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quarta-feira, 19 de dezembro de 2012
PALABRAS...
Más acá de las palabras
Por Sergio Sinay | Para LA NACION
Mail: sergiosinay@gmail.com
Masticando las palabras, y con la dicción pastosa que suele usar en sus pocas y arrebatadas alocuciones públicas, el jefe de Gabinete del gobierno nacional dijo queno podía esperarse otro fallo de una "Cámara de mierda" como la que, en un principio, extendió una medida cautelar en favor del Grupo Clarín. La palabra mierda no debería horrorizar a nadie, existe en el diccionario y en nuestro vocabulario, se instala en nuestras conversaciones y pensamientos cotidianos e incluso (como otras "malas" palabras) cumple necesarias funciones en numerosas obras maestras de la literatura, el teatro o el cine.
Las palabras nunca callan y jamás ocultan, aunque pretendamos usarlas como pantallas
La palabra mierda no es el problema. El problema es que, más acá de ella, son muy pocas, muy pobres, muy elementales y precarias las herramientas del lenguaje que suelen usar éste y otros funcionarios y legisladores en materia de pensamiento, reflexión, comunicación y argumentación. Cada vez hablan peor (hablar mal y ser mal hablado no es necesariamente lo mismo, muchos mal hablados se comunican muy bien), son adictos a Twitter (donde habitualmente 140 caracteres sobran a la hora de la anemia argumental), al insulto o a la descalificación. Más de cinco mil años fueron necesarios para pasar del garrote, el gruñido o la pintura rupestre al lenguaje como hoy lo conocemos, con sus idiomas, normas, sintaxis. Esas centurias son la historia de la evolución del pensamiento. Las palabras crean el mundo, construyen puentes que llevan a encuentros en donde cada quien rompe la caparazón de la soledad existencial, las palabras nutren, ordenan y reflejan pensamientos, expresan emociones y sentimientos, nos revelan, nos hacen humanos. Lo que hacemos con ellas nos lo hacemos y se lo hacemos al otro y al mundo. Las palabras sanan o enferman, mejoran el mundo o lo degradan. Como lo hacemos nosotros cuando las pronunciamos, puesto que somos las únicas criaturas que hablan.
El lenguaje nunca es inocente y jamás es neutro
La palabra mierda puede ser poesía en unos labios (que la han elegido entre muchas otras, que la usan por riqueza y no por pobreza) o puede degradar el aire que atraviesa cuando es todo lo que quien la emite sabe decir, cuando sus argumentos no pueden ir más allá de ella. El lenguaje nunca es inocente y jamás es neutro. Nuestras palabras, el modo en que las elegimos y articulamos, los propósitos a cuyo servicio las usamos, la completitud o vacío de sentido que exhiben, dicen mucho de nosotros. Las palabras nunca callan y jamás ocultan, aunque pretendamos usarlas como pantallas.
Las palabras son también síntomas. Mierda, escupida por un jefe de Gabinete a la hora de argumentar puede revelar tanta pobreza intelectual como los diluvios de palabras (dichas desde instancias más altas) que anegan nuestros oídos sin pausa, día a día, construyendo relatos que, también día a día, desbaratan el viento insobornable de la realidad..
MARIA MOLINER
María Moliner, la mujer que resucitó la palabra «diccionarista»
LAURA RIESTRA LAURANARM / MADRID
Detrás de la autora del reconocido diccionario existe una historia de superación personal
Definición de libro: «La ventana maravillosa por la que uno se asoma al mundo». No es la que aparece en el diccionario de la Real Academiasino en otro de los que es, sin duda alguna, uno de los diccionarios españoles más importantes de nuestra historia: el creado por la ilustreMaría Moliner.
