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quinta-feira, 3 de janeiro de 2013

BORGES & BIOY CASARES











Borges, Bioy, y unos diarios que siguen despertando polémicas
En una reciente controversia, se dijo que el autor de Dormir al sol era "el Salieri" del creador de Ficciones, una comparación poco afortunada que reedita el tema de las envidias artísticas
Por Luis Gregorich | Para LA NACION




Un reciente episodio de nuestro ambiente cultural, ligeramente escandaloso, nos permite retomar el caso de un libro muy debatido, pero poco leído, y que a la vez reúne dos géneros literarios hermanos.
Primer género: la autobiografía -memorias, diarios, confesiones-, cuyo estatuto de verdad se mueve en torno al autor y a su doble: el que escribe y el que es escrito. El que escribe evoca la vida del que es escrito, finge dedicarse al ambiente que la rodeó, la explica, la justifica, a veces la canoniza. De San Agustín a Rousseau, hay una tradición de confesiones algo sobreactuadas. Pero el diario, por ejemplo, puede ser un refugio para el coraje y el consuelo, como en el caso de Anna Frank.
Entre nosotros, el mejor ensayo histórico sobre el género sigue siendo La literatura autobiográfica argentina , de Adolfo Prieto, publicada en 1966 y reeditada en 1982. Lástima que Prieto se haya autolimitado a aquellos textos que, de Sarmiento y Mansilla a Ramón J. Cárcano y Carlos Ibarguren, "condensan" de algún modo la historia de la elite del poder. Quedan afuera, así, obras vinculadas en apariencia con un contexto estrictamente literario (pero que lo exceden ampliamente), como los notables e insidiosos cuatro tomos deRecuerdos de la vida literaria , de Manuel Gálvez, y la reveladora serie de Testimonios , de Victoria Ocampo.
Segundo género (mucho más popular y exitoso): la biografía, que tiene dos sujetos firmes, en lugar de uno desdoblado. Puede reinventar al biografiado, como ocurre con Boswell y el doctor Johnson, o restringirse a lo laudatorio y servicial, como Eckermann cuando "conversa" con Goethe. Nos abruma actualmente toda una gama de biografías periodísticas, algunas no autorizadas y otras sí, fundadas en investigaciones serias o en los apurones del mercado. Mencionaré una sola biografía nuestra, para mí, ejemplar: Soy Roca , de Félix Luna.
Volvemos así al comienzo: un libro que pertenece, a la vez, a los dos géneros, es bio/autobiografía, y que quizá constituye el mayor aporte argentino, para este campo, en lo que va del siglo. Hemos dicho que es más discutido que leído: convengamos que frecuentarlo puede resultar incómodo, debido a sus 1660 páginas confinadas a un solo volumen.
Hablamos, por supuesto, del Borges de Adolfo Bioy Casares, editado en 2006 al cuidado de Daniel Martino. Es, durante casi 40 años, la parte del diario de Bioy dedicada a Borges, en persona o en ausencia. Borges va a cenar a casa de Bioy y éste anota en su diario, por primera vez, el 12 de enero de 1948: "Come en casa Borges". Esta inscripción se repetirá cientos y cientos de veces, hasta el 22 de junio de 1985. La reunión será sólo con los dueños de casa, Bioy y Silvina Ocampo, o habrá también otros comensales. Dicen que la comida no era muy abundante ni especialmente sabrosa.
El libro, que podría llamarse también Laberintos de una amistad o La obsesión de la literatura, presenta un corte de la Argentina, una imagen de su entramado social y cultural que casi sin saberlo construyen dos escritores a través de sus conversaciones de sobremesa. Ocurren muchas cosas en ese largo diálogo de décadas: el aprendizaje del más joven, el paso a la fama del mayor, consagraciones y mezquindades, y la instintiva omisión de la vida política, que obra como fondo silencioso.
Aunque este volumen pueda ser transitado por todos los públicos, y en el fondo sólo requiera un poco de curiosidad y algo de tiempo disponible, es de ley advertir que disfrutarán más quienes posean una cualidad complementaria: el amor por las palabras. Si ese amor viene acompañado por una afición (de novato o de veterano) a la literatura, mucho mejor. Y, por el contrario, quienes den a las palabras solo una dimensión práctica y utilitaria, se aburrirán un poco.
