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terça-feira, 15 de janeiro de 2013


Profesores brasileños se formarán en español y cultura hispana en Comillas


Quince profesores de universidad procedentes de Sao Paulo (Brasil) realizarán, durante las próximas dos semanas, un curso de Lengua española y cultura hispánica en la Fundación Comillas, dentro de un programa coordinado y patrocinado por el Banco Santander.

Este programa conforma un proceso de inmersión en el que los participantes desarrollarán actividades tanto dentro como fuera del aula, teniendo el componente cultural como uno de los ejes fundamentales del curso, según ha informado la Fundación Comillas en un comunicado.
Entre sus objetivos principales está dotar al estudiante de las estrategias y conocimientos necesarios para desenvolverse en cualquier situación comunicativa perteneciente al nivel de lengua en el que se encuentra.
También busca desarrollar las actitudes y las destrezas necesarias para aplicar los conocimientos adquiridos y, finalmente, concienciar a los discentes de la necesidad de contextualizar el aprendizaje.
Además de la propia villa de Comillas, fuera del aula, los profesores visitarán lugares como Santillana del Mar, el Parque Natural de Oyambre, el Monte Corona, Santander, así como puntos de interés cercanos, como el Museo Guggenheim de Bilbao.
La inmersión en la cultura hispánica se verá reforzada con la realización de talleres de cocina, baile o cine, que complementarán la parte teórica impartida por los profesores-doctores del CIESE-Comillas.
El curso se llevará a cabo entre el 15 y el 25 de enero y el acto de inauguración estará a cargo de la directora general de la Fundación Comillas, Tatiana Álvarez Careaga, y el director del Área de Convenios de la División Global Santander Universidades, Fernando Ordóñez.
Este curso abre el calendario académico de la Fundación Comillas de cara al 2013.

LA ACADEMIA ESPAÑOLA Y LAS MUJERES





La Academia Española de la Lengua apuesta por abrir sus puertas a más mujeres
"Estoy completamente seguro de que habrá más mujeres en la Academia, porque es lo natural, lo normal, y porque en el mundo de la creación literaria y de otras disciplinas hay muchísimas que tendrían su sitio en esta institución", afirma Darío Villanueva.
EL UNIVERSAL –Venezuela.

Madrid.- La conmemoración del tricentenario de la Real Academia Española recordará, inevitablemente, "la injusticia" que significó en su momento la tardía incorporación de la mujer a la RAE, pero también reflejará la tendencia actual de contar con las mujeres, cuya presencia debe ser "cada vez más significativa".

"Estoy completamente seguro de que habrá más mujeres en la Academia, porque es lo natural, lo normal, y porque en el mundo de la creación literaria y de otras disciplinas hay muchísimas que tendrían su sitio en esta institución", afirma Darío Villanueva en la entrevista que concedió a Efe para hablar del tercer centenario de la RAE, que se celebrará de septiembre de 2013 a octubre de 2014.

Si el pasado martes Efe informaba de las numerosas iniciativas que hay programadas para recordar esta importante efemérides, entre ellas una gran exposición y la publicación de una nueva edición del Diccionario, hoy lo hace sobre una de las demandas sociales menos atendidas por la corporación durante demasiado tiempo: la admisión de mujeres.

"El diagnóstico de lo que pasó es obvio y tiene nombres concretos y episodios poco airosos", señala Villanueva, secretario de la RAE, antes de recordar algunos de esos episodios que con todo lujo de detalles cuenta también Alonso Zamora Vicente en su historia de la Real Academia Española, una obra que se reeditará con ocasión del tercer centenario.

Aparte del caso excepcional de María Isidra de Guzmán, admitida como académica honoraria en 1784, el primer intento serio lo protagonizó a mediados del siglo XIX Gertrudis Gómez de Avellaneda, que fue "la primera escritora que se presentó ella misma para ser académica".

Por aquella época los académicos no proponían candidatos sino que era el propio interesado quien lo hacía.

La escritora de origen cubano era muy respetada en los círculos literarios cuando intentó entrar en la Academia, y lo planteó en una petición "serena, comedida y respetuosa. Nada de la presunción y la falsa modestia de tantas y tantas gentes de letras", afirma Zamora Vicente en su libro.

Pero los académicos del XIX eran fiel reflejo de la sociedad de su tiempo, que no entendía que una mujer formara parte de estas instituciones, y, de hecho, no se les permitía entrar en la Biblioteca Nacional.

Después de muchos debates, continúa recordando Darío Villanueva, "se produjo una reacción totalmente injusta, que sentó la base de una supuesta norma que nunca llegó a estar escrita: que en la Academia no había plazas para mujeres. Y esa norma se le aplicó luego a Emilia Pardo Bazán" en 1912. "No hay sitio para señoras", le dijeron de nuevo.

La diferencia entre una y otra escritora la señala Zamora Vicente. Y es que Pardo Bazán, una autora consagrada por aquel entonces y cuyas relaciones sentimentales con Pérez Galdós y con Lázaro Galdiano "eran conocidas de todos", tenía "mal genio y era soberbia y vanidosa".

