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segunda-feira, 27 de maio de 2013

AMERICA LATINA


América Latina es la segunda región del mundo con más evasores fiscales
La región sufre la acumulación de capitales no declarados en el extranjero
ALEJANDRO REBOSSIO Buenos Aires 27 MAY 2013 - 03:43 CET3

Los países en vías de desarrollo son especiales víctimas de los paraísos fiscales. El fraude tributario que permiten esas guaridas quita recursos al progreso de pueblos enteros. El fenómeno de la fuga de capitales no declarados se ceba sobre todo en América Latina. De los diez países en desarrollo con más fondos fuera de registro, cuatro son latinoamericanos.

Después de China, Rusia y Corea del Sur, Brasil es el cuarto país con más salida de capitales no declarados, con 519.500 millones de dólares, lo que incluye tanto los que se fueron del territorio propio como lo que estos rindieron invertidos fuera entre 1970 y 2010, según el informe que el año pasado publicó Tax Justice Network (TJN), una red de expertos que luchan por mayor justicia tributaria en el mundo. México se encuentra sexto en la clasificación de países emergentes, por debajo de Kuwait e inmediatamente por delante de Venezuela y Argentina. De México se han fugado en 40 años unos 417.500 millones; de Venezuela, 405.800 millones y de Argentina, 399.100 millones.

De todas las regiones del mundo en desarrollo, solo Asia oriental, con 2,9 billones, supera a Latinoamérica, con 2 billones, según TJN, que calculó de manera conservadora el flujo de dinero no registrado que va desde los mercados emergentes hasta los paraísos fiscales por intermediación de los grandes bancos internacionales, como UBS, Credit Suisse, Citigroup, Morgan Stanley, Deutsche Bank, Bank of America Merrill Lynch, JP Morgan, HSBC, ABN Amro, Barclays, Crédit Agricole y Société Générale. Estos bancos cuentan con equipos especializados en captar clientes que están interesados en resguardar sus ahorros en territorios donde no pagarán impuestos ni tampoco tributarán en sus países de origen. También hay fondos de inversión de riesgo, bufetes contables y aseguradoras que participan del negocio.

El informe de TJN solo incluye los capitales financieros no declarados, a los que deberían añadirse los inmuebles, los barcos, los caballos de carrera, los lingotes de oro y otros activos físicos, según describe James Henry, integrante de la organización con sede en Reino Unido y execonomista jefe de la consultora McKinsey. El problema para las agencias tributarias no es solo la salida de capitales, que ha amainado en las últimas dos décadas en países como Brasil y México, según TJN, sino también la renta de esos fondos que se han ido y que difícilmente regresen. Se calcula que la mitad de los capitales líquidos de los ricos latinoamericanos y de algunos países asiáticos se ha marchado a paraísos fiscales.

Las razones de la fuga pueden encontrarse en la pretensión de los inversores de diversificar el riesgo, especular o huir de países donde se practican políticas económicas consideradas insostenibles, pero James opina que el sobreendeudamiento de los estados permitió financiar la salida de capitales. El experto también considera que privatizaciones mal gestionadas de servicios públicos y recursos naturales en los 90 derivaron en grandes negocios de empresarios que después giraron sus beneficios al exterior.

“México y Venezuela tienen altos niveles de activos externos no declarados, al igual que otros exportadores de petróleo, porque es un negocio con enormes volúmenes y en el que normalmente hay corrupción”, observa Jorge Gaggero, investigador de TJN en Buenos Aires. “En México, la estrecha relación con EE UU agrega estímulos a la fuga. Brasil, en cambio, tiene una relación de activos externos y PIB mucho menor que México, Venezuela o Argentina, que no es un país petrolero, pero tiene problemas coyunturales y estructurales que llevan a tener un stock grande afuera”, añade Gaggero.

Los chilenos pudientes guardan en el extranjero sin declarar 105.000 millones de dólares. Los colombianos, 47.900 millones; los panameños, 37.600 millones; los ecuatorianos, 21.600 millones; los bolivianos, 18.400 millones; los uruguayos, 13.300 millones; los salvadoreños, 11.200 millones y los peruanos, 8.100 millones, según TJN.

El debate mundial sobre los paraísos fiscales ha vuelto a recalentarse este año a partir de escándalos como la crisis bancaria de Chipre o el reporte del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ, según sus siglas en inglés). La Unión Europea, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE, que reúne a países ricos, México y Chile) y el G20, que agrupa a las principales potencias desarrolladas y emergentes (incluidos Brasil, México y Argentina), están discutiendo qué hacer de manera efectiva contra los escondites impositivos.

La investigación del ICIJ arrojó varios nombres de latinoamericanos dueños de cuentas en paraísos fiscales. Los hijos del expresidente colombiano Álvaro Uribe, Tomás y Jerónimo, aparecen como dueños de una empresa en las islas Vírgenes Británicas, en el Caribe. Ramón Cartes, el fallecido padre del presidente electo de Paraguay, Horacio Cartes, y otros cuatro ejecutivos del banco del futuro jefe de Estado, el Amambay, figuran como accionistas de una filial en las islas Cook, en el Pacífico. El empresario mexicano Dionisio Garza Medina, accionista del poderoso grupo químico Alfa, dispone de fondos en Singapur. Un general venelozano, José Eliecer Pinto Gutiérrez, es accionista de una sociedad en las islas Vírgenes Británicas. Clarice, Leo y Fabio Steinbruch, de la familia propietaria del banco Fibra y de las empresas siderúrgica CSN y textil Grupo Vicunha, también invirtieron en ese archipiélago, aunque dijeron que esa colocación estaba declarada ante las autoridades de Brasil. También aparecieron argentinos, como una rama de la familia Madanes que fue dueña de las empresas Aluar (aluminio) y Fate (neumáticos) y que ahora que dice tener declarados sus recursos en Suiza, y el secretario parlamentario del Senado, Juan Héctor Estrada.

