| María del Pilar Cobo (El Telégrafo.com, Ecuador)
De las palabras a los hechos: La escritura de los colores
Muchas veces nos encontramos con dudas acerca de cómo escribir los colores, sobre todo si estamos hablando de los plurales de estos.
En primer lugar, recordemos que los colores son adjetivos, es decir, califican a un sustantivo, y, por lo tanto, deben concordar con este en género y número (por ejemplo, flores amarillas, anillo dorado, auto gris, árboles verdes). No obstante, los colores también pueden funcionar como sustantivos, como por ejemplo: ‘El rojo es mi color favorito’ o ‘Le sienta muy bien el negro’.
Hay varios colores que surgen por su similitud con ciertas cosas, como el plata, el rosa o el naranja. Estos colores, que derivan de sustantivos y no han surgido como adjetivos, conservan el singular aunque acompañen a un sustantivo en plural. Entonces, nos referimos a sacos rosa, sombras plata, sábanas naranja, etc. Si bien esta es la regla, cada vez es más común escuchar la pluralización de los colores, como sucede con el café, que, al derivarse de la planta, debería mantenerse en singular junto a un sustantivo plural. No obstante, nos ‘suena’ más lógico decir ‘zapatos cafés’ que ‘zapatos café’. Lo mismo sucede con violeta, que también se tiende a pluralizar: ‘blusas violetas’ en lugar de ‘blusas violeta’. En estos casos, el uso seguramente se impondrá a la regla, y poco a poco dejarán de ser considerados errados.
Darío Villanueva afirma que la lengua Española evoluciona acorde con los cambios de las sociedades que la hablan
Villanueva describe el español de Puerto Rico como una expresión del llamado español caribeño lleno de expresividad, con una música muy armónica. (EFE)
Aunque la invasión de términos tecnológicos y el surgimiento de nuevas formas de expresión como el llamado “spanglish” o los tuits de 140 caracteres pudieran representar un reto para el español, el director de la Real Academia Española (RAE), Darío Villanueva, no lo observa así.
Su apreciación sobre el tema es tan calmada como su modo de hablar. Lo único que parece inquietarlo es la urgencia por trasladar el Diccionario de la Lengua Española (DLE) a la esfera digital.
“El futuro es un diccionario que no es un libro que se digitaliza, sino un diccionario digital que se hace libro”, apuntó el filólogo en entrevista telefónica con El Nuevo Día como parte de su visita a la Isla esta semana para presentar la vigésimo tercera edición del DLE y ser parte de la firma del acuerdo que presentará el VII Congreso Internacional de la Lengua Española (CILE) en marzo de 2016. El evento se desarrollará sobre el tema La lengua española y su creatividad, y contará con la participación del Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa.
¿Cómo el español hace frente a toda la vorágine tecnológica que constantemente nos expone a nuevos términos y modos de comunicación?
Eso no es nuevo, hay que pensar por ejemplo lo que significó para el español del siglo 19 la introducción de la tecnología del tren, era también un invento que venía de Inglaterra y con él vinieron un montón de palabras que se referían a la máquina, a los rieles y esas palabras se fueron adaptando y hoy en día nadie que diga tren considera que está diciendo una palabra extranjera, es decir que hay que quitarle un poco de gravedad al asunto. Esto es un proceso normal que siempre ha ocurrido y generalmente una lengua poderosa y fuerte como la nuestra tiene suficientes medios para asimilar todas esas innovaciones e incorporarlas a su patrimonio léxico.
¿Se da ahora una evolución más rápida de la lengua que en el pasado?
Todas las lenguas están continuamente evolucionando, lo que sí es cierto es que los ritmos pueden cambiar de una época a otra. Vivimos en una época de ritmos frenéticos, la lengua no es más que una expresión de lo que ocurre en la sociedad. Si la sociedad está cambiando tan rápidamente como está cambiando, lógicamente la lengua va a notar un incremento en la velocidad de los cambios que en ella se acusen y en la lengua se representen.
