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segunda-feira, 13 de agosto de 2012

La enseñanza del discurso oral






Es la gran olvidada del sistema educativo español: ¿por qué en nuestros institutos y universidades no se enseña a los alumnos a afrontar situaciones de formalidad como entrevistas, exposiciones o discursos?
LUIS CORTÉS RODRÍGUEZ 9 AGO 2012 -


Siempre deja la ventura una puerta abierta en las desdichas para dar remedio a ella. (El Quijote, Cap. XV, 1ª parte)

Todos recordamos la polémica suscitada hace unos años por las declaraciones de la parlamentaria Montserrat Nebrera en las que se burlaba del acento de la ministra de Fomento, Magdalena Álvarez, por su condición de andaluza. Parecía desconocer la citada parlamentaria que no hay acentos mejores ni peores por haber nacido en Cádiz, en Pamplona o en Lugo; lo que sí existen, sin embargo, son variantes más apartadas de la norma estándar del español —¿las más cerradas?— que están desprestigiadas socialmente. Y estas pueden ser emitidas por hablantes gallegos, aragoneses, vascos, catalanes, pasiegos, etcétera, y también, más de lo deseable, por andaluces.
Es cierto que nuestra ex ministra no es un portento de la comunicación oral; no lo es no tanto por su acento andaluz cuanto por otras causas. Sabemos que hablar bien depende de la riqueza y adecuación léxica, de la forma de conectar unas ideas con otras, de la manera de manejar las pausas, de la capacidad de utilizar mecanismos argumentativos, etcétera, y en nada de ello mostraba una especial destreza. Pero no es esta la cuestión que ahora nos importa, sino la absurda polémica, atizada políticamente, que se produjo y en la cual nadie sugirió el plantearse qué se podría hacer para potenciar las destrezas orales de los españoles.
Por desgracia, la enseñanza del bien hablar se reduce en nuestro país a esos cursos impartidos a ejecutivos, con títulos tan directos como: Hablar bien en público, Cómo comunicarse bien en público..., en los que, como por arte de birlibirloque o de encantamiento, se pretende enseñar a hablar a sus “encorbatados” asistentes sin ir más allá de repetir, en todos los casos, las mismas cuestiones: a) La necesidad de luchar contra el miedo; b) La obligación de tener confianza en uno mismo y expresar las ideas con contundencia; c) El uso correcto de las manos y del cuerpo, etcétera, todas necesarias, pero insuficientes. Ante tal abandono, cabe preguntarse: ¿por qué en nuestros institutos y universidades no se enseña a los alumnos a afrontar situaciones de formalidad como entrevistas, exposiciones o discursos?
Se hace necesaria esa docencia que vaya de la práctica a la teoría y viceversa
Cuentan aficionados a la agricultura que, a veces, al intentar sacar el rábano de la tierra, por inexperiencia, lo hacen con tal fuerza que pierden su raíz, la parte más sabrosa, y se quedan con las hojas en la mano. Desde hace más de un siglo, en el estudio de nuestro idioma ha pasado algo parecido: se abandonó la vertiente más productiva, la práctica, en favor de la descripción sincrónica de sus estructuras (fonética, morfología, sintaxis y semántica). Los tiempos verbales, los pronombres personales, las oraciones de relativo (explicativas y especificativas) o la función de complemento directo o indirecto que el pronombre podía tener en determinadas oraciones han sido el centro de tal docencia. En la universidad, en la especialidad de Filología Española, tales contenidos se acompañaron de los estudios de la historia del español (su evolución desde el latín hasta nuestros días) y de su dialectología (estudios de los dialectos: andaluz, asturiano-leonés, murciano, extremeño...). Las disciplinas correspondientes a estos estudios no podían contemplar el aprendizaje de la lengua oral, que se abandonó a su adquisición espontánea por parte de los hablantes.
Bien es verdad que este estado de cosas no siempre fue así. La tradición de los estudios universitarios daba gran importancia a los contenidos retóricos, los cuales implicaban, entre otros menesteres, el aprendizaje de la lengua oral, de la práctica discursiva. Por ejemplo, un estudioso de la lengua española, M. Metzeltin, en 2003, explica cómo en el siglo XVIII Mayans y Siscar elaboró un Informe al Rei sobre el methodo de enseñar en las universidades de España (1767), solicitado por el secretario de Gracia y Justicia; en él propuso, entre otras cátedras, las de Retórica y Poética, e insistía en que los estudiantes tuvieran que aprender a interpretar, recitar, traducir y componer. Y cuando se habla de componer no solo se alude al redactar por escrito un texto, sino a su expresión oral también. Había, por tanto, unas disciplinas que incidían de forma directa en el dominio del lenguaje como medio de comunicación.
