UNO DE LOS GRANDES ESCRITORES BRASILEÑOS VIVOS
Un Salinger que no sale de Curitiba
Publicó más de cuarenta libros, pero no da entrevistas y defiende con uñas y dientes su privacidad. Por suerte, aquí se editó recientemente La trompeta del ángel vengador, un libro de relatos de una intensidad abrumadora.
Por Silvina Friera en Página 12 - Buenos Aires
“El cuento siempre es mejor que el cuentista”, escribió Dalton Trevisan –considerado el más grande escritor brasileño vivo– en un texto dirigido a los periodistas que lo perseguían, infructuosamente, con el afán de entrevistarlo. El Vampiro de Curitiba –apodo tomado del título de uno de sus libros más conocidos, editado en Argentina hace 37 años– rechaza cualquier forma de intervención que no sea a través de la palabra escrita. Lo único que vale es la obra, apuesta por una radicalidad que no abunda en las viñas literarias de estos tiempos. Quien quiera leer, que lea. Todo lo demás no importa. El autor se repliega en la intimidad, defiende con uñas y dientes su privacidad y hace lo que sabe hacer: escribir. Tiene publicados más de cuarenta libros para fortuna y martirio de sus lectores. El placer que genera leerlo –ahora que han llegado los relatos de La trompeta del ángel vengador, traducidos por Gonzalo Aguilar y publicados por Mardulce– es tan encantador como insoportable. ¿Por qué persistir en señalar que es un misántropo atrincherado en su casa, que prefiere huir de la hipocresía y las vanidades de los ambientes culturales y no quiere cerca micrófonos, cámaras, grabadores? No exhibirse –respetable y admirable opción vital– parece un pecado en circunstancias en que los escritores ponen excesivamente el cuerpo.
En mayo del año pasado, Trevisan obtuvo el Premio Camões, el más importante de la lengua portuguesa. La librería Chaim, uno de los lugares que suele frecuentar el escritor –que nació en 1925 en Curitiba, ciudad en la que reside– no paraba de recibir llamados. La metodología consiste en dejarle un mensaje. Si le interesa, se comunica por fax. El correo electrónico no llamó a su puerta. Y si lo hizo, él prefirió no atender. Su editora recibe los originales en papel. Uno de los mejores cuentistas brasileños –junto con Rubem Fonseca– no asistió a la ceremonia de entrega del premio. En su lugar fue Sonia Gardens, vicepresidenta de la Editorial Record, que desde hace más de treinta años viene publicando sus libros. Y leyó un brevísimo mensaje del ganador: “Los muchos años, por desgracia, ahora me impiden recibir el premio personalmente”, expresó el autor, que por entonces tenía 87 años y en junio cumplió 88. “Nunca pensé merecer tal distinción. La conciencia de mis limitaciones como escritor me prohibió sueños más altos. Y ahora, sin previo aviso, el Premio Camões.” El jurado argumentó la unanimidad de la elección planteando que la obra de Trevisan implica “una opción radical por la literatura como arte de la palabra; tanto por sus incesantes experimentos con la lengua portuguesa, muchas veces en oposición a ella misma, como por su dedicación al quehacer literario sin concesiones a las distracciones de la vida personal y social”. El escritor Silviano Santiago destacó la contribución extraordinaria del narrador en el arte del cuento y ponderó, especialmente, el “enriquecimiento de una tradición que viene de Machado de Assis, en Brasil, de Edgar Allan Poe, en Estados Unidos, y de Borges, en Argentina”.
“Con un grito la empujó, furioso, alrededor de la cama. Ella impedida, sin moverse, la blusa medio levantada. Ni parpadeaban sus ojos desencajados”, se lee en “Mister Curitiba”, relato que abre La trompeta del ángel vengador –publicado en 1977–, obra de una intensidad abrumadora. En el mismo cuento alcanza la cima de una precisión quirúrgica excepcional, que no relega el desvío entre intención y posibilidad: “Zumbaba en el oído una seguidilla tierna de malas palabras. Ayudado por ella, le sacó los pantalones largos y las medias que combinaban con la camisa. Se inclinó para besar sus piecitos... pero nunca llegó. Como cuando buscás una palabra en el diccionario, te distraés con otra y otra más, y ya no te acordás de la primera”. De los 19 cuentos que integran el libro, ocho comienzan con diálogos. El habla popular es una viga insoslayable; las voces son portadoras de relatos donde la violencia es el pan áspero de cada día. La “oralidad escrita” ha sido depurada hasta la mínima expresión. Nada sobra. Esa brevedad –conviene aclarar, al menos en esta obra– dista de estar conectada con lo que suele llamarse “realismo sucio”. La concisión de Trevisan procede de un aliento poético; hay zonas de sus relatos que aspiran a diseminar la tentativa de experimentar con el haiku –en “Dormite, gordo”–, como si escandiera una dinámica de los sectores populares de Curitiba que perdería modulaciones y complejidad, si sólo se abordara desde una prosa seca, indiferente o mezquina hacia un ritmo, una respiración, un decir. Nada de lo humano le es ajeno: erotismo y violencia, batallas conyugales en una lucha sin cuartel, desgraciados que sobreviven a su manera en un paisaje urbano donde la esperanza anda de capa caída y la miseria es una bolsa agujereada que siempre cotiza en alza.
El “Salinger de Curitiba” por su aversión a la vida social, a los fotógrafos y a los periodistas –hay una fotografía circulando por ahí en la que se ve a un viejito caminando tranquilo con una bolsa, tomada sin su consentimiento, sin que él se diera cuenta– fundó la revista Joaquim, 21 números editados entre 1946 y 1948, donde publicó inéditos en portugués de autores como T. S. Eliot, Rainer Maria Rilke, Federico García Lorca y Virginia Woolf; artículos virulentos contra escritores consagrados como Monteiro Lobato; y sus primeros cuentos. En la única entrevista que concedió en 1968 sintetiza un “programa” deliberado: “Existe el prejuicio de que después de los cuentos uno debe escribir nouvelles y, por fin, novelas. Mi camino será del cuento al soneto y al haiku”. “Banquete frugal”, el relato del infierno de una mujer maltratada, es un ejemplo magistral de inicio con diálogo:
–Doctor, João necesita que le den una solución.
–¿Qué hizo?
–Bebe. Casi no trabaja. No me da descanso. Sucio, barbudo, con tanto pelo. Hasta la nena dijo: “Papá ahora tiene rulos”.
–¿Usted bebe, María?
–Yo bebo, pero duermo.
En “Padre mío, padre mío”, despliega la eterna disputa con el alcohólico empedernido, cada vez menos resistente, más cerca del abismo. El dramatismo de la situación, lejos de amainar, se potencia cuando el epílogo intuido es inevitable. El empuje no reside en ese hundimiento, sino en cómo se abre la grieta risible. Es como si Trevisan postulara que aun ante la tragedia más extrema es indispensable una suspensión o una interrupción, una suerte de tregua falaz.
Bocas sin dientes –“sonrisa horrible de la desdentada”–, cuántos dientitos pequeños, estropeados, caninos amarillos, caninos solitarios. Pensamientos en cápsulas, hilachas de certeros refranes: “Discusión aplazada para el día siguiente es media discusión ganada”. “Donde se escupe no se lame”. En “La palomita y el dragón” flamea el mensaje póstumo del suicida: “Me maté por amor. Yo quiero a María y ella no me quiere. Me comí tres cucharadas de vidrio molido pero no hizo efecto. Entonces me ahorqué”. Trevisan cumple con lo que reivindicó en el plano del deseo: “Ojalá tuviera el estilo del suicida en su última nota”. Ojalá lleguen más libros de este autor formidable; un magistral suicida literario que escribe cada línea como si fuera la última.
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domingo, 15 de setembro de 2013
sábado, 14 de setembro de 2013
EL IDIOMA ESPAÑOL
Sobre... El idioma en México
Quizá sólo Colombia nos puede ganar como país hispanoparlante en el uso correcto del idioma castellano, pero por supuesto nunca los actuales habitantes de la península ibérica
Escrito por Tomado de Diario La Razón
Quizá sólo Colombia nos puede ganar como país hispanoparlante en el uso correcto del idioma castellano, pero por supuesto nunca los actuales habitantes de la península ibérica. Allí se han dedicado por años a destruir su propio lenguaje.
