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terça-feira, 2 de agosto de 2011

ANTONIO MAURA


Antonio Maura,


único español en la Academia de las letras Brasileña

Efe | Madrid

El escritor e investigador bilbaíno Antonio Maura ha sido elegido Socio Académico Corresponsal de la Academia Brasileña de las Letras, lo que le convierte en el único español vivo que forma parte de esta prestigiosa institución fundada en 1897 por el escritor Antonio Machado de Assis, su primer presidente.

Según informa hoy a Efe el propio Antonio Maura, la elección se produjo por votación, el pasado 28 de julio, y ocupará el sillón 17, de los veinte dedicados a personalidades extranjeras, cuyo primer titular fue Leon Tolstoi. Maura sustituye al historiador, sociólogo y escritor portugués Vitorino Magalhaes Godinho, fallecido este año.

El último español que ocupó un sillón de la Academia Brasileña de Letras fue Dámaso Alonso, de 1960 a 1990. En el pasado, también fueron Socios Corresponsales los españoles José Echegaray, de 1898 a 1916, Francisco Rodríguez Marín, de 1929 a 1916, Gregorio Marañón, de 1956 a 1960, y Ramón Menéndez Pidal, de 1951 a 1968.

Antonio Maura, una vez elegido. | EFE.
Antonio Maura (Bilbao, 1953) es licenciado en Filosofía y en periodismo, y es doctor en Filología Románica por la Universidad Complutense de Madrid con la primera tesis defendida en España sobre un escritor brasileño, 'El discurso narrativo de Clarice Lispector' (octubre, 1997).

Entre 2005 y 2009 fue director de la Cátedra de Estudios Brasileños en la Universidad Complutense de Madrid. Además fue profesor visitante en la Universidad Federal de Ceará (Brasil) y director de la Casa de Cultura Hispánica en dicha Universidad (1982-85).

En la actualidad es Asesor Técnico del Área de Las Artes del Ayuntamiento de Madrid y colaborador habitual de la Fundación Cultural Hispano Brasileña, así como de otras instituciones dedicadas al estudio de Brasil.

También ha coordinado la edición de diversas revistas sobre cultura brasileña como El Paseante (1988), El Urogallo (julio-agosto 1995), el número especial de la Revista de Cultura Brasileña en homenaje a Ángel Crespo (junio de 1997) y ha intervenido y organizado cursos y seminarios sobre la cultura brasileña.

Además, ha participado en varios Congresos Internacionales sobre traducción y literatura brasileña como el celebrado en Brasil con ocasión del XXX Aniversario de la primera edición de 'Gabriela, Clavo y Canela', de Jorge Amado, siendo el único español invitado a participar en los actos de homenaje a ese escritor.

Es autor de la traducción de 'Casa Grande & Senzala', de Gilberto Freyre. Marcial Pons. Madrid, 2010. Y entre sus libros publicados destacan los relatos 'Piedra y ceniza' y las novelas 'Voz de humo', 'Ayno' y 'Semilla de Eternidad'.

EL DICCIONARIO


Gloria y desaparición del diccionario en la era digital



JOSÉ ANTONIO MILLÁN 30/07/2011





Los diccionarios son uno de los muchos objetos que han desaparecido de la mesa de trabajo de escritores, estudiantes, investigadores..., junto con bolígrafos, cuadernos y tablas de logaritmos, sustituidos todos por un rectángulo iluminado provisto de teclado. No es que hayan perdido su utilidad, sino que las funciones que cumplían las cubren ahora un conjunto de programas y sitios web.

En el momento en el que los diccionarios se integren del todo en los navegadores, habrán conseguido su finalidad pero también habrá desaparecido su autoría

Los diccionarios han servido para saber el significado de una palabra, cómo se integraba en una frase (los de construcción), con qué otras podía ir (combinatorios), para buscarla en otro idioma (bilingües), localizar equivalentes (de sinónimos), comprobar su escritura (ortográficos), para buscar rimas (inversos), o resolver problemas (de dudas). También han informado no sobre la lengua, sino sobre el mundo (enciclopédicos). A estas categorías históricas habría que añadir una nueva: las obras en colaboración, cuya máxima expresión son la enciclopedia Wikipedia, que ahora cumple diez años, y el diccionario Wikcionario, que han abierto una nueva era de autoría colectiva.