Deberíamos contar con las recientes disciplinas lingüísticas, en especial el análisis del discurso
¿Qué pasó? ¿Cómo se dejó de lado esta parte más productiva de la docencia? ¿Por qué en nuestras universidades, en el último siglo, no se nos enseñó a hablar en público? Si verdaderamente tal hábito venía potenciado por la tradición, ¿qué hubo de suceder para que se abandonara? Podemos decir que el camino del infierno al que se condenó tal adiestramiento estuvo empedrado de buenas intenciones, si bien estas, a veces, aun llevándose a cabo con moderación, conllevan demasiados inconvenientes. Aunque las hojas fueran necesarias, ¿por qué se abandonó la raíz del rábano, que es la parte más jugosa?
En el mismo artículo, Metzeltin nos especifica el origen del cambio: los nacionalismos nacidos de la Revolución Francesa y posterior dominio napoleónico. Estos exigían la “invención” de una lengua y de una literatura nacional, así como la “necesidad” de potenciar su estudio, lo que determinó que fuera el conocimiento de los distintos niveles (fonético, morfosintáctica y semántico) lo que, poco a poco, se iba incorporando a los programas de los diferentes tramos docentes. Hemos asistido, por tanto, a una revolución que no supo incorporar lo positivo del estado anterior.
Hoy se hace necesaria esa docencia que vaya de la práctica a la teoría (y he dicho bien) y viceversa, lo que requiere, entre otras cosas, programas con objetivos diferentes. ¿Se imaginan ustedes a un relojero que supiera descomponer un reloj, pero que no supiera armarlo? Pues a eso creo que llevó el hecho de centrar toda la atención del estudio de la lengua española en el conocimiento de las estructuras y planos sin pensar en esa otra parte creativa, tan necesaria.
¿Qué habrá que hacer, podemos preguntarnos, para ensamblar los dos tipos de conocimientos? El primer paso lo han de dar las autoridades académicas, quienes deberían saber —aunque no sé si lo sabrán— o deberían tener asesores que así se lo hicieran saber —aunque tampoco sé si los tendrán— que es posible una enseñanza de la lengua española que incluya determinados tipos de prácticas que conduzcan a un mejor manejo de la modalidad oral en situaciones formales. También sería conveniente que desde ministerios y comunidades se empiecen a potenciar proyectos de creación de materiales que faciliten esa enseñanza real de la lengua oral al profesorado de los distintos niveles. Para ello, contamos con los conocimientos aportados por las recientes disciplinas lingüísticas, en especial el análisis del discurso (las formas de iniciar una intervención, los marcadores que unen las partes de una exposición, los mecanismos para argumentar, la supresión de las muletillas, etcétera). No se trata, ni mucho menos, de prescindir de los conocimientos gramaticales, sino de enseñarlos imbricados con esos otros conocimientos que han de hacer que nuestros alumnos sepan enfrentarse a situaciones orales diferentes de las de todos los días y en las que tengan que unir varias ideas o argumentar sobre determinados temas. A partir del curso 2012-2013, en la Universidad de Almería —en el grado en Filología Hispánica— se impartirá una asignatura con esta finalidad.
En tanto no se cree de manera real tal necesidad de enseñar la lengua oral en nuestros centros docentes, seguiremos asistiendo perplejos a la dicotomía entre lo que dicen los boletines oficiales (con ese léxico seudocientífico y anglicado) sobre las destrezas orales y realmente lo que se enseña. Esto sí que es ciencia ficción.
Confiemos en que en la próxima polémica que surja acerca de lo mal que hablamos unos u otros, quiera la ventura “dejar una puerta abierta en la desdicha” para que en vez de incentivarla den “remedio a ella”. So pena que queramos seguir como estamos.
Luis Cortés Rodríguez es catedrático de Lengua Española en la Universidad de Almería.