El hecho de "figurar en primera línea en el cotarro literario debía de despertar recelos, cuando no francas antipatías, hacia doña Emilia", y a los ilustres académicos les fue más fácil rechazar su petición aunque sabían que su decisión podía levantar polvareda, como así fue.

Luego se olvidó esa norma y en los años veinte Blanca de los Ríos fue admitida a votación pero no triunfó su candidatura. En 1972, cuando resultó elegido Emilio Alarcos, competía con él María Moliner, "muy admirada por todos" y autora del "Diccionario de uso del español", pero consiguió más votos Alarcos porque con él llegaba la lingüística moderna a la Academia.

Carmen Conde ingresó sin ningún problema en 1979, como después lo hicieron Elena Quiroga, en 1984, y Ana María Matute, en 1998. Dos años más tarde sería elegida académica la historiadora Carmen Iglesias y en 2001, la científica Margarita Salas.

"Qué vamos a hacer!", se lamenta Darío Villanueva en su entrevista con Efe. "La Historia no la podemos reescribir. La clave está en el presente y en el futuro".

Las cosas han cambiado sensiblemente en la Academia en los últimos años, aunque la proporción entre ambos sexos sigue siendo desigual. Pero en la RAE no funcionan las cuotas. Se entra en ella por los méritos del candidato.

La novelista Soledad Puértolas es académica desde 2010, la filóloga Inés Fernández Ordóñez lo es desde 2011, y en los próximos meses leerá su discurso de ingreso la escritora Carme Riera, elegida en abril de 2012. En la actualidad hay, pues, seis mujeres académicas de un total de 46 plazas.

"Igual que en el pasado pudo haber prejuicios injustos y difícilmente presentables, esos prejuicios hoy ya no existen en absoluto. Por lo tanto, hay que darle tiempo al tiempo", dice el secretario de la RAE.

"2013 y 2014 son años del centenario. Cuando menos va a haber un ingreso de una académica, Carme Riera, pero estoy completamente seguro de que habrá más mujeres, porque es lo natural, lo normal y es la tendencia que la propia Academia quiere practicar", concluye Villanueva.

