es el vocablo al que más se recurre para designar algo cuyo nombre se ignora.

Por: JUAN GOSSAÍN | publicado en El Tiempo - Colombia.

Vaina lo define todo y no define nada, así de simple.


Qué vaina.

La vaina es que no sé por dónde empezar esta vaina. Creo que me envainé. Eso es una mala vaina, pero estoy seguro de que podré salir del problema, y eso sí es mucha vaina buena.

Muletilla verbal, recurso para los hablantes en apuros, sonsonete cotidiano, palabra que lo define todo y no define nada, ‘vaina’ se ha convertido, con el paso del tiempo, en el vocablo favorito de los colombianos, el más socorrido, el más usado, el que los saca de aprietos, al que hay que recurrir cada vez que tropiezan con algo cuyo nombre ignoran o han olvidado: la vaina esa, la vaina aquella, la vaina esta.

Sirve hasta para guardar secretos entre camaradas, cuando hay extraños en su presencia.

–¿Me trajiste la vaina que te dije? –le pregunta uno al otro, poniendo cara de cómplice.

–Sí –le contesta–. Esta misma tarde vamos a nuestra vaina. Y que no se te olvide la vaina que te dije.

También es útil para regañar a un niño travieso o para echarle pullas e ironías a un adulto díscolo. Todo eso, junto y revuelto, se conoce como ‘echar vaina’ o simplemente como ‘vainazo’.

‘Vaina’ puede significar cualquier cosa, pero también su contraria, buena o mala, sabrosa o insípida, agradable o aburrida, el sol o la luna, la noche y el día, el verano o el invierno; una mujer fea es una vaina pero una bonita también lo es. Los lugares, los hechos, las personas, los animales o los sentimientos: todo eso es una vaina para el colombiano.

Ninguna otra palabra es más repetida ni más útil en el lenguaje nacional. La vaina es que tampoco hay otra que lo empobrezca tanto porque, como facilita las cosas, lo que hace es eliminar la necesidad de que la gente haga más rico su vocabulario.

Regaño y chiripazo
La vaina se ha vuelto tan popular, y se ha extendido de una manera tan apabullante, que es una de las pocas palabras que se usan por igual en todas las regiones del país, desde la alta montaña hasta la playa, pasando por campos y ciudades, aldeas o capitales.

El primero de nuestros diccionarios en que apareció registrada esa palabra fue Costeñismos colombianos, del legendario presbítero Pedro María Revollo, publicado en 1918, que está a punto ya de cumplir un siglo. El padre aprovechó para echar un vainazo: “En la Costa se considera inculta y muy vulgar esta palabra, que no debe oírse entre gente decente”. Pensar que hoy hasta las damas encopetadas se la pasan echando vaina.

Tiene, sin embargo, algunas connotaciones que son propias de ciertos territorios. ‘Vainazo’, por ejemplo, es sinónimo de aquello que se consigue sin habérselo propuesto. Es decir, el chiripazo. En el Valle del Cauca, hasta el siglo diecinueve, existía el verbo ‘vainear’ como definición de chiripa, lo que se obtenía accidentalmente. Y en los antiguos pueblos de Bolívar llamaban ‘vainudo’ al que lo lograba.

La vaina de la vagina

Es un auténtico comodín del lenguaje. Pero su verdadero significado, y su historia, son más nobles de lo que parece.

Es de rancia estirpe. Sus ancestros son de buena familia, ya que procede del latín, y se remonta a los orígenes de la lengua castellana.

En los primeros tiempos se escribía ‘vayna’. Incluso algunos lingüistas sabios, como el gran Covarrubias, lo hacen con ‘b’ larga: ‘bayna’.

La palabra procede directamente del latín ‘vagina’, que en los tiempos del Imperio romano era la funda en que los combatientes guardaban la espada o el sable. (Noten ustedes la picaresca similitud con el uso de la otra vagina.)

Pasó el tiempo. Por extensión, la palabra fue aplicada al forro de cuchillos, machetes, navajas y herramientas. Y llegó hasta la agricultura y la huerta casera.

Los botánicos españoles comenzaron a llamar ‘vaina’ al envoltorio de ciertas semillas y legumbres, como el fríjol, los garbanzos o la arveja. ‘Vagina’ solo se emplea en la actualidad para mencionar aquella parte íntima de la mujer.

