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terça-feira, 12 de abril de 2011

FUNDÉU





PRÉSTAMOS LEGÍTIMOS Y PRÉSTAMOS INNECESARIOS

A nadie se le ocurriría hoy discutir el uso de la palabra club. Está tan incorporada al español que hasta en el Breve diccionario etimológico de la lengua castellana de Joan Corominas, la entrada es corta y elocuente: «club med. S. XIX. Del ingl. club íd.».

Pero hay ahora otra palabrita inglesa, importada del periodismo de moda, que empieza a fastidiar a algunos lectores y es tip . Fundéu, la Fundación del Español Urgente, contestó así en su sitio ( www.fundeu.es ) a las consultas recibidas: «Tip es un anglicismo innecesario. Se recomienda emplear palabras españolas como consejo, clave, dato, recomendación ... en lugar del anglicismo tip , cuyo significado es 'consejo o dato práctico'. Así, frases como: «A continuación 10 tips para eliminar el acné»; «En el curso proporcionará tips para mejorar la imagen personal» deberían haber sido «A continuación 10 consejos para eliminar el acné»; «En el curso proporcionará claves para mejorar la imagen personal».

No sabemos qué destino correrá tip en nuestro idioma, aunque hay que reconocer que es una palabra extremadamente breve, ideal para construir un título periodístico.

Los préstamos de vocabulario entre lenguas son a veces hasta necesarios. Por ejemplo, es interesante enterarse de que, para el escritor y crítico literario argentino Ricardo Saénz Hayes (1888 - 1976), en su introducción a los Ensayos de Miguel de Montaigne (Aguilar, 1962), uno de los primeros traductores al inglés, Giovanni Florio, en 1603 tuvo que inventar palabras: «Florio vence las dificultades inventando palabras, incorporadas por él al uso familiar, verbigracia: conscientious, tarnish, comfort, amusing, regret, effort, emotion. Por donde, merced a la traducción de los Ensayos , el pueblo inglés puede disponer de más voces para expresar sus estados de sensibilidad: el de lo confortable, tan genuinamente británico, sin el vocablo que lo concretara».

No es el caso de tip. Ya vimos que hay varias palabras que cubren perfectamente todos sus significados. Pero en otros ejemplos, se va más allá del vocabulario. El lector Mariano Vitetta, traductor público de inglés, envió un correo electrónico cuyo asunto es «La traducción sí importa». Escribe Vitetta: «En la nota "La polémica boda real le quita el sueño a Guillermo" del 2/4, hay un párrafo cuya redacción es, cuando menos, extraña. Dice así: "¡Toda la cosa por completo! -exclamó el príncipe-. Le estaba justamente diciendo a todo el mundo aquí que el otro día hice un ensayo y mis rodillas empezaron a temblar nerviosamente. Es una experiencia que se presenta bastante intimidante, pero también excitante».

«Toda la cosa por completo! definitivamente no es un giro idiomático en español -señala Vitetta-, pero sí lo es en inglés, donde la palabra thing ('cosa') se utiliza con más laxitud. Probablemente, la frase original haya sido The whole thing completely! , que sí suena bien en inglés», razona Vitetta, y agrega: «En esa misma oración, sobra un circunstancial de lugar: aquí ; en inglés sí es idiomático decir everyone here (o construcción similar), pero no en español, lengua en la que basta con decir todo el mundo . Suena anglicada, también, la frase «mis rodillas empezaron a temblar», dado que el uso del pronombre posesivo para partes del cuerpo es frecuente en el idioma de Shakespeare, pero suena artificial en español, idioma en el que naturalmente diríamos: «me empezaron a temblar las rodillas», utilizando el artículo determinado plural en femenino.

«También se le hace decir al príncipe que la experiencia que se avecina (su casamiento) le resulta excitante . Probablemente, esta palabra haya quedado como traducción acrítica de exciting, que en inglés quiere decir 'emocionante', 'fascinante' o 'apasionante', entre otros equivalentes».

Y el lector concluye diciendo que le gustaría que sus reflexiones sirvieran para dejar en claro que «la calidad de la traducción sí importa, aunque el texto de que se trate sea extremadamente corto, como en este caso».