En Puerto Rico, por la cercanía política y mediática con Estados Unidos, tenemos una generación mayormente joven que habla lo que popularmente se conoce como el “spanglish”...
Nosotros pensamos que lo que las academias hacemos -no solo la Española sino la Asociación de Academias de la Lengua Española que yo presido-, es menos decisivo para la evolución de la lengua que lo que se puede hacer desde la educación y la comunicación. Los servidores de los medios de comunicación son una gran influencia y una gran responsabilidad en lo que se refiere al uso y al trato del idioma que le damos los hispanohablantes. Pero luego está también el sistema educativo; desde niños entran en un sistema que los va configurando y que los marca para el resto de su vida... El ‘spanglish’ es sobre todo una creación que no está sistematizada, que varía, tiene diferentes modulaciones según las zonas y que afecta sobre todo al uso de palabras y a la adaptación de palabras del inglés al español, pero lo que es la estructura profunda de la lengua, la estructura morfosintáctica, ésa es muy resistente. En ese sentido el español está aguantando perfectamente bien esto.
Usted asumió la dirección de la RAE hace dos meses, ¿cuáles son sus prioridades en el cargo?
La prioridad en este momento es desarrollar un plan estratégico en cuatro años para refundar los fundamentos económicos de la Academia. España está experimentando una crisis económica muy fuerte, entonces la Academia Española no es la excepción. Estamos experimentando la misma crisis que las familias, que las empresas, que las instituciones y tenemos que buscar un nuevo sistema que haga sostenible la vida de la institución desde el punto de vista económico, y por otra parte el gran reto que tengo es la transformación del Diccionario de la Lengua Española en un diccionario total de fundamento moderno, es decir un diccionario digital. Es el gran reto.
Tiene a su haber trabajos sobre la literatura hispanoamericana. ¿De qué manera está representado el español de América en la expresión del idioma?
Ha habido dos momentos excepcionales en que la literatura en español que se escribía en la península estaba en cierto modo muerta, estaba anquilosada; eso ocurrió con la poesía al final del siglo 19 y vino el modernismo de Rubén Darío y los otros escritores latinoamericanos a renovar profundamente nuestra poesía y de ahí surgieron nuevos poetas con un español esplendoroso en España y ahí viene el premio Nobel de Literatura Juan Ramón Jiménez, o el Premio Nobel de Literatura Vicente Aleixandre. Luego, la segunda vez que ocurrió, en este caso a propósito de la novela, fue en los años 60 con el llamado ‘boom’ latinoamericano. La novela que se escribió en España y en toda Europa era una novela gris, falta de imaginación y brillantez expresiva y es cuando aparecen entonces Miguel Ángel Asturias, (Jorge Luis) Borges, Alejo Carpentier, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Augusto Roa Bastos y todos los grandes novelistas del llamado ‘boom’, y renovaron totalmente la manera de narrar en español, pero también se convirtieron en un conjunto narrativo de primera calidad y de primera influencia en el mundo entero.
En ese proceso, ¿qué aporta El Caribe?
Hay una teoría de la literatura del Caribe que formuló por primera vez Alejo Carpentier, que es la teoría de lo real maravilloso, de una narratividad en donde la frontera entre la realidad y la ficción se diluye totalmente y unido además a un barroquismo expresivo, a una especie de floración de las palabras y de las construcciones que es verdaderamente espectacular. El Caribe aporta esto de lo real maravilloso, una realidad que desborda las visiones de lo común y luego una expresividad verbal de tipo barroco, pero muy a la altura de los tiempos de hoy.
El español que hablamos en Puerto Rico, ¿cómo lo describiría?
Lo describo como una expresión del llamado español caribeño lleno de expresividad, con una música muy armónica y eso sí, con una capacidad grande para asimilar términos del inglés.
El verbo redimir no significa canjear ni cambiarpor lo que por lo que no es adecuado hablar de redimir los puntos o los cupones de una promoción.