ENSAYO





Apogeo y decadencia de Occidente
Por Mario Vargas Llosa | Para LA NACION



En su ambicioso libro Civilización: Occidente y el resto , Niall Ferguson expone las razones por las que, a su juicio, la cultura occidental aventajó a todas las otras y durante 500 años tuvo un papel hegemónico en el mundo, contagiando a las demás con parte de sus usos, métodos de producir riqueza, instituciones y costumbres. Y, también, por qué ha ido luego perdiendo brío y liderazgo de manera paulatina al punto de que no se puede descartar que en un futuro previsible sea desplazada por la pujante Asia de nuestros días encabezada por China.
Seis son, según el profesor de Harvard, las razones que instauraron aquel predominio: la competencia que atizó la fragmentación de Europa en tantos países independientes; la revolución científica, pues todos los grandes logros en matemáticas, astronomía, física, química y biología a partir del siglo XVII fueron europeos; el imperio de la ley y el gobierno representativo basado en el derecho de propiedad surgido en el mundo anglosajón; la medicina moderna y su prodigioso avance en Europa y Estados Unidos; la sociedad de consumo y la irresistible demanda de bienes que aceleró de manera vertiginosa el desarrollo industrial, y, sobre todo, la ética del trabajo que, tal como lo describió Max Weber, dio al capitalismo en el ámbito protestante unas normas severas, estables y eficientes que combinaban el tesón, la disciplina y la austeridad con el ahorro, la práctica religiosa y el ejercicio de la libertad.
El libro es erudito y a la vez ameno, aunque no excesivamente imparcial, pues privilegia los aportes anglosajones y, por ejemplo, ningunea los franceses, y acaso sobrevalora los efectos positivos de la Reforma protestante sobre los católicos y los laicos en el progreso económico y cívico del Occidente. Pero tiene muchos aspectos originales, como su tesis según la cual la difusión de la forma de vestir occidental por todo el mundo fue inseparable de la expansión de un modo de vida y de unos valores y modas que han ido homogenizando al planeta y propulsando la globalización. Por eso, con argumentos muy convincentes Niall Ferguson sostiene que la promoción del pañuelo y el velo islámicos no es una moda más, sino forma parte de una agenda cuyo objetivo último es limitar los derechos de la mujer y conquistar una cabecera de playa para la instauración de la sharia . Así ocurrió en Irán tras la Revolución de 1979, cuando los ayatollah emprendieron la campaña indumentaria contra lo que llamaban la "occidentoxicación" y así comienza a ocurrir ahora en Turquía, aunque de manera más lenta y solapada.
Ferguson defiende la civilización occidental sin complejos ni reticencias aunque es muy consciente del legado siniestro que también constituye parte de ella -la Inquisición, el nazismo, el fascismo, el comunismo y el antisemitismo, por ejemplo-, pero algunas de sus convicciones son difíciles de compartir. Entre ellas la de que el imperialismo y el colonialismo, haciendo las sumas y las restas, y sin atenuar para nada las matanzas, saqueos, atropellos y destrucción de pueblos primitivos que causaron, fueron más positivos que negativos, pues hicieron retroceder la superstición, prácticas y creencias bárbaras e impulsaron procesos de modernización. Tal vez esto valga para algunas regiones específicas y ciertos tipos de colonización, como los que experimentó la India, pero difícilmente sería válido en el caso de otros países, digamos del Congo, cuya anarquía y disgregación crónicas derivan en gran parte de la ferocidad de la explotación y del genocidio de sus comunidades que impuso el colonialismo belga.
El libro dedica muchas páginas a describir la fascinante transformación de la China colectivista y maoísta del Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural de Mao Tse-tung a la que impulsó Deng Xiaoping, la de un capitalismo a marchas forzadas, abriendo mercados, estimulando las inversiones extranjeras y la competencia industrial, permitiendo el crecimiento de un sector económico no público y de la propiedad privada, pero conservando el autoritarismo político. Al igual que la Inglaterra de la Revolución Industrial que estudió Max Weber, el profesor Ferguson destaca el poco conocido papel que ha desempeñado también en China, a la vez que su economía se disparaba y batía todos los récords históricos de progreso estadístico, el desarrollo del cristianismo, en especial el de las iglesias protestantes. Las cifras que muestra en el caso concreto de la ciudad de Wenzhou, provincia de Zhejiang, la más emprendedora de China, son impresionantes. Hace treinta años había una treintena de iglesias protestantes y ahora hay 1339 aprobadas por el gobierno (y muchas otras no reconocidas). Llamada "la Jerusalén china", en Wenzhou buen número de empresarios emergentes asumen abiertamente su condición de cristianos reformados y la asocian estrechamente a su trabajo. La entrevista que celebra Ferguson con uno de estos prósperos "jefes cristianos" de Wenzhou, llamado Hanping Zhang, uno de los mayores fabricantes de bolígrafos y estilográficas del mundo, es sumamente instructiva.
Aunque no lo dice explícitamente, todo el contenido de Civilización: Occidente y el resto deja entrever la idea de que el formidable progreso económico de China irá abriendo el camino a la democracia política, pues, sin la diversidad, la libre investigación científica y técnica, y la permanente renovación de cuadros y equipos que ella estimula, su crecimiento se estancaría y, como ha ocurrido con todos los grandes imperios no occidentales del pasado -Ferguson ofrece una apasionante síntesis de esa constante histórica-, se desplomaría. Si eso ocurre, el liderazgo que la civilización occidental ha tenido por cinco siglos habrá terminado y en lo sucesivo serán China y un puñado de países asiáticos quienes asumirán el papel de naves insignias de la marcha del mundo del futuro.
Las críticas de Niall Ferguson al mundo occidental de nuestros días son muy válidas. El capitalismo se ha corrompido por la codicia desenfrenada de los banqueros y las élites económicas, cuya voracidad, como demuestra la crisis financiera actual, los ha llevado incluso a operaciones suicidas, que atentaban contra los fundamentos mismos del sistema. Y el hedonismo, hoy día valor incontestado, ha pasado a ser la única religión respetada y practicada, pues las otras, sobre todo el cristianismo tanto en su variante católica como protestante, se encoge en toda Europa como una piel de zapa y cada vez ejerce menos influencia en la vida pública de sus naciones. Por eso la corrupción cunde como un azogue y se infiltra en todas sus instituciones. El apoliticismo, la frivolidad, el cinismo, reinan por doquier en un mundo en el que la vida espiritual y los valores éticos conciernen sólo a minorías insignificantes.
Todo esto tal vez sea cierto, pero en el libro de Niall Ferguson hay una ausencia que, me parece, contrarrestaría mucho su elegante pesimismo. Me refiero al espíritu crítico, que, en mi opinión, es el rasgo distintivo principal de la cultura occidental, la única que, a lo largo de su historia, ha tenido en su seno acaso tantos detractores e impugnadores como valedores, y entre aquellos, a buen número de sus pensadores y artistas más lúcidos y creativos. Gracias a esta capacidad de despellejarse a sí misma de manera continua e implacable, la cultura occidental ha sido capaz de renovarse sin tregua, de corregirse a sí misma cada vez que los errores y taras crecidos en su seno amenazaban con hundirla. A diferencia de los persas, los otomanos, los chinos, que, como muestra Ferguson, pese a haber alcanzado altísimas cuotas de progreso y poderío, entraron en decadencia irremediable por su ensimismamiento e impermeabilidad a la crítica, Occidente -mejor dicho, los espacios de libertad que su cultura permitía- tuvo siempre, en sus filósofos, en sus poetas, en sus científicos y, desde luego, en sus políticos, a feroces impugnadores de sus leyes y de sus instituciones, de sus creencias y de sus modas. Y esta contradicción, en vez de debilitarla, ha sido el arma secreta que le permitía ganar batallas que parecían ya perdidas.
¿Ha desaparecido el espíritu crítico en la frívola y desbaratada cultura occidental de nuestros días? Yo terminé de leer el libro de Niall Ferguson el mismo día que fui al cine, aquí en Nueva York, a ver la película Zero Dark Thirty , de Kathryn Bigelow, extraordinaria obra maestra que narra con minuciosa precisión y gran talento artístico la búsqueda, localización y ejecución de Osama ben Laden por la CIA. Todo está allí: las torturas terribles a los terroristas para arrancarles una confesión; las intrigas, las estupideces y la pequeñez mental de muchos funcionarios del gobierno; y también, claro, la valentía y el idealismo con que otros, pese a los obstáculos burocráticos, llevaron a cabo esa tarea. Al terminar este film genial y atrozmente autocrítico, los centenares de neoyorquinos que repletaban la sala se pusieron de pie y aplaudieron a rabiar; a mi lado, había algunos espectadores que lloraban. Allí mismo pensé que Niall Ferguson se equivocaba, que la cultura occidental tiene todavía fuelle para mucho rato.
© LA NACION.