Publicado 12/04/2011
Graciela Melgarejo
www.lanacion.com.ar (Argentina)
Lunes 11 de abril de 2011

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Recomendación del día

pendiente de, no pendiente a

El adjetivo pendiente, cuando significa ‘atento, preocupado’, se construye con la preposición de y no con a, tal como señala el Diccionario panhispánico de dudas.

Sin embargo, en ocasiones se emplea inapropiadamente el adjetivo pendiente con la preposición a: «Estará también pendiente a los resultados de la próximas cumbres europeas»; «Dos profesionales estaban pendientes a concluir la carrera...»; «Blanco indicó que hay que estar pendiente a lo que determine la Justicia».

En los anteriores ejemplos lo correcto hubiera sido: «Estará también pendiente de los resultados de la próximas cumbres europeas»; «Dos profesionales estaban pendientes de concluir la carrera... »; «Blanco indicó que hay que estar pendiente de lo que determine la Justicia».

segunda-feira, 11 de abril de 2011

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Recomendación del día

los demostrativos este, ese, aquel no se acentúan

Según las reglas ortográficas, los demostrativos (este, ese, aquel) no deben acentuarse, sean adjetivos («aquellos chicos», «esta situación») o pronombres («quiero esa», «he visto a aquellos»).

Tradicionalmente era preceptivo tildar los pronombres demostrativos («quiero ésa», «he visto a aquéllos»), y a partir de mediados del siglo pasado empezó a recomendarse esa tilde solo en los raros casos en los que el pronombre podía confundirse con un adjetivo.

Sin embargo, la nueva edición de la Ortografía de la lengua española recomienda prescindir de la tilde en todos los casos.

sexta-feira, 8 de abril de 2011

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Recomendación del día

clase preferente mejor que business class

Es innecesario el uso del anglicismo business class ya que en español a esta categoría se le denomina clase preferente, primera clase o clase ejecutiva.

En las últimas noticias sobre los viajes de los eurodiputados, los medios de comunicación emplean con frecuencia business class en lugar de clase preferente: «Los eurodiputados del PP y del PSOE no quieren dejar de viajar en business», «El vuelo de un eurodiputado español: 1 514 euros en business».

Se recomienda que para referirse a este tipo de billetes se traduzca business class por clase preferente, primera clase o clase ejecutiva, de la misma manera que hablamos de clase turista o segunda clase y no de tourist class; o bien que se opte, sencillamente, por preferente, primera y turista.

2da. Recomendación del día

hub es en español centro de operaciones o centro de conexión
El término inglés hub puede traducirse al español como centro de operaciones, centro de conexión o centro de distribución.

Se ha detectado en la prensa, especialmente cuando se refiere a aeropuertos de importancia, el uso del anglicismo hub: «Continental vuela a Berlín, Frankfurt, Hamburgo y Munich desde Nueva York-Newark y Frankfurt desde su 'hub' en Houston»; «El objetivo es conseguir que el aeropuerto de El Prat sea un hub».

En español existen las expresiones centro de operaciones o centro de conexión para referirse a estos puntos de intercambio o distribución.

Por tanto, en las informaciones citadas hubiera sido mejor escribir: «Continental vuela a Berlín, Frankfurt, Hamburgo y Munich desde Nueva York-Newark y Frankfurt desde su centro de operaciónes en Houston»; «El objetivo es conseguir que el aeropuerto de El Prat sea un centro de conexión».

quinta-feira, 7 de abril de 2011

LOS ARGENTINOS Y EL IDIOMA


Incorporan los argentinos «malas palabras» al lenguaje cotidiano



Los argentinos han incorporado a su lenguaje cotidiano en los últimos años las llamadas «malas palabras» e incluso términos como pelotudo o boludo son habituales en los medios masivos de comunicación de este país sudamericano.

En la televisión argentina, por ejemplo, no importa que sea la mañana, la tarde o la noche porque a cualquier hora los conductores e invitados se insultan, casi siempre en tono jocoso.

En países como México causaría escándalo la informalidad y naturalidad con la que los argentinos usan, en pláticas de amigos y medios masivos, las «malas palabras», cuya definición ha sido discutida por escritores y especialistas de la lengua.

De hecho, fue el escritor argentino Roberto Fontanarrosa quien animó a defenderlas en el Congreso Internacional de la Lengua Española que se realizó en el 2005 en la ciudad de Rosario, distante 312 kilómetros de Buenos Aires.

