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terça-feira, 28 de maio de 2013

Nobleza obliga


Quizá para corresponder a una historia de amor que empezó por un país, siguió por una ciudad y terminó en matrimonio con una brasileña, el historiador norteamericano Jeffrey Needell investigó por más de diez años la belle époque en la ciudad de Río de Janeiro. Lo que a primera vista podría parecer una distante aproximación académica dio como resultado un trabajo formidable. Belle époque tropical dosifica rigor y pasión y pone a funcionar estimulantes ideas sobre el cambio de una época y el destino de una clase y, sobre todo, el papel que jugaron el urbanismo, la educación y la literatura. Publicado originalmente en 1987, este secreto tesoro carioca llega hasta nosotros en la colección Las ciudades y las ideas, de la Universidad de Quilmes.
Por Sergio Kiernan

Un domingo de fines de abril de hace casi veinte años, con calor carioca, con una brisa del Atlántico que te mantiene con vida, firme en la pileta, buscando la sombra, tentado por los langostinos y por nada más que los langostinos. Al restaurante del viejo y lujoso hotel se entra si seco, si calzado, si con camisa, y apenas para servirse del buffet y salir a las mesas al aire libre. El interior está reservado para los vestidos, para los de Rolex y soleros de lino, para la bijouterie estilo Miami que parece ser el uniforme de la burguesía de Brasil. Excepto un rincón copado, como si estuviera acordonado, por un grupo muy mayor, muy elegante, una banda de ancianos de sacos de tweed impecables, de ese paño tropical wool que inventaron los ingleses para no perder la línea y no morir sofocados en sus colonias. Ahí hay corbatas, pañuelos en el bolsillo del pecho, gemelos, pantalones grises y, misterio de misterios en este país, zapatos a la inglesa y acordonados. Junto a cada viejo elegante hay una anciana impecable, con vestidos últimamente usados por Jackie Kennedy, de los que hacen frufrú por las enaguas, con zapatos de hebilla discreta, peinados rígidos, maquillaje discreto y hasta sombreros. Entre gringos y argentinos de bermudas, este rincón habla francés, bebe cosas claritas en copas pequeñas y evidentemente espera.

La escena en el Harry Cipriani del Copacabana Palace se resuelve con la entrada de una última pareja mayor, igualmente vestida para el Savoy de Londres. Los caballeros se ponen de pie, las damas inclinan la cabeza y los más cercanos, con una sonrisa, besan la mano y saludan en voz baja a Madame la comtesse. Como relojeros, tres mozos se acercan al rincón y comienzan a servir vinos y platos livianos. Van de Madame y su marido hacia cada dama, dejando a los señores para el final, sin parecer impresionados por las solapas que exhiben el cordón de alguna Soberana Orden Imperial, una OBE o un ya olvidado honor austrohúngaro o papal.

Por calendario, los viejos del Cipriani habían nacido en la belle époque de una ciudad que fue capital de un reino y un imperio, y lo era de una república oligárquica, una ciudad de cúpulas francesas y boulevards, de columnatas y ángeles victoriosos que trataban de tapar los viejas casonas coloniales y las nacientes favelas. De niños, esta gente estaba en el pináculo de lo que parecía una vida eterna de privilegio, de besamanos, de ropa rígida y simbólica, de modales exquisitos y sirvientes. Nunca se esperaron que su Brasil cambiara tanto que su infancia resultara increíble, arqueológica, una prueba de que realmente el pasado es otro país. Jeffrey D. Needell, un académico norteamericano enamorado de todo lo brasileño, le dedicó una obra hermosa y profunda a esa infancia, uno de esos libros que ya quisieras que te lo escribieran. Belle époque tropical. Sociedad y cultura de elite en Río de Janeiro a fines del siglo XIX y principios del XX acaba de ser bien traducido y mejor publicado por la Universidad Nacional de Quilmes en su colección Las ciudades y las ideas. El largo nombre académico medio que esconde un libro muy apasionado, muy entretenido y muy pregnado de conclusiones y de ideas.

MEU BRASIL EUROPEO

EL EXTREMO “ESTATAL” DE LA AVENIDA CENTRAL, CON EL TEATRO Y LA ESCUELA DE BELLAS ARTES SIMBOLIZANDO EL LADO OFICIAL DEL PROYECTO
La imagen argentina del Brasil es, para alegría de muchos de nuestros vecinos, muy norteamericana: el país enorme, la economía enorme, los edificios enormes, la vocación de potencia con algo de desmesura, el desorden como precio y una alegría bastante ficticia salvándolos del desagrado. Todo esto es, como tantas imágenes, falso y a la vez verdadero, con la ventaja solapada de inventar un argentino comparativamente culto, europeo y elegante. Los sujetos del libro de Needell se sorprenderían de este juego de espejos, porque la belle époque brasileña fue un proyecto europeísta, de importación directa, muy a la manera de la Generación del Ochenta, con París de lucero y Londres de ingeniera.

Needell, académicamente, fija el apogeo de esta bella era entre 1898 y 1914, pero para explicar el fenómeno necesita contexto y se remonta a bastante antes. Una época es marcada, después de todo, por gentes nacidas mucho antes de que se pusiera nombre a sus años.

Con lo que se arranca con un breve resumen de la historia del país americano que no tuvo guerra de independencia, la única colonia en la historia en virar metrópolis por la llegada de la corte real –en 1808, corridos por Napoleón–, nuestro único vecino en ser una monarquía imperial por casi todo el siglo diecinueve. Este camino peculiar permite explicar que Brasil tuviera mayoría de esclavos pero Academia de Artes, analfabetismo casi absoluto pero pintores de la Corte, tres metros de caminos empedrados pero palacios nobiliarios y un imaginario visual de coronas y pelucas. También se entiende así la muy personal influencia francesa: la familia imperial es la de Bragança y Orleans, lo que facilitó la inmigración espontánea o fomentada a partir de 1822.

