Translate

sábado, 8 de junho de 2013

LA LENGUA VIVA


La nueva retórica tiene consecuencias
Amando de Miguel


Muchas veces comentamos aquí lo divertido que resulta el politiqués y otros dialectos del mundo público. Pero el asunto tiene luego consecuencias para la vida diaria de los contribuyentes, del vecindario, por mucho que nos llamen ciudadanos. Agustín Fuentes da cuenta de la inminente entrada en vigor de un oscuro real decreto sobre "la eficiencia energética de las viviendas". La cosa procede de las directivas intervencionistas bruselenses, en este caso de los argumentos "ecobobológicos", una demostración de "lo mal que gastamos (nuestro dinero) pagando a una panda de vagos inútiles, tendenciosos y sectarios", como son los eurócratas. El citado decreto nada menos que se propone conseguir que los edificios tengan un consumo de energía "casi nulo”. Ese objetivo caprichoso y difuso se tiene que conseguir en 2020, se supone que cuando seamos escaparate de los Juegos Olímpicos. Naturalmente, el coste de la adaptación de las viviendas para lograr ese objetivo del “casi nulo” consumo energético lo pagaremos los “paganos”. En el entretanto, va a empezar a ser “obligatorio disponer del papelajo con la elusiva clasificación para poder alquilar, vender o comprar un inmueble”. Hay que suponer la maraña de registros, controles e inspecciones para conseguir ese progreso del consumo energético “casi nulo”. Me veo quemando poco a poco mi biblioteca para mantener caliente la chimenea. Es una fuente de energía alternativa bien barata. Todo sea por la sostenibilidad.

David Mariñas me envía un cortometraje de propaganda cívica para la televisión. Se trata de un remedo de tertulia política que llevan a cabo cuatro niños. Para imitar bien a los mayores, los infantes solo emplean lugares comunes y al final no hablan de nada. El corto se titula Por activa y por pasiva. Es lástima. Han perdido la oportunidad de que se llame Por activa, por pasiva y por perifrástica. De esa forma habrían completado los niños el lenguaje tertulianés de sus mayores.

A propósito de la crítica al politiqués, acepto la crítica que me hace Emilio Soria. Escribía yo: "Un ejemplo menor. Traté mucho a Luis de Guindos…". Don Emilio sostiene que tendría que haber puesto así la frase: "Un ejemplo menor: traté mucho a Luis de Guindos…" Bueno, me pasé de listo. Había puesto un verbo elíptico al escribir "[Daré] un ejemplo menor”. No se pueden hacer piruetas de estilo. Don Emilio remacha con ánimo crítico: “Usted no utiliza nunca el punto y coma como signo ortográfico". Caramba, no me había dado cuenta. Creía yo lo contrario, que abusaba mucho del punto y coma. Me vigilaré un poco más.

Otra corrección fraterna. Michael Gavin apunta a que a veces me dejo llevar por la corriente que confunde el hubiera con el habría. En efecto, es una plaga en la lengua actual. En mi caso la confusión procede de mi adolescencia en San Sebastián, donde el habla popular mezcla esos dos tiempos o modos. Hago un esfuerzo para recordar que el hubiera suele ir con un si condicional. Aun así, me resulta simpática la expresión "si mañana haría buen tiempo" (u otra similar), que a veces dejo caer sin darme cuenta.

Carlo Michelstaedter


Los dolores del mundo
“La melodía del joven divino” reúne cuentos y ensayos del filósofo italiano Carlo Michelstaedter, fallecido en 1910.

POR EMMANUEL TAUB

Los dolores del mundo
Por fuera la vida resuena; los hombres aman, tienen esperanzas, luchan; los jóvenes se apartan de sus habituales pequeñas alegrías y con el rostro radiante van a sufrir y a luchar por una idea”. Los suicidas metafísicos siempre han generado una atención especial que combina lo morboso con la fascinación. Pintores, músicos, escritores: jóvenes suicidas que decidieron salirse de la infinita monotonía de la realidad y del tiempo, que le dieron un golpe de knock out a la existencia.

El 17 de octubre de 1910, con tan sólo 23 años, Carlo Michelstaedter se suicidaba luego de enviar a la universidad de Florencia su tesis de filosofía, La persuasión y la retórica . Pero su corta vida no nos ha dejado solamente aquella obra maestra, y si hace poco tiempo la descubrimos en nuestra lengua, tenemos ahora entre nosotros otra mirada que profundiza el pensamiento del joven filósofo: La melodía del joven divino , una antología de sus pensamientos, cuentos y críticas.

Como escribe Sergio Campailla en su introducción, La persuasión y la retórica es la redacción final en donde se acumulan las pruebas secretas, los desahogos y los apuntes del laboratorio privado de autor. Pero no deja de ser una tesi di laurea , repleta de caminos sin salida y de preguntas sin respuesta. Es por ello que la edición de estos escritos anteriores constituyen una verdadera y celebrada novedad: estos textos nos ubican en la mente y el universo retórico y complejo de Michelstaedter, dejándonos ver, en primer lugar, que sus preocupaciones filosóficas fueron sumamente amplias, desde la pregunta por su herencia judía hasta los diálogos con el mundo político y cultural en el que estaba inmerso. Y, al mismo tiempo, nos lo ubican en un universo en el que sus gestos y modos de escritura se unen a pensadores tan fascinantes, disímiles y complejos como Charles Baudelaire, Philipp Mainländer o Walter Benjamin.