Empecemos por la pronunciación “ceceada”; esa costumbre transformada en hábito a través de los siglos se debió simplemente a que Carlos V de Alemania y I de España, hijo de Juana la Loca y Felipe el Hermoso, nació y se crió en Austria y su lengua materna era el alemán; hablar español le causaba dificultades, de allí que ceceaba y los cortesanos primero y luego los súbditos todos, empezaron a imitarlo, alabándolo así supuestamente. Así trascendió el ceceo. Hernán Cortés y sus compañeros no estaban contagiados de ese desagradable sonsonete, pues cuando llegaron a México aún reinaba Juana la Loca —hija de los Reyes Católicos Fernando e Isabel—, y el mal aún no había arribado a la entonces, y por algunos años más, potencia española. Por eso hoy nosotros y los demás latinoamericanos hablamos con mayor corrección que los peninsulares.
La invasión de la influencia del inglés en la Madre Patria es de tal dimensión, que ya han aceptado (y es contagioso, conste) el vocablo “evento” aplicado a un acto, acontecimiento o festejo pasado. Lo eventual, como sabemos, de allí la palabreja, sólo puede o no ocurrir en el futuro. A estacionar un vehículo lo llaman “parquear”; al celular “móvil”; a un embotellamiento de automóviles en una calle le denominan “atasco”; acceder, antes era aceptar algo, hoy es tener acceso y hay otro vocablo peor: “accesar”. En este orden de ideas también se ha aceptado “agendar” por apuntar una cita en la agenda, tenemos también “calendarizar” por definir una fecha en el calendario; el estómago se rebela cuando oímos “adecúa” por adecua, pero, ya en el colmo de la osadía, designan a una estación de venta de gasolina como “gasolinera.” Si tuvieran razón y fuera correcto definir de esa manera al local en que expenden gasolina, tendríamos que cambiar todas las palabras que usamos referentes a establecimientos especializados. De llegar a ese absurdo, la zapatería devendría “zapatera”; la panadería “panadera,” la ferretería “ferretera”, la plomería “plomera”, la vidriería “vidriera,”; la cristalería “cristalera,” la joyería “joyera,” la lechería “lechera,” y muchas barbaridades similares.
Nosotros los mexicanos, quienes casi triplicamos a los españoles en habitantes (lo que, por cierto, no debe ser motivo de orgullo), deberíamos ser hoy quienes dictáramos las reglas del bien hablar y escribir en español. Se nos ha ido, por desgracia, prematuramente un académico, José G. Moreno de Alba, quien dedicó su vida “a darle brillo y resplandor” a nuestro idioma. Modesto y sencillo —como todas las personas valiosas— pasó su fructífera vida enseñando el uso adecuado del idioma. Antes tuvimos otros grandes gramáticos como lo fueron José Manuel González Montesinos, Francisco Zendejas, el talentoso Raúl Prieto (Nikito Nipongo) quien estableció un singular combate contra la Real Academia de la Lengua Española en el que resultó triunfador absoluto, don Julio Torri, don Artemio de Valle Arizpe, el maestro Erasmo Castellanos Quinto y muchos más preocupados por conservar en México un idioma castellano impecable.
Desafortunadamente, la mayoría de quienes hoy escriben (mejor dicho, tratan de hacerlo) en las famosas y harto consultadas redes sociales, se preocupan más de los chismes o ataques (en veces fundados) contra funcionarios y ex funcionarios del gobierno, pero no de hacerlo adecuadamente desde el punto de vista de la Gramática.
A menudo oímos, “a nombre del Estado Mexicano” aplicado incorrectamente, pues el Estado se forma con pueblo, territorio y gobierno. Quienes prestan sus servicios en el último componente lo hacen en los municipios, las entidades (estados y Distrito Federal) y en el de la República, esto si laboran para el Ejecutivo, pues también constituyen gobierno, los jueces y los legisladores, ya que el gobierno del país se divide en Poder Ejecutivo —el Presidente y sus colaboradores— Poder Legislativo —senadores y diputados— y Poder Judicial desde la Suprema Corte de Justicia (que no debía llamarse así, pero en su prisa de seguir las huellas de la Constitución del país del Norte, los constituyentes de 1856-1857 no se tomaron la molestia de traducir adecuadamente “Supreme Court of Justice” al correcto Corte Suprema de Justicia, pero se cometió ese error de traducción y así se quedó) hasta el más modesto juez.
Todo lo anterior antes se sabía desde la Secundaria, cuando había exceso de buenos maestros y se impartía Civismo como materia obligatoria. Hoy, por lo visto ni el civismo, ni la ortografía tienen cabida en las escuelas. Y eso es grave. Tenemos la influencia del inglés (cuántos establecimientos existen con nombres o propaganda en ese idioma), pero al momento tenemos que luchar contra las desmesuras que nos vienen allende del Atlántico.
Habrá que defender el uso correcto del idioma castellano y para ello ya sólo quedamos los latinoamericanos, pues los hispanos ya rindieron la plaza. El otro día me tocó opinar jurídicamente sobre un poder expedido en México para representar a una compañía mexicana en un consorcio ubicado en España. El borrador que enviaban de la Madre Patria estaba encabezado por un horrible “proxy”, palabra con la que se designa en inglés la representación a un tercero respecto a los votos que tenga un accionista en una empresa mercantil. Me permití cambiar “proxy” sustituyéndola por “poder” que es el mandato que se confiere a un tercero (mandatario) para que proceda en la forma en que se lo solicita el mandante.
Por cierto, cuando escucho “la ley mandata”, me dan retortijones, creo que quieren decir “manda”, “obliga”, “preceptúa” o algo semejante, pero se les llena la boca para decir un disparate. En fin, este asunto no termina nunca. Como dicen los chamacos malcriados: “ahí la llevamos.”
Qué espectáculo más triste dio la conocida “intelectual” de iniciales G.L. en un diario de circulación nacional al titular uno de sus últimos artículos: “¡Que sera sera!” por referirse a la canción que entona Doris Day en la película de Hitchcok El hombre que sabía demasiado. Lo que escribió significa más o menos “Que tarde tarde” o “Que noche noche”, pero lo que quiso decir es “Che sarà sarà”, lo que en español se traduce “lo que será será”. ¡Qué oportunidad perdió de no mostrar públicamente su ignorancia!
Quizá sólo Colombia nos puede ganar como país hispanoparlante en el uso correcto del idioma castellano, pero por supuesto nunca los actuales habitantes de la península ibérica
Escrito por Tomado de Diario La Razón
Quizá sólo Colombia nos puede ganar como país hispanoparlante en el uso correcto del idioma castellano, pero por supuesto nunca los actuales habitantes de la península ibérica. Allí se han dedicado por años a destruir su propio lenguaje.
Empecemos por la pronunciación “ceceada”; esa costumbre transformada en hábito a través de los siglos se debió simplemente a que Carlos V de Alemania y I de España, hijo de Juana la Loca y Felipe el Hermoso, nació y se crió en Austria y su lengua materna era el alemán; hablar español le causaba dificultades, de allí que ceceaba y los cortesanos primero y luego los súbditos todos, empezaron a imitarlo, alabándolo así supuestamente. Así trascendió el ceceo. Hernán Cortés y sus compañeros no estaban contagiados de ese desagradable sonsonete, pues cuando llegaron a México aún reinaba Juana la Loca —hija de los Reyes Católicos Fernando e Isabel—, y el mal aún no había arribado a la entonces, y por algunos años más, potencia española. Por eso hoy nosotros y los demás latinoamericanos hablamos con mayor corrección que los peninsulares.
La invasión de la influencia del inglés en la Madre Patria es de tal dimensión, que ya han aceptado (y es contagioso, conste) el vocablo “evento” aplicado a un acto, acontecimiento o festejo pasado. Lo eventual, como sabemos, de allí la palabreja, sólo puede o no ocurrir en el futuro. A estacionar un vehículo lo llaman “parquear”; al celular “móvil”; a un embotellamiento de automóviles en una calle le denominan “atasco”; acceder, antes era aceptar algo, hoy es tener acceso y hay otro vocablo peor: “accesar”. En este orden de ideas también se ha aceptado “agendar” por apuntar una cita en la agenda, tenemos también “calendarizar” por definir una fecha en el calendario; el estómago se rebela cuando oímos “adecúa” por adecua, pero, ya en el colmo de la osadía, designan a una estación de venta de gasolina como “gasolinera.” Si tuvieran razón y fuera correcto definir de esa manera al local en que expenden gasolina, tendríamos que cambiar todas las palabras que usamos referentes a establecimientos especializados. De llegar a ese absurdo, la zapatería devendría “zapatera”; la panadería “panadera,” la ferretería “ferretera”, la plomería “plomera”, la vidriería “vidriera,”; la cristalería “cristalera,” la joyería “joyera,” la lechería “lechera,” y muchas barbaridades similares.