La fecha de 1898 tiene nombre apellido, porque es el año en que asume Campos Sales como presidente, cerrando una década de enfrentamientos entre facciones –reaccionarios contra hacendados, campo contra puertos– que había arrancado con el golpe militar de 1889 que instauró una república donde votaba algo así como el tres por ciento de la población, los varones que sabían leer, eran mayores de 21 y tenían al menos casa propia. Esta presidencia, que coincide con la segunda de Roca, impone la idea positivista de la bandera nacional, “Ordem e Progresso” expresados materialmente en un vasto programa de construcciones y en un notable, súbito cambio en las maneras de la élite. Needell menciona a Buenos Aires como “otro nudo” del proceso de afrancesamiento de esta América latina, pero marca las fuertes diferencias. Por ejemplo, que la clase dirigente “civilizada” de Brasil es de un racismo duro, abierto, reactivo a la mayoría negra: “La elite percibía al Brasil como los colonizadores europeos a otras partes del mundo”, como por ejemplo el Africa. Una figura como el Martín Fierro, un héroe idealizado sobre la figura del gaucho, es simplemente inconcebible para esa generación.

La mayor expresión material de la nueva ideología fue la Avenida Central, cuyos restos se adivinan hoy entre rascacielos en la llamada Rio Branco, plena asfixia del centro carioca. Cuando se concibe el proyecto, Río apenas supera su actual área central, con un puerto viejo en la bahía de Guanabara, quintas desparramadas hacia el norte y alguno que otro audaz tirándose al sur, camino a Copacabana. Esta aldea de piedra de alvenaría y techados de poca pendiente de tejas portuguesas es básicamente la que crearon los portugueses, con alguno que otro espacio mejorado, como el Paço Imperial. Brasil ya tiene, sin embargo, un espacio urbano “civilizado”, Petrópolis, residencia imperial y suburbio de moda para las vacaciones, que en ese entonces no incluían la playa. En Petrópolis las calles son rectas, hay mucho de esa novedad europea que es el parque arbolado y las casas son “modernas”, no esos sobrados donde todos se morían de calor.

La Avenida Central se abre como un tajo en la ciudad vieja, yendo del puerto, al norte, hasta el arranque de los nuevos barrios paquetes, al suroeste. Construirla, a la Haussman, implicó desalojos y expropiaciones, demoliciones y hasta la voladura de un morro que creaba una cuesta fuera de programa. Lo que se alzó en esos lotes irregulares, muchos de encanto triangular, fue de una belleza singular, en todo comparable a nuestra contemporánea –y también modelo, aunque sea para competirle– Avenida de Mayo. El Teatro Municipal, la Escuela de Bellas Artes y una enorme Biblioteca, concentrados en un extremo y frente a una plaza y el mar, mostraban la singular importancia política del proyecto: el Estado se guardaba el arranque del nuevo espacio.

Needell aclara que las delicadas y ornadas fachadas, las cúpulas, máscaras y molduras cubren espacios interiores muy inferiores, lo que define, con cierta malicia, como una cara europea para un cuerpo brasileño. Este fenómeno es muy común en la misma Europa, donde fachadas palaciegas disimulaban conejeras en propiedad horizontal hasta bien entrada la era del racionalismo. Pero la metáfora se extiende a la adopción “de las formas europeas” por una sociedad todavía colonial, conservadora, inconmovible al cambio social. La clase dirigente se educa en francés, con modales refinadísimos y hasta clases de “comportamiento social” con nota y todo, además de códigos de vestimenta muy exigentes. Nada hay de práctico en esta formación de colegio caro, donde de hecho se inculca que todo lo práctico es inelegante, basto y plebeyo. Brasil tiene una sola escuela técnica, manejada por el Ejército –que sí necesitaba matemáticas e ingeniería– y reservada para la clase media en ascenso pero no tanto.

Esta máscara se extiende con toda naturalidad a los clubes sociales, con el Casino, el Clube dos Diários y el Jockey Club alternando en el pináculo. Needell señala la llegada del turf como deporte aristocrático y el peculiar uso de la ópera como escaparate social, tan alejado de la idea de formación cultural que los pocos teatros ni tenían “paraísos” de entradas baratas, grandes formadores del gusto y de los músicos. En rigor, lo que describe el norteamericano es un mecanismo de definición social filtrado por el alto precio de la membresía o de la entrada, que servía para moverse entre iguales, hacer negocios, arreglar casamientos y cementar el círculo dorado de la elite. El inmenso estatismo de esta época, una suerte de mercantilismo pero aplicado al propio país por su propio gobierno, paralizaba toda vida económica exterior al Estado: sólo el favor oficial, los contactos clientelares, permitían hacer fortuna y mantenerla.

Esta rigidez se explica en parte por la histórica inestabilidad de la economía brasileña, hecha de ciclos de riqueza explosiva seguidos de decadencias súbitas. Así como Félix Luna siempre subrayó la pobreza espartana de las clases dirigentes criollas, forma de destacar el asombro de la opulencia de fines del siglo diecinueve, la nota dominante en nuestro vecino es el subibaja de las fortunas. Brasil arrancó con capital en Bahía, economía del azúcar y fortunas creadas por la importación de esclavos. Pero luego cae el azúcar, la riqueza se muda al sur y al cultivo del café, Río deviene la capital y casi inmediatamente se deprime. San Pablo y Minas Gerais, respectivamente una aldea ganadera y un polo minero, crecen como los nuevos centros cafeteros y el ciclo vuelve a arrancar. Cada cambio deja una región como colgada del pincel, viviendo de glorias pasadas y con una elite de buenos apellidos y nada en la cuenta bancaria.

Estos apellidos no eran, como en la España quevediana, apenas una carga de hidalgos. Eran la llave al único mecanismo real de entrada a la elite carioca de la belle époque, el clientelismo entre “gentes bien”. Needell describe los mecanismos por los cuales “parientes” pobres eran como adoptados y, de acuerdo con sus talentos, su alcurnia o su suerte, recibían empleos públicos, sinecuras u oportunidades de negocio tuteladas por el patronazgo estatal. En parte, esta descripción se lee como una suerte de agencia matrimonial, con niños y niñas de buenas familias del interior colocados en la capital. Los que mandaban necesitaban estas inyecciones, porque la élite era realmente pequeña y no era cosa de andar casando hijas con tenderos.