En los medios de comunicación es frecuente encontrar frases como «Los titulares de la tarjeta podrán redimir sus puntos por vuelos, noches de hotel o alquiler de coches», «El monedero electrónico se puede usar en los comercios para abonar y redimir puntos» o «La red social presentó un nuevo sistema para que los usuarios puedan redimir cupones».
El Diccionario de la Academia incluye dos acepciones de redimir que suponen intercambio de bienes: ‘comprar de nuevo algo que se había vendido, poseído o tenido por alguna razón’ y ‘dejar libre algo hipotecado, empeñado o sujeto a otro gravamen’; pero ambas implican la recuperación de algo que se poseía, lo que no sucede con los puntos, millas, cupones u otras unidades promocionales, que canjeamos por productos o servicios que nunca fueron de nuestra propiedad.
Es probable que este uso inapropiado de redimir provenga de una mala traducción del verbo inglés to redeem, que sí incluye una acepción de canjear o cambiar.
Por lo tanto, en los ejemplos antes citados habría sido recomendable haber escrito «Los titulares de la tarjeta podrán canjear sus puntos por vuelos, noches de hotel o alquiler de coches», «El monedero electrónico se puede usar en los comercios afiliados al programa para abonar y cambiar puntos» y “La red social presentó un nuevo sistema para que los usuarios puedan canjear cupones» .
Con una jerga tan rica y variada cuando de insultar se trata, es común que algunas ofensas vayan perdiendo fuelle en favor de otras. Los tiempos cambian, las palabras también... pero las viejas costumbres son francamente inmortales. Por más años que pasen, las ganas de pelear siguen latentes en el seno de una sociedad demasiado estresada como para disfrutar de lo que tiene alrededor. Y eso, provoca que hoy brindemos un particular homenaje a uno de esos vocablos que nos retrotraen a épocas pretéritas.
Pancracio Celdrán establece en «El Gran Libro de los Insultos», publicado por la editorial La Esferan, que el zopenco es un «individuo necio y abrutado. Etimológicamente, tanto en italiano como en portugués zoupo, zopo equivale a tarado o lisiado, especialmente de los pies».
El autor apunta que los vocablos zopenco y zopo «connotan cojera» y explica que este sentido se lo otorga Sebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana o española (1611), donde le asigna etimología latina «de suppus (que gatea)». Por su parte, el célebreFrancisco de Quevedo da al calificativo el significado de «lisiado de pies y manos».
En el Diccionario de Autoridades (1726), primer diccionario de la lengua castellana editado por la Real Academia Española, zopo equivale a sujeto sumamente desmañado, que se embaraza y tropieza con todo.
José Francisco de Isla, en su Historia del famoso predicador fray Gerundio de Campazas (1758), emplea así la palabra:
Hasta ahora no encontré estudiante tan zopenco que de dicho método sacase la preocupación de persuadirse que la Escritura para nada sirve al teólogo...
Con el mismo valor semántico lo utiliza también a principios del siglo XIX el poeta Leandro Fernández de Moratín:
Seré mal poeta, seré zopenco, pero soy hombre de bien...
Celdrán apunta que el calificativo podría derivar del compuesto 'so penco', aunque tampoco puede demostrarlo. «El penco es un jamelgo, un caballo flaco y desgarbado, y no resultaría fácil casar este contenido semántico con el de zopenco, cuya base conceptual es la necedad y la tontería».
El escritor Vicente Blasco Ibáñez, en su traducción de Las mil y una noches (1916), emplea así el término:
Por eso, haga lo que haga, un sirio... será siempre un zopenco de sangre gorda , y su ingenio no se avivará nunca más ante el incentivo grosero de la ganancia y del tráfico.
