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quinta-feira, 12 de julho de 2012

NEOESPAÑOL

















La Ciudad de la Palabra, quince años más tarde…


La publicación como libro —El dardo en la palabra— de los artículos que F. Lázaro Carreter ha venido escribiendo en la prensa con ese mismo título, entre 1975 y 1996 (Lázaro Carreter, 1997), nos proporciona una fuente de extraordinaria importancia para conocer aspectos esenciales de las tendencias del español de España en el último cuarto del siglo XX. A través del examen —sabio, riguroso y, a menudo, irónico— de los usos desviados de cientos de palabras y construcciones de nuestra lengua, se nos desvela cómo es actualizada esta por una gran masa de ciudadanos. Lázaro censura sobre todo a los periodistas, y también a los políticos, a los escritores, a los profesores y a los estudiantes, porque, en cuanto profesionales de la palabra, están especialmente obligados a cuidar de ella.
El autor critica así, lo que él suele denominar el neoespañol, que deforma el uso canónico del idioma de diversas maneras. Por ejemplo, reduciendo el vocabulario: «ese achicamiento sobrevenido a sistemas como el que forman ‘hacer’, ‘efectuar’, ‘construir’, ‘verificar’ y cien verbos más que se esfuman ante el único ‘realizar’» (op. cit.: 609)
El neoespañol gusta de la afectación —hincha las palabras o desplaza la palabra sencilla por otra más rara—: sustituye, por ejemplo, las preposiciones simples por otras expresiones más largas (a partir de, en lugar de a; por medio de, en vez de con; a través de, y no por) o prefiere cumbre a reunión, captar el pulso a tomarlo, praxis a práctica, homólogo a colega, obsoleto a anticuado, etc. (op. cit.: 202-204; 343-346; 720-726). Crea palabras que no parecen ajustarse a los procedimientos habituales de la formación léxica (por ejemplo, conveniar: 721). O simplemente abusa machaconamente, miméticamente, de ciertas formas (finalizar; la pregunta del millón; la prueba del nueve, etc.), convirtiendo en censurable —por lo reiterativo— el empleo, en principio, canónico de muchas voces o giros (op. cit.: 99-101).
A los practicantes del neoespañol Lázaro Carreter les recuerda las leyes —«pocas pero augustas»— que rigen en la utópica Ciudad de la Palabra:

«1. Habla y escribe de modo que todos te entiendan y reconozcan en ti un conciudadano civilizado.
2. Procura que tu idioma, construido por tus predecesores a lo largo de varios siglos, y en el que se expresa una noble y gigantesca comunidad cultural, continúe permitiendo que esta exista.
3. Sé humilde: deja que solo innoven los que saben. Si eres mentecato, no por decir relax, prioritario, tema, en base a, dejarás de serlo.
4. Solo humanos habitamos en la Ciudad de la Palabra; no la conviertas en zahúrda*>> (op. cit.: 356).

* Pocilga para cerdos

Es evidente que con estas leyes el autor destaca el carácter humano de la facultad del lenguaje y la dimensión cultural —el hacerse históricamente— de las lenguas, así como el ser histórico de los hablantes. Lo subraya en las primeras páginas de su obra: «Una lengua natural es el archivo adonde han ido a parar las experiencias, saberes y creencias de una comunidad» (op. cit.: 19).
A todos aquellos que deseen leer más de El dardo en la palabra— de F. Lázaro Carreter les dejo el enlace.
http://congresosdelalengua.es/valladolid/ponencias/unidad_diversidad_del_espanol/1_la_norma_hispanica/martin_m.htm
Buena lectura.

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