Ante un ambiente cultural y académico tantas veces preocupado por el estilo y las normas de escritura, Michelstaedter quería escribir y expiar los demonios de una melancolía abrumadora y de una juventud infinita. Esa melancolía que en otro de los textos aquí publicados la describe magníficamente como “una lluvia uniforme y lenta, porque dice al hombre la infinita monotonía, la inmutabilidad, la fatalidad de las cosas”. El joven goriziano era un niño jugando en un mundo de adultos. No quería aceptar la violencia ni la monotonía de un mundo terrible. Por ello era mejor refugiarse en el mundo de las ideas, o en el griego, como un gesto con el cual entablar un diálogo con aquellos a los que transformaba en sus propios contemporáneos, ya sean Esquilo, Parménides, Platón o Aristóteles.

La melodía del joven divino nos abre un mundo fronterizo en donde podríamos instalar estos textos, pinceladas geniales de una creatividad desmesurada: pensamientos que van desde la pregunta misma por la juventud, la educación, la libertad y el valor de aquello por lo que se vive, hasta reflexiones sobre la melancolía, la sabiduría o la felicidad. Pero también, y por ello la importancia de estos fragmentos frente a su tesis, aparece esos dos temas autobiográficos y poco transitados: por un lado, la herencia judía, la pregunta por el monoteísmo y la reflexión sobre el politeísmo, la relación entre lo judío y lo cristiano, o sobre la vida en la diáspora. Y por otro lado, las lecturas de aquellos hombres sobre los que reflexiona en las Críticas, donde muestra su amor por la literatura y la vida social –ya sea en Florencia o Gorizia. Allí desfilan, por ejemplo, Gabriele D’Annunzio, Gorki, Tolstoi, Ibsen o Benedetto Croce.

Estos escritos abren más aún el interrogante sobre una vida que aunque nos puede parecer inconclusa, Michelstaedter ya había anunciado al escribir sobre la libertad, en donde anuncia que aquel con espíritu universal finalmente deberá morir para que su vida no se reduzca a la bestialidad, porque “sólo la muerte tendrá la libertad, sólo en la muerte tendrá la verdadera actividad en tanto que no habrá reconocido que la verdadera actividad no existe, es decir que la verdadera actividad es la nada”. Michelstaedter fue un joven divino, un suicida metafísico que pasó su melodía y su pensamiento sobre este mundo como un soplo regenerador.

ERNESTO CAMILLI


Un sol para los chicos
Ernesto Camilli, maestro, poeta y pedagogo, es el autor de El sol albañil, un libro de lectura pionero que conectó gramática con imaginación en las aulas argentinas de los años sesenta. También es autor de Tachero de mi vida (Aventuras sexuales por la ciudad) (Eloísa Cartonera, 2010), colección de poemas zafados que supo conectar cuerpos desnudos y generosas braguetas con versificaciones y metáforas clásicas. La esposa a la que amó como a nadie, las rivales con las que se disputó el amor de su hombre, los mensajes encriptados en sus libros infantiles y el erotismo blasfemo aparecen en esta conversación como secretos nunca guardados sobre vida y obra.

Por María Moreno
”¿La militancia gay? A veces no me gusta la ortodoxia con que tratan las cosas. La solemnidad. La cosa tiene que ser más juguetona, porque para solemnes tenemos al Papa y a Máxima. Son los personajes argentinos más increíbles de este mundo. No creo que ningún otro país pueda producir esos mamarrachos como lo hace la Argentina. En eso somos absolutamente pioneros”, dice un apolo de ochenta años, intacto en su belleza longilínea, de boca ávida y melena mayo del ’68: el profesor Ernesto Camilli está actualizado sobre el papelón argentino. Maestro en los cuatro puntos cardinales del país, inventor de un método para redactar que lo hizo famoso en la época en que las definiciones y los dictados sin prosapia literaria solía alejar a alumnos primarios y secundarios del amor a la lectura, gay que no se caratula o prefiere definirse como “puto”, sigue siendo el conversador burlón y deslenguado que era cuando su libro El sol albañil fue el best-seller de las aulas despertadas del “mi mamá me mima” y “Teresa amasa la masa”.

¿Maradona?

—Lo pongo en la serie, pero Francisco se lleva las palmas. Con eso de que el matrimonio gay es el demonio. Te imaginás que es un disparate tal que te divierte como cualquier idea de la gorda Carrió. Lo más increíble es que la gente se los toma en serio y esté orgullosa de que sean argentinos. Yo también estoy orgulloso de que sean argentinos, porque circo más grande no pudo producir, como te decía, ningún lugar del mundo. Hasta los Castro son más convencionales.

El método Camilli ayudaba a analizar textos usando el Platero y yo de Juan Ramón Jiménez como archivo del español, y cazando entre sus figuras los elementos fundamentales de la lengua en acción poética para abrirlos a infinitas posibilidades. Un día, por ejemplo, el maestro podía dar a leer La Balada de Doña Rata, de Conrado Nalé Roxlo, esa que empezaba “Doña Rata salió de paseo/por los prados que esmalta el estío,/son sus ojos tan viejos, tan viejos,/que no puede encontrar el camino”. El método Camilli propone empezar: “El autor dice que Doña Rata conversa con las ranas y con los gnomos. ¿A ustedes qué les parece? ¿Con quiénes más podría conversar Doña Rata?”. Luego sugiere un capítulo de Platero y yo para ir a encontrar las palabras “cumbre”, “ocaso”, “cristales”. La respuesta viene servida. El método se usará para adjetivos, adverbios, verbos. Camilli describió sencillamente su invento en Los nombres de las cosas, ensayos sobre la enseñanza de la redacción que publicó editorial Kapelusz en 1962 y que reeditó ahora Lugar editorial. También escribió Las casas del viento, otro libro de lectura que junto a El sol albañil inicia en la aventura de escribir sin límites de asociaciones verbales coloridas y audaces, en contra de esa economía puritana que Borges impuso como modelo, y de todo realismo ramplón. Lo que los lectores grandes y chicos no saben es que, en esos libros llenos de ilustraciones figurativas de colores chillones, cada historia tiene un secreto, que Camilli les ha ido inoculando por debajo su autobiografía pasional, que “las monas tejedoras” son sus amigas gay, que el “Osito Batata” es su amante tachero, que la “Zorra ladina” es su rival amorosa. Cuando Camilli me lee esos versos en voz alta con tono de Jacinta Pichimahuida va acotando entre paréntesis quién es quién en la realidad de su agitada vida sentimental. Doy un ejemplo (aprovecho que la entrevista es a un pedagogo):