Por último, tal y como viene siendo habitual en esta serie sobre el origen de los insultos, Celdrán hace un recorrido por el mapa de definiciones que abarca la geografía española. «En Andalucía: criatura tan desmañada que con todo tropieza, mientras que en Gran Canaria se predica del individuo de pocas luces. En la villa toledana de Cuevallaman así a quien es muy bruto; en la Alcarria conquense: lerdo, torpón; en puntos de Teruel: sujeto desmañado que además de bruto es bobo; en Cáceres: sujeto torpe, lento y bruto; en puntos deAsturias: pesado y torpón, sentido que también tiene en la provincia de Murcia».
El español es rico en palabras soeces por venir de donde viene, del latín, una lengua que tenía algo más de sesenta términos distintos para decir puta, según ha dicho a Efe el filósofo, egiptólogo y editor Virgilio Ortega, que acaba de publicar una Etimología de las palabras soeces titulada Palabrotalogía.
Muchas palabras malsonantes se transforman en eufemismos y por eso se multiplican los significantes para un mismo significado, pero éste no es el caso de la palabra puta en la antigua Roma, donde la diversidad semántica se debía «a las muchas formas que había de ejercer la prostitución, a la diversidad de especialidades», según las investigación etimológica efectuada por Ortega.
La que ejercía «delante del prostíbulo, mostrándose sin moverse del sitio» se denominaba prostíbula, la que venía del fuera, sobre todo de Grecia o de la recién conquistada Jerusalén, se designaba peregrina, la que trabajaba de noche era noctiluca y la conocida como culibonia podía traducirse como ‘la de buen culo’.
Meretriz viene del verbo mereor, que significa ‘merecer’, o sea alguien ‘que se lo ha trabajado y se lo merece’, de ahí que Virgilio Ortega asegure que una vez que se conoce el significado profundo del término la palabra se pronuncie con más respeto.
En latín, puta también se decía puta —como se dice igual o muy parecido en italiano, francés, rumano y todas las lenguas que proceden de la misma raíz—, culiola si ofrecía el ano o ‘culeaba bien’, gaditana —por la sensualidad de los bailes de Gades, Cádiz—, y quadrantaria por ser barata y alquilarse por ‘la cuarta parte’.
Los arcos de la planta baja del Coliseo romano, denominados fornices son el origen etimológico del verbo fornicar, ya que bajo aquellos arcos cobraban por sus servicios las fornix o prostitutas que trabajaban en aquel transitado lugar.
Pese a esta riqueza de vocabulario, los romanos habían de andarse con cuidado para evitar equívocos, a juzgar por los consejos de Cicerón, quien en sus escritor aconsejaba no decir cum nobis (con nosotros) y emplear la preposición de forma enclítica, o sea nobis cum, ya que al oído cum nobis sonaba como cunnus bis, es decir ‘coño dos veces’.
Los estudios etimológicos de Ortega demuestran que las palabras guarras, malsonantes o soeces tienen un origen noble, clásico y que con ellas sucede como con aquella canción que hablaba de ‘alta cuna y baja cama’.
De hecho la mayor parte de las palabras que ha estudiado proceden del latín, y buen número de ellas se habían empleado en pintadas en Pompeya, donde se conservaron por la erupción del Vesubio, hasta 10 000 intactas, algunas tan explícitas que parecen contener un significado oculto, como: «Si le das por el culo al ujier de un magistrado te quemarás la polla».
El verbo follar, según Ortega, es «casi una onomatopeya del fuelle» y de ahí viene, no sólo por el ruido que hace el fuelle al hincharse y deshincharse rítmicamente, sino a la misma mecánica de trabajo de este instrumento en la fragua, ora sube ora baja.
En sus etimologías, Ortega también cita a numerosos autores del Siglo de Oro, centuria pródiga en culos, pedos, pollas y coños, así en prosa como en consonante, y de la lírica medieval, con ejemplos del Arcipreste de Hita, el cual, aun siendo arcipreste, parecía conocer de primera mano ciertas habilidades femeninas.