UN DICCIONARIO ESTÚPIDO












Sobre las palabras, sus definiciones y el sentido común.
POR FABIO MORABITO

Lo compré hace años en una librería de viejo, cuyo dueño me previno: “Es un diccionario estúpido. Si le interesa, se lo dejo a buen precio”. Lo compré porque era barato y me atrajo la idea de poseer un diccionario estúpido. En mi casa lo abrí y busqué la definición de casa: “Construcción regular, por lo general con techo y ventanas, de distintos materiales y formas, que defiende al ser humano de la intemperie y los peligros exteriores”. Me pareció una definición muy sensata. Consulté el diccionario de la Academia, que define “casa” escuetamente: “Edificio para habitar”. Releí la definición del diccionario estúpido y, en efecto, comparada con el laconismo del DRAE, era algo desmesurada. ¿Por qué construcción “regular”? ¿Puede ser irregular una construcción? ¿Y por qué reducir la casa a un espacio defensivo? La definición del DRAE era inmejorable. Nada de regularidad o irregularidad, nada de techos y ventanas, nada de defenderse del exterior. Busqué “jardín” en el diccionario estúpido: “Pedazo de la casa, de diferente forma y tamaño, con plantas y flores, por lo general cercado y para retozo de los que viven en ella”. Busqué “jardín” en el DRAE y leí: “Terreno donde se cultivan plantas con fines ornamentales”. Conciso y sin vuelta de hoja, ni siquiera se mencionan las flores. Cerré el diccionario estúpido y lo guardé. Pecaba de locuaz y fantasioso, pero no era nada estúpido. Ya puestos, es más estúpido un diccionario que al hablar de un jardín no menciona las flores y trae “plantas con fines ornamentales”, que obligará a más de uno a hacer una nueva consulta, mientras “flores” lo entienden hasta los niños. Pero recurrir a definiciones que de tan lacónicas nos encarcelan a menudo en un círculo de definiciones sin fin, tampoco es una estupidez, porque no es cierto que todos entendemos la palabra “flores”, ya que quizás excepto los niños nadie entiende cabalmente ninguna palabra, ni con la ayuda de un diccionario que por abundar en sentido común nos parece estúpido, ni de otro que por carecer por completo de él nos lo parece aún más.

FUNDÉU RECOMIENDA...


Recomendación del día


sobrendeudamiento o sobreendeudamiento, sin espacio ni guion

El prefijo sobre- se escribe unido a la palabra a la que precede, ni separado ni con guion.

Por lo tanto, en ejemplos como «… las crisis de sobre endeudamiento que afectaron el sector de las microfinanzas» o «… a propósito del sobre-endeudamiento y las últimas medidas económicas» debería haberse escrito «… las crisis de sobreendeudamiento que afectaron el sector de las microfinanzas» o «… a propósito del sobrendeudamiento y las últimas medidas económicas».

Según la Ortografía de la lengua española de la Asociación de Academias de la Lengua, aunque haya excepciones, la norma general de escritura de los prefijos es que se escriban unidos a la palabra a la que se añaden.

Se recuerda asimismo que, al unirse el prefijo y formarse el grupo vocálico -ee-, la Ortografía (p. 168) considera preferible simplificarlo a una sola vocal (sobrendeudamiento), aunque tampoco es incorrecto dejar las dos vocales (sobreendeudamiento).

sexta-feira, 10 de agosto de 2012

ERRORES DE TRADUCCIÓN











No es de ahora que los traductores cometemos errores, pero algunos han pasado a la posteridad:

● EL OJO DE LA AGUJA - En el Nuevo Testamento en el libro de San Mateo dice
'es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que un rico entre al Reino de los Cielos'...
el problemita es que San Jerónimo, el traductor del texto, interpretó la palabra 'Kamelos' como camello, cuando en realidad en griego 'Kamelos' es aquella soga gruesa con la que se amarran los barcos a los muelles... en definitiva, el sentido de la frase es el mismo...
pero ¿cual les parece más coherente?...
● CANGURO - Cuando los conquistadores ingleses llegaron a Australia, se asombraron al ver unos extraños animales que daban saltos increíbles. Inmediatamente llamaron a un nativo (los indígenas australianos eran extremadamente pacíficos) y le intentaron preguntar mediante señas. Al notar que el indio siempre decía "Kan Ghu Ru" adoptaron el vocablo inglés "kangaroo" (canguro). Los lingüistas determinaron tiempo después el significado, el cual era muy claro, los indígenas querían decir "No le entiendo".
● YUCATAN - La zona de México conocida como Yucatán viene de la conquista cuando un español le preguntó a un indígena como llamaban ellos, ese lugar... el indio le dijo: Yucatán. Lo que el español no sabía era que le estaba contestando "no soy de aquí".