HOMÓFONOS


Un título que sorprende a algunos e indigna a otros
Por Graciela Melgarejo | LA NACION
Twitter: @gramelgar | Mail: lineadirecta@lanacion.com.ar |

Una semana activa, esta primera del año, por lo menos para los lectores de Línea directa. Muchos de ellos han comprobado que los homófonos siguen dándoles problemas a algunos hablantes del español. Un homófono, vale la pena recordarlo, es aquella palabra que "suena de igual modo que otra, pero que difiere en el significado" (el Diccionario de la RAE dixit); por ejemplo, tubo y tuvo, huno y uno, baca y vaca. El problema empieza cuando se pasa a la lengua escrita.
Homófonos son, también, revelar y rebelar. Revelar, del latín revelare, significa "descubrir o manifestar lo ignorado o secreto", "proporcionar indicios o certidumbre de algo" y, también, dicho de Dios, "manifestar a los hombres lo futuro u oculto" (por supuesto, también está la acepción para fotografía, "hacer visible la imagen impresa en la placa o película fotográfica"). Rebelar, del latín rebellare, significa "sublevar, levantar a alguien haciendo que falte a la obediencia debida".
De acuerdo con estas diferencias, no es extraño entonces que varios lectores coincidieran en escribir, el lunes pasado, correos electrónicos con distinto espíritu, desde indignados hasta risueños, para aclarar el uso correspondiente. Decía Elsa Irene Scopazzo: "En la entrevista a Ricardo Darín de ayer en LA NACION, en la sección Espectáculos, hay un título ambiguo. El actor dice: «Creo en la justicia, por eso me revelo». Es decir, se muestra como es ¿o habrá querido decir «me rebelo»", es decir, me sublevo? Creo que la segunda opción es la más coherente. He aquí un interesante caso de homófonos".
Más o menos en el mismo sentido escribieron Valerio Yácubson y Amelia Musacchio de Zan. En el caso del lector Yácubson, este agregó otro ejemplo: "Hoy leía el artículo de Mario Vargas Llosa sobre Sartre, «Sartre y sus ex amigos, a la distancia». Un párrafo me llamó la atención: «Sartre es un debelador implacable del sectarismo dogmático que cubría de calumnias infames a sus críticos y prefería descalificarlos moralmente antes que responder a sus razones con razones».
¿Un debelador? Vargas Llosa, admirado maestro de la lengua, no puede cometer un error. Busqué, como de costumbre, en el Diccionario de la RAE. Encontré lo siguiente: «debelar. (Del lat. debellare). 1. tr. Rendir a fuerza de armas al enemigo» y «develar. (Del lat. develare, levantar el velo). tr. Quitar o descorrer el velo que cubre algo». Pues bien, Vargas Llosa no cometió ningún error y yo aprendí una palabra que desconocía".
Aclarada la confusión, y para los lectores que no lo advirtieron, el mismo lunes 7/1 se publicó, también en la sección Espectáculos de este diario, página 3, ángulo inferior izquierdo, con el título "Errata", lo siguiente: "En la entrevista a Ricardo Darín que se publicó en la edición de ayer de este suplemento se escribió revelo en lugar de rebelo".
Nunca se termina de aprender a dominar el idioma que nos ha tocado en suerte, lo cual no es un desconsuelo, sino un estímulo y un beneficio. Y para concluir, un muy didáctico tuit de la RAE: "@OrtografíaHoy Están bien escritas: Al cóctel la mánayer llegó muy sexi y pidió un wiski. Su novio lucía extraño con bluyín, esmoquin y un pirsin".
© LA NACION.

