COLABORACIONES
http://ec.europa.eu/translation/bulletins/puntoycoma/85/pyc854_es.htm
Calidad y traducción (primera
parte)
Definición de calidad
En todas las ramas del saber existen dos clases de definiciones:
aquellas que nunca se van a poder comprobar y aquellas que sí. Las primeras
pertenecen al mundo de lo que podríamos denominar pseudociencia, y las segundas
pertenecen al campo de las ciencias, en el que quisiera enmarcar este pequeño
trabajo. Y en este campo, hacer una definición es adquirir un compromiso,
puesto que lo que definamos se tendrá que poder medir después. ¿Confuso? Voy
a decirlo de otra forma. Si decimos que una traducción es «bastante buena,
aunque le falta algo de coherencia al texto y el estilo es mejorable»,
estamos hablando de la calidad de la traducción, pero en clave de
pseudociencia. En realidad, nunca sabremos si esta traducción es mejor o peor
que otra «bastante buena también, aunque con más sentido de la estructura,
mejor articulada y menos vaga en los adjetivos». Si lo que queremos es saber
la calidad que tiene una traducción, no nos queda más remedio que medirla, y
dado que todo lo que se mide, se mide en relación con un patrón, habrá que
hacer tres cosas: definir qué es calidad, decir con qué patrón se va a medir,
y medirla.
En casi todas las actividades de producción, la tarea es
relativamente sencilla. Se define la calidad como el grado de similitud entre
lo que se fabrica y un patrón ideal, con sus dimensiones, su peso, su color y
su composición química, por poner un ejemplo. A continuación, se miden estas
características en el producto acabado y listo.
Sin embargo, en el caso de la traducción, la tarea se complica un
poco. En primer lugar, porque el texto cuya calidad queremos medir no tiene
un patrón de referencia, sino dos: el texto original y el idioma de destino.
En segundo lugar, porque algunas de las características que definen la
calidad de la traducción son en cierto modo intangibles.
Voy a definir aquí la calidad de la traducción del siguiente modo:
«La calidad de una traducción es el grado de similitud entre los
significados del texto terminal y el original, y el grado de ajuste entre el
texto terminal y las normas lingüísticas del idioma de destino.»
Quizá alguien se haya preguntado por qué he tenido en cuenta las
normas lingüísticas del idioma de destino a la hora de medir la calidad de la
traducción. La respuesta parece sencilla: el traductor ha cometido errores en
su propio idioma porque está traduciendo. Si esto fuese cierto, la cuestión
estaría zanjada. Pero no siempre es así. Por poner un ejemplo, una falta de
ortografía solamente será imputable a la traducción si el traductor no la
comete cuando redacta en español. Dicho de otra forma, la diferencia entre el
número de faltas de ortografía que comete un traductor cuando traduce y el
número de ellas que comete cuando redacta en su propio idioma puede deberse
con bastante probabilidad al proceso de traducción, y por lo tanto sería
justo tenerlas en cuenta al medir la calidad. Sé que este planteamiento nos
llevaría demasiado lejos y, como no es mi intención convertir la medición de
la calidad en un trabajo de laboratorio, iré directamente al grano.
Cómo se mide la calidad de una
traducción
Primer paso
Hemos dicho que la calidad se mide por referencia a un patrón ideal.
Normalmente ese patrón no se toma como modelo en su totalidad, sino que de
todas sus características se extraen como referencia solamente aquellas que
resultan relevantes para lo que estamos produciendo, en este caso la
traducción. En traducción, los patrones ideales son el texto original y el
idioma de destino. Son patrones porque sirven como punto de referencia y son
ideales porque el texto original es justamente lo que queremos reproducir
fielmente, y el idioma de destino contiene todas las normas que deseamos que
cumpla nuestro texto traducido.
Respecto al texto original, las características que nos interesa
tomar como referencia son:
Digo «los significados» en plural pensando en que un texto no
solamente transmite el significado más o menos literal de sus palabras, sino
también un significado intencional, simbólico, situacional, o como se le quiera
llamar, que también tiene que estar presente en la traducción. El significado
literal de una carta puede ser el de disculpa, y sin embargo la forma en que
está redactada puede dejar en el lector la sensación de reproche.