Nosotros los mexicanos, quienes casi triplicamos a los españoles en habitantes (lo que, por cierto, no debe ser motivo de orgullo), deberíamos ser hoy quienes dictáramos las reglas del bien hablar y escribir en español. Se nos ha ido, por desgracia, prematuramente un académico, José G. Moreno de Alba, quien dedicó su vida “a darle brillo y resplandor” a nuestro idioma. Modesto y sencillo —como todas las personas valiosas— pasó su fructífera vida enseñando el uso adecuado del idioma. Antes tuvimos otros grandes gramáticos como lo fueron José Manuel González Montesinos, Francisco Zendejas, el talentoso Raúl Prieto (Nikito Nipongo) quien estableció un singular combate contra la Real Academia de la Lengua Española en el que resultó triunfador absoluto, don Julio Torri, don Artemio de Valle Arizpe, el maestro Erasmo Castellanos Quinto y muchos más preocupados por conservar en México un idioma castellano impecable.
Desafortunadamente, la mayoría de quienes hoy escriben (mejor dicho, tratan de hacerlo) en las famosas y harto consultadas redes sociales, se preocupan más de los chismes o ataques (en veces fundados) contra funcionarios y ex funcionarios del gobierno, pero no de hacerlo adecuadamente desde el punto de vista de la Gramática.
A menudo oímos, “a nombre del Estado Mexicano” aplicado incorrectamente, pues el Estado se forma con pueblo, territorio y gobierno. Quienes prestan sus servicios en el último componente lo hacen en los municipios, las entidades (estados y Distrito Federal) y en el de la República, esto si laboran para el Ejecutivo, pues también constituyen gobierno, los jueces y los legisladores, ya que el gobierno del país se divide en Poder Ejecutivo —el Presidente y sus colaboradores— Poder Legislativo —senadores y diputados— y Poder Judicial desde la Suprema Corte de Justicia (que no debía llamarse así, pero en su prisa de seguir las huellas de la Constitución del país del Norte, los constituyentes de 1856-1857 no se tomaron la molestia de traducir adecuadamente “Supreme Court of Justice” al correcto Corte Suprema de Justicia, pero se cometió ese error de traducción y así se quedó) hasta el más modesto juez.
Todo lo anterior antes se sabía desde la Secundaria, cuando había exceso de buenos maestros y se impartía Civismo como materia obligatoria. Hoy, por lo visto ni el civismo, ni la ortografía tienen cabida en las escuelas. Y eso es grave. Tenemos la influencia del inglés (cuántos establecimientos existen con nombres o propaganda en ese idioma), pero al momento tenemos que luchar contra las desmesuras que nos vienen allende del Atlántico.
Habrá que defender el uso correcto del idioma castellano y para ello ya sólo quedamos los latinoamericanos, pues los hispanos ya rindieron la plaza. El otro día me tocó opinar jurídicamente sobre un poder expedido en México para representar a una compañía mexicana en un consorcio ubicado en España. El borrador que enviaban de la Madre Patria estaba encabezado por un horrible “proxy”, palabra con la que se designa en inglés la representación a un tercero respecto a los votos que tenga un accionista en una empresa mercantil. Me permití cambiar “proxy” sustituyéndola por “poder” que es el mandato que se confiere a un tercero (mandatario) para que proceda en la forma en que se lo solicita el mandante.
Por cierto, cuando escucho “la ley mandata”, me dan retortijones, creo que quieren decir “manda”, “obliga”, “preceptúa” o algo semejante, pero se les llena la boca para decir un disparate. En fin, este asunto no termina nunca. Como dicen los chamacos malcriados: “ahí la llevamos.”
Qué espectáculo más triste dio la conocida “intelectual” de iniciales G.L. en un diario de circulación nacional al titular uno de sus últimos artículos: “¡Que sera sera!” por referirse a la canción que entona Doris Day en la película de Hitchcok El hombre que sabía demasiado. Lo que escribió significa más o menos “Que tarde tarde” o “Que noche noche”, pero lo que quiso decir es “Che sarà sarà”, lo que en español se traduce “lo que será será”. ¡Qué oportunidad perdió de no mostrar públicamente su ignorancia!
sexta-feira, 13 de setembro de 2013
LA LENGUA VIVA
Detrás de las palabras, la realidad
Amando de Miguel en Libertad Digital - España
Pedro Torres Curiel me pide la opinión sobre una polémica que mantiene con un crítico literario. El crítico decía que el Holocausto (= el genocidio de judíos en la Alemania nazi) fue un "proceso progresivo". Don Pedro sostiene que la expresión es un tanto redundante. El crítico redarguye que no, que puede haber procesos progresivos y también regresivos. Entiendo que el crítico tiene razón, aunque me faltan datos. El proceso es "un conjunto de fases o estadios sucesivos que constituyen un hecho complejo". Pero esas fases pueden avanzar, progresar o envilecerse (como en el caso del Holocausto), mantenerse de forma templada o incluso dar la vuelta. Hay muchas ilustraciones de procesos regresivos. Si bien se mira, son los verdaderos males de nuestro tiempo. Por ejemplo, el estadio de dependencia adolescente o juvenil cada vez se amplía más. No se debe a razones de coyuntura económica sino de mentalidad colectiva. El juicio que merece ese proceso es regresivo porque genera consecuencias no deseadas, como el parto juvenil, la orgía lúdica de los jóvenes, el descenso de la calidad educativa. Una redundancia (o más bien un pleonasmo) sería decir un progreso progresivo o un proceso procesal.
José María Navia-Osorio me envía un largo y sustancioso memorial político. Le sugiero que lo desarrolle en forma de libro. Es un razonamiento sensato de cómo ve él la política. Resumo telegráficamente sus opiniones. 1) Los recortes del Estado del Bienestar deberían hacerse con mesura y pesadumbre. 2) Los planes privados de pensiones no tienen mucho fundamento cuando las entidades que los sugieren muchas veces son un fracaso. 3) Los políticos no deben tratar de educarnos. 4) Los políticos deben contentarse con tomar muy pocas y bien estudiadas decisiones, como al parecer hacía el ministro Romay. 5) Los políticos deberían echarse la siesta y no trasnochar. 6) Los políticos deberían abstenerse de hacer "reformas estructurales". Al igual que en la construcción, las reformas estructurales pueden poner en riesgo el edificio. Es un buen decálogo de seis puntos, como decía el otro.
José María Navia-Osorio se anima a presentar un candidato para el premio de topónimos sonoros: Bollullos Par del Condado. Se hizo famoso porque en ese lugar se produjo el récord de un embarazo de octillizos. Solo sobrevivieron seis criaturas, pero tampoco está mal.
Se me había olvidado lo del concurso de topónimos sonoros. Juan José Carballal propone Rodrigatos de la Obispalia y Castrillo de los Polvazares, ambos en León, además de Tetas de Viana (Guadalajara) y Castellfullit de la Roca (Cataluña). De paso me dice don Juan José que "en mi casa al padre del tatarabuelo se decía bistatarabuelo". Por cierto, añade, ¿por qué "mi casa" es más bien la de los padres que la propia? Creo que es un resto genealógico. Se ve muy claro en los vascos y en los catalanes, quizá porque la echea o la casa pairal determinan el apellido, la estirpe. En Castilla (donde hubo menos feudalismo) no se da ese hecho.
José Luis García Valdecantos vuelve a proponer Castrillo de los Polvazares o también Golpejar de la Sobarriba (León). Añado que el hermosísimo pueblo de Castrillo de los Polvazares es el lugar donde se sitúa la acción de la novela La esfinge maragata, de Concha Espina. Se dice que doña Concha residió un año en ese pueblo para escribir su novela. Pero la verdad es que entonces el pueblo debía de ser un lodazal inhabitable y doña Concha residió en la cercana Astorga. Es igual, la novela es una delicia. Contiene un vocabulario riquísimo de la Maragatería. No entiendo cómo es que el movimiento feminista no ha aireado esa novela, pues representa el triunfo del matriarcado. Bueno, doña Concha al final de su vida se hizo falangista.
Anoto el codicilo de que no vale el pueblo de uno para presentarlo al concurso. Así que retiro la candidatura de Pereruela de Sayago, aunque suene tan bonitamente. Pero he vivido por algún tiempo en Sant Esteve Sesrovires (Barcelona). Alude al paisaje de viñas. Es un remanso rural a solo 30 kilómetros de Barcelona.
