Traductores. Y todoterrenos. Llevan de viaje a las historias hacia otro idioma y nuevos lectores. Pero, mientras, afrontan otra odisea, aún más compleja: buscarse la vida. En España, apenas el 28,2% de los traductores editoriales se centró exclusivamente en su profesión en 2015, según el primer estudio exhaustivo sobre el valor económico del sector, presentado hoy por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Es decir, más de siete de cada 10 compaginan su labor con docencia, creación literaria, investigación, periodismo u otras ocupaciones.
El informe dibuja a lo largo de 52 páginas un cuadro tan precario como incierto para estos profesionales. El traductor, básicamente, está solo y abandonado en la jungla del mercado. Y sufre sus distorsiones: 3.167 profesionales —la red estimada por el estudio— se pelean sobre todo por las llamadas de 10 grupos editoriales, los colosos que concentran más del 70% de la industria. Y no hace falta ser traductor, ni economista, para entender qué lado atesora el poder en una ecuación con muchos oferentes y pocos demandantes. El estudio muestra que más de un cuarto de los encuestados trabajó en negro en 2015; uno de cada tres tan solo traduce uno o dos libros al año. Y los ingresos medios en este sector rondan los 5.000 euros anuales. Y brutos. De ahí que su capacidad adquisitiva haya perdido 7,5 puntos entre 1997 y 2010. Por todo ello, y no solo, el informe advierte de un "riesgo de expulsión de buenos profesionales del mercado y de pérdida de calidad de las traducciones".
El paraguas de la ley tampoco logra proteger al traductor. Las gotas, más bien, se filtran por demasiados agujeros. La Ley de Propiedad Intelectual, por ejemplo, “reconoce al traductor editorial la condición de autor de la obra, otorgándole el derecho a una liquidación anual por derechos de autor”, reza el informe. Sin embargo, para casi la mitad de los que percibieron ingresos por traducir libros la normativa se queda solo en el papel. La misma ley establece que el traductor ha de ser informado sobre la tirada y la venta del libro, pero siete de cada 10 jamás recibieron datos sobre ello. Tanto que el estudio considera “recomendable reforzar la supervisión y control de estas prácticas”.
Otra necesidad que destaca el texto es la de más estadísticas sobre el sector. Los propios autores del documento —realizado por la consultora AFI para la Sección Autónoma de Traductores de Libros de la Asociación Colegial de Escritores de España, y subvencionado por Cultura y por la entidad de gestión CEDRO— relatan la dificultad de hallar una cifra verosímil que acompañara al título de su estudio: El valor económico de la traducción editorial. De hecho, finalmente no hay respuesta a esa pregunta. Lo más cercano es un número al que el informe llega tras contrastar y comparar cuatro fuentes distintas: la facturación de la traducción en el sector editorial, para el ámbito de ocio, supone 293, 6 millones, un 35,2% del total solo de este apartado. El texto recuerda también que siempre hay cinco o seis obras que cambian de idioma en el top 10 de los libros más vendidos en España, que recoge anualmente la consultora Nielsen.
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Más fácil resulta analizar qué se traduce. Por temas, sobre todo obras de las categorías “tiempo libre, infantil y juvenil y creación literaria”, según el texto. Y en cuanto a los idiomas, ocho de cada 10 son traducciones de un idioma extranjero a alguna lengua española. La mitad de las veces la versión original es en inglés, el francés representa un 10% y otro porcentaje idéntico supone el castellano.
Pero, ¿quién lee el fruto de este trabajo? El informe recopila varios datos más allá de la traducción, para retratar el contexto a su alrededor. En 2015, por ejemplo, se vendieron 155,4 millones de libros en España, lo que significa unos 400.000 diarios. Cada español lee en media 4,5 libros al año, aunque el número puede engañar. Porque, por un lado, está el 62,2% que disfrutó de al menos una obra editorial en 2015, lo que convierte la lectura en la segunda actividad cultural favorita de los españoles, tras escuchar música; pero, por el otro, hay casi cuatro de cada 10 españoles que jamás abrieron un libro en 12 meses. Un dato que no necesita traducción.
EN DEFENSA DEL TRADUCTOR
El informe muestra un panorama preocupante para los traductores editoriales. De ahí que el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte haya aprovechado la presentación para informar de una serie de medidas que pondrá en marcha para "mejorar el reconocimiento público" de esta labor.