«La pregunta es: ¿Por qué son malas las malas palabras?, ¿Quién las define?, ¿Son malas porque les pegan a las otras palabras?, ¿Son de mala calidad porque se deterioran y se dejan de usar?», dijo al pedir una amnistía a favor de su expansión y uso.

Ante los reyes de España, presentes en el Congreso, Fontanarrosa advirtió que hay palabras, de las denominadas malas, que son irremplazables por sonoridad, fuerza y contextura física.

Se refirió, por supuesto, al famoso pelotudo, porque sustituir esta acepción por su sinónimo, que es tonto, carecería de sentido, peso y gracia, al igual que si los argentinos dejaran de utilizar el popular boludo y se quisiera insultar diciendo el insulso torpe.

Más allá de las ironías, el presidente de la Academia Argentina de las Letras, Pedro Luis Barcia, advirtió que el problema del lenguaje en este país sudamericano no es por las «malas palabras» sino por la drástica reducción del uso del vocabulario.

En varios de sus documentos la Academia ha denunciado que hace una década los jóvenes argentinos utilizaban un promedio de mil doscientas palabras para comunicarse, pero hoy esa cifra es sólo de seiscientas.

Respecto a las palabras, Barcia señaló que, en rigor, no hay «buenas o malas» sino intencionalidades de los hablantes y contextos «porque el uso de vocablos o frases gruesas es lo que se espera en determinadas situaciones, es lo apropiado».

De ahí que no sea lo mismo insultar a un conductor que te rebasa a exceso de velocidad que a un amigo con la misma frase ofensiva a su madre en una reunión social en la que se están haciendo bromas.

Lo mismo aplica para las cotidianas forro (abusivo), sorete (una porquería de persona) y cagada (mala decisión o actuación que perjudica a otro) ya que, según el contexto en el que se las diga, pueden ser o no malas palabras.

Publicado 07/04/2011
Cecilia González. Notimex
SDPnoticias.com
Miércoles, 6 de abril del 2011

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Recomendación del día

se enteró de que, no se enteró que

La expresión correcta es se enteró de que y no se enteró que, pues es incorrecto suprimir la preposión de.

Con frecuencia se ve en los periódicos la expresión incorrecta se enteró que: «Camps no pudo ocultar su euforia cuando se enteró que Zapatero acababa de renunciar a las elecciones generales de 2012»; «Cabe recordar que ambos cortaron cuando Miller se enteró que Jude tonteaba con la niñera de sus hijos».

El verbo enterarse exige un complemento introducido por de («se enteró de su buena suerte»), aun en los casos en que de vaya seguida de que («se enteró de que tenía buena suerte»); la supresión de la preposición lleva al error llamado queísmo, según explica el Diccionario panhispánico de dudas.

En consecuencia, en los ejemplos citados debió escribirse: «El procesado ha apuntado que se enteró de que Martí, que ha dicho traficaba con drogas y hacia pagos a policías, hacía correr el rumor»; «Cabe recordar que ambos cortaron cuando Miller se enteró de que Jude tonteaba con la niñera de sus hijos».

quarta-feira, 6 de abril de 2011

ANUMERISMO E OTRAS INCULTURAS


El 'anumerismo' también es incultura

Saber pocas matemáticas nos convierte en ciudadanos más manipulables - El desconocimiento de los números carece del reproche social que provocan otras ignorancias
Fuente: El País - BERNARDO MARÍN 06/04/2011


