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sexta-feira, 24 de junho de 2016

FRANKENSTEIN - 200 AÑOS


  •                                                                       MICHAEL NISSNICK en El Universal - Venezuela

                 OCHO CURIOSIDADES


  



Víctor Frankenstein, un joven estudiante suizo de la universidad alemana de Ingolstadt, se obsesiona con el misterio de la vida. Tras muchos experimentos, logra fabricar un ser vivo con restos de cadáveres, pero lo abandona horrorizado por lo que ha hecho. La criatura, tras sufrir el rechazo de los hombres, reprocha a su creador y le exige una compañera, a lo que Víctor se niega. Furioso, el ser se venga asesinando a sus seres queridos, lo que desata una delirante persecución que llega hasta la soledad de los polos árticos.

Este 16 de junio se cumplen doscientos años del nacimiento de uno de los grandes mitos de nuestro tiempo. Concebida en una noche oscura por una joven de 18 años tras aceptar una apuesta literaria, la novela “Frankenstein o el moderno Prometeo” se ha convertido en un referente atemporal de varios de los grandes temas de la modernidad.

Clásico del terror, novela pionera del género que luego se llamaría ciencia ficción, crítica de la revolución industrial, alegato contra la irresponsabilidad y el abandono infantil, exaltación del “buen salvaje”, advertencia sobre los peligros de la ciencia…el libro de Mary Shelley (1797-1851) es todo eso y acaso mucho más. Un monumento cultural imperecedero e inagotable, del que se explican varias curiosidades a continuación.

Erupción volcánica y cultural
En los primeros días de abril de 1815 tuvo lugar la erupción volcánica más devastadora de la que se tiene registro. El monte Tambora, ubicado en la isla indonesia de Sumbawa, liberó una cantidad de energía equivalente a cincuenta mil bombas atómicas de Hiroshima y causó la muerte de más de 80 mil personas. La nube de azufre, cristales y ceniza volcánica liberada por la montaña alcanzó el hemisferio norte poco después y provocó trastornos climáticos de tal magnitud que 1816 pasó a conocerse como “el año sin verano”. Se perdieron cosechas, hubo hambrunas, pandemias y nevó fuera de temporada en diversos sitios del mundo.

Pero junto a este panorama de devastación, la catástrofe también impulsó iniciativas de creación humana:

La debacle de la agricultura y la escasez de avena encarecieron el uso del caballo, lo que llevó al ingeniero alemán Karl Drais a diseñar un medio de transporte alterno. El resultado fue la Draisiana, antecesora de la actual bicicleta.

Los rojizos atardeceres causados por las partículas volcánicas dispersas en la atmósfera inspiraron los mejores paisajes del pintor británico William Turner, uno de los predecesores del impresionismo.

En el pueblito austríaco de Oberndorf, el intenso frío estropeó el órgano de la iglesia, por lo que el sacerdote del lugar y un amigo músico compusieron una canción que pudiera interpretarse en Nochebuena con el solo acompañamiento de una guitarra y la voz humana. Así nació “Noche de Paz”, el villancico navideño más difundido de la historia.

Y en Villa Diodati, una residencia ubicada a orillas del lago Leman, en Suiza, un grupo de jóvenes ingleses mataba el tiempo hablando de lo divino y lo humano. Era junio de 1816.

Velada terrorífica

Aquellos jóvenes estaban lejos de ser simples mortales. El propietario temporal de la Villa Diodati era Lord Byron, una de las máximas figuras de la poesía inglesa, quien estaba acompañado de su médico personal, John William Polidori. A comienzos de junio de 1816 se les unieron, entre otros, el también insigne poeta inglés Percy Bysshe Shelley, su amante y futura esposa Mary Godwin, de 18 años, y Claire Clairmont, hermanastra de Mary y amante de Byron.

Más allá de los diversos problemas de carácter político, moral y marital que impulsaron su salida de Inglaterra, el grupo buscaba divertirse, pasear por los alrededores y navegar en bote por el lago. Pero cuando esperaban un verano normal, encontraron nuevamente el invierno: en lugar de un clima soleado y agradable, se toparon con frío, lluvias constantes y oscuridad. Estaban en pleno “año sin verano”.