Miren esta auténtica curiosidad. En los comienzos de nuestra lengua había un proverbio que decía: “Le dieron con vaina y todo”. Significaba que a una persona la habían insultado de una manera tan afrentosa, y con tantos improperios, que era como si la hubieran herido no solo con la espada, sino hasta con el estuche.

La vaina llega a América

En tiempos de la colonia española, entre los siglos dieciséis y diecinueve, la palabrita se mudó a América, y fue aquí, en estas tierras vigorosas, donde adquirió sus significados pintorescos, variados, graciosos y novedosos.

Las demostraciones abundan. Cuentan los cronistas más respetables de Bogotá que, hacia 1740, en la ciudad llamaban ‘Juan Vainas’ a un cualquiera que se las daba de importante, un don Nadie lleno de ínfulas, un fulano pretencioso. “¿Qué se ha creído ese Juan Vainas?”, preguntaba la gente.

El primer licor autóctono que se produjo en este continente fue un coctel de ron de piratas con un batido de huevo de gallina. En Chile lo llamaban ‘vaina’ hace trescientos años. En Cuba, país tan distinto y distante, hoy lo llaman ‘vainazo’.

Los indios peruanos, cuando aprendieron la lengua castellana, llamaban ‘vaina’ a una mujer especialmente bajita y poco agraciada. El invento más reciente del habla popular venezolana es el aumentativo ‘vainón’, que se refiere a un problema especialmente serio y delicado. “Por andar de chismoso se metió en un vainón”.
Colombia es una vaina

A partir del 20 de julio de 1810, cuando Colombia inició el proceso para liberarse de España, las nuevas clases sociales fueron desterrando la palabra ‘vaina’ hacia los estratos de bajo nivel cultural o educativo.
Hicieron de ella una especie de mala palabra. “Terminacho vulgar de baja estofa”, lo llamaban los eruditos de la nueva república.

Pero, tal como sucedió con la cucaracha en la historia humana, el vocablo resistió los chancletazos que le daban, los desprecios, las críticas.

Y logró sobrevivir cada día con más ímpetu.

Los primeros investigadores de ese fenómeno creyeron que el uso de ‘vaina’ se limitaba, simplemente, a las correndillas de gente que hablaba muy rápido, atropellándose, sin pensar mucho y sin darse tiempo para recordar la palabra exacta. “Deme ligero esa vaina”. Esa teoría, como es obvio, fue descartada con la misma rapidez.

Epílogo con diccionario propio

Hoy en día, Colombia es el país de América, y del mundo, donde esa vaina tiene más usos.

Es una de las pocas palabras nuestras que ha logrado pasar de una generación a la otra, de viejos a jóvenes, renovándose, y, por eso, en lugar de irse extinguiendo, está cada día más vigente.

Me atrevería a decir que es la más colombiana de todas las palabras. Y la más imprecisa.

Es indefinida e indefinible. No hay manera de agarrarla. Para incluir sus interminables variantes habría que escribir un diccionario completo. A continuación les mando algunas muestras:

Para saludar con cariño: “¿Qué hay de vaina?”.

Para buscar pelea: “¿Qué es tu vaina?”.

Si algo apesta: “Cómo huele esa vaina”.

Si algo huele delicioso: “Cómo huele esa vaina”.

Un buen libro: “Qué vaina tan buena”.

Una película aburrida: “Qué vaina tan mala”.

Contrariedad o disgusto: “A mí no me vengas con vainas”.

Gravedad: “Qué vaina tan delicada”.

Definición de un ser humano agradable: “Luis es una vaina”.

Definición de un ser humano desagradable: “Luis es una vaina”.

Invento gastronómico: “En la fiesta nos dieron una vaina que tenía arroz y carne”.

La más tajante, rotunda y categórica expresión colombiana: “Ni de vaina”.

JUAN GOSSAÍN
Especial para EL TIEMPO - Colombia.

DON QUIJOTE VUELVE A CASA


En castellano actual.