Comprar un décimo a Doña Manolita "porque ahí cae mucho" sin tener en cuenta la enorme cantidad de números que despacha esa administración de lotería. Traducir del inglés la palabra billion por "billón" sin considerar que en español ese término designa una cifra mil veces mayor. Asumir sin el menor sentido crítico el titular "ocho autonomías, por debajo de la media en gasto sanitario", sin preguntarnos qué tendrá de extraordinario la noticia.
"En un restaurante a nadie le preocupa decir 'haz la cuenta", critica un experto
Muchas confusiones vienen de la dificultad de abarcar cifras grandes
En matemáticas, España está a 11 puntos de la media de la OCDE
"Antes el que destacaba era un bicho raro, ya no", dice una profesora
Estos tres ejemplos son síntomas de anumerismo,la incapacidad en diversos grados para desenvolvernos en el universo de las cifras. La palabra la popularizó hace 23 años el matemático estadounidense John Allen Paulos en El hombre anumérico (Tusquets), un ensayo que ya es un clásico. Y aunque el término no ha entrado en el diccionario, describe una realidad vigente, un tipo de ignorancia que puede afectar a personas cultísimas en otras ramas del saber. Su precio, según Paulos, es alto. "Usted puede elegir entre tener o no ciertas nociones numéricas pero si no las tiene será más manipulable". Y más proclive a dejarse engañar por charlatanes y pseudocientíficos.
Emilio Lledó, profesor de Historia de la Filosofía y académico, reivindica también las matemáticas como una luz para alumbrar un mundo de manipulación informativa. "Esta ciencia es una lucha constante con la verdad porque en ella, en su exactitud, no caben las ideas mentirosas". Lledó recuerda su etimología: del griego máthema, aprender. Y no solo aprender, sino experimentar. Y no solo experimentar, sino deducir. Y no solo deducir, sino demostrar. Y no solo demostrar, sino estar en contacto con lo verdadero. "Y todo esto", lamenta, "no puede estar muy de moda en un universo que tiende a la falsedad".
A la lucha contra los efectos perniciosos del anumerismo dedica la Real Sociedad Española de Matemáticas su centenario en este 2011. Un combate difícil porque, según su portavoz, Adolfo Quirós, profesor de la Universidad Autónoma, este tipo de analfabetismo no tiene el reproche social de otras carencias. En una reciente entrevista en este diario, Quirós razonaba: "En un restaurante a nadie le preocupa decir 'haz la cuenta'; pero nos cortaría mucho pedir que nos leyeran el menú". "Ahora hay máquinas que lo hacen todo, pero tenemos que saber cuándo nos sale un disparate con una calculadora". Su organización pretende convencer a la gente de que esas cifras que le aterran representan cuestiones de la vida diaria y desentrañarlas ayuda a comprender la realidad.
Quirós propone un ejemplo de cómo saber de números nos vuelve ciudadanos mejor informados: al presentar la decisión de reducir la velocidad en carretera a 110 kilómetros por hora, el Gobierno aseguró, en un primer momento, que se pretendía ahorrar "el 15% en la gasolina y el 11% en gasóleo". Si no hacemos un mínimo esfuerzo intelectual asumiremos las cifras sin más. Una reflexión rápida demuestra que el dato no se sostiene: muchos vehículos no alcanzan los 120 km por hora. Y otros se mueven solo o preferentemente por ciudad. El resultado es que el ahorro real se acerca más al 3% del total de combustible, 90 millones de litros al mes, la cifra que dio más tarde el Ejecutivo. Una cantidad notable, pero muy por debajo de la primera. Situar la cuestión en términos cabales nos permite dar fundamento a nuestras opiniones y tomar decisiones más responsables.
Una buena parte de las confusiones provienen de nuestra dificultad para manejar cifras muy grandes, por ejemplo, el número de asistentes a una manifestación. Antes de que iniciativas como las del Manifestómetro pusieran coto a la hiperinflación de asistentes, 300.000 personas parecían pocas para algunas concentraciones. Ahora sabemos que alcanzar esa cifra tiene mucho mérito. "Hagamos la prueba", dice Quirós, "de visualizar ese número". Por ejemplo, esas 300.000 personas ocuparían, a 60 por autobús, unos 5.000 autobuses. Y a 12 metros por vehículo, pegados el uno junto al otro, formarían una hilera de 60 kilómetros que llegaría de Madrid hasta Guadalajara. Y ahora ¿es pequeña una manifestación con 300.000 participantes?
Para Raúl Ibáñez, profesor de la Universidad del País Vasco, esa dificultad para abarcar mentalmente las grandes cifras constituye un primer grado del anumerismo que padecemos todos en mayor o menor medida. En un segundo escalón sitúa a las personas que, teniendo unos conocimientos básicos de matemáticas, se bloquean cuando se enfrentan a una fórmula. Por último, están los que no tienen las más mínimas nociones numéricas, equivalentes en otro plano a los que no saben leer.
¿Los medios de comunicación andan un poco mejor de matemáticas o contribuyen a amplificar los disparates? Josu Mezo, profesor de la Universidad de Castilla-La Mancha, lleva siete años comentando en su blog Malaprensa los errores -numéricos pero también de concepto o de sentido común- que cometemos los periodistas. Cree que muchos errores recurrentes ya no se repiten, aunque otros están enquistados. "Hace poco volví a ver ese titular de 'las comunidades con mayor número de denuncias -en términos absolutos- son Madrid, Cataluña y Andalucía"... "Pues claro", ironiza, "son las más pobladas, la noticia sería que fuera La Rioja".