Estas manías sociales daban también alguna estabilidad a los que parecían vivir la frase de Marx, la de que todo lo sólido se desvanece en el aire. Grandes o pequeñas, las residencias particulares eran irreconocibles para los que se mudaban, con techos altos, molduras, aires franceses y la batería de muebles, bibelots y objetos de arte necesarios para la vida victoriana tardía. Hasta la ropa era irreconocible de una generación a otra, con los brasileños de clase alta transpirando en sus levitas y cuellos duros, torturados por los zapatos de horma fina y llevando del brazo a damas que se desvanecían, románticamente, por la asfixia de sus corsets. La moda, destaca Needell, es algo profundamente simbólico e independiente del confort.

Y no sólo la moda, porque el fin de siglo es la llegada de la idea de consumo a este lado del Atlántico, la aparición de las grandes tiendas, de la venta por catálogo, de la experiencia de ir de compras. Con originalidad, Needell apunta que crear calles de comercios modernos liberó a las mujeres de esa especie de purdah árabe que les impedía literalmente salir a la calle. Hasta bien entrado el siglo diecinueve, las compras las hacían las domésticas, ellas sí libres de circular, o los vendedores iban de casa en casa. Al hacerse “decente” la idea de ir de compras, se transforma en una salida, una oportunidad de lucir vestidos y de mostrar el grado de “civilización” de la familia. Al mismo tiempo se imponen los primeros medios masivos, los diarios, y se crean los primeros medios de transporte públicos, los tranvías a caballo. De la clase media para arriba, los cariocas comienzan a moverse.

La tensión social encuentra en el consumo conspicuo un nuevo escenario. La idea, nuevamente, viene de Francia y ya en 1830 fue sintetizada por el gran Balzac: “La nobleza se traduce en cosas”. Río se puebla de tiendas de alto vuelo, las de moda afrancesadas y las de muebles a la inglesa, con mercaderías casi exclusivamente importadas. Needell señala tres niveles de consumo que caracterizan a esta elite finisecular: la ropa preciosista, la casa abarrotada y la moda de tener una querida pública y “oficial”, de preferencia francesa pero obligatoriamente blanca. El rico civilizado pasa no sólo a mostrarse en público con mujeres de elegancia de alto presupuesto, sino que abre una segunda casa para los amigos y sus queridas. La prostitución de alto precio se transforma en un servicio abierto y en absoluto vergonzante.

LA LITERATURA DE LA CIUDAD LEJANA

EL NUEVO PARADIGMA DE VIDA ELEGANTE DE LA ELITE, LA CASA A LA FRANCESA EN EL EXUBERANTE MARCO DE LA VEGETACIÓN DE LOS TRÓPICOS.
El final de la historia de Needell se reserva a lo más perdurable de esta etapa, la vida intelectual. Brasil había tenido ya una generación de románticos, bastante olvidada y olvidable, pero no una figura tan fuera de catálogo como Sarmiento (en lo político como en lo literario). El ensayista norteamericano elige concentrarse en la literatura en parte por la casi nula vida musical local –aclarando que se refiere a la música “culta” y no a la formidable criatura que ya se estaba gestando y daría el samba– y en parte por el plúmbeo acartonamiento de la pintura brasileña, alérgica a toda idea de impresionismo o postimpresionismo. De hecho, podría haber declarado que elige las letras porque en esta belle époque de palmeras surgieron los dos primeros escritorazos que despertaron al portugués de su sueño.

Esta literatura tiene la curiosidad de ser un mecanismo de ascenso social oficializado. Antes de tener los libros, por así decirlo, Brasil tuvo una Academia de Letras, tan a la francesa que sus sillas tienen nombre y sus miembros un uniforme a la Luis Napoleón. asombroso de entorchados y oros bordados. El hombre de letras no tiene mercado en un país donde casi nadie sabe leer, excepto en el periodismo, escenario para lucirse política o socialmente, o ganapán para bohemios automarginados. Pero la pluma sí permite ser aceptado en la élite, lo que implica que los escritores reconocidos como “cultos” reciben ellos también un buen empleo público, una cátedra o hasta una banca en la maqueta de legislativo de la república de pocos. Es la historia del mejor escritor de esta época, Machado de Assis, mulato pobre que vendía pasteles en la puerta de un colegio de señoritas, que aprendió francés con un panadero inmigrante y se educó solito leyendo en trasnoche. A fuerza de talento, fue aceptado y pasó su vida como empleado de ministerio, adulado como figura de las letras y presidente de la Academia. Nombres justamente olvidados como el de Olavio Bilac, Paulo Barreto o Coelho Neto siguieron caminos similares con mayor o menor suerte.

El otro gran escritor es, por supuesto, el ingeniero Euclides da Cunha, que un poco por casualidad terminó de corresponsal de la guerra Dos Canudos, la revuelta monárquica y mística de Antonio Conselheiro. Con sus notas de viaje, Da Cunha escribe Os Sertoes, una historia tan potente que el mismo Mario Vargas Llosa la refritó en La guerra del fin del mundo. Hizo bien el peruano, porque lo que tiene de fuerte la historia lo tiene también la prosa victoriana, vueltera y afrancesada del autor, paralizado de temor por no quedar como un “civilizado”. El libro fue un enorme bestseller saludado como algo así como un Nuevo Periodismo de la era.

Esta Río, comenta al final Needell, es no sólo “una ciudad lejana sino también una ciudad muerta”. La Gran Guerra de 1914 liquidó toda ilusión de progreso indefinido a nivel global y la muerte en 1922 de los últimos dos escritores famosos de esa generación, Joao do Rio y Lima Barreto, le abrió el camino al modernismo en la cultura. La ciudad francesa que asomó frente a Niteroi fue pulverizada por la avalancha de edificios en altura y el tránsito masivo de una megaurbe: nadie podría reconocer la Avenida Central en el centro carioca, como sí se puede encontrar la Avenida de Mayo en Buenos Aires. La Rua do Ouvidor, que fue el centro de la moda y de las librerías-tertulia, es una guarangada de tiendas baratas y bloques de oficina.

