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terça-feira, 24 de julho de 2018

MIGUEL DE UNAMUNO


Don Miguel de Unamuno | Cordon Press

Unamuno, demagogia, "demagogía" y pedagogía

Don Miguel diferencia el término 'demagogía', o educación del pueblo, de 'demagogia', su deformación consistente en manipulación interesada del pueblo


No se le escapó a Miguel de Unamuno el significado original y etimológico de "agogía", conducción y dirección de algo, que hacía a los pedagogos artesanos, alguna vez artistas, de la educación de los niños, del ejercicio de hacerlos crecer como personas. Educar tiene también la común relación de parentesco con ducere: 'conducir'; y educere: 'sacar afuera', 'criar'. Lamentablemente, cuando la demagogia une demos, pueblo, y agogia, aunque se supone que su primer sentido apunta a la conducción o jefatura del pueblo, en realidad, se refiere históricamente a la perversión de pueblo y conductor, a la degradación de ambos.
Unamuno, en su ensayo sobre la educación que prologa la obra sobre el tema de Carlos Octavio Bunge, distingue entre demagogia y demagogía para diferenciar el sentido de lo que era propiamente educación del pueblo de su deformación consistente en manipulación interesada del pueblo. De este modo, demagogía sería pedagogía del pueblo, un arte mayor. Él mismo se sintió atraído por esa nueva idea de demagogía hasta el punto de confesar —siempre fue más sincero que otros pensadores—, :
"Tengo mi cátedra, procuro en ella, no sólo enseñar la materia que me está encomendada, sino disciplinar y avivar la mente de mis alumnos, obrar sobre cada uno de ellos, hacer obra pedagógica; pero no desperdicio ocasión de hacerla demagógica, de dirigirme, ya por la pluma, ya de palabra, a muchedumbres, de predicar, que es para lo que acaso siento más vocación y más honda."
De todos modos, Unamuno parece aseverar que en la educación de los individuos y los pueblos, tan importante puede ser el pedagogo como el demagogo, Los políticos, hombres demosténicos, movedores de muchedumbres mediante la demagogia, acusan a los pedagogos de perder el tiempo y los pedagogos de lo mismo a los políticos. En mi opinión, su obsesión "etimológica" no contribuyó a esclarecer del todo su posición ante la demagogia como degeneración democrática.
Tómese nota de este texto, que se encuentra en su conferencia sobre ser Rector en España de 1914, como ejemplo de esta ambigüedad: "La política ha de ser, ante y sobre todo, pedagogía, demagogia más bien, aunque esta voz haya sido injustamente mancillada. Mas las desgraciadas banderías electoreras que nos desgobiernan carecen de política pedagógica o de pedagogía política, es decir, carecen de política por carecer de ideales a falta de ideas."
Sin embargo, a continuación define que "la más profunda inmoralidad de un político estriba en carecer de ideas, en no tener un concepto normativo y claro de lo que ha de ser el Estado, y de su finalidad y destino. Para un político llega a ser mucho más inmoral que robar del tesoro público supeditarlo todo a allegar votos, a lograr el poder o la jefatura —¡ y a las veces, por qué medios !—… Eso es vender el alma a un poder más tenebroso que el mismísimo demonio. Mejor que eso..., ¡robar! ¡Antes robar que caer en esa pordiosería". Parece estar contemplando la España actual desde su tumba. ¿O no?
La relación directa entre democracia y demagogia es puesta de manifiesto una y otra vez por Unamuno. En su trabajo Mitología y demagogia, incluido en sus nuevos Arabescos en el tomo titulado Meditaciones y otros escritos de sus Obras Completas ( editado por Vergara sobre la edición de Afrodísio Aguado), Unamuno expresa que la democracia conlleva el culto a la incompetencia porque "es el gobierno de los oradores. O, si usted quiere, de los demagogos. Es decir, que la democracia suele ser demagogia, en el sentido primitivo y más etimológico de este vocablo. Y el demagogo, el conductor de muchedumbres —¿a dónde?—, suele ser un político que se asigna su propio lugar adecuado, su "right place".
Por ejemplo, al considerar el esfuerzo de llevar el teatro al pueblo que hacía La Barraca de García Lorca y otros, dice haber asistido "a las representaciones que los jóvenes estudiantes de la Barraca, dirigidos por el de veras joven García Lorca, van dando por lugares chicos y grandes, como había asistido a las de las Misiones pedagógicas. Hondo movimiento, no sólo pedagógico, sino en el derecho sentido de la palabra —no en el pervertido— demagógico, esto es: político".
En este contexto, Unamuno parece considerar que el pueblo, de algún modo, ama la demagogia, la espera, la desea. Como en el teatro y los cuentos, el público quiere que se repitan las historias ya conocidas, "tanto pedagogos como demagogos, guiadores de niños y de pueblos, aprendiendo de aquellos a quienes tratan de enseñar, aprendan el cuento que hay que contar a diario y dejen el hastío de la vida, que pasa al quedarse —se queda al pasar—, que se renueva al repetirse —se repite al renovarse—; " De hecho, los demagogos son pedagogos del pueblo, 'otros niños'", sentencia.
Él mismo, a veces, parece desesperar de la democracia y alude a una imposición "liberal" de la cultura, un despotismo liberal, para que el pueblo pueda sacudirse de "los traductores de rebuznos " que pretenden gobernar desde las opiniones de un pueblo analfabeto y del sistema "desmembrativo" ligado al federalismo.