Es que el libro merece, entre otros títulos, el de genuino tratado del uso y valor de la palabra. Por supuesto, esa opción incluye asimismo una áspera condena cuando se traicionan, con el torpe uso de la lengua, esos principios. Borges es quien señala, en general, las coordenadas por seguir. El motivo podrá ser, por ejemplo, un versículo de la Biblia Latina. O un verso perfecto del poeta mexicano López Velarde: ". y una íntima tristeza reaccionaria". O una serie de observaciones sobre la traducibilidad del porteño "che". O el regocijo frente a un poema satírico contra Leónidas Barletta. O un recuerdo de la biblioteca de Perón donada a la Biblioteca Nacional.
Sabemos que Borges, mezcla singular de liberal a la inglesa y criollo viejo conservador, jamás simpatizó con el peronismo ni con el comunismo. Su compromiso político fue honesto, aunque no carente de prejuicios. En sus últimos años condenó la Guerra de Malvinas, firmó por desaparecidos y rechazó la dictadura militar.
El 28 de noviembre de 1983, Raúl Alfonsín, que hacía un mes había sido elegido presidente de la República, y quienes integrábamos su equipo de cultura, invitamos a una reunión a un grupo de escritores. Bioy lo registra así en su diario:
"Lunes 28 de noviembre. A las once de la mañana, en el Hotel Panamericano, reunión de escritores con Alfonsín. Están Borges (muy bien), María Elena Walsh, Beatriz Guido, etcétera. Almuerza Borges en casa."
En efecto allí estaba, impecable con su traje y su bastón, sentado y silencioso. No pasaba casi nunca: ese día iría a almorzar, y no a "comer", es decir, no a cenar a casa de Bioy.
Debido a la facilidad con que el texto accede a zonas íntimas de la vida de Borges y anota opiniones acerca de personas formuladas en privado, el libro, desde su aparición, ha sido cruzado por debates, algunos ásperos y personalizados. Los principales enfrentamientos se han dado entre la viuda de Borges, María Kodama, por un lado, y un grupo de ex colaboradores y amigos de ambos escritores, por el otro.
El más reciente capítulo de esta pugna tuvo lugar hace un par de meses, y consistió en una entrevista que concedió Kodama en Nueva York y en un acto que, como respuesta, sucedió en Buenos Aires. Kodama criticó acremente a Bioy, a quien reprochó no haber tenido el coraje de publicar en vida su libro (Bioy murió en 1999). Además, calificó al autor de La invención de Morel de haber sido "el Salieri de Borges". Sus adversarios, encabezados por el presidente de la Sociedad Argentina de Escritores, Alejandro Vaccaro, coleccionista de ediciones y objetos de Borges, replicaron con un combativo acto de desagravio a Bioy.
María Kodama siempre sufrió la hostilidad, tácita o expresa, de los grupos mencionados, que la acusaban de haberse apoderado, o poco menos, de la voluntad de Borges. Me tomo la libertad de tener la opinión opuesta. Creo que fue ella la que lo cuidó, protegió y acompañó durante los últimos diez o doce años de su vida, hasta casarse con él poco tiempo antes de su muerte. Lo amó, y fue amada por él. Y defendió después su patrimonio con una dureza tal vez antipática, pero con el talante de una auténtica misión. Y no hay mucho más para decir, ni desde el punto de vista legal ni desde el afectivo.
Sin embargo, no parece afortunada la identificación de Bioy Casares con Salieri. Los datos externos de la leyenda negra de este último no funcionan con Bioy. Y menos cerca aún está Borges de Mozart. Salieri era seis años mayor que Mozart, tuvo gloria en vida, fue maestro de Beethoven, Schubert y hasta de un hijo de Mozart, y no hay la menor prueba de que envenenara a éste. Queda sólo una pregunta inquietante: ¿sentía Salieri (Bioy) envidia como creador hacia Mozart (Borges)?
Difícil dar una contestación definitiva. Borges era un gran escritor; Bioy era un buen escritor. Y los dos lo sabían. La envidia es una pasión humana que cualquiera puede experimentar, varias veces en la vida. Más allá de lo que Bioy sintió, fue capaz de componer, con la paciencia de un escriba egipcio, y usando luces y sombras, un retrato incomparable de su amigo y cómplice. Hay que darle las gracias. Y dárselas a Borges por haber sido Borges.
© LA NACION.

