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quarta-feira, 8 de agosto de 2012
HISTORIA DE LA FELICIDAD
El ser humano siempre ha aspirado a alcanzar la felicidad; de hecho, es un instinto evolutivo que ha permitido a nuestra especie sobrevivir. Y, sin embargo, en cada momento histórico se ha entendido por felicidad algo completamente distinto
Cristina Sáez para La Vanguardia -España
Para una joven de hoy - en una sociedad industrializada con todas sus necesidades cubiertas es posible que tres kilos menos representen la felicidad. Para una del siglo XVII - en una sociedad acostumbrada a la penuria tres kilos menos podían ser la desgracia. El sentimiento es unánime: todos, de una manera o de otra, pretendemos, aspiramos, deseamos ser felices. Pero la felicidad es un concepto relativo, porque no encontraremos dos personas que sean dichosas exactamente de la misma manera. Sin embargo, si hiciéramos la comparación entre nosotros y nuestros abuelos o nuestros ancestros medievales, la diferencia se convertiría en abismo: a lo largo de la historia la felicidad no ha significado nunca lo mismo, ni nunca ha sido, como ahora, una prioridad.
Desde que el ser humano pisa la faz de la Tierra ha tratado de algún modo u otro de encontrar la dicha. Y de eso hace ya 400.000 años. Dicen los científicos que si no, no hubiéramos podido sobrevivir. Que si la mayoría de los individuos de la especie no se hubieran sentido satisfechos o no hubieran tratado de conseguirlo, se habría autodestruido, habrían perdido interés por la procreación y, probablemente, se habrían extinguido. Tratar de ser feliz es un mecanismo evolutivo impreso en nuestros genes. Y, sin embargo, "el concepto es tan indeterminado-do que aunque todo el mundo desee conseguirla, nadie puede decir de forma definitiva y firme qué es lo que realmente desea y persigue", advirtió ya en el siglo XVIII el filósofo alemán Emmanuel Kant. No sólo nos resulta complicado definir qué es la felicidad, sino también qué nos hace felices. Hagan la prueba, realicen una pequeña encuesta a su alrededor y pregunten a quienes les rodean qué les hace felices; con toda seguridad, obtendrán tantas respuestas distintas como personas encuestadas.
"Probablemente, las cosas concretas que nos hagan felices sean bastante diferentes de una persona a otra, pero, desde un punto de vista psicológico, el mecanismo es bastante parecido", explica Asun Mena, psicóloga y directora de Quid, una consultoría especializada en estudios sociológicos y mercado. "La felicidad se ha definido de muchas formas, a menudo como un estado de búsqueda y desde perspectivas más dinámicas de la psicología, como la realización del deseo. Y los deseos pueden ser muy distintos, desde estar muy bien con mi familia, hasta unas vacaciones en Bali o que mi empresa vaya bien".
Las personas mayores, para sentirse bien, suelen valorar mucho las relaciones y la seguridad económica, mientras que para los jóvenes tiene más peso su imagen y el grupo al que pertenecen. Incluso a lo largo de la vida experimentamos la felicidad de distinta forma.
Y si esa diferencia es tan importante entre una persona y otra, cuando la comparación es entre periodos históricos distintos la distancia es, sencillamente, sideral. Pongamos por caso a un hidalgo en la España del siglo de oro. Su felicidad "radicaba en su honor, aunque no tuviera qué comer - explica la historiadora y escritora María Pilar Queralt del Hierro, autora de “Mujeres de vida apasionada” (La Esfera de los Libros, 2010)-. En cambio, hoy en día preferimos comer aunque para ello haya que robar, o estafar, o malversar fondos públicos. Para Don Quijote la felicidad consistía en deshacer entuertos, mientras que Tales de Mileto consideraba que sólo se podía ser feliz con un cuerpo y un alma sanos, y fortuna".
