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sexta-feira, 10 de agosto de 2012
MODA
Glamur, panti, licra y piyama: aprenda a escribir sobre moda
Por: FERNANDO ÁVILA |
Estas y otras recomendaciones por Fernando Ávila, delegado de la Fundéu BBVA.
Estas son otras voces de dudosa escritura relacionadas con el mundo de la moda:
Eslip. Adaptación del inglés slip , que significa 'combinación' (prenda femenina), pero que suele usarse para identificar el 'calzoncillo masculino ajustado que cubre el cuerpo desde debajo de la cintura hasta las ingles'. Su plural es eslips. Esta información aparece en el Drae y en el Panhispánico.
Glamur. El sustantivo español es glamur y el adjetivo, glamoroso, según el Panhispánico. Ambos derivan del francés glamour , referido al 'encanto sofisticado'.
Kit. Palabra de origen neerlandés, que llegó al español a través del inglés, para referirse al 'conjunto de productos y utensilios, destinados a un mismo fin, que se venden juntos'. Aunque tiene equivalentes como equipo, combo, paquete o estuche, es válido usar el singular kit y el plural kits, como voces españolas, ya registradas en el Drae y en el Panhispánico.
Panti. Adaptación española del inglés panty, acortamiento de pantyhose , que identifica la 'media pantalón', pero que en Colombia y el área del Caribe se usa para referirse a la 'braga' o, como dicen las niñas bogotanas, a los 'cucos' (versión registrada en el Diccionario de americanismos ). Esta forma, panti , con i latina, saldrá en la edición del 2014 del Drae.
Licra. Versión española del inglés lycra . La forma con i latina aparece en el Panhispánico y figurará así en la próxima edición del Drae .
Nailon . Adaptación española de la palabra inglesa nylon , 'material sintético para fabricar tejidos', registrada en el Drae y en el Panhispánico.
Piyama. Suele escribirse pijama , al adaptar la voz inglesa, de origen indio, pyjamas , y es que en muchos países hispanohablantes se dice el pijama , en masculino y con sonido jota. El Drae ya registra la forma piyama, tal como la pronunciamos en Colombia.
Suéter. Esta adaptación española de la voz inglesa sweater está registrada tanto en el Drae como en el Panhispánico , donde se recuerda también que el plural es suéteres.
Tallas. Las tallas se suelen identificar con las letras L, M y S, correspondientes a las palabras inglesas large, medium y small . Arturo Calle identifica sus prendas con las letras G, M y P, que corresponden a las palabras españolas grande, mediana y pequeña . Ojalá otras empresas sigan su ejemplo.
Top. 'Prenda de vestir femenina, generalmente ajustada, que cubre el pecho y llega como mucho hasta la cintura', según la define el Drae . El Panhispánico agrega que su plural es tops.
FERNANDO ÁVILA
Delegado de la Fundéu BBVA
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Recomendación del día
histórico no es importante o memorable
Se recomienda reservar la palabra histórico a aquellos acontecimientos dignos de figurar en los libros de historia por su especial relevancia y no abusar de ella para aludir a lo que simplemente es importante, destacado o espectacular.
En los medios de comunicación no es raro encontrar frases como la siguientes: «Kirani James gana en un 400 histórico» o «Las empresas firmaron un acuerdo histórico para instalar varias centrales solares y crear 800 nuevos empleos».
Tal como aclara el Diccionario académico, histórico se refiere, en una de sus definiciones, a lo que es digno de figurar en la historia por la trascendencia que se le atribuye, por lo que es conveniente no abusar de esta voz aplicándola a casi cualquier acontecimiento que tan solo es destacado, importante, especial, decisivo, memorable o espectacular.
Así, en las frases anteriores habría sido más preciso, por ejemplo, «Kirani James gana en un 400 espectacular» o «Las empresas firmaron un acuerdo importante para instalar varias centrales solares y crear 800 nuevos empleos».
quinta-feira, 9 de agosto de 2012
A vida é uma taça plena de felicidade, porém nunca te dá cheia.
Te dá um gole de vez em quando, um gole que tens que ir enchendo gota a gota todos os dias, para sobreviver.