«La descripción del mejor coito se encuentra en La lozana andaluza», ha asegurado Ortega, quien ha atribuido al machismo del idioma que el español tenga muchos más términos para referirse a la polla que para designar el coño.
También es machismo, a su juicio, que una cosa aburrida y tediosa sea un coñazo y que una cosa estupenda y fenomenal sea ni más ni menos que cojonuda —cojonuda, que viene de cojones, palabra que tiene la misma raíz de coleóptero, del griego coleo, que significa estuche, caja, por la parte exterior que aloja los cojones y por las alas exteriores que alojan las más pequeñas de los coleópteros—.
Cuánto cuesta ponerle el punto final a una historia
La literatura universal está llena de obras maestras que los lectores consideran perfectas, pero sus autores nunca dan por terminadas; casos que ilustran la máxima
En el célebre arranque de su novela El final del romance, Graham Greene escribió: "Una historia no tiene ni principio ni final: uno escoge arbitrariamente el momento de la experiencia desde el que mira adelante o hacia atrás". Tal vez los novelistas puedan elegir el momento narrativo desde el que comienzan su relato, incluso aquel con el que lo acaban. Pero otra cosa muy diferente es cuándo terminan de escribir una obra, porque muchos autores sienten que no lo hacen nunca. "Borges decía que el concepto de «obra definitiva» es sólo fruto de la teología o del cansancio", recuerda Alberto Manguel, autor de Una historia de la lectura y lector del autor argentino cuando perdió la vista.
La relación de los escritores con sus obras es tan intensa como la relación con sus propias vidas: algunos prefieren no mirar atrás, otros no paran de hacerlo, algunos son perfeccionistas hasta el infinito, otros prefieren que las obras se queden como están. La mayoría de los autores, lo confiesen o no, no puede evitar observar por la cerradura su vida y, por lo tanto, de su escritura. Desde Marguerite Yourcenar hasta Juan Ramón Jiménez, Milan Kundera, Ludwig Wittgenstein, que rechazó las tesis de la obra que lo convirtió en un autor mundialmente famoso, El Tractacus lógico-philosophicus, o Kafka, que pidió la destrucción de todos sus libros, la literatura universal está llena de obras maestras, que los lectores consideran perfectas, pero cuyos autores nunca dieron por terminadas.
"La reescritura siempre ha sido para mí una norma de trabajo, un texto artístico se puede corregir interminablemente", explica el poeta y narrador José Manuel Caballero Bonald, premio Cervantes en 2012, cuyas poesías completas están reunidas en Somos el tiempo que nos queda. El novelista Juan Goytisolo, que el próximo recibirá el máximo galardón de las letras españolas, también es un inagotable corrector: "He suprimido páginas enteras de Juan sin Tierra y en otras obras no he tocado nada, más allá de alguna errata. Toco cuando encuentro que lo que escribo no se corresponde con lo que espero del libro. La obra que cuenta es la que decide el autor. El que tenga una edición antigua de Juan sin Tierra o de La saga de los Marx debe saber que existe una edición posterior. La última es la que cuenta". "En todos he cambiado cosas", confiesa, por su parte, Javier Cercas, que publicó a finales de 2014 El impostor y una reedición de El vientre de la ballena, su tercera novela, en la que introdujo notables cambios. "Le hice una auténtica liposucción, porque tenía la intuición de que la novela era celulítica y que dentro de ella había un buen libro; creo que la intuición era exacta", afirma el escritor, que antes había convertido su primera obra, el libro con cinco relatos El móvil, en una novela corta con uno de ellos. "Ahora estoy releyendo Soldados de Salamina porque se va a publicar en mayo una edición revisada. He corregido adjetivos, más de una frase de sintaxis pedregosa, incluso algún anacronismo. Los poemas no se acaban, decía Valéry, sólo se abandonan; con los libros pasa lo mismo."