Aunque solemos dar por sentado que tenemos derecho a ser felices, se trata de una idea bastante reciente, como explica el historiador Darrin Mc-Mahon en “Una historia de la felicidad” (Taurus,2005). Es más, esa idea procede de la Ilustración, en el siglo XVIII. Sin embargo, del concepto de felicidad se empezó a hablar mucho antes. La mención más antigua que se conserva es del siglo VIII a. C., y, como ocurrió durante toda la antigüedad, estaba ligada a la tragedia. De llegar, era algo que simplemente sucedía, no se podía hacer nada por conseguirla, de manera que la gente, impotente, esperaba resignada.
De hecho, esa relación entre la dicha y la fortuna marcó el nacimiento de vocablos en la mayoría de las lenguas indoeuropeas para designar este concepto. Happiness proviene del inglés medio happ que significa ocasión, fortuna. El término francés, bonheur, procede de bon (bueno) y heur (suerte o fortuna). En italiano, español, portugués y catalán, felicità, felicidad, felicidade y felicitat derivan del término en latín felix, que a veces significa suerte y, otras, destino. Y, curiosamente, aunque es en los albores de la humanidad cuando se empieza a relacionar la felicidad con el azar, la mayoría de las palabras que surgen para denominar este concepto no aparecen hasta mucho después, hasta la edad media, una época en que la gente era de todo menos feliz en este planeta.
Pongámonos en la piel de un campesino del siglo XI e imaginemos la extrema pobreza, las terribles epidemias, el hambre, las guerras y la violencia, la tiranía... Pocos motivos había para ser feliz, salvo la propia supervivencia - aunque en esas condiciones la supervivencia no parece precisamente el mejor de los destinos, y... Dios. Durante siglos, el cristianismo establecería una asociación, apuntada ya por Aristóteles, entre felicidad y Dios, y la asociaría a paraísos prometidos. En la edad media, todo el mundo tenía derecho no a ser feliz, sino a albergar la esperanza de serlo en otra vida. Y por aquella recompensa las personas soportaban todo tipo de sufrimientos terrenales.
El Renacimiento hace tambalearse este entramado ideológico, porque, en la medida en que - al menos para los intelectuales de la época - el centro del mundo deja de ser Dios, pierde sentido la idea de que la felicidad está en el cielo. Además, los avances tecnológicos del final de la edad media permitieron mejorar determinados aspectos de la calidad de vida de los europeos que les permitieron mirar el mundo y su propia vida desde un prisma distinto. "A partir del humanismo, en el siglo XV, con las corrientes vinculadas a los epicúreos, se vuelve a ligar el placer a la felicidad - apunta la historiadora y escritora María Pilar Queralt-. El humanista, orador, educador y filósofo italiano Lorenzo Valla y más tarde el pensador inglés John Locke, considerado el padre del empirismo y del liberalismo moderno, pensaban que la felicidad era el máximo placer que se podía obtener. En este sentido, es una postura ante la vida mucho más hedonista; y la felicidad empieza a tener un significado más social: es aquel placer o estado placentero que se puede extender a un mayor número de personas".
Ahora imaginemos a ese campesino del siglo XI siete siglos después. Es cierto, en el Renacimiento ya sabe que se puede conseguir la felicidad, pero es probable que ese estado esté reservado sólo a unos privilegiados. En el siglo XVIII se producen notables mejoras en agricultura - mejoran las cosechas y disminuyen las hambrunas, sanidad y empieza la revolución industrial. La población europea se dispara y ese campesino del siglo XI ve, ahora, como la subsistencia está algo más garantizada. A partir de este momento aspira a alguna cosa más.
Y es entonces cuando surge la idea moderna de felicidad como derecho del individuo. En la Ilustración filósofos como Voltaire y Rousseau afirman que felicidad no es un capricho del destino, ni tampoco un don divino que uno recibe como premio a un buena conducta en vida, sino algo que todos deberíamos alcanzar en la Tierra, aquí y ahora. "El ser humano tiene derecho a ser feliz y es misión del gobernante conseguirlo", puntualiza Queralt. La importancia que se le da a este concepto es tanta que dos textos fundamentales en la política de la época - y también en la actualidad- como son la Declaración de Independencia de Estados Unidos (1776) y la Declaración de los Derechos del Hombre (Francia, 1789) establecen el derecho a "la felicidad de todos". "Los seres humanos iniciaban una grandiosa búsqueda que todavía continúa", señala McMahon.