El injerto no prendió, como sí prendió el posterior y americano. Y los últimos testigos llegaron a este siglo con sus tweeds y sus diamantes, muriendo en las últimas ceremonias en un hotel entre turistas de shorts.

Ecos de una tradición


Por Eduardo Rinesi *
Las desafortunadas declaraciones del notable semiólogo y novelista italiano Umberto Eco, en ocasión de su reciente nombramiento como doctor Honoris Causa por la Universidad de Burgos, cuando proclamó su convicción de que los estudios universitarios deben estar reservados a una elite y de que “el exceso de alumnos entorpece la actividad académica”, son particularmente sintomáticas de un modo en que vastos sectores de la intelectualidad europea de estos días vienen enfrentando, en base a su repliegue sobre sus creencias más tradicionales y más naturalizadas, la fuerte crisis económica, social y espiritual que atraviesa el Viejo Mundo. Y que los lleva a suponer que si la plata no alcanza es porque el Estado reparte más bienestar que el que es prudente, que si las empresas quiebran es porque los trabajadores ganan más de la cuenta y que si el ajuste no funciona es porque todavía no es lo suficientemente duro. No representa un modo diferente de pensar el que lleva a Eco a sostener que las universidades funcionarían mejor si tuvieran menos estudiantes, como en los buenos viejos tiempos, y a postular que por lo tanto habría que regular el número de esos estudiantes para garantizar que sea acotado. Como los salarios en las teorías de los economistas del ajuste estructural, como los beneficios sociales en las decisiones de los administradores neoliberales del Estado en crisis, los estudiantes universitarios son, en el razonamiento de Eco, una variable cuyo valor podría adecuarse, a través de prudentes medidas restrictivas, para mantener las formas conocidas del equilibrio de las cosas.

Hay otra posibilidad, que consiste en no suponer a los estudiantes universitarios las causas del problema del presunto “deterioro del nivel”, ni los objetos posibles de ninguna operación de achicamiento cuantitativo de ese tipo, sino, al revés, los sujetos de un deseo, de una posibilidad y –subrayo esto con fuerza– de un derecho a los estudios superiores que tienen que poder ver satisfecho en las universidades en las que buscan ejercerlo. Esa otra posibilidad, esa otra vía, es la que viene intentando recorrer el sistema de universidades públicas de nuestro país, en un contexto signado por tres rasgos principales. Uno, un clima general de expansión de derechos, de recuperación de la idea misma de “derecho” como una categoría de primer orden en nuestras discusiones públicas, políticas y académicas, y de recuperación, también, de la centralidad y las funciones del Estado como garante y condición del ejercicio de esos derechos que hoy aparecen en el centro de nuestras preocupaciones. Dos, la muy recientemente establecida obligatoriedad de los estudios secundarios, que en la medida en que empiece a hacer sentir su efecto hará que muchos jóvenes más empiecen, continúen y terminen sus estudios secundarios y puedan vislumbrar la posibilidad de los universitarios como un destino posible para sus vidas. Sólo cuando la educación secundaria es una obligación puede la educación universitaria ser pensada como un derecho. Y tres, el enorme crecimiento de la cantidad de universidades públicas, gratuitas y de alto nivel en todo el territorio del país, que nos permite afirmar casi sin exageración que hoy no hay ningún joven argentino en edad y condiciones de cursar la universidad que no tenga una a un rato razonable de viaje de la casa, y que por lo tanto vuelve mucho más efectivo, material y concreto un derecho a la educación superior que, en otras condiciones, no pasaría de ser meramente nominal, formal o abstracto.

Esta representación de los estudios universitarios como un derecho va siendo una saludable tendencia, más allá de la Argentina, en toda América latina, y vino a plasmarse hace ahora cinco años en la importantísima declaración final de la Conferencia Regional de Educación Superior reunida en Cartagena de Indias (2008), que establece que los estudios superiores son un bien público y social, un derecho humano universal y una responsabilidad de los Estados. Nunca se insistirá lo suficiente en lo revolucionaria que es esta declaración, que viene a modificar radicalmente el modo de pensarse la función misma de una institución ya casi milenaria y que a lo largo de su extensa historia ha venido haciendo en todas partes, en lo fundamental, una sola cosa: formar elites. Elites clericales, elites gubernamentales, elites profesionales. La universidad fue siempre una máquina de formar elites (y esto no fue seriamente contestado ni en el por tantas razones recuperable ’18 cordobés ni en el también muy celebrable ’68 parisiense), y es sólo ahora, ahora y en esta específica parte del mundo que en estos años está produciendo transformaciones tan interesantes, que podemos empezar a representárnosla de otra manera: como una institución encargada de garantizar el ejercicio efectivo y exitoso de un derecho. De un derecho humano, de un derecho universal: de un derecho ciudadano. Estar dispuestos a hacer de nuestras universidades algo tan distinto de lo que fueron durante tanto tiempo implica estar dispuestos a revisar una gran cantidad de cosas: de prácticas, de tradiciones, de rutinas, de representaciones, de prejuicios.

Entre estos prejuicios, el que expresa Eco en la declaración que pudo leerse en estos días en los periódicos de todo el mundo está particularmente extendido y constituye un obstáculo especialmente serio a cualquier posibilidad efectiva de democratización de nuestras universidades: se trata del prejuicio de imaginar que la calidad de la enseñanza y de los aprendizajes entra en necesaria tensión, o incluso en contradicción, con la cantidad de los estudiantes. Que las universidades buenas, como las recuerda o las imagina o las quiere Eco, son necesariamente universidades para pocos. Es éste un antojo perfectamente ideológico y profundamente antidemocrático. En efecto, si empezamos por establecer y por convencernos de que estudiar en la universidad no es un lujo ni una prerrogativa de unos pocos, sino un derecho universal, pierde sentido incluso la simple idea de que una universidad que, o bien no deja entrar a todos, o bien deja en el camino de las carreras que propone a un porcentaje alto de los estudiantes que las empezaron, pueda ser caracterizada como una buena. “Para pocos, pero buena.” No: una universidad que produce un pequeño puñado de egresados de excelencia no es una universidad de excelencia, y ni siquiera una buena universidad, sino una universidad mala, y la única universidad buena que puede concebirse es una universidad que logre ser buena para todos. Y que para ser efectivamente buena para todos se empeñe con todo su esfuerzo y todas sus capacidades en la tarea de garantizar que todos puedan aprender, y aprendan.