El número de unidades semánticas es un criterio objetivo, y sin
embargo discutible, con el que me refiero al número de significados
diferentes expresados en el original. Por poner un ejemplo, alguien podría
defender que «total y absolutamente» expresa dos ideas. Eso es cierto objetivamente
hablando, puesto que lo total no es lo absoluto, pero puede discutirse si lo
analizamos desde otros puntos de vista. Sería cierto si hablamos de un
cantante que cautivó al público total (por ejemplo, del todo) y absolutamente
(por ejemplo, él solo). Sin embargo, no sería cierto si decimos que «estoy de
acuerdo total y absolutamente».
En cuanto al estilo, es necesario decir que la traducción deberá
transmitir los mismos matices que el original, si bien adaptados a la
mentalidad y a la cultura de los lectores. Un texto que diga The
motor may produce noises that could interfere with the user's working no
se debería traducir por «El motor hace un ruido del demonio, y así no hay
quien trabaje», pero quizá tampoco sería acertado traducirlo por «El motor
genera unos niveles acústicos que podrán interferir con la actividad
ergonómica del usuario».
Respecto al idioma de destino, las características que nos interesa
tomar como referencia son:
Como errores no se prestan a mucho comentario, pero sí como síntomas.
La experiencia que ya empiezo a acumular en este oficio me dice que los
errores cometidos en este apartado se deben a una de las siguientes razones:
Segundo paso
Una vez definidas las características que nos servirán de referencia,
tenemos que concretar qué unidades vamos a utilizar para medirlas en nuestra
traducción y dividirlas en dos grupos: las que se pueden contar y las que no.
Se pueden contar, por ejemplo, las faltas de ortografía, o las supresiones y
añadiduras. Los errores de significado también se pueden contar, pero lo que
nos interesa no es saber cuántos contiene una traducción, sino lo graves que
son. Esto nos obliga a establecer un sistema de deméritos, que podría ser el
siguiente:
Errores muy graves: el original y la traducción tienen significados
opuestos (por ejemplo, traducir turn on the light por
«apagar la luz»).
Errores graves: el original y la traducción tienen significados
diferentes (por ejemplo, traducir turn on the light por
«darse la vuelta con ligereza»).
Errores leves: el original y la traducción tienen significados
parecidos (por ejemplo, traducir turn on the light por
«activar el interruptor»).
No obstante, si alguien considera que es peor omitir un acento que
una 'h', puede establecer también el correspondiente sistema de deméritos
para las faltas de ortografía. Mi opinión es que nos debe salir más económico
medir la calidad de una traducción que hacerla. Por esa razón me parece
suficiente establecer un sistema de puntos para las características que se
pueden contar, y un sistema de deméritos para las que no.
Ejemplo práctico
Queremos medir la calidad de una traducción técnica. Si cumple todos
los requisitos que hemos comentado anteriormente vamos a asignarle una
calidad 100, y además la vamos a clasificar en el grupo A. De lo contrario,
esa puntuación irá decreciendo de acuerdo con la siguiente tabla de
evaluación:
* Normalmente, las añadiduras que encontramos en las traducciones son
pequeñas aclaraciones que hace el traductor, como experto en el tema que
traduce, a fin de hacer más comprensible un texto que quizá en el original
resulte confuso. Por ese motivo, no se penalizan tanto como las omisiones.
Por otro lado, los errores de terminología se penalizan más que otros por
tratarse de un texto técnico.
La traducción es la siguiente:
Inform the user that the knocking sounds during the measurement are
caused by switching the coils on and off.
Informe al usuario que los golpes que escuchará durante la medición
son causados por la conexión y la desconexión de los debanados.
Esta traducción quedaría clasificada en el grupo B con 65 puntos.
En primer lugar, el traductor asume innecesariamente un riesgo al
traducir knocking sounds por «golpes», pudiendo haber dicho
algo así como «ruidos similares a golpes». Se comete un error ortográfico al
escribir «debanado» con b, un error gramatical en «informe... que», cuando lo
correcto es «informe... de que», un error de terminología en «devanados», que
deberían ser «bobinas», y una imprecisión al decir que el usuario «escuchará»
golpes, cuando habría sido mejor decir «oirá».