A Lord Byron y sus compañeros no les quedó más remedio que recluirse en la Villa a la espera de un mejor clima. Durante aquellas horas muertas se dedicaron a conversar sobre diversos temas de actualidad y a leer una antología alemana de cuentos de fantasmas traducidos al francés. El 16 de junio, animado por aquellos relatos, Byron propuso a sus invitados que cada uno de ellos escribiera la historia más terrorífica que se le ocurriera. De aquel reto solo dos relatos llegaron a buen puerto: Polidori redactó su cuento “El Vampiro”, cuyo protagonista, Lord Ruthven, parcialmente inspirado en Byron, se convertiría en el gran referente de todos los vampiros aristocráticos posteriores, entre ellos el Drácula de Bram Stoker.

Mary, por su parte, se retiró a dormir mientras pensaba en una posible historia y tuvo un sueño que años después describió de este modo: “Vi al pálido estudiante de artes impías arrodillado al lado de la cosa que él mismo había armado. Vi extendido el horrible fantasma de un hombre, y luego, a impulsos de alguna máquina poderosa, mostrar signos de vida y agitarse con movimientos torpes, como los de un ser vivo”. Al día siguiente, la joven empezó a escribir el que se convertiría en el quinto capítulo de “Frankenstein o el moderno Prometeo”, su obra maestra.

Mary finalizó la novela con la ayuda de su marido y la publicó de forma anónima dos años más tarde, en 1818. Posteriormente, debido al éxito del libro, la autora se animó a incluir su nombre, así como un prólogo explicativo, en la edición revisada de 1831, considerada desde entonces como la versión definitiva.

Los dos prometeos

El subtítulo de “Frankenstein” es “el moderno Prometeo”, ya que Mary Shelley buscó reinterpretar un famoso mito griego en clave moderna.

Prometeo fue un titán al que se le atribuye la creación de los primeros hombres con arcilla y agua. Cuando Zeus, el rey de los dioses, negó el fuego a la raza humana y los condenó acomer cruda la carne, Prometeo entró en secreto al Monte Olimpo, tomó una llama del carro del Sol y la bajó a la tierra oculta en un bulbo de hinojo. Zeus, furioso por la afrenta, sentenció al titán a permanecer encadenado en una roca del Cáucaso. Además, todos los días un águila le devoraba el hígado y éste volvía a crecerle por las noches.

En Occidente se considera a Prometeo el paradigma del benefactor-civilizador, ya que al robar el fuego a los dioses les trajo la tecnología y el progreso a los hombres. Mary Shelley, con gran olfato, intuyó que los científicos eran los Prometeos de la modernidad, y en su famosa novela buscó explorar los posibles alcances de esta nueva realidad, así como los peligros inherentes al empeño de “civilizar” y jugar a ser Dios sin medir las consecuencias.

Electricidad y vida

Desde pequeña, Mary Shelley vivió rodeada de intelectuales. Su madre, que murió pocos días después de darla a luz, fue Mary Wollstonecraft, una de las primeras escritoras feministas de la historia. Su padre, el filósofo anarquista William Godwin, reunía en su casa a las principales mentes científicas y literarias de la época.

Muchas de esas veladas giraban en torno a los avances científicos que entonces asombraban en Europa, en especial el impacto de la electricidad. A finales del siglo XVIII, los experimentos del italiano Luigi Galvani dieron cuenta de la naturaleza eléctrica de los impulsos nerviosos y musculares. Estos descubrimientos sentaron las bases de ciencias modernas como la neurofisiología, pero también dieron pie a una verdadera moda que hizo furor entonces. Científicos como Giovanni Aldini (sobrino de Galvani), Andrew Ure o James Lind, entre otros, recorrieron el continente y aplicaron corrientes eléctricas a cadáveres de criminales frente a perplejos auditorios. Dependiendo de la intensidad de la descarga, el cuerpo abría los ojos, contraía el rostro, levantaba los brazos o incluso se incorporaba por completo.

