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quarta-feira, 19 de dezembro de 2012

FUNDÉU RECOMIENDA...


Recomendación del día


propiciar es ‘favorecer’, no ‘provocar’



El verbo propiciar, con el sentido de ‘ayudar a que sea posible la realización de una acción o la existencia de una cosa’, tiene como sinónimos favorecer, coadyuvar o ayudar, pero no provocar o motivar, tal como señala el Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española de Manuel Seco.

Sin embargo, es usual que en las noticias se emplee como equivalente de provocar o motivar: «El huracán Sandy se fortaleció frente a la costa este de Estados Unidos y propició la evacuación de cientos de miles de personas», «Un centro del lateral fue cortado por el defensor local con la mano, lo que propició el penalti y su expulsión».

En estos casos lo apropiado habría sido decir «El huracán Sandy se fortaleció frente a la costa este de Estados Unidos y provocó la evacuación de cientos de miles de personas» o «Un centro del lateral fue cortado por el defensor local con la mano, lo que provocó el penalti y su expulsión».

Sí es adecuado, sin embargo, el uso de propiciar en frases como «La defensa rumana hizo muy bien su trabajo y propició las salidas al contragolpe de sus delanteros», pues en este caso se indica que la buena actuación de los defensores favoreció el ataque del equipo.

PALABRAS...





Más acá de las palabras
Por Sergio Sinay | Para LA NACION

Mail: sergiosinay@gmail.com



Masticando las palabras, y con la dicción pastosa que suele usar en sus pocas y arrebatadas alocuciones públicas, el jefe de Gabinete del gobierno nacional dijo queno podía esperarse otro fallo de una "Cámara de mierda" como la que, en un principio, extendió una medida cautelar en favor del Grupo Clarín. La palabra mierda no debería horrorizar a nadie, existe en el diccionario y en nuestro vocabulario, se instala en nuestras conversaciones y pensamientos cotidianos e incluso (como otras "malas" palabras) cumple necesarias funciones en numerosas obras maestras de la literatura, el teatro o el cine.
Las palabras nunca callan y jamás ocultan, aunque pretendamos usarlas como pantallas
La palabra mierda no es el problema. El problema es que, más acá de ella, son muy pocas, muy pobres, muy elementales y precarias las herramientas del lenguaje que suelen usar éste y otros funcionarios y legisladores en materia de pensamiento, reflexión, comunicación y argumentación. Cada vez hablan peor (hablar mal y ser mal hablado no es necesariamente lo mismo, muchos mal hablados se comunican muy bien), son adictos a Twitter (donde habitualmente 140 caracteres sobran a la hora de la anemia argumental), al insulto o a la descalificación. Más de cinco mil años fueron necesarios para pasar del garrote, el gruñido o la pintura rupestre al lenguaje como hoy lo conocemos, con sus idiomas, normas, sintaxis. Esas centurias son la historia de la evolución del pensamiento. Las palabras crean el mundo, construyen puentes que llevan a encuentros en donde cada quien rompe la caparazón de la soledad existencial, las palabras nutren, ordenan y reflejan pensamientos, expresan emociones y sentimientos, nos revelan, nos hacen humanos. Lo que hacemos con ellas nos lo hacemos y se lo hacemos al otro y al mundo. Las palabras sanan o enferman, mejoran el mundo o lo degradan. Como lo hacemos nosotros cuando las pronunciamos, puesto que somos las únicas criaturas que hablan.
El lenguaje nunca es inocente y jamás es neutro
La palabra mierda puede ser poesía en unos labios (que la han elegido entre muchas otras, que la usan por riqueza y no por pobreza) o puede degradar el aire que atraviesa cuando es todo lo que quien la emite sabe decir, cuando sus argumentos no pueden ir más allá de ella. El lenguaje nunca es inocente y jamás es neutro. Nuestras palabras, el modo en que las elegimos y articulamos, los propósitos a cuyo servicio las usamos, la completitud o vacío de sentido que exhiben, dicen mucho de nosotros. Las palabras nunca callan y jamás ocultan, aunque pretendamos usarlas como pantallas.
Las palabras son también síntomas. Mierda, escupida por un jefe de Gabinete a la hora de argumentar puede revelar tanta pobreza intelectual como los diluvios de palabras (dichas desde instancias más altas) que anegan nuestros oídos sin pausa, día a día, construyendo relatos que, también día a día, desbaratan el viento insobornable de la realidad..