Amó el lenguaje, las palabras y sus matices, las mismas que daban forma a esos libros que daban sentido a su vida; los mismos que definió y los mismos a los que el devenir, en su versión más cruel, la obligó a olvidar. «No se suele hacer referencia al hecho de que perdió sus facultades hacia 1973 ó 1974. En 1974 muere su marido, mi padre, y a partir de ahí echa el cierre, no hay manera de hablar nada con ella», contaba a «Educación y Biblioteca» uno de sus hijos, Fernando Ramón Moliner, el mismo que puso énfasis en resaltar cómo la figura de María Moliner se caracterizó por la superación: «Lo fundamental es esto: primero, que es una persona con una infancia y una juventud difícil; segundo, que en un momento dado, como otras mujeres en la República, ve la luz. Y se vuelca a todos los niveles».
Efectivamente, se volcó en la elaboración de un diccionario que comenzó en 1952 y que pensó, como ella misma admitió en una entrevista a finales de los 60, que le llevaría unos «seis meses de trabajo» pero que, sin embargo, se convirtieron en quince, solo para el primer tomo, publicado en 1966. Fue un tiempo en el que se aisló por completo, lo que la llevó a presentar ese primer volumen con una dedicatoria de lo más reveladora y sentida: «A mi marido y a nuestros hijos les dedico esta obra terminada en restitución de la atención que por ella les he robado».
La importancia actual
Ese sentimiento que quiso plasmar así, refleja hasta qué punto su obra fue determinante tanto para ella como para su familia, tal y como también resaltó Gabriel García Márquez en el artículo que le dedica tras su muerte en El País: «Uno de sus hijos, a quien le preguntaron hace poco cuántos hermanos tenía, contestó: dos varones, una hembra y el diccionario».
Se trata, en definitiva, de una de las figuras más importantes de nuestra época, que queda plasmada con ilustre maestría, en la obra «El Diccionario», de Manuel Calzada Pérez, que aún se puede ver, con gran éxito de público, en el teatro de La Abadía (hasta el 23 de diciembre). «La obra nos habla de las enormes posibilidades que encierra el ser humano... María Moliner abre la puerta a nuestras facultades más escondidas, es un canto de esperanza, un aliento fresco contra la aceptación, contra la inmovilidad, contra la apatía o el abatimiento», escribe José Carlos Plaza, director de la obra.
Ese canto al que alude Plaza, sigue teniendo sentido y utilidad actualmente: «Su uso frecuente en el alumno de bachillerato o universitario facilita la adquisición de un vocabulario rico en extensión de términos así como en comprensión de realidades sociales y culturales que forman el entramado de la lengua castellana. El aprendizaje y las destrezas de comunicación se enriquecen mediante su manejo como herramienta de trabajo y mediante su consulta habitual», explica a ABC.es María Herrero, profesora de Lengua Castellana y Literatura de Enseñanza Secundaria.
Así, en opinión de Herrero, la obra de Moliner constituye «algo más que un compendio o catálogo de carácter abierto de las voces de nuestro idioma. La palabra que define María Moliner acoge etimologías, información gramatical, antiguas significaciones diacrónicamente consideradas y, de modo muy relevante, acoge el entorno conceptual en que se produce el léxico de nuestra lengua y sus relaciones estructurales configuradas en variadísimos matices lingüísticos a través de sus contrastes, sinonimias y evolución. Expresado por la propia lexicógrafa, su trabajo es, en esencia, organicista».
Una vida de superaciones
Su diccionario también es un complemento y revisión del DRAE, del que rescata antiguas acepciones y definiciones o aporta nuevos matices que enriquecen la lengua; en definitiva, refleja una personalidad, la de una mujer rebelde frente a la historia que le ha tocado vivir. Pese a que Moliner, nacida en Paniza (Zaragoza) en 1900, aseguró que su obra fue su «único mérito», son muchos sus logros.
Fue historiadora, bibliotecaria y archivera. Se licenció en 1921 en Filosofía y Letras con sobresaliente y premio extraordinario en un curso en el que solo había seis mujeres. A los 22 años ya era funcionaria de Archivos y Bibliotecas, en Simancas, y poco después en Murcia, durante la República trabajó en las Misiones Pedagógicas y fue una de las responsables del proyecto y puesta en marcha de la bibliotecas populares... y finalmente, en 1952, comenzó la obra que protagoniza este reportaje, inspirándose, según asegura su hijo Fernando, en el«Learner's Dictionary», que él mismo le regaló en 1952 tras un viaje a París: «Se lo enseñé y le gustó mucho».