CRISIS CULTURAL









Ideas para salir de la crisis cultural entre España y América Latina

EL PAÍS reúne a cinco intelectuales de España y América latina para analizar el declive y resurgimiento de una cultura amenazada
ROCÍO HUERTA Puerto Rico

Hoy más que nunca España necesita de América, pero sin imposiciones, sin soberbias, sin vanidades, sin tutelas ni paternalismos, sino en situación de amigos y socios leales y respetuosos. Es la conclusión a la que llegan los cinco intelectuales de uno y otro lado del Atlántico reunidos por EL PAÍS, para debatir sobre una cultura común que, en el continente americano está floreciendo después de siglos a la cola de España, mientras el país europeo encuentra cada día unos presupuesto más mermados y se topa con las dificultades propias de la crisis que atraviesa y los salvajes recortes en Cultura.
Los escritores españoles, Almudena Grandes y Manuel Rivas, se reúnen en Puerto Rico, aprovechando el encuentro en el festival la Palabra, con el argentino Guillermo Martínez, el mexicano Jorge Volpi y el periodista puertorriqueño Héctor Feliciano.
La Cultura de la subvención
JORGE VOLPI: Hasta los años noventa no existía en México una institución que se encargara directamente de la Cultura y las Artes. Cuando se crea, aparecen un sinfín de ayudas a la creación a través de becas y estímulos a individuos de grupos más grande del mundo. México tiene innumerables de becas para creadores de todas las disciplinas, de todas las áreas y de todas las edades, y al mismo tiempo hay una infraestructura de actividades culturales bastante sólida.
Lo que sin embargo no ha habido hasta ahora manera de solucionar es el problema de la creación de públicos, del consumo cultural, y sobre todo de la distribución de los bienes culturales. Con estas becas se han escrito cientos de libros, de poemarios, se han pintado cientos de cuadros, se han hecho decenas de performances, cantidad de películas... Pero luego es difícil que lleguen al público. El cine que se produce en México se puede ver el la televisión o en los festivales, pero en las salas se ven películas americanas. Al contrario que ocurre en España, en México cada vez se abren más salas, pero solo se ven películas gringas.
MANUEL RIVAS: Lo preocupante es cuando se destruyen los hábitats, que es el problema que tenemos ahora en España y en parte de Europa. A veces se plantea la relación Cultura-Estado, en términos de si hay más o menos subvenciones, y entonces se ofrece una imagen caricaturizada de los creadores que responde al tópico "se quejaran porque no reciben esas sinecuras".
HÉCTOR FELICIANO: Hay que concebir la cultura como lo hace el gobierno francés: cabalmente. No como un producto en el mercado, sino como algo particular, excepcional, que se intercambia y nos enriquece inconmensurablemente.
ALMUDENA GRANDES: En España existe una prensa de extrema derecha mediática muy potente, que se ha dedicado durante años a caldear el ambiente presentando la Cultura como cuatro millonarios rojos de salón, que gritan en las manifestaciones para posar. Se ha conseguido instalar en esta sociedad la idea de que invertir en Cultura es apostar a caballo ganador de unos pijos millonarios que ya tienen bastante dinero, y esto va a destrozar la industria. La ruina del cine español es inminente porque se han abandonado los programas de subvenciones, y porque la gente no comprende que detrás de Almodóvar y detrás de Penélope Cruz hay una industria de la que viven miles de personas y se van a destruir cientos de puestos de trabajo.
GUILLERMO MARTÍNEZ: Bueno, todavía queda mucha estructura en España. Ustedes siguen estando en el tope, culturalmente hablando, en Latinoamérica. Lo que quizás no esté cerca del horizonte es que España vuelva a ser como antes.
A. G.: Que tampoco hace falta, por cierto. En España hemos perdido la noción de lo que era la pobreza. Quizás también por eso hay esa parálisis.
La experiencia argentina
G. M.: Quizás en Latinoamérica estemos más acostumbrados a estos ciclos económicos, por eso sabemos vivir las crisis. Sobre todo en Argentina, que hemos sufrido unos altibajos tremendos, y hemos tenido que buscar refugios en momentos de crisis. En los noventa, cuando estábamos en paridad uno a uno con el dólar americano, no había prácticamente industria cultural. A partir del proceso de endeudamiento aparecieron una gran cantidad de editoriales independientes. No creo que España la crisis sea crepuscular.
H. F.: En el periodo del Corralito, a principios del gran desastre financiero, la gente se agarró a la Cultura como boya de salvación. Se llenaron los teatros, se leyó más que antes, se empezó a crear. La gente lo hizo para reflexionar creativa y fructíferamente sobre lo que estaba ocurriendo. Hay que incentivar la creación, la reflexión, la juventud en estos momentos de crisis para abrir nuevos caminos y no para cerrarlos.En Colombia, otro ejemplo, con una guerrilla que cobraba fuerzas, con unos paramilitares que se inmiscuían en el Estado, el gobierno colombiano promovía la Cultura como forma de salir de la crisis, de recordar que es profundamente humano crear, pensar y presenciar el arte que se hace. Lo que sucede en España o en Puerto Rico es que los gobiernos olvidan que la Cultura no es algo que se le añade a la vida, es la vida misma. Y sin embargo la tratan como si estuvieran fabricando cucharas.