La creación de una beca para traductores en la Residencia de Estudiantes en 2018, la celebración en julio de la XII edición del Encuentro de Traductores en Castrillo de los Polvazares (León), cuyo eje principal será el libro Descripción de la mentira, de Antonio Gamoneda, o la selección para el Encuentro de escritores y críticos que se celebra en septiembre en Verines del tema Creadores en la sombra: la traducción literaria en la actualidad, entre otras iniciativas que cita un comunicado del ministerio.
Ampliar fotoUn manifestante disfrazado de Donald Trump, este miércoles en Washington. ALEX BRANDONAP
El término “posverdad” pobló durante los últimos años las cadenas de radio y televisión, visitó todas las rotativas y Google responde que en su seno se ha reproducido 516.000 veces. Tal vez muchos hispanohablantes no lo han pronunciado aún, pero darían idea de que no viven en este mundo si asegurasen no haberlo oído nunca. Por eso la Real Academia Española ha decidido incorporarlo al Diccionario.
La palabra “posverdad”, según ha declarado más tarde Villanueva a preguntas de EL PAÍS, se incorporará el próximo diciembre y lo hará como sustantivo. Por tanto, habrá de decirse, por ejemplo, “la era de la posverdad”, y no “la era posverdad” (pese a que en inglés funciona como adjetivo: “The era of post-truth politics”, por ejemplo: “la era de las políticas posverdad”). Y en español, también a diferencia de lo que ocurre en aquella lengua, no llevará un guion entre el prefijo y la raíz: “posverdad” y no “pos-verdad”.
Este uso del prefijopos-no implica que vivamos un momento en el que la verdad ha desaparecido, del mismo modo que “la era posindustrial” no define la época en la que ya dejaron de existir industrias. En ambos casos, se denota que lo mencionado en la raíz ha dejado de ejercer un papel fundamental. El término “posverdad” ha venido reflejando que aquello que las personas sienten ante un estímulo, sus emociones respecto de una idea o de un líder, sus sensaciones subjetivas, priman en las decisiones que toman y son más importantes para ellos que la verdad misma.El director de la Academia ha definido en su conferencia “posverdad” como las informaciones o aseveraciones que no se basan en hechos objetivos, sino que apelan a las emociones, creencias o deseos del público; si bien en conversación posterior con EL PAÍS explicó que aún no se ha fijado la definición que figurará en esta nueva entrada.
Darío Villanueva ha señalado también en su lección magistral que este nuevo término es “interesante a la vez que preocupante”; recordado que “el prestigioso diccionario inglés de Oxford lo ha distinguido en 2016 con el título honorífico de palabra del año” y explicado que la palabra original en inglés, post-truth, “ha encontrado sin mayor problema una traducción impecable al español”.
El nuevo término se suma, pues, al campo semántico que ya habitaban voces como “mentira”, “bulo”, “falsedad” o “manipulación”. La elección que los hablantes y los periodistas hagan de entre ellas en cada caso será ya asunto suyo.
La decisión académica sobre “posverdad” se adoptó en el pleno de la semana pasada, según ha declarado Villanueva. Para quienes piensen que se trata de una incorporación rápida y debida al oleaje de la moda, el director de la docta casa ofrece estos datos: en inglés se empleó por vez primera post-truth en 1992 (lo hizo el dramaturgo serbio-estadounidense Steve Texich en un artículo publicado en la revista The Nation); y en español se atribuye la primera mención documentada al escritor Luis Verdú, en su libro El prisionero de las 21.30,publicado en 2003. Desde entonces hasta aquí, su uso no ha dejado de crecer en ambos idiomas.
Darío Villanueva ha declarado también que la Academia hará públicas cada mes de diciembre las palabras, acepciones y definiciones que se añadan al Diccionarioen su versión de Internet, para mostrar que “el Diccionario está vivo”.
INNOVACIÓN EN EL SISTEMA
La incursión de un neologismo en el idioma español cuando procede de otra lengua ocasiona a veces ciertos desajustes en el sistema. En este caso, la incorporación de “posverdad” al idioma español desde el inglés puede significar una cierta innovación.