En Argentina el debate sobre los fondos no declarados está especialmente en auge. Por un lado, porque el Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner impulsa una amnistía fiscal para las divisas no registradas, un proyecto de ley que discutirá este miércoles el Senado. Por otro, por las denuncias de presunto blanqueo de capitales que viene presentando el periodista Jorge Lanata, del Grupo Clarín, contra personas vinculadas con el kirchnerismo. Un fiscal ya ha imputado al empresario kirchnerista Lázaro Báez, a su hijo Martín, a su contable Daniel Pérez Gadín y a tres presuntos intermediarios, Leonardo Fariña, Federico Elaskar y Fabián Rossi por presunto lavado de 55 millones de euros. Casi al mismo tiempo, un juez reactivó una demanda presentada hace cinco años sobre una lista de clientes argentinos del JP Morgan que habrían fugado 400 millones de dólares para defraudar al fisco, entre ellos los principales accionistas de Clarín, como Ernestina Herrera de Noble y Héctor Magnetto. Al igual que en el caso de la lista Falciani en España y Francia, el denunciante aquí es un exempleado del banco en cuestión. Se llama Hernán Arbizu. Clarín ha asegurado que el grupo y sus dueños tienen todo su patrimonio declarado en Hacienda y recordaron que Arbizu se encuentra prófugo de la justicia norteamericana por manipular sin permiso el dinero de clientes de JP Morgan y UBS. En la lista Arbizu figuran otras grandes empresas argentinas como la petrolera Bridas, la eléctrica Pampa, la azucarera Ledesma, el desarrollador inmobiliario Eduardo Costantini, la constructora Sideco (de Franco Macri, padre del alcalde de Buenos Aires, el conservador Mauricio Macri) y el portal de comercio electrónico Mercado Libre, así como filiales de la estatal brasileña Petrobras, las españolas Abertis y ACS, la norteamericana Gallup y la italiana Impregilo. Varias de estas empresas han respondido que las colocaciones en paraísos fiscales estaban declaradas.

Otra organización dedicada a combatir el flujo de dinero ilegal, Global Financial Integrity (GFI), también elaboró en 2012 sus cálculos sobre los recursos ilícitos que salen de países emergentes y que a través del opaco sistema financiero global acaban muchas veces en países ricos. GFI no considera el movimiento de efectivo ni el contrabando y concluye que la mayor fuga ilegal se produce, en primer lugar de importancia, por la facturación falsa del comercio exterior y, en segundo término, por la salida de capitales financieros.

En una clasificación de países emergentes con mayor flujo financiero ilícito aparece a la cabeza China, seguida por México, con 47.561 millones de dólares anuales de media entre 2001 y 2010, según GFI. Henry, de TJN, considera que estas cifras se encuentran sobreestimadas. En la lista de GFI, Costa Rica aparece 14°, con 6.370 millones por año; Panamá, 18°, con 3.987 millones; Venezuela, 19°, con 3.791 millones, y Brasil, 21°, con 3.510 millones. Honduras está 24°, con 3.081 millones; Chile, 28°, con 2.417 millones; República Dominicana, 34°, con 1.695 millones; Argentina, 36°, con 1.670 millones; Guatemala, 37°, con 1.622 millones, y Colombia, 46°, con 1.254 millones. De Asia proviene el mayor flujo de dinero ilegal del mundo en desarrollo, el 61,2%, seguida por Latinoamérica, con el 15,6%, según GFI.

domingo, 26 de maio de 2013

La madre de la literatura


La literatura europea moderna nace a finales del renacimiento y su impulso decisivo es la Biblia en sus traducciones a lenguas vernáculas. En España no hemos tenido un texto bíblico como modelo literario
FÉLIX DE AZÚA

Hablamos como podemos y sobre todo como nos enseñan en casa, si acaso tenemos casa. El aprendizaje suele ser suelto y zoológico, pura imitación. Otra cosa es lo que escribimos. La lengua de la literatura apenas tiene relación con la lengua que se habla, es el resultado de una técnica esforzada y compleja, así que no parece raro que vaya desapareciendo, sustituida por una prosa que se arrastra por la tierra como las lombrices, pero con menos gracia. Escribir literariamente es una tarea extenuante y hermosa. Los literatos actuales tienden, razonablemente, a una escritura masificada.
Suele decirse que la moderna literatura europea nace a finales del renacimiento y su impulso decisivo es la Biblia en sus traducciones a lenguas vernáculas. Adaptar el gran estilo bíblico a una expresión comprensible en lengua llana fue una tarea monumental. Ahora que por fin se está traduciendo al castellano la versión de los Setenta, la célebre Septuaginta de Alejandría, podemos dedicar diez minutos a pensar en este particular: que en España, a diferencia de Inglaterra, Alemania o algunos lugares de Italia, no hemos tenido un texto bíblico como modelo literario.

El primero que concibió el alcance inmenso que podía tener una traducción de la Biblia al idioma común y corriente fue, famosamente, Lutero. En 1522 aparece un modo de escribir que rápidamente se convertiría en lo propiamente literario del ámbito germánico. Lutero estuvo atento al habla de la calle e incluso se dice que iba por los mercados anotando expresiones como un profesor Higgins teutón. Lo cierto es que el idioma alemán no existía, sino un sinfín de dialectos muchas veces incomprensibles los unos para los otros. En este sentido puede decirse que Lutero inventa el alemán literario al ingeniar una síntesis de gran belleza. Su influencia sobre Herder, Lessing, Goethe o Nietzsche, proclamada por ellos mismos, llega hasta las jeremiadas bíblicas de Bernhard.

Lo mismo sucede con la Biblia en tierras inglesas y aún con mayor fuerza. La primera traducción de intensa influencia es la de Tyndale, comenzada, por emulación, a partir de la edición de Lutero. Sólo pudo acabar el Nuevo Testamento y parte del Antiguo, pero sus discípulos la completaron y está en la base de la llamada Biblia de Ginebra editada en 1560. Era la primera en usar el texto hebreo en lugar del griego, pero el lenguaje mismo, el lenguaje literario de la Biblia de Ginebra, contiene un ochenta por ciento de Tyndale según Harold Bloom.

La Biblia de Ginebra tuvo una gran difusión y es la que leyeron Shakespeare, Milton, Spenser o Donne, pero era de ideología puritana de manera que el rey Jacobo I encargó una nueva versión para uso de la Iglesia de Inglaterra. Es la célebre King James, que se completa en 1611. Esta será la Biblia común de ingleses y americanos, una obra maestra traducida del texto hebreo (el Antiguo Testamento) y del griego (el Nuevo). Escritores como Melville o Faulkner serían inconcebibles de no contar con esta fuente siempre conspicua. Autores de muy distinta musicalidad, como Dickens, Joyce o Jane Austen, son también hijos de tan asombrosa obra de arte literario.

El Quijote cumple con las condiciones de fundación literaria en lenguas vernáculas europeas
En España, como es nuestro frecuente destino, eso no fue posible porque la prohibición de leer la Biblia se prolongó hasta el siglo XIX. Y aún podríamos añadir que ni siquiera en el siglo XX es una lectura literaria común, excepto entre los mejores, como Juan Benet y Sánchez Ferlosio, lectores admirados de la Biblia del Oso, nuestra traducción renacentista. El siglo XXI ya no necesitará que nadie la lea. Hemos llegado a otro mundo y no está en éste.