LA LENGUA VIVA








Lecciones de cosas
Amando de Miguel

Se me quedó grabado para siempre un librito que dimos en el lejano bachillerato. Se titulaba Lecciones de cosas. Era la explicación de todo lo imaginable, fuera de la naturaleza o de la industria. A veces me imagino que esta seccioncilla es también un popurrí de todas las posibles curiosidades sobre el lenguaje, que son interminables. La fuente principal de este acopio es lo que oigo a través de los medios o en la calle. Me ayudan mucho los envíos de los simpáticos libertarios. Recordemos que una cosa es la lengua (lo que explican los gramáticos y afines) y otra el lenguaje, esto es, el uso que hace la gente de la lengua. En el lenguaje la clave no es tanto si está bien dicho o mal dicho, sino si se dice, cómo se dice y por qué.
Jesús del Álamo ha recogido un nuevo palabro: pagapensiones. Supongo que se refiere a la gente que vive de algún subsisidio o pensión. Se me ocurre que quizá sea afín a otro neologismo popular:pagafantas, más o menos el individuo en el escalón más bajo de la pirámide social. Espero que algún libertario nos aclare estos terminachos que todavía no han llegado a los diccionarios y que yo no tengo muy claros.
Planteaba yo aquí la incógnita del verbo cabrear, lo extraño que resulta su posible asociación con cabrón, lo que lo convierte en una voz malsonante. Ignacio Frías nos aclara el curioso étimo de esa voz. Procede del latín capibrevium, la acción de recuperar algo a lo que se tiene derecho del modo más expedito posible. En rigor, era el procedimiento judicial para exigir los pagos de algunas deudas atrasadas. De ahí la sensación de "enfado de quien recibe una reclamación que no esperaba". Es decir, el estado de cabreo. Visto así, no hay relación alguna con cabrón, por lo que no procede pedir perdón cuando se emplea la voz cabrearse. José María Navia-Osorio no ve que tenga una connotación sexual, pero no ve "elegante" esa palabra. Sí avanza que "encabronarse es más grave que cabrearse". El mínimo sería enfurruñarse.
Con algunas palabras malsonantes ocurre algo curioso. Pueden ser obscenas en su significado original, pero se lavan elegantemente en algunas otras derivadas o afines. Consideremos la voz carajo. Es de origen incierto, pero existe en las lenguas romances con el mismo sentido de miembro viril. Por tanto, no debe dejarse caer en una conversación culta o semiculta; por ejemplo, una tertulia. Pero sí se puede decir "carajal" (= lío, confusión, caos) y, desde luego, "carajillo" (= café con coñac), palabras, si no elegantes, sí populares. Caben también algunos ñoñismos para no pronunciar la palabra vitanda:caray, caramba, carape, caracho, caracoles. Tantos eufemismos nos indican que la voz primigenia es sumamente útil en el lenguaje coloquial.
Aviso. Comunico a los libertarios interesados que voy a dar un seminario sobre "Sociología del lenguaje" en la Universidad Tomás Moro (para mayores de 40 años). El seminario consta de 5 sesiones de hora y media cada una. Se impartirán los lunes de 7:30 a 9:00. El primero será el 18 de febrero. Los alumnos recibirán una copia de cada lección correspondiente. La matrícula está abierta en la Universidad Tomás Moro, calle Fortuny, 39 (junto a la Castellana, metro Rubén Darío). Información en ese centro. Teléfono: 696 76 86 09 o bien 91 432 76 81. Las plazas son realmente limitadas.

Contacte con Amando de Miguel: http://www.libertaddigital.com/opinion/amando-de-miguel/lecciones-de-cosas-66969/

segunda-feira, 14 de janeiro de 2013









Ve la luz el Diccionario inédito del castellano rural de Miguel Delibes
ANTONIO ASTORGA / MADRID

Con 326 palabras que en su amplísima mayoría no aparecen en el Diccionario de la Real Academia Española, el delibesiano convicto y confeso Jorge Urdiales Yuste erige una monumental investigación por la vida y obra del inventor mágico de Castilla: Miguel Delibes

ABC

Jorge Urdiales
Jorge Urdiales (Madrid, 1969), de fuertes raíces vallisoletanas y palentinas, licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense y doctor «cum laude» en Ciencias de la Información con su tesis «El discurso de carácter popular-rural en la narrativa de Miguel Delibes», talla un monumento literario al maestro con una obra definitiva, deliciosa, imprescindible:«Diccionario del castellano rural en la narrativa de Miguel Delibes» (Ediciones Cinca).

El libro se presentará el próximo día 28, a las siete y media de la tarde, en la Fundación Miguel Delibes, de Valladolid, por Germán Delibes de Castro, patrono de la Fundación; Angélica Tanarro, jefa de Cultura de El Norte de Castilla; Joaquín Sastrón Urioste, director de Ediciones Cinca; Alfonso León López, director gerente de la Fundación Delibes; y el autor de tan magnífica obra, Jorge Urdiales@jorgeurdiales
El Diccionario del castellano rural en la obra de Miguel Delibes arroja inédita y resplandeciente luz sobre uno de los aspectos más importantes de la narrativa del inolvidable alma de Castilla, Miguel Delibes, y su lenguaje rural. «Delibes es un hombre de campo que escribe sobre el campo y atiende a su lenguaje». Ésta es la síntesis a la que ha llegado el doctor Urdiales después de trabajar durante años y años sobre el terreno la obra de Miguel Delibes.
Labor detectivesca
Al profesor Urdiales siempre le han fascinado la fuerza y el vigor que toman los valores rurales a través del lenguaje de Miguel Delibes, por lo que decidió emprender una extraordinaria investigación que ha llevado a cabo para descubrir el significado de las 326 palabras que emplea Delibes y que no aparecen en el Diccionario de la Real Academia Española. La tarea ha sido detectivesca.

Pueblo a pueblo, casa a casa, surco a surco, preguntando a los ancianos, Jorge Urdiales ha recorrido las zonas rurales más frecuentadas por Delibes en busca de los significados que hoy se plasman en el Diccionario del castellano rural en la narrativa de Miguel Delibes. Ediciones Cinca edita este sólido trabajo del doctor Urdiales, que recoge y presenta todos los términos rurales, 326, que aparecen a lo largo de la narrativa de Miguel Delibes. Cada palabra se recoge con su significado preciso, su contexto y el libro y la página de la obra de Miguel Delibes en la que aparece. Hacía falta un estudio sistemático así, un ordenamiento y fijación del discurso popular-rural que se da en la narrativa de Delibes, obra de Jorge Urdiales Yuste.
Delibes es un hombre de campo que escribe sobre el campo y atiende a su lenguaje. Así nos lo dejó escrito al afirmar en «Un mundo que agoniza» que al hombre se le arrebata la pureza del agua y del aire pero también se le está amputando el lenguaje.
Jorge Urdiales ha dado con los significados de estos términos populares y rurales después de una dura y tenaz investigación de campo por los pueblos que más ha frecuentado Delibes en su vida. El propio Delibesaporta directamente al diccionario el significado de 45 palabras que eran más o menos desconocidas por las gentes de los pueblos consultados.
Delibes aportó al autor el significado de muchas palabras
Las cartas que aparecen al principio de este diccionario, y que envió el propio escritor a Jorge Urdiales, son una prueba palpable del valor que cobra este diccionario al estar, en parte, confeccionado con las aportaciones de Miguel Delibes. «Este glosario salva la rica porción del castellano que se produjo en una etapa lingüísticamente muy rica de Castilla. Al enriquecer con rigor filológico la obra de nuestro novelista, preserva del olvido lo que fue este modo de vida rural y, por tanto, una porción valiosa de la cultura. La cultura española sería menos rica de perderse el lenguaje popular rural que Delibes inmortaliza en su narrativa», vindica Jorge Urdiales.
Miguel Delibes tomó las palabras del pueblo, y se las devolvió al pueblo, como confesó ante sus paisanos en 1983, al recibir el doctorado «honoris causa» por la Universidad de Valladolid: «Si yo escribo bien es porque vosotros habláis bien y yo os he escuchado». Con su ternura inalcanzable, a Delibes le daban pena los ojos de los jabalíes, ciervos, y liebres. Y abominaba de la palabra global: «¿Qué burla es esa del calentamiento global si hace frío en Burgos».
Apuntar a la realidad
Visto en su conjunto, este Diccionario elaborado con mano maestra por Jorge Urdiales, que por su contenido centra la atención en particulares aspectos del discurso narrativo de Miguel Delibes, logra que los valores populares rurales tomen fuerza y vigor. El estudio del léxico popular-rural suscita la atención y lleva a valorar positivamente lo que está detrás de él. «Con este diccionario creo haber apuntado al fondo de las realidades que nombra este léxico y sus expresiones», explica el autor. Se trata de una obra imprescindible para todos aquellos lectores que se recrean con la narrativa del autor de El camino, El hereje, Cinco horas con Mario,… y, en general, para todos aquellos que disfrutan con el lenguaje rural y que quieran profundizar en el conocimiento de la lengua española.
Los antepasados paternos de Jorge Urdiales viven entre los valles de los ríos Esgueva y Duero, escenario rural frecuentado por Miguel Delibes entre cazador y atento observador de la lengua popular. Urdiales es profesor de Lengua y Literatura española de la Institución Educativa SEK y ha publicado otros dos libros sobre Miguel Delibes: «Diccionario de expresiones populares en la narrativa de Miguel Delibes» y«Aprende a redactar con Miguel Delibes».
Premio de Periodismo «Provincia de Valladolid» 2011, en sus trabajos y divulgaciones (www.jorgeurdiales.com) Jorge Urdiales parte de la constatación de Delibes de que «al hombre, ciertamente, se le arrebata la pureza del aire y del agua, pero también se le amputa el lenguaje». Con el propósito, por su parte, de impedir el empobrecimiento del castellano para que no se pierda una rica porción de la lengua española, la popular-rural, rescata el Diccionario rural del maestro Delibes.

Carta de Delibes
Decálogo rural de Delibes

Como una muestra de este magnífico Diccionario, Jorge Urdiales nos facilita el siguiente decálogo de Miguel Delibes. Cada término se presenta con la definición de las palabras, tal y como aparecen en la obra, una con la definición de Delibes, otra con el añadido de la definición de otro diccionario.
1. Zahurdón
(Los santos inocentes, p. 15) (...) se acostaba a la abrigada de loszahurdones o entre la torvisca (...)
Zahurdón: conjunto de maleza, espinos, árboles pequeños, zarzas, etc. que forman una especie de pared. Es más alto que la cerviguera y es empleado por labradores y cazadores para ponerse al agrego en días de viento. (Investigación de campo).
2. Trasera
(Las ratas, p. 15) El Pruden asomó por la trasera abotonándose los pantalones.
Trasera: adj. Puerta trasera del corral, por donde entran tractores, carros, animales, etc. Sinónimos: Accesoria, carretal, carretera, portona. (Diccionario del Castellano Tradicional)
Trasera: Puerta grande que da entrada al corral. Puede constar, a su vez, de una puerta pequeña llamada portajón, para que pasen las personas. (Investigación de campo)
(El disputado voto del señor Cayo, p. 127) Se dirigió hacia una trocha bajo las hayas, en la trasera del templo,
3. Trapunta
(Europa parada y fonda, p. 56) (...) la ropa tendida a sacar en la calle o la trapunta a airear constituyen la fe de vida del italiano humilde-,
Trapunta: Lo que no se lava. Colchas, mantas. (Miguel Delibes, 13 de agosto de 2003)
4. Ganchito
(Diario de un cazador, p. 38) (...) Tochano dijo que lo que procedía era dar unos ganchitos, primero en la ladera y luego arriba, en los chaparros.
ganchito.
1. m. Esp. Aperitivo ligero y crujiente, de forma alargada o de gancho, generalmente hecho con maíz o patata.
Ganchito: Miguel Delibes define lo que son los ganchitos en El último coto p. 24: Y hablo de ganchitos en su acepción más exacta, es decir, unos ojeos a lo pobre, sin pantallas (las escopetas se disimulan tras un majano o un cardo), banderolas, ni disciplina; basta una tropilla de media docena de chavales para patear el terreno como Dios les da a entender. (Investigación de campo)
(Diario de un cazador, p. 83) Dimos tres ganchitos de salida y caímos dos liebres, dos perdices y una torcaz.
(Diario de un cazador, p. 188) En el segundo ganchito, los Currinches nos colocaron en la cortada de un camino.
(El libro de la caza menor, p. 81) Hace pocos meses, en unganchito que dimos en Villafuerte (...)
(El último coto, p. 24) Jesús Reglero nos invitó ayer a unosganchitos en Coruñeses,
(El último coto, p. 66) Decididamente estos ganchitos en monte cerrado no me van.
(El último coto, p. 102) Festejamos la Inmaculada con unosganchitos al conejo.
5. Morrete
(Las perdices del domingo, p. 18) (...) a buen paso para empujar las perdices a los tomillos de los cerros y altozanos que presiden cada cazadero. En esos morretes, apenas abrigados,
Morrete: Pico bajo con mucha piedra en la parte superior. (Investigación de campo)
6. Desventrado
(El disputado voto del señor Cayo, p. 158) El cono de luz de los faros enfocó, entre la fronda, las primeras casas derrumbadas de una aldea sin vida:
Miró por la ventanilla, a la última luz, los tejados vencidos, los pajares desventrados, la yedra agrietando los muros, las pilas de piedras en las callejas enlodadas:
Desventrado: Reventado, arpado. Cuando se metía la paja en el pajar, se la pisaba para que cupiese más. Esto hacía que el pajar cogiese mucha presión y las paredes podían ceder. La paja en los pajares, al estar así de prieta, ejercía más presión que el grano. (Investigación de campo)
7. Sacavinos
(Las ratas, p. 30) Con el jerez o el tinto no lo harías así. Con el jerez o el tinto dejarías dos varas pulgares, dos yemas y unsacavinos, ¿oyes?
Sacavinos: n.m. Sarmiento que se deja en la parte baja de la cepa para, una vez crecido, plantarlo como cepa nueva. (Diccionario del Castellano Tradicional)
Sacavinos: Localismo sobre ramas que repodan en la vid. (Miguel Delibes, 26 de julio de 2005)
Sacavinos: Palo que se deja largo al podar la cepa, sabiendo que el primer año no dará vino pero al segundo sí. (Investigación de campo)
8. Araña
(Viejas historias de Castilla la Vieja, p. 49) (...) uno podía pescar cangrejos con reteles, como es de ley, o con araña, esparavel o sencillamente a mano, mojándose el culo, como dice el refrán que debe hacer el que quiera comer peces.
araña. (Del lat. aranĕa).
1. f. Arácnido con tráqueas (…)
Araña: Especie de araña de metal para pescar cangrejos. (Miguel Delibes, 1 de octubre de 2003)
Araña: Alambre de unos 20-30 cm. para pescar cangrejos que se dobla en forma de círculo. Por cualquiera de sus extremos se pinchan las lombrices hasta cubrir todo el alambre. Posteriormente se doblan los extremos del alambre y se unen. En uno de ellos se engancha el hilo que sirve para echar y sacar del río la araña. También se le pone algo de peso (una piedrecita) al alambre para que no quede flotando. (Investigación de campo)
9. Acerico
(Las guerras de nuestros antepasados, p. 207) (...) agarró la horca, como si fuera un acerico, oiga.
acerico. (Del dim. de *hazero, almohada, y este del lat. vulg. *faciarĭus, de facĭes, cara).
m. Almohada pequeña que se pone sobre las otras grandes de la cama para mayor comodidad.
Acerico: Almohadilla para clavar alfileres. Se solía hacer en casa con cualquier retal que hubiese sobrado. Dentro se metía arena muy fina porque con la arena los alfileres no se oxidan. Finalmente, se cosía la tela que recubría la arena. En otras casas se metían, en lugar de arena, granos de cereal, etc. (Investigación de campo)
10. Agavillar
(Las guerras de nuestros antepasados, p. 275) P.P.- ¡Ya ve qué iba a hacer! Agavillarme en la carrasca y aguardar.
agavillar.
1. tr. Hacer o formar gavillas.
Agavillar: Hacer gavillas de las mieses. Juntarse en cuadrilla. (Diccionario General de la Lengua Castellana)
Agavillar: Hacer gavillas. Juntarse en cuadrillas. (Diccionario Ilustrado de la Lengua Española)
Agavillar: Hacer las gavillas. Este trabajo solía hacerlo el segador, aunque en ocasiones lo hacía el mochil (muchacho mandadero de los mozos de campo o segadores). Las recogían para hacer haces de mies. Contrapeaban las espigas de forma que quedaran cruzadas al hacer el haz para atarle debidamente con sogas de esparto con dos nudos a la punta. En este caso, Delibes da otro significado al verbo agavillar.Lo transforma en verbo reflexivo y supone amonarse, encogerse, ocultarse. (Investigación de campo)


Dejemos hablar a las palabras






Por: DANIEL SAMPER PIZANO

El seguimiento de los vocablos permite seguir el pulso a la Historia y medir intenciones políticas.

Cada vez son más los expertos en lengua y comunicación que intentan asociar una época a una palabra o un grupo de palabras. Por ejemplo, el diccionario Collins elaboró una lista con neologismos de moda en la lengua inglesa desde hace más de un siglo. El resultado es fascinante. Muchas de esas palabras desaparecieron o se usaron poquísimo al pasar unos años, y otras se convirtieron en hitos lingüísticos de la historia social contemporánea, como aspirina (1897), alergia (1907) y jazz (1909). La cultura hispánica tiene presencia indirecta en la lista con dos referencias mexicanas: en 1962, "la venganza de Montezuma", elegante nombre para la diarrea que ataca a los turistas en tierra azteca, y la "ola" que mueve en forma coordinada a los espectadores de los estadios (1986). En 1998, el Collins realizó una gran encuesta en Gran Bretaña con miras a averiguar la palabra capaz de definir el siglo XX. Ganó "televisión"; la mayoría de las 20 finalistas representaban avances tecnológicos (computador, silicona, Internet, automatización), realidades crueles (holocausto, genocidio) o deliciosas trivialidades (biquini).
Internet y sus minuciosos registros han permitido nuevas estadísticas. El diccionario estadounidense Merriam-Webster publica cada año, desde el 2003, las palabras que circularon con mayor frecuencia en las búsquedas de la red. Para sorpresa general, casi siempre han sido términos abstractos de uso cotidiano, como democracia (2003), austeridad (2010) y pragmático (2011). El último año ganó un viejo binomio de adversarios: socialismo y capitalismo. La explicación: muchos votantes gringos temían que esta era la opción entre Barack Obama y Mitt Romney. La vasta pradera de las noticias del año permite expandir las novedades pertinaces: abismo fiscal, bosón (partícula física infinitesimal), baktún (período de 394 años en el calendario maya), lesala (primera especie de mono descubierta en las últimas tres décadas)...
Las academias de la lengua española registraron en el 2012 una lista de 172 palabras que saldrán del diccionario madre, entrarán a él o, si ya lo están, serán modificadas cuando se publique su vigésima tercera edición el año entrante. En desplante de vigor y dinamismo, entre el 2001 y el 2012 se añadieron al tesauro oficial 2.445 palabras, se suprimieron 170 y sufrieron enmiendas 19.374.
En el enorme arrume del 2012 se imparte bendición oficial a términos ya habituales entre los hispanohablantes, como acojonamiento, beisbolero, blog y bloguero, chat y chatear, cienciología, cuentacuentos, ecorregión, espanglish, estent, friki, golfístico, incluyente, lápiz de memoria, matrimonio (homosexual), okupa, papamóvil, sudoku, sushi, tableta (electrónica), USB, ultraderechismo, ultraizquierdismo...
El examen estadístico de las palabras no solo permite determinar los vocablos de mayor o más prolongado uso, sino que refleja la influencia en el idioma de diversos poderes. En su libro Violencia política en Colombia 1958-1960 (Bogotá, 2012), el politólogo Marco Palacio revela que la palabra "terrorista" era "una expresión rara" en los reportes oficiales de incidencias, "pero desde la posesión de Uribe Vélez entró a la jerga oficial" para describir exclusivamente a guerrilleros, no a paramilitares. Entre el 2002 y el 2007 se convirtió en el término más frecuente en los informes de violencia (13.516 menciones).
Las palabras no cambian la realidad (un ciego y un invidente son la misma persona carente de vista), pero sí pueden modificar su percepción e inyectar determinada carga sicológica. El más escalofriante eufemismo colombiano de los últimos años es ese higiénico "falso positivo", que mimetiza un horror inhumano.
Carezco de datos estadísticos, pero sospecho que las dos palabras claves del 2012 son aquel "excremental" lleno de intención política que, literalmente (y con perdón), reduce a mierda el derecho a las diferencias sexuales y los "cayos", protagonistas de la sentencia de La Haya, que algunos periodistas ya confunden con los del pie.

Daniel Samper Pizano
cambalache@mail.ddnet.es

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