Para Mezo la cuestión no es tanto de falta de habilidades, como de no estar alerta. Muchos periodistas, dice, "no tienen activado el nopuedeserómetro". "Saben hacer un porcentaje o una regla de tres, pero no tienen la rutina de pensar si algo tiene lógica, de compararlo con otros datos que conocen para saber si es un disparate". No cree que los profesionales de los medios estén mal formados, pero sí que muchos tienen una vocación literaria o quieren intervenir sobre el mundo. "No se dan cuenta de que su reto se parece más al de un científico que al de un escritor: deben entender y contar la realidad". Y le asombra que los planes de estudio no incluyan materias específicas para aprender a indagar.
Ibáñez coincide en no vendría mal a los periodistas una formación extra en matemáticas. Y alerta de un error frecuente en las informaciones: muchas noticias dan datos desnudos que no significan nada si no se comparan con otros. Pone como ejemplo un titular reciente: "El 87% de los conductores involucrados en atropellos son hombres". Y se pregunta: "¿Sabe el periodista qué porcentaje de conductores son de sexo masculino? Porque sin ese dato, la noticia no dice nada".
¿Se enseñan mal las matemáticas en España? El informe PISA, de 2009, sitúa a nuestros alumnos 11 puntos por debajo de la media de la OCDE (485 frente a 496), pero en niveles similares a los de compresión lectora o ciencia.
Los profesores de matemáticas, como los del resto de asignaturas se quejan de falta de tiempo y de la masificación de las aulas. Pero apuntan otros problemas específicos. Mercedes Sánchez, profesora asociada a la Universidad Complutense, señala que los chicos desarrollan la inteligencia abstracta a edades distintas y ahí se abre una brecha enorme que solo una enseñanza más personalizada podría cerrar porque "un niño en la masa se pierde". María Gaspar, presidenta de la Olimpiada Matemática Internacional que se celebró en Madrid en 2008, coincide en que la falta de tiempo es uno de los problemas: "Esta materia es muy constructiva, hay que subir los escalones uno a uno para quemar etapas". Añade otra dificultad: "Las matemáticas requieren trabajo constante, un esfuerzo que no todo el mundo está dispuesto a hacer". Y recuerda que la asignatura ha estado marcada por un cierto estigma: "Antes, el que destacaba era un bicho raro, ahora, los compañeros reconocen su valía".
En este punto del debate, Lledó recuerda un chiste "estupendo" de El Roto: "Las carreras con más futuro son las de caballos, dejo la Universidad y me paso al hipódromo". Esta reflexión toca un problema fundamental, según Lledó: "Se está enseñando a los chicos solo a ganarse la vida, que es la manera más triste de perderla". "Hacen falta", reflexiona, "profesores que entusiasmen y eso se pierde en una Universidad absolutamente pragmatizada, mera transmisora de mecanismos vacíos para resolver problemas. Y al final no se profundiza en ese otro asunto, el del cosmos extraordinario del universo abstracto que los seres humanos han sabido crear durante miles de años". Un conocimiento con beneficios, además, para el estudio de otras materias. Porque las matemáticas son "una buena medicina para la fluidez del pensamiento, un mundo de universos ideales que ayuda a la construcción de cualquier realidad".
¿Por qué se acepta con tanta indulgencia la frase "soy de letras" para excusar la falta de nociones muy básicas? "Nadie debería enorgullecerse", opina el filósofo Fernando Savater, "quizá es así porque es más fácil que en una tertulia salga un tema de cualquier otra materia". Savater reconoce que las matemáticas no son lo suyo pero admite que "mal se pueden entender determinados campos del conocimiento sin saber nada de números".
En su terreno, la filosofía, ha habido grandes matemáticos, como Platón -cuya academia estaba presidida por el cartel "nadie entre aquí que no sepa geometría"-, Descartes, Russell... pero también pensadores alejados de los números, como Nietzsche. "Si uno quiere dedicarse a la filosofía de la Ciencia, son imprescindibles; no tanto si se va a centrar en la metafísica". En su caso, sí le hubiera gustado saber más de matemáticas. "Estoy avergonzado, cuando mi hijo empezó el bachillerato le empujé a hacer el que combina letras y ciencias, para que no fuera como yo", dice Savater. Pero se resigna: "Es una carencia, pero uno tiene tantas...".
Recapitulamos. Las matemáticas tienen una aplicación práctica en otras ramas del saber. Ayudan a entender el mundo en el que vivimos, a tomar mejores decisiones, a ser ciudadanos más responsables y a vacunarnos contra la manipulación. Pero también pueden proporcionar alegría. Bertrand Russell decía en su ensayo La conquista de la felicidad que si no se había suicidado en su adolescencia fue porque quería saber más de matemáticas. Sin tanto dramatismo pero con el mismo entusiasmo, Lledó se emociona hablando de un mundo que no es estrictamente el suyo. "Tengo un hijo matemático y me doy cuenta de lo que goza con lo que descubre. Intenté leer su tesis doctoral, no entendía mucho pero sí me daba cuenta de que hablaba de un universo maravilloso". ¿Por qué esa fascinación por una realidad que ni siquiera podemos ver? "Tal vez porque somos fórmulas perfectas en un universo hilado en deducciones, análisis, intuiciones...", concluye Lledó.