PUBLICADO EN EL TIEMPO - COLOMBIA
Qué libro nos llevaremos este verano a la playa o a la montaña, a la casita rural de la aldea esa que tanto nos gusta o como parte del equipaje que preparamos para conocer por fin Nueva York? Háganme caso, llévense El Quijote. ¿El Quijote? ¡Hombre, por favor que estamos de vacaciones…! Seguro que bastantes de ustedes, con patriótico esfuerzo, habrán intentado leer la famosa novela y se habrán sentido derrotados (¡como el propio don Quijote, especialista en derrotas!) antes de llegar a las primeras 100 páginas. Pero si se fijan bien, verán que lo que les ha echado para atrás no son las peripecias argumentales, que incluso siendo en parte conocidas ‒aunque la mayoría de ellas no tanto como se cree‒ son divertidas y retratan a una pareja genial, imborrable; no, lo que se convierte en un obstáculo insuperable es el lenguaje, lleno de palabros que ya no se usan y cuyo significado hay que buscar fastidiosamente en notas a pie de página, construcciones sintácticas enmarañadas, frases hechas de sentido ignoto, etc… Es como leer un libro parcialmente escrito en un idioma extranjero, pero con la humillación añadida de que deberíamos conocerlo porque es el nuestro.
Ilustración de Picasso
Bueno, pues ahora ese problema está resuelto. Con mucha paciencia y no menos ciencia, un estupendo escritor español, enamorado de los personajes cervantinos, ha reescrito por completo, sin omitir nada ni desvirtuar nada, la gesta de don Quijote en español actual. La tarea llevada a cabo por Andrés Trapiello (ed. Destino) es tan útil e inteligente que puede servir para que los lectores más renuentes que intenten escalar el gran libro se encuentren casi sin notarlo disfrutando de él. Esta versión de Don Quijote no desmerece en la estantería de los clásicos, pero también tiene su lugar en la mesa de novedades de cualquier librería. Miguel de Cervantes no escribió una obra de intrincado estudio ni un tratado de metafísica, sino una magistral novela para entretener y, de vez en cuando, según estemos dispuestos a ello, hacer pensar. Es un libro para pasarlo bien, no un castigo para llegar a parecer ‘culto’…
Me decía un amigo inglés que los extranjeros disfrutan y valoran más las piezas de Shakespeare que los nativos, porque no tienen que desentrañarlas en el anglosajón del siglo XVII sino en traducciones actualizadas, la mayoría de ellas llevadas a cabo por autores distinguidos. Y es que en una gran obra de arte hay que admirar su fuerza y colorido, no las manchas de polvo o humedad que el paso del tiempo ha ido depositando sobre ella. Ahora los lectores de España y de Hispanoamérica tienen la posibilidad de gozar con la imaginación cervantina no empañada por las borrosas huellas de los siglos transcurridos desde que se escribió.

Miguel de Cervantes
Versión de Andrés Trapiello
Editorial Destino
La versión de Andrés Trapiello no es por supuesto ‘mejor’ que la de Cervantes, ni tampoco ‘peor’ por más simplificada: es la misma, solo que más accesible. Porque don Quijote y Sancho Panza no son espinosas reliquias del pasado, sino compañeros de nuestra vida: pueden venirse a casa con nosotros y ‒¿por qué no?‒ incluso acompañarnos a la playa.
Fernando Savater
©FERNANDO SAVATER/EDICIONES EL PAÍS, SL 2015

FUNDACIÓN DEL ESPAÑOL URGENTE

Agencia EFEFundéu - BBVA
FUNDACIÓN DEL ESPAÑOL URGENTE

pub crawling 


es 


ruta de borrachera

Recomendación urgente del día
Las expresiones ruta de borrachera o ruta etílica son alternativas en español para referirse al anglicismo pub crawling.
En los medios de comunicación suele emplearse la expresión inglesa, además de pub crawl o simplemente crawl, para aludir a los recorridos en grupo, a pie o en transporte público, por los bares y pubs de una determinada ciudad o zona turística: «Este verano está muy de moda, entre los jóvenes turistas, el pub crawling», «Hace ya cuatro veranos que el Consistorio prohibió las rutas crawl» o «La patronal estima que el pub crawling se mueve en una situación de alegalidad».
En este tipo de actividad, sus participantes, generalmente turistas extranjeros, persiguen el único objetivo de beber hasta acabar saliendo del bar a gatas, lo que hace alusión a la principal traducción del verbo inglés to crawl: gatear.
En ocasiones las expresiones inglesas se usan para referirse no solo a una ruta concreta, sino, de forma más genérica, a ese tipo de turismo; en ese caso puede sustituirse por la expresión turismo de borrachera.
Así, en los ejemplos anteriores habría sido preferible escribir «Este verano están muy de moda, entre los jóvenes turistas, las rutas de borrachera», «Hace ya cuatro veranos que el Consistorio prohibió las rutas etílicas» o «La patronal estima que el turismo de borrachera se mueve en una situación de alegalidad».
Otras variantes de este concepto son bar tour y bar hopping, que podrían traducirse como ruta de bares.
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