La historia de la Biblia del Oso y de su autor, Casiodoro de Reina, es una novela fascinante. Sorprende que no haya dado pie a una serie televisiva en los periodos medianamente liberales que hemos tenido en ese ente. Casiodoro de Reina era un monje del monasterio de San Isidoro, próximo al centro urbano de Sevilla, en donde burbujeaba la Reforma luterana con auténtico vigor. En consecuencia, él y otros doce monjes se vieron obligados a huir en 1557 al saber que la Inquisición se estaba interesando seriamente en sus ideas y trabajos. Bien hicieron, porque de los cien que no pudieron escapar cuarenta murieron en la hoguera.

Se instaló primero en Ginebra, pero la intransigencia calvinista le hastiaba y las ejecuciones le repugnaban. Se exilió, entonces, a Londres donde llegó a ser nombrado pastor con parroquia y pensión. Sin embargo, las relaciones diplomáticas con España habían dado un siniestro poder a los espías de la Inquisición, así que hubo de huir nuevamente en 1563. Su efigie había sido quemada en Sevilla un año antes y su cabeza tenía precio. Buscó entonces refugio en Fráncfort, donde vivía su suegro. El resto de sus días los pasará en constante trasiego entre esta ciudad, Basilea y Estrasburgo.

La Biblia del Oso, así llamada por la ilustración de portada, un oso en trance de arañar con sus garras un panal, aparece en 1569 y es una de las más bellas y perfectas del conjunto europeo. Tiene la peculiaridad de que, aun siendo obra de un creyente protestante, contiene el entero canon católico. Su nombre es la transcripción icónica del impresor, Samuel Biener (Apiarius), y juega con el oso de Berna y las abejas del apellido. Cipriano de Valera, otro de los monjes que huyó de Sevilla junto a Reina, editó en 1602 una segunda edición con algunas alteraciones y esa es la biblia de los protestantes hispanos así como la de los literatos de arte mayor.

Puede decirse que Lutero inventa el alemán literario al ingeniar una síntesis de gran belleza
Al igual que los casos alemán, italiano o inglés, la escritura de Reina es un fabuloso ejemplo de la lengua común castellana de su siglo, empleada con suma elegancia literaria. Si la King James suele compararse con Shakespeare (aparece cuando se estrena The Tempest), Reina puede hacerlo con Cervantes cuyo Quijote data de 1605. Así lo juzga Menéndez Pelayo: "(Casiodoro de Reina es) el escritor a quien debió nuestro idioma igual servicio que el italiano a Diodati". La frase (citada por González Ruiz en su inencontrable edición de 1987) parece un sacacorchos, pero se entiende: Reina inventa el castellano literario de la calle, por así decirlo, como Giovanni Diodati inventó el italiano en su traducción de 1607, obra maestra de la lengua de su país.

No obstante, la frase de Menéndez Pelayo es extraordinaria porque, habiendo podido ejercer la influencia que las traducciones bíblicas tuvieron en Inglaterra o Alemania, en España esto no fue posible. Muy poca gente leyó la traducción de Reina en nuestro país. Podía costarle la vida. Todavía en 1835, cuando George Borrow recorre España intentando vender biblias protestantes, su vida pende de un hilo. Hay que leer sus aventuras en La Biblia en España (hay una muy notable traducción de Manuel Azaña), para darse cuenta de lo que debió de soportar. Casi hemos de ponernos en Unamuno para divisar la influencia de la Biblia del Oso en algún escritor de altura.

Pero entonces, si no se produjo un efecto similar al del resto de Europa, una lectura doméstica del texto que originara un estilo literario, ¿cómo explicarse la aparición en España de una literatura en lengua vulgar, pero de gran elevación estilística? Comprendo que cometo una imprudencia al dar mi opinión de un modo tan abrupto, pero tengo para mí que el Quijote de Cervantes, cuya primera parte se edita en 1605 y la segunda en 1615, cumple exactamente con las condiciones exigidas en ese momento de fundación literaria en lenguas vernáculas europeas. Sus trescientas citas de las Sagradas Escrituras confirman un extenso conocimiento del texto bíblico, aunque no se ha podido establecer qué traducción llegó a sus manos.

Puede sonar como una frivolidad de aficionado, pero ¿no podría ser el Quijote nuestra particular Biblia y de ahí su enorme éxito, no sólo en España sino también en Inglaterra y Alemania? Una Biblia laica, sin subida nobleza, pero mucha sagacidad, sin grandeza quizás, pero con cálida fraternidad, sin heroísmo, pero con esa simpatía que se da en los países pobres hacia los pequeños, los desvalidos, los chiflados. Una Biblia aún más popular que la elegante traducción de Casiodoro de Reina para un público algo más bajo, más vulgar que el lector protestante norteño. Un libro que expresa igual o mayor desengaño que el que pueda leerse en el Eclesiastés, igual o mayor fervor amoroso que en el Cantar de los Cantares. Una Biblia descreída e irónica. Una Biblia para un país sin Biblia.

Félix de Azúa es escritor.

LA LENGUA VIVA


Opiniones encontradas
Amando de Miguel

Hay varias versiones sobre ese extraño nombre que damos a algunos extranjeros: guiris. Aquí he dejado caer alguna. Lucas Mendoza aporta otra: los soldados del Gobierno en las guerras carlistas llevaban en la silla de montar estas iniciales: GRI (Guardia Real Isabelina). De ahí que los carlistas empezaran a llamarlos guiris. El tono despectivo pasó después a los turistas extranjeros transpirenaicos. No me parece una interpretación muy convincente. En nuestros días son guiris, por ejemplo, los escandinavos o los alemanes, pero no los rumanos o los italianos.

Maribel Torbeck se alinea con Julio Iglesias de Ussel para convenir en que yo no soy pesimista, sino que finjo serlo. Agradezco la buena intención para animarme un poco, pero insisto en que mi temperamento es más bien pesimista. Aunque matizo: soy pesimista por lo que a mí respecta, y más bien optimista respecto al género humano o incluso a la raza española. Ambas reacciones se basan en la experiencia, la vital mía y la de observación de los datos de la realidad española.