MARIA MOLINER






María Moliner, la mujer que resucitó la palabra «diccionarista»
LAURA RIESTRA LAURANARM / MADRID

Detrás de la autora del reconocido diccionario existe una historia de superación personal



Definición de libro: «La ventana maravillosa por la que uno se asoma al mundo». No es la que aparece en el diccionario de la Real Academiasino en otro de los que es, sin duda alguna, uno de los diccionarios españoles más importantes de nuestra historia: el creado por la ilustreMaría Moliner.
Amó el lenguaje, las palabras y sus matices, las mismas que daban forma a esos libros que daban sentido a su vida; los mismos que definió y los mismos a los que el devenir, en su versión más cruel, la obligó a olvidar. «No se suele hacer referencia al hecho de que perdió sus facultades hacia 1973 ó 1974. En 1974 muere su marido, mi padre, y a partir de ahí echa el cierre, no hay manera de hablar nada con ella», contaba a «Educación y Biblioteca» uno de sus hijos, Fernando Ramón Moliner, el mismo que puso énfasis en resaltar cómo la figura de María Moliner se caracterizó por la superación: «Lo fundamental es esto: primero, que es una persona con una infancia y una juventud difícil; segundo, que en un momento dado, como otras mujeres en la República, ve la luz. Y se vuelca a todos los niveles».
Efectivamente, se volcó en la elaboración de un diccionario que comenzó en 1952 y que pensó, como ella misma admitió en una entrevista a finales de los 60, que le llevaría unos «seis meses de trabajo» pero que, sin embargo, se convirtieron en quince, solo para el primer tomo, publicado en 1966. Fue un tiempo en el que se aisló por completo, lo que la llevó a presentar ese primer volumen con una dedicatoria de lo más reveladora y sentida: «A mi marido y a nuestros hijos les dedico esta obra terminada en restitución de la atención que por ella les he robado».
La importancia actual
Ese sentimiento que quiso plasmar así, refleja hasta qué punto su obra fue determinante tanto para ella como para su familia, tal y como también resaltó Gabriel García Márquez en el artículo que le dedica tras su muerte en El País: «Uno de sus hijos, a quien le preguntaron hace poco cuántos hermanos tenía, contestó: dos varones, una hembra y el diccionario».
Se trata, en definitiva, de una de las figuras más importantes de nuestra época, que queda plasmada con ilustre maestría, en la obra «El Diccionario», de Manuel Calzada Pérez, que aún se puede ver, con gran éxito de público, en el teatro de La Abadía (hasta el 23 de diciembre). «La obra nos habla de las enormes posibilidades que encierra el ser humano... María Moliner abre la puerta a nuestras facultades más escondidas, es un canto de esperanza, un aliento fresco contra la aceptación, contra la inmovilidad, contra la apatía o el abatimiento», escribe José Carlos Plaza, director de la obra.
Ese canto al que alude Plaza, sigue teniendo sentido y utilidad actualmente: «Su uso frecuente en el alumno de bachillerato o universitario facilita la adquisición de un vocabulario rico en extensión de términos así como en comprensión de realidades sociales y culturales que forman el entramado de la lengua castellana. El aprendizaje y las destrezas de comunicación se enriquecen mediante su manejo como herramienta de trabajo y mediante su consulta habitual», explica a ABC.es María Herrero, profesora de Lengua Castellana y Literatura de Enseñanza Secundaria.
Así, en opinión de Herrero, la obra de Moliner constituye «algo más que un compendio o catálogo de carácter abierto de las voces de nuestro idioma. La palabra que define María Moliner acoge etimologías, información gramatical, antiguas significaciones diacrónicamente consideradas y, de modo muy relevante, acoge el entorno conceptual en que se produce el léxico de nuestra lengua y sus relaciones estructurales configuradas en variadísimos matices lingüísticos a través de sus contrastes, sinonimias y evolución. Expresado por la propia lexicógrafa, su trabajo es, en esencia, organicista».
Una vida de superaciones
Su diccionario también es un complemento y revisión del DRAE, del que rescata antiguas acepciones y definiciones o aporta nuevos matices que enriquecen la lengua; en definitiva, refleja una personalidad, la de una mujer rebelde frente a la historia que le ha tocado vivir. Pese a que Moliner, nacida en Paniza (Zaragoza) en 1900, aseguró que su obra fue su «único mérito», son muchos sus logros.
Fue historiadora, bibliotecaria y archivera. Se licenció en 1921 en Filosofía y Letras con sobresaliente y premio extraordinario en un curso en el que solo había seis mujeres. A los 22 años ya era funcionaria de Archivos y Bibliotecas, en Simancas, y poco después en Murcia, durante la República trabajó en las Misiones Pedagógicas y fue una de las responsables del proyecto y puesta en marcha de la bibliotecas populares... y finalmente, en 1952, comenzó la obra que protagoniza este reportaje, inspirándose, según asegura su hijo Fernando, en el«Learner's Dictionary», que él mismo le regaló en 1952 tras un viaje a París: «Se lo enseñé y le gustó mucho».
Una arteriosclerosis cerebral le obligará a empezar a olvidar lo que más amaba: las palabras o, como argüía ella misma, empezaba a considerar que aquellas no habían residido nunca en su memoria. Y el transcurso de su enfermedad sucedió precisamente en un momento en el que su trabajo comenzaba a ser reconocido. Su candidatura a la Real Academia de la Lengua, a propuesta del académico Rafael Lapesa y del catedrático universitario Pedro Laín Entralgo, coincide con la pérdida de sus facultades mentales. Murió en Madrid, el 22 de enero de 1981.
Nos dejó su fuerza en la laboriosidad y, en palabras del director de su obra teatral, una «riada de amor a un país que en el siglo XXI aún tiene que sobrevivir».