Foto: Sebastián Dufour
Los ejemplos son infinitos. La narradora Marta Sanz reescribió su novela La lección de anatomía, publicada en 2008 y reeditada en 2014. "No sentí que traicionase a los lectores de la primera versión, al contrario, estoy muy agradecida de que me dieran la oportunidad de reescribir mi libro", explica. "Si el autor tiene sentido de la autocrítica, tiende a mejorar las cosas. Desengrasé el estilo. Es en realidad un libro nuevo porque incluí dos capítulos y parcelé de otra forma toda la narrativa. El bueno es el último porque reflejamos lo que aprendemos."
También están los escritores que, una vez terminado el libro, cuando éste ha empezado su vida propia, se dan cuenta de que existen historias que, como ramas, surgen de sus páginas. El escritor colombiano Héctor Abad Faciolince -con su libro La Oculta de próxima aparición- explica cómo surgió una nueva obra de su novela más célebre, El olvido que seremos. Sin embargo, Abad Faciolince no es partidario de volver sobre lo escrito. "Creo que un libro es una especie de espejo de lo que uno era en el momento que lo escribió. Como uno deja de ser el que era, ya hay muchas cosas de los viejos libros que te suenan extrañas, ajenas, incluso malas, entonces uno tiene la tentación luciferina de cambiarlas. Pero al cambiarlas, el libro se vuelve un híbrido que ya no funciona, pues el escritor de hoy es distinto al de hace 20 años, y los libros corregidos por el mismo autor quedan raros, como si hubieran sido escritos a dos manos", explica.
HASTA EL INFINITO Y MÁS ALLÁ
Las obras literarias, el pensamiento filosófico, son cuerpos vivos que respiran a través de la relación que establecen con los lectores, pero también porque nunca acaban de separarse totalmente de sus autores. "El libro tiene una autoridad sobre uno que uno no tiene sobre él", asegura Rafael Chirbes. Sin embargo, los procesos de escritura pueden prolongarse hasta el infinito. Uno de los casos más extremos es el de la belga Marguerite Yourcenar (1903-1987): Opus Nigrum, una de sus grandes novelas, fue primero un libro de relatos, publicado en 1934, La mort conduit l'attelage (La muerte conduce la carroza), transformados luego en una novela, publicada en 1968. Juan Ramón Jiménez hacía tantos cambios en su obra que al final es imposible saber si es una sola obra o son varias: el libro/poema Espacio tiene una versión en prosa y otra en verso. También puede haber transformaciones pequeñas, pero cruciales. Alberto Manguel explica que "W. H. Auden cambió sus versos y eliminó varios, porque dijo que se daba cuenta de que no eran ciertos". Por ejemplo, el célebre verso We love one another or die ("Nos amamos el uno al otro o morimos") lo suprimió porque pensó que, aunque nos amemos o no, la muerte es inevitable".
El novelista y ensayista mexicano Álvaro Enrigue, ganador del Premio Herralde de novela conMuerte súbita, explica otra sutil, pero inmensa diferencia entre versiones: "Se dice que en el último manuscrito de Pedro Páramo, de Juan Rulfo [1917-1986], la primera frase era: «Fui a Comala» y que el «Fui» está tachado y encima dice «Vine». De ser cierta la leyenda, sería el tipo de corrección que cambia la historia". Este novelista y profesor de literatura relata otras historias de escritores obsesivos: "José Emilio Pacheco [1939-2014, otro Cervantes en 2009] no permitía que se reimprimieran sus libros porque le parecían llenos de torpezas, aunque eran de una precisión estilística admirable. Volvía locos a sus editores reteniendo las reimpresiones para leerlos y releerlos. Los ejemplares de sus libros en la biblioteca de la Universidad de Maryland, donde dio clases, están todos corregidos a lápiz por él mismo. Algunos tienen anotaciones sobre las correcciones". Pero él mismo tampoco es ajeno al veneno de la reescritura como narrador: de su novela La muerte de un instalador existen cuatro ediciones. "La última, que es la que circula en España, la reescribí de principio a fin, palabra por palabra", asegura Enrigue. Sin embargo, afirma que nunca ha podido regresar a Hipotermia, en el que relata una depresión, porque es un tiempo al que no puede, ni quiere, volver.