El sistema de puntuación que acabo de comentar asigna a los errores
valores absolutos y los acumula en forma de puntuaciones directas. Una de las
ventajas de este sistema es su sencillez, pero en cambio presenta algunos
inconvenientes. El principal de ellos es el sesgo a favor de las traducciones
cortas, que por efecto de la probabilidad contendrán menos errores que las
largas. Este problema se podría resolver indicando el tamaño de la traducción
junto a su nivel de calidad. Lo que ocurre es que comparar una traducción B
74 (250 palabras) con otra C 65 (380 palabras) puede suponer algo más que un
simple trabajo rutinario. Mi opinión es que la calidad de dos o más
traducciones se debe poder comparar de un vistazo sin necesidad de
operaciones intermedias. Esto se consigue computando los errores en términos
de porcentajes. Como los porcentajes se pueden comparar entre sí, también se
podrán comparar los niveles de calidad obtenidos por diferentes traducciones,
independientemente de su tamaño. Lo único que debemos definir claramente en
este punto es la unidad de medida. Yo soy partidario de utilizar como unidad
la palabra. Casi todos los programas que utiliza el traductor disponen de una
función para contar palabras. Si el programa nos ofrece además la posibilidad
de contar el número de frases, no habría inconveniente alguno en tomarlas
como unidad de medida para calcular, por ejemplo, el porcentaje de errores de
sentido.
La tabla que aplicaremos, tomando en este caso la palabra como unidad
de medida, es la siguiente:
Este podría ser el resultado de una traducción de 500 palabras que
contiene dos omisiones.
En la columna «Cantidad» hemos anotado «2». A continuación, hemos
calculado qué porcentaje suponen esos dos errores en un texto de 500 palabras
(2 / 500 x 100) y hemos anotado el resultado (0,4) en la columna
«Porcentaje». Después hemos multiplicado este porcentaje por su
correspondiente penalización y hemos llevado el resultado (-4) a la columna
«Resultado parcial». Por último, sumando todos los resultados parciales
obtendremos un valor que reflejará el nivel de calidad de la traducción.
Respecto a las penalizaciones, deseo aclarar que también puede adoptar el
signo positivo, siguiendo la lógica de que «cuanto menos, mejor». En tal
caso, la mejor traducción no sería la que obtuviera 100, sino 0 puntos. Si
alguien prefiere seguir la lógica del «cuanto más mejor», puede otorgar de
entrada 100 puntos a la traducción y restarle al final los obtenidos tras la
evaluación.
El planteamiento de esta tabla es bien sencillo: los errores se
expresan en porcentajes y, como no todos son igualmente graves, aplicamos a
cada uno de ellos su correspondiente factor de penalización. Finalmente, si
la calidad se mide con el objetivo de tomar decisiones, es aconsejable
establecer unos valores límite de aceptación junto a aquellos errores que
consideremos más graves. Así, aunque una traducción haya obtenido una buena
puntuación general, no será aceptada si sobrepasa el límite de aceptación,
por ejemplo, en el apartado «significados opuestos».
Nota final
Con esta pequeña aportación he pretendido solamente transmitir la
idea de que la calidad de la traducción se puede medir, y he intentado dejar
caer una gota de objetividad en un campo tan dado a la opinión como este.
Nunca me ha parecido un disparate considerar la traducción como un servicio,
con su cliente, su proveedor, su precio y, por qué no, su calidad.