América Latina, espacio de esperanza
M. R.: La deformación de imagen, la caricatura de los artistas y creadores, es el principio de la destrucción del tejido cultural. Y no hablemos ya de los recortes en educación. Eso sí que es una destrucción grave. Que se cierren cines o librerías es la destrucción del hábitat y, en esta cuestión, América Latina es un espacio de esperanza. Los depósitos de esperanza han ido siempre unidos a la Cultura y la Educación. Siempre se ha asociado el niño con la barra de pan y el libro debajo de cada brazo. Pues ahora le han quitado el libro al niño y el pan a los padres. Por eso es importante la mirada hacia América Latina, porque es un halo de esperanza para España.
J. V.: Es muy impresionante cómo, en general, ni el Gobierno ni la gente mira hacia América latina. Nosotros hemos atravesado unas veinte crisis distintas y, muchas veces lo hemos hecho mal, pero de algunas otras hemos salido relativamente bien. La experiencia acumulada la tenemos, no se puede negar, y eso deberían saber aprovecharlo.
Rentabilizar el mercado común de la Cultura
H. F.: En cuestiones culturales, tenemos que aprovechar el hermanamiento de las culturas española y de América. Dentro del intercambio cultural el sector de mayor trascendencia es, a mi parecer, el editorial. Las editoriales españolas cumplen un papel muy importante uniéndonos por medio de nuestro idioma. Es una de las pocas empresas internacionales que intenta unirnos en un solo mercado común. Y no es el momento de cerrar mercados y de volver a aislarnos. Creo que este momento de crisis sería el idóneo para pensar en la fórmula para reforzar ese intercambio que se logra con los libros.
A. G.: Tengo la sensación de que yo pertenezco a una literatura que es la literatura de los que escriben en español, y no la literatura española. Formamos parte todos de una misma comunidad, y eso nos proporciona un beneficio instantáneo, porque estamos en el mismo lado. Estamos viviendo un momento de cambio, en el que el libro es electrónico también puede influir en el distanciamiento entre la literatura a un lado y al otro del océano, porque las editoriales pequeñas, independientes, van a tardar más en digitalizar sus fondos y en reciclarse, eso unido a la caída del consumo, a la subida del IVA, al empobrecimiento de las clases medias... Hay un panorama de nubes negras en torno al mercado del libro que temo pueda repercutir en una debilitación del contacto tan estrecho que hemos tenido.
Los miedos que acechan
H. F.: Los recortes en Cultura en nuestros países son una manera muy sagaz de dejarla morir lentamente, sin matarla de forma explícita. El peligro está en que ante esta postura de indefensión la gente no se anime a llevar a cabo iniciativas nuevas, que casi siempre nacen de ideas de los jóvenes. En Puerto Rico no han dejado de aparecer revistas digitales, como 80 grados, o lugares en los que se escucha y se practica la música joven, como la cooperativa de cantautores Taller Cé, o las artes escénicas impulsadas por los jóvenes, como el Teatro Samuel Beckett.
A. G.: A mí personalmente me conmueve mucho y me preocupa que pueda desaparecer todo el activismo cultural que se daba en los pueblos de España: los clubs de lectura, las universidades populares... En este país hay muchos pueblos, a través de la Cultura, que han funcionado como auténticas balsas de salvación para personas que estaba a un paso de la marginalidad, de la depresión. En algunos lugares la gente en riesgo de exclusión organizaba sus propias reuniones en torno a la lectura de un libro o una pintura, y de esa manera se veían, socializaban y hablaban. Todo eso puede desaparecer.
M. R.: Esa frase tópica en caso de emrgencia de "niños y mujeres primero" es, creo, la frase más hipócrita de la humanidad. Y me parece que con la boca se hizo un paralelismo con la Educación, la Cultura y la Sanidad. Ese es el discurso que todavía oímos: "Primero la salud, vamos a preservar la Cultura...". Pero al final Cultura y Educación son los que más sufren en situaciones de emergencia. Son los más abandonados.
Aspectos a imitar de Latinoamérica
M. R.: Lo mejor de la cultura de América Latina es su valentía creativa, la osadía, el ir más allá... Esa cualidad de la literatura en español tiene su manantial en América Latina. Y España ha jugado el papel de plataforma, sirve de hogar.
A. G.: Fuera de España existe la energía y la vitalidad, una cultura resistente, el deseo de gritar. Y eso precisamente es un contagio necesario para la cultura española que sufre con la crisis, pero que morirá si se deja arrastrar por el enemigo y por la tristeza.

