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terça-feira, 11 de abril de 2017

A SIMPLE VISTA


Para qué sirve un lapicero




Lo primero que reconoce alguien que tiene la manía de subrayar sus libros es algo que sabía de pequeño y olvidó de mayor: que hay lapiceros que no valen ni una mierda. Que los lápices del Ikea, pongamos, son una auténtica calamidad y que no hay nada como un Staedtler de esos amarillos y negros. Con una punta con la que puedes ir a la batalla del abismo de Helm, clavarle una estaca a Drácula o atracar un banco.
De los primeros yo mangaba un montón cada vez que iba a la tienda de la multinacional sueca, como si mangara algo. Era llegar el sábado por la tarde, entrarme el ansia y decirme mi chica: «Otra vez allí, no». Me compraba un mueble nórdico sólo para llevarme un montón de lapiceros pequeños en los dos bolsillos.
De los segundos iba a escribir que los he mangado del periódico. Pero ya es lo que me faltaba: que el director llamase a mi madre.
Para escribir bien hay que leer mucho, pero yo creo que para leer mejor hay que ir subrayando. Tener un lápiz a mano como Harry El Sucio tenía un revólver Smith & Wesson. Porque nunca se sabe y se puede liar en cualquier párrafo.
Si las bibliotecas hablan de lo que realmente son sus dueños, el interior de los libros ya ni te cuento. Hay que ver cómo queda un ejemplar que estaba impoluto después de haber sido trasegado por su dueño. Si tiene las esquinas dobladas o lisas. Si tiene muchos subrayados y en qué consisten. Si tiene anotaciones al margen y qué dicen. Si ha sido arrancada alguna página. Si el libro tiene manchas sospechosas o no. Y, claro, hay que ver de qué son esas manchas.
(...)
George Steiner siempre lee con un lapicero en la mano, lo mismo que un carpintero se lo pone encima de la oreja. Cuentan que Julio Cortázar subrayaba como un loco y escribía en los márgenes de los libros, muchas veces para poner a parir lo que leía. Al final de una antología de Breton, dejó anotado: «Merde!». En la primera página de Paradiso, preguntaba con bolígrafo rojo: «¿Por qué tantas erratas, Lezama?». En su ejemplar de El arco y la lira, de Octavio Paz, apostillaba: «Te bandeás, Octavio».
Cuando Cortázar se puso a leerse Andamos huyendo Lola, de Elena Garro -la primera esposa de Paz-, no pudo ser más sincero con aquel libro y consigo mismo: «Abandono en la página 76. No hay derecho a escribir tan mal».
Uno subraya para sí mismo. O más bien subraya para el que será dentro de unos años; ese día en que, como en Regreso al futuro, avances hasta un lugar en el que ya estuviste y te encuentres un mensaje que un día enviaste -no sé si me explico- para el tipo que serías en el porvenir. Uno subraya para ser mejor.
En uno de sus aforismos, Karl Kraus decía: «Hay imitadores que son anteriores a los originales. Cuando dos tienen una idea, ésta no pertenece al primero que la tuvo sino al que la tiene mejor».
Subrayar. Incluso aunque a veces no te sirva para nada. Tomar notas al margen. Morder el libro. Arañarlo. Marcarte a ti mismo de por vida. Uno subraya para sí mismo pero también para los que vengan detrás. Para no olvidarse. Para no dejar pasar. Y para ver si los de Ikea hacen mejor los lapiceros de una puta vez.
Una frase subrayada. Releída el otro día. En las Greguerías de Ramón Gómez de la Serna: «En las cajas de lápices guardan sus sueños los niños».

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