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segunda-feira, 16 de novembro de 2015

LITERATURA HISPANOAMERICANA

En defensa de la literatura hispanoamericana

Gabrielle van Welie
Es una mala costumbre hispanoamericana poner por encima de nuestra propia lengua la lengua del negocio. Por ello leí Shakespeare antes de Cervantes, Hemingway antes de García Márquez y Sylvia Plath antes de Gabriela Mistral. Allende, Borges, Cortázar, Bolaño, Esquivel y García Lorca llegaron a mí después de miles de páginas anglosajonas que, aunque expresaban maravillosamente un sufrimiento o un amor universal, no me ayudaron a formar una identidad.
Por mucho tiempo la forma escrita de nuestro idioma me resultaba cursi, exagerada, una telenovela. Leíamos los textos en clase de español por encima, sin absorber el lirismo ni las metáforas que dependen tanto de ser leídas con cariño. Personalmente me esmeré en manejar el inglés, en estudiar fuera para desarrollarme en el idioma en el que me sentía más cómoda. No fue hasta que me percaté de que mi voz narrativa era mucho más contundente en mi idioma natal que me decidí por establecerme como una escritora hispana por encima de una escritora anglosajona. Esto fue sin importarme los niveles de popularidad que puedan traer consigo una cosa o la otra, pero eso no cambia que en su momento mi realidad fue la de opositora del español.
Pero una mano uruguaya me rescató. Buzón de tiempo, un librito de cuentos y poemas de Mario Benedetti fue el primer conjunto de palabras hispanas que me enamoraron. Lo que me llamó la atención de la literatura hispanoamericana es lo autentica que puede llegar a ser. En inglés los textos están construidos para satisfacer las necesidades del público general. Lo que vende son historias fantásticas o historias desasociadas con la realidad cultural o social de su país de origen. Sin embargo, los textos hispanoamericanos que originalmente salieron a flote como golpes de estado literarios en respuesta a la falta de levantamientos reales, hoy por hoy conservan la misma esencia cultural, política y social que antes conmovió a generaciones oprimidas.
Ahora vivimos en un mundo americanizado donde nos preocupamos más por estar al día con las tendencias anglosajonas que con las nuestras. Lo que no creo es que nos hayamos vuelto sordos y ciegos a los llantos y estruendos de nuestros pueblos. Lo que sí es indiscutible es que hemos dejado huérfana a nuestra literatura, siendo el bestseller del New York Times el que nos mueve en cantidades a las decadentes librerías. Decía el sociólogo Walter Benjamin, perteneciente a la Escuela de Frankfurt, que las sociedades modernas tienden a valorar la inversión monetaria de las obras de arte por encima de la calidad real del arte misma. Igualmente ignoramos las obras literarias enmarcadas por nuestras casas editoriales que rara vez tienen la posibilidad o los recursos para presentarnos una publicación que sea tan físicamente llamativa como las impresas por editoriales anglosajonas, asumiendo que la calidad del autor es equivalente a la calidad de la impresión.
Todo esto es para decir que nos debemos como hispanohablantes darle su lugar a nuestra literatura. No podemos ser la generación que no sepa contarle a sus hijos lo que significa ser hispano. ¿Cómo podríamos explicar quienes fuimos sin los Buendía de García Márquez? ¿Cómo pudiésemos desarrollar tal hermandad entre países si no fuera porque la Maga argentina de Cortázar y la Susana San Juan mexicana de Rulfo son la misma? ¿Qué sentido de nuestra propia justicia tendríamos si no fuese por los tristemente implacables detectives salvajes de Bolaño? Y, finalmente, ¿Qué hubiese sido de mí sin que Benedetti me demostrara lo hermosa que puede llegar a ser nuestra lengua?
No es solo que seríamos incultos e ignorantes, pero también estaríamos traicionando a nuestro propio hogar. Darle voz y apoyo a la literatura es una de las formas más rápidas de generar un sentido de patriotismo. Es más fácil sentirse orgulloso de las grandes y creativas mentes que de políticos o empresarios que tienden a cambiar de bando y de parecer. Lo que hace falta es usar la literatura para poner lo mágico de vuelta en nuestra muchas veces triste realidad.

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