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segunda-feira, 4 de agosto de 2014

LA LENGUA VIVA

El ensayo en los 


tiempos 


internéticos


 en Libertad Digital - España

Michel de Eyquem, señor de Montaigne, publicó en 1580 sus famosos Ensayos. Así nació un género literario que ha llegado felizmente hasta nuestros días. El propósito consistía en recuperar la sabiduría de los autores grecolatinos y aplicarla a las cuestiones del momento. Todavía hoy muchos ensayos se reducen a destilar lo dicho por otros autores, ahora más bien contemporáneos. Se trata de una labor pedagógica muy útil. A mí me satisface como lector y como autor. Mis estanterías rebosan de libros de ese género.
Hasta que llegó el milagro de Internet. Espero que le apeemos la mayúscula inicial y le añadamos el artículo que indica su sexo. A través de ese invento de la internet es fácil averiguar al instante quién dijo qué. Por tanto, quedan inservibles los libros de ensayo escritos al modo tradicional. En su lugar se impone un nuevo género literario más refinado y dificultoso. No sé si tendrá otro nombre, pero el formato y el estilo van a ser diferentes. El autor deberá dar su opinión personal sin tener que apoyarse en los hombros de los clásicos o los contemporáneos. Ardua tarea. Nos habíamos preparado para opinar sobre cualquier cosa con el argumento de autoridad de los autores consagrados. Ahora tenemos que salir a la palestra a combatir con nuestra solas fuerzas. El argumento era antes: "Como dice Fulano…". Ahora nos lo ponen más difícil: "Contrariamente a lo que se dice, mi opinión es…". Con el antiguo formato cualquiera podía pasar por inteligente, por lo menos leído. Con el nuevo, la producción intelectual se hace dificultosa. Ahora hay que pensar, una tarea que lleva esfuerzo y tiempo. A su vez, los buenos libros de este nuevo género hacen pensar a los lectores.
Naturalmente, subsiste la curiosidad y el interés del escritor por lo que se ha publicado, ahora perfectamente accesible a todo el mundo. A través de la pantalla azul, resulta próximo el conocimiento acumulado. El problema reside ahora en el exceso de información. No alcanzamos a digerir lo escrito sobre cualquier tema, por mínimo y original que sea.
La cuestión parece muy simple. No estamos acostumbrados a pensar por nuestra cuenta. Hasta ahora los escritores han sido pacientes copistas, como los antiguos monjes medievales. Los autores hodiernos tienen que exprimir las meninges para relacionar los conocimientos adquiridos y producir alguna idea nueva.
Otra dificultad no menor. Ocurre con frecuencia que a un escritor se le pida sus ideas para una revista, periódico, libro colectivo, mesa redonda, etc. Se pone a pergeñarlas y las envía. Añade la petición cívica sobre los correspondientes datos fiscales para redactar la factura. Para su sorpresa, se encuentra con este vergonzante comentario: "No habíamos pensado en la retribución". El conflicto se explica porque las opiniones en el sentido tradicional se organizaban como una cuestión de citas, algo perfectamente al alcance de todos a través de Google. Pero el nuevo sentido de la opinión es que el autor dé la suya. La tarea equivale a mucho tiempo de trabajo acumulado. Nos encontramos ante el último episodio de la historia de la esclavitud, a la espera de nuestro libertador.

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