Unamuno se pregunta cómo se fragua la opinión pública y se responde que lo hace desde las opiniones de la minoría, la única parte capacitada de la nación para marcar el rumbo político, y que es opinión publicada en los diarios. Otra opinión que no se fragüe así es demagogia y no democracia.
No es tan definitivo como Ortega a la hora de la condena de la demagogia en sí misma como degeneración intelectual y divide a ésta en roja y blanca, pareciendo considerar —no lo explica—, que la roja es la demagogia de los progresistas y liberales y la blanca, la de los tradicionalistas. Tan demagogia es la una como la otra, cierto, pero ataca fieramente a la blanca "que se apoya en los votos de los que no leen ni periódicos ni otra cosa alguna".
El público al que se dirige esta demagogia blanca es la "beocia", la masa de tontos y estúpidos que en una nación existen y que recuerdan el retraso de aquella región griega respecto a la floreciente Atenas. "La beocia no opina, ni lee periódicos, ni aun vota —se firman las actas con supuestos votos—; mas cuando la caldean alguna vez se tira al monte. La beocia aborrece por instinto todo lo que se sale de su nivel, y todo lo que se aparta del cauce en que viene corriendo su pensamiento muerto, las apariencias de ideas que le han alojado en el cerebro, y es ese instinto de demagógica nivelación espiritual lo que atizan en ella los servidores de la tradición estancada.
Uno de los hallazgos de Unamuno, que vivimos de manera particularmente intensa en la España de hoy, es la demagogia que llamaremos "judicial", la desconsideración de toda presunción de inocencia por la obsesiva inclinación a ser jurado. Tomando la comedia de Aristófanes Las Abejas como referencia, destaca la manía de juzgar "y más que de juzgar, de condenar", que había hecho presa en los atenienses. De hecho, Unamuno consideraba que el ostracismo, exilio provocado por los tribunales populares, era un invento diabólico, tanto como la Inquisición, donde el fiscal es el diablo.
Otras veces, sin embargo, parece señalar la demagogia como degeneración moral y política tanto del demagogo como del pueblo. Los grandes mandones y déspotas se vengan así de los que por envidia piden opresión. ¿Y quién pide opresión? "Todas las masas rebañegas que reniegan de la libertad en rendición a la disciplina. Atacadas de manía persecutoria colectiva, de envidia demagógica pasiva, la de creerse y quererse enviados, reniegan de la libertad para poder perseguir —con achaque de defensa—, pues la envidia pasiva se hace activa. 'Y muera el que no piense igual que pienso yo'".
Por debajo de la demagogia, late la envidia, la "pasión demagógica por excelencia", enfermedad común a pueblos democráticos y demagógicos como el griego y el español. Contaba Unamuno que una vez paseando por la plaza Mayor de Salamanca con Francisco Cambó, este le confesó que "la envidia nació en Cataluña". Pero la envidia que da vida a la demagogia no es la envidia que se defiende y es casi angelical, sino "otra envidia hipócrita, solapada, abyecta, que está devorando a lo más indefenso del alma de nuestro pueblo".
También es el analfabetismo, bien ya sea absoluto, bien sea funcional en cada área de la vida, el que favorece la mentira de la democracia y la demagogia. "Pocas mentiras hay en España, de las innumerables que nos envuelven y paralizan, más mentirosas que la mentira de nuestra democracia, entendida como una "oclocracia", una soberanía de las muchedumbres y de las muchedumbres analfabetas", resuelve.
Cuando se refiere a Joaquín Costa, como ejemplo de personaje soberbio y endiosado con escasa paciencia para soportar a contradictores, defiende su comportamiento valeroso y honesto, no hipócrita ni demagógico. Es más, se proponía a sí mismo continuar la batalla del aragonés de Monzón contra las miserias, la mayor de ellas "la del embuste y la insinceridad sistematizados. Siendo lo peor que todos estamos en el secreto. Hay miedo de decir la verdad, un miedo cerval, y más que miedo a perder ventajas de posición y de fortuna, miedo a que se le atribuyan a uno móviles bastardos".
Sobre estos mimbres, sitúan su acción los verdaderos demagogos siendo los presuntos maestros del pueblo, lo engañan mediante la gran mentira, a saber que "cuando se instruya y eduque, y sea más culto y más inteligente, vivirá con más facilidad, más comodidad y más abundancia." Pero la verdad es que "para que un pueblo se haga más culto necesita trabajar más y gozar menos; aumentar su trabajo y aumentar los tributos. Hay que repetir la vieja sentencia: Quien añade ciencia, añade dolor… lo que Santa Teresa llamaba dolor sabroso".
Sin embargo, contra la demagogia no hay más arma que la cultura. "Libertad y democracia significan, pues, en cierto respecto, cultura y aristocracia. Aristocracia, sí, no rehúso el dictado por pervertido que esté. Y si alguien nos preguntara quién define esa cultura cuya imposición a nuestro pueblo juzgo el único camino de verdadera libertad, nuestra rotunda y categórica respuesta debe ser : ¡nosotros!¿Y quiénes sois vosotros? Los que tenemos fe en nosotros mismos y fe en la cultura…, el ideal de la cultura europea moderna… sólo la imposición de la cultura puede borrar el caciquismo y la demagogia".
Y apunta lo que debe ser un comportamiento anti demagógico, en sentido tradicional: "Discrepamos en nuestros juicios y convicciones unos de otros, pero, al menos, se nos debe exigir a todos honradez mental, lealtad y un santo odio a todo falseamiento, a toda insinceridad y a toda insidia, por definidoras que sean". (Sobre la tumba de Costa, febrero, 1911).