El prefijo pos- (o post-, si bien la Academia prefiere la versión sin t) puede preceder a un sustantivo (posguerra), a un adjetivo (posmoderno) o a un verbo (posponer). Cuando se antepone a un sustantivo (como ocurre en este caso con “verdad”), suele señalar un periodo posterior a una acción (así sucede por ejemplo en los casos de “posparto” o “posventa”, en los que tanto “parto” como “venta” reflejan acciones), a un tiempo histórico (posfranquismo) o significar la época que sigue al auge de un movimiento artístico o político (el posmodernismo, el posromanticismo…).
Pero el sustantivo “verdad” no reúne ninguno de estos requisitos: no representa una acción, sino un concepto; ni se trata de un periodo, ni de un movimiento cultural. Por eso puede haber hablantes que lo sientan extraño… hasta que se acostumbren a él.
La voz inglesa learnability puede ser traducida en español por el neologismo aprendibilidad.
En las noticias es cada vez más frecuente encontrarse con este anglicismo en frases como «‘Learnability’, la palabra del futuro» o «La capacidad de seguir aprendiendo, la learnability, será lo que permita a los jóvenes de hoy tener una carrera profesional».
La voz inglesa learnability, unión de to learn y -ability, se refiere a la habilidad psíquica o mental necesaria para hacer algo y se emplea más concretamente para referirse tanto a las aptitudes naturales como a la actitud positiva que se precisan para permanecer en continuo aprendizajeen el contexto social y laboral actual.
En los medios en español, el neologismo aprendibilidad tiene ya cierto uso como traducción de este término inglés: «Otro de los atributos que comenzarán a buscar las empresas será la aprendibilidad (learnability)».
El sustantivo aprendibilidades una voz correctamente formada en español a la que, sin embargo, podría objetársele que parece denotar una cualidad del objeto que es aprendido y no de la persona que la aprende, igual que accesibilidad significa que algo es accesible, a lo que se puede acceder.
Sin embargo, este sufijo no siempre aporta un matiz pasivo y se aplica también a otras voces con sentido activo: con culpabilidad, por ejemplo, se expresa que alguien tiene culpa. Aprendibilidad puede considerarse, por tanto, una alternativa válida en español, ya que además las posibles ambigüedades siempre pueden resolverse mediante el contexto. Por ello, en los ejemplos iniciales habría sido preferible optar por «Aprendibilidad, la palabra del futuro» y «La capacidad de seguir aprendiendo, la aprendibilidad, será lo que permita a los jóvenes de hoy tener una carrera profesional».
Existe también la variante aprendabilidad, que puede considerarse un acrónimo de aprender más habilidad, por lo que tampoco sería formalmente censurable, pero que cuenta, sin embargo, con un uso menor que aprendibilidad.
¿Tiene sentido distinguir, como algunos han pretendido, entre sustentabilidad y sostenibilidad? En nuestra opinión no ha lugar a dudas: se trata de dos expresiones que se utilizan y pueden seguir siendo utilizadas como sinónimos. Baste señalar que el mismo texto inglés “sustainable development” es traducido en España y algunos otros países castellano parlantes como “desarrollo sostenible”, mientras que en México y otros muchos países latinoamericanos se traduce como “desarrollo sustentable”. Podemos recordar también que en italiano, por ejemplo, se ha traducido como “sviluppo sostenibile” o que en lengua portuguesa se utiliza “desenvolvimento sustentável”. Se puede rastrear el origen de ambas expresiones y discutir cuál nos parece más adecuada, pero lo esencial es reconocer que se utilizan con el mismo significado.
Esto no debiera preocuparnos ni extrañarnos: los “reportes de sustentabilidad” de las empresas mexicanas, por ejemplo, significan lo mismo que las “memorias de sostenibilidad” de las empresas españolas. Es algo que ocurre con muchas otras palabras: caminar por la vereda de una calle de Buenos Aires o por la acera de una calle de Sevilla no nos lleva a elucubrar acerca del distinto significado de “vereda” y “acera” en este contexto urbano. Y es algo que ocurre en cualquier lengua: ¿acaso los angloparlantes no hablan indistintamente de liberty y de freedom?