“¿Quién conoce a las dos viejas monas que charlan y charlan y que son tejedoras?/La más joven viaja en subterráneo y se compra perfumes de París/y se devora cien tortas de frutillas (era una gorda chancha) y ríe a los jazmines con anís.(...) (Esta era mi amiga, ahora la hermana mayor)”.

Si gays y lesbianas de todas las épocas han contado sus amores a través de textos de género ambiguo, cambiando el género del destinatario, o permaneciendo anónimos, Camilli tuvo el ingenio de hablar de su deseo y esconder el secreto en los intachables y frígidos libros de lectura para niños.

Tachero de su vida

Camilli sabe escribir sin deslices eróticos versos donde los osos se diploman en ortografía, el burrito Jeremías llora durante todo el día, Lorinindo quiere ir al cine y Bentevea hacia la escuela. Pero con asueto de las aulas argentinas ha escrito una obra para adultos en la que puso todas las riquezas de su amada lengua castellana al servicio del canto a musas de piernas peludas e hipnótica bragueta entre cuyo ramo callejero reina un taxista de Lanús que suele bajar la banderita ante su casa de la calle Campichuelo y se queda hasta que él se duerma o componga un soneto.

Tachero de mi vida fue publicado por Eloísa cartonera en 2010 junto con Eccinoccio Homo y El carnaval del sida, las obras completas de Camilli en honor al “cuerpo de varón, trisagio impenitente”.

—Lo que me generó Tachero de mi vida fue una película con Joseph Cotten y Joan Fontaine: September Affair. ¡Ay Dios, qué película! Me quedé tan loco que a los veinte años me embarqué a Italia para ver los lugares en donde sucedía el romance de Joan Fontaine y Joseph Cotten. Ella era una pianista soltera llamada Manina Stuart y él un industrial casado: David Lawrence. Se conocen en un avión. Hay un accidente y los dan por muertos. Ahí empieza todo. Había toda una trama en donde ella quería averiguar cosas de la otra, que era, Jessica Tander. Más que el deseo por él, lo que Manina sentía era el deseo de conocer a la otra y estar en lucha con ella. Eso motiva gran parte del movimiento de Tachero de mi vida. Al tachero yo lo llamo Osito.

Pero hay un Osito real.

—El Osito es una construcción, pero es una construcción de alguien real y Tachero de mi vida es un libro en el que liberé mucha angustia. La angustia de ser “la otra”. El Osito tenía de amante a una mujer y a mí me obsesionaba. Fijate que un día de repente me voy a Lanús y me pongo a leer esperando que salga “la víbora” de un negocio, hasta que cae la policía y me encuentra leyendo un libro de Saramago y me lleva a la comisaría por espiar a la que era la amante del Osito entonces. Pero después liberé la angustia con un poema “La zorra, el osito y el pony”, que dice: “Es una zorra ladina, /embustera, campesina (ésa es la Otra que era Jessica Tandy), pintarrajeado su pelo,/ la nariz como un buñuelo,/ una galera torcida,/ una pipa boquihundida,/que vive en Villa Calzada (es verdad que vive en Villa Calzada )”.

En la imaginería erótica de Camilli hay dos personajes: Papito y La nena, una pareja que en vez de usar los disfraces del porno shop se viste con metáforas: “Yo soy la puta y soy el padre amante,/vos sos la nena y sos el macho erizo:/las palabras ambiguas puntualizo/de nuestro sube y baja dimanante” (“Soneto de la puta y la nena”).

—Pero ahora el Osito no puede ser más la nena con Papito. Ahora ya no soy el deseante ¿te das cuenta? Porque la nena está loca y sale con otra, una nueva otra. Alguien le dijo “¿para qué te juntás con esa?”. Y yo: “¿Querías un bastoncito? Ahí lo tenés. Ahora jodete. Papito no quiere más a la nena”. Además más que desear al Osito deseo destruir a la otra como en September Affair. A la nueva otra.

¿Celoso?

—El Osito me ponía loco, me provocó triple bypass. Todo por la otra, la primera otra, con quien hicimos unión civil en el 2005.

¡¿Te uniste con tu archienemiga?!

—Sí, con la Jessica Tander en September Affair, que ahora es mi amiga. Entonces ahora no da para ningún versito. Escribo contra la otra nueva. Pero mirá cómo evolucionó el Osito que en un momento determinado fuimos al cementerio y le dije: “Mirá, Osito, fijate una cosa, yo les puse estas flores a mis muertos pero es inútil, aunque me sirva a mí, no les sirve a ellos. Para ellos es totalmente indiferente. Pero yo los sigo nombrando. Y el Osito me dice: “Lo que vos me enseñaste es que seguir nombrando a Dios es permitirle a Dios que exista, entonces ¿por qué no seguir nombrando a los que quisiste?”. De pedir condena de muerte a un violador como hacía el Osito cuando yo lo conocí, a este pensamiento... ha cambiado mucho.

Versos profanos

Los poemas de Ernesto Camilli son blasfemias con métrica, rituales de profanación, mantras antirreligiosos. En eso se parece a Fernando Vallejos: jamás se olvida del altar para poder escupir en él sin faltar un solo día. Camilli, como Vallejos, es un católico invertido, sin que esta palabra tenga la connotación de la medicina positivista del siglo XlX.

