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quinta-feira, 7 de julho de 2016

DRAE

La RAE anuncia el fin del diccionario tradicional

• DIÁLOGO CON DARÍO VILLANUEVA, DIRECTOR DE UNA INSTITUCIÓN QUE ENFRENTA CAMBIOS REVOLUCIONARIOS
El tres veces centenario faro de la lengua castellana seguirá “limpiando, fijando y dando esplendor”, pero a partir de su futura edición desde una plataforma digital (la edición en papel será subsidiaria).


Por: Patricia Biurci


VILLANUEVA. “Se cree que un producto publicitado en inglés es mejor. Eso implica un complejo de inferioridad”.
Enviada especial a Madrid - "A veces se ríen de nosotros porque dicen que parece el lema de un detergente", sostiene Darío Villanueva, el director de la Real Academia Española, al explicar la locución que guía a esa institución desde su creación en 1713: 'Limpia, fija y da esplendor'. La máxima autoridad desde 2014 del organismo que oficia de faro para los hispanoparlantes dialogó con este diario sobre algunos temas de actualidad en el manejo del lenguaje. Anticipa también el fin del diccionario tal cual lo conocemos.

Periodista: ¿Cómo se deciden las actualizaciones o el nuevo uso de palabras?

Darío Villanueva:
 Somos 46 académicos que nos reunimos todos los jueves del año; primero en sesiones simultáneas y luego una sesión plenaria, y revisamos siempre. Cada vez que sale el diccionario, empezamos un proceso de revisión continua. Y ese proceso ahora lo hacemos teniendo en cuenta datos objetivos. Trabajamos sobre una palabra e inmediatamente recurrimos a un corpus de 300 millones de formas y sabemos dónde se usan esas palabras, qué significado tienen, en qué contexto aparecen, qué frecuencia de uso tienen, etc.

P.: ¿Cómo se deciden a incorporar una palabra?

D.V.:
 Fundamentalmente por extensión y frecuencia en el uso. Aquí hay un problema: el diccionario ahora, desde el primero que se publicó en 1726 hasta el último, que es la vigésimo tercera edición de 2014, ha sido siempre un libro, con su limitación de espacio. Cabe lo que cabe en sus páginas. En esta última versión ampliamos la tipografía hasta más de 20 millones de matrices tipográficas, y en consecuencia pudimos alcanzar unas 93.300 palabras distintas en torno a unas 200.000 acepciones. Ahora estamos trabajando en la nueva edición, que va a ser revolucionaria porque no será ya un libro, también digitalizado que ofrecemos en la red, sino que a partir de ahora el diccionario será digital desde el origen. El libro vendrá después, pero la base será digital. En consecuencia, una base digital no tiene limitaciones de espacio, podemos meter todo lo que queramos. Muchas palabras que ahora no entran podrán incorporarse.

P.: ¿Hasta dónde se flexibiliza la aceptación, en función de dos cuestiones: los términos en idioma inglés y los que aporta la tecnología ?

D.V.
: Eso nos lleva al tema de los extranjerismos, y especialmente a los anglicismos. Para esto también interviene el criterio de frecuencia de uso y de extensión en el uso. Hay palabras en otros idiomas que los hispanohablantes utilizamos continuamente, y esas palabras tienen que aparecer en el diccionario. Hay diversas maneras de hacerlo, en algunos casos está la posibilidad de que la palabra se traduzca, que se busque una equivalencia en castellano y que su uso arraigue. El problema está en que la gente acepte ese modo de adaptación. Si no lo acepta, es inútil luchar contra ello porque la lengua es propiedad de la gente que la habla. Entonces se incluyen palabras en inglés. Esto es un proceso. 

P.: ¿La Real Academia manifiesta su preferencia?

D.V.:
 Recomendamos evitar los anglicismos innecesarios. Por ejemplo, llevamos bastante tiempo diciendo que nos parece un error utilizar el término e inglés tablet para referirse a lo que en español debemos llamar tableta. Usar esa palabra en inglés genera confusiones; la primera, la del género. Y luego el plural. Con la palabra tableta se acaban los problemas: es femenino y el plural es tabletas. Sin embargo, hay gente y publicitarios que sigue escribiendo tablet. Lo que hacemos es poner ejemplos como éste para ver si convencemos a la mayoría de la gente. En publicidad cada vez se utilizan más palabras en inglés para vender productos a los hispanohablantes. Hemos tratado el tema con la Academia de Publicidad.

P.: Pero los publicistas tienen la última palabra...