Hemos de ser muy cuidadosos en el manejo de los conceptos y no contentarnos con semejanzas (o diferencias) puramente formales de expresiones utilizadas sin profundizar, como simples eslóganes. No basta, por ejemplo, decir “desarrollo sustentable” (o “sostenible”) para saber qué estamos proponiendo o criticando. Ni siquiera basta con dar la conocida definición de la Comisión Mundial del Medio Ambiente y del Desarrollo (CMMAD): “es el desarrollo que satisface las necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades". Esto sigue siendo ambiguo y permite que algunos confundan “desarrollo” con “crecimiento” y utilicen la expresión “desarrollo sostenible” (o sustentable) en apoyo de sus políticas de “crecimiento sostenido”, algo absolutamente insostenible en un planeta finito. Y la misma confusión conduce a otros a rechazar la expresión como “una nueva mistificación del Norte para poder continuar sus prácticas de crecimiento depredador e insolidario”.
Es preciso dejar claro que el nuevo concepto parte de la posibilidad de que haya desarrollo, mejora cualitativa o despliegue de potencialidades, sin crecimiento, es decir, sin extracción de materiales a un ritmo superior al de su regeneración (cuando son renovables) ni producción de residuos a un ritmo superior al de su posible digestión por los ecosistemas. Dicho con otras palabras, si bien el crecimiento no puede continuar indefinidamente en un mundo finito, sí es posible el desarrollo. Posible y necesario, porque las actuales formas de vida no pueden continuar, deben experimentar cambios cualitativos profundos, tanto para aquellos (la mayoría) que viven en la precariedad como para el 20% que vive más o menos confortablemente. Y esos cambios cualitativos suponen un desarrollo, no un crecimiento global, aunque sí crecimientos locales, acompañados de decrecimientos en otros lugares, para hacer frente a desequilibrios inaceptables e insostenibles.
Precisamente, otra de las críticas que suele hacerse a la definición de la CMMAD es que, si bien se preocupa por las generaciones futuras, no dice nada acerca de las tremendas diferencias que se dan en la actualidad entre quienes viven en un mundo de opulencia y quienes lo hacen en la mayor de las miserias. Sin embargo, en la misma página en que se da dicha definición podemos leer: “Aun el restringido concepto de sostenibilidad física implica la preocupación por la igualdad social entre las generaciones, preocupación que debe lógicamente extenderse a la igualdad dentro de cada generación”. E inmediatamente se agrega: “El desarrollo sostenible requiere la satisfacción de las necesidades básicas de todos y extiende a todos la oportunidad de satisfacer sus aspiraciones a una vida mejor”.
Nada justifica, pues, que se califique el concepto de desarrollo sostenible (o sustentable) como una nueva mistificación del Norte para continuar de manera suicida sus prácticas de crecimiento insostenible e insolidario (aunque en la mente de algunos empresarios y políticos anide esta significación). Muy al contrario, el concepto de sustentabilidad (o sostenibilidad) es un concepto absolutamente nuevo, que supone haber comprendido que el mundo no es tan ancho e ilimitado como habíamos creído y que exige tomar en consideración la totalidad de problemas interconectados a los que la humanidad ha de hacer frente.
Hoy sabemos que es necesario, urgente y posible, hacer frente a la actual situación de emergencia planetaria, favoreciendo la transición a la sostenibilidad (o, si se prefiere, sustentabilidad). Evitemos, pues, las lecturas superficiales y no nos dejemos arrebatar -por quienes tan solo buscan su beneficio particular a corto plazo- los conceptos necesarios para orientar acciones fundamentadas.
MEDIO SIGLO DE LA OBRA CLÁSICA DEL REALISMO MÁGICO
"Cien años de soledad", modelo de uso del idioma español
NELSON FREDY PADILLA
Expertos revisan, desde el uso de antecopretérito y copretérito al comienzo y al final de la obra, hasta las propuestas de actualización ortográfica de García Márquez.
La más rigurosa corrección de “Cien años de soledad” la hizo el propio García Márquez para la publicación de esta edición conmemorativa editada por las academias de la lengua en 2007.
Dentro de las apreciaciones que nos han remitido a propósito de los 50 años de la publicación de Cien años de soledad, destacamos hoy la del profesor de gramática Juan Carlos Vergara Silva, el colombiano que hizo parte del equipo iberoamericano que escribió la Nueva Gramática de la Lengua Española en 2009.
