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quarta-feira, 28 de novembro de 2012

LA LENGUA VIVA






Correcciones fraternas
Amando de Miguel - Libertad Digital
Creo que transcribí mal el dato sobre la Lloca del Rinconín en Gijón. Yo ponía Rinconcín. Bueno, no domino el arte de los diminutivos asturianos. Me esmeraré un poco más. ¿Se puede decir un poquín?

Ignacio Frías me corrige mis dudas sobre el origen de la palabra bloc. A mí me parecía más francés o alemán que inglés, pero sin mucho fundamento por mi parte. Don Ignacio documenta muy bien que esa voz es francesa y se recoge por primera vez en 1930. Pero añade que, dos años más tarde, Enrique Jardiel Poncela emplea ya esa palabra en una de sus comedias. Lo que está claro es que la voz no es inglesa. Don Ignacio aventura que su origen lejano está en el holandés. Aclarado queda.
El asunto de la posible secesión de Cataluña plantea numerosos problemas de interpretación. Miquel Celdrán (residente en Suiza) contempla la cuestión con cierta lejanía muy útil. Su impresión es que no se trata propiamente de la independencia de Cataluña. "Lo que se persigue es la gestión de la propia riqueza que genera esa región por los propios catalanes, participando lo mínimo en el aporte a la economía de toda la nación". Y concluye: "El problema de Cataluña no es España sino Andalucía y Extremadura", aunque se camufle ese sentimiento con la tesis de que "España nos roba". No estoy muy de acuerdo con esas precisiones, por realistas que parezcan ser. En la Historia reciente las secesiones de algunas regiones han sido más bien las que aparecían dominadas por un centro hegemónico. Cataluña no cumple esa condición, por mucho que se propague la tesis de que "España nos roba". Es más, el asunto no lo veo yo como estrictamente económico sino cultural y político. La secesión de Cataluña aseguraría el poder de unas cuantas familias, la oligarquía de siempre. La mayor parte de los españoles empiezan a hartarse de ese asunto.
En el texto antes citado se repite el adjetivo propio. Es un hecho tan común que casi no llama la atención. Pero a mí me exaspera la manía de colocar ese adjetivo a cualquier sustantivo sin que venga a cuento. Podría aportar mil ejemplos. Escuchen ustedes cualquier discurso o declaración oficial. Verán las veces que se recurre a la dichosa muletilla. No es lo único que me llama la atención en el lenguaje de los políticos. Con ocasión de la huelga (o el holgorio) general, el jefe de Comisiones Obreras gritó enfático a sus huestes: "¡No estamos solos, no estamos solas!".
Más sustancia tiene el error inveterado de confundir los desahucioscon los lanzamientos. Yo también he participado de esa confusión. El desahucio consiste en despedir al inquilino o arrendatario mediante una acción legal, por ejemplo, cuando deja de pagar el alquiler. El lanzamiento es el despojo de una posesión o tenencia por fuerza judicial, por ejemplo, cuando se deja de satisfacer las cuotas de la hipoteca. Con tanto abogado que anda por las altas esferas parece mentira que se confundan esos dos términos. La confusión es peligrosa porque nuestros principios constitucionales protegen especialmente la propiedad. Por eso mismo los lanzamientos no se arreglan con los alquileres sociales. La necesaria moratoria de los que llaman desahucios, ahora masivos por la crisis, no suelen obedecer a la mala fe sino a la situación caótica de la economía. Es la misma razón por la que un gran monto del dinero de los contribuyentes ha ido estos años a ayudar a los bancos. Parece equitativo que ahora se atienda el problema de los lanzamientos masivos. Para empezar, empléense bien los conceptos. No se trata de una ayuda de beneficencia sino general. Los primeros interesados en esa medida deberían ser los bancos. De lo contrario algunos tendrán que quebrar.
Otra cosa. El asunto de los mal llamados desahucios ha sido la oportunidad de oro para que por primera vez colaboraran los dos principales partidos y todos los demás que se adhirieran. La han perdido. Luego que no se quejen del descrédito de los políticos, lo que en politiqués se llama "falta de credibilidad".

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