En el contexto digital no hay ni que conocer el orden alfabético: basta pulsar unas teclas, o pronunciar en voz alta en un teléfono la palabra buscada para que aparezca su definición. Numerosas aplicaciones permiten consultar una palabra haciendo clic sobre ella, o tocándola con el dedo (en programas de lectura como Instapaper o traductores en navegadores web). También se puede muchas veces acceder a una palabra desde cualquiera de sus formas, acabando con la tradicional queja de extranjeros y (malos) estudiantes: "¡En este diccionario no viene conduje!". E incluso oír como se pronuncia.

Una función que antaño correspondía a los diccionarios, pero que ahora se oculta en los códigos del teléfono móvil o del procesador de textos, es la comprobación de la escritura (¿ahínco o haínco?) o de la construcción (¿te prevengo que o te prevengo de que?). Aunque esta revisión se vuelve molesta cuando el dispositivo las aplica a la redacción de un texto informal, como un SMS. Precisamente una tarea pendiente de estas útiles ayudas digitales es modular su presencia según el tipo de texto.

Cuando sólo existía como libro, el diccionario nada más podía consultarse por la palabra de acceso, pero es absurdo que esto siga ocurriendo en Internet. El diccionario de la Real Academia permite leer sus definiciones en línea, pero no buscar en su interior, aunque esto puede facilitar ciertas consultas: ¿cómo se llama un reloj con música?, ¿y la cadena del reloj de bolsillo? Si pudiéramos ver en qué entradas está presente reloj llegaríamos con facilidad a "carillón" y a "leontina". Por fortuna, ha aparecido el sitio Dirae, que permite hacer estas búsquedas en el diccionario académico. En otra obra en línea, Clave, sí que se puede buscar dentro de las definiciones, o ver qué palabras terminan igual que otra dada (para reloj: boj y troj). Ni en Clave ni en el DRAE en Internet se puede buscar conduje.

Pero muchas personas que hoy crean o leen textos lo hacen digitalmente, conectados a Internet, y no sólo usan obras de consulta incluidas en programas, o diccionarios en línea, sino que han aprendido a sacar partido a los buscadores. Los diccionarios escolares ilustraban palabras infrecuentes, pero hoy los estudiantes saben que para ver cómo es una babirusa basta escribir su nombre en un buscador. Igual que los nombres propios: muchos correctores los incorporan, aunque siempre se puede resolver una duda mediante un "plebiscito Google". ¿Se escribe Gutenberg o Gutemberg?: ¡gana la primera por 26 millones de apariciones frente a 7!

Por lo general los diccionarios tienen una sólida identidad: está "el de la Academia", "el de Seco", etcétera, pero ¿sabemos qué diccionario nos ayudará al hacer clic en un ordenador o teléfono? Muchas veces no. Será el que juzga conveniente el creador del programa, o el más barato... Por otra parte, aún quedan importantes diccionarios que no están en soporte electrónico (el del Español actual, de Manuel Seco, o Redes, de Ignacio Bosque), y otros existen solamente en papel o CD-ROM (como el Oxford English Dictionary). Un estudioso puede acabar con dos o tres tomos abiertos junto al ordenador más un CD en el lector.

El diccionario del futuro desarrollará interfaces de consulta combinadas con análisis contextuales. Habrá, por ejemplo, menús con sinónimos ordenados según aceptabilidad. Haciendo clic sobre harto se desplegará cansado, hasta las narices (marcado como vulgar) y en rojo otras menos aceptables. La aplicación habrá descartado, para ese texto concreto, harto como equivalente a saciado.

También podrá alertarnos sobre peculiaridades regionales. A un mexicano que escriba un correo a una dirección española se le propondrá que sustituya profesionista por profesional, y a un español escribiendo a Argentina se le ofrecerán alternativas al verbo coger. El típico caso en el que el hablante no encuentra una palabra se resolverá sobre la marcha: escribiendo "querría * una cita" se nos propondrá acordar, concertar...