EL IDIOMA ESPAÑOL


La letra hache, ni muda ni inútil

Esta letra tiene una historia de cambio, de variación y de originalidad


No es lo mismo Hospital que Ospital.
No es lo mismo Hospital que Ospital..
FUENTE: VERNE - EL PAÍS -

Dicen que quien tiene un amigo tiene un tesoro y quien tiene una bicicleta estática en casa tiene un perchero. Pero entre las cosas inútiles que nos rodean no podemos incluir a la hache. Calladamente y despacito, esta letra ha ido cargándose de razones para estar en nuestro alfabeto y en nuestra escritura diaria del español. No es inútil, no es muda y es algo más que un adorno. He aquí las cinco razones para no considerar a la hacheuna letra florero:
1. La hache está en nuestros genes. Igual que tus hoyuelos, tus lunares o tu forma zángana de andar te hacen parecerte a tus ancestros, la hache nos entronca con nuestros antepasados. La primera hache que presentamos aquí es la que ya estaba en latín. Si en palabras como hombre, hombro, humildad o haber hay hache en español es porque homo, humerus, humilitas o habere la tenían en latín. Esa hache latina nunca ha sonado en castellano pero se mantuvo por respeto a la etimología y a la tradición. Antes de que a partir del siglo XVIII se fuese fijando por parte de la RAE la ortografía del español, quienes sabían escribir a veces ponían y a veces no esa hache latina; la cosa cambia del siglo XVIII en adelante, cuando los casos de onor, onra o similares fueron decayendo, al tiempo que se instalaba la enseñanza de la hache en las escuelas. Como ya sabemos, hay siempre una distancia entre ortografía y pronunciación, y la conservación de la hache es una muestra de ello.
2. La hache nos hace diferentes. Junto con esa hache latina tenemos a otra hache que proviene de una rama bien distinta: la de las palabras que tenían una efe en latín. Si escribimos harto, hondo, hecho o higo es porque en latín se escribía farctus, fondus, factus y ficus. El castellano fue la única lengua peninsular que inició un proceso muy original y propio: el comenzar a pronunciar esa efe del latín con un sonido aspirado. Esa aspiración de la efe latina se ha relacionado con el eusquera, ya que antiguamente los hablantes de esa lengua que también hablaban castellano (recordemos que el área de surgimiento del castellano, en la cuenca alta del Ebro, era zona de contacto entre la lengua vasca y las lenguas hijas del latín) tendieron a modificar la pronunciación de la efe latina. Al menos desde el siglo XI, hay gente que pronuncia ‘hambre’ (con un sonido de suave aspiración, como el de la hache inglesa). Es verdad que se consideraba un rasgo vulgar y la gente no lo ponía por escrito: escribían ‘fermoso’ pero pronunciaban ‘hermoso’ (‘jermoso’) con aspirada. Desde el siglo XVI comienza a escribirse esa aspirada con hache. Desde entonces, el español escribe “yo hago” donde el castellano medieval escribía “yo fago”. Los equivalentes actuales en otras lenguas hermanas del español muestran que otras lenguas hijas del latín conservaron la efe: francés ‘je fais’, italiano ‘io faccio’, en catalán ‘jo faig’, gallego ‘eu fago’ o rumano ‘eu fac’.
3. La hache nos hace diversos internamente. Ese proceso de aspiración se difundió del norte peninsular hacia el sur pero en el XVI empezó a perder prestigio y la mayoría de los castellanohablantes empezaron a perder la aspirada y a pronunciar ‘hago’ sin aspirada (‘ago’, como hoy, haciendo muda a la hache). No obstante, y pese a la presión de la lengua estándar, otras zonas peninsulares conservaron el sonido aspirado. Si en Andalucía occidental oyes aún un sonido consonántico en hecho, hambre o harto estás ante esa vieja aspiración nacida en el norte en el principio de la vida del castellano. Otras zonas de la península (el este de Asturias, puntos salmantinos y extremeños) y de América (Caribe, Cuba, Puerto Rico) también conservan esporádicamente esa aspiración. Palabras como el jondo de ‘cante jondo’, o juerga (del latín folgare ‘descansar’) han fijado para siempre esa aspiración en la escritura. La hache es, pues, la huella de la diversidad interna de los dialectos del español.
4. La hache no es tan muda como creemos. Además de la hache que viene de efe latina y que se aspira en algunos puntos de la comunidad hispanohablante, tenemos una hache que suena en otro grupo de voces: los anglicismos. Palabras como hockey o hobby han heredado en nuestra lengua el sonido aspirado del inglés. Si esa es la nueva aspirada de hoy, tuvimos también ‘nuevas aspiradas’ en la Edad Media: las palabras árabes que tenían sonido aspirado entraron en español adaptadas con efe (alforja) o con aspirada (almohada).
5. La hache es útil. Esta letra sirvió en su momento para ayudarnos a pronunciar palabras como hueco, huérfano, hueso o huevo. Estas palabras no tenían ni efe ni hache en latín, de hecho otras palabras de su familia se escriben sin hache: oquedad, orfandad, osamenta, óseo, óvalo... ¿Por qué les ponemos entonces una hache a huérfano y las otras que empiezan por ue? En su momento la hache facilitaba el reconocimiento de la secuencia ue inicial como vocal. Veamos: antes la u se podía escribir como v o como u, aunque sonase como vocal; por eso, si se ponía uérfano se corría el riesgo de que el lector entendiese algo como “vérfano”. Poniendo una hache al inicio de palabra se dejaba claro que esa u era vocal.
La hache es, en fin, es algo más que un adorno que ponemos como guiño a la lengua madre. Esconde en sí una historia de cambio, de variación y de originalidad respecto al latín. Y, como en otras cosas de la lengua, nos muestra que dentro de una letra puede esconderse toda una historia para que no te harte el arte de la ortografía. Nada de letra florero; flores a la hache.
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FUNDACIÓN DEL ESPAÑOL URGENTE