¿Quiere esto decir que nuestros antepasados del siglo XIX ya pensaban en términos parecidos a nosotros sobre la felicidad? Pues tampoco, porque los cambios operados en las sociedades occidentales en los últimos 200 años han sido de un calado enorme y nuestra visión del mundo ha variado con ellos. Volvamos al ejemplo del campesino que encontramos anteriormente en el siglo XI y que habíamos dejado en el siglo XVIII. A mediados del siglo XIX, las condiciones de vida del campo le asegurarían la subsistencia, pero le permitirían salir de la pobreza, por lo que tal vez debería emigrar a la ciudad, donde trabajaría en una fábrica siete días a la semana para asegurar una vida más o menos próspera. Quizás, viviría en unas condiciones que hoy juzgaríamos como próximas a la esclavitud, pero, en aquel momento, posiblemente le acercaran más a su idea de la felicidad. Y es que en la ciudad tendría más acceso a los avances tecnológicos, a una sanidad notablemente mejor y, con suerte, a educación para sus hijos, que, lejos del campo, azotado por enfermedades, tendrían, además, más posibilidades de sobrevivir.
Puede ser que la felicidad sea inalcanzable como dicen muchos, pero es que además, como hemos visto hasta ahora, es mutante a lo largo del tiempo. Y si colocamos la lente sobre nuestro pasado más reciente veremos que los mismo cambios acaecidos durante siglos se han producido también, y en ocasiones de forma acelerada, en el caso de nuestro abuelos y de nuestros padres. Los primeros vivieron épocas de penurias y una guerra civil, y tal vez, su prioridad sería poder vivir con tranquilidad satisfaciendo sus necesidades básicas y alimentar a su familia gracias a un empleo fijo. Tal vez su felicidad se encontraba justo ahí, en ese pequeño negocio o en ese puesto de trabajo para toda la vida, un concepto que hoy parece pertenecer a la noche de los tiempos.
¿Y para nuestros padres? Para ellos - sigamos imaginando-, que tenían resuelta en buena medida la subsistencia gracias a los avances científicos y tecnológicos apabullantes del siglo XX que mejoraron las condiciones sanitarias y la salud, la dicha estaba en mejorar su bienestar y en garantizar unos estudios a los hijos.
Para nosotros, en cambio, las prioridades han cambiado. En el primer mundo, con una esperanza de vida al nacer que prácticamente dobla la de principios de siglo y con las necesidades básicas más que cubiertas, la felicidad, además, está en otras cosas: disfrutar de los placeres de la vida, tender hacia la realización personal... No es casualidad probablemente que la segunda mitad del siglo XX haya visto florecer las aficiones y los hobbies, y posiblemente tampoco lo sea que, con una esperanza de vida que supera los 80 años, la gente tenga bastante claro que una pareja no tiene que ser necesariamente para toda la vida.
Pero, en buena parte, en la segunda mitad del siglo pasado, nuestra felicidad ha tenido que ver con el consumo. Para el filósofo francés Pascal Bruckner, autor del libro “La euforia perpetua”. Sobre el deber de ser feliz (Tusquets, 2001), el problema es en buena medida que se ha confundido bienestar con felicidad. "Hay una aparición de las nuevas necesidades que tiene que ver con el confort, que son bienes materiales. Y es como si esos bienes se personalizaran de tal manera que nos individualizan, como el ordenador, el iPod, o el móvil".