Não vivas agitando tuas desgraças, prognosticando tragédias imaginárias, assustado por possíveis males que o melhor não chegam nunca.
Nascemos para lutar pela felicidade... Quase para criá-la, para fazê-la apesar da tristeza, os desencantos, os erros, as más jogadas e os irremediáveis imprevistos.
A felicidade não se procura em bens e prazeres. Atua-se bem e ela só nos vai apresentando.
A felicidade não é estar sentindo saudade e estranhando tudo o que nos falta senão encaixar em tudo o que temos.
Não vendas tua felicidade... Entrega-a como presente!
Não procures para ela fórmulas simples nem vulgares... Custa trabalho, são dispendiosos os ingredientes:
Compartir o que tens
Amar sem exigências
Perdoar sem cicatrizes
Aceitar sem perfeições
Agradecer o que te dão
E não te render nunca!
Tudo tem que ir harmonizando...
Do favo, um pouquinho de mel
Do mar um pouquinho de sal
Da vida um toquezinho de otimismo
Da imaginação, algo de sonhos
Da dor, algo de raiz
E da fé, algo de rocha!
Não somos felizes, porque não sabemos como encher nossa taça, porque não sabemos dar à vida um máximo de qualidade e rendimento, porque miramos ao mundo como um escravo, ao caminho empedrado como um impossível, ao azar como uma sombra que nos persegue, ao ideal como algo inalcançável!
Não esqueças que a mais linda maneira de ser Feliz é se ocupar de que outros o sejam.
De muito de você mesmo e a felicidade chegará SOZINHA... Enche tua taça...! E salda tua conta sendo Feliz.
Autor Anônimo – Lyons Clube
FUNDÉU RECOMIENDA...
Recomendación del día
denostar, conjugación correcta
El verbo denostar es irregular y se conjuga como el verbo contar, de modo que lo adecuado es denuesta, no denosta.
En ocasiones se encuentra en la prensa un uso incorrecto de algunas formas del verbo denostar: «En su carta, el diputado denosta a la vicepresidenta...», «Es cierto que cuando se denosta la labor de los políticos y se habla...».
Según se explica en el Diccionario panhispánico de dudas, el verbo denostar, cuyo significado es 'proferir denuestos [contra una persona o cosa], o hablar muy mal [de ella]', es un verbo irregular y se conjuga como el verbo contar, por lo que, cuando la vocal tónica —aquella sobre la que recae el acento— tuviera que corresponder a la o de denost-, esta se convierte automáticamente en ue.
Por tanto, es inapropiado usar formas como denosta, denostan, denosten, entre otras, en vez de denuesta, denuestan o denuesten.
quarta-feira, 8 de agosto de 2012
HISTORIA DE LA FELICIDAD
El ser humano siempre ha aspirado a alcanzar la felicidad; de hecho, es un instinto evolutivo que ha permitido a nuestra especie sobrevivir. Y, sin embargo, en cada momento histórico se ha entendido por felicidad algo completamente distinto
Cristina Sáez para La Vanguardia -España
Para una joven de hoy - en una sociedad industrializada con todas sus necesidades cubiertas es posible que tres kilos menos representen la felicidad. Para una del siglo XVII - en una sociedad acostumbrada a la penuria tres kilos menos podían ser la desgracia. El sentimiento es unánime: todos, de una manera o de otra, pretendemos, aspiramos, deseamos ser felices. Pero la felicidad es un concepto relativo, porque no encontraremos dos personas que sean dichosas exactamente de la misma manera. Sin embargo, si hiciéramos la comparación entre nosotros y nuestros abuelos o nuestros ancestros medievales, la diferencia se convertiría en abismo: a lo largo de la historia la felicidad no ha significado nunca lo mismo, ni nunca ha sido, como ahora, una prioridad.