Sobre la novela de García Márquez destaca: “Se evidencia desde el inicio de la obra el manejo magistral de los tiempos verbales en todo el recorrido narrativo de la novela. Recordemos: ‘Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo’”. Señala que a partir de ahí le “surgen preguntas como por qué no ‘Habría de recordar’, ‘hubo de recordar’ o simplemente ‘recordó’, posibilidades del español que seguramente García Márquez ponderó antes de tomar la decisión de ‘había de recordar’, excelente antecopretérito que don Andrés Bello consideraba una de las formas de conjugación verbal más expresivas de nuestro idioma”.
Otra muestra de la técnica verbal de García Márquez se evidencia al valorar las últimas palabras de la obra: “porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”. Según Vergara Silva, “uso espléndido del copretérito para culminar una obra épica de la novela contemporánea”.
“Dos paréntesis de uso verbal que enmarcan una obra en el mundo de lo real maravilloso que sin ser subjuntivo es un hermoso sueño en perfecto indicativo”, escribió el experto, como una invitación a los lectores a que “lean por las costuras” -como pedía Gabo- la obra clásica del realismo mágico, porque “es innegable que una obra literaria del carácter de Cien años de soledad no puede evaluarse desde una sola óptica. Sin embargo, contemplar la mayor cantidad de enfoques facilita al lector una mirada poliédrica de una obra universal”.
También destacó las referencias lingüísticas que hacen de la obra de García Márquez un clásico tan importante para el español comoEl Quijote de Miguel de Cervantes. “En primer lugar, su presencia como ejemplaridad en el Diccionario de Construcción y Régimen dela Lengua Castellana, que García Márquez llamó ‘la novela de las palabras’, y en la Nueva Gramática de la Lengua Española recogen un reconocimiento a la pluma de nuestro Nobel de Literatura”.
Lo dice Juan Carlos Vergara Silva, uno de los 22 miembros de la Comisión Interacadémica que trabajó en la investigación y redacción del nuevo libro guía del castellano, que no había sido reformado desde 1931, que por primera vez tiene alma hispanoamericana y no sólo española y que se amolda al uso moderno del idioma. Empezó su carrera como profesor de Español y Literatura en el Colegio Perpetuo Socorro de Fontibón y en la actualidad es director de la Maestría en Lingüística Panhispánica de la Universidad de La Sabana.
A los 56 años de edad también es miembro de número de la Academia Colombiana de la Lengua, fue uno de los investigadores del Instituto Caro y Cuervo que en 1999 recibieron el premio Príncipe de Asturias por completar el Diccionario de Construcción y Régimen -empezado hace un siglo por Rufino José Cuervo, el primer gran filólogo colombiano- y fue uno de los redactores de la Constitución de 1991.
¿Cuál es el colombiano más citado en el Diccionario y en la Gramática?, le pregunto. “Obviamente García Márquez. Luego están autores como Cepeda Samudio, Germán Arciniegas, Caballero Calderón, Jorge Isaacs”.
En manos de las academias de habla española quedan interrogantes por responder. ¿Se reformará la ortografía, como llegó a pedir García Márquez, para liberar al idioma del corsé de la gramática y simplificarlo? Por ejemplo, quedándonos entre la “b” de “burro” o la “v” de “vaca” solo con una? ¿Alguna vez llegaremos a la ortografía que el Nobel reclamó en el Congreso de la Lengua Zacatecas en 1997? Por ejemplo, ¿a la hormiga sin h? Se lo pregunté en 2011 a Víctor García de la Concha, que fuera doce años presidente de la Real Academia Española y a quien se atribuye haberle entregado a América el derecho y el poder sobre la lengua a través de los cuatro grandes textos de referencia actualizados y editados, ya no por imposición de los 46 académicos de España, sino fruto del consenso de las 22 academias hispanoamericanas: la Nueva Gramática, el Diccionario de Americanismos, el Diccionario Panhispánico de Dudas y la Nueva Ortografía. Me respondió: “Poco tiempo después de ese discurso el Nobel vino a España y Juan Luis Cebrián, del diario El País, le organizó un almuerzo. Estaba de director de la RAE Lázaro Carreter y con él le explicamos que lo que proponía era un disparate. Le recordamos la tradición de la escritura española desde el Siglo de Oro y le advertimos que si los cambios levísimos que hemos hecho han generado una tormenta qué tal si optáramos por una ortografía fonética. Sería la revolución de las revoluciones”.