LA OBRA DE JAMES SALTER
Esa libertad de escribir
Nacido como James Horowitz en 1925 en la ciudad de Nueva York, James Salter adoptó su nombre artístico en 1956 tras la publicación de su primera novela, Pilotos de caza (The Hunters). Por ese entonces era oficial de la Fuerza Aérea estadounidense, arma a la que perteneció por casi doce años tras haberse graduado en la academia militar de West Point.
Hugo Fontanavie en El País - Uruguay
A comienzos de los 60, convencido de su vocación, abandonó su puesto de piloto y se dedicó por entero a la literatura, escribiendo durante mucho tiempo guiones cinematográficos para Hollywood y dando forma a una breve pero deslumbrante obra.
Hijo de un agente inmobiliario neoyorquino, también recibido en West Point, podría decirse que Salter ha sido un hombre con la vida dividida en dos. Hasta casi los cuarenta años su condición de aviador tuvo un protagonismo excluyente, más allá de haber sido siempre un lector empedernido. Piloto de aviones de caza, luchó en la guerra de Corea en la cabina de un F86, volando en más de cien misiones a treinta mil pies de altura y enfrentándose con los MIG-15 soviéticos que, estacionados en algún lugar del territorio chino, defendían las posiciones de la hoy Corea del Norte.
En un reportaje que le ofreció al español Jacinto Antón, reconoció incluso haber derribado uno de los cazas enemigos. Preguntado por la suerte del piloto, recordó que éste había saltado en paracaídas: "Nadie disparaba a los paracaídas. Ese piloto volvería con otro avión y tendrías la oportunidad de lograr otro derribo, así lo veíamos. No era una cuestión de sangre, no era el piloto lo que cazabas, era el avión".
Pero más allá de haberse convertido en un profesional de la adrenalina -"No tenías tiempo para el miedo en pleno combate"-, su actividad le dio también la oportunidad de conocer medio mundo y de enamorarse profundamente de la vieja Europa, en donde estuvo destinado durante mucho tiempo. El coraje, la destreza, cierta cercanía con la fama y con la inmortalidad, pero por sobre todas las cosas el honor, se transformaron en algunas de las variables que Salter considera esenciales en la constitución de un hombre. De algún modo las fue instituyendo en las peripecias vitales de sus personajes literarios y en la suerte de su propio proyecto como escritor.
"Una vez, en una cena, una mujer me preguntó qué demonios le había visto yo a la vida militar", cuenta en su libro de memorias Quemar los días. Y agrega: "No pude contestarle, naturalmente. No pude resumirlo todo, los lugares lejanos, la camaradería, el idealismo, la juventud. No pude hablar de cuando, mucho tiempo atrás, sobrevolaba las islas, cuando las veía elevarse en la distancia azul envueltas en leyenda, el anillo de oleaje blanco alrededor. O las ciudades, Shanghai y Tokio, Ámsterdam y Venecia, las prácticas de artillería en el norte de África y las colonias olvidadas de Roma a lo largo de la costa".
Escribir o perecer.
Tras la publicación de Pilotos de caza, en la que narraba la vida de sus años como aviador y de la que se desentendió tachándola de "novela de juventud", Salter daría a conocer en 1961 The Arm of the Flesh, reescrita y reeditada en 2000 bajo el título de Cassada. En 1967 publicó Juego y distracción, considerada una novela erótica -"lúbrica y pura", según sus propias palabras-, en la que narra la historia de un encuentro entre un estadounidense de clase alta y una joven francesa de provincia.
A los cincuenta años, en 1975, dio a conocer una de las novelas más celebradas de la moderna literatura yanqui, Años luz, y cuatro años más tarde En solitario, sobre un grupo de alpinistas que intentan infructuosamente ascender al Mont Blanc. En 1988 publicó Anochecer, su primera colección de cuentos, premiada con el PEN/ Faulkner. En 1997 apareció su libro autobiográfico Quemar los días y en 2005 los cuentos de La última noche. Este año publicó una nueva novela bajo el título All That Is, aún no traducida al castellano.
Casado y con dos hijas pequeñas, Salter dedicó buena parte de los años 60 a su trabajo como guionista, que le permitió conocer a fondo los vericuetos de la industria cinematográfica y frecuentar a actores de la calidad de Robert Redford, para quien escribió Monte abajo (Downhill Racer, 1969), la historia de un esquiador que se enfrenta al desafío más grande de su vida durante una competencia extrema.
Trabajar para el cine le permitió además retornar con frecuencia a Europa, buscando locaciones, ideas y actores, que finalmente lo llevaron a dirigir un film de su autoría, Three (1969), con las actuaciones de Charlotte Rampling y Sam Waterston, que no tuvo éxito de público. "Decidí escribir o perecer", dijo en otra entrevista. "Cambié mi nombre… Y estaba solo. Y cuando despegas, completamente solo, esa primera vez, es inolvidable. De repente, sientes que tienes un par de alas sobre tu espalda, y puedes escribir algo que sientes que es glorioso. Hay una libertad en escribir. Me admiro más sobre la página que en la realidad. No quise convertirme en un escritor demasiado masculino, porque mi vida había sido masculina".
Acaso esa división de género sea elaboradamente exacta. Siguiendo ese mismo razonamiento, Richard Ford escribió en 2007 el prólogo a una edición inglesa de Años luz, en el que sostiene que "seguramente no hay intuición tan penetrante para los detalles del mundo y su nada obvia problemática emocional, ni mirada tan perspicaz para nuestra frágil naturaleza humana, como la intuición y la mirada de James Salter, como no hay tampoco nadie con la capacidad de Salter para convertir en frases tanta información e imaginación verbal con tanta belleza y exuberancia, y de un modo tan sorprendente, tan despiadado a veces, pero siempre apasionante".
En la casa de otro.
Los personajes de Salter pertenecen a una clase media acomodada, buena parte de ellos con alguna carrera universitaria o con alguna profesión de corte intelectual. Tienen aspiraciones de orden trascendente aunque sospechan o son conscientes de que les serán esquivas, o de que sus propias destrezas y convicciones, débiles, erráticas, no les permitirán alcanzarlas. Son diferentes a las criaturas de John Cheever -no viven en cerradas comunidades, con prerrogativas y valores en común-; son diferentes a los personajes de Truman Capote -recorren Nueva York de un lado a otro pero sin alcurnias ni delirios aristocráticos, y compran en Zabar, no en Tiffany's-; son diferentes a los hombres y las mujeres de J. D. Salinger -ninguna guerra ha dejado en ellos signos esquizoides, aunque muchas veces comparten similares conductas de deslealtad. Y son diferentes a los seres desvalidos, desocupados y desorientados de Raymond Carver, que recorren infinidad de caminos para volver siempre al mismo lugar. Acaso el escritor más cercano a su obra sea el Richard Yates de Vía revolucionaria (Revolutionary Road): la pareja protagonista de esta novela podría compartir más de una cena con la de Años luz, tomar un vino o un martini juntos, soñar con un viaje a París, contarse las mismas cuitas, llorar las mismas desesperanzas.
Sin embargo, a todos los escritores mencionados los une una misma preocupación formal: cómo dar cuenta desde la cotidianidad y con un lenguaje que refleje esos mundos, de una extendida crisis de valores y de una oscura y secreta angustia que, al modo de los preceptos del existencialismo filosófico, atraviesa sordamente el corazón de sus agonistas.
El desconcierto ante el paso de los años es el mismo, e iguales son los montos de nostalgia que los separan de la infancia y de las primeras figuras parentales. También la época es la misma: la segunda mitad del siglo XX, los vaivenes económicos del Imperio, la mezcla del orgullo nacional y de la conciencia de haberse convertido en una superpotencia bélica, la monstruosa dimensión de la Patria y la minúscula proyección de sus vidas. "Somos ricos, privilegiados y fuertes", dice Don DeLillo en su ensayo En las ruinas del futuro, acerca de esa nación prodigiosa que vive por y para el futuro. Pero, ¿qué hacer con el día de mañana si esta noche nuestro cónyuge duerme en la casa de su amante?
Las personas reales.