En el momento en el que los diccionarios se integren del todo en los procesadores y navegadores, olvidando sus antepasados en papel, habrán conseguido su finalidad: ayudar a las personas con dificultades en su lengua o en una ajena. Pero también habrá desaparecido su individualidad, su autoría (corporativa o individual), que figurará, en el mejor de los casos, en la letra pequeña del Aviso Legal de un programa. El usuario que escribe o lee en un teléfono o en un ordenador tendrá una comodísima ayuda para construir una frase, para entender un texto, pero puede que nunca llegue a saber con la autoridad de quién se le brinda, ni cuántas horas de trabajo costó, ni mucho menos a quién agradecer el esfuerzo...

jamillan.com
FUENTE: EL PAÍS.es

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Recomendación del día



a pocos días de y a los pocos días de no significan lo mismo

Expresiones como a pocos días de y a los pocos días de, a un año y al año, a dos meses y a los dos meses, etc., tienen distintos significados.

A pocos días de, a un año de, etc., indican el tiempo que falta para que suceda algo, mientras que a los pocos días de, al año de, etc., se refieren al tiempo transcurrido desde que sucedió algo.

Por lo tanto, no debe decirse, por ejemplo, «a dos meses de celebrarse las elecciones municipales» si lo que en realidad se quiere decir es que hace dos meses que se celebraron dichas elecciones.

Lo correcto sería «a los dos meses de celebrarse las elecciones», ya que de la otra forma lo que se diría es que faltan dos meses para que se celebren los comicios.

segunda-feira, 1 de agosto de 2011

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Recomendación del día


exprés, con tilde y terminado en una sola s

Es común que los medios de comunicación empleen este término con la grafía inglesa y francesa express: «Detienen a un peligroso delincuente dedicado al secuestro express»; «Entre los escándalos más turbios de su vida están el de su matrimonio express con el tenista chileno Marcelo Ríos»; «Los viajeros de los trayectos express hacen un mayor uso de la página web».

Exprés, escrito con tilde y terminado en una sola s, es la adaptación gráfica en español de de la voz inglesa, y también francesa, express, según señala el Diccionario panhispánico de dudas.

De este modo en los ejemplos citados lo apropiado hubiera sido escribir: «Detienen a un peligroso delincuente dedicado al secuestro exprés»; «Entre los escándalos más turbios de su vida están el de su matrimonio exprés con el tenista chileno Marcelo Ríos»; «Los viajeros de los trayectos exprés hacen un mayor uso de la página web».

sexta-feira, 29 de julho de 2011

PALABRAS VAN, PALABRAS VIENEN...



Palabras como murciégalo, toballa y agora son aceptadas por la Real Academia Española (RAE), y aunque parezcan extrañas están presentes en el lenguaje de los latinoamericanos, por ello no las desecha, aunque tampoco las recomienda.




«En Guatemala es frecuente escuchar expresiones locales que con el tiempo pasan a ser de uso popular», explica María del Rosario Molina, catedrática universitaria y columnista de este matutino, quien escribe acerca del uso de la lengua española. «Sin embargo, hay palabras que ya nadie utiliza y son muy guatemaltecas, como jeruza, para referirse a la cárcel», agrega.

«En el caso de murciégalo, muchas regiones latinoamericanas lo articulan así porque es más fácil que su vocablo original», comenta Molina. El español, gracias a su flexibilidad, deja la posibilidad de incorporar nuevas palabras.

Palabras modernas

Los medios tecnológicos modifican el idioma. Ahora ya se puede zapear (cambiar de canales televisivos con el control remoto) sin que la RAE las rechace, aunque quienes desconocen la palabra todavía hacen gestos de desconcierto.

Francisco Albizúrez Palma, de la Academia Guatemalteca de la Lengua, comenta: «Con el tiempo, la tecnología agrega nuevos elementos al lenguaje y acopla otros para señalar objetos que no existían». Computadora es un caso particular, su significado original es la máquina que saca cálculos matemáticos, y el término se le acuña. «Hay palabras que son utilizadas de manera popular, pero que no se aceptan dentro de los círculos académicos, como agora. Esta aparece clasificada en el Diccionario, pero es un arcaísmo. Muchas expresiones aparecen porque son del habla popular y de uso real, pero no adecuado», puntualiza Albizúrez.

Un mundo sin tildes

El uso de las tildes en determinadas palabras causa confusión. Según la RAE, la acentuación de algunas como periodo y período es correcta. Esto sucede, de acuerdo con Albizúrez, gracias a su pronunciación coloquial. Muchas expresiones aceptadas por la RAE se dan por la forma en que se pronuncian en cada lugar.