"Podemos ser y han sido. Sí, siempre puede haber un tonto."
León Bloy

LA PEGAJOSA MODA DE HABLAR Y VENDER CON ANGLICISMOS









María Soledad Ramírez R.
El Mercurio (Chile), suplemento Artes y Letras, pág. E12
Domingo, 5 de agosto del 2012


Tendencia ¿Outlet o saldos?
En Chile siempre ha existido fascinación por lo que viene de afuera. Hoy, la utilización del inglés ya no se limita a lo que no tiene traducción o es nuevo, sino que la publicidad, el comercio y el habla cotidiana están llenos de anglicismos innecesarios. ¿Arribismo, siutiquería o procesos propios de la lengua? Cuatro profesionales desde diferentes ángulos explican este fenómeno.
En una conversación cualquiera en Santiago de Chile:
-¿Vamos al outlet en Quilicura? Mi personal trainer me dijo que ahí encontraría unas calzas vintage . Después podríamos hacer un break en el café de la esquina o ir al corner de la tienda de retail para comprar alguna crema que me haga un lifting ...
Cuente: son ocho palabras del inglés en una frase de 45. Ahora reemplace cada palabra extranjera por su símil en castellano. Verá que todo puede ser dicho sin recurrir a ninguna ayuda externa.
De raro, nada. Hoy se hace cada vez más frecuente que usemos, en el habla o la escritura, palabras o frases prestadas de otro idioma (por sobre todo del inglés) en reemplazo de las expresiones españolas que significan lo mismo, un fenómeno que parece ir más allá del proceso natural de transferencia de palabras entre distintos idiomas. Tampoco es que nos hayamos convertido en bilingües de golpe y porrazo: de acuerdo a la prueba efectuada por el Ministerio de Educación en 2010, uno de cada diez estudiantes alcanza el nivel básico en el idioma de Shakespeare. Es decir, con suerte chapurreamos un «Hello, mister».
Si en áreas como la tecnología y las ciencias el inglés es la lengua predominante (porque existe una alta producción y publicación en ese idioma), el fenómeno no es traspasable al comercio, la publicidad o el marketing. Hoy en Chile no se compra comida para llevar, sino se pide un delivery ; no se va a una liquidación ni a la tienda de saldos con descuentos, sino al sale y al outlet , necesitamos las cosas asap en vez del muy chileno "altiro" y no sufrimos apagones, sino blackout .
¿Siutiquería, snobismo, arribismo, atracción por lo diferente o fenómenos propios de las lenguas? «Hay realmente una tendencia en la sociedad chilena de usar anglicismos, muchas veces de forma innecesaria», señala la filóloga Raissa Kordic, de la Universidad de Chile, quien lo tilda directamente de siutiquería. «Se considera de buen gusto el usar palabras de otro idioma, pero —agrega— es una falacia confundir esta actitud lingüística esnobista con el proceso propio de toda lengua de ser influenciada por otras».
«Mi teoría es simple: es una forma de darle valor al oficio y cobrar más caro», señala el publicista de la oficina Proximity, Marcelo Con, en relación al uso del inglés en avisos, eslóganes y marketing y, además, entre los propios publicistas. «El tema de la publicidad es algo que viene de hace años y que es un signo de este país. Antes fue el francés, ahora el inglés. En Chile está esa cultura de mirar afuera y encontrar que todo es mejor que lo propio», señala Con.
«Los idiomas a veces apuntan a constituirse en marcas de distinción social, entre las élites y las clases populares. Eso está muy marcado entre nosotros», señala el académico Juan Carlos Skewes, director de la carrera de antropología de la Universidad Alberto Hurtado. Ejemplifica con el uso de la sigla VIP (very important person), que cuando se puso de moda, hace ya tiempo, connotaba de inmediato de qué origen social provenía la persona que la decía y, por extensión, sus probables estudios, relaciones sociales, viajes. En esos casos, «las palabras cobran otra dimensión, más simbólica, connotativa de una posición social, y son el reflejo de la influencia de la cultura dominante, lo norteamericano hoy», agrega Skewes. «Entonces, palabras como sale u otras cobran un sentido mucho más allá de la mera funcionalidad práctica que se haga del vocablo», apunta.
Esa fascinación por el extranjero...
El uso y abuso de vocablos extranjeros no es reciente. Basta leer Martín Rivas —la novela de Alberto Blest Gana, que muestra la sociedad santiaguina del 1850— para conocer al personaje de Agustín, el hijo mimado del señor adinerado que habla la mitad con un francés rebuscado, país que era el norte cultural de las clases más educadas de la época. «Nuestra cultura, nuestra historia, nos ha hecho sobrevalorar aquello que viene de los países europeos», señala Skewes.
