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quarta-feira, 28 de novembro de 2012

FEDERICO ANDAHAZI




“La Academia no me recibe bien. Fue y será la cara visible del poder”
POR JULIÁN LÓPEZ

“Trato de escribir con la misma incertidumbre de cuando escribí mi primer libro, con la sensación de que el material va a quedar inédito”, arranca Federico Andahazi, que acaba de publicar El libro de los placeres prohibidos , que agotó en tiempo récord la primera edición de doce mil ejemplares, una cifra exorbitante para el mercado argentino. Pero no para Andahazi, acostumbrado al éxito de ventas desde El anatomista

.
–¿Es posible que un autor que vende tanto mantenga la incertidumbre del que recién se inicia?
Es totalmente posible –se ataja–, que hayas vendido mucho no quiere decir que lo vayas a repetir.
En esta nueva ficción, que llega después de tres ensayos sobre la sexualidad en la historia argentina, Andahazi hurga en la vida de Gutemberg, en una trama policial que incluye asesinatos, estafas y que pone a la palabra y al erotismo en la misma arena de oposición al poder.
–En el libro se nota investigación histórica, ¿cuánto tardaste en escribirlo?
Seis años, a partir de que se me ocurrió la idea; no veía la hora de volver a la ficción, me parece que desde la novela uno puede aludir a la contemporaneidad con muchísima mayor sutileza que desde el ensayo.
–¿Cómo construís la escritura a partir de la idea original?
Me había propuesto escribir un policial situado en los albores del libro impreso y ahí me encontré con un personaje deslumbrante: Johannes Gutemberg, de quien tenemos una idea casi escolar pero del que en realidad no sabemos prácticamente nada.
–¿No es el inventor de la imprenta? – Él no inventa una máquina para imprimir libros; inventa un dispositivo fantástico para falsificar manuscritos: Gutemberg era un falsificador. Entonces una Biblia manuscrita valía una fortuna, costaba igual o más que la casa de una familia acomodada. Sólo la Iglesia, la nobleza y alguna familia rica tenían libros; era un signo de alcurnia insuperable. Por otra parte Gutemberg no arranca de cero, ya existía el libro xilográfico y había algunos intentos de imprenta, pero él se asocia con dos tipos, un banquero y un artesano y creo que nunca tuvieron dimensión de lo que iban a provocar.
–La difusión de la palabra, una afrenta al poder…
Más que eso: hasta el día de hoy la tipología moderna está basada en los modelos de Peter Schöffer, el artesano. El mismo Steve Jobs –el magnate norteamericano creador de Apple, quien explotó la tecnología informática en todo el mundo– trabajó con los principios de Schöffer y se consideraba a sí mismo un tipógrafo, él decía que su gran revolución tenía que ver con la tipografía. Pero, claro, hasta los albores de la imprenta la Iglesia mantenía su poder sosteniendo que la gente podía volverse loca si leía regularmente, si tenía una biblioteca; ése es el concepto sobre el que trabaja Cervantes en el Quijote, el tipo que enloquece por leer novelas de caballería. Pero con el advenimiento de la prensa el poder se da cuenta de que se avecina algo grande, inevitable.
–La lectura como un ejercicio insurgente ¿esa es la idea que atraviesa la novela?
Creo que trabajo sobre la idea de la libertad de expresión, no casualmente el invento de Gutemberg se llama ‘prensa’. El poder siempre censura, en cualquier momento histórico el poder silencia, regula las voces, establece qué se dice y qué no se dice, es su función primordial.
–En la trama aparece la idea de un placer sagrado, una sexualidad que tiende a un goce definitivo y que está escrita en el mismo “Libro de los placeres prohibidos” del título, como si igualaras las buenas artes de las prostitutas del monasterio que mencionás a la calidad del trabajo de los copistas.
–Sí, hablo de los oficios, en todas mis novelas hablo de los oficios; de hacer bien lo que se hace, hablo de la buena puta, del buen calígrafo, de la extraordinaria calidad de quienes hacían los primeros libros. Si hoy se puede acceder a esos libros es porque estuvieron bien hechos, recuerdo bien cuando tuve en mis manos el ejemplar de De re anatómica de Mateo Colón, de 1459, con tapas rígidas de piel de cordero, un papel que era algo que nunca había visto, estaba más cerca de la tela que del papel. Y ampliando un poco el tema ahí está la gran discusión actual acerca del futuro del libro: el cambio del libro de papel al formato digital es mucho menor que el que supuso hace casi 600 años el paso del manuscrito al impreso. Eso implicaba directamente entregar el saber al vulgo y contribuyó a que cambiara drásticamente la forma de escribir; yo creo que la narrativa era impensable a nivel popular como lo fue a partir de la incorporación de la imprenta.
–La novela expone una disputa entre calígrafos, copistas y escribientes, como si hubiera lugares más o menos destacados en relación con una idea sagrada de la literatura. ¿Eso te sirve para hablar del mercado literario, de tu relación con el canon, con los colegas?
–Y sí, todo el tiempo, uno escribe desde el lugar donde está situado y por más que te remontes al pasado es imposible sustraerse de eso. Pero no hay nada más alejado de lo sagrado que la literatura, el vulgo es el que tiene la palabra, los escritores somos vulgares y la insistencia de poner a la literatura en un lugar sagrado me parece de lo más vulgar.
–Suena extraño ese cuestionamiento al poder en un escritor con una obra exitosa y tan bien recibida.
–No sé si bien recibida; en general la Academia no me recibe bien. Y se puede disfrazar de lo que quiera, pero la Academia es, fue y será la cara visible del poder.

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