De ahí la enorme importancia que tiene la función de la enseñanza (muchas veces subordinada, en las propias representaciones de los docentes y de los demás actores del juego universitario, a otras, a la que diversos incentivos sistémicos, no tan antiguos, pero sí muy penetrantes, han llevado y llevan, con demasiada frecuencia, a suponer más meritorias o más nobles) en nuestras universidades públicas. Que tienen que enseñar, que enseñar muy bien y que enseñar a todos, y que tienen que lograr que todos (que por supuesto son todos los estudiantes que tenemos, no los que querríamos tener ni los que suponemos, váyase a saber por qué, que nos merecemos: para el caso, también nosotros somos los profesores que nuestros estudiantes tienen, no los que querrían tener ni los que merecen) aprendan y avancen y progresen en sus estudios, y logren terminarlos. Si de veras estamos convencidos de que la educación universitaria es un derecho humano, un derecho ciudadano, un derecho universal, nunca más podemos suponer que un bochazo en un examen, un estudiante que se queda afuera o que se nos “cae” es una verificación de la calidad de nuestras enseñanzas. Si de veras estamos convencidos de que la educación universitaria es un derecho, nunca más podemos suponer que un estudiante que, por culpa de que no hemos sido capaces de enseñarle, deja las aulas y se vuelve, frustrado, derrotado, a su casa, es una verificación de alguna ley sociológica más o menos inefable y destinada a cumplirse inexorablemente. Eco se equivoca, o mejor: expresa una idea sobre la universidad elitista, retrógrada y atrasada. Una universidad de calidad sólo lo es realmente si es una universidad de calidad para todos.

Dicho lo cual me apuro a indicar que, simétricamente, una universidad para todos sólo lo es efectivamente si es una universidad de la más alta calidad. Y que el peor favor que podríamos hacerle a la causa de una democratización de los estudios superiores es conceder al prejuicio falso y reaccionario de la contraposición entre calidad y cantidad y ampliar nuestra base de estudiantes sin una muy alta exigencia y autoexigencia en torno del nivel de la enseñanza que les impartimos. Semejante idea no sólo sería torpe: sería cómplice de reforzar los prejuicios que la universidad pública hoy tiene la tarea fundamental de combatir, y sería (del peor modo: pretendiendo no ser) absolutamente antidemocrática. Eco se equivoca, pero su equivocación debe servirnos, porque es la íntima equivocación que anima, sin siempre salir a la luz con tanta claridad, una parte importante de la vida de nuestras instituciones. Que tienen que seguir revisándose, como de hecho lo vienen haciendo en estos años (esta disposición al autoexamen es por cierto un gesto propiamente universitario), para poder actuar, contra ese error de Eco y de sí mismas, en la dirección que les señala un pensamiento menos perezoso, menos resignado, más dispuesto a asumir con plena convicción las consecuencias de un principio nuevo, radicalmente nuevo, en la historia de una institución tan vieja: el principio de que ese estudiante que está sentado ante nosotros en el aula es el sujeto de un derecho que nosotros tenemos el desafío y la obligación de arreglárnoslas para garantizar.

* Rector de la Universidad Nacional de General Sarmiento.

LA LENGUA VIVA


Dialectos, hablas y fablas
Amando de Miguel


Mi cuate, Francisco Marcos-Marín, catedrático de Lingüística de la Universidad de Texas (San Antonio), insiste en que no hablamos lenguas sino dialectos. Quiere decir que los hablantes de un idioma constituimos grupos diversos según la geografía o la cultura y en cada uno de ellos rigen unas pautas particulares. Por ejemplo, Maribel Torbeck me señala que en América parece que hay un español único, el que hablan los mejicanos. [A los norteamericanos] el castellano les suena a italiano.

Seguimos con las fablas o linguas regionales o locales. Emilio Soria me corrige mi confusión entre la fabla asturiana y el bable. No son la misma cosa, asegura mi correponsal. "La fabla asturiana es el eonaviego, un dialecto intermedio entre el gallego y el asturiano que se habla en los pueblos entre los ríos Eo y Navia. No debe confundirse con la fabla que se habla en el norte de Extremadura". Todos los días aprendo una cosa nueva. Pido perdón por mi nesciencia.

Paz Torrabadella hace una interesante apreciación sobre el catalán:

Es un idioma para hablar por casa… Es estupendo, por ejemplo, para reñir a los niños. Se habla distinto en cada comarca y, si me apuras, en cada barriada. En la ciudad ahora se oye mucho, pero [resulta] cómicamente corrupto.

Pone algunos ejemplos de esa diversidad dialectal y concluye:

Son cosas curiosas, que ahora, aquí en Cataluña, se han vuelto tabú.

Siempre me pareció un hallazgo que a los niños reunidos se les llame en Cataluña "la canalla" con un tono cariñosísimo.

José María Navia-Osorio sostiene que el bable "no es una lengua vehicular, sino un conjunto de palabras en las diversas zonas de Asturias… En el Occidente se habla una fala que es muy parecida al gallego y se parece poco al bable". El de Oviedo está en contra de la normalización del bable: "Sería como normalizar la forma de los hórreos". Critica a los miembros de la Academia de la Llingua:

Se rompen la cabeza buscando la palabra asturiana que menos se parezca a su equivalente castellana para crearse la ilusión de que el asturiano es un idioma. A veces les he oído decir los meses del año y me parecen tan absurdos como los meses de la revolución francesa y probablemente tengan el mismo futuro.

No es nada nuevo. Todos los fenómenos de normalización lingüística pasan por esa fase de buscar voces autóctonas para alejarlas de las de los idiomas cercanos.