Estos espectáculos llevaron a pensar que la electricidad podía usarse con fines terapéuticos. O incluso para devolverle la vida a un fallecido. Según Mary Shelley, estos temas se discutieron en junio de 1816 durante las veladas de Villa Diodati: “Byron y Shelley sostuvieron muchas y prolongadas conversaciones, y yo fui oyente devota pero casi silenciosa de sus coloquios. Durante una de esas charlas se discutieron diversas doctrinas filosóficas, y entre otras la naturaleza del principio de la vida, y si existían probabilidades de que jamás fuese posible descubrirlo y comunicarlo (…) El galvanismo había sugerido cosas por el estilo: quizás fuera posible fabricar los elementos de una criatura, reunirlos e infundirles calor vital”, escribió Mary en el prólogo a la edición de 1831 de su famoso libro.

Pero curiosamente, aunque estas teorías influyeron en “Frankenstein”, la novela no ofrece grandes detalles del método usado por Víctor para darle vida a su criatura. En el capítulo 5 simplemente dice: “En una lúgubre noche de noviembre llegué al término de mis esfuerzos (…). Era ya la una de la mañana y mi candil estaba casi consumido cuando a su débil resplandor vi abrirse los ojos amarillentos de mi obra. Inspiró profundamente y un movimiento convulsivo le agitó las extremidades”. Por ende, esos laboratorios sofisticados y repletos de toda suerte de aparatos, botones y palancas pertenecen más a la ficción cinematográfica que a la literaria.

Un castillo y sus misterios                                                                 

A estas alturas ya es redundante precisar que “Frankenstein” es el nombre del científico y no el de su criatura, como aún se tiende a creer. Para el origen de dicho nombre se han propuesto diversas teorías. Significa literalmente “piedra de los francos”, en alusión al famoso pueblo bárbaro que conquisto buena parte de Europa Occidental a comienzos de la Edad Media. En Alemania y Polonia el término designa a varias localidades y edificios.

Uno de ellos pudo ser la inspiración del famoso nombre. Según el historiador rumano Radu Florescu, podría tratarse del castillo Frankenstein ubicado al sur de la ciudad alemana de Darmstadt. Aunque no hay constancia de ello, Mary y Percy Shelley pudieron visitarlo en 1814 y oír historias acerca de su inquilino más célebre, Conrad Dippel.

Nacido en 1673, Dippel era teólogo, alquimista y ocultista. Se le atribuye la invención del Azul de Prusia, con diversos usos industriales hasta nuestros días. Obsesionado con el misterio de la vida, robaba cadáveres del cementerio cercano para experimentar la transferencia de almas entre los cuerpos. Llegó a comercializar el llamado “aceite Dippel” para alargar la vida. Dicha sustancia, hecha con huesos de animales, sangre y otros fluidos, se utilizó en la práctica como antiséptico y desnaturalizador de alcohol. Dippel murió en 1734 tras experimentar en su propio cuerpo. De inmediato se rumoreó que había vendido su alma al diablo. Aunque Mary no menciona a este personaje en sus escritos, más de una sospechosa similitud salta a la vista.

Con respecto al castillo Frankenstein, hoy en ruinas, se ha beneficiado de su asociación con la novela de Mary Shelley. Desde 1976 sirve de sede al festival de Halloween más importante de Alemania y uno de los más grandes de Europa.

Monstruos diferentes

Cabeza cuadrada, pelo apelmazado, cejas gruesas, electrodos (no tornillos) en el cuello, andar errático y lenguaje ininteligible. Buena parte de la idea que el público actual tiene de la criatura de Frankenstein se debe a la influencia del cine, ya que el ser descrito por Mary Shelley en su libro dista mucho de esa imagen. Para empezar no tiene nombre, como ya se precisó antes. Víctor (principal voz narradora del libro) se refiere a él como “demonio”, “criatura”, “monstruo” o “diablo”, entre otros apelativos.

La autora lo describe de esta manera: “Su piel amarillenta apenas cubría la red de músculos y arterias, su cabello era lustroso, negro y ondulado, sus dientes de una blancura de marfil. Pero todas estas cualidades no hacían más que aumentar el contraste con sus ojos clarísimos casi incoloros, su tez arrugada y sus labios estrechos y oscuros”. Asimismo, contra el cliché cinematográfico, está lejos de ser torpe, pues, pese a su casi dos metros y medio de altura, es capaz de moverse con agilidad y dar grandes saltos.