Localismos

En Guatemala es común escuchar palabras como patojo, pero expresiones como ver la luz a cuadros, para referirse a la cárcel, para pocas personas tiene sentido, debido a que las expresiones locales tienen vida corta.

Tecnología e idioma

Por la tecnología surgen términos para los cuales no existe traducción en español. «Son los neologismos necesarios, tal es el caso del cederrón (CD-ROM) para referirse a los discos compactos que son leídos por computadoras», dice Albizúrez.

Molina refiere que estas nuevas palabras no deben confundirse con el spanglish, que es la combinación de expresiones en español y en inglés. «Este es un lenguaje que temo, con el tiempo se vuelva un dialecto», dice.

Las palabras aceptadas por la RAE cada año se diversifican, para hacer del español un lenguaje rico y variado. Para el 2014 se pretende incluir en el Diccionario de la Lengua Española más términos ligados a las expresiones coloquiales de América Latina, y se agregarán vocablos tecnológicos como los utilizados en la actual era digital y de redes sociales.

Publicado 29/07/2011
Ángel Elías
www.prensalibre.com
Jueves, 28 de julio del 2011

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Recomendación del día


tecnoestrés, una palabra correcta en español

El término tecnoestrés, referido al estrés que puede provocar el uso de las nuevas tecnologías, es una palabra bien formada en español y, por lo tanto, se escribe en redonda; esto es, sin cursiva ni comillas.

Cada vez es más frecuente leer y escuchar este neologismo en los medios de comunicación en frases como: «El catedrático Martínez Selva afirma en su libro que para que el tecnoestrés genere trastornos psicológicos deben sumarse otros factores», «Se desconoce cuántas personas pueden estar afectadas por el tecnoestrés», «El tecnoestrés lo padecen, sobre todo, personas de más de 40 años que no se han adaptado a los rápidos cambios tecnológicos».

Relacionados con este término aparecen otros como tecnoansiedad (tensión y malestar por el uso presente o futuro de algún tipo de dispositivo electrónico), tecnofatiga (agotamiento por el uso de las nuevas tecnologías) y tecnoadicción (dependencia de las nuevas tecnologías en cualquier momento y en cualquier lugar, además de querer estar al día de los últimos avances tecnológicos) que también están correctamente formados.