Desde la década de los 50, la esperanza de vida ha aumentado en cantidad pero también en calidad. La Segunda Guerra Mundial, señala María Pilar Queralt, acabó con los fascismos, y se pensó que quedaba entonces garantizado un mundo libre; se había superado la crisis del 29, por lo que se abrió un periodo de bonanza económica sin precedentes; el auge de la ciencia y la técnica permitía augurar un mundo sin enfermedades y sin distancias. Todo eso propició la sensación de que ya estaba todo conseguido y que aquel era un mundo en el que el esfuerzo no era un mérito, como podía serlo en el siglo XIX. Por ello, "ahora tienes que ser feliz, es casi una obligación".
Se estableció un sistema basado en el incentivo del consumo, en el que el mercado se convertía en una fuerza reguladora de la economía, y la oferta y la demanda se generan mutuamente. Por primera vez en la historia, apareció un sistema de consumo masivo basado en el pleno empleo y en el aumento del poder adquisitivo de los ciudadanos. Y la felicidad requería, en buena medida, poder consumir. "Se confundía el tener con el ser", opina Queralt.
No obstante, desde comienzos del siglo XXI, para Asun Mena, el concepto de felicidad en los países occidentales está cambiando de nuevo, y el consumo no tiene ese papel protagonista, un cambio que, el tiempo lo dirá, posiblemente se esté viendo favorecido por la actual crisis económica. A comienzos de los años 90 aún imperaba el modelo consumista capitalista heredado tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. "La felicidad radicaba en conseguir ser alguien, en tener un estatus y la exigencia social era muy elevada, tanto que a veces teníamos que renunciar a la vida familiar y personal. Antes la trayectoria para llegar a la meta suponía dolor y sacrificio. Se basaba en el consumo, eras feliz si podías consumir". Pero ese modelo consumista, considera esta psicóloga social, se agotó.
En cambio, opina esta psicóloga social, el concepto que la sociedad occidental actual tiene del consumo se está transformando y dirigiendo hacia "ser tú mismo y experimentar. Damos más importancia al viaje que al destino en sí. Sabemos que queremos conseguir algo, pero el cómo lo hagamos es lo importante". Eso, dice Mena, nos causa menos frustración. Y es que, resume Queralt del Hierro, "el ser humano es cambiante, absorbe su entorno, los avances de su época, nunca puede tener un concepto anclado, estático, aunque se sigue pensando, fundamentalmente, tal y como decía Aristóteles, que para ser feliz había que tener tres clases de bienes: externos, como la riqueza o los honores; del cuerpo, como el placer y la salud; y del alma, como la contemplación y la sabiduría. La relación entre esos tres elementos en cada época cobra un valor diferente y se adapta para llegar al equilibrio. En historia, te das cuenta de que la felicidad es una posición ante la vida".
VOSEO
Vos
En algunas variantes del español americano se emplea la forma vos para el pronombre de segunda persona singular en lugar del tú estándar; normalmente esta variación está acompañada de una conjugación particular.
En el español de la península el vos fue, en un principio, tratamiento solo propio de nobles o como forma de respeto similar al actual usted (> vuestra merced). La irrupción de la forma vuestra merced, progresivamente contraída a usted, comienza a reestructurar el uso de los pronombres en España, de forma que vos comenzaba a usarse como fórmula de trato entre iguales y entraba en competencia con tú. Con el paso del tiempo el uso culto de España rechazó vos dejando usted como forma de respeto y tú para el uso familiar o entre iguales. La colonización de América a finales del siglo XVI se produce en el momento en que vos todavía se usaba para el trato entre iguales y con este valor se implantó en varias zonas como forma popular de tratamiento para la segunda persona del singular, pero perdió sus connotaciones de prestigio. En España solo sobrevive actualmente en una de las formas de la segunda persona del plural, vosotros. Los núcleos urbanos cultos de América que quedaron más expuestos a la influencia del español europeo siguieron la reestructuración de los pronombres de la península y rechazan el vos en favor del tuteo (casi todo México, las Antillas y Perú), mientras que en el resto el voseo ha sobrevivido, con distinta consideración, hasta la actualidad.