Emilio Soria me pide que me aclare respecto a la palabra seccioncilla con la que defino esta veterana colaboración en Libertad Digital. A veces se me escapa escribir seccionilla, pero es una errata. El diminutivo es un poco retórico para que los libertarios se sientan como en casa. Quiero decir que aquí no se pretenden grandes construcciones teóricas o filosóficas. Nos entretenemos con los disparates y sucedidos en torno a nuestra lengua común. Aquí no hay doctrina sino fruición con el lenguaje público, a veces motivo de admiración y otras de chanza.

José Cuevas cita un bellísimo párrafo de Galdós que podría extrapolarse a la situación política actual. "Los dos partidos que se han concordado para turnarse pacíficamente en el Poder son dos manadas de hombres que no aspiran más que a pastar del presupuesto. Carecen de ideales, ningún fin elevado les mueve; no mejorarán en lo más mínimo las condiciones de vida de esta infeliz raza, pobrísima y analfabeta". Mi primo putativo Guillermo de Miguel objeta a ese texto "la ortografía imperdonable" de don Benito al decir pobrísima en lugar de paupérrima. No tiene razón don Guillermo. Primero, porque la ortografía cambia a lo largo del tiempo. Segundo, porque toda la vida de Dios en castellano se han alternado algunos superlativos con el sufijo -érrimo o -ísimo para la misma raíz. Por ejemplo, pobrísimo o paupérrimo. La forma en -érrimo suele ser más culta o formal. No me extrañaría que don Guillermo coincidiera con don José (tan cultos ellos) en que hay algunas mozas que están buenérrimas. Por lo demás, la crítica regeneracionista de Galdós debe interpretarse con el hecho de que el canario fue diputado cunero por Puerto Rico, isla donde nunca estuvo. Le gustaba demasiado Madrid.

“Europa o el caos”


Un grupo de intelectuales presentaron hace poco una proclama sobre los graves riesgos de desintegración del continente, con una advertencia: “unión política o muerte”.

Europa no está en crisis, está muriéndose.

No Europa como territorio, naturalmente.

Sino Europa como Idea.

Europa como sueño y como proyecto.

La Europa acorde con el espíritu elogiado por Edmund Husserl en sus dos grandes conferencias pronunciadas en 1938 en Viena y Praga, en vísperas de la catástrofe nazi.

Europa como voluntad y representación, como sueño y como construcción, esta Europa que pusieron en pie nuestros padres, esta Europa que supo transformarse en una idea nueva, que fue capaz de aportar a los pueblos que acababan de salir de la Segunda Guerra Mundial una paz, una prosperidad y una difusión de la democracia sin precedentes, pero que, ante nuestros propios ojos, está deshaciéndose una vez más.

Se deshace en Atenas, una de sus cunas, en medio de la indiferencia y el cinismo de sus naciones hermanas: hubo un tiempo, el del movimiento filohelénico de principios del siglo XIX, en el que desde Chateaubriand hasta el Byron de Missolonghi, desde Berlioz hasta Delacroix, desde Pushkin hasta el joven Victor Hugo, todos los artistas, poetas, grandes mentes de Europa, volaban en su auxilio y militaban en favor de su libertad. Hoy estamos lejos de eso; y da la impresión de que los herederos de aquellos grandes europeos, mientras los helenos libran una nueva batalla contra otra forma de decadencia y sujeción, no tienen nada mejor que hacer que reprenderlos, estigmatizarlos, despreciarlos y –con el plan de rigor impuesto como programa de austeridad que se les conmina a seguir– despojarlos del principio de soberanía que, hace muchísimo tiempo, inventaron ellos mismos.

Se deshace en Roma, su otra cuna, su otro pedestal, la segunda matriz (la tercera es el espíritu de Jerusalén) de su moral y su saber, el otro lugar en el que se inventó esta distinción entre la ley y el derecho, entre el ser humano y el ciudadano, que constituye el origen del modelo democrático que tanto ha aportado, no sólo a Europa, sino al mundo: esa fuente romana contaminada por los venenos de un berlusconismo que no acaba de desaparecer, esa capital espiritual y cultural a veces incluida, junto a España, Portugal, Grecia e Irlanda, en los famosos “PIIGS” a los que fustigan unas instituciones financieras sin conciencia ni memoria, ese país que enseñó a embellecer el mundo en Europa y que ahora parece, con razón o sin ella, el enfermo del continente. ¡Qué miseria! ¡Qué ridículo!

Se deshace en todas partes, de este a oeste, de norte a sur, con el ascenso de los populismos, los chauvinismos, las ideologías de exclusión y odio que Europa tenía precisamente como misión marginar, debilitar, y que vuelven vergonzosamente a levantar la cabeza. ¡Qué lejos está la época en la que, por las calles de Francia, en solidaridad con un estudiante insultado por el responsable de un partido de memoria tan escasa como sus ideas, se cantaba “todos somos judíos alemanes”! ¡Qué lejanos parecen hoy los movimientos solidarios, en Londres, Berlín, Roma, París, con los disidentes de aquella otra Europa que Milan Kundera llamaba la Europa cautiva y que parecía el corazón del continente! Y en cuanto a la pequeña internacional de espíritus libres que luchaban, hace 20 años, por esa alma europea que encarnaba Sarajevo, bajo las bombas y presa de una despiadada “limpieza étnica”, ¿dónde está? ¿Por qué ya no se la oye?

Y además, Europa se viene abajo por culpa de esta interminable crisis del euro, que sentimos que no está resuelta en absoluto: ¿no es una quimera esa moneda única abstracta, flotante, que no está unida a unas economías, unos recursos ni unas fiscalidades convergentes? ¿No es evidente que las únicas monedas comunes que han funcionado (el marco después del Zollverein, la lira de la unidad italiana, el franco suizo, el dólar) son las que se apoyaban en un proyecto político común? ¿No existe una ley de hierro que dice que, para que haya una moneda única, tiene que haber un mínimo de presupuesto, reglas contables, principios de inversión, es decir, políticas compartidas?

El teorema es implacable. Sin federación, no hay moneda que se sostenga.

Sin unidad política, la moneda dura unos cuantos decenios y después, aprovechando una guerra o una crisis, se disuelve.

En otras palabras, sin un serio avance de esta integración política, obligatoria según los tratados europeos pero que ningún responsable parece querer tomar en serio, sin un abandono de competencias por parte de los Estados nacionales, sin una franca derrota, por tanto, de esos “soberanistas” que empujan a sus ciudadanos al repliegue y la debacle, el euro se desintegrará como se habría desintegrado el dólar si los sudistas hubieran ganado, hace 150 años, la Guerra de Secesión.

Antes se decía: socialismo o barbarie.