El madrileño Carlos Giménez volvió, en cambio, a los momentos más dolorosos de su vida para dibujar una de las obras maestras del cómic europeo, Paracuellos, en el que relata su infancia en un Auxilio Social de la posguerra. Fue reeditado en los últimos años, como casi toda su obra. Sin embargo, un dibujante se enfrenta a la enorme dificultad que encarna cambiar una plancha. "Cada vez que se reedita un trabajo mío en español, me obligo a leerlo para comprobar que está completo, que no están cortadas las viñetas y que no hay fallas de compaginación", relata Giménez.
La voluntad de cambiar, de revivir el texto, se remonta casi al principio de la creación literaria. El catedrático de la Universidad Complutense de Madrid Carlos García Gual, uno de los más respetados helenistas españoles, recuerda: "Hipólito, de Eurípides, y Las nubes, de Aristófanes, que leemos ahora son versiones corregidas por ellos de obras anteriores que no tuvieron éxito en su primera representación teatral. ¿Podemos ver en Las leyes, de Platón, una versión corregida de la utopía de La República? En ese largo diálogo de vejez, donde ya no sale Sócrates, Platón postula un consejo nocturno que en su afán inquisitorial habría condenado a muerte a su escéptico maestro. ¿El viejo y escarmentado Platón desconfiaba ya del libre examen y de los ideales políticos de antaño?".
Estos cambios sobre cambios, versiones, búsquedas infinitas de palabras y de frases, marchas hacia delante y hacia atrás hacen más difícil el trabajo de los filólogos, pero sin duda más apasionante. El catedrático italiano Pedro Álvarez de Miranda, miembro de la Real Academia Española, asegura: "Esos cambios son muy importantes para el filólogo, las modificaciones que el autor introduce en un texto siempre tienen interés. En el terreno de la lexicografía, y en particular para la elaboración de un diccionario histórico, es fundamental precisar la fecha de cada texto".
Cuando Philip Roth decidió dejar de escribir, se dedicó a releer las 31 novelas que había publicado entre 1959 y 2010. "Quería saber si no había perdido el tiempo -explicó el año pasado a The New York Times-. Mi conclusión, después de terminar, se parece a unas palabras que pronunció uno de mis héroes, el boxeador Joe Luis. Fue campeón del mundo de los pesos pesados. Había nacido en el Viejo Sur, fue un niño negro sin educación, parco en palabras. Cuando se retiró, dijo para resumir su carrera: «Lo he hecho lo mejor que podía con lo que tenía»."
El combate de los grandes escritores con las palabras no se acaba nunca. Sólo el tiempo es capaz de derrotar los inagotables cambios que impone la imaginación..
La voz inglesa cover, que se aplica al arreglo o interpretación que un artista hace de una canción de otro, puede reemplazarse a menudo porversión.
En las noticias relacionadas con el mundo de la música se está extendiendo el uso de esta voz, como en las siguientes frases: «Sobrecogió al público con su cover melancólico y magistral del canto popular americano» y «Este guitarrista hace una cover de la introducción de la serie al más puro estilo flamenco».
La voz española versión puede aplicarse a cualquier arreglo, sea de una canción propia o de otro músico, y normalmente el contexto deja claro el autor o la procedencia de la obra original, como ocurre en los ejemplos anteriores, en los que resulta innecesario el uso del anglicismo.
Por ello, habría sido preferible escribir «Sobrecogió al público con su versión melancólica y magistral del canto popular americano» y «Este guitarrista hace una versión de la introducción de la serie al más puro estilo flamenco».
En caso de optar por la voz inglesa, lo apropiado es escribirla en cursiva o, si no se dispone de este tipo de letra, entre comillas.