En 1986, Joe Fox, editor de Salter, tras leer un breve artículo publicado en la revista Esquire, donde el escritor rememoraba un lejano episodio ocurrido en uno de los campus militares donde habitó, lo impulsó a escribir un libro de memorias que, tras una década de trabajo, se convirtió en Quemar los días. El libro se lee con la misma pasión que puede provocar una gran novela. Salter no escatima recursos narrativos a la hora de recordar su infancia, sus largos años en la aviación, sus primeros escarceos amorosos, sus idas y venidas con actores, productores y directores de cine, así como su lenta inclusión en el mundo de los intelectuales neoyorquinos y su amistad con otros escritores, en particular la que mantuvo durante años con Irwin Shaw. En cada capítulo, en cada párrafo, el lector irá descubriendo claves que luego tomarán cuerpo en su narrativa: anécdotas, añoranzas, decepciones, algunas formas de la felicidad y de la tristeza.
Salter parece decirnos que todos sus héroes de ficción estuvieron inspirados en personas reales, mimetizados luego en la bruma de la identificación literaria y en el pasado de su propia vida. Así, cuenta que tras la escritura de Juego y distracción nunca volvió a ver a la muchacha en la que había basado su personaje femenino y que siempre guardó la curiosidad por saber "qué había sido de ella, por conocer los detalles de su vida, el armario donde colgaba sus vestidos, el cajón donde tenía plegada sus cosas, los frascos de perfume, los zapatos". Unas frases más adelante, confiesa: "La conocí en el Kennedy cuando llegó a Estados Unidos. Atravesó el gentío, inocente en su belleza, llena de alegría. Tenía dieciocho años". Lo mismo sucede con Nedra, la joven mujer de Años luz, a quien sí volvió a ver después de publicada la novela. "Yo adoraba su franqueza y su encanto, el derroche y la devoción a sus hijos. Nunca me cansé de verla ni de oírla hablar. Fumaba, bebía, reía a carcajadas. No conocía la cautela". De inmediato agrega: "Su antiguo amante, uno de ellos, nos acompañó esa última noche. Nedra había envejecido. Los años se habían apoderado de ella y la habían sacudido como un gato sacude a un ratón. (…) En su casa, que yo adoraba, se reflejaba mi propia mortalidad".
Algo similar ocurre con uno de sus cuentos más brillantes, "Vía negativa" (de Anochecer), en el que presenta a un escritor joven, sin éxito de ventas y prácticamente ignorado, que un día se cruza con otro autor que se ha enriquecido con sus libros, vive en una suite lujosa y calza zapatos ingleses. A la noche, aquél le dice a su amiga: "Me tiene miedo. Tiene miedo de mí porque no he conseguido nada". En Quemar los días, tras sus primeros encuentros con Irwin Shaw, en ese momento en la cresta de la ola con títulos como Enterrad a los muertos y Hombre rico, hombre pobre, recuerda: "Yo había escrito dos libros, pero mi poder residía en que no había conseguido nada. Mi fuerza, como la del enano con mal genio, estribaba en que mi nombre era desconocido".
Polvo del pasado.
Viri y Nedra son la pareja central de Años luz. La historia se dispara a fines de los 50, cuando ellos están cerca de cumplir treinta años. Viven al norte del río Hudson, en una zona campestre. Tienen una hermosa casa, dos hijas pequeñas, un cachorro, un pony y una tortuga. Viri trabaja en un estudio de arquitectos en Manhattan -quiere construir un edificio que sea admirado por todo el mundo- y Nedra viaja con frecuencia a la ciudad a hacer las compras. Tienen una intensa vida cultural: van al teatro y al cine, leen, se reúnen con frecuencia con matrimonios amigos. Viri mantiene un corto y apasionado romance con una de sus secretarias, que lo marcará por años. Nedra se hace amante de Jivan, un joven cercano al mundo del teatro, y el vínculo que establecen parece armado sobre la normalidad de lo distinto: a cierta altura de la novela el amante parece tan integrado a la vida de la familia, más allá de que su condición supuestamente se mantiene en secreto, que ya no asombra que concurra a las veladas grupales ni que participe en determinadas ceremonias como cumpleaños y fiestas navideñas.
Cada tanto el narrador interviene, opina, aconseja e incluso se lamenta del rumbo que van tomando las cosas. "La vida es el tiempo que hace. Son las comidas. Los almuerzos en un mantel azul a cuadros sobre el cual hay sal vertida. El olor de tabaco". O: "Se divorciaron en el otoño. Yo hubiera deseado que no sucediera".
Salter acompaña la lenta destrucción de la pareja, y lo hace a lo largo de toda la vida de Viri y Nedra. Cada tanto informa del paso de ese tiempo dando cuenta de la edad de las niñas, de su transformación en adolescentes, de sus estudios y primeros trabajos, de sus casamientos. Y de la lisiada vejez de aquel cachorro. En apenas doscientas páginas el escritor acude una y otra vez a los diálogos, a las descripciones mínimas y tajantes, y sobre esa austeridad construye una poética hermosa y triste.
Para Ford, lo hace con "una prosa tan luminosa, tan refinadamente escogida y equilibrada que en el primer momento podríamos no darnos cuenta de que la novela apunta a temas graves, como son las posibilidades de supervivencia del amor, las desilusiones de la vocación y la decadencia de una cultura americana consumista pero insuficientemente inquisitiva, que se está muriendo como una estrella cuya luz seguimos viendo aun cuando el fuego lleva ya mucho tiempo extinguido". Más adelante en su prólogo, insiste en que la novela refleja "lo que perdemos de la vida cuando el tiempo ha convertido nuestro presente en polvo del pasado y sólo deja atrás silencio y melancolía". Por último, para definir las características más profundas de esta pareja, el autor de El periodista deportivo afirma que ellos "no se toman la vida con la suficiente seriedad y paciencia para conocer su finalidad. Es como si pensaran que disponen de otra vida para volver a vivir, como si estuvieran aquí de paso, destinados a tener otra oportunidad".
Frotar las palabras.
Los cuentos de Salter no son menos magníficos. Por lo general los protagonizan hombres y mujeres en la distancia de sus relaciones: despedidas, recuerdos de tiempos irrecuperables, tropiezos consigo mismos, terceros que se aproximan a la fantasía del sueño exquisito o de la pesadilla absoluta. No es la perfección una categoría aplicable al arte, pero muchas veces el lector llega al final de un relato con la certeza de que no podría haber sido escrito de mejor manera, de que toda la sabiduría de un narrador se condensó en unas pocas páginas, de que no hay una sola palabra gratuita, y de que la anécdota es suficiente como para trazar una genealogía imperecedera de la condición humana.
"Veinte minutos", "American Express", "Costas lejanas", "Vía negativa", "La destrucción del Goetheanum" (en Anochecer) son obras maestras. Lo mismo puede decirse de "Cometa", "Los ojos de las estrellas", "El don", "Platino" y, por supuesto, "La última noche", del libro homónimo, un cuento feroz que reúne a un matrimonio en la última noche de la esposa -está enferma de cáncer y un médico le ha proporcionado una inyección letal que el marido le pondrá poco antes de la medianoche-, y una joven mujer amiga de ambos.
Hace un buen tiempo Salter fue entrevistado por The Paris Review, y entonces dijo que se consideraba un frotteur, "alguien a quien le gusta frotar palabras en sus manos, sentirlas, y pensar que es realmente la mejor palabra". Tan minucioso criterio ha llevado a algunos críticos a sostener que estamos ante un escritor para escritores, apoyados además en su escasa popularidad y en no haber sido jamás un autor de ventas masivas. En respuesta a esa clasificación, bueno sería recordar la sentencia de Walter Benjamin: "un escritor que no enseña nada a los escritores, no enseña nada a nadie".
La primera mujer desnuda
En las primeras páginas de Quemar los días, James Salter cuenta que durante su infancia pasaba tardes enteras con Alec, uno de sus amigos, cuya madre era pianista y daba conciertos en el Carnegie Hall. La habitación de Alec estaba en el séptimo piso de un edificio de apartamentos en Manhattan:
"Una tarde como otra cualquiera, cuando la luz ya declinaba, vimos una silueta en un apartamento de enfrente muy cercano, una planta más abajo. Era una mujer joven y estaba sola. En el cuarto de baño por el que se movía de un lado a otro, la iluminación era intensa y la mitad superior de la ventana estaba abierta. No habíamos encendido las luces de nuestra habitación y, ocultándonos para observarla, nos arrodillamos.