Hoy debemos decir: unión política o barbarie.

Mejor dicho: federalismo o explosión y, en la locura de la explosión, regresión social, precariedad, desempleo disparado, miseria.

Mejor dicho: o Europa da un paso más, y decisivo, hacia la integración política, o sale de la Historia y se sume en el caos.

Ya no queda otra opción: o la unión política o la muerte.

Una muerte que podría adoptar muchas formas y dar varios rodeos.

Puede durar dos, cinco, diez años, y estar precedida de numerosas remisiones que den la sensación, una y otra vez, de que lo peor ha pasado.

Pero llegará. Europa saldrá de la Historia. De una u otra forma, si no se hace algo, desaparecerá. Esto ha dejado de ser una hipótesis, un vago temor, un trapo rojo que se agita ante los europeos recalcitrantes. Es una certeza. Un horizonte insuperable y fatal. Todo lo demás –trucos de magia de unos, pequeños acuerdos de otros, fondos de solidaridad por aquí, bancos de estabilización por allá– sólo sirve para retrasar el fin y entretener al moribundo con la ilusión de una prórroga.

Firmantes : Vassilis Alexakis, Hans Christoph Buch, Juan Luis Cebrián, Umberto Eco, György Konrád, Julia Kristeva, Bernard-Henri Levy, Antonio Lobo Antunes, Claudio Magris, Salman Rushdie

sábado, 25 de maio de 2013

“La cultura no está en crisis; es crisis”


La Universidad de Burgos lo ha investido doctor ‘honoris causa’
En esta entrevista expone su visión de Europa, EE UU, la cultura y la (las) crisis

MARÍA ANTONIA SÁNCHEZ-VALLEJO Burgos 23 MAY 2013 - 22:07 CET110

Umberto Eco (Alessandria, 1932) ha llegado a Burgos como el peregrino que remata su andadura en Santiago: con la sensación de haber cumplido una promesa. “Cuando tenía 20 años y preparaba mi tesis sobre estética medieval, veía que el modelo de los portales románicos que estudiaba eran las escenas del Apocalipsis de [las iglesias de] Castilla y León. Uno de los más bellos Apocalipsis se encontraba en Burgos, aunque ya no existe. Además, al escribir El nombre de la rosa tenía en mente la idea de un bibliotecario ciego también de Burgos, de Silos; es decir, todas mis fantasías han pasado por aquí”, cuenta satisfecho. El semiólogo recibió ayer en la Universidad de Burgos un doctorado honoris causa —“el 39º”, recuerda— en Historia Medieval.

El escritor, autor de ensayos sobre cómics y de novelas exitosas como la citada, de 1980, o El péndulo de Foucault (1989) —ejemplos de lo que los críticos han dado en llamar, no sin reparos por la contradicción, best sellers cultos—, aparenta veinte años menos y apenas si utiliza un bastón para apoyarse; de hecho, arrastra más las erres que las piernas. La víspera ha estado trepando por las escaleras de un archivo burgalés “donde se encuentran ejemplares con más de mil años de antigüedad, y sin embargo nadie es capaz de decirnos cuánto nos va a durar un USB…” La conversación va de la ceca a la meca y vuelve a las andadas, del libro al ciberespacio; a juzgar por las continuas referencias informáticas, podría deducirse que si tuviera que reeditar su clásico Apocalípticos e integrados (1964), el célebre ensayo sobre la comunicación de masas, podría renombrarlo Apocalípticos y enRedados. De la Galaxia Gutenberg a la Galaxia Internet, el semiólogo italiano teje una sutil tela de araña plagada de referencias librescas y detalles tecnológicos y de actualidad a los que solo pone un coto: ni una palabra sobre política italiana o la crisis europea.

En Europa han muerto 40 millones de personas. Pero la comodidad de atravesar las fronteras sin papeles ha hecho olvidar todo eso”.
Cosa extraña esta última, porque su discurso está empapado de un entusiasta fervor europeísta, aunque no deja de reconocer la crisis de ideas (o la lucha de tópicos) actual. “Sí, Europa está dividida en dos estratos: uno superior con una profunda identidad europea; usted lo sabe todo sobre el Fausto de Goethe, nosotros todo sobre Don Quijote, tenemos una cultura común. He encontrado hace poco una página bellísima de Proust, en el último volumen de En busca del tiempo perdido, cuando cuenta desde París la guerra contra los alemanes y cómo bombardeaban estos la ciudad, y sin embargo los personajes, que sabían que podían morir bajo las bombas, escribían artículos sobre Schiller. La clase intelectual (francesa), al margen de la guerra, continuaba sintiéndose europea. Esto no sucede con personas de otro medio intelectual, que no han comprendido todavía que tienen la suerte, por primera vez en cincuenta años, de no estar matándose entre ellos. En Europa han muerto 40 millones de personas. Pero la comodidad de atravesar las fronteras sin papeles ha hecho olvidar todo eso”.

Para forjar más Europa, Eco reivindica fórmulas de intercambio como el Erasmus. “Ha sido una gran idea, no solo porque ha permitido conocerse, e incluso casarse, a europeos de distintos países, y permitirá crear en las próximas décadas una clase dirigente al menos bilingüe… Pero fuera de ese nivel es muy difícil. En un congreso de alcaldes europeos en Florencia, propuse para los trabajadores [municipales] un intercambio parecido al Erasmus, y salió un alcalde de Gales, y dijo: “Me la sopla que uno de los míos vaya a Ámsterdam; en todo caso a Londres… (risas)”.

Entre los oscurantismos de nuestra época, el medievalista destaca el racismo, aunque, como en todo, también en eso haya clases. “Es fundamental que la gente se encuentre entre sí en situaciones no conflictivas, el racismo se produce no cuando un español va a Turquía, sino cuando un turco viene a trabajar a España. El verdadero racismo es siempre el racismo del pobre contra el pobre, los ricos no son racistas porque no les afecta. Los pogromos fueron así, contra judíos, pero también contra los rusos más pobres. El problema es hoy el racismo debido a la inmigración, que no tiene nada que ver con la posibilidad de una educación europea. Si desaparece este sentido de la unidad europea estamos perdidos. Antes Europa podía contar con la ayuda de EEUU, hoy a Estados Unidos Europa se la sopla, ahora tiene sus problemas con China, con India… Europa tiene que arreglárselas sola”.

