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terça-feira, 8 de janeiro de 2013
Ser escritor, el oficio de lo incierto
¿Quién o qué define cuándo alguien puede ser considerado un escritor? ¿El público, las editoriales, la crítica, el mundo académico? Autores, editores y docentes opinan sobre el tema.
POR SILVANA BOSCHI
"Dicen que soy un gran escritor. Agradezco esa curiosa opinión, pero no la comparto. El día de mañana, algunos lúcidos la refutarán fácilmente y me tildarán de impostor o chapucero o de ambas cosas a la vez.” (Jorge Luis Borges).
La frase instala en el campo de las no-certezas la siguiente cuestión: ¿Qué define quién es un escritor? ¿La aceptación de las editoriales, los lectores, la crítica? ¿El reconocimiento de los colegas, las universidades, las instituciones, los premios literarios? ¿O es la calidad de la obra y su permanencia en el tiempo lo que convierte a alguien que escribe en un “escritor” con mayúsculas?
Por vocación, por oficio o por afán de figuración, muchísima gente quiere escribir y muchos lo consiguen. Basta con entrar en una librería para darse cuenta. En la mesa de novedades, las filas de libros son infinitas. Y las promesas de las contratapas sobre la calidad de la obra, también. Todos los meses, las editoriales publican libros como si fuesen periódicos, y es sabido que en Argentina los talleres literarios y los cursos sobre literatura tienen un público nutrido. Pero no cualquiera, aunque tenga algún texto publicado, es un escritor.
Hay contraejemplos para todas las apuestas. ¿Es escritor quien escribió muchos libros? El mexicano Juan Rulfo alcanzó renombre con sólo dos: Pedro Páramo y El llano en llamas. El checo Franz Kafka publicó unas pocas obras, y el resto –incluyendo trabajos incompletos– fueron publicados por su amigo Max Brod, quien decidió ignorar los deseos del autor de que sus manuscritos fueran destruidos luego de su muerte. ¿Es escritor quien consigue que una editorial lo acepte y no quien se autopublica? Borges pagó la edición de su primera obra, y también Marcel Proust, por dar dos ejemplos fundamentales.
La polémica sobre quién puede ser definido como autor adquirió actualidad cuando se aprobó en Buenos Aires, en 2009, la pensión para el escritor. Entre muchos otros requisitos, figura que –para acceder al beneficio– hace falta haber publicado más de cinco libros, pero que no hayan sido ediciones pagadas por el propio autor.
Para el narrador Abelardo Castillo “ser escritor no es publicar, no es tener éxito ni ninguna de esas cosas. Kafka no se sentía escritor, Virgilio quería quemar La Eneida y la poeta Emily Dickinson no publicó nunca (su obra es póstuma). Los lectores y, sobre todo, el tiempo son los que deciden; pero a veces hay una convicción profunda de algunas personas que les hacen decir soy un escritor. Entonces, es también una decisión personal, sólo que esa decisión personal no siempre basta”.
En diálogo con Ñ, Castillo agrega: “La palabra profesional no existe en la literatura. Un escritor profesional es un artesano aplicado, que puede escribir casi sobre cualquier cosa. Un escritor, un poeta, es cualquier cosa menos un profesional, a menos que le demos a la palabra profesión su antiguo valor etimológico, el de profesar. Como se profesa una idea, una fe religiosa. Lo otro es más o menos como pensar que alguien que estudió filosofía es un filósofo. Yo me considero un perfecto amateur en literatura”.
“Hace poco –señala Castillo– una nota de Juan Forn me recordó algo que había olvidado. En Rusia, en un juicio contra el poeta Brodsky, el fiscal le preguntó: ¿A usted quién lo autorizó a decirse poeta?, Brodsky le contestó: ¿Y a usted quién lo autorizó a llamarse hombre? En realidad, uno se siente poeta o se siente escritor, y eso, en efecto, lo decide uno mismo, pero siempre hay un contexto externo que te hace escritor”.
Claudia Piñeiro, ganadora del premio Clarín de novela, recuerda una anécdota referida a este interrogante. “En la presentación de un libro mío, un hombre de unos cincuenta años me dijo: ‘compré su novela’, y yo le dije ‘espero que aparte de comprarla, la lea’. Entonces me contó que era la segunda novela que iba a leer en su vida, pero que ya llevaba diez escritas. A mí eso me impresionó bastante”.