Desde que el ser humano pisa la faz de la Tierra ha tratado de algún modo u otro de encontrar la dicha. Y de eso hace ya 400.000 años. Dicen los científicos que si no, no hubiéramos podido sobrevivir. Que si la mayoría de los individuos de la especie no se hubieran sentido satisfechos o no hubieran tratado de conseguirlo, se habría autodestruido, habrían perdido interés por la procreación y, probablemente, se habrían extinguido. Tratar de ser feliz es un mecanismo evolutivo impreso en nuestros genes. Y, sin embargo, "el concepto es tan indeterminado-do que aunque todo el mundo desee conseguirla, nadie puede decir de forma definitiva y firme qué es lo que realmente desea y persigue", advirtió ya en el siglo XVIII el filósofo alemán Emmanuel Kant. No sólo nos resulta complicado definir qué es la felicidad, sino también qué nos hace felices. Hagan la prueba, realicen una pequeña encuesta a su alrededor y pregunten a quienes les rodean qué les hace felices; con toda seguridad, obtendrán tantas respuestas distintas como personas encuestadas.
"Probablemente, las cosas concretas que nos hagan felices sean bastante diferentes de una persona a otra, pero, desde un punto de vista psicológico, el mecanismo es bastante parecido", explica Asun Mena, psicóloga y directora de Quid, una consultoría especializada en estudios sociológicos y mercado. "La felicidad se ha definido de muchas formas, a menudo como un estado de búsqueda y desde perspectivas más dinámicas de la psicología, como la realización del deseo. Y los deseos pueden ser muy distintos, desde estar muy bien con mi familia, hasta unas vacaciones en Bali o que mi empresa vaya bien".
Las personas mayores, para sentirse bien, suelen valorar mucho las relaciones y la seguridad económica, mientras que para los jóvenes tiene más peso su imagen y el grupo al que pertenecen. Incluso a lo largo de la vida experimentamos la felicidad de distinta forma.
Y si esa diferencia es tan importante entre una persona y otra, cuando la comparación es entre periodos históricos distintos la distancia es, sencillamente, sideral. Pongamos por caso a un hidalgo en la España del siglo de oro. Su felicidad "radicaba en su honor, aunque no tuviera qué comer - explica la historiadora y escritora María Pilar Queralt del Hierro, autora de “Mujeres de vida apasionada” (La Esfera de los Libros, 2010)-. En cambio, hoy en día preferimos comer aunque para ello haya que robar, o estafar, o malversar fondos públicos. Para Don Quijote la felicidad consistía en deshacer entuertos, mientras que Tales de Mileto consideraba que sólo se podía ser feliz con un cuerpo y un alma sanos, y fortuna".
Aunque solemos dar por sentado que tenemos derecho a ser felices, se trata de una idea bastante reciente, como explica el historiador Darrin Mc-Mahon en “Una historia de la felicidad” (Taurus,2005). Es más, esa idea procede de la Ilustración, en el siglo XVIII. Sin embargo, del concepto de felicidad se empezó a hablar mucho antes. La mención más antigua que se conserva es del siglo VIII a. C., y, como ocurrió durante toda la antigüedad, estaba ligada a la tragedia. De llegar, era algo que simplemente sucedía, no se podía hacer nada por conseguirla, de manera que la gente, impotente, esperaba resignada.
De hecho, esa relación entre la dicha y la fortuna marcó el nacimiento de vocablos en la mayoría de las lenguas indoeuropeas para designar este concepto. Happiness proviene del inglés medio happ que significa ocasión, fortuna. El término francés, bonheur, procede de bon (bueno) y heur (suerte o fortuna). En italiano, español, portugués y catalán, felicità, felicidad, felicidade y felicitat derivan del término en latín felix, que a veces significa suerte y, otras, destino. Y, curiosamente, aunque es en los albores de la humanidad cuando se empieza a relacionar la felicidad con el azar, la mayoría de las palabras que surgen para denominar este concepto no aparecen hasta mucho después, hasta la edad media, una época en que la gente era de todo menos feliz en este planeta.
Pongámonos en la piel de un campesino del siglo XI e imaginemos la extrema pobreza, las terribles epidemias, el hambre, las guerras y la violencia, la tiranía... Pocos motivos había para ser feliz, salvo la propia supervivencia - aunque en esas condiciones la supervivencia no parece precisamente el mejor de los destinos, y... Dios. Durante siglos, el cristianismo establecería una asociación, apuntada ya por Aristóteles, entre felicidad y Dios, y la asociaría a paraísos prometidos. En la edad media, todo el mundo tenía derecho no a ser feliz, sino a albergar la esperanza de serlo en otra vida. Y por aquella recompensa las personas soportaban todo tipo de sufrimientos terrenales.