El voseo se presenta marcadamente en Argentina, Bolivia (este), Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Paraguay y Uruguay. Aparece, de maneras ligeramente distintas en Venezuela (noroeste), Colombia (occidente), Chile (centro) y Ecuador (norte). Menos frecuentemente y limitado a un ámbito familiar, el “vos” se puede encontrar en México (Chiapas), Colombia (costa pacífica), Ecuador (sierra), Chile (norte y sur)y en zonas más reducidas del interior de México (Tabasco), Panamá (Península de Azuero), Colombia (centro), Ecuador (sur) y Belice (sur). En el Perú, Puerto Rico y República Dominicana está extinto su uso.
Sólo en el ámbito del español rioplatense, español camba y centroamericano se emplea regularmente como forma prestigiosa; en otras regiones existe cierta diglosia entre ambas conjugaciones. En Argentina y Uruguay el “vos” ha incluso desplazado casi por completo al tú de las fuentes escritas. No obstante hay escritores rioplatenses que aún mantienen la forma clásica "tú" para sus obras de ficción, como Daniel Herrendorf (escritor franco-argentino, cf. sus obras "Evita, la Loca de la Casa" o "Memorias de Antínoo" o Mario Benedetti (poeta uruguayo). En Costa Rica el tuteo es evitado por completo en la conversación porque se considera pedantesco y está sancionado socialmente.
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Recomendación del día
el plural de plus es pluses
El plural del término plus es pluses, tal y como se indica en el Diccionario panhispánico de dudas.
Sin embargo, suele usarse como si su plural fuera invariable: «A ese dinero mencionado anteriormente hay que sumarle los plus por asistir a comisiones», «La medida afecta también a los plus por horario nocturno».
Los sustantivos monosílabos o polisílabos agudos que terminan en s o x forman el plural añadiendo -es, de modo que en los ejemplos citados lo adecuado habría sido escribir: «A ese dinero mencionado anteriormente hay que sumarle los pluses por asistir a comisiones», «La medida afecta también a los pluses por horario nocturno».
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terça-feira, 7 de agosto de 2012
CURIOSIDADES DEL IDIOMA ESPAÑOL
Hoy comparto con ustedes algunas curiosidades que encontré sobre nuestro lenguaje castellano.
1. EAOLS: La letra E es la más usada con 16.78%, seguida por la O (11.96%), la L (8.69%), y la S (7.88%). La menos usada es la W (0.01%)
2. El español contaba originalmente con dos acentos: el acento agudo (el que usamos hoy en día) y el acento circunflejo. El acento circunflejo (^) sobrevive en otras lenguas romances como el portugués. (circunflejo. 1. m. acento que se compone de uno agudo y otro grave unidos por arriba (^). En nuestra lengua no tiene ya uso alguno).
3. La mayoría de las palabras con H originalmente se escribían con F en su versión de latín. Ejemplo filius / hijo.
4. Las letras Ch y Ll fueron eliminadas por la Real Academia Española en el 1994.
5. La variación mexicana del español es la más hablada en el mundo con más de 100 millones de usuarios.
6. El español fue lenguaje oficial en las Filipinas hasta el 1973. En el 2010 se está reintroduciendo en el sistema educativo del país.
7. El voseo (uso de vos reemplazando el tú) es predominante en Argentina, Paraguay y Uruguay pero tiene también mucho uso en Nicaragua, San Salvador, Guatemala, Costa Rica y Honduras.
8. Al español se le conocía como “Cristiano” cuando los moros habitaban el sur de España y así diferenciaban de las personas que hablaban lenguajes árabes.
9. El español es la lengua hablada como primera y segunda lengua por más de 450 millones de personas, y supera los 500 millones de personas si contamos a los que lo han aprendido como lengua extranjera, pudiendo ser la tercera lengua más hablada por el total de hablantes; lo cual la hace la segunda lengua más hablada en el mundo, nativamente, después del Chino Mandarín. El inglés está en tercer lugar con 328 millones.