quarta-feira, 2 de janeiro de 2013


Brasil, el continente literario secreto
Tras los pasos precursores de João Guimarães Rosa, Clarice Lispector y Rubem Fonseca, la narrativa del país latinoamericano pasa en la Argentina por un saludable apogeo de traducciones que permite trabar conocimiento de su producción sin aguardar que el tiempo la legitime. Aquí, una cartografía del fenómeno y entrevista con dos de sus figuras
Por José María Brindisi | Para LA NACION


Hasta hace diez o quince años, preguntarse en voz alta en la Argentina por la literatura brasileña era evocar la figura todopoderosa y rendidora de Jorge Amado. En el mejor de los casos, podía echarse mano de un par de referencias más, algo alejadas de la circulación popular: el clásico Machado de Assis, tal vez Clarice Lispector (cuyos libros llegaban con cuentagotas y en costosísimas ediciones importadas). También, hasta cierto punto, a la obra poética de Carlos Drummond de Andrade o la de Haroldo de Campos, o a los célebres escritos "antropófagos" de Oswald de Andrade.
Aunque esa sensación todavía persiste en el aire, se trata de una percepción equivocada. En gran medida gracias al impulso estatal, la literatura del país vecino se ha proyectado con fuerza más allá de sus fronteras y el último decenio trajo a la Argentina un vasto muestrario de lo que se ha escrito en Brasil en las décadas recientes -más la recuperación, en nueva traducción, de algunos textos fundacionales como Gran Sertón: Veredas, de João Guimarães Rosa, o las crónicas de Graciliano Ramos-, así como el impulso inmediato de traducir a algunos autores sin la necesidad de que el paso del tiempo los legitime. Es probable que el verdadero punto de inflexión haya sido la aparición, en 2004, de Revelación de un mundo (Adriana Hidalgo), la primera parte de las crónicas que Clarice Lispector (1920-1977) escribió para el Jornal do Brasil entre fines de los años 60 y comienzos de los 70, un sorpresivo éxito editorial que luego se completaría con Descubrimientos (2010), aunque en su lengua de origen ambos libros se publicaron en un solo volumen. No deja de ser extraño que fuese justamente Lispector la que ayudara a vencer aquella reticencia, con su escritura enmarañada y microscópica (que en las generaciones posteriores parece estar en todas partes y en ninguna), pero asimismo es posible que esos textos breves y en su mayoría independientes favorecieran el encantamiento.
Un año más tarde, en 2005, una antología de cuentistas brasileños, Vereda tropical (Corregidor), abarcó un larguísimo espectro de casi un siglo -de Machado de Assis y Lima Barreto a André Sant 'Anna y Silviano Santiago- y permitió abordar eso que su antóloga, Maria Antonieta Pereira, definía como un corpus híbrido, sin constelaciones evidentes en torno a sus precursores. Una segunda antología, titulada Terriblemente felices (Emecé) -combinación en apariencia contradictoria que cristaliza el carácter melancólico de la literatura brasileña-, enriquecía aquel panorama acercándonos en particular a una serie de autores de fervorosa actualidad. Una de esas plumas descollantes era la de João Gilberto Noll, cuyo relato "Algo, urgente" aparece en ambos volúmenes y es una muestra extraordinaria de ese entrecruzamiento incómodo entre lo sensible y lo cruel que tan bien se da en esa lengua que acaricia las palabras, sí, pero con cierta brutalidad. Los lectores ya estaban advertidos de su singular modo de captar el sinsentido de la vida a partir de Lord, una novela tardíamente iniciática que aquí se editó en 2006 y cuyo éxito daría pie a la traducción de la casi totalidad de su obra.