El Renacimiento hace tambalearse este entramado ideológico, porque, en la medida en que - al menos para los intelectuales de la época - el centro del mundo deja de ser Dios, pierde sentido la idea de que la felicidad está en el cielo. Además, los avances tecnológicos del final de la edad media permitieron mejorar determinados aspectos de la calidad de vida de los europeos que les permitieron mirar el mundo y su propia vida desde un prisma distinto. "A partir del humanismo, en el siglo XV, con las corrientes vinculadas a los epicúreos, se vuelve a ligar el placer a la felicidad - apunta la historiadora y escritora María Pilar Queralt-. El humanista, orador, educador y filósofo italiano Lorenzo Valla y más tarde el pensador inglés John Locke, considerado el padre del empirismo y del liberalismo moderno, pensaban que la felicidad era el máximo placer que se podía obtener. En este sentido, es una postura ante la vida mucho más hedonista; y la felicidad empieza a tener un significado más social: es aquel placer o estado placentero que se puede extender a un mayor número de personas".
Ahora imaginemos a ese campesino del siglo XI siete siglos después. Es cierto, en el Renacimiento ya sabe que se puede conseguir la felicidad, pero es probable que ese estado esté reservado sólo a unos privilegiados. En el siglo XVIII se producen notables mejoras en agricultura - mejoran las cosechas y disminuyen las hambrunas, sanidad y empieza la revolución industrial. La población europea se dispara y ese campesino del siglo XI ve, ahora, como la subsistencia está algo más garantizada. A partir de este momento aspira a alguna cosa más.
Y es entonces cuando surge la idea moderna de felicidad como derecho del individuo. En la Ilustración filósofos como Voltaire y Rousseau afirman que felicidad no es un capricho del destino, ni tampoco un don divino que uno recibe como premio a un buena conducta en vida, sino algo que todos deberíamos alcanzar en la Tierra, aquí y ahora. "El ser humano tiene derecho a ser feliz y es misión del gobernante conseguirlo", puntualiza Queralt. La importancia que se le da a este concepto es tanta que dos textos fundamentales en la política de la época - y también en la actualidad- como son la Declaración de Independencia de Estados Unidos (1776) y la Declaración de los Derechos del Hombre (Francia, 1789) establecen el derecho a "la felicidad de todos". "Los seres humanos iniciaban una grandiosa búsqueda que todavía continúa", señala McMahon.
¿Quiere esto decir que nuestros antepasados del siglo XIX ya pensaban en términos parecidos a nosotros sobre la felicidad? Pues tampoco, porque los cambios operados en las sociedades occidentales en los últimos 200 años han sido de un calado enorme y nuestra visión del mundo ha variado con ellos. Volvamos al ejemplo del campesino que encontramos anteriormente en el siglo XI y que habíamos dejado en el siglo XVIII. A mediados del siglo XIX, las condiciones de vida del campo le asegurarían la subsistencia, pero le permitirían salir de la pobreza, por lo que tal vez debería emigrar a la ciudad, donde trabajaría en una fábrica siete días a la semana para asegurar una vida más o menos próspera. Quizás, viviría en unas condiciones que hoy juzgaríamos como próximas a la esclavitud, pero, en aquel momento, posiblemente le acercaran más a su idea de la felicidad. Y es que en la ciudad tendría más acceso a los avances tecnológicos, a una sanidad notablemente mejor y, con suerte, a educación para sus hijos, que, lejos del campo, azotado por enfermedades, tendrían, además, más posibilidades de sobrevivir.