quinta-feira, 28 de julho de 2011

ELOGIO DE LA MENTIRA


Somos todos mentirosos
Prosa de Sábado
23 de octubre de 2010
Sergio Augusto - O Estado de S.Paulo
Si aún viviera, el escritor argentino Alejandro Bevilacqua tendría hoy 72 anos. Bordeaba los cuarenta cuando murió misteriosamente en Madrid, apuñalado en la calzada del predio donde vivía el entonces inédito ensayista Alberto Manguel, compatriota de la víctima. Se habló de accidente, suicidio y asesinato, hipótesis simultáneamente levantadas por la policía y por los que convivieron con el escritor, uno de los muchos exilados por la dictadura militar argentina a mediados de la década de 1970.
Pobre Alejandro. Acababa de consagrarse con un marco literario, El Elogio de la Mentira, mezcla de comedia, tragedia lírica y feroz sátira política, elevado al mismo nivel de Unamuno y Thomas Mann, "el más sagaz retrato de nuestra época y sus pasiones", según Manguel, su amigo y confidente. A pesar del escalofrío que causó, a única obra dejada por Bevilacqua jamás fue traducida para cualquier lengua. ¿Por qué?
Porque “El Elogio de la Mentira” jamás existió; así como Bevilacqua, es una invención de Manguel, un libro fantasma. Mayores detalles en el romance “Todos los Hombres son Mentirosos” (Compañía de las Letras, traducción de Josely Vianna Baptista).
Hace casi 80 años Borges reseñó un libro hindú, “La Aproximación a Almotásim”, supuestamente editado en Bombay y cuya inexistencia frustró, pero también divirtió, a un buen número de lectores. La broma hizo escuela, de donde salieron Pierre Menard, Bustos Domecq, borgianos de origen, y todas aquellas meta ficciones de Paul Auster, Rubén Fonseca y Enrique Vila Matas. Admirador de Borges en la adolescencia, Manguel bebió directo de la fuente, se puede decir.
Al llegar a Madrid, en pleno crepúsculo del franquismo, mas no prófugo de la dictadura argentina, solamente en busca de calma para escribir, Manguel ya rumiaba un romance protagonizado por un artista cuya vida hubiese sido frustrada, quizá destruida, por una única mentira. Su enredo, que en principio tendría como telón de fondo a Buenos Aires, llevó años para germinar. Al oír del marido de la escritora Margaret Atwood la historia de un disidente cubano que huyera con los originales del romance de un colega de celda en La Habana y lo editara como siendo de su autoría, en Miami, Manguel montó su rompecabezas. Al ver, en la casa de otro amigo canadiense, la foto de un joven anónimo, de mirar nostálgico, se materializó en su mente la figura de Alejandro Bevilacqua.
Un Cyrano porteño con trazos del stendhaliano Fabrice del Dongo, de Molina de “El Beso de la Mujer Araña” y de la versión que Vila Matas dio al Bartleby de Herman Melville: es, en esencia, Alejando Bevilacqua. Pero no pudo adelantar sobre Bevilacqua (salvo que vivía de escribir libretos para fotonovelas y era muy flaco, alto y triste, se movía con la lentitud de una jirafa, tenía un aire somnoliento, una elegancia simple, voz ronca y dedos finos amarillos de nicotina, algo de Camus y Boris Vian), para no arruinar el placer proporcionado por la lectura de “Todos los Hombres son Mentirosos”, un ingenioso romance policial literario cuya estructura narrativa mucho debe a los filmes “Rashomon” y “El Ciudadano Kane”.
Su título, extraído de los Salmos, ya tuvo otros corolarios: "la verdad de cada uno", "así es si le parece", etc. Todos los hombres son mentirosos porque la verdad absoluta es una ilusión, una imposibilidad - como su opuesto, la mentira absoluta. No la mentira deliberada, pero la mentira de la cual no somos culpables, la mentira que simplemente se debe a nuestros propios límites de ver al mundo. No conocemos la realidad, solamente fragmentos de ella. Desde otra perspectiva, lo que acreditábamos verdadero se puede revelar falso o, como mínimo, discutible, y vice-versa.
Es de esa limitación que trata el romance de Manguel. Y también de las cuestiones del exilio, de las dictaduras, de la vanidad intelectual, de la impostura, de la envidia y de la traición.
Un periodista francés de origen español, Jean-Louis Terradillos, por más señas afincado en el villorrio de la región de Poitiers donde hace años Manguel estableció residencia, intenta desanudar el rosebud de Bevilacqua a partir de cuatro testimonios. El primero a hablar es el propio Manguel; en seguida, Andrea, la amante madrileña de Alejandro, para quien, además, Manguel "no pasa de un imbécil" cubierto por una visión novelesca del mundo y de las personas; después, por carta, "El Chancho" Olivares, un cerebral cubano que dividirá una celda con el escritor en Buenos Aires, y, por fin, otro exilado argentino, llamado Tito Gorostiza.
En el quinto capítulo, Terradillos entrega los puntos. Disponía apenas de retazos y episodios inconclusos de la vida breve pero agitada de Alejandro Bevilacqua; tenía su silueta perfectamente sombreada en la imaginación, mas los datos para cubrirla o eran de más o de menos. Y el periodista se recoge a su insignificancia, en la condición de "esperanzado cronista" de una existencia lagunosa.
Aquí y allí un personaje real se entromete, pasivamente, en la narrativa: el crítico y poeta español Pere Giamferrer, la poetisa española Ana María Moix, la romancista Carmen Laforet, el crítico argentino Noé Jitrik - que, sin excepción, adoraron “El Elogio de la Mentira” - y, con especial y merecido destaque, Vila Matas, pues, al fin de cuentas, según Manguel, Bevilacqua lo había inspirado a escribir Bartleby & Compañía. Abusando de la licencia poética, Manguel inventa un encuentro fortuito de Vila Matas con el "seudo -Bartleby" argentino y también una carta de condolencias y especulación policial del escritor catalán al autor de Todos los Hombres son Mentirosos. Borges lo habría adorado.

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