Por eso puede hablar de la trinidad en un “soneto a las mil pijas” o escribir en unas letanías para Judas algo que suena a rezo pero también a maldición gitana. Como Unamuno llama “padraza” a Santa Teresa y “madrecito” a San Juan de la Cruz. Pero en sus versos hispanizantes, lunfas y deudores de Platero y yo, procaces y fiesteros, se lee un amor a la lengua con el que ningún David de los andurriales puede competir: Camilli hace zalemas al deseo con todo el diccionario y es difícil imaginarlo más pleno que cuando lee en voz alta, repite entre lágrimas versos ajenos o explica una metáfora al neófito perezoso, ¿habrá un goce mayor que la pedagogía?

—En El nombre de las cosas hay un poema de César Vallejo (“La araña”) en donde hay un verso que envidio como no envidio al mejor de los Mercedes Benz –sólo la poesía puede desentrañar la esencia absoluta de lo humano—: “Y me ha dado qué pena esa viajera”. Ese “qué” es milagroso. Tenés que paladear ese “qué”. No es cualquier pena, no es mucha pena, no es alguna pena. Es “qué pena me ha dado esa viajera”.

¿Siempre escribiste?

—A los cuatro años le regalé a mamá un libro y le puse en la dedicatoria: “Mamita: en este libro está mi anhelo y en tu cariño todo mi cielo”. Ya escribía, pero era bien maricona la cosa.

¿Sos católico? Hay cierto tipo de blasfemias que sólo pueden venir de un ex católico.

—Yo me recibí de maestro en el Santa Catalina de Brasil y Piedras, donde los curas eran todos tránsfugas, mentirosos y bloqueados. Y me jodió el alma un padre Olivieri que nos mandó a un amigo y a mí al cura Laburu que decía (pone voz tonante de Pedro López Lagar haciendo de Heathcliff, en Cumbres borrascosas): “¡Hijo cierra, cierra, cierra! ¡Piensa en tu futuro casamiento! ¡Cierra que Cristo ya va a iluminarte!”.

¿Cierra qué?

—El deseo (debía ser el culo del deseo). Imaginate. Era una época en donde se daba por pecaminoso Las llaves del reino de Cronin. Yo defendía en clase la simbiosis entre catolicismo y protestantismo que propiciaba el libro, pero sobre todo porque me gustaba Gregory Peck, que había hecho la película. ¡Gregory Peck haciendo de cura! ¿Qué más se podía pedir?

¿Y no sentías una culpa a lo Julian Green?

—Me hacía la paja y me iba a confesar. Pero no era que yo llevase una escarapela ni una magnolia en el ojal.

Ni el clavel verde de Oscar Wilde.

—Pero a veces mi hermana me dice: ¿Te acordás cuando te ponías a llorar mirando las camelias blancas de enfrente? Yo me sentía una heroína.

Y después cuando leí a los místicos me encendí. Porque de pronto aparece un santo como Santa Teresa que vive en un orgasmo total, como en la estatua de Bernini. Entonces escribió Las moradas; vivió la vida terminando, la hija de puta. A veces la sociedad disfraza las cosas con poesía, como El vendedor de naranjas, de Juana de Ibarbourou. “Ven acá, muchachuelo; yo ansío /Que me vuelques tu cesta en la falda/Pide el precio más alto que quieras/. ¡Ah, qué bueno el olor a naranjas!”

Y yo escribo “Ven acá muchachuelo;/yo ansío que me vuelques la guasca en la falda./Pide el precio más alto que quieras/ ¡ah, qué bueno el olor a la guasca!”. Y ese San Juan de la Cruz ¡estaba loca como una yegua!

¿Te enamorás de hombres más jóvenes que vos?

—No especialmente, pero si ahora buscara un tipo de mi edad me encontraría con un fósil o un dinosaurio.

Unica tú

La vulgata lee la pareja del gay con una mujer como una coartada burguesa, un closet cerrado con candado del que escapa con careta y al que vuelve aliviado, luego de haber gastado las tapitas de los tacos en el yire callejero a ponerse las pantuflas del como todo el mundo. El deseo “verdadero” sería el deseo sexual y el de hombre a hombre, la mujer sería como una madre o una amante equivocada a quien sólo se puede imaginar como víctima o como policía. Sin embargo quien lee los papeles de André Gide o de Oscar Wilde descubrirá las complejas relaciones entre deseo y ley, amor y matrimonio, norma y transgresión. Del grupo intelectual de Bloomsbury se dijo que estaba integrado por parejas que “eran triángulos y vivían en cuadriláteros”. El escritor Lytton Strachey vivió hasta el fin de sus días una pasión vigorosa, aunque platónica, con Dora Carrington. Vanesa Bell, hermana de Virginia Woolf, vivió amorosamente con Duncan Grant que, a su vez, estaba enamorado de David Garnett; su hija Angélica no vaciló en casarse con él. Estos vínculos no pueden reducirse al fruto de la inimputabilidad de las clases privilegiadas, sino que constituían una compleja búsqueda hedonista, estética y moral. La “loca casada” de hoy que callejea por Internet puede no ser una variante del marido tránsfuga sino un inventor como Ernesto Camilli al que le aburre la palabra “bisexualidad”.