Hablando de Europa, resulta imposible sustraerse a la palabra crisis, aunque orille adrede lo político. ¿La crisis le sienta mal a la cultura, la perturba mucho o, al contrario, la espolea? “La cultura es una crisis continua. La cultura no está en crisis, es una crisis continua. La crisis es condición necesaria para su desarrollo”. ¿Y la mercantilización del producto cultural, o el riesgo de privatización del patrimonio? Es un fenómeno que en realidad tiene muchos siglos de antigüedad, recuerda Eco, en referencia al patrocinio privado de actividades culturales (la restauración del Coliseo romano por una firma de zapatos, o los palacios venecianos propiedad de grandes fortunas que exhiben su poderío y su logo): “Eso siempre ha existido. Virgilio era pagado por Augusto; Ariosto cobraba de un duque. De alguna manera, si yo hubiese vivido en el siglo XVII habría debido estado al servicio de un señor; hoy no, mi trabajo literario o docente me permite vivir. En este sentido, la cultura es hoy más libre. Todos los textos en el ochocientos se inician con una loa al señor, al rey, es como si hoy tuviese que encabezar todos mis libros con un elogio de Berlusconi (risas)… Es justo que una empresa colabore con fondos para restaurar el Coliseo de Roma…”

En sus múltiples escritos Eco ha dejado dicho que la verdadera felicidad es la inquietud por saber, por conocer. “Es lo que Aristóteles llamaba maravillarse, sorprenderse… La filosofía siempre comienza con un gran ohhh!” ¿Y el conocimiento es acaso como el viaje a Ítaca de Kavafis, un recorrido que no debe terminar jamás? “Sí, pero además el placer de conocer no tiene nada de aristocrático, es un campesino que descubre un nuevo modo de hacer un injerto; evidentemente, hay campesinos a los que esos pequeños descubrimientos procuran placer y a otros no. Son dos especies distintas, pero naturalmente depende del ambiente; a mí me inoculó el gusto por los libros de pequeño… Y por eso al cabo de los años soy feliz, y a veces infeliz, pero vivo activamente mientras que muchos viven como vegetales”.

Un bibliómano como Eco ha integrado la presencia de Internet en su vida diaria como en su día hiciera con el automóvil o el telefonino (que no suena ni una vez durante el encuentro): como un hecho consumado ni manifiestamente bueno ni todo lo contrario. “Internet es como la vida, donde te encuentras personas inteligentísimas y cretinas. En Internet está todo el saber, pero también todo su contrario, y esta es la tragedia. Y además si fuese todo el saber, ya sería un exceso de información… Si yo comienzo a estudiar en la escuela necesito un libro así [hace un apócope con las manos], no uno enorme, que no entenderé, a nadie se le ocurre darle la [Enciclopedia] Británica a un niño…”

Internet es una cosa y su contraria. Podría remediar la soledad de muchos, pero resulta que la ha multiplicado"
Como investigador, Eco utiliza Internet como lo que considera que debe ser, una herramienta, y no un fin en sí mismo. Por tanto, no augura conflictos de intereses -ni de espacios- entre lo virtual y la realidad tangible del papel, bien sea prensa o un volumen de mil páginas. “Se puede leer Guerra y paz en ebook, obviamente, pero si lo has leído hace diez años, y lo retomas, el libro objeto te mostrará los signos del tiempo y de la lectura previa… Releerlo en un ebook es como leerlo por primera vez. Es una relación afectiva, como ver de nuevo la foto de la abuela (risas)… El libro como objeto continuará existiendo, de la misma manera que la bicicleta sigue existiendo pese a la invención del automóvil; es más, hoy hay más bicicletas que hace unos años. Lo mismo podemos decir del fin de la radio por culpa de la televisión…”.

“Internet es una cosa y su contraria. Podría remediar la soledad de muchos, pero resulta que la ha multiplicado; Internet ha permitido a muchos trabajar desde casa, y eso ha aumentado su aislamiento. Y genera sus propios remedios para eliminar ese aislamiento, Twitter, Facebook, que acaban incrementándola porque relaciona con figuras muchas veces fantasmagóricas, porque uno cree estar en contacto con una bellísima muchacha que en realidad resulta ser un mariscal de la Guardia Civil… (risas)”.

El doctor honoris causa se despide recomendando una lectura de prensa casi con lápiz y papel. “Los periódicos han perdido muchísimas funciones. Por la mañana lo hojeo rápidamente porque las noticias principales ya me las ha contado la televisión, pero continúa siendo importante por los editoriales, por los análisis, y es fundamental no leer uno, sino al menos dos cada día. Se debería enseñar a leer periódicos a la gente, dos o tres, para ver la diferencia entre las opiniones, no para conocer las noticias, eso ya nos lo dice la tele”.

La televisión, esa tele vulgarizada hasta el extremo por obra y gracia de ese Berlusconi de quien sigue resistiéndose a hablar más que de pasada, pero que vino a ser, en versión embrionaria, la gran revolución sociocultural que Internet fue después. “La televisión en Italia ha hecho mucho bien a los pobres, les ha enseñado un nivel estándar de idioma, y mal a los ricos, que se quedaban en casa en vez de ir a un concierto. Y no hablamos de ricos o pobres en función del dinero que tengan, sino de ideas, de ganas. La televisión en Italia ha enseñado a hablar a masas de campesinos, obreros, en la Italia unificada. Internet es lo contrario: a los ricos que lo saben usar, les va bien; los pobres, que no lo saben usar, no tienen capacidad para distinguir”.

Cervantes, Argel y la 'lingua franca'


La jerga de las redes sociales, híbrida y efímera, adapta el idioma al destinatario
JUAN GOYTISOLO - El País, España.

El cautiverio de Cervantes es un tema recurrente en la historiografía de la época y en razón de los enigmas que encierra, seduce y seguirá seduciendo a los investigadores tanto en España como fuera de ella. Herido en Lepanto durante la batalla naval que enfrentó el creciente poder otomano a la Santa Liga formada por España, Venecia y el Papado romano, no abandonó por ello los servicios a don Juan de Austria, a quien siguió en sus expediciones a Túnez y La Goleta. En su viaje de regreso a la Península nuestro primer escritor y su hermano Rodrigo fueron capturados por los corsarios turco-berberiscos y conducidos a Argel.