"Se quitó el jersey, la perdimos de vista y al cabo de un momento volvió, desabrochándose el sujetador. Recuerdo el extraordinario brillo de su piel, la cegadora desnudez, y la desesperación cuando dejamos de verla. No cruzamos una sola palabra. Aguardamos en absoluto silencio. Era el crepúsculo. Aquel rectángulo iluminado y vacío ejercía mayor atracción que cualquier escenario. Como en un acto de obediencia, la mujer regresó. Yo no me cansaba de mirar pero, como supe desde el primer instante, no podía retener lo que estaba viendo.
"Ningún cazador al amanecer, ningún asesino ni rastreador, ha sentido jamás mayor gozo. Se paseó delante de nosotros, se dio la vuelta, se recogió el pelo. Se inclinó un poco para quitarse la última prenda y luego se quedó erguida e inmóvil, sagrada e incompleta, mirando algo en el suelo, probablemente una báscula. No alcanzo a imaginar el peso de aquella sustancia inmortal. No tenía peso. Estaba hecha de gloria…".
Los libros de Salter
La desaparecida Muchnik Editores publicó en castellano Años luz (1999), Juego y distracción (2002) y Anochecer (2002), hoy muy difíciles de conseguir, incluso en los sitios de venta de Internet. Hay una edición de bolsillo de Anochecer de El Aleph Editores (2008), que se distribuyó en Uruguay. Este año llegaron Quemar los días (446 páginas) y La última noche (156 páginas), ambos de Editorial Salamandra, impresos en 2013 en Barcelona.
LAS MEJORES UNIVERSIDADES DEL MUNDO
Los nuevos rankings universitarios
ANDRÉS OPPENHEIMER AOPPENHEIMER@ELNUEVOHERALD.COM
Dos nuevos rankings de las mejores universidades del mundo —uno hecho en China, el otro en Gran Bretaña— concluyen que Estados Unidos sigue teniendo las mejores instituciones de estudios terciarios del mundo, Asia está en ascenso y Latinoamérica sigue sin tener ninguna universidad entre las primeras 100.
El nuevo Ranking Académico de Universidades del Mundo 2013 de la Universidad Jiao Tong de Shanghai, y el Ranking QS de Universidades del Mundo 2013 de la empresa de investigación Quacquarelli Symonds, de Londres, están entre los índices universitarios internacionales más antiguos y conocidos.
Miden, entre otras cosas, la reputación de cada universidad en círculos académicos internacionales, el porcentaje de profesores con doctorados, y sus logros en investigación científica. Si bien es cierto que estos rankings no son perfectos, son el mejor instrumento disponible para medir la calidad de las universidades a nivel global.
Según el ranking de la Universidad de Shanghai, ocho de las 10 mejores universidades del mundo están en Estados Unidos. La lista de la universidad de Shanghai está encabezada por Harvard, seguida de Stanford (2), la Universidad de California en Berkeley (3), el Instituto de Tecnología de Massachusetts, MIT (4), la Universidad de Cambridge, Gran Bretaña (5), el Instituto de Tecnología de California (6), Princeton (7), la Universidad de Columbia (8), la Universidad de Chicago (9) y la Universidad de Oxford, Gran Bretaña (10).
Entre las 100 mejores universidades del mundo, el ranking chino incluye varias universidades de Japón, Suiza, Israel, Canadá y otros países, pero ninguna de Latinoamérica. Las universidades latinoamericanas mejor situadas en el ranking chino son la Universidad de Sao Paulo, Brasil, agrupada junto con otras en los puestos 101-150, y la Universidad Nacional Autónoma de México y la Universidad de Buenos Aires, Argentina, que están en el grupo 151-200.
El otro ranking, realizado por la firma QS de Gran Bretaña, coloca a siete universidades estadounidenses entre las mejores diez del mundo. El ranking de QS está encabezado por el MIT, seguido de Harvard (2), Cambridge, Gran Bretaña (3), University College de Londres (4), Imperial College de Londres (5), Universidad de Oxford (6), Stanford (7), Yale (8), Universidad de Chicago (9) y Instituto de Tecnología de California y Princeton empatados en el número 10.
Dentro de las 100 mejores instituciones de educación superior del mundo, el ranking británico incluye la Universidad Nacional de Singapur (24), la Universidad de Hong Kong (25), la Universidad Nacional de Seúl, Corea del Sur (35), Universidad de Beijing (46) y varias otras universidades de Asia.
La universidad latinoamericana mejor situada en el ranking británico es la Universidad de Sao Paulo (127), seguida por la Universidad Nacional Autónoma de México (163), y la Universidad Católica de Chile (166).
Los dos rankings platean algunas preguntas obligadas para los países latinoamericanos: ¿Cómo es posible que Brasil, la sexta economía más grande del mundo y México, la duodécima, no tengan una sola universidad entre las 100 mejores del mundo?
¿Y cómo se explica que Singapur, Corea del Sur, China y otros países que hasta hace pocas décadas tenían niveles de desarrollo inferiores a los de la mayoría de las naciones latinoamericanas tienen universidades que están entre las 100 mejores? ¿Qué es lo que hicieron bien las universidades asiáticas, e hicieron mal las latinoamericanas?
Ben Sowter, el jefe de investigación del ranking QS, me dijo que las principales razones de que las universidades latinoamericanas se han quedado atrás tienen que ver son su poco uso del inglés —la actual lingua franca de los intercambios científicos internacionales — y su poca conexión con las mejores instituciones extranjeras.
Pero eso está cambiando con rapidez, dijo Sowter, señalando que nueve de las diez mejores universidades latinoamericanas en el ranking QS de este año han subido de puesto con respecto al ranking del año pasado. Están en la dirección correcta, y posiblemente veamos los resultados de esta acción en el curso de los próximos diez años, dijo.
Mi opinión: el idioma no debería ser una barrera para estar entre las 100 mejores universidades del mundo. Si Corea del Sur, China y otros países asiáticos han logrado que sus universitarios hablen inglés fluido, y sus universidades den títulos conjuntos con instituciones de Estados Unidos y Europa, también lo pueden hacer las universidades latinoamericanas.
Pero coincido en que algunos países latinoamericanos se están moviendo en la dirección correcta. Brasil ha iniciado un programa para enviar a 100.000 graduados en ciencias e ingeniería a realizar estudios de posgrado en universidades de Estados Unidos, Europa y Asia. Chile ha estado haciendo lo mismo desde hace un tiempo, en menor escala, y México está considerándolo.
Hacen bien, y sus vecinos deberían imitarlos. De otra manera, Latinoamérica seguirá perdiendo terreno ante los países emergentes asiáticos dentro de la economía global del conocimiento, que se basa cada vez más en la innovación que generan y comparten las mejores universidades del mundo.
Read more here: http://www.elnuevoherald.com/2013/09/11/v-fullstory/1564716/oppenheimer-los-nuevos-rankings.html#storylink=cpy
ANDRÉS OPPENHEIMER AOPPENHEIMER@ELNUEVOHERALD.COM
Dos nuevos rankings de las mejores universidades del mundo —uno hecho en China, el otro en Gran Bretaña— concluyen que Estados Unidos sigue teniendo las mejores instituciones de estudios terciarios del mundo, Asia está en ascenso y Latinoamérica sigue sin tener ninguna universidad entre las primeras 100.
El nuevo Ranking Académico de Universidades del Mundo 2013 de la Universidad Jiao Tong de Shanghai, y el Ranking QS de Universidades del Mundo 2013 de la empresa de investigación Quacquarelli Symonds, de Londres, están entre los índices universitarios internacionales más antiguos y conocidos.
Miden, entre otras cosas, la reputación de cada universidad en círculos académicos internacionales, el porcentaje de profesores con doctorados, y sus logros en investigación científica. Si bien es cierto que estos rankings no son perfectos, son el mejor instrumento disponible para medir la calidad de las universidades a nivel global.
Según el ranking de la Universidad de Shanghai, ocho de las 10 mejores universidades del mundo están en Estados Unidos. La lista de la universidad de Shanghai está encabezada por Harvard, seguida de Stanford (2), la Universidad de California en Berkeley (3), el Instituto de Tecnología de Massachusetts, MIT (4), la Universidad de Cambridge, Gran Bretaña (5), el Instituto de Tecnología de California (6), Princeton (7), la Universidad de Columbia (8), la Universidad de Chicago (9) y la Universidad de Oxford, Gran Bretaña (10).
Entre las 100 mejores universidades del mundo, el ranking chino incluye varias universidades de Japón, Suiza, Israel, Canadá y otros países, pero ninguna de Latinoamérica. Las universidades latinoamericanas mejor situadas en el ranking chino son la Universidad de Sao Paulo, Brasil, agrupada junto con otras en los puestos 101-150, y la Universidad Nacional Autónoma de México y la Universidad de Buenos Aires, Argentina, que están en el grupo 151-200.