El Grupo Folk Cerrandeo me pregunta la significación de la voz garrabán, que aparece en algunas canciones extremeñas. No tengo ni idea. Espero que algún libertario nos ilumine sobre el particular. Mi ignorancia es otra confirmación de la tesis sobre la coexistencia de los dialectos en España. Supongo que yo hablo el sociologuero o el tertulianés. Pero creo que se me entiende.

segunda-feira, 27 de maio de 2013

LA HISTORIA DEL PAN


Ya en la Época Neolítica, un antepasado del hombre conoció de las propiedades de las semillas y de los cereales, y desde ese momento, el pan ha formando parte de la cultura universal del hombre.

Egipto

Las excelentes condiciones que el río Nilo ofrecía para el cultivo de cereales, obedecía a sus constantes crecidas. Se han encontrado datos por los que se sabe que en la IV dinastía, en el año 2700 A. de C., se elaboraba pan y un tipo de galletas.

El alimento de los egipcios pobres se componía principalmente de pan y cebolla -de ahí el famoso dicho- "Contigo, pan y cebolla".

La evolución en la panificación se produjo de forma importante durante esta civilización, ya que fueron los egipcios los que descubrieron la fermentación y con ella el verdadero pan, el pan fermentado. El pan sin fermentar -sin levadura- se denomina pan ácimo. El código de Hammurabi (2000 A. de C.) habla ya de "cerveza comible" y "pan bebible", refiriéndose al pan y a la cerveza de cebada, ambos elaborados con la mezcla de cebada y levadura. Sin embargo, los egipcios se dedicaron en mayor medida al cultivo de trigo ya que la cebada fermentaba mal.Se puede decir que el pueblo egipcio consolidó las técnicas de panificación y creó los primeros hornos para cocer el pan, en este sentido en el año 4000 A. de C. fue desenterrado un horno en las excavaciones próximas a Babilonia.

Según un historiador francés, los egipcios "inventaron" la costumbre gastronómica de colocar un pequeño pan de trigo en el lugar de cada comensal.

El pan del mundo griego

Una vez que Grecia adopta el invento del pan, a través de las relaciones comerciales con los egipcios, lo perfecciona. Fueron los griegos, en el siglo III A. De C los que hicieron un arte de la panadería, crearon más de setenta panes diferentes, los panaderos griegos inventaban formas variadas a los panes utilizados para fiestas religiosas, probaban diferentes masas panaderas: trigo, cebada, avena, salvado, centeno e incluso masa de arroz; añadiendo a estas, especias, miel, aceites, frutos secos… y seguramente fueron los precursores de la pastelería.

En un museo de Suiza, se conserva la torta más antigua, conocida como "torta de Corcelles" del año 2800 A. Da C.

El pan comenzó siendo para los griegos un alimento ritual de origen divino pero luego pasó a convertirse en el sustento popular, símbolo de la comida por excelencia. El pan ácimo -sin fermentar- era considerado un manjar.

Este alimento es nombrado en varios escritos de poetas y filósofos griegos: Homero, Platón, Aristófanes, Ateneo, lo que representa que la cultura del pan ha estado presente en las más destacadas culturas.

Para muchos historiadores el mito de Jasón en busca del Vellocino de oro es una metáfora de las rutas griegas en busca de trigo.

El pan de la época romana

En un principio, en el pueblo romano se restringe la elaboración del pan. Preferían alimentarse de gachas y papillas; el pan se consideraba por el pueblo como algo ajeno, nada alcanzable; sólo aparecía en las comidas de los señores pudientes.

En el año 30 A. De C. Roma cuenta con más de 300 panaderías dirigidas por profesionales cualificados griegos; en estas los procesos de elaboración y cocción eran realizados por diferentes profesionales; el precio estaba perfectamente regulado por los magistrados y en el año 100, en época del emperador Trajano, se constituye una primera asociación de panaderos: el Colegio Oficial de Panaderos de carácter privilegiado (exención de impuestos) y se reglamentaba estrictamente la profesión: era heredada obligatoriamente de padres a hijos.

Los romanos mejoraron los molinos, las máquinas de amasar, y los hornos de tal manera, que, hoy en día se denomina "horno romano" al horno de calentamiento directo.

El pan en Roma cobra gran importancia, según el poeta latino Juvenal, en su sátira resalta que los romanos sólo necesitaban panem et circenses, pan y el circo.

Los panaderos distinguían los panes en función de su composición, forma y función, crearon el panis militaris, especialmente fabricado para los soldados, y que tenía larga duración, ya que durante sus marchas en pro de conquistas, tenían una dieta basada en pan y vino, siendo ésta quizá la primera unión de estos alimentos tan significativos en la historia. Esto llevó a que se construyeran panaderías exclusivamente militares donde se almacenaban reservas de cereales y de pan.

El pan de harina blanca era más valorado que el pan moreno, que lo comían pobres y esclavos: panis plebeius.

Roma propagó la cultura del pan por todas sus colonias, excepto en Hispanía, donde la existencia del pan era anterior a la colonización romana; los celtíberos ya conocían las técnicas de amasar y panificar el trigo.

El pan en la Edad Media

Durante la Edad Media no se produjeron progresos notables en la panificación. Además del cultivo de trigo y de centeno, se continuó con el de cebada.

En Europa, el cultivo de cereales descendió, y con ello vinieron los periodos de hambre, la escasez del alimento base, la escasez del pan. En las épocas de más hambre, el pan es el alimento más preciado. Así se muestra en la literatura de la época, por ejemplo en el Lazarillo de Tormes, el hambriento Lazarillo, indica: " Y comienzo a desmigajar el pan sobre unos no muy costosos manteles…Después como quien toma una gragea, lo comí y algo me consolé".

En muchos lugares de Europa los monasterios se convirtieron en los principales productores de pan.

El pan blanco, en esta época seguía siendo signo de prestigio social, sólo accesible para clases ricas y pudientes.

En el año 943, en Francia, "el mal de los ardientes" surge por el consumo del pan de centeno contaminado por el cornezuelo, hongo parásito que envenena la espiga de este cereal.

