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segunda-feira, 18 de julho de 2016

RAE

Fachada de la Real Academia de la Lengua/J.L. De Diego/Dominio Público

Los ingenieros del idioma

Por Juan Pablo Sánchez Vicedo, @jpsVicedo
Mucha gente cree que la Real Academia Española es a las palabras lo que la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre a los sellos: una factoría donde el lenguaje se fabrica antes de ponerlo en circulación. La confusión está tan difundida que afecta a personas tanto cultas como iletradas. Lo cierto es que la lengua evoluciona en la vida cotidiana, los lingüistas la estudian y, mejor o peor, intentan sistematizarlo. Digo que lo intentan porque el idioma es un sistema complejo. Si pensamos en el léxico y nos centramos en el español, cabe señalar, si queremos ser realistas, que el campo es inabarcable y que el diccionario es un afanoso intento por acotarlo.
Se ha dicho que la RAE es la más popular de las academias, y es verdad. Tan popular que mucha gente no conoce otra academia que la de la lengua. La Real Academia de la Historia, la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, la Real Academia de Ciencias Físicas, Exactas y Naturales, la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, la Real Academia Nacional de Medicina, la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación y la Real Academia de Farmacia son desconocidas por casi todos y, si preguntáramos en la calle, probablemente nadie sabría decirnos el nombre de uno solo de sus miembros. Estoy convencido de que sería más fácil obtener el nombre de un académico de la lengua, pasado o actual, vivo o muerto, por razones propias o ajenas a cualquier cuestión lingüística. La RAE es popular porque el objeto de su razón es universal: casi quinientos millones de hablantes usamos la lengua española y participamos en su evolución, que la experiencia ha demostrado espontánea aunque algunos quieren negarlo.
La pretensión de transformar la sociedad forzando el idioma se basa en el prejuicio mencionado al principio de este artículo y se complementa con la absurda idea de que los académicos defienden intereses espurios. Algunos políticos adeptos de la ingeniería social creen que cambiando el idioma se modificará la conducta de las personas. ¿Cómo lograr el cambio con el que nos comportaríamos a su gusto? Podando el diccionario de voces tenidas por perversas. Los académicos veteranos están cansados de recibir sugerencias e incluso exigencias de proscribir palabras y acepciones peyorativas que ofenden a algunas personas. Hay muchos ejemplos. Hace años el Ayuntamiento de Alicante quiso que la RAE eliminara el sustantivo «alicantina» porque tiene el significado coloquial de una treta, astucia o malicia con que se pretende engañar. Es más reciente el jaleo que miembros de una asociación de gitanos formaron frente a la sede de la Academia, con pancartas y todo, porque el diccionario recoge entre las diversas acepciones del adjetivo «gitano, na» la de trapacero, es decir: el que con astucias, falsedades y mentiras procura engañar a alguien en un asunto.
Recuerdo un viejo artículo de Fernando Lázaro Carreter explicando que el diccionario procura recoger la realidad del léxico, incluso la reprochable, y que no se combate la fealdad destruyendo los espejos que la reflejan. Pero de nada sirven las explicaciones al que se niega a escucharlas. En Twitter hay acusaciones de racismo, machismo, clasismo y otros vituperios contra la RAE porque le atribuyen la autoría de las expresiones racistas, machistas y clasistas de nuestro idioma, que en esto no es muy distinto de los demás.
Ahora hay un feminismo rabioso que confunde el sexo con el género gramatical y libra una batalla en el campo del idioma. Para ganarla quiere diseñar una gramática que acabe con lo que supone normas patriarcales. Así, habría de sancionarse el desdoblamiento de género para que digamos «los ciudadanos y las ciudadanas», «los niños y las niñas», «los miembros y las miembras», etc. Por ese camino lo más que puede lograrse es una jerga de politicastros ajena al hablante común, una lengua de laboratorio que pondría a prueba el sentido del ridículo de los ministros, de los concejales, de los rectores y de todo el que se obligara a usarla para darse tono. Los humoristas tendrían en ella un filón pero la gente seguiría hablando con la economía de recursos que ha usado toda la vida.
La Real Academia Española es un exigente centro de trabajo con varios niveles de competencia en el que los académicos ocupan el más conocido. Presentarla como una reunión de tíos con frac que se confabulan para fastidiar a las mujeres, a los gitanos, a los alicantinos, a quien sea, es trazar una caricatura y da un poco de vergüenza tener que rebatirla, pero así está España: contaminada por una corrección política que está llegando demasiado lejos.

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