LA LENGUA VIVA








Melifluos eufemismos
Amando de Miguel


El eufemismo, en principio, es una buena cosa. Muchas palabras se alojan a lo largo de un continuo que va desde lo ponderativo o agradable a lo antipático o insultante. Bien está evitar caer en ese polo de lo que pueda molestar al interlocutor. Pero también se puede caer en el escrúpulo, en la hipocresía. De ahí los falsos eufemismos, los que no se emiten por cortesía sino por un estúpido temor a los tabúes. Es algo muy común en la jerga de los hombres públicos, pero contagia a toda la población. Ahora ya no se debe decir "sexo" como principio clasificatorio para las personas, sino "género". Vaya por Dios. Por cierto, Dios es masculino.
Ángel Javier se queja de que a los ciegos se les llame "invidentes". Tiene razón. La palabra ciego (= no ve con los ojos) es la correcta. Los ciegos pueden percibir muy bien la realidad a través de los otros sentidos. Estamos ante el insoluble problema de cómo llamar a los que son diferentes del común por razones físicas. A muchos de ellos antes los llamaban genéricamente "inválidos" o, peor, "subnormales". Todos los meses me reúno con un simpático grupo de personas afectadas en la médula ósea, de tal modo que tienen que trasladarse en silla de ruedas. Oficialmente son discapacitados, pero la verdad es que su diferencia hace que sean especialmente capaces. Después de todo, a mi edad uno se ve incapacitado para muchas tareas. Uno de los indicadores más precisos para detectar el grado de civilización de una persona o de un conjunto de ellas es su capacidad para admitir diferencias en otras personas. La falta de esa sensibilidad es lo que llamamos prejuicio. Todos los tenemos, pero hay que ir eliminándolos.
José María Navia-Osorio me escribe una jugosa misiva sobre lós eufemismos administrativos, los de la Administración Pública de su región. Pero antes me reprocha que yo no estuviera en la mani de Colón con los de Denaes. Bien que lo sentí, pero acordé con Santi Abascal que era mejor participar en la tertulia Dando caña de Intereconomía. Tenía lugar a la misma hora, transmitía el acto y lo comentaba. Creo que no lo hizo ninguna otra televisión. Todavía no he adquirido el don de la bilocalidad, y bien que lo siento. Respecto a la tonta expresión de "asumir responsabilidades", don José María propone que digamos "asumir irresponsabilidades", que es lo que quiere decir. A lo que iba. Enuncio simplemente algunos títulos de los cursos para funcionarios que dan en Asturias. Los llaman genéricamente "itinerarios formativos". Hay un "Curso básico de género" y otro, de especialización, sobre la "Construcción histórica del feminismo". Uno más técnico se llama "Dominio de ofimática", con una especialidad en "Alfabetización digital". Me interesa mucho el "Manual de estilo sobre lenguaje no sexista", que desemboca en el curso de "Ortotipografía en la elaboración de escritos" y en el "Itinerario de comunicación en otras lenguas". Siempre es interesante que un funcionario en el exterior pueda decir en inglés que su sastre es rico. Por último, el doctorado se alcanza con el curso sobre "Dominio sobre la Unión Europea". Me gustaría saber quién paga todo eso y qué piensan los alumnos de ese adoctrinamiento y del consiguiente baile de eufemismos. ¿Se repite la fórmula en todas las regiones? ¿Seré yo muy sexista? ¿Por qué mi sastre no es rico? Demasiadas preguntas.