Andrés López Ciruelos
Traducción médica. Alemania |
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segunda-feira, 3 de abril de 2017
CALIDAD Y TRADUCCIÓN
LA PUNTA DE LA LENGUA
'Crowdfunding' contra España
La mejor opción quizás sea “colecta”, palabra que ya se aplicó a la recaudación de Olof Palme
ÁLEX GRIJELMO EL PAÍS - ESPAÑA

Olof Palme, entonces primer ministro sueco, salió a las calles de Estocolmo en septiembre de 1975 con una hucha en la mano derecha y un cartel colgado del cuello, que decía: “Para la libertad de los españoles”. Él pretendía recoger fondos destinados a los partidos de oposición a la dictadura, pero la prensa española se refirió durante años a aquel hecho con mentiras como “Olof Palme recoge dinero contra España” (Abc, 4-10-1975) o “la colecta de Olof Palme a favor de los terroristas españoles” (Abc, 4-12-1976).
No he buceado en las hemerotecas para referirme a aquellas mendacidades, sino para verificar con qué términos se designó entonces la acción de obtener donativos. Y he hallado “colecta”, “recaudación”, “pasar la hucha”, “cuestación”…
Hoy podemos imaginar sin muchas piruetas retóricas que si los anglicismos hubieran dominado en aquel tiempo tanto como ahora, nos habríamos encontrado ejemplos como “Olof Palme hace crowdfunding contra España” o “crowdfunding para el terrorismo”. Y si hubieran existido los periódicos digitales, habríamos leído ingeniosos titulares como “Averigua los cinco motivos de Olof Palme para hacer crowdfunding” o “¿A quién piensa destinar Olof Palme su crowdfunding?”.
Esta palabra inglesa está formada por tres segmentos: crowd, que puede significar “muchedumbre” o “colectivo”; el nombre común fund, que se traduce por lo general como “fondo” o “fondos” en su sentido económico; y el sufijo -ing,que sirve, entre otras funciones, para formar sustantivos que reflejan una acción. Por todo ello, cabe traducir crowdfunding como “financiación colectiva”.
Sin embargo, las colectas que han emprendido los candidatos a la secretaría general del PSOE se vienen denominando así: crowdfunding. Ese anglicismo, como tantos otros, sirve para formar un léxico pretendidamente moderno; adaptable a lo que cada cual crea que quiere decir con él, porque no lo tenemos codificado; y que sonaría raro en muchas ocasiones. No sé... Por ejemplo, si el monaguillo que cae al suelo durante la misa mayor y desparrama las limosnas de la cesta dijese después, para contarlo: “Me tropecé con la alfombra y se me fue todo el crowdfunding a tomar por saco”.
FUNDACIÓN DEL ESPAÑOL URGENTE
FUNDACIÓN DEL ESPAÑOL URGENTE
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estar seguro de que,noestar seguro que |
Con la construcción estar seguro, el complemento que expresa la persona o cosa sobre la que no se tienen dudas va precedido de la preposición de, por lo que se recomienda evitar la expresión estar seguro que.
Sin embargo, no es raro encontrar en los medios frases como «El cantante está seguro que su hija vale mucho», «Están seguros que hay mucha gente dispuesta a participar en esta experiencia única» o «La actriz estaba segura que se entenderían sobre las tablas, y así ha sido». Según la Nueva gramática de la lengua española, a pesar de que la variante sin de está extendida en todo el ámbito hispanohablante, se trata de un caso de queísmo y es preferible optar por la forma con preposición: estar seguro de que. Así, en los ejemplos anteriores lo adecuado habría sido escribir «El cantante está seguro de que su hija vale mucho», «Están seguros de que hay mucha gente dispuesta a participar en esta experiencia única» y «La actriz estaba segura de que se entenderían sobre las tablas, y así ha sido». |
domingo, 2 de abril de 2017
PALABRAS MAYORES
El Congreso de la Lengua quiere ser palabras mayores
El Congreso de la Lengua
quiere ser palabras mayores
Por Carlos Schilling - http://www.lavoz.com.ar/ciudadanos/el-congreso-de-la-lengua-quiere-ser-palabras-mayores
Según el director de gabinete del Instituto Cervantes, Córdoba presentó la mejor candidatura de la historia del encuentro. Prevén la participación de más de 200 personalidades de primer nivel y diversas actividades académicas, culturales y turísticas.
Faltan dos años para que el Congreso Internacional de la Lengua se realice en Córdoba, pero si el tiempo se midiera por la emoción y la ansiedad de sus organizadores, cualquiera diría que el encuentro empieza mañana.