Puede ser que la felicidad sea inalcanzable como dicen muchos, pero es que además, como hemos visto hasta ahora, es mutante a lo largo del tiempo. Y si colocamos la lente sobre nuestro pasado más reciente veremos que los mismo cambios acaecidos durante siglos se han producido también, y en ocasiones de forma acelerada, en el caso de nuestro abuelos y de nuestros padres. Los primeros vivieron épocas de penurias y una guerra civil, y tal vez, su prioridad sería poder vivir con tranquilidad satisfaciendo sus necesidades básicas y alimentar a su familia gracias a un empleo fijo. Tal vez su felicidad se encontraba justo ahí, en ese pequeño negocio o en ese puesto de trabajo para toda la vida, un concepto que hoy parece pertenecer a la noche de los tiempos.
¿Y para nuestros padres? Para ellos - sigamos imaginando-, que tenían resuelta en buena medida la subsistencia gracias a los avances científicos y tecnológicos apabullantes del siglo XX que mejoraron las condiciones sanitarias y la salud, la dicha estaba en mejorar su bienestar y en garantizar unos estudios a los hijos.
Para nosotros, en cambio, las prioridades han cambiado. En el primer mundo, con una esperanza de vida al nacer que prácticamente dobla la de principios de siglo y con las necesidades básicas más que cubiertas, la felicidad, además, está en otras cosas: disfrutar de los placeres de la vida, tender hacia la realización personal... No es casualidad probablemente que la segunda mitad del siglo XX haya visto florecer las aficiones y los hobbies, y posiblemente tampoco lo sea que, con una esperanza de vida que supera los 80 años, la gente tenga bastante claro que una pareja no tiene que ser necesariamente para toda la vida.
Pero, en buena parte, en la segunda mitad del siglo pasado, nuestra felicidad ha tenido que ver con el consumo. Para el filósofo francés Pascal Bruckner, autor del libro “La euforia perpetua”. Sobre el deber de ser feliz (Tusquets, 2001), el problema es en buena medida que se ha confundido bienestar con felicidad. "Hay una aparición de las nuevas necesidades que tiene que ver con el confort, que son bienes materiales. Y es como si esos bienes se personalizaran de tal manera que nos individualizan, como el ordenador, el iPod, o el móvil".
Desde la década de los 50, la esperanza de vida ha aumentado en cantidad pero también en calidad. La Segunda Guerra Mundial, señala María Pilar Queralt, acabó con los fascismos, y se pensó que quedaba entonces garantizado un mundo libre; se había superado la crisis del 29, por lo que se abrió un periodo de bonanza económica sin precedentes; el auge de la ciencia y la técnica permitía augurar un mundo sin enfermedades y sin distancias. Todo eso propició la sensación de que ya estaba todo conseguido y que aquel era un mundo en el que el esfuerzo no era un mérito, como podía serlo en el siglo XIX. Por ello, "ahora tienes que ser feliz, es casi una obligación".
Se estableció un sistema basado en el incentivo del consumo, en el que el mercado se convertía en una fuerza reguladora de la economía, y la oferta y la demanda se generan mutuamente. Por primera vez en la historia, apareció un sistema de consumo masivo basado en el pleno empleo y en el aumento del poder adquisitivo de los ciudadanos. Y la felicidad requería, en buena medida, poder consumir. "Se confundía el tener con el ser", opina Queralt.
No obstante, desde comienzos del siglo XXI, para Asun Mena, el concepto de felicidad en los países occidentales está cambiando de nuevo, y el consumo no tiene ese papel protagonista, un cambio que, el tiempo lo dirá, posiblemente se esté viendo favorecido por la actual crisis económica. A comienzos de los años 90 aún imperaba el modelo consumista capitalista heredado tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. "La felicidad radicaba en conseguir ser alguien, en tener un estatus y la exigencia social era muy elevada, tanto que a veces teníamos que renunciar a la vida familiar y personal. Antes la trayectoria para llegar a la meta suponía dolor y sacrificio. Se basaba en el consumo, eras feliz si podías consumir". Pero ese modelo consumista, considera esta psicóloga social, se agotó.