“Por mi parte –agrega Piñeiro– me sentí escritora con el primer libro publicado, que quedó finalista en España. Un amigo me mandó una foto del libro en El Corte Inglés y pensé: por ahí yo voy para ese lado, el de ser escritora”.
Guillermo Martínez, autor de Crímenes imperceptibles, señala que “en mi caso, siempre pensé que un escritor es alguien con cierto volumen de obra escrita. Me prometí considerarme escritor cuando tuviera diez libros escritos, algo que recién cumplí este año. Pero desde siempre sentí que escribir era una parte de mi vida, la parte a la que finalmente fui más consecuente. Ahora bien, más allá de esta acepción ‘democrática’, en los círculos literarios la palabra se usa como contraseña para distinguir niveles. Por ejemplo, en la expresión ‘Te puede gustar o no, pero es un escritor’.
Aquí, ‘escritor’ reconoce a quien tiene, además de libros publicados, algo nuevo o interesante para decir, algo personal, un mundo propio, que sobresale y se reconoce de algún modo. Entre estos dos extremos están todas las gradaciones posibles”.
Martínez pone como ejemplo el caso de su padre que “nunca publicó en su vida y dejó una obra escrita apabullante”. Y resalta que “Borges fue ignorado por nuestras facultades hasta 1965 y atacado durante muchos años más”. También se pregunta: “¿Es necesario tener el reconocimiento de lectores? No: Di Benedetto y su obra tanto tiempo no leída. ¿Es necesario haber sido publicado por un editor? No: otra vez Borges y tantos otros, que se publicaron a sí mismos el primer libro. ¿Tener alguna formación en particular? No: hay ejemplos de todos los oficios y Ricardo Piglia, famosamente, porque quería ser escritor, eludió la carrera de Letras”.
Sobre el momento en que se sintió escritor, Castillo recuerda que fue “primero, a los 22 años, cuando escribí El otro Judas. Sentí que la literatura me había elegido a mí y yo había elegido la literatura. Asumí que debía ser escritor o nada. El otro momento, un poco más cómico, fue en la Feria del Libro, en un stand de la editorial Galerna. Yo estaba ahí, conversando con Alonso o con Hugo Levín, y de golpe vi que un chico se estaba robando un libro. Y entonces me acomodé para que no lo viera, y el chico se robó el libro. Cuando se iba vi que era un libro mío. En ese momento, yo tenía más o menos 50 años. Pensé; ‘soy un escritor’”.
Para Damián Tabarovsky, escritor y editor, el interrogante aparece, por ejemplo, en un viaje. “¿Qué ponemos en el papel de Migraciones? Yo nunca pude poner ‘escritor’. ¿Por qué? ¿Porque no vivo de la literatura? No, no es eso. Pongo ‘sociólogo’, que es mi título, pero jamás lo ejercí. O sea que tampoco vivo de eso. No pongo ‘escritor’ porque me da pudor”.
“Está la frase de Osvaldo Lamborghini –comenta a Ñ– que dice: ‘Primero publicar y después escribir’, lo que significa que el escritor tiene que crear su propio mito. Pero yo creo que esa frase hizo estragos, que hay que escribir más y publicar menos.”
Con la mirada en el texto
En un libro que publicará en marzo sobre el sentido de la lectura, la escritora Angela Pradelli señala que: “según el lingüista francés Roland Barthes, estamos acostumbrados a interesarnos por los autores, a valorarlos, incluso a sobrevalorarlos a veces, a pensarlos como dueños de sus obras y es esta propiedad la que le da a los escritores determinados privilegios. ‘Lo que se trata de establecer, afirma Barthes, es siempre lo que el autor ha querido decir, y en ningún caso lo que el lector entiende’. Son posturas que reclaman para el autor una ubicación por encima del lector. Habría que pensar sin embargo en que el autor haga silencio y que hable su texto, que el autor lo deje decir. Y también, que el autor permita que el lector busque en sí mismo cómo, con qué herramientas leer y descifrar”.