Contacte con Amando de Miguel http://www.libertaddigital.com/opinion/amando-de-miguel/melifluos-eufemismos-66786/

terça-feira, 18 de dezembro de 2012

NAVIDAD...


DEL IDIOMA






PARA APRENDER EL ACENTO (I)
María Luisa García Moreno
Revista Pionero, Cuba,
Diciembre, 2012

Las normas de acentuación son complejas, a pesar de lo que el maestro y poeta cubano Raúl Ferrer escribió a sus alumnos, en 1940: «Para aprender el acento»/ ¿Una aguda quiere usted?/ Aquí la tiene: pared./ ¿Quiere una llana?/ ¡Ventana!/ ¿Una esdrújula?/Pues... brújula.// ¡Pared, brújula, ventana...!/ ¡Qué fácil es la lección!/ ¡Y qué alegre el corazón/ cuando la sepa mañana!
No solo debes dominar las reglas básicas para la acentuación de palabras agudas, llanas o esdrújulas; además, debes saber que algunas palabras llevan tilde diacrítica; otras,tilde hiática y aún quedan las normas relativas a las palabras compuestas. Por eso, son importantes trabajos como la Propuesta racional para simplificar la ortografía, de Juan Andrés Gualda, quien reduce a ¡doce! las palabras con tilde. ¿Te imaginas! ¡Qué maravilla! El libro en que explica su propuesta ya la pone en práctica y no usa la tilde más que en esos doce términos. Sin embargo, no es cosa de que decidamos apoyarlo o no. Aunque su idea resulta muy racional, estamos sujetos a lo normado por la Asociaciónde Academias de la Lengua Española. Así que más vale que te propongas aprender bien las normas, porque, si no, te costará muchos puntos en las pruebas.
Aúnque engorroso, el sistema tiene lógica: el mayor número de palabras son llanas y la inmensa mayoría termina en n, s o vocal; por eso, para tildar las menos, llevan acento ortográfico las que terminan en consonante que no sea ni n, ni s. Y las agudas, a la inversa. Por último, las esdrújulas, que son las menos, siempre llevan tilde.
Si entiendes esa lógica, no resulta difícil.