No es para menos: el evento pondrá a Córdoba en el centro simbólico de todos los países del mundo donde más de 500 millones de personas hablan español. Vendrán entre 200 y 300 intelectuales de primer nivel e incluirá actividades académicas, culturales, turísticas y económicas.
Ya se anunciaron obras en el Complejo Ferial y la refacción completa del Teatro del Libertador, que serán los espacios donde se desarrollará el Congreso, probablemente en marzo de 2019.
Lo curioso es que uno de los más entusiasmados es una persona que tiene una larga experiencia en este tipo de eventos. El español José María Martínez, director de gabinete del Instituto Cervantes, dijo: “Veníamos a buscar un tesoro y lo encontramos”. Fueron las primeras palabras que pronunció en el acto de presentación en el museo Evita del Palacio Ferreyra.
Tanto Martínez como Pilar Llull, de la Real Academia de la Lengua Española, coincidieron en que el dossier de presentación fue fundamental para que la ciudad de Córdoba resultara elegida. “Probablemente era la primera vez que había una candidatura tan completa. Y ya desde el primer momento nos pareció que sería difícil batir a Córdoba”, señaló Martínez.
Lo que inclinó la balanza fue el hecho de que todos los sectores posibles, tanto a nivel estatal como empresarial, apoyaran la iniciativa. Es que la organización del Congreso de la Lengua resulta tan compleja que se requiere de una garantía extraordinaria a la hora de poder hacerlo.
Martínez destaca la importancia que tiene la lengua en todas las actividades humanas, y por eso el Congreso abrirá sus puertas para que personas de distintos oficios y sectores sociales hablen de ella como materia prima de sus trabajos. Un dato significativo de la incidencia de la lengua en la economía: el comercio entre países que hablan un mismo idioma es 270 por ciento superior al que se registra entre países de distintos idiomas.
Ninguna pureza
Lejos de proclamarse representante de una supuesta pureza del español, el director de gabinete del Instituto Cervantes piensa que la “pureza no es buena en nada”, y enfatiza: “El español es una lengua mestiza, porque en su creación y desarrollo ha intervenido gente procedente de las más diversas culturas y lenguas”.
Sin embargo, resalta que desde afuera se nos ve como una sola cultura y que, pese a la extensión territorial, “el español es una lengua con un grado de cohesión tan alto dentro de esa diversidad que hace que lo que los lingüistas llaman el grado de comunicabilidad sea altísimo”. De hecho, explica Martínez, el 95 por ciento del vocabulario que utiliza un hablante medio es exactamente igual en todos los países. El otro cinco por ciento se debe a factores geográficos o sociales.
El gran desafío es que cada vez más gente en el mundo se interese por la cultura en español. Por eso, desde el Instituto Cervantes implementan tanto cursos de idioma en internet como certificaciones de conocimientos de la lengua.
Uno de los más fuertes impulsos para aprender español por parte de los extranjeros proviene de una actividad que pocos calificarían de intelectual: el fútbol. “Hay pocos productos tan rentables como las retransmisiones de los partidos de fútbol, por las que las televisoras pagan fortunas. Y, efectivamente, tiene un impacto enorme. Lo vemos en todas partes. Hay un país donde ese impacto ha crecido de un modo extraordinario en los últimos años, que es China”, dice Martínez, quien además se atreve a afirmar que “el fútbol arrastra estudiantes de español en la misma medida en que las grandes estrellas de Hollywood o que la música rock anglosajona han arrastrado estudiantes de inglés”.
Balón, pelota, esférico... Lo cierto es que el Congreso de la Lengua ya está rodando y la cancha es la ciudad de Córdoba.
¿Qué es?
Evento internacional. Un encuentro para estudiar y para fortalecer el español. Los congresos internacionales de la Lengua Española son impulsados por el Instituto Cervantes junto con la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española. Su objetivo es proponer nuevas perspectivas en la investigación de la lengua española y fortalecer las ya existentes en la comunidad científica. Participan escritores, académicos, creadores, editores, docentes, profesionales y expertos de la lengua.
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