—Mi amor más profundo fue Beba. Era inspectora en la provincia de Buenos Aires y profesora de primero en el Normal 9 y el 4. Había llegado al máximo de su carrera. En el ’76 los milicos la echaron. Poco antes, el director del Mariano Acosta en donde enseñaba había propuesto en una junta de profesores que se expulsara a un alumno que parecía “afeminado”. Todos votaron que sí. Pero la Beba se negó a votar. El director le dijo que debía hacerlo, entonces la Beba dijo “vote usted por mí” y ese “vote usted por mí” le valió que la echaran en septiembre del ’76. Era linda, lindísima la Beba, y además la única. Cuando enseñaba en el Mariano Acosta andaba con una maxi de terciopelo color rojo que habíamos comprado en Florencia, una bufanda que le corría hasta el tobillo y manejando un Ford T. Las locas se le colgaban del pescante.

La Beba ¿cómo se bancaba tus amantes?

—Hacía unos escándalos terribles, o se divertía. Era muy matizado todo. Por ejemplo tuve un amante al que corrió y le hizo las mil y una. A eso lo cuento en un poema sobre una elefanta: “La elefanta la elefanta/viaja envuelta con su manta./Siente frío a medianoche/en tranvía, avión o coche. Va a buscar calor al norte/y no tiene pasaporte./El camino se enmaraña entre puentes y montaña./Cuando llega a su destino/vuelca su equipaje fino/y con aros, brazaletes,/collarines, colorete,/dos pelucas un pompón /una pipa doce guantes/, un gorro de vigilante,/una pollera encarnada/y una cartera sin nada,/ sus calzones amarillos / y zapatos con buen brillo,/se va a recorrer la costa/y no demora ni ostra. (...) Por fin tanto tanto lleva/con pompón, plumín y seda/que al pasar junto a una ardilla /(¡ahí está Beba!) le hace la zancadilla/Se va al suelo la elefanta/que viajaba envuelta en mantas. A La Beba le gustaba relajar a una amiga nuestra que era hermana de un ex amante mío. Un día llama “¿Señora, no ha ido por ahí X? ¿Usted no sabe dónde fueron con Ernesto?”. “Mire señora, seguramente están buscando a Caperucita Roja”, dijo la Beba.

Ayer justo fui a la bóveda con uno de mis hijos a cambiar los paños. Arriba estaba mami, después papá y la bruja de mi tía en el sótano (a la Pachamama, que era mi abuela, también la mandé la sótano). Pero la Beba está en el altar.

¿Cómo la conociste?

—A la Beba la conozco desde los siete años. Venía a jugar con mi hermana a la casa de la calle Campichuelo. Jugábamos a tirarnos de un roperito que yo tenía y que después heredó mi hermana y una vez se rompió la cama y papá se enojó muchísimo. Nos queríamos muchísimo con la Beba y en un momento determinado mami se fue a Europa con mi hermana. Mi amante de entonces me había dicho que no quería saber más nada conmigo (no fue una relación importante: digamos que fue una noche en Río). Pero estaba solo en casa, triste. Entonces salí, pedí prestado un teléfono —en ese entonces no teníamos teléfono en casa— y llamé a la Beba: “Hola, Beba, ¿qué hacés?”. “Estoy comiendo.” “¿Querés coger?” “Bueno, ya voy.” Cogimos y ahí empezó todo.

¿Y cómo se llevaba con el Osito?

—Ella no lo conoció. Pero estábamos un día en el auto en una estación de servicio de Alsina y justo apareció el Osito para cargar nafta. Yo le dije: “Che, Beba, ¿que te parece ese osito?”. Entonces la Beba lo mira de lejos y me dice: “gordo, tachero, sudado”. Esa era Beba. Tuvimos tres hijos. En el ’78 le dio una embolia y quedó afásica. La llevé cinco veces a Europa después de eso. La quise muchísimo. Murió en el 2004, pero desde el ’78 al 2004 la cuidé yo. Cuando murió, lloré como un perro, tanto como a mami. Fue la única.

Como en martes 13

Obedeciendo a San Pablo, pero, como siempre, en versión propia, Ernesto Camilli se casó para no quemarse. Desde hace veinte años vive con VIH pero dice que a su edad eso es menos preocupante que tener exceso de azúcar en sangre, así que “adelante con los faroles”. Conversa mucho con sus editores (María, Cucurto y Piña) va al Casino con el Osito y tiene analista a domicilio. Toda una familia queer, incluida su ex rival y ahora concubina legalizada por la Unión Civil.

¿Necesitás análisis?

—Yo estoy maravillosamente bien en la vida, mejor que nunca. Pero todavía descubrimos cosas juntos. Y además tengo la posibilidad de hablar con él como no hablo con nadie. El descubrió en Tachero de mi vida cosas que yo no había descubierto. Por ejemplo “y seguir con los cuentos acaso hasta mañana”. Ese “acaso” está lanzado a la acción. Lo paladeamos. En ese “acaso” está el relanzamiento del deseo, la posibilidad de volver, de reiniciar ¡Acaso! Yo le doy a las cosas pulsión de vida porque en nuestra época la homosexualidad daba pulsión de muerte.

¿Qué opinás sobre el matrimonio gay?