El otro ranking, realizado por la firma QS de Gran Bretaña, coloca a siete universidades estadounidenses entre las mejores diez del mundo. El ranking de QS está encabezado por el MIT, seguido de Harvard (2), Cambridge, Gran Bretaña (3), University College de Londres (4), Imperial College de Londres (5), Universidad de Oxford (6), Stanford (7), Yale (8), Universidad de Chicago (9) y Instituto de Tecnología de California y Princeton empatados en el número 10.
Dentro de las 100 mejores instituciones de educación superior del mundo, el ranking británico incluye la Universidad Nacional de Singapur (24), la Universidad de Hong Kong (25), la Universidad Nacional de Seúl, Corea del Sur (35), Universidad de Beijing (46) y varias otras universidades de Asia.
La universidad latinoamericana mejor situada en el ranking británico es la Universidad de Sao Paulo (127), seguida por la Universidad Nacional Autónoma de México (163), y la Universidad Católica de Chile (166).
Los dos rankings platean algunas preguntas obligadas para los países latinoamericanos: ¿Cómo es posible que Brasil, la sexta economía más grande del mundo y México, la duodécima, no tengan una sola universidad entre las 100 mejores del mundo?
¿Y cómo se explica que Singapur, Corea del Sur, China y otros países que hasta hace pocas décadas tenían niveles de desarrollo inferiores a los de la mayoría de las naciones latinoamericanas tienen universidades que están entre las 100 mejores? ¿Qué es lo que hicieron bien las universidades asiáticas, e hicieron mal las latinoamericanas?
Ben Sowter, el jefe de investigación del ranking QS, me dijo que las principales razones de que las universidades latinoamericanas se han quedado atrás tienen que ver son su poco uso del inglés —la actual lingua franca de los intercambios científicos internacionales — y su poca conexión con las mejores instituciones extranjeras.
Pero eso está cambiando con rapidez, dijo Sowter, señalando que nueve de las diez mejores universidades latinoamericanas en el ranking QS de este año han subido de puesto con respecto al ranking del año pasado. Están en la dirección correcta, y posiblemente veamos los resultados de esta acción en el curso de los próximos diez años, dijo.
Mi opinión: el idioma no debería ser una barrera para estar entre las 100 mejores universidades del mundo. Si Corea del Sur, China y otros países asiáticos han logrado que sus universitarios hablen inglés fluido, y sus universidades den títulos conjuntos con instituciones de Estados Unidos y Europa, también lo pueden hacer las universidades latinoamericanas.
Pero coincido en que algunos países latinoamericanos se están moviendo en la dirección correcta. Brasil ha iniciado un programa para enviar a 100.000 graduados en ciencias e ingeniería a realizar estudios de posgrado en universidades de Estados Unidos, Europa y Asia. Chile ha estado haciendo lo mismo desde hace un tiempo, en menor escala, y México está considerándolo.
Hacen bien, y sus vecinos deberían imitarlos. De otra manera, Latinoamérica seguirá perdiendo terreno ante los países emergentes asiáticos dentro de la economía global del conocimiento, que se basa cada vez más en la innovación que generan y comparten las mejores universidades del mundo.
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CARLOS BLANCO AGUINAGA
Carlos Aguinaga, el sabio que me enseñó a leer
Una visión social de la literatura
RAFAEL CHIRBES en El País - España
Acabo de enterarme de la muerte de Carlos Blanco Aguinaga. Con él, la literatura pierde una de las voces críticas más importantes del siglo XX. Pero yo quiero escribir de la pérdida del maestro que me enseñó a leer, porque uno puede llegar a los veinticinco años sin parar de devorar libros y seguir acunado en esa niebla engañosa que tantas veces se nos hace creer que es la literatura. Con Blanco aprendí la literatura como forma de conocimiento: colocarse ante el puro texto, sin retórica envolvente, y aprender, de paso, que el envite no es tanto situar un libro en su contexto, sino desentrañar el modo en que el contexto forma parte de la malla del libro. La literatura, como ineludible sismógrafo (o policía) de su tiempo.
Su Historia social de la literatura española, publicada en 1978, mereció el calificativo de “estalinista” en la crítica que escribió Rafael Conte en las páginas del suplemento cultural de este mismo diario. La batalla era cruenta, porque lo que se dirimía era nada menos que el restablecimiento de un canon literario vapuleado al mismo tiempo por los literatos del régimen y por vanguardias que aspiraban a la modernidad sin ajustar cuentas con el franquismo: textos que sobrevuelan la historia sin tocarla.
A los jóvenes que nos habíamos educado en España, Blanco nos corregía la mirada refractándola en la del exilio. Su presencia nos traía América: los exiliados españoles, pero también los novelistas de entreguerras, las luchas por los derechos de chicanos y negros, los narradores de la revolución mexicana, los poemas de Vallejo y Nicanor Parra, o los de Julián del Casal; los textos de Martí y de Mariátegui; y los boleros de Agustín Lara cantados por Toña la Negra. Todo eso forma una pequeña parte de lo que Blanco ha dejado en nosotros. Porque fuera de lo literario (si es que hay algo que pueda quedarse fuera de lo literario) están su bondad, su humor, su cariño que tanto empiezo a echar de menos ahora mismo.
Creo que fue en el verano de 1976 cuando recorrimos con Iris, su mujer, el sur de México. Fortín de las Flores, Veracruz, Villahermosa, San Cristóbal de las Casas, Tehuantepec, Oaxaca. A San Juan Chamula llegamos de noche, a bordo de un coche en el que había fallado el sistema eléctrico. Avanzábamos a oscuras por la sinuosa carretera, siguiendo las luces del autobús que nos precedía. Cada poco tiempo, veíamos brillar una fosforescencia en el horizonte que creíamos que eran las luces de la población y siempre acababan siendo las de los millones de cocuyos que poblaban la noche. Si cierro los ojos puedo recordar aquel viaje y la plaza de San Juan, con las puertas de su iglesia abiertas de par en par y aquellos tipos silenciosos sentados en el suelo junto a sus bestias de carga. Puedo verlo, y oler: a chiles y a cilantro, a gardenias. Y esos olores y el brillo engañoso de cocuyos —ese México—, que ahora mismo recuerdo y me conmueven, son también parte de lo que ha dejado en mí su amistad. Los conocí con él.
Rafael Chirbes es escritor. Su última novela es En la orilla.
Una visión social de la literatura
RAFAEL CHIRBES en El País - España
Acabo de enterarme de la muerte de Carlos Blanco Aguinaga. Con él, la literatura pierde una de las voces críticas más importantes del siglo XX. Pero yo quiero escribir de la pérdida del maestro que me enseñó a leer, porque uno puede llegar a los veinticinco años sin parar de devorar libros y seguir acunado en esa niebla engañosa que tantas veces se nos hace creer que es la literatura. Con Blanco aprendí la literatura como forma de conocimiento: colocarse ante el puro texto, sin retórica envolvente, y aprender, de paso, que el envite no es tanto situar un libro en su contexto, sino desentrañar el modo en que el contexto forma parte de la malla del libro. La literatura, como ineludible sismógrafo (o policía) de su tiempo.
Su Historia social de la literatura española, publicada en 1978, mereció el calificativo de “estalinista” en la crítica que escribió Rafael Conte en las páginas del suplemento cultural de este mismo diario. La batalla era cruenta, porque lo que se dirimía era nada menos que el restablecimiento de un canon literario vapuleado al mismo tiempo por los literatos del régimen y por vanguardias que aspiraban a la modernidad sin ajustar cuentas con el franquismo: textos que sobrevuelan la historia sin tocarla.
A los jóvenes que nos habíamos educado en España, Blanco nos corregía la mirada refractándola en la del exilio. Su presencia nos traía América: los exiliados españoles, pero también los novelistas de entreguerras, las luchas por los derechos de chicanos y negros, los narradores de la revolución mexicana, los poemas de Vallejo y Nicanor Parra, o los de Julián del Casal; los textos de Martí y de Mariátegui; y los boleros de Agustín Lara cantados por Toña la Negra. Todo eso forma una pequeña parte de lo que Blanco ha dejado en nosotros. Porque fuera de lo literario (si es que hay algo que pueda quedarse fuera de lo literario) están su bondad, su humor, su cariño que tanto empiezo a echar de menos ahora mismo.