Agencia EFEFundéu - BBVA
FUNDACIÓN DEL ESPAÑOL URGENTE

incendios forestales,

7 claves de redacción

Recomendación urgente del día
En las noticias sobre incendios forestales es frecuente el empleo inapropiado de ciertos términos y expresiones. A continuación se hacen algunas precisiones al respecto:

1. Incendiario no es sinónimo de pirómano

Incendiario es quien ‘incendia con premeditación, por afán de lucro o maldad’; no es sinónimo de pirómano, ‘alguien que sufre una enfermedad por la que disfruta provocando fuegos y viendo las consecuencias del incendio’.

2. Provocado e intencionado, diferencias

Se aconseja emplear la expresión incendio intencionado para aquellos generados con la voluntad expresa de hacer arder una zona. La expresión incendio provocado es más amplia y se aconseja que vaya acompañada de la causa (provocado por una chispa, provocado por una quema de rastrojos, provocado por un rayo…).

3. Los incendios se propagan, no se propalan

Los incendios se pueden propagar (‘extender, dilatar o aumentar algo’), pero en ningún caso se propalan, pues este verbo significa ‘dar a conocer o difundir algo oculto o poco conocido’.

4. Incendio controlado y estabilizado no son equivalentes

Un incendio controlado es aquel que se ha conseguido aislar y cuyo avance y propagación se ha logrado detener, y un incendio estabilizado es el que evoluciona dentro de unas líneas de control establecidas.

5. Orografía del terreno es redundante

La expresión orografía del terreno es redundante, puesto que la orografíaes ‘el conjunto de montes de una comarca, región o país’, y por lo tanto en ella ya está implícita la idea de terreno.

6. Los incendios pueden ser virulentos

La expresión incendio virulento es válida para aludir a los fuegos devastadores o que se propagan con rapidez.

7. Un efectivo es un conjunto, pero también sus integrantes

El sustantivo efectivo alude, según la mayor parte de los diccionarios, al ‘conjunto de integrantes de una unidad de carácter militar o similar’, aunque se ha extendido su uso, y no es censurable, para referirse a un número determinado de los integrantes de ese conjunto: «100 efectivos luchan contra los incendios en la región».
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