HANS CHRISTIAN ANDERSEN





La vela de sebo’ (‘Taellelyset’)

Presentamos la versión en español del primer cuento de Hans Christian Andersen, realizada por el traductor del escritor danés, Enrique Bernárdez
H. C. ANDERSEN 13 DIC 2012 - 19:29 CET21


Hervía y bullía mientras el fuego llameaba bajo de la olla, era la cuna de la vela de sebo, y de aquella cálida cuna brotó la vela entera, esbelta, de una sola pieza y un blanco deslumbrante, con una forma que hizo que todos quienes la veían pensaran que prometía un futuro luminoso y deslumbrante; y que esas promesas que todos veían, habrían de mantenerse y realizarse.
La oveja, una preciosa ovejita, era la madre de la vela, y el crisol era su padre. De su madre había heredado el cuerpo, deslumbrantemente blanco, y una vaga idea de la vida; y de su padre había recibido el ansia de ardiente fuego que atravesaría médula y hueso… y fulguraría en la vida.
Sí, así nació y creció cuando con las mayores, más luminosas expectativas, así se lanzó a la vida. Allí encontró a otras muchas criaturas extrañas, a las que se juntó; pues quería conocer la vida y hallar tal vez, al mismo tiempo, el lugar dónde más a gusto pudiera sentirse. Pero su confianza en el mundo era excesiva; este solo se preocupaba por sí mismo, nada en absoluto por la vela de sebo; pues era incapaz de comprender para qué podía servir, por eso intentó usarla en provecho propio y cogió la vela de forma equivocada, los negros dedos llenaron de manchas cada vez mayores el límpido color de la inocencia, que al poco desapareció por completo y quedó totalmente cubierto por la suciedad del mundo que la rodeaba, había estado en un contacto demasiado estrecho con ella, mucho más cercano de lo que podía aguantar la vela, que no sabía distinguir lo limpio de lo sucio… pero en su interior seguía siendo inocente y pura.
Vieron entonces sus falsos amigos que no podían llegar hasta su interior, y furiosos tiraron la vela como un trasto inútil.
Y la negra cáscara externa no dejaba entrar a los buenos, que tenían miedo de ensuciarse con el negro color, temían llenarse de manchas también ellos… de modo que no se acercaban.
La vela de sebo estaba ahora sola y abandonada, no sabía qué hacer. Se veía rechazada por los buenos y descubría también que no era más que un objeto destinado a hacer el mal, se sintió inmensamente desdichada porque no había dedicado su vida a nada provechoso, que incluso, tal vez, había manchado de negro lo mejor que había en torno suyo, y no conseguía entender por qué ni para qué había sido creada, por qué tenía que vivir en la tierra, quizá destruyéndose a sí misma y a otros.
Más y más, cada vez más profundamente reflexionó, pero cuanto más pensaba, tanto mayor era su desánimo, pues a fin de cuentas no conseguía encontrar nada bueno, ningún sentido auténtico en su existencia, ni lograba distinguir la misión que se le había encomendado al nacer. Era como si su negra cubierta hubiera velado también sus ojos.
Mas apareció entonces una llamita: un mechero; este conocía a la vela de sebo mejor que ella misma; porque el mechero veía con toda claridad -a través incluso de la cáscara externa- y en el interior vio que era buena; por eso se aproximó a ella, y luminosas esperanzas se despertaron en la vela; se encendió y su corazón se derritió.
La llama relució como una alegre antorcha de esponsales, todo estaba iluminado y claro a su alrededor, e iluminó al camino para quienes la llevaban, sus verdaderos amigos… que felices buscaban ahora la verdad ayudados por el resplandor de la vela.
Pero también el cuerpo tenía fuerza suficiente para alimentar y dar vida al llameante fuego. Gota a gota, semillas de una nueva vida caían por todas partes, descendiendo en gotas por el tronco cubierto con sus miembros: suciedad del pasado.
No eran solamente producto físico, también espiritual de los esponsales.
Y la vela de sebo encontró su lugar en la vida, y supo que era una auténtica vela que lució largo tiempo para alegría de ella misma y de las demás criaturas.

LA RECOMENDACIÓN DIARIA

  LA RECOMENDACIÓN DIARIA resistencia a los antimicrobianos , mejor que  resistencia antimicrobiana   Resistencia a los antimicrobianos , no...