Terriblemente felices recuperaba además la figura de Jorge Mautner, más conocido en su faceta de músico y compinche de Caetano Veloso y Gilberto Gil, y ponía en el mapa a un escritor desconocido por estas latitudes: Caio Fernando Abreu (1948-1996), autor de la deliciosa ¿Dónde andará Dulce Veiga?, de 1991, publicada en castellano en 2008. También, junto a nombres como Cíntia Moscovich y Marçal Aquino, avisaba de la existencia de Luiz Ruffato (1961), uno de los escritores más notorios de su generación. Los libros de Ruffato han comenzado a circular en la Argentina y es evidente que, más allá de la reconocible influencia de Rubem Fonseca, Ellos eran muchos caballos y Estuve en Lisboa y me acordé de ti (Eterna Cadencia), poseen una voz propia, más ingenua, más ostensiblemente cómica, acaso menos cruel, que la de su inspirador, el genial artesano de Agosto.
Fonseca es, junto con Lispector y João Guimarães Rosa, el tercer vértice de ese triángulo isósceles que parece ocupar la base de la literatura moderna en Brasil, más allá de otros autores esenciales como Dalton Trevisan o Moacyr Scliar. Contemporáneo de Lispector, Fonseca comenzó a publicar cerca de los cuarenta años, en 1963, cuando tanto ella como Guimarães llevaban ya dos décadas en carrera y estaban alumbrando sus obras fundamentales. Aunque es indudable que el clímax de su producción se concentra en la década de 1980 (las novelas Pasado negro, El gran arte o Vastas emociones y pensamientos imperfectos están allí para probarlo), la vigencia de este hombre que revolucionó el género policial es, aún hoy -a los ochenta y siete-, innegable, y ha dado como resultado en los últimos años al menos una maravilla: Diario de un libertino (Norma). Entre sus continuadores, Patrícia Melo es el nombre insoslayable. Resulta llamativo que títulos como Mundo perdido, Infierno o Elogio de la mentira todavía estén vedados para el lector argentino.
La sombra omnipresente de Guimarães Rosa (1908-1967) se extiende, como un virus perfecto, sobre gran parte de la narrativa brasileña actual, pero a la vez es infrecuente toparse con experimentos lingüísticos de similar riesgo. Sin embargo, la relación medular y profundamente poética que su literatura establece con el espacio puede rastrearse en la obra de dos de las voces actuales más sólidas: Bernardo Carvalho, autor de la celebrada Nueve noches (Edhasa) a mitad de camino entre la crónica y la autobiografía falseada, y Ronaldo Correia de Brito, que en Galilea elige dialogar con la misma geografía de la novela cumbre de Guimarães -el sertón nordestino-, pero además trabaja de un modo similar con la morosidad de los recuerdos o las trampas de la memoria.
Son apenas un puñado de nombres. Podrían agregárseles muchos otros: la escritura de tinte político de Adriana Lisboa (Azul cuervo), la saga familiar de Andréa del Fuego (Los Malaquias), la prosa reposada y nostálgica del inacabable Chico Buarque (Budapest, Leche derramada), los entreveros seudo-policiales de Altair Martins (La pared en la oscuridad). Por fortuna, parece sólo el comienzo de una larga amistad.

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Recomendación del día


cesar en sus ataques, no cesar sus ataques

Cesar, con el significado de ‘dejar de hacer algo’, va seguido de las preposiciones en (cesó en sus ataques) o de + infinitivo (cesó de atacar).

Sin embargo, en los medios de comunicación es muy frecuente encontrar oraciones como «Aceptaremos la tregua después de que Israel cese sus agresiones» o «La siderúrgica Corrugados cesa su actividad», donde lo apropiado habría sido «Aceptaremos la tregua después de que Israel cese en sus agresiones» y «La siderúrgica Corrugados cesa en su actividad».