«Uno de los factores que me parece influyen en nuestra falta de cultura idiomática es, quizás, haber sido capitanía general, y no virreinato. Somos un país muy nuevo, que tuvo universidades liberales e imprentas recién en el siglo XIX», explica la académica Kordic, y agrega: «No tenemos ese bagaje histórico, ese peso histórico de cultura lingüística que sí tuvieron otras áreas en América que fueron menos marginales en la colonia, que tienen siglos de estar cultivando y preocupándose de estas materias».
Luego, con el cine —en la primera mitad del siglo XX—, la masividad de la televisión y la actual globalización e inmediatez de los medios de comunicación y las redes sociales, la influencia del inglés se ha vuelto, al decir de algunos entrevistados, abrumadora. Además, permeable a todas las clases sociales, aunque de distinta forma. Skewes aventura una teoría sobre usos y modos del inglés en la clase baja y en la clase alta: «hay personas que se llaman en inglés, pero utilizan objetos con nombres en español. A su vez, existen otros que se llaman en español, pero utilizan objetos en inglés». Es decir, los Brayatan van a las liquidaciones y comen queque, mientras que los José Pedro compran en las sales y prueban brownies.
La publicidad también ha hecho su parte. Crítico de sus pares, el publicista Marcelo Con reconoce que en su área se usa la palabra o la frase anglo, muchas veces, porque es una estrategia más fácil para llamar la atención del cliente. A la palabra en el idioma de uso cotidiano (el español) se contrapone la frase novedosa (las que vienen del inglés, menos conocido). «Me parece un facilismo. Existen algunas tecnologías en donde la palabra en inglés explica mejor el uso; o ciertas marcas que son extranjeras y en donde sus productos se explican así. Pero cuando son marcas chilenas, es espantoso», señala.
¿Costumbre o defensa?
Mientras en la calle pocos se cuestionan si más vale decir liquidación que sale , el tema no es de palabras más o menos. «La importancia de esto es que tiene que ver con la identidad cultural, con la fortaleza cultural de un país, de si terminamos siendo 'ocupados' por otra cultura. La lengua inglesa tiene orgullo de su ser, reciclan semánticamente sus palabras. El español también lo puede hacer. Nuestra lengua tiene una riqueza tan grande derivacional, que lo que no existe se puede inventar. Pero a veces se reemplazan palabras que no se sabe que existen, porque no se utilizan las herramientas de consulta necesarias», comenta Kordic.
La académica es crítica: «No se puede negar el enriquecimiento de otras lenguas. Pero hay un aspecto que es muy poco considerado en Chile; en parte, porque nadie se pronuncia sobre eso», señala, y apunta hacia la necesidad de generar políticas que se hagan cargo del tema. «Tenemos que contar con políticas lingüísticas, de educación, para promover la literatura y la cultura lingüística. Hay que tener la voluntad y la decisión política de hacerlo», señala.
«Uno tendría que advertir esto en la educación lingüística», comenta el lingüista Alfredo Matus, director de la Academia Chilena de la Lengua, acerca del uso innecesario de palabras en inglés. «Las academias hacen una defensa, pero la que corresponde. Hacemos campañas, pero respetando la índole de las lenguas naturales y su historia. Por supuesto que tiene que haber educación idiomática, programas en que se demuestre que debemos evitar palabras superfluas, que existen equivalentes en el español», explica Matus, pero señala que las legislaciones sobre el uso del idioma no han sido exitosas y que es, finalmente, el uso natural el que manda si una palabra se incorpora o no a nuestro léxico.
¿Quedarán o no estos vocablos? «Estamos observando la llegada de muchas palabras de origen inglés, pero hay que ver el comportamiento de éstas en la historia. Puede que muchas se vayan eliminando solas, no se van a afincar, no se van a enraizar en el uso, y en ese sentido no tiene ninguna importancia; eso sucede con todas las lenguas. La lengua misma tiene sus propios mecanismos de defensa, por decirlo así, y las va a eliminar rápidamente. En cambio otras—-porque seguramente se las necesita— se van a incorporar, pero para eso necesitamos tiempo, debemos observar su comportamiento. Las academias no se pronuncian sobre anglicismos que recién están circulando. Hay que observar lo que pasa con el uso. Las academias respetan como soberano el uso», remata Matus.
Nuestra cultura nos ha hecho sobrevalorar lo extranjero.