Una arteriosclerosis cerebral le obligará a empezar a olvidar lo que más amaba: las palabras o, como argüía ella misma, empezaba a considerar que aquellas no habían residido nunca en su memoria. Y el transcurso de su enfermedad sucedió precisamente en un momento en el que su trabajo comenzaba a ser reconocido. Su candidatura a la Real Academia de la Lengua, a propuesta del académico Rafael Lapesa y del catedrático universitario Pedro Laín Entralgo, coincide con la pérdida de sus facultades mentales. Murió en Madrid, el 22 de enero de 1981.
Nos dejó su fuerza en la laboriosidad y, en palabras del director de su obra teatral, una «riada de amor a un país que en el siglo XXI aún tiene que sobrevivir».
LA LENGUA VIVA
Melifluos eufemismos
Amando de Miguel
El eufemismo, en principio, es una buena cosa. Muchas palabras se alojan a lo largo de un continuo que va desde lo ponderativo o agradable a lo antipático o insultante. Bien está evitar caer en ese polo de lo que pueda molestar al interlocutor. Pero también se puede caer en el escrúpulo, en la hipocresía. De ahí los falsos eufemismos, los que no se emiten por cortesía sino por un estúpido temor a los tabúes. Es algo muy común en la jerga de los hombres públicos, pero contagia a toda la población. Ahora ya no se debe decir "sexo" como principio clasificatorio para las personas, sino "género". Vaya por Dios. Por cierto, Dios es masculino.
Ángel Javier se queja de que a los ciegos se les llame "invidentes". Tiene razón. La palabra ciego (= no ve con los ojos) es la correcta. Los ciegos pueden percibir muy bien la realidad a través de los otros sentidos. Estamos ante el insoluble problema de cómo llamar a los que son diferentes del común por razones físicas. A muchos de ellos antes los llamaban genéricamente "inválidos" o, peor, "subnormales". Todos los meses me reúno con un simpático grupo de personas afectadas en la médula ósea, de tal modo que tienen que trasladarse en silla de ruedas. Oficialmente son discapacitados, pero la verdad es que su diferencia hace que sean especialmente capaces. Después de todo, a mi edad uno se ve incapacitado para muchas tareas. Uno de los indicadores más precisos para detectar el grado de civilización de una persona o de un conjunto de ellas es su capacidad para admitir diferencias en otras personas. La falta de esa sensibilidad es lo que llamamos prejuicio. Todos los tenemos, pero hay que ir eliminándolos.
José María Navia-Osorio me escribe una jugosa misiva sobre lós eufemismos administrativos, los de la Administración Pública de su región. Pero antes me reprocha que yo no estuviera en la mani de Colón con los de Denaes. Bien que lo sentí, pero acordé con Santi Abascal que era mejor participar en la tertulia Dando caña de Intereconomía. Tenía lugar a la misma hora, transmitía el acto y lo comentaba. Creo que no lo hizo ninguna otra televisión. Todavía no he adquirido el don de la bilocalidad, y bien que lo siento. Respecto a la tonta expresión de "asumir responsabilidades", don José María propone que digamos "asumir irresponsabilidades", que es lo que quiere decir. A lo que iba. Enuncio simplemente algunos títulos de los cursos para funcionarios que dan en Asturias. Los llaman genéricamente "itinerarios formativos". Hay un "Curso básico de género" y otro, de especialización, sobre la "Construcción histórica del feminismo". Uno más técnico se llama "Dominio de ofimática", con una especialidad en "Alfabetización digital". Me interesa mucho el "Manual de estilo sobre lenguaje no sexista", que desemboca en el curso de "Ortotipografía en la elaboración de escritos" y en el "Itinerario de comunicación en otras lenguas". Siempre es interesante que un funcionario en el exterior pueda decir en inglés que su sastre es rico. Por último, el doctorado se alcanza con el curso sobre "Dominio sobre la Unión Europea". Me gustaría saber quién paga todo eso y qué piensan los alumnos de ese adoctrinamiento y del consiguiente baile de eufemismos. ¿Se repite la fórmula en todas las regiones? ¿Seré yo muy sexista? ¿Por qué mi sastre no es rico? Demasiadas preguntas.