Tal como señala el Diccionario panhispánico de dudas, este verbo significa igualmente ‘terminarse o dejar de producirse’, de forma que también se considera adecuado escribir «Cesan las agresiones de Israel» o «Cesa la actividad de la siderúrgica Corrugados».

ANTENOMBRES






Antenombres como santa, papa y monseñor se escriben en minúscula
Por: FERNANDO ÁVILA
Fernando Ávila, delegado para Colombia de la Fundéu BBVA, da este y otros consejos gramaticales.

Dado que próximamente será canonizada la madre Laura Montoya Upegui, les recuerdo que los antenombres, como madre, santa, papa, monseñor y doctor, se escriben con minúscula: madre Laura, santa Laura, papa Benedicto XVI, monseñor Ricardo Tobón y doctor Carlos Eduardo Restrepo Gómez.
Los sustantivos correspondientes a esos antenombres también van con minúscula inicial, la misionera, el papa, el arzobispo, el médico.
El proceso hasta llegar a los altares tiene tres pasos, venerable, beata y santa, que también se convierten en antenombres, venerable Laura, beata Laura, santa Laura.
Debido a que ya hay una santa con ese nombre, santa Laura de Córdoba, viuda y mártir española del siglo IX, a la nuestra seguramente se le dirá santa Laura Montoya.
La palabra santa se escribe con mayúscula inicial cuando se trata de un nombre propio. Por ejemplo, cuando se funde un colegio con el nombre de la santa antioqueña, se escribirá Colegio de Santa Laura Montoya.
Debido a que los milagros los hace Dios, según la fe cristiana, se suele usar la palabra intercesión, para referirse a las curaciones que avalan la beatificación y la canonización, como en la frase “el doctor Restrepo Gómez fue curado por intercesión de la beata Laura”, en vez de “el doctor Restrepo Gómez fue curado por la beata Laura”.
Como la futura santa trabajó con indígenas, lo mismo que hacen hoy en Ecuador las religiosas de la comunidad por ella fundada, les recuerdo también que los nombres de las etnias se escriben con minúscula: “La beata Laura evangelizó a los emberas” y “las lauritas atienden a los quichuas” y no “... a los Embera” ni “... a los Quichua”.
FERNANDO ÁVILA
Delegado para Colombia de la Fundación del Español Urgente, Fundéu BBVA

terça-feira, 1 de janeiro de 2013

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Recomendación del día


salir al paso de algo, no ante algo o frente a algo

Salir al paso de algo, y no ante algo o frente a algo, es la construcción adecuada para expresar que alguien, habiéndose enterado de algo, duda de su veracidad o fundamento y lo rebate o impugna, como en «El actor salió al paso de los rumores sobre su boda».

Se pueden ver, sin embargo, numerosas noticias en los medios de comunicación en las que se hace un uso inapropiado de esta locución: «Cientos de personalidades salen al paso ante la ola soberanista de Artur Mas», «Parlamentarios locales salen al paso ante la lapidaria evaluación ciudadana» o «Los directivos de los canales de TV salen al paso frente a la acusación de “falta de inquietudes culturales”».

En estos ejemplos, lo adecuado habría sido usar la preposición de después de paso («salen al paso de la ola soberanista», «de la lapidaria evaluación» y «de la acusación»), o bien cambiar esta construcción por otras formas equivalentes, como cuestionar, poner en tela de juicio, etc.

sexta-feira, 28 de dezembro de 2012

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Recomendación del día


macrofiesta, en una sola palabra

El sustantivo macrofiesta se escribe en una sola palabra y sin guion intermedio.

Al igual que el resto de los prefijos, macro- se escribe junto a la palabra a la que se añade, como en macrofiesta, macromolécula o macroeconomía, siempre con el significado de ‘grande’, según indica el Diccionario académico.

En los medios de comunicación, sin embargo, es habitual encontrar oraciones como «Una macro fiesta de Nochevieja como la que el año pasado reunió a 4000 jóvenes empieza ya a promocionarse por internet» o «Formalizó el contrato para organizar la macro-fiesta», donde lo apropiado habría sido escribir macrofiesta en una sola palabra y sin guion.

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