Creo que fue en el verano de 1976 cuando recorrimos con Iris, su mujer, el sur de México. Fortín de las Flores, Veracruz, Villahermosa, San Cristóbal de las Casas, Tehuantepec, Oaxaca. A San Juan Chamula llegamos de noche, a bordo de un coche en el que había fallado el sistema eléctrico. Avanzábamos a oscuras por la sinuosa carretera, siguiendo las luces del autobús que nos precedía. Cada poco tiempo, veíamos brillar una fosforescencia en el horizonte que creíamos que eran las luces de la población y siempre acababan siendo las de los millones de cocuyos que poblaban la noche. Si cierro los ojos puedo recordar aquel viaje y la plaza de San Juan, con las puertas de su iglesia abiertas de par en par y aquellos tipos silenciosos sentados en el suelo junto a sus bestias de carga. Puedo verlo, y oler: a chiles y a cilantro, a gardenias. Y esos olores y el brillo engañoso de cocuyos —ese México—, que ahora mismo recuerdo y me conmueven, son también parte de lo que ha dejado en mí su amistad. Los conocí con él.
Rafael Chirbes es escritor. Su última novela es En la orilla.
JHON ANTHONY WILSON BURGESS
El Hombre Que Escribía Demasiado
Por Juan Forn en Página 12 - Buenos Aires
En Borneo, cuando no está lloviendo, el sol te trepana la cabeza. El profesor John Wilson está dando clase al frente del aula cuando de repente se acuesta en el piso y decide no seguir. El profesor Wilson parece estar sufriendo un coma alcohólico, aunque conteste normalmente las preguntas que le hacen. En el hospital le preguntan si ha sufrido alucinaciones. El dice que, en los últimos días, cada vez que entra al baño de su casa, por la mañana, ve sentado en el inodoro a un hombre muy parecido a él, con una máquina de escribir sobre las rodillas, componiendo poemas. El Servicio Colonial lo fleta al Hospital de Enfermedades Tropicales de Londres, donde le diagnostican un tumor cerebral y le dan un año de vida. El profesor Wilson huye del hospital en camisón, pero el neurólogo que iba a trepanarle el cerebro era Roger Bannister, el primer hombre en correr la milla en menos de cuatro minutos: lo alcanzó enseguida, lo llevó de vuelta, le exigió que se portara como un hombre. El profesor Wilson se pasó la noche en vela y terminó interpretando así su sentencia de muerte: “No me pisaría un ómnibus, ni me acuchillarían en un callejón, ni me atragantaría con una espina de pescado, ni me desnucaría de un patinazo por la calle. Me quedaban 365 días por vivir: escribiendo a razón de mil palabras por día, en un año podía escribir Guerra y paz. O por lo menos un libro de mil páginas”.
Y eso fue lo que hizo: escribió las mil páginas (aunque no en un solo libro sino en cinco novelitas distintas, porque consideró que cinco libros le dejarían algo más de dinero a su viuda que uno solo) y cuando se cumplió el año le dijeron para su estupor que del tumor ni rastros, así que se puso a escribir otras mil páginas para no romper la cábala, y llegó vivo al final de ese año, por lo que conservó ese demencial ritmo de escritura durante los cuarenta años siguientes, y así fue cómo el profesor Wilson (en sus documentos John Anthony Wilson Burgess) se convirtió en el escritor Anthony Burgess. La leyenda fue fraguada por él mismo, en incontables entrevistas y charlas y en los dos tomazos de su autobiografía: era, había sido, y sería hasta el fin de sus días, El Hombre Que Escribía Demasiado (“¿No puede conseguirse un trabajo normal, como empleado de banco, por unos años al menos? –le decían en Inglaterra–. ¿No tiene autodisciplina para ser menos prolífico?”). Era El Venido De Ninguna Parte, léase Manchester, donde su padre tocaba el piano en cines en los tiempos de las películas mudas y el pequeño John aprendió a leer solo, de las placas de texto que aparecían en esas películas. El pequeño John se pasaba las tardes sentado en el cine porque un día, cuando era bebé, su padre volvió a casa y encontró a su mujer y a la hermana de John muertas por la gripe española.
Después se le murió el padre, cuando John tenía trece. Quedó a cargo de una madrastra que lo mandó pupilo en cuanto vio que el pequeño era capaz de conseguirse una educación a base de becas. Salió de Manchester convertido en maestro de escuela, hizo la guerra como maestro en Gibraltar, lo esperaba un puesto de maestro cuando volvió. Y era un maestro impecable, sólo que después bebía como un cosaco y leía como un animal lo que le cayera en las manos, y además padecía una esposa galesa, borracha y promiscua que, cuando él volvió de la guerra, le contó que una noche a la salida del pub había sido violada por dos soldados, que la dejaron no sólo estéril sino con hemorragias de por vida: todo lo que perdía de sangre diariamente necesitaba recuperarlo en gin. Los Wilson llegaron a Malasia, y después a Borneo, porque una noche de borrachera él escribió una carta pidiendo trabajo en el Servicio Colonial del Imperio: cuando lo citaron para darle el destino, tuvieron que mostrarle la carta porque él no se acordaba de nada. Al volver de Borneo, cuando ya era El Hombre Que Escribía Demasiado, arrastró a su esposa Lynne a Leningrado, porque necesitaba ver in situ ciertos detalles del idioma ruso para la jerga de Alex y sus drogos en La naranja mecánica. El plan era pagarse el viaje con unos vestidos de poliéster que consiguió a precio de saldo en Marks & Spencer y que se pasó los primeros cinco días del viaje vendiendo en los baños del hotel donde paraba, mientras Lynne bebía vodka en la habitación, hasta que tuvieron que hospitalizarla por coma alcohólico y los mandaron a los dos de vuelta a Inglaterra.
Mientras hacía estas cosas, escribía dos o tres novelas al año y manuales sobre el uso del inglés y ensayos que explicaban a Joyce y a Shakespeare, y comentaba libros (brillantemente y a velocidad pasmosa) para todos los suplementos culturales, y componía música (su verdadera vocación: no meras canciones sino sinfonías y óperas) sin el menor éxito. Y, cada vez que oía a Lynne golpear con su bastón el piso en la habitación de arriba, subía a llevarle su botella de gin. “Hasta que un día cesaron misericordiosamente los golpes sobre mi cabeza y pude escribir en paz, sólo que Lynne estaba muerta.” No se olvidó nunca de ella, tampoco tuvo paz. Se casó con otra sólo tres meses después. Era la exacta contracara de Lynne: se llamaba Liana, no era galesa sino italiana, no era rubia sino morocha, no era hija de proletarios sino de una condesa y un actor, y además traía a la rastra un hijo pequeño, que Burgess aceptó adoptar. Acto seguido abandonó Inglaterra rumbo al continente, en una absurda casa rodante (Liana al volante, él en el asiento de al lado, con la máquina de escribir sobre las rodillas, y el nene destrozando todo atrás), para no tener que pagar impuestos en ninguna parte.
Gracias a La naranja mecánica de Kubrick y al Jesús de Nazareth que escribió para Zefirelli se hizo famoso en Norteamérica y empezaron a estrenarle (en lugares como la Opera de Minnesota o el Paraninfo de Wichita) sus imposibles piezas musicales. Por suerte siguió escribiendo, tan inmoderadamente como siempre. Por esa época se le ocurrió una novela que iba a ser así: un tipo se levanta a la mañana, el día de su muerte, abre el diario y lee toda su vida en él, de la primera plana al crucigrama y los chistes. No la escribió nunca, pero su autobiografía es un poco así, aunque la verdadera vida que vivió en su cabeza hasta sus últimas consecuencias está en Poderes terrenales, la novela de mil páginas que escribió cuando ya no necesitaba más dinero, que es todos sus libros en uno y un crucero al corazón de las tinieblas del siglo XX. “En mi triste oficio, mentimos para ganarnos la vida. No sé quién lee novelas para que le cuenten la verdad, pero ¿cuál es el sentido de leer novelas si no nos las creemos?”, escribió en ese libro. Y también este párrafo imbatible, que cualquiera que lo haya leído conservará en la memoria el resto de su vida: “¿Quién no ha sido defraudado? No pensemos sin embargo que el culpable es un sistema, o la sociedad, o el Estado, o una persona determinada. Son nuestras ilusiones las que nos van defraudando. Todo comienza en el vientre materno y el descubrimiento de que hace frío allá afuera. ¿Y acaso es culpa del frío que haga frío?”.
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