Contacte con Amando de Miguel http://www.libertaddigital.com/opinion/amando-de-miguel/melifluos-eufemismos-66786/
terça-feira, 18 de dezembro de 2012
DEL IDIOMA
PARA APRENDER EL ACENTO (I)
María Luisa García Moreno
Revista Pionero, Cuba,
Diciembre, 2012
Las normas de acentuación son complejas, a pesar de lo que el maestro y poeta cubano Raúl Ferrer escribió a sus alumnos, en 1940: «Para aprender el acento»/ ¿Una aguda quiere usted?/ Aquí la tiene: pared./ ¿Quiere una llana?/ ¡Ventana!/ ¿Una esdrújula?/Pues... brújula.// ¡Pared, brújula, ventana...!/ ¡Qué fácil es la lección!/ ¡Y qué alegre el corazón/ cuando la sepa mañana!
No solo debes dominar las reglas básicas para la acentuación de palabras agudas, llanas o esdrújulas; además, debes saber que algunas palabras llevan tilde diacrítica; otras,tilde hiática y aún quedan las normas relativas a las palabras compuestas. Por eso, son importantes trabajos como la Propuesta racional para simplificar la ortografía, de Juan Andrés Gualda, quien reduce a ¡doce! las palabras con tilde. ¿Te imaginas! ¡Qué maravilla! El libro en que explica su propuesta ya la pone en práctica y no usa la tilde más que en esos doce términos. Sin embargo, no es cosa de que decidamos apoyarlo o no. Aunque su idea resulta muy racional, estamos sujetos a lo normado por la Asociaciónde Academias de la Lengua Española. Así que más vale que te propongas aprender bien las normas, porque, si no, te costará muchos puntos en las pruebas.
Aúnque engorroso, el sistema tiene lógica: el mayor número de palabras son llanas y la inmensa mayoría termina en n, s o vocal; por eso, para tildar las menos, llevan acento ortográfico las que terminan en consonante que no sea ni n, ni s. Y las agudas, a la inversa. Por último, las esdrújulas, que son las menos, siempre llevan tilde.
Si entiendes esa lógica, no resulta difícil.
HANS CHRISTIAN ANDERSEN
La vela de sebo’ (‘Taellelyset’)
Presentamos la versión en español del primer cuento de Hans Christian Andersen, realizada por el traductor del escritor danés, Enrique Bernárdez
H. C. ANDERSEN 13 DIC 2012 - 19:29 CET21
Hervía y bullía mientras el fuego llameaba bajo de la olla, era la cuna de la vela de sebo, y de aquella cálida cuna brotó la vela entera, esbelta, de una sola pieza y un blanco deslumbrante, con una forma que hizo que todos quienes la veían pensaran que prometía un futuro luminoso y deslumbrante; y que esas promesas que todos veían, habrían de mantenerse y realizarse.
La oveja, una preciosa ovejita, era la madre de la vela, y el crisol era su padre. De su madre había heredado el cuerpo, deslumbrantemente blanco, y una vaga idea de la vida; y de su padre había recibido el ansia de ardiente fuego que atravesaría médula y hueso… y fulguraría en la vida.
Sí, así nació y creció cuando con las mayores, más luminosas expectativas, así se lanzó a la vida. Allí encontró a otras muchas criaturas extrañas, a las que se juntó; pues quería conocer la vida y hallar tal vez, al mismo tiempo, el lugar dónde más a gusto pudiera sentirse. Pero su confianza en el mundo era excesiva; este solo se preocupaba por sí mismo, nada en absoluto por la vela de sebo; pues era incapaz de comprender para qué podía servir, por eso intentó usarla en provecho propio y cogió la vela de forma equivocada, los negros dedos llenaron de manchas cada vez mayores el límpido color de la inocencia, que al poco desapareció por completo y quedó totalmente cubierto por la suciedad del mundo que la rodeaba, había estado en un contacto demasiado estrecho con ella, mucho más cercano de lo que podía aguantar la vela, que no sabía distinguir lo limpio de lo sucio… pero en su interior seguía siendo inocente y pura.