La historia de sus cuatro tentativas frustradas de evasión, de sus relaciones abruptas con el codicioso y cruel bey Hasán Veneciano y de las arduas negociaciones de rescate por los monjes trinitarios se hallan bien documentadas gracias a su amistad con Antonio de Sosa, cautivo como él y autor de la imprescindible Topografía e historia general de Argel. La estancia forzada durante cinco años del autor del Quijote en la orilla africana y su aportación a su rica y variada creación literaria han originado, como dijimos, una abundante bibliografía y cervantistas profesionales y universitarios se han esforzado en exponer desde muy distintos enfoques las diversas facetas de su experiencia argelina. A la lucidez y conocimiento profundo en la materia de Francisco Márquez Villanueva, en la estela fecunda de Américo Castro, se han agregado en las últimas décadas obras de obligada referencia como la de Emilio Sola y José F. de la Peña (Cervantes y la Berbería) y de María Antonia Garcés (Cervantes en Argel). La enumeración sería larga y la detengo aquí.

Criado en un mundo en el que se imponía como un dogma la “limpieza de sangre” y en el que la Inquisición velaba por la pureza de la fe católica y reducía a cenizas a disidentes y herejes, el contacto con la sociedad de Berbería —la convivencia con la diversidad étnica y religiosa de turcos, moros, cristianos, judíos, conversos y renegados— le procuró una experiencia y una visión del ser humano en las antípodas de las que le inculcaron en el espacio social, político y religioso de la España de su tiempo. El mestizaje cultural y lingüístico de Argel, el tránsito de una fe a otra, ya fuera por convicción, ya por razones pragmáticas, configuraron su labor de escritor y aportaron su sello a lo que él mismo llamaba su “rara” invención. El mundo bullicioso y abigarrado en el que vivió a veces en semilibertad y a veces en las temibles mazmorras, era para él una alternativa que nunca desapareció de su horizonte vital y literario cuando regresó a España y no recibió la recompensa condigna a su valentía en las armas y a su genio en la escritura.

Cervantes no dice gran cosa acerca del idioma en el que se comunicaban gentes de tan distintas naciones y origen social (la palabra nación no tenía entonces el significado de ahora). En Los baños de Argel pone en la boca de un morillo: “¡Rapaz cristiano / non rescatar, non fugir; / don Juan no venir, / acá morir / perro, acá morir!”, y al hablar de la esclavizada Leonisa y de su dueña Halima en El amante liberal menciona su uso de la lengua cristiana, pero sin especificar su contenido. Habrá que esperar el “Relato del cautivo” intercalado en la Primera Parte del Quijote —los tres capítulos en los que suspende el hilo argumental de la novela y concede la palabra al narrador de “aquel discurso verdadero” en la venta de Maritornes— para que, a través de él, Cervantes nos lo aclare.

“Me dijo en lengua que en toda la Berbería y aun en Constantinopla, se habla entre cautivos y moros, que ni es morisca, ni castellana, ni de otra nación alguna, sino una mezcla de todas las lenguas, en la cual todos nos entendíamos”.

La referencia cervantina a esa “lengua franca” gráficamente descrita por Antonio de Sosa en su Topografía como “jerigonza” que al igual de los tuits de hoy servía de esperanto pragmático para todos los miembros de aquel vasto crisol de identidades mutantes, aparece igualmente en las relaciones de viaje de otros cautivos y de comerciantes y aventureros que navegaban de norte a sur y de poniente a levante del Mediterráneo.

El mestizaje cultural y lingüístico aportó su sello a nuestro primer escritor
La importancia del tema exigía un registro minucioso de dicha jerga y hay que agradecer a la historiadora francesa Jacqueline Dakhlia que haya acometido dicha tarea con exhaustiva erudición y rigor. En su lingua franca. Histoire d’une langue métisse en Mediterranée, cuyo análisis se extiende de la toma de Constantinopla por los otomanos al siglo XIX, la autora describe con numerosos ejemplos un argot compuesto principalmente por vocablos italianos y españoles, con aportaciones menores judeoportuguesas, francesas, provenzales, árabes, bereberes y turcas, jerga cambiante y de sintaxis rudimentaria, con los modos y tiempos verbales reducidos al infinitivo. Las fuentes citadas lo pintan como un italiano esquemático o de “negro bozal”: un habla carente de lógica interna en la que primaba la adaptación rápida al oído ajeno.

Tal galimatías se prestaba fácilmente a la parodia literaria, como hizo Juan del Encina en el divertido villancico en el que evoca la peregrinación a Tierra Santa con los mendigos autóctonos pidiendo limosna —“y Ala ti da bon matin”, (que Dios te dé un buen día)— y en fecha mucho más tardía, como el mismísimo Molière, citado por Jacqueline Dakhlia, en El burgués gentilhombre, con su parodia de la embajada otomana despachada por el sultán a la corte de Luis XIV: “Si ti sabir / ti respondir; / si non sabir, / tazir, tazir” (si sabes, responde; si no sabes, calla, calla).

La deformación del idioma de origen derivaba hacia una discontinuidad balbuceante, no sujeta a regla alguna y ceñida a la mera expresión individual del sujeto parlante. La lista de ejemplos de la autora es elocuente y sabrosa, como muestra el glosario que acompaña la obra, inspirado en gran parte en el laboreo previo de Alan Corré y Guido Cifoletti. Contrariamente al lenguaje literario, la lengua franca (la jerga esperántica, la de las redes sociales) es híbrida, a menudo monosilábica y, en todo caso, efímera: cambia de una persona a otra, pero tiene la virtud de revelar las vicisitudes de la adaptación léxica y a veces sintáctica del propio idioma al del auditor o destinatario. Como la mayoría de los cristianos que corrieron su suerte, Cervantes no intentó adentrarse en las complejidades de la lengua de la Berbería y permaneció en la tierra de nadie en la que se imponía el uso de aquel habla fluida y mestiza.

Juan Goytisolo es escritor.

ELSA BORNEMANN


LITERATURA › A LOS 61 AÑOS, MURIO AYER LA ESCRITORA ELSA BORNEMANN
Una maga de la literatura infantil
Querida y celebrada por sus lectores argentinos y latinoamericanos, respetada y admirada por sus colegas, Bornemann publicó más de treinta libros, entre ellos Un elefante ocupa mucho espacio, prohibido por la última dictadura.


Por Silvina Friera

La muñeca de porcelana, de pelo muy rubio y flequillo de eterna niña, la hija de Blancanieves –travesuras del destino que su madre se llamara como uno de los personajes de los hermanos Grimm– es lo primero que viene a la mente cuando llega esa noticia que parece un hachazo. Que en un primer instante paraliza y luego despliega la imagen de un rostro entrañablemente angelical: Elsa Bornemann murió ayer, a los 61 años. Justo una semana después del genocida Jorge Rafael Videla, el mismo que prohibió Un elefante ocupa mucho espacio, “mediante un ultra injurioso decreto que me exponía a lo peor desde su vandálica dictadura militar”, subrayaba la escritora en una columna que escribió para este diario en 2004. “Se trata de cuentos destinados al público infantil con una finalidad de adoctrinamiento que resulta preparatoria para la tarea de captación ideológica del accionar subversivo, e indícase que Ediciones Librerías Fausto comparte dichos agravios y es contumaz en esa difusión”, se planteaba en ese decreto. Calificarlo de siniestro es quedarse corto.