MODA


Glamur, panti, licra y piyama: aprenda a escribir sobre moda
Por: FERNANDO ÁVILA |


Estas y otras recomendaciones por Fernando Ávila, delegado de la Fundéu BBVA.


Estas son otras voces de dudosa escritura relacionadas con el mundo de la moda:

Eslip. Adaptación del inglés slip , que significa 'combinación' (prenda femenina), pero que suele usarse para identificar el 'calzoncillo masculino ajustado que cubre el cuerpo desde debajo de la cintura hasta las ingles'. Su plural es eslips. Esta información aparece en el Drae y en el Panhispánico.

Glamur. El sustantivo español es glamur y el adjetivo, glamoroso, según el Panhispánico. Ambos derivan del francés glamour , referido al 'encanto sofisticado'.

Kit. Palabra de origen neerlandés, que llegó al español a través del inglés, para referirse al 'conjunto de productos y utensilios, destinados a un mismo fin, que se venden juntos'. Aunque tiene equivalentes como equipo, combo, paquete o estuche, es válido usar el singular kit y el plural kits, como voces españolas, ya registradas en el Drae y en el Panhispánico.

Panti. Adaptación española del inglés panty, acortamiento de pantyhose , que identifica la 'media pantalón', pero que en Colombia y el área del Caribe se usa para referirse a la 'braga' o, como dicen las niñas bogotanas, a los 'cucos' (versión registrada en el Diccionario de americanismos ). Esta forma, panti , con i latina, saldrá en la edición del 2014 del Drae.

Licra. Versión española del inglés lycra . La forma con i latina aparece en el Panhispánico y figurará así en la próxima edición del Drae .
Nailon . Adaptación española de la palabra inglesa nylon , 'material sintético para fabricar tejidos', registrada en el Drae y en el Panhispánico.

Piyama. Suele escribirse pijama , al adaptar la voz inglesa, de origen indio, pyjamas , y es que en muchos países hispanohablantes se dice el pijama , en masculino y con sonido jota. El Drae ya registra la forma piyama, tal como la pronunciamos en Colombia.

Suéter. Esta adaptación española de la voz inglesa sweater está registrada tanto en el Drae como en el Panhispánico , donde se recuerda también que el plural es suéteres.

Tallas. Las tallas se suelen identificar con las letras L, M y S, correspondientes a las palabras inglesas large, medium y small . Arturo Calle identifica sus prendas con las letras G, M y P, que corresponden a las palabras españolas grande, mediana y pequeña . Ojalá otras empresas sigan su ejemplo.

Top. 'Prenda de vestir femenina, generalmente ajustada, que cubre el pecho y llega como mucho hasta la cintura', según la define el Drae . El Panhispánico agrega que su plural es tops.

FERNANDO ÁVILA
Delegado de la Fundéu BBVA

FUNDÉU RECOMIENDA...


Recomendación del día


histórico no es importante o memorable

Se recomienda reservar la palabra histórico a aquellos acontecimientos dignos de figurar en los libros de historia por su especial relevancia y no abusar de ella para aludir a lo que simplemente es importante, destacado o espectacular.

En los medios de comunicación no es raro encontrar frases como la siguientes: «Kirani James gana en un 400 histórico» o «Las empresas firmaron un acuerdo histórico para instalar varias centrales solares y crear 800 nuevos empleos».

Tal como aclara el Diccionario académico, histórico se refiere, en una de sus definiciones, a lo que es digno de figurar en la historia por la trascendencia que se le atribuye, por lo que es conveniente no abusar de esta voz aplicándola a casi cualquier acontecimiento que tan solo es destacado, importante, especial, decisivo, memorable o espectacular.

Así, en las frases anteriores habría sido más preciso, por ejemplo, «Kirani James gana en un 400 espectacular» o «Las empresas firmaron un acuerdo importante para instalar varias centrales solares y crear 800 nuevos empleos».

LA RECOMENDACIÓN DIARIA

  LA RECOMENDACIÓN DIARIA resistencia a los antimicrobianos , mejor que  resistencia antimicrobiana   Resistencia a los antimicrobianos , no...