Vieron entonces sus falsos amigos que no podían llegar hasta su interior, y furiosos tiraron la vela como un trasto inútil.
Y la negra cáscara externa no dejaba entrar a los buenos, que tenían miedo de ensuciarse con el negro color, temían llenarse de manchas también ellos… de modo que no se acercaban.
La vela de sebo estaba ahora sola y abandonada, no sabía qué hacer. Se veía rechazada por los buenos y descubría también que no era más que un objeto destinado a hacer el mal, se sintió inmensamente desdichada porque no había dedicado su vida a nada provechoso, que incluso, tal vez, había manchado de negro lo mejor que había en torno suyo, y no conseguía entender por qué ni para qué había sido creada, por qué tenía que vivir en la tierra, quizá destruyéndose a sí misma y a otros.
Más y más, cada vez más profundamente reflexionó, pero cuanto más pensaba, tanto mayor era su desánimo, pues a fin de cuentas no conseguía encontrar nada bueno, ningún sentido auténtico en su existencia, ni lograba distinguir la misión que se le había encomendado al nacer. Era como si su negra cubierta hubiera velado también sus ojos.
Mas apareció entonces una llamita: un mechero; este conocía a la vela de sebo mejor que ella misma; porque el mechero veía con toda claridad -a través incluso de la cáscara externa- y en el interior vio que era buena; por eso se aproximó a ella, y luminosas esperanzas se despertaron en la vela; se encendió y su corazón se derritió.
La llama relució como una alegre antorcha de esponsales, todo estaba iluminado y claro a su alrededor, e iluminó al camino para quienes la llevaban, sus verdaderos amigos… que felices buscaban ahora la verdad ayudados por el resplandor de la vela.
Pero también el cuerpo tenía fuerza suficiente para alimentar y dar vida al llameante fuego. Gota a gota, semillas de una nueva vida caían por todas partes, descendiendo en gotas por el tronco cubierto con sus miembros: suciedad del pasado.
No eran solamente producto físico, también espiritual de los esponsales.
Y la vela de sebo encontró su lugar en la vida, y supo que era una auténtica vela que lució largo tiempo para alegría de ella misma y de las demás criaturas.
IDIOMA ESPAÑOL
Diez consejos para hablar y escribir bien en español
porMiguel Ayuso
El diccionario de la Real Academia Española define el lenguaje como un “conjunto de sonidos articulados con que el hombre manifiesta lo que piensa o siente”. No cabe duda de que el español cumple su cometido. Tal como señala Florentino Paredes García, profesor del departamento de filología de la Universidad de Alcalá de Henares, el español “nos sirve a todos para comunicarnos, y nos sirve adecuadamente”. Pero, ¿hablamos todos un español correcto? “No podemos decir que es descuidado”, apunta Paredes, “pero, como todas las cosas, es susceptible de mejora”.
Con la idea de ayudar a los hispanohablantes a escribir y hablar correctamente el español, el Instituto Cervantes ha impulsado la elaboración de El libro del español correcto (Espasa), un manual que pretende definir cómo debe ser el español de la norma culta. El profesor Paredes ha coordinado su edición y ha atendido a El Confidencial para explicarnos cuáles son los errores que cometemos con más frecuencia en el lenguaje hablado y escrito. Errores que, como señala el filólogo, “son muy comunes y tienen mucha visibilidad, pues aparecen en los medios de comunicación y las escuelas”, instituciones que deberían servir como referencia, pero incurren en numerosas faltas que acaban extendiéndose entre toda la población.
Lo cierto es que el lenguaje está evolucionando más rápido que nunca, y lo que hoy no es correcto puede serlo mañana. Esto de por sí no es necesariamente malo, pero hay determinados usos que deberían evitarse, pues llevan al idioma a empobrecerse y perder matices que son útiles en nuestro día a día. En opinión de Paredes, “el español que quiera hablar correctamente tiene que conocer la norma, la convención, aunque después decida saltársela”. Y hay errores que un hablante culto debería evitar a toda costa. Estos son los diez que, según Paredes, están más extendidos y son más relevantes.