“Michel Foucault –agrega Pradelli– al analizar la función autor, imagina una sociedad en la que los discursos, todos, ya no tendrían que dar cuenta de sus autores y se desarrollarían en lo que él llama el anonimato del susurro. ‘Ya no se oirían las preguntas por tanto tiempo repetidas: ¿Quién ha hablado realmente? ¿Es en verdad él y nadie más? ¿Con qué autenticidad o qué originalidad? ¿Y ha expresado lo más profundo de sí mismo en su discurso? Si no otras como éstas: ¿Cuáles son los modos de existencia de ese discurso? ¿Desde dónde se ha sostenido, cómo puede circular y quién puede apropiárselo? (…) Y detrás de todas estas preguntas no se oiría más que el ruido de una indiferencia: Qué importa quién habla’.”
Es imposible soslayar este aspecto del excesivo acento que el mundo cultural pone en la figura del escritor. Y sobran ejemplos de los mitos construidos alrededor de ciertos autores. Como es el caso de J. D. Salinger, que hizo de su autorreclusión por décadas un mito con tanta difusión como su obra.
En su autobiografía Las palabras, Jean Paul Sartre se refiere a su tarea de escritor. “Es mi costumbre y además es mi oficio. Durante mucho tiempo tomé la pluma como una espada; ahora conozco nuestra impotencia. No importa, hago, haré libros; hacen falta; aún así sirven. La cultura no salva nada ni a nadie, no justifica. Pero es un producto del hombre: el hombre se proyecta en ella, se reconoce; sólo le ofrece su imagen este espejo crítico”.
Pero volviendo a la idea de definir quién es escritor, es interesante la opinión de Mercedes Güiraldes, editora de Emecé, quien señala: “No es escritor todo aquel que publica, ni todo aquel que publica y vende poco o mucho, ni tampoco aquel que escribe y no publica. Para saber qué es un escritor habría que empezar por preguntarse qué es lo contrario de un escritor. ¿Un no-escritor? ¿Un escritor malo?”.
“Existe la buena literatura y existe la mala literatura. ¿Quién diferencia una de otra? Una combinación de actores, que van desde la crítica y el público lector, hasta ese gran juez que es el tiempo. Pero tampoco creo que todo lo que pervive en el tiempo sea más valioso que lo que parece olvidado. ¿Quién lee hoy a Mujica Lainez? ¿A Balzac? ¿A Juana Manuela Gorriti? El hecho de que no sean leídos, o lo sean muy poco, ¿los pone del lado de los malos escritores? Y si eso vale para los escritores pasados, de algún modo vale para los futuros. De esa masa indiferenciada de escritores que todavía no se abrieron camino a la publicación, algunos lo lograrán y otros no. El tiempo dirá”, agrega Güiraldes.
La autoedición
La edición 2011 de la Feria Internacional del Libro de Miami excluyó la presentación de libros autopublicados. Tampoco la revista The New York Times Book Review acepta estas obras. Pero entre los escritores locales, las opiniones están divididas.
Castillo destaca que “el primer libro de Borges lo pagó Borges, los primeros libros de Bioy Casares los pagó su padre. A Sabato, en Sur, no le quisieron publicar El Túnel y se lo pagó un amigo. Y muchos poetas, acá y el mundo entero, han pagado sus propias ediciones. Por si esto no bastara, Nietzsche solía costear sus propias ediciones, y distribuyó unos quince ejemplares de Así habló Zarathustra. Eso de decir que el libro pagado es necesariamente menor, es una estupidez, es fomentar o anhelar su fracaso”.
Para Martínez, “en teoría, nada impide que un libro autopublicado sea superior a cualquier otro que aparezca en el sello más prestigioso, pero en la práctica casi siempre es desperdiciar la oportunidad de intentar algo de más alcance. Cuando me piden un consejo sobre esto, siempre opino que la paciencia es mejor”.
Piñeiro, por su parte, considera que la autopublicación es “en general un camino muy corto, porque aparte de sacar el libro es fundamental la distribución, porque la autodistribución termina entre los amigos y los parientes. De todos modos, yo respeto al que se autoedita, porque comprendo esa necesidad de publicar, de que te lean; es genuina. ¿Un buen escritor siempre termina siendo reconocido? Eso dicen, pero yo no estoy tan segura, no me parece que todo buen texto de verdad llegue a conocerse”.