¿García Márquez entendió la posición de la RAE o insistió en su rebeldía? “Él lo entendió y nos explicó que lo que pretendía era remover las conciencias. Además, después comprobamos que es la persona más escrupulosa en materia de ortografía: cuando preparábamos la edición conmemorativa de Cien años de soledad (2007), nos dimos cuenta de que las distintas ediciones de la novela tenían diferencias en frases, palabras y puntuación. Lo llamé y le envié unos folios con las variantes que habíamos detectado. Le propuse que fijara de manera definitiva el texto y lo hizo rigurosamente. Conservo las galeradas con la última versión que él nos dio”.
Testimonios que reiteran el rigor de Gabriel García Márquez como genio de nuestro idioma.
El sustantivo wasap (‘mensaje enviado por la aplicación de mensajería instantánea WhatsApp’), así como su verbo derivado wasapear(‘intercambiar mensajes por WhatsApp’), son adaptaciones adecuadas en español.
Con motivo de la nueva función de WhatsApp que permite borrar mensajes tras haberlos enviado, en los medios de comunicación pueden verse frases como «¿Arrepentido de un WhatsApp?» o «Tienes cinco minutos para borrar un WhatsApp enviado».
De acuerdo con la Ortografía de la lengua española, la letra w es apropiada para representar la secuencia /gu/, entre otras, en palabras extranjeras adaptadas al español (waterpolo y web, por ejemplo), criterio por tanto aplicable a wasap como españolización del nombre que se da a los mensajes enviados por WhatsApp.
En cambio, WhatsAppse escribe así, sin adaptar y con mayúscula inicial en la w y en la segunda a, si hace referencia al nombre propio de la aplicación.
Dado que en los dos ejemplos anteriores se está empleando WhatsApp para referirse a cada uno de los mensajes enviados, como nombre común, lo recomendable habría sido escribir «un wasap».
Si esta voz se pronuncia como palabra aguda, no se tildan ni el singular wasap ni en plural wasaps (ya que se trata de una palabra aguda terminada en grupo consonántico). También es muy frecuente su pronunciación llana y en este caso lo adecuado es poner tilde en la primera a: wásap/wásaps.
A partir del sustantivo wasap, es posible derivar el verbo wasapear, ya asentado, como en «¿Quieres promocionar tu negocio con una aplicación para wasapear?», sin necesidad de resaltarlo con cursiva ni comillas.
Por otra parte, aunque también pueden resultar admisibles las adaptaciones guasap, plural guasaps, y guasapear, al perderse la referencia a la marca original y percibirse como más coloquiales, se prefieren las formas con w.
El sustantivo wasap (‘mensaje gratuito enviado por la aplicación de mensajería instantánea WhatsApp’), así como su verbo derivado wasapear(‘intercambiar mensajes por WhatsApp’), son adaptaciones adecuadas al español, de acuerdo con los criterios de la Ortografía de la lengua española.
Esta obra señala que la letra w es apropiada para representar la secuencia /gu/, entre otras, en palabras extranjeras adaptadas al español (waterpolo y web, por ejemplo), criterio por tanto aplicable a wasap como españolización del nombre que se da a los mensajes enviados por WhatsApp, cuya denominación comercial conviene respetar: «Facebook compra WhatsApp por más de 13 800 millones de euros».
Así pues, frases como «Su segundo hijo también le manda wasaps desde París, donde está cursando un máster» o «¿Quieres promocionar tu negocio con una aplicación para wasapear?» pueden considerarse correctas, sin necesidad de cursivas ni comillas.
Si se pronuncia como palabra aguda no se tildan ni el singular wasap ni el plural wasaps, pese a acabar en s, dado que se trata de una palabra aguda terminada en grupo consonántico.
También es muy frecuente su pronunciación llana, en cuyo caso lo adecuado es poner tilde en la primera a tanto en singular como en plural: wásap/wásaps.
Por otra parte, aunque también pueden resultar admisibles las adaptaciones guasap, plural guasaps, y guasapear, al perderse la referencia a la marca original y percibirse como más coloquiales, se prefieren las formas con w.