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sábado, 15 de junho de 2013

SAMUEL BECKETT


Vida y obra: Samuel Beckett
Premio Nobel 1969, dramaturgo, novelista y poeta, Beckett logró superar la aplastante influencia de su gran predecesor irlandés, James Joyce. Y aunque está encasillado en la literatura de vanguardia, su búsqueda literaria fue sencilla: hallar una expresión honesta al dilema de existir en un mundo aparentemente sin sentido.
Revista Ñ - Clarín - Argentina
Poco a poco nos vamos alejando del siglo XX y, aunque aún lo tenemos demasiado cerca para verlo desapasionadamente, ya es posible entenderlo como una unidad que comenzó y terminó. Podemos imaginarnos cómo este siglo hermano será visto dentro de varias generaciones, dentro de un puñado de siglos, por ejemplo. Y cuando se arman las listas esenciales de fechas, descubrimientos, batallas, edificaciones y autores, apostamos que en la última categoría estará Samuel Beckett, el flaco y elegante escritor irlandés cuya vida y obra transcurrió en pleno siglo XX. Nació en 1906 en el pueblo de Foxrock de Irlanda (un suburbio de Dublín) y murió en París en el último mes de 1989.

Beckett es mucho más accesible de lo que parece a primera vista. Si uno solo lo conoce por un puñado de sus obras teatrales, como Esperando a Godot y Días Felices, es posible encasillarlo como un autor avant garde, o –para usar una frase aun más detestable– un escritor experimental. Beckett, en su vida y obra, fue una persona llana, directa y honesta. Nunca hizo algo por lograr un efecto o por conseguir un lugar en el mundo literario –aunque sí le interesaba la gloria literaria. Su vida no fue exactamente un sacerdocio –tenía muchos amigos, le gustaba beber, las mujeres, tenía un sentido del humor crudo y escatológico, era muy deportista de joven– pero sí fue marcada por un compromiso casi sagrado para buscar expresar en palabras la realidad de su existencia. Para ver qué se podía hacer con el lenguaje, con la literatura, para expresar con máxima honestidad el dilema humano. Y el dilema humano es, simplemente: ¿que hacemos acá? ¿Cómo pasaremos los días?

Si suscribimos a la teoría de Harold Bloom de la angustia de las influencias, que dice –más a menos– que el problema más grave para un autor en sus inicios es superar los logros de sus antecesores inmediatos, el obstáculo mayor para Beckett fue James Joyce. No hace falta decirlo: Joyce fue un titán que cambió la literatura universal. Ulises (1922) rompió todo. Puede ser que nadie aun haya escrito una novela nueva después. Beckett y Joyce eran irlandeses. Para hacer las cosas más complicadas, Beckett, a los 22 años, conoció a Joyce. Trabajó con él en París, en 1928, cuando había conseguido (Beckett) una beca para ser profesor en el École Normale Supérieure. Se ha dicho que Beckett era secretario de Joyce, pero eso es mentira. Joyce (1882-1941) admiraba a Beckett. Es verdad que Joyce lo reclutó para conseguir prosélitos para su nueva obra, Finnegans Wake (en ese momento llamada A Work in Progress), pero Beckett, por su parte, admiraba tanto a Joyce que usaba zapatos demasiado chicos como para emularlo. Para complicar las cosas más aun, la hija de Joyce se enamoró con Beckett (sin reciprocidad), lo cual terminó causando una ruptura temporaria entre ambos.

Pero lo fundamental es la literatura. Años después, Beckett se dio cuenta, en una revelación que tuvo alrededor de los 40 años, de que si el logro de Joyce fue agregar y agregar y agregarle realidad al mundo a través del lenguaje, el camino que él tenía que tomar era el opuesto: el de sustraer.

Dijo Beckett: “Me di cuenta de que Joyce había ido lo más lejos que se puede en cuanto a conocer tu material. Siempre estaba agregando. Solo hace falta mirar sus borradores para advertirlo. Me di cuenta de que mi camino era vía el empobrecimiento, en la falta de conocimiento y en sacar, en restar en vez de sumar. Cuando conocí a Joyce por primera vez no era mi intención ser escritor. Eso solo vino después, cuando me dí cuenta que no servía para enseñar, para ser profesor. Pero recuerdo haber hablado del logro heroico de Joyce. Le tenía mucha admiración. Eso es lo que logró: fue épico, heroico. No podía seguir el mismo camino.”

Entre sus renuncias estuvo el abandono de su lengua materna. Cambió del inglés al francés. Le permitiría –sentía– escribir de una manera más pura, libre de automatismos estilísticos.

Beckett nació en una familia protestante, no rica, pero acomodada, de las afueras de Dublín. Asistió a buenos colegios donde se destacaba como alumno y atleta. Le gustaba el ajedrez, jugaba cricket y al golf. También participaba en carreras cross-country de motos. En su vejez, cuando no podía conciliar el sueño, jugaba en su imaginación las partidas de golf de su adolescencia. Siempre siguió los deportes por televisión. Fue un brillante estudiante de letras en el Trinity College de Dublín, con un talento exquisito para los idiomas. Leía voraz y críticamente de todas las tradiciones. Amaba a su padre y con su madre tuvo una relación complicadísima que lo derivó a varios años de psicoanálisis. Lo curioso es que tuvo que emigrar a Londres para el tratamiento ya que en los años 20 el psicoanálisis era ilegal en Irlanda.

Entre las novias de Beckett, en su primera juventud, estaba una prima hermana y también una de las herederas de la fortuna Guggenheim. Ella, Peggy, le decía Oblomov, por el personaje del la novela homónima de Goncharov que se pasaba los días tirado en un sillón. Como muchos artistas irlandeses de esa época, emigró. Su destino fue París. Durante la Segunda Guerra Mundial participó en la Resistencia poniendo su vida en riesgo mientras trabajaba para una célula que descifraba y recodificaba mensajes secretos.

Una de las grandes fortunas de Beckett fue su compañera de vida, Suzanne Deschevaux-Dumesnil, seis años mayor que él. La conoció jugando tenis, en un partido de dobles mixtos, a principios de los años 20, pero se unirían después. Como Beckett, Suzanne era austera, reacia a la fama. En sus tortuosos intentos por conseguir una editorial para sus primeras obras, Suzanne fue fundamental. Nunca dejó de creer en él. Y aunque él no le fue totalmente fiel en términos sexuales, estuvieron juntos siempre y hasta el final. Ella murió el 17 de julio de 1989; Beckett duró poco tras su pérdida. Murió en 22 de diciembre de 1989. Dicen que muchos de los diálogos “absurdos” de las obras teatrales de Beckett son casi transcripciones de las conversaciones que tenía con su esposa (se casaron en 1963, aunque vivieron juntos 50 años, incluyendo los años de Resistencia en los campos franceses durante la Segunda Guerra Mundial.)

La fama para Beckett fue una condena y le vino en dos tandas: al estrenar Esperando a Godot, en 1953 y al ganar el Premio Nobel de Literatura, en 1969.

La literatura, el deseo de ser parte de la literatura, de contribuir a su crecimiento, es algo raro: es tan privado escribir y es tan privado leer... Pero los autores, inevitablemente, son figuras públicas. Beckett murió en un hospicio digno y limpio, bien atendido, pero extremadamente austero. Era un hombre rico. No era tacaño. No necesitaba nada. En su cabeza había un mundo.

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