Sobre este tema, Tabarovsky asegura que “depende del género y la época. En poesía es más común. Pero hay tantas editoriales que básicamente no se publica lo que es malo. En la década del 80 había muchas editoriales donde se pagaba la edición, pero hoy una novela que no encuentra una editorial es porque es mala. Hay tantas editoriales que creo que tiene que ser una gran excepción que un libro bueno no llegue a interesar para ser publicado. Por eso creo que hay que bajar un poco la ansiedad de los que quieren publicar ya. Es importante publicar pero más importante es escribir”.
Esa necesidad de publicar más allá de la aceptación de una editorial la tiene bien en claro Juan Ignacio Díaz Puerta, un veterinario de 53 años que ya tiene seis libros autopublicados en la editorial Dunken, por los que pagó de su propio bolsillo. “Actualmente estoy terminando una novela policial negro-psicológica y además –asegura– tengo escritos doce cuentos. Empecé a escribir ficción en 2010, y no soy quien para autocalificarme como escritor, pero ¿cómo puede definirse a un tipo que escribe todos los días aunque sea medio capítulo o un cuento que se le ocurre esporádicamente?”, se pregunta.
Para la escritora y periodista española Rosa Montero, la clave está en la necesidad de escribir. “Yo he llegado a aprender, con el tiempo, que un escritor es en realidad aquel que necesita escribir para poder vivir, es decir, para afrontar la oscuridad de la vida, para poder levantarse cada mañana. Uno es escritor porque no puede no serlo; por eso la mayoría de los novelistas, por ejemplo, hemos empezado a escribir en la niñez: es algo que forma parte de tu estructura básica. De modo que la necesidad es lo que te hace un verdadero escritor, pero eso no quiere decir que te haga un buen escritor”.
“Hace años –recuerda Montero– entrevisté a Erich Segal, el autor de Love Story, para el diario El País, y me tuve que leer un buen puñado de sus libros y me parece que es un escritor malísimo; pero me cayó bien, me pareció auténtico, era un verdadero escritor que escribía por necesidad, pero eso no evitaba que fuera pésimo.”
Docentes y editores
Para Graciela Montaldo, profesora del Departamento de culturas latinoamericanas e ibéricas de la Universidad de Columbia, “la condición de escritor/a no está ligada necesariamente al libro sino al ejercicio de una práctica: la escritura, que históricamente ha tenido diferentes valores y formas de difusión. Hubo un tiempo en que ser escritor era una identidad que se obtenía cuando las instituciones de la cultura reconocían como escritor a quien se presentaba como tal”.
“Esas mismas instituciones –señala Montaldo– le negaban el título a la gran mayoría pero así y todo podía haber ‘escritores’ para un circuito (los talleres literarios por ejemplo) que no lo eran para otro circuito (las editoriales). El caso de Roberto Arlt es, en la Argentina, el más revelador de los reconocimientos diferenciados: primero fue un periodista, luego un mal escritor, más tarde escritor de culto, hoy clásico nacional. Antes le había pasado a Eduardo Gutiérrez con su Juan Moreira: el éxito popular de su novela le restaba méritos para que la elite lo reconociera como escritor.”
Para Güiraldes, de Emecé, “no me concierne a mí, como editora, dictaminar quién es y quién no es un verdadero escritor. Por experiencia de trabajo sé que hay escritores que logran publicar con facilidad y otros no tanto, independientemente de la calidad de su obra. Múltiples factores inciden a la hora de decidir publicar un texto además de su calidad, y no son necesariamente espurios y despreciables. El azar y la voluntad tienen un rol clave”.
Parece haber tantos factores que intervienen en la consagración de un autor –su propia convicción, la aceptación de los lectores, la bienvenida del mundo editorial, la aprobación de la crítica, el reconocimiento del mundo académico– que no es difícil entender que un escritor en serio sea una especie rara de encontrar. Más allá de que se proponga bucear hondo en la naturaleza humana o entretener con una saga de aventuras.
Dijo Marguerite Duras en Escribir: “Un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido. Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido”.
Tal vez en ese silencio, cada narrador, cada lector, o incluso cada editor, más allá de la decisión comercial que adopte, sabe si ese autor que está leyendo es un escritor. Lo sabe íntimamente, con una convicción irrefutable.