“Elsy” –como la llamaban sus amigos– asumía sin ningún complejo que andaba por la vida llevando una parte importante de su infancia. Jamás como una mochila pesada, sino como un tesoro valiosísimo. Si algo bueno le sucedía, se alegraba como una criatura. Reconocía con orgullo indeclinable que tenía un comportamiento infantil. Y sonreía, a toda honra, con ese modo tan suyo de desdramatizar una confesión que para otro podría resultar inconveniente. Acaso un gesto de debilidad. Después del cimbronazo de su muerte, irrumpen rimas almacenadas en la memoria de un puñado de generaciones en esa especie de cofre encantador que es El libro de los chicos enamorados: “Si fuera un gato/ cascabelero/ te maullaría/ cuánto te quiero”. La literatura infantil de estos tiempos está más liberada de una compleja madeja de rancios prejuicios. Bornemann hizo camino al andar, empezó a publicar poemas para chicos en los albores de la década del ’70. Y tropezó con la saña socarrona de quienes ni siquiera consideraban al género en el plano de la existencia. “Cuando yo decía que quería escribir para los chicos, en la Facultad de Filosofía y Letras, mis compañeros se burlaban –recordaba–. Nadie se dedicaba a eso, entonces. No los voy a nombrar, pero después a algunos los encontré en editoriales dirigiendo colecciones infantiles o para adolescentes.” Las vueltas de la vida y el trabajo del tiempo pronto lograron que la burlada fuera una autora masiva, querida y celebrada por sus lectores argentinos y latinoamericanos. Y luego también respetada y admirada por sus colegas. Ocupó mucho espacio en la literatura infantil, afortunadamente, un espacio ganado página tras página, en Disparatorio, El niño envuelto, El espejo distraído, Los Grendelines, Cuadernos del delfín, No somos irrompibles, La edad del pavo, No hagan olas, Socorro Diez, Corazonadas, Amorcitos sub-14 y El último mago, por mencionar apenas algunos títulos de los más de treinta libros que ha publicado, muchos traducidos a varios idiomas y algunos al sistema Braille para ciegos.

A los ocho años se plantó frente a su padre –el relojero alemán Wilhelm Karl Henri Bornemann, que llegó al país para “sembrar” el reloj y las campanas que hoy se ven en la Legislatura porteña y se enamoró de la Blancanieves argentina– y le dijo que quería ser escritora. “El me dijo que le parecía bien, pero que me iba a casar e iba a ser ‘Elsa Bornemann de’ y que así iba a firmar mis libros. Yo le dije que no, y cada vez que me publicaban un libro se lo llevaba y él pasaba el dedo por arriba del nombre y se ponía contento, porque como tenía tres hijas mujeres decía que a través de mí el apellido iba a perdurar. No sé si se ponía más contento porque hubiera sido escritora o por la firma”, reveló en un encuentro con escuelas primarias en la Feria del Libro de 2004.

La vicedirectora de la escuela secundaria a la que asistió Bornemann –que nació en el barrio de Parque Patricios en 1952– fue una especie de hada madrina: la ayudó a publicar su primera obra, Tinke-Tinke. Tenía 16 años y la invitaron al programa radial de Blackie. Nunca dejaría de escribir cuentos, canciones, novelas, obras de teatro para chicos y jóvenes. A pesar del duro golpe que le produjo la prohibición de Un elefante ocupa mucho espacio –que ganó el prestigioso Premio Internacional Hans Christian Andersen por considerarlo “un ejemplo de Literatura con importancia internacional”–, se quedó en el país. “Hasta que se produjo el retorno a la democracia, recibí absoluta solidaridad de las editoriales, que siguieron publicando mis libros, de instituciones que continuaron premiándome aquí y en el exterior y de las autoridades de la Feria, quienes tampoco me erradicaron –enumeraba la escritora–. Fue una experiencia de vida que merece infinita gratitud por mi parte. En las sucesivas ferias montadas a pesar del Proceso, mi asistencia a múltiples actos y firma de mis libros persistió, como si ese terrorismo de Estado no me hubiera colocado ‘en la picota’. Si no fuera por ello, nunca hubiese sentido la ‘almática’ emoción que me sacude cuando colas de concurrentes aguardan mi atención frente al stand en el que me encuentre, a fin de que dedique sus ejemplares. No sólo se trata de niños y jóvenes que desean conocerme, sino incluso de ex lectorcitos ‘míos’, actualmente de 35 pirulos, 40 o algo más, quienes se presentan a verme con sus hijos, manifestando una constante adhesión a mi obra a través del tiempo.”

Cualquiera que haya sido un niño en la década del ’70 seguramente escuchó o leyó un cuento de “Elsy”. Sus libros son centrales a la hora de pensar la literatura infantil en el país y en el resto de Latinoamérica. Larga es la lista de premios que ha recibido: la Faja de Honor de la SADE, el Konex de Platino, y entre los últimos está el Pregonero de Honor 2006, otorgado por la Feria del Libro Infantil y Juvenil. El grupo 5 Encantando convirtió alguno de sus poemas en un disco que lleva el nombre ¿Dale que somos amigos? “Me produce una enorme culpa no poder contestar todo. Los chicos me confiesan muchas cosas, como si me conocieran, quizá porque encuentran verosimilitud en los cuentos –explicaba Bornemann–. No necesariamente mis cuentos terminan bien. La literatura infantil es muchas veces vista como literatura de segunda. A mí el interlocutor adulto no me interesa tanto como los chicos. Me gusta ser de los primeros escalones. Que les pase a los chicos como me pasó a mí con muchos autores, que gracias a ellos seguí leyendo.” No le temía a la vejez. “Pienso que no voy a llegar a vieja. Me fallaron los griegos, que decían que al que los dioses aman muere joven, entonces yo creía que me iba a morir muy jovencita. Va pasando el tiempo, y digo: Entonces, los dioses no me aman.” Fanática de Peter Pan, es la última maga de la literatura infantil argentina, una de las más amadas por esos dioses chiquitos que nunca la olvidarán. Que Elsa Bornemann ocupa mucho espacio lo sabemos todos.

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