10. La tilde (~) de la ñ proviene originalmente de otra n. La ñ se escribía con una n encima de la otra hasta que la superior se fue aplanando hasta conseguir su forma actual del tilde (~). Fuente: Wikipedia
11. El idioma español tiene una buena ventaja sobre otros: la similitud entre la escritura y la pronunciación, especialmente si lo comparamos con el francés o el inglés. De éstos y algunos otros idiomas tendríamos que estudiar la fonética tanto o más que la gramática. Si lo comparamos con el portugués, tenemos en español solo cinco vocales, contra las vocales orales del portugués, las vocales nasales, y la división de todas ellas en abiertas, cerradas y semicerradas.
12. La letra más usada en español es la "e", y entre las consonantes, la "r", pues puede usarse al principio de palabra, en otras posiciones, o incluso doblada en "rr".
13. . Los puntos suspensivos (...) siempre deben ser tres y a continuación debe dejarse un espacio.
14. La palabra etcétera no debe utilizarse más de una vez por oración y en el caso de que fuera la última de una frase no podrá escribirse abreviada.
15. Sólo hay dos palabras que terminan en “ñía”, compañía y hurañía.
16. La expresión sic, entre paréntesis luego de una declaración personal, tiene por objeto destacar la veracidad de la opinión, aunque la misma sea increíble.
17. La denominación carioca sólo debe aplicarse a los nacidos en Río de Janeiro y no en todo Brasil.
18. Habitualmente en los medios de comunicación, ya sea por obligación legal o por sincero arrepentimiento, la gente suele pedir disculpas ignorando que estas se ofrecen y que lo que se pide es el perdón.
19. Comúnmente, suele decirse apóstrofe cuando en realidad lo correcto es apóstrofo, este es un signo ortográfico que marca la supresión de una cifra o una letra (').
20. El término arte es masculino en singular y femenino en plural.
21. En el ambiente del Internet, el español es la tercera lengua más utilizada.
22. Una traducción es español suele tener un 20% más de palabras que las que se realizan en inglés.
23. Entre los verbos más curiosos podemos citar los siguientes: aupar (levantar), ralentizar (bajar la velocidad), receptar (recibir), amustiar (marchitar).
24. La letra menos usada del alfabeto español es la w.
25. La primera forma literaria existente en la humanidad fue la poesía, a diferencia de lo que creen todos… la prosa vino después. Las primeras narraciones por lo general de carácter épico y mitológico se hicieron en verso. Las primeras apariciones del español fueron registradas en forma de notas y glosarios contenidos en textos religiosos escritos en latín, las Glosas Emilianenses, que datan del siglo 11. Durante el siglo 12, códigos de ley - los llamados Fueros - fueron traducidos para el español. La prosa española floreció durante el reinado del Rey Alfonso X, el Sabio de Castilla (1252-84), que además de ser rey y poeta, encontró tiempo para escribir una enciclopedia en español llamada Las Partidas, agrupando leyes, crónicas, recetas y reglas para caza, ajedrez y juegos de cartas. La primera gramática del español, escrita por Antonio de Nebrija, así como los primeros diccionarios de la lengua española, fueron publicados durante los siglos 15 y 16.
26. ● Idioma español, sus códigos
Norma ISO 639-1: es, ISO 639-2: spa , ISO 639-3: spa , SIL: SPA
LENGUA MADRE
MIGUEL A. FORASCEPI La lengua madre del español es el latín; lo curioso es que estamos incorporando palabras cuya base es latina, pero que no proceden del latín, sino del inglés.
Me permito remedar el título de una conocida obra de Bill Bryson sobre la lengua inglesa, Mother Tongue, como punto de partida de esta reflexión sobre la influencia de esta lengua sobre la española, en un aspecto particular: el calco semántico o préstamo de sentido. Bien es verdad que esta situación no afecta sólo al español, sino también a otras importantes lenguas como la francesa, quizá con mayor intensidad aún. Con razón R. Etiemble preguntaba desde el título de su libro de 1963: Parlez-vous franglais?