FUNDÉU RECOMIENDA...
Recomendación del día
opción alternativa es redundante
La expresión opción alternativa resulta redundante, por lo que se recomienda emplear simplemente alternativa.
El sustantivo alternativa, tal como indica el diccionario de uso de Vox, puede definirse como una 'opción o solución que es posible elegir además de las otras que se consideran', de modo que opción alternativa no añade información.
Sin embargo, en los medios es muy frecuente leer noticias como «Cayo Lara considera que Izquierda Unida aún no es una opción alternativa para quienes dejan el PSOE» o «Se mostraba dispuesto a analizar opciones alternativas», donde lo apropiado habría sido escribir «Cayo Lara considera que Izquierda Unida aún no es una alternativa para quienes dejan el PSOE» y «Se mostraba dispuesto a analizar otras opciones».
Incluso si se entendiera que alternativa se emplea con el sentido de 'contrapuesto a los modelos oficiales comúnmente aceptados', como en medicina alternativa, el sustantivo opción puede sustituirse por vía, camino, propuesta, idea..., según el contexto.
segunda-feira, 7 de janeiro de 2013
ELOGIO DE LA MENTIRA
"Vivimos gracias a la mentira, que un mundo sin mentiras es un mundo que no solo asusta, sino que es radicalmente inhabitable". El elogio a la mentira parte del hecho de que nuestro interés por transformar el mundo, de acomodarlo a nuestra experiencia y de hacerlo habitable implica el relato del deseo (mentira inconsciente) por vivir con una grieta para la imaginación»
(Peio Hernández Riaño, Revista Calle 20).
En nombre de la verdad han corrido ríos de sangre. Lo malo es que la verdad como tal, simplemente, no existe; de ahí, la sangre.
No es lo mismo engañar que mentir. Por eso no hay un código de publicidad mentirosa, sino engañosa. La publicidad miente, por supuesto, pero de una forma más o menos elegante pues nos encanta ser objeto de ese juego en que la verdad queda relegada a un segundo plano.
La mentira es una ventaja evolutiva que solo los primates superiores (y algunos futbolistas) hemos conseguido desarrollar. La tecnología nos hace más llevadero el octavo mandamiento de Moisés (en el caso, altamente improbable, de que esta leyenda del desierto contenga un ápice de verosimilitud). Por ejemplo, la ‘Realidad Aumentada’, de la que se espera un volumen de negocio de cientos de millones de dólares el próximo ejercicio, no es sino la enésima floritura de la mentira. ¿Por qué no llamarla ‘Realidad Falsa’? Porque suena mal. El marketing se ocupa de pulir esas aristas del lenguaje ya que pagamos para que nos mientan (por eso vamos al cine o compramos el periódico, entre otras cosas).
Sin mentiras, nuestras parejas y nuestras familias se habrían derrumbado hace tiempo (muchas de ellas se derrumban después de todo, a pesar de nuestra continuada y meritoria falta de sinceridad).
Sin mentiras, todo el sistema diplomático y de política exterior sería inútil y cada país estaría en guerra con el vecino solo por expresarse con franqueza ante los micrófonos de la ONU (o en sus legendarios urinarios).
Y sin mentiras, no habría abogados, lo que puede parecer una ventaja a simple vista pero que, sin duda, acarrearía algunos inconvenientes.
Si la primera vez que somos invitados al hogar familiar, nuestra futura suegra nos pregunta: “¿Te ha gustado la paella, hijo?”, un abismo se abre ante nosotros, sobre todo, si el arroz era incomestible. Podemos elegir entre destrozar nuestra incipiente relación espetando la expresión: “¡Ojalá te mueras, Francisca!”, o plegarnos a las convenciones y pronunciar esta otra relamida: “Estaba deliciosa, señora Paquita”.
La sinceridad está sobrevalorada y se ha convertido en una lacra que solo produce dolor. Mentir es divertido, sobre todo, si no se persigue fin alguno. Le recomiendo adquirir soltura deslizando en cualquier conversación pequeñas inexactitudes como estas: “Ayer me compré un termómetro” o “Me excita Lina Morgan”, para así perder el miedo, pues ¿quién quiere saber la verdad? Solo los débiles.
Finalicemos este alegato mencionando