D.V.: 
Sí, sobre todo los anunciantes, porque la empresa publicitaria hace lo que el anunciante le paga. Existe la confusión de que un producto publicitado en inglés es mejor que en español. Lo cual implica una especie de complejo de inferioridad.

P.; Pero eso es usual en el habla, no sólo en los avisos...

D.V.: 
Eso es la presión fuerte que tenemos del inglés como lengua de prestigio, de poder. La lengua que ganó la Segunda Guerra Mundial, la lengua de los negocios.

P.: ¿Cual es la opinión de la Academia sobre lo que los políticos llaman el lenguaje sexista?

D.V.:
 Esto tiene que ver con un fenómeno más amplio y complicado, que es el de lo políticamente correcto. Nos llegan muchas quejas de sectores que consideran que alguna palabra que se usa efectivamente, es una palabra ofensiva. Un ejemplo: la Asociación Española contra el cáncer ha protestado porque la palabra cáncer, en nuestro diccionario, tiene como primera acepción, adjetiva, 'persona del signo zodiacal de Cáncer'; la segunda es la enfemedad; la tercera es el tumor concreto; y la cuarta viene a decir algo así como: 'cualquier desorden que afecta gravemente a la vida social'. Y pone un ejemplo: la droga es el cáncer de la sociedad. La asociación decía que era ofensiva para los enfermos de cáncer. Ahí no podemos hacer absolutamente nada, porque esa acepción no la ha inventado la Real Academia. El diccionario no puede recoger solamente las palabras bonitas o buenas. Hablamos para portarnos bien, para ser corteses, pero también para insultar y ser canallas, y el diccionario tiene que recoger lo uno y lo otro. El asunto del lenguaje sexista tiene que ver con comportamientos y conductas. El lenguaje no es sexista hasta que no es utilizado en sentido sexista. Y el problema mayor en confundir el lenguaje sexista con la gramática de la lengua. Hay idiomas donde el género inclusivo es el femenino. En el español es el masculino. Si decimos ciudadanos, hay que entender que decimos ciudadanos y ciudadanas. Ahí está el problema con los famosos dobletes. Porque él lenguaje es un verdadero ecosistema, un sistema de equilibrios. Un ejemplo claro: una ministra de un gobierno anterior se hizo my popular porque en una reunión empezó con el vocativo 'miembros y miembras'. Si aceptamos que un hombre es miembro y una mujer es miembra, a partir de ese momento a un brazo hay que llamarle miembro, pero a la pierna hay que llamarla miembra. Es así, cualquier decisión que se tome intentando manipular la gramática.... Ahora, yo estoy absolutamente en contra del mensaje sexista, que es la utilización de adjetivos ofensivos, de expresiones que el idioma tiene y que son absolutamente insultantes para la mujer. Otro ejemplo; en el español un hombre público es un político y una mujer pública es una prostituta. Eso sí que es sexismo lingüístico. 

P.: En la Argentina se discutió 8 años si decir presidente o presidenta...

D.V.:
 Nosotros aceptamos presidenta, aunque en buena ley gramatical no sería necesario. Lo que los lingüistas llaman morfema de género en nuestro idioma es la 'o' para el masculino y la 'a' para el femenino. Por lo tanto la 'e' es un morfema neutro. Finalmente se ha acabado imponiendo el uso de la 'a', entonces se dice la jefa, la presidenta, etc. En el caso de ministra es evidente, porque ministro lleva la o. Claro, el idioma es muy curioso. En español existía el uso de la palabra embajadora, pero embajadora significaba la esposa del embajador. En cambio hoy, embajadora es la embajadora, porque hay muchas embajadoras.

P.: Quizá donde se marca la discriminación para algunos sectores, es en que el género inclusivo sea el masculino...

D.V.: 
Si, es así. La postura que nosotros mantenemos es la postura gramatical. En principio, gramaticalmente hablando, el género inclusivo en castellano es el masculino. Ahora bien, por razones de cortesía, desde siempre se ha dicho a comienzo de una conferencia 'señoras y señores'. Esta sensibilidad, que puede que se acabe imponiendo, convertiría los discursos en algo agobiantes. Si cada vez que se menciona una colectividad se utiliza el doblete, la cosa se hace muy pesada. Porque además hay que ver las consecuencias que esto tiene. Por ejemplo, en un discurso, el líder del Partido Socialista empezó diciendo "estamos todos y todas reunidos aquí para elegir..." En buena ley habría tenido que decir "estamos todos y todas , reunidos y reunidas", y así sucesivamente... La coherencia absoluta en los dobletes convierte al discurso en una especie de carrera de salto de vallas.

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