Cuando los números contradicen a la intuición
El profesor Raúl Ibáñez, profesor de la Universidad del País Vasco y Premio J. M. Saviron de divulgación científica 2010, propone cuatro ejemplos de la vida cotidiana, algunos ya comentados por John Allen Paulos, que demuestran que saber un poco de matemáticas impide que nos dejemos engañar por las falsas apariencias.
- Coincidencia de cumpleaños. En ocasiones nos sorprendemos por "coincidencias" que no son extraordinarias. Por ejemplo. En una comida con 25 personas dos cumplen años el mismo día. La probabilidad de que eso suceda puede parecernos bastante baja, ya que hay 366 fechas posibles. Pero no lo es. A partir de 23 personas ya hay un 50% de probabilidades de que dos compartan día de nacimiento. Con 30 personas supera el 70%. Y en una reunión de 70 pueden apostar lo que quieran con garantías de ganar: supera el 99%.
- Saber y ganar. El concursante de un programa de televisión se enfrenta a la prueba final, en la que hay tres puertas. Detrás de una de ellas hay un coche, y tras las otras dos, nada. Elige una y el presentador ordena abrir alguna de las otras dos, siempre una sin premio. Entonces, tienta al concursante: "¿Desea cambiar de puerta?". La intuición nos dice que da igual, que tendremos un 50% de probabilidades de acertar. Pero no es así. Si nos quedamos en la misma solo tendremos una probabilidad de 1/3 (33%) de conseguir el premio, igual que al principio. Pero si cambiamos, la probabilidad de obtener el coche será de 2/3: seremos ganadores siempre que nuestra primera opción no fuera la correcta. Y partíamos con un 66% de probabilidades de equivocarnos.
- Diagnóstico terrible. Nos hacen una prueba para averiguar si padecemos una grave enfermedad que afecta a una de cada 200 personas. El análisis tiene el 98% de fiabilidad, esto es, falla el 2% de las veces. Damos positivo. ¿Debemos asustarnos? Sí, pero no en exceso. La probabilidad de que padezcamos el mal es del 20%. De cada 10.000 personas, unas 50 tendrán la enfermedad. De ellas, 49 obtendrán un resultado positivo en la prueba y una dará negativo (por el margen de error). En cuanto a la población sana (9.950 personas), 9.751 darán negativo y 199 positivo. Luego la mayoría de las personas diagnosticadas del mal en ese análisis (199 de 248) serán en realidad falsos positivos (80%).
- ¿Es tan improbable? 30 personas van a una fiesta y dejan su sombrero en un perchero. A la salida, cada una toma uno sin fijarse bien si es el suyo. ¿Qué probabilidad hay de que ninguna acierte? La intuición nos señala que es muy difícil que suceda, pero no lo es tanto. La probabilidad de que ninguno de los asistentes se lleve su sombrero es de alrededor del 37%. Aproximadamente la misma, por cierto, que la de que acierte solo uno.


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