Pero quizás la principal diferencia con la imagen fílmica concierna a la personalidad de ser, ya que el personaje de Shelley es muy inteligente, aprende rápido y habla fluidamente. De hecho, seis extensos capítulos (del 11 al 17) están dedicados al relato que el monstruo le hace a Víctor Frankenstein de sus desventuras. Asimismo, la cultura no le es ajena, pues en la novela se menciona que lee libros como “Meditaciones sobre las revoluciones de los imperios” del conde de Volney, las “Vidas paralelas” de Plutarco, “las desventuras del joven Werther” de Goethe y “El Paraíso Perdido” de John Milton. Nada más alejado del energúmeno balbuceante de la pantalla.

Don Quijote en el laboratorio

“Para hablar a lo Sancho, todo debe tener un comienzo”, escribió Mary Shelley en el prólogo a la edición de 1831 de "Frankenstein”. Esta referencia al escudero de Don Quijote está lejos de ser casual. Mary quedó fascinada con la novela de Cervantes cuando leyó una traducción inglesa con su entonces amante Percy Shelley en 1816. Posteriormente aprendió español y se convirtió en experta en la literatura de ese país. Incluso escribió semblanzas de grandes figuras culturales españolas para una enciclopedia inglesa.

Pero el asunto no termina aquí. El escritor español Santiago Posteguillo afirma que pueden hallarse influencias de “Don Quijote” en la obra de Shelley. Desde el uso de múltiples narradores (el capitán Walton, Víctor Frankenstein y la propia criatura) hasta la historia de la joven turca Safie y su padre en el capítulo 14 de “Frankenstein”, que algunos críticos consideran una reelaboración del famoso “relato del cautivo” que puede leerse en los capítulos 39, 40 y 41 de la primera parte de las aventuras del caballero andante.

En la pantalla

Desde su publicación en 1818, “Frankenstein” gozó de gran popularidad entre el público y no tardó en adaptarse a otros medios. En 1823 se estrenó la primera de las muchas versiones teatrales que la novela tendría a lo largo del siglo XIX. La invención del cine no hizo sino continuar la buena racha. Hasta la fecha son cerca de noventa las películas centradas en el científico suizo y su criatura.

El primer film de “Frankenstein” llegó a las pantallas en 1910 y fue producido por Thomas Alva Edison. Dura menos de 13 minutos y tiene grandes diferencias con la original, ya que Víctor Frankenstein es mostrado como un mago que crea al monstruo (encarnado por Charles Ogle) en una suerte de caldero mágico. Durante más de medio siglo la cinta se consideró perdida hasta que a mediados de los 80 un coleccionista privado reveló poseer la única copia conocida. Hoy puede verse en Youtube.

Pero sin duda la adaptación cinematográfica más conocida fue la producida por los estudios Universal en 1931, la cual sentó las bases de la imagen que hasta hoy el público tiene de la criatura, a la que dio vida Boris Karloff gracias al trabajo de maquillaje de Jack Pierce. La cinta dirigida por James Whale también introdujo al criado jorobado (que no figura en la novela) y legó a la historia del cine escenas de antología como la de la niña en el lago y aquella en la que Víctor Frankenstein (Colin Clive) exclama emocionado: “Está vivo, está vivo”. Karloff repitió su papel en “La novia de Frankenstein” (1935) y en “El hijo de Frankenstein” (1939).

Otras películas célebres son la británica “La maldición de Frankenstein” (1957) que supuso la primera incursión del fallecido Christopher Lee en el cine de terror, y “Frankenstein de Mary Shelley” (1994), una de las adaptaciones más fieles del libro, dirigida y protagonizada por Kenneth Branagh y con un impresionante Robert De Niro como la criatura. El año pasado se estrenó en Venezuela “Víctor Frankenstein”, con Daniel Radcliffe como el jorobado Igor.

Asimismo, cabe destacar dos películas centradas en las veladas de Villas Diodati: “Gothic” (1986), del británico Ken Russell, y “Remando al viento” (1987), dirigida por el español Gonzalo Suárez.

Twitter: @mhnissnick

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