—El matrimonio es un vicio como la propiedad privada. Un vicio que se extiende y no se puede extirpar. Es un contrato, ahora si los heterosexuales lo tienen ¡que lo tengan también los gays! El matrimonio gay es una excrecencia que hay que permitir. Pero es una mierda, como el derecho a la propiedad de un tipo que tiene un montón de hectáreas de campo que les afanaron con Roca a los indios. La propiedad es un afano y estamos todos en combinación para que sea un afano. Pero no por eso vamos a hacer una comunidad: yo no quiero vivir con un racimo de gente, qué querés que te diga. Ni quiero alojar al Osito en una pieza. La propiedad viene de las cavernas, en donde seguro le dabas un palo al vecino que se metía en la tuya y cuando cazabas un rinoceronte todos querían comérselo. Esa es la historia del hombre. De la roña que somos. Ojo que yo no quiero corregir el mundo: somos envidiosos, deseamos el mal del otro, la muerte del otro. A eso no lo decimos porque queda mal pero es así. Yo he socializado bastante la roña que tengo adentro. Claro que dentro de la roña puede haber menguantes. Y un menguante de la roña sería el casamiento gay.

sexta-feira, 7 de junho de 2013

GALLEGO

“Tontos” hasta octubre de 2014
La palabra “gallego” seguirá estigmatizada en el diccionario de la RAE.
La definición del idioma no se equiparará a las de catalán y vasco
SILVIA R. PONTEVEDRA Santiago 6 MAY 2013 -

Vigésimo segunda edición del diccionario de la RAE. / ANXO IGLESIAS

El gallego, que se ponga como se ponga no va a cesar de ser “tartamudo”, dejará al menos de ser “tonto” en octubre de 2014. A pesar de que en un principio la Real Academia Española aventuró la publicación de su nuevo diccionario, con la entrada “gallego” enmendada, para 2013, más adelante se postergó el magno evento y habrá que soportar la cruz año y medio más. Además, también en contra de lo que el entonces secretario de la institución, José Manuel Blecua, anunció en 2009 a este periódico, la Academia no cambiará ni una letra de su definición del gallego como lengua, a pesar de ser esta una vieja reivindicación del nacionalismo y de que varios colectivos pidieron que se revisase desde que vio la luz la anterior edición de los tomos (la 22ª, en 2001).

Ni la explicación del término les parecía tan completa como las de catalán y vasco o euskera, ni les gustaba la posición que la acepción referida al idioma ocupaba en el diccionario, justo a continuación de “tonto” y de “tartamudo”. Podría llegarse a pensar, sugería Garipano (una asociación fundada en Santiago para luchar contra la “injusticia” de la RAE) que “gallego”, definido como “lengua de los gallegos”, era también “lengua de los tontos” o “de los tartamudos”.

MÁS INFORMACIÓN
"Cosa" y "tocino" antes que persona
La RAE planea retirar "tonto" como sinónimo de gallego
Catalán es la “lengua romance vernácula que se habla en Cataluña y en otros dominios de la antigua Corona de Aragón”. Vasco, o euskera, la “lengua hablada por parte de los naturales del País Vasco español, francés y de la comunidad de Navarra”. Pero puestos a no escatimar, la RAE toma aliento y define a continuación “euskera batúa”: “Lengua vasca unificada, basada en el dialecto guipuzcoano con incorporaciones de otros dialectos vascos”. Pero “gallego” es simple y llanamente “lengua de los gallegos” y así seguirá siendo, según confirma un portavoz oficial de la institución tras consultar con el actual secretario, el vilalbés Darío Villanueva. Además, al retirarse el significado de “tonto, falto de entendimiento o razón”, la definición del idioma adelantará un puesto y pasará a ocupar la sexta posición en el ranking de importancia de las acepciones de “gallego”, pero seguirá figurando detrás de “tartamudo”.

Queda, al menos, el consuelo de que en la próxima edición, salvo cambios de última hora, se esfumará la expresión, recogida por el diccionario ya en 2014, de “mesa gallega” o “mesa de gallegos”. Ahora, esta fórmula que ya ha desaparecido del artículo enmendado por la RAE en versión web, quiere decir “aquella en la que falta el pan de trigo” o, precedida del verbo hacer, “llevarse todo el dinero del contrario en el juego”.

Gallego como “tonto”, de uso residual y trasnochado en Costa Rica, se elimina porque los académicos del país centroamericano no hallaron documentos escritos que recogiesen la palabra con este significado. Respecto a “tartamudo”, un académico de El Salvador (la nación a la que se le atribuye este uso) escribió en 2006 a la RAE defendiendo que la mayoría de los salvadoreños desconocían esa acepción. No obstante, la Academia se resiste a retirarla, aunque explica, en un renglón anterior, que el nombre “gallego” en Latinoamérica, se refiere a todos los españoles.

Hay que reconocerle a Cela el mérito de haber borrado de la faz del diccionario otro triste uso del gentilicio, el de “mozo de cuerda”, que se coló el año fatídico de 1936 con un significado equivalente a “esclavo”. Aparte de esto, del maltrato reiterado y a conciencia que ha sufrido el término referido a los naturales de Galicia desde tiempos del Diccionario de Autoridades, allá por 1734, la palabra tiene sentidos infinitamente más evocadores que los que pueda ostentar cualquier otro pueblo de España. “Viento cauro o noroeste”, “lagartija de río que nada muy rápido”, “libélula”, “ave palmípeda parecida a la gaviota”, “dispositivo que aplana y nivela la caña de azúcar antes de ser molida”. Además, junto a las nutritivas expresiones caldo gallego y nabo gallego, en el venidero diccionario de la RAE sobrevivirá la “trompa gallega”, también conocida, según la institución española, como glamurosa “trompa de París”. Es nada más y nada menos que el birimbao.