Las ciudades en la Edad Media empiezan a cobrar importancia, y ya en el siglo XII surgen los primeros gremios de artesanos de todo tipo de profesionales. Así, el gremio panadero se asocia y se constituyen como profesionales del pan. Al ser el pan alimento base de la población, en esta época, al igual que en Roma, la producción y distribución del pan esta regulada por el gobierno.

Además de ser alimento base, el pan también se utilizaba -en ambientes de clases adineradas- como plato para colocar la comida, y una vez usado se lanzaba a los pobres.

El pan en la época moderna

A finales siglo XVIII, progresa de agricultura, las investigaciones sobre la harina y se consigue la mejora en técnica del molino; aumenta la producción del trigo y se consigue una harina mejor. El precio del pan baja al aumentar la oferta y el pan blanco (antes solo para determinadas clases sociales) llega a toda la población.

En el siglo XIX se inventa el molino de vapor; así fueron evolucionando los sistemas de panificación y se añade una nueva fase a la elaboración del pan: la aireación de la masa; aparece un nuevo tipo de levadura y surgen técnicas mecánicas para amasar el pan; con estas mejoras la industria del pan va creciendo de manera rápida.

El pan en España

Es introducido por los celtíberos, siglo III A. De C., por lo que ya se conocía cuando llegaron los romanos a la península.

En la España mozárabe el cultivo de cereales, que no era extenso, era suficiente y por esto el pan era el alimento base de la dieta cotidiana; en cada casa, el ciudadano amasaba el que iba a ser su futuro pan, le ponía una marca que lo distinguiera y lo llevaba a cocer a los hornos públicos, el panadero cobraba una tasa por ello. Durante esta época se consumía pan blanco y el llamado "pan rojo", un pan más tosco, formado por harina y salvado.

Autores españoles, desde Gonzalo de Berceo hasta los autores del siglo de oro, como Cervantes, Lope de Vega, Tirso de Molina, citaron en muchas de sus narraciones o poemas el pan de la península Ibérica. Y en la España post-renacentista, Zurbarán y Velázquez lo representarán en sus bodegones.

Las primeras leyes que regulaban la panificación en nuestro país aparecen en el siglo XIV. La hermandad de panaderos españoles, que en el siglo XV se transforma en Corporación de Oficio, se mantiene hasta el siglo XIX.

En España, especialmente en la zona mediterránea, existen gremios de panaderos desde hace más de 750 años. En el año 1200 consta la existencia escrita del gremio de panaderos de Barcelona.

El pan en la religión

El cristianismo también ha utilizado el pan como símbolo, Dios se reencarnó en pan de trigo para quedarse en el mundo y Jesús nace en Belén, que significa pan. En muchos pasajes bíblicos, se nombra el pan. Con Jesús de Nazaret se sigue la tradición judía de la bendición del pan y el vino. El pan fue el alimento de la última cena, y en torno a él se celebra el sacramento de la Eucaristía.

Dios le dijo a Ezequiel que hiciera diferentes panes con cebada, habas, lentejas y mijo.

El pan también se ha dotado de efectos benditos y milagrosos en muchos lugares de España, para la curación de enfermedades, para ahuyentar malos espíritus….

El pan en el refranero

Con vino añejo y pan tierno se pasa el invierno.
Bocado de pan, rajilla de queso y de la bota un beso.
Pan de centeno para tu enemigo es bueno.
Pan candeal, pan celestial.
El muerto a la mortaja y el vivo a la hogaza.
Quien no da migas, no tendrá amigas.
Pan rebanado sin vergüenza es masticado
Pan y agua, vida hambrienta o vida sana
Pan de ayer y vino de antaño mantienen al hombre sano.
Pan que sobre, carne que baste y vino que falte.
Quien de mano ajena come pan, come a la hora que se lo dan




BIBLIOGRÁFIA:

http://www.ceopan.es/historia/lahistoria.htm

http://www.mundolatino.com/panaderias/

http://www.deharina.com/

CAPEL, José Carlos: El pan; Madrid: Montserrat Matéu, 1991.
TEJERA OSUNA, Inmaculada: El libro del pan; Madrid: Alianza editorial, 1993.
VARELA, Gregorio: El pan en la alimentación de los españoles; Madrid: Eudema, 1991.

EL LENGUAJE EN EL TIEMPO


Nocaut
Por: FERNANDO ÁVILA |

Fernando Ávila, delegado de la Fundéu Bbva Colombia, explica el uso de esta palabra del boxeo.

Veo en el crucigrama del domingo la palabra nocáut, así escrita, con tilde, como pista para la respuesta KO. La palabra nocaut, en realidad sin tilde, por ser aguda terminada en t, fue propuesta por el Diccionario panhispánico de dudas, 2005, y acogida por el Diccionario de la lengua española, Drae, 2014 (del que ya hay varios avances en línea), para reemplazar la abreviatura inglesa K. O., correspondiente a knock-out, usual en boxeo para referirse al ‘golpe que deja fuera de combate’ al contendor y a la ‘derrota por fuera de combate’.
El Manual de redacción de EL TIEMPO, 1995, ya indicaba a los redactores deportivos que escribieran nocaut; como se ve, mucho antes de que la Academia lo aprobara.
Los dos diccionarios académicos mencionados incluyen también el verbo noquear, con las siguientes acepciones: ‘dejar al adversario fuera de combate’, en el boxeo; ‘dejar sin sentido a alguien con un golpe’ y ‘derrotar o imponerse sobre alguien rápida o notablemente’. Es bien sabido que se usa de manera metafórica para ilustrar triunfos y derrotas políticas, comerciales y hasta intelectuales, pues finalmente, como decía mi amigo el poeta, el boxeo no es más que una metáfora de la vida.
Para reemplazar la voz inglesa ring se aconseja la palabra española cuadrilátero, que el Drae define como ‘espacio limitado por cuerdas y con suelo de lona donde tienen lugar combates de boxeo y de otros tipos de lucha’. Y para referirse a quien queda atontado momentáneamente después de un golpe, está la palabra grogui, adaptación del inglés groggy. En cambio, box es ya alternativa válida de boxeo.
Una de las categorías de este deporte es la de peso wélter, que se escribe en español así, con tilde, por ser grave terminada en r. Por debajo de este está el wélter júnior. Y la pronunciación debería ser no /yúnior/, sino /júnior/.