Todo el mundo sabe que la lengua madre del español es el latín. Lo curioso es que estamos incorporando palabras cuya base es latina, pero que no proceden del latín, sino del inglés. Éste no nos las exporta con su significado original, sino con el que le ha dado esa lengua. Tal es el caso de "versus" €usado, sobre todo, en contextos deportivos€, que en latín significa "hacia"; nos llega, en cambio, con el significado de "contra".
Lo que no es tan notorio es que también el latín sea la lengua madre del inglés. La lengua que coloniza hoy el mundo, igual que lo hizo aquélla, es un conglomerado de muchos elementos de distinta procedencia: celtas, anglosajones, latinos, escandinavos, normandos, frisones, holandeses... Pero la mayor influencia, en el lenguaje culto, sigue procediendo del latín, que constituye la fuente esencial en la que ha bebido el inglés desde la romanización y, sobre todo, desde la cristianización de la Isla, pasando por su uso como lingua franca en las universidades y en los tratados científicos y filosóficos: Harvey, Newton o Bacon escribieron sus obras en latín.
La consecuencia es el gran número de palabras de base latina que maneja el inglés culto y literario. Un gran número de ellas coincide en inglés y español €al menos en gran parte de su grafía€, pero su significado difiere notablemente: suelen llamarse "falsos amigos", pues pueden inducir a error sobre su identidad en ambas lenguas. Así "library" no es "librería", sino "biblioteca"; "bigol" no es "bigote" sino "fanático"; "bizarre", no es "bizarro", sino "grotesco"; "rope" no es "ropa" sino "soga"; "exit" no es "éxito" sino "salida"; "constipated" no es "constipado", sino "estreñido"; "egregious" no es "egregio" sino "atroz"; "suave" no es "suave" sino "amable, cortés"; "actual" no es "actual" sino "real, verdadero"; etcétera, etcétera.
Este tipo de palabras no constituye especial peligro para nuestro idioma, pues su significado es tan distinto que no causa ninguna amenaza. Sí, en cambio, aquellas que, teniendo varios significados, comparten alguno de ellos con la correspondiente palabra española. La tendencia es que el inglés nos traslade la parte de su campo semántico ajeno a la palabra española. Es lo que se conoce con el nombre de "calco semántico" o "préstamo de sentido".
Veamos algunos calcos que se están produciendo en la actualidad: "versátil" (lat. versatilem) significa "que se vuelve o se puede volver fácilmente" (DRAE); y aplicado a personas tiene un sentido claramente negativo: "De genio o carácter voluble e inconstante" (DRAE). El inglés toma "versatile" de la misma palabra latina, pero difiere diametralmente del segundo significado de "versátil", ya que en inglés tiene un claro sentido positivo, predicable, además, tanto de cosas corno de personas: "versatile things/people" son cosas o personas que se adaptan bien a situaciones diversas. El inglés nos está inoculando este significado, ajeno a nuestro "versátil". En un anuncio televisivo de un coche se dice lo siguiente: "Es una berlina muy versátil". Es obvio que se trata de un coche que se adapta bien a diferentes situaciones de conducción. Mientras que un trabajador "versatile" (que se adapta bien a determinados puestos de trabajo o a diversas situaciones laborales) es un mirlo blanco para una empresa, uno "versátil" (voluble, inconstante), es, en cambio, un problema. Otro caso más claro aún, si cabe, es el de "peculiar" (lat. peculiarem). El peculium era el capital con el que los esclavos esperaban comprar un día su libertad. Algo muy propio y personal, por tanto. De ahí que el adjetivo derivado, peculiarem €que da "peculiar" en inglés y español€, designara lo más propio y personal de cada uno. Pero el término inglés tiene también el sentido de "raro", "extraño", del que carece el español, cuyo significado es únicamente "propio o privativo de cada persona o cosa" (DRAE).