En cambio, opina esta psicóloga social, el concepto que la sociedad occidental actual tiene del consumo se está transformando y dirigiendo hacia "ser tú mismo y experimentar. Damos más importancia al viaje que al destino en sí. Sabemos que queremos conseguir algo, pero el cómo lo hagamos es lo importante". Eso, dice Mena, nos causa menos frustración. Y es que, resume Queralt del Hierro, "el ser humano es cambiante, absorbe su entorno, los avances de su época, nunca puede tener un concepto anclado, estático, aunque se sigue pensando, fundamentalmente, tal y como decía Aristóteles, que para ser feliz había que tener tres clases de bienes: externos, como la riqueza o los honores; del cuerpo, como el placer y la salud; y del alma, como la contemplación y la sabiduría. La relación entre esos tres elementos en cada época cobra un valor diferente y se adapta para llegar al equilibrio. En historia, te das cuenta de que la felicidad es una posición ante la vida".
VOSEO
Vos
En algunas variantes del español americano se emplea la forma vos para el pronombre de segunda persona singular en lugar del tú estándar; normalmente esta variación está acompañada de una conjugación particular.
En el español de la península el vos fue, en un principio, tratamiento solo propio de nobles o como forma de respeto similar al actual usted (> vuestra merced). La irrupción de la forma vuestra merced, progresivamente contraída a usted, comienza a reestructurar el uso de los pronombres en España, de forma que vos comenzaba a usarse como fórmula de trato entre iguales y entraba en competencia con tú. Con el paso del tiempo el uso culto de España rechazó vos dejando usted como forma de respeto y tú para el uso familiar o entre iguales. La colonización de América a finales del siglo XVI se produce en el momento en que vos todavía se usaba para el trato entre iguales y con este valor se implantó en varias zonas como forma popular de tratamiento para la segunda persona del singular, pero perdió sus connotaciones de prestigio. En España solo sobrevive actualmente en una de las formas de la segunda persona del plural, vosotros. Los núcleos urbanos cultos de América que quedaron más expuestos a la influencia del español europeo siguieron la reestructuración de los pronombres de la península y rechazan el vos en favor del tuteo (casi todo México, las Antillas y Perú), mientras que en el resto el voseo ha sobrevivido, con distinta consideración, hasta la actualidad.
El voseo se presenta marcadamente en Argentina, Bolivia (este), Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Paraguay y Uruguay. Aparece, de maneras ligeramente distintas en Venezuela (noroeste), Colombia (occidente), Chile (centro) y Ecuador (norte). Menos frecuentemente y limitado a un ámbito familiar, el “vos” se puede encontrar en México (Chiapas), Colombia (costa pacífica), Ecuador (sierra), Chile (norte y sur)y en zonas más reducidas del interior de México (Tabasco), Panamá (Península de Azuero), Colombia (centro), Ecuador (sur) y Belice (sur). En el Perú, Puerto Rico y República Dominicana está extinto su uso.
Sólo en el ámbito del español rioplatense, español camba y centroamericano se emplea regularmente como forma prestigiosa; en otras regiones existe cierta diglosia entre ambas conjugaciones. En Argentina y Uruguay el “vos” ha incluso desplazado casi por completo al tú de las fuentes escritas. No obstante hay escritores rioplatenses que aún mantienen la forma clásica "tú" para sus obras de ficción, como Daniel Herrendorf (escritor franco-argentino, cf. sus obras "Evita, la Loca de la Casa" o "Memorias de Antínoo" o Mario Benedetti (poeta uruguayo). En Costa Rica el tuteo es evitado por completo en la conversación porque se considera pedantesco y está sancionado socialmente.
FUNDÉU RECOMIENDA...
Recomendación del día
el plural de plus es pluses
El plural del término plus es pluses, tal y como se indica en el Diccionario panhispánico de dudas.
Sin embargo, suele usarse como si su plural fuera invariable: «A ese dinero mencionado anteriormente hay que sumarle los plus por asistir a comisiones», «La medida afecta también a los plus por horario nocturno».
Los sustantivos monosílabos o polisílabos agudos que terminan en s o x forman el plural añadiendo -es, de modo que en los ejemplos citados lo adecuado habría sido escribir: «A ese dinero mencionado anteriormente hay que sumarle los pluses por asistir a comisiones», «La medida afecta también a los pluses por horario nocturno».
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