1. Ambigüedad
Para Paredes la ambigüedad es uno de los errores más graves que cometemos en el lenguaje hablado y escrito. Se da cuando “no expresamos con claridad lo que queremos trasmitir”. Cuando hablamos, este tipo de errores se pueden corregir en el trascurso de la propia conversación, pero cuando escribimos es mucho más difícil evitar confusiones.
La ambigüedad puede surgir de muchas formas, por ejemplo, cuando utilizamos incorrectamente los signos de puntuación (“lo haré como había prometido” no es lo mismo que “lo haré, como había prometido”) o cuando colocamos mal los complementos (“Se alquila habitación para estudiantes de 15 metros” no es lo mismo que “se alquila habitación de 15 metros para estudiantes”).
Otra gran fuente de ambigüedad es la tendencia reciente a sustituir verbos por nombres. Se trata de un error que comete la prensa de manera habitual, con expresiones del tipo “la elección del nuevo ministro”, que, según explica Paredes, “no sabemos bien a qué se refieren”.
2. Pobreza léxica
Paredes asegura que el uso de “palabras insípidas” está muy extendido y hace que el idioma se empobrezca. Quizás por comodidad, se abusa de verbos como “hacer”, “dar” o “decir”, que son demasiado simples. No es lo mismo “dar lástima” que “inspirar lástima”, ni “dar golpes” que “propinar golpes”.
Ocurre lo mismo con determinados adjetivos como “bueno”, que se usa para todo, y con fórmulas cansinas del tipo “antiguas pesetas”, “apretada agenda” o “cómodos plazos”, construcciones que quizás eran acertadas el día que se inventaron, pero que han acabado convirtiéndose en lugares comunes, que es preferible evitar.
3. Tender a utilizar palabras muy largas
“Parece que usar palabras largas es mejor”, comenta Paredes, “pero no es cierto.Tenemos que aprender a reducir los textos usando palabras más breves”. En opinión del profesor, abusamos con frecuencia de los archisílabos, utilizando palabras como “incondicionalidad”, y usamos construcciones rimbombantes que no aportan nada, como cuando decimos “en el día de hoy”, en vez de limitarnos a usar “hoy”, que dice exactamente lo mismo.
4. Errores de puntuación
Paredes es claro al respecto: “Son innumerables los textos mal puntuados, y en Internet son legión”. El profesor reconoce que “es difícil puntuar bien”, pero insiste en que debemos hacer un esfuerzo por hacerlo correctamente. Los signos de puntuación son decisivos para dar sentido al lenguaje escrito, pues sirven para aclarar lo que queremos decir. No es lo mismo escribir “si necesitas algo pídemelo por favor” que “si necesitas algo pídemelo, por favor”.
“La gente cree que la puntuación tiene muy poca importancia, pero no es verdad”, señala Paredes. El profesor lamenta, además, el arrinconamiento del punto y coma, un signo que da riqueza al idioma, pero se usa cada vez menos, quizás por la influencia del inglés. “Pasa lo mismo con la apertura de la interrogación”, comenta Paredes, “es un aspecto distintivo del español que merece la pena seguir utilizando”.
5. Errores de entonación
Los errores en la entonación se cometen cuando, en el lenguaje hablado, acentuamos una palabra en una sílaba inapropiada. “A veces, como intento por destacar”, señala Paredes, “se pronuncian palabras átonas como tónicas. No se intenta remarcar nada, sino entonar distinto solo por el afán de ser distinto, o pretender ser distinto. La entonación tiene una función clarísima, contribuir a la interpretación de la oración, de las ideas que queremos trasmitir. Si cambiamos la entonación, y ponemos acentos donde no corresponde, el que nos escucha tendrá más dificultad para entender lo que decimos”.