LA PERCEPCIÓN DE LA CALIDAD EN TRADUCCIÓN


La calidad de una traducción es un valor relativo y no absoluto, como se pensaba anteriormente, y el papel del grado de cumplimiento del propósito es fundamental en ella. La concepción de la traducción implica una actividad comunicativa intercultural (Bührig/House/Ten Thije 2009), que está encaminada a cumplir un fin concreto en una situación determinada por coordenadas específicas de la cultura meta. Consecuentemente, esta visión de la traducción aboga por la adecuación al propósito (fit-for-purpose) del Texto Traducido (TT) y nos hace decantarnos por un enfoque de tendencia funcionalista para la evaluación de la calidad en traducción (ECT). Esta visión está en consonancia con lo planteado por numerosos autores como Reiss/Vermeer (1991), Nord (1997), Schäffner (1998), Williams (2004), Schiaffino/Zearo (2005), Colina (2009), (Wagner 2002; Strandvik 2002; Lönnroth (2005, 2009). En este sentido, sin entrar en el debate que existe sobre la denominación, entendemos por «calidad en traducción» o «traducción de calidad» la satisfacción de las necesidades y expectativas del usuario, específicas y variables en cada caso concreto, pero siempre enmarcadas en una cultura meta. Desde un plano teórico, toda traducción se basa en unos determinados enfoques teóricos concretos. Podríamos añadir obviamente, que la evaluación depende de la capacidad de acceso al control de determinados parámetros de calidad, así como que es llevada a cabo desde distintas perspectivas, con distintos propósitos y por diversos actores. Por tanto, como conclusión citamos que los criterios de evaluación varían y se exponen a distintas prácticas. La determinación de la calidad en traducción es una cuestión no resuelta en nuestros días. El concepto de calidad se mueve en un terreno de indefinición similar al del concepto de traducción, ya que ambos se debaten entre lo normativo y lo creativo. La controversia generada en torno a este concepto ha suscitado gran disensión, tanto entre estudiosos como entre profesionales de la traducción, y ha cobrado especial intensidad desde la segunda mitad del siglo XX. Sin embargo, en lo que sí parece existir un acuerdo generalizado es en que para poder establecer la calidad de una traducción es necesario evaluarla: Evaluating the quality of a translation presupposes a theory of translation. Thus different views of translation lead to different concepts of translation quality, and hence different ways of assessing it. (House, 1997:1). Lamentablemente, como apuntan algunos autores como Arango-Keeth y Kobe (2003: 117), la metodología de evaluación en traducción es un campo poco desarrollado y existe una imperiosa necesidad de unificar criterios que eliminen la subjetividad que predomina en el proceso de evaluación. Hasta la fecha son muchas las propuestas puntuales para solventar aspectos concretos en materia de calidad. Para poder llegar a conclusiones objetivas sobre la calidad de una traducción, es necesario, en primer lugar, partir de una definición de traducción. Esta definición obligatoriamente hará que seamos partícipes de los postulados de una o varias teorías e inevitablemente nos hará compartir menos las visiones de otras. Podemos encontrar numerosas reflexiones de teóricos de la traducción y autores, tales como Schmitt, Hartig, Spillner...etc. Algunas reflexiones realizadas por estos personajes importantes son las siguientes: Una traducción exitosa es la comprensión del texto meta por parte de unos usuarios. Si intentamos y queremos conseguir que una traducción sea exitosa debe ser fundamentalmente: eficiente, efectiva y adecuada y se debe dar un equilibrio entre estos tres parámetros. Es una adecuación a la situación comunicativa en la que se desarrolla. Mucha importancia se le concede a la coherencia y a la situación. Para que la traducción sea exitosa debe haber una coincidencia entre la intención del emisor y la función que le concede el receptor. Para que la traducción sea exitosa y el proceso de comunicación se lleve a cabo coherentemente y tenga aceptación por los lectores, el traductor debe anticipar las expectativas de los usuarios y realizar un gran esfuerzo para comprender el texto meta. El traductor se debe basar en una especie de “lector-modelo”, y debe poseer un conocimiento del mundo de los destinatarios de la traducción y sus expectativas. Hay una gran controversia y una diversidad de opiniones en torno a la evaluación de la calidad, ya que dos factores principales tienen cabida en ello y está presente un grado de subjetividad y de normatividad en todo proceso de traducción. Desde un plano teórico, toda traducción se basa en unos determinados enfoques teóricos concretos. Podríamos añadir obviamente, que la evaluación depende de la capacidad de acceso al control de determinados parámetros de calidad, así como que es llevada a cabo desde distintas perspectivas, con distintos propósitos y por diversos actores. Por tanto, como conclusión citamos que los criterios de evaluación varían y se exponen a distintas prácticas.
La evaluación de la calidad en traducción: Principios y parámetros
En primer lugar, debemos expresar que para determinar la calidad de una traducción, se debe hacer una distinción entre los principios de evaluación (generales) y los parámetros o variables de evaluación (aplicables a una práctica evaluadora concreta).
Los principios de evaluación son las consideraciones que se deben tener en cuenta a la hora de realizar una traducción profesional. Los cinco principales son: aceptabilidad, adecuación, eficacia, funcionalidad más lealtad y grado necesario de diferenciación. A continuación, les explicaré más ampliamente estos conceptos.
1) ACEPTABILIDAD
Este principio se relaciona con las perspectivas que tienen los receptores de este tipo de textos y por lo cual lo consideran coherente con la situación en la que se encuentran. Asimismo, se centra tanto en los receptores como en sus expectativas. La determinación del grado de aceptabilidad conseguido solo será posible sobre la base del establecimiento de parámetros más concretos y de su ponderación. Se dice que este principio es relativo y no prescriptivo.
2) ADECUACIÓN
Toda traducción refleja una determinada “relación traslativa” entre el texto original y el texto meta. Por tanto, frente a concepciones contrarias, traducir y su actividad incluye un cierto grado de adaptación o tratamiento.
3) EFICACIA
Una traducción ha de ser ante todo eficaz y cumplir de algún modo los objetivos propuestos y adecuarse tanto a la situación comunicativa como a las expectativas propias de los lectores o usuarios reales.
4) FUNCIONALIDAD MÁS LEALTAD
Este principio, es un principio primordial que desempeña un papel fundamental en este tipo de traducciones. Con este, se decide sobre la calidad de un determinado texto, conllevando consigo la buena percepción por parte de los usuarios. Debe ser fiel y leal al texto original y conservar el sentido.
Es un principio muy general y solo será operativo mediante el análisis exhaustivo de los factores implicados en el proceso de traducción.
5) GRADO NECESARIO DE DIFERENCIACIÓN
Este grado es el que guía al traductor a la hora de tomar decisiones entorno a cualquier duda o problema en la traducción o de evaluar o valorar un determinado texto meta. Es un principio en el que toda evaluación ha de basarse y variará de acuerdo con la finalidad de la traducción.
Los parámetros de evaluación son aquellos que nos sirven para evaluar y determinar la calidad de una traducción. Hay numerosos parámetros los cuales se deben tener en cuenta a la hora de realizar una traducción y estudiar su calidad.
Podemos destacar gran cantidad de autores importantes en la realización y la presentación de parámetros tales como Reiss, Gile, McAlester, Stolze...etc., que los han propuesto y han determinado su influencia.
Podemos distinguir siete categorías: a) adecuación pragmática, b) claridad en la exposición del contenido, c) adecuación estilística, d) transferencia exacta del contenido del TO, e) corrección gramatical, f) tratamiento adecuado del material no verbal, g) comportamiento profesional.
Ante todo, se debe puntualizar que varios de los parámetros pueden clasificarse en una misma categoría, pero se descarta una atribución múltiple y se le atribuye a aquella categoría que tenga mayor peso.
La semiótica hace referencia al sistema de signos en el que se produce el acto de significación y por lo tanto de interpretación. Uno de los mecanismos de gran importancia en el trabajo de la traducción es la intertextualidad. La intertextualidad -es un aspecto tanto de la recepción como de la producción de textos- pone en funcionamiento sistemas de conocimiento que van más allá del texto que se está traduciendo. El traductor debe comprender la función de estos sistemas de conocimiento en la estructura del texto, debe comprender la razón de la inclusión de estas referencias en lo que concierne al propósito comunicativo del texto. El análisis intertextual puede aplicarse de manera efectiva en situaciones de metáfora o de ironía.
En lugar de afirmar la teoría expuesta, pretendiendo haber resuelto los innumerables problemas que plantea la actividad traductora, Hatim y Mason plantean dos hipótesis con respecto a los límites del traductor:
"Cuanto menos valorativo es un texto, menos necesidad hay de que se modifique su estructura al traducirlo. Y, al contrario, cuanto más valorativo es un texto, mayor será la posibilidad de modificarlo".
"Cuanto menos cariz cultural tiene un texto, menos necesidad habrá de que se modifique su estructura. Por el contrario, cuanto más cariz cultural tiene un texto, mayor será la posibilidad de que se modifique".
Sin embargo, la ECT se ha caracterizado en demasiadas ocasiones por constituir meros juicios de valor en boca de un experto (evaluador), basados en su mayor o menor intuición y experiencia, más que en datos justificables empíricamente (Rothe-Neves 2002).