Hay otras muchas palabras latino-inglesas ahí agazapadas esperando su oportunidad para inocularnos subrepticiamente su extraño significado. Ignoro si el mayor conocimiento de la lengua inglesa por parte de la población española favorecerá o frenará esta tendencia, pero tengo para mí que la favorecerá el cada vez menor estudio del latín, corno fundamento del conocimiento profundo del genio del español.
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Recomendación del día
dejarse ganar, no dejarse perder
Dejarse ganar es la expresión propia del español para aludir al momento en el que una persona permite a otra obtener lo que se disputa en un juego, batalla, oposición, pleito, etc., por lo que uno deja que el otro le gane, no que el otro le pierda.
El origen de la forma inadecuada dejarse perder puede encontrarse en el cruce de dejarse ganar y el sentido que tiene, ‘perder a propósito’.
Esa expresión, impropia de la lengua culta, aparece últimamente en las noticias de los Juegos Olímpicos en frases como «Descalifican a ocho jugadoras de bádminton por dejarse perder» o «Expulsan a ocho deportistas por dejarse perder en los JJ. OO.».
En casos como estos, tal como aclara el Diccionario de uso del español de América y España, publicado por VOX, dejarse significa ‘permitir que alguien actúe sobre uno sin oponer resistencia’, por lo que lo adecuado habría sido: «Descalifican a ocho jugadoras de bádminton por dejarse ganar» y «Expulsan a ocho deportistas por dejarse ganar en los JJ. OO.».
segunda-feira, 6 de agosto de 2012
EL LUNFARDO
El lunfardo es un argot utilizado en la región del Río de la Plata (Argentina y Uruguay).
El lunfardo más cerrado comenzó como lenguaje carcelario o germanía de los presos, para que los guardias no los entendieran. Muchas de sus expresiones llegaron con los inmigrantes europeos (principalmente italianos), otras palabras llegaron de la Pampa. También merece destacarse el vesre, modalidad que permite la generación de nuevas palabras mezclando las sílabas. Por ejemplo, «tango» es gotán, «pantalón» es lompa. En idioma francés existe un juego de palabras similar, llamado verlan (vesre fonético de l’envers).
Hoy en día, algunos términos lunfardos han sido incorporados al lenguaje habitual de toda la Argentina, mientras que gran cantidad de las palabras del lunfardo en su época de arrabal han caído en desuso. El término lunfardo se ha convertido en sinónimo de «habla del porteño» —principalmente habitantes de la ciudad de Buenos Aires y aledaños o Gran Buenos Aires— y todo neologismo que haya alcanzado un mínimo grado de aceptación es considerado un término lunfardo. El lunfardo original ha quedado inmortalizado en numerosas letras de tango. Para preservar este legado cultural, el 21 de diciembre de 1962 fue creada la Academia Porteña del Lunfardo. Hay también diccionarios específicos de lunfardo que se pueden consultar.
Si bien el lunfardo (o abreviadamente, lunfa) surge en Buenos Aires, Montevideo y Rosario durante la segunda mitad de s. XIX con el gran aporte de la inmigración italiana (la palabra lunfardo deriva precisamente del lombardo), se debe tener en cuenta que, ya en sus orígenes, tuvo aportes provenientes de Francia, especialmente de Occitania (sur de Francia), del inglés (por ejemplo las palabras jailái, jailaife, de high life o espiche de speak), del gallego y del portugués, entre otros. Existe, además, un importante aporte portugués de Brasil, tanto en las letras de tango, no podemos olvidar que grandes autores como Alfredo Lepera (El día que me quieras) y Lupicínio Rodrigues (Venganza), eran de ese origen, así como incorporaciones de la gíria brasilera, (chumbo—bala /revolver, bondi -tranvía/colectivo-, buraco -agujero- y tamango -zapato-).
El lunfardo tiene también abundantes palabras aborígenes, en especial de los idiomas quechua, guaraní y mapuche, dándose interesantes síntesis idiomáticas.
Fuente:http://es.wikipedia.org/wiki/Lunfardo
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