6. Errores de sintaxis
Los errores de sintaxis más comunes tienen que ver con el uso incorrecto de las preposiciones. Tal como señala Paredes, muchos verbos deben ir acompañados obligatoriamente de una preposición concreta, y cambiarla por otra lleva a que realicemos una construcción inadecuada. Los fallos más comunes son el dequeísmo y el queísmo, que se comenten cuando utilizamos la preposición “de” antes de “que” cuando no se necesita, o la eliminamos cuando sí es necesaria.
7. Impropiedades del lenguaje
Para Paredes este es un “problema serio”, pues se trata de uno de los errores más extendidos y menos conocidos por la población general. Se da cuando utilizamos una palabra dándole un significado que no le corresponde. La realidad es que, como apunta Paredes, “solo tenemos una idea aproximada de lo que quiere decir una palabra, y no conocemos el significado exacto”. Esto ha conducido a que algunas palabras hayan perdido su significado original. Es el caso de “incidente”, que sólo debería utilizarse para referirse a una pelea o una riña, pero se usa para referirse a cualquier contratiempo, o “inaudito”, que se usa como sinónimo de “insólito”, pero, en realidad, se refiere a algo “nunca oído” o “monstruoso”.
Este error es una fuente constante de discusiones entre filólogos y lingüistas. Al fin y al cabo, ¿quién decide lo que significa cada palabra? Las palabras evolucionan con el tiempo, y con ellas su significado. Al final son los hablantes los que acaban imponiendo uno u otro significado, en función del uso que le dan a cada palabra. ¿Cuándo se convierte en norma lo que se usa de manera global? Paredes es tajante: “Cuando lo recoge el diccionario, que es el instrumento que nos hemos dado para ratificar la validez de algo”.
8. Extranjerismos inapropiados
La influencia del inglés, ya sea, como señala Paredes, “por desidia o por malas traducciones”, ha hecho que cambie el significado de muchas palabras españolas, que usamos para expresar lo que dice una palabra inglesa parecida. Es el caso de la palabra “bizarro”, que en español significa “valiente” o “generoso”, pero se está empezando a utilizar como sustituta de la palabra inglesa “bizarre”, que quiere decir “extraño” o “estrafalario”.
Otro error derivado de la enorme influencia que tiene el inglés sobre los hispanohablantes, tiene que ver con la tendencia a usar términos extranjeros cuando tenemos alternativas en español, correctas, válidas y que dicen exactamente lo mismo. No todos los extranjerismos son incorrectos. Palabras como “robot” se han introducido en el español porque no existía ninguna palabra en nuestro idioma con el mismo significado. Pero hay otros extranjerismos que, tal como señala Paredes, “se usan por esnobismo”, y no hacen más que dificultar el uso del español. ¿Por qué hablar de “fast food” si podemos decir “comida rápida”? ¿Por qué decir “link”, si podemos decir “vínculo” o “enlace”?
9. Errores verbales
Ocurren cuando usamos el infinitivo con valor de imperativo (no se dice “salir de aquí”, sino “salid de aquí”), o cuando construimos oraciones sin conjugar los verbos, un error muy habitual, que lleva a expresiones incorrectas como “Además, decir que…”. Se trata de una falta que se está extendiendo mucho. Tal como señala Paredes, “es obligatorio el uso del verbo en forma conjugada siempre que se trate de una oración completa”. El infinitivo solo se admite en formas muy concretas como “no fumar”.
También existe una tendencia a eliminar las formas subjuntivas, de nuevo por influencia del inglés, dando pie a construcciones incorrectas como “no puedo creer que es verdad”, cuando se debería decir “no puedo creer que sea verdad”. El filólogo insiste en la gravedad de estos errores, pues “pueden llegar a modificar la estructura interna del español”.
10. Redundancias
Se trata de un error muy común que cometemos cuando utilizamos dos palabras cuyos significados son repetitivos. No es correcto usar expresiones como “el colofón final” o “beber líquidos”, pues un colofón siempre es final y solo podemos beber líquidos. Paredes cree que “son detalles sutiles de significado pero que se repiten constantemente, haciendo que los textos sean muy farragosos”.
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