FERNANDO ÁVILA, DELEGADO DE LA FUNDÉU BBVA COLOMBIA

FUNDACIÓN DEL ESPAÑOL URGENTE


por culpa de y culpable de, matiz peyorativo

Las secuencias por culpa de y culpable de indican que se ha cometido una falta, daño o perjuicio, según indica el diccionario Clave, por lo que lo apropiado es emplearlas exclusivamente cuando se desea introducir un matiz peyorativo.

Sin embargo, en los medios de comunicación pueden encontrarse frases contradictorias como «La cosecha de tabaco de este año ha sido muy buena por culpa de la lluvia» o «Allan Wade Houston fue el culpable de la victoria», donde lo adecuado habría sido escribir, por ejemplo, «La cosecha de tabaco de este año ha sido muy buena gracias a la lluvia» y «Allan Wade Houston fue el artífice de la victoria».

Sin llegar a caer en contradicciones como las anteriores, por culpa de y culpable de pueden sustituirse a menudo por a causa de, debido a, como consecuencia de o artífice de si el propósito es simplemente explicar de forma objetiva el porqué de un hecho, sin culpabilizaciones.

Así pues, según la intención con que se escriba, se optará por «La venta de prensa diaria ha bajado por culpa de los periódicos gratuitos» en caso de querer enfatizar el perjuicio ocasionado a la prensa diaria, mientras que «La venta de prensa diaria ha bajado debido a los periódicos gratuitos» se limita a establecer la causa del descenso en ventas de prensa diaria.

SANTIAGO MUÑOZ MACHADO


Un abogado de la palabra en la RAE
El jurista Santiago Muñoz Machado ingresa en la Academia con una defensa histórica de la libertad de expresión, conquistada plenamente en el siglo XX
TEREIXA CONSTENLA Madrid

Las palabras no siempre fueron libres. En momentos y lugares, aún no lo son. Que la expresión irrumpa sin trabas ni siquiera es una vieja tradición en la vieja Europa. Santiago Muñoz Machado (Pozoblanco, Córdoba, 1949), que sabe mucho de leyes, recordó ayer que el derecho a la libertad de expresión, a la que consagró su discurso de ingreso en la Real Academia Española (RAE), Los itinerarios de la libertad de palabra,tiene un pasado tan corto que se cuenta por décadas. “Tenemos la ideología común de la libertad de palabra como si fuera de toda la vida y solo la hemos estrenado a finales del siglo XX”, advertía unos días antes por teléfono desde su domicilio. “Es importante recordarlo para no banalizar una conquista que ha costado varias centurias y, sobre todo, para no distraerse ante cualquier nueva amenaza”, advirtió ayer.

En España, el espaldarazo definitivo se produjo en enero de 1988 con una sentencia del Tribunal Constitucional y en Inglaterra se dio esa contradicción tan británica de juntar represión y libertad. Había sido el primer país europeo que abolió la censura previa a la impresión a cambio de duras medidas represoras a posteriori y fue, por el contrario, uno de los últimos en dinamitar las viejas leyes antilibelo, en 1998, que amparaban el poder frente a las críticas. “La verdad”, recordó Muñoz Machado, “no tenía ninguna fuerza exonerante”.

El jurista glosó la figura de su antecesor en el sillón “r” minúscula, Antonio Mingote, como mucho más que un humorista (“tenía la introspección del pensador y la manera de trabajar del editorialista”) y un hombre marcado por la tolerancia, como ilustra una cita del fallecido dibujante de Abc: “Mi corazón está con mucha gente de la derecha, que es simpática y generosa, y mi pensamiento con mucha gente de la izquierda, que tiene razón”. Y también fue la tolerancia reivindicada por algunos pensadores del siglo XVI el motor que removió el statu quo de aquellos días donde la intransigencia —religiosa, científica, política— gobernaba desde la hoguera. “Matar a un hombre no es defender una doctrina, es matar a un hombre”, proclamó Sebastián Castellio contra el fanatismo de Calvino, que achicharró a Miguel Servet y a sus libros el 27 de octubre de 1553 a las puertas de Ginebra. Otros pensadores, entre ellos Spinoza, Locke o Milton, se sumarían en el futuro a esta corriente aperturista que acabaría rompiendo corsés a lo largo de los siglos hasta que en EE UU le dieron la última vuelta de tuerca en 1964 con una sentencia del Supremo que defendió “la libertad de palabra como una proyección del principio democrático”, expuso el nuevo académico, que recibió respuesta de José Manuel Sánchez Ron, uno de los tres avalistas de su candidatura, ante la presencia de los ministros José Ignacio Wert y Ana Mato. Ante los desafíos actuales, ya sean los “discursos del odio” en la calle o la bulimia expresiva de Internet, el jurista propone la misma receta que sus clásicos: “Las palabras solo se contrapesan con más palabras y los discursos con más discursos”.

No olvidó Santiago Muñoz Machado a los juristas que le precedieron en la RAE. El primer discurso leído en la Academia en 1847 fue el de Alejandro Oliván, considerado uno de los padres del Derecho Administrativo español. Y a Muñoz Machado le consideran el gran renovador del Derecho Público, tras una larga trayectoria académica —logró la cátedra a los 30 años— e investigadora, con una treintena de publicaciones. Pero al nuevo académico le apasiona la historia. Uno de sus últimos libros es Sepúlveda, cronista del emperador, donde rescata de un olvido de 500 años la figura del contradictor de Bartolomé de las Casas. “Se le conocía como el malo de la película y el ideólogo de la mano de hierro del emperador, pero hay otros aspectos notables, como que fue el mayor traductor de Aristóteles del siglo, preceptor de Felipe II, consejero de los papas y uno de los grandes renacentistas que polemizó con Lutero”, observa el biógrafo. Tal vez sea la inclinación histórica la que le ayude a elegir una buena palabra con “r”: revolución. Confiesa que le gustan los cambios bruscos de las cosas que no funcionan.

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