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quinta-feira, 11 de fevereiro de 2016

NOTICIAS DEL ESPAÑOL

Javier Lascuráin (Agencia EFE)

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¿De verdad se está empobreciendo el lenguaje en los medios?


«Cada día se habla peor en los medios», «¡Qué lenguaje tan pobre!»... Estas y otras frases parecidas nos salen al paso cada día, ya sea en boca de estudiosos del idioma o de ciudadanos de a pie convencidos de la imparable decadencia del idioma y del decisivo papel que en ella juegan los medios de comunicación.

De la influencia de los medios en la evolución del idioma no le cabe ninguna duda a la Fundación del Español Urgente, promovida por la Agencia EFE y BBVA.
Su objetivo prioritario es precisamente aconsejar a los profesionales de la comunicación sobre el buen manejo del idioma partiendo del supuesto de que, cuanto mejor se escriba y se hable en periódicos, radios, televisiones, revistas y páginas web, mejor hablarán y escribirán los ciudadanos, que, también en lo lingüístico, se miran en el espejo de los medios.
Lo que ya ofrece más dudas es la conclusión, bastante generalizada, de que los medios llevan tiempo reduciendo su riqueza lingüística, usando cada vez un ramillete más reducido de palabras.
¿Habría un modo, más allá de las intuiciones —siempre personales, siempre subjetivas— de comprobarlo? Esa fue la pregunta que inspiró el proyecto Aracne, financiado por BBVA y desarrollado por la Fundación del Español Urgente y Molino de Ideas, una empresa especializada en el procesamiento informático del lenguaje.
Lo primero era definir un objeto de estudio abarcable. Tratar de demostrar con números si los periódicos de hoy están mejor o peor escritos que los de hace unas décadas es una misión casi imposible, entre otras cosas porque ese, el de lo bien y lo mal escrito, es un concepto en el que intervienen con seguridad factores más sujetos a la opinión que al dato.
Pero sí podíamos centrarnos en algo concreto y medible: en la variedad léxica o, dicho con otras palabras, la riqueza de vocabulario de los medios escritos.
Para medirla se ha seleccionado un corpus que comprende 5176 artículos de cuatros diarios españoles que han venido publicándose de forma ininterrumpida desde 1914 a 2014.
Son casi 85 000 frases y cerca de dos millones de palabras volcadas en una base de datos que asigna a cada vocablo una serie de parámetros precisos, desde sus características morfológicas a la posición exacta que ocupan en cada frase, artículo, ejemplar…
Una enorme tela de araña en la que la tecnología nos ha ayudado a tirar del hilo hasta llegar a una conclusión clara: los medios analizados no usan hoy un lenguaje menos variado (tampoco más) que hace diez, treinta o cien años; las variaciones de una década a otra son mínimas.
¿Por qué entonces parece tan extendida la percepción contraria? Seguramente haya algo de la sensación de que todo lo anterior —sobre todo si coincide con la juventud de quien lo juzga— era más puro y mejor.
También probablemente porque, como dice el psicolingüista Steven Pinker, «no conozco a nadie a quien no le interese el lenguaje». Y es que la lengua nos rodea, nos construye y es el cristal a través del cual observamos el mundo y nos observamos a nosotros mismos. Quizá por eso sentimos cada agresión al lenguaje como algo que nos afecta, que toca algo íntimo y propio, y eso nos hace sobrevalorar las afrentas.
En el camino hacia la conclusión central del estudio, muchos otros hilos han ido reclamando nuestra atención.
La gran base de datos creada para estudiar la variedad léxica nos ha permitido jugar con las palabras, ver con qué frecuencia aparecían en los medios en cada época, qué otras palabras solían acompañarlas.
Ver, por ejemplo, los cuadros de evolución de términos como comunismosocialismofascismo o democracia es una manera distinta y fascinante de acercarse a la historia reciente a través de las palabras que usaron los periodistas.
La gran tela de araña que hemos ido tejiendo en los últimos meses puede y debe crecer. Tirando de sus hilos, con habilidad y paciencia, podremos descubrir muchas más cosas sobre el lenguaje, los medios y los acontecimientos de las últimas décadas.
Quizá lo que averigüemos a partir de ahora confirme nuestras percepciones subjetivas de hablantes (y amantes) del idioma. O quizá, como en este caso, las desmienta.

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