Bibliografía
Teoría de la Traducción. (Basil Hatim & Ian Mason)- http://ec.europa.eu/translation/bulletins/puntoycoma/118/pyc1183_es.htm

FUNDACIÓN DEL ESPAÑOL URGENTE


cajas de ahorros, no cajas de ahorro

La expresión caja de ahorros, que el Diccionario académico define como ‘establecimiento destinado a guardar los ahorros de los particulares, proporcionándoles un interés’, hace el plural como cajas de ahorros y no como cajas de ahorro, aunque sean entidades dedicadas al ahorro.

Sin embargo, en los medios de comunicación se encuentran frecuentes ejemplos del plural anómalo: «La obra social de las cajas de ahorro podrá tener como destinatarios a los impositores» o «Las cajas de ahorro constituían, hasta hace poco, una especie en peligro de extinción», en los que lo apropiado habría sido escribir «las cajas de ahorros».

Gotitas del saber


En nuestra serie Gotitas del saber buscamos aclarar dudas y errores comunes del idioma español. Nos pareció muy oportuno tratar de aclarar la duda sobre cuáles son las posibles traducciones correctas del término inglés: Based on. Hemos encontrado que es un error bastante común tanto de traductores profesionales como de personas ajenas a la industria de la traducción cuando realizan o revisan proyectos de traducción.
Comencemos dejando claro que La Academia rechaza la construcción “en base a” por hacer uso incorrecto de las preposiciones y prefiere el término: con base en.

Según el contexto de la oración original, otras opciones correctas son:

- sobre la base de

- en función de

- basándose en

- a partir de

- de acuerdo con

- según

Todas estas construcciones anteriores se deben utilizar cuando se desea expresar la idea de apoyo o fundamento.

Con base en, además, se puede utilizar para indicar la ubicación de un lugar:

- Oficinas con base en Nicaragua.

Otra construcción anómala para expresar la idea de apoyo o fundamento es “a base de”. Nótese que “a base de” no es una construcción incorrecta cuando se utiliza para expresar que es un elemento fundamental para la creación de alguna cosa, por ejemplo:

- Un medicamento a base de plantas.

Con estos ejemplos esperamos haber ayudado a aclarar la duda sobre el uso correcto del término inglés “based on” que tanto se traduce erróneamente a “en base a”; ya que como diría la campaña publicitaria puertorriqueña de hace algunos años:

Idioma defectuoso, pensamiento defectuoso
.

Hagamos lo posible por entender y hacer buen uso de nuestro idioma. Nosotros somos los embajadores del español.

Déjenos saber si tiene alguna duda sobre palabras o expresiones del idioma español. Estamos a su disposición para ayudarlo.

LA RECOMENDACIÓN DIARIA

  LA RECOMENDACIÓN DIARIA resistencia a los antimicrobianos , mejor que  resistencia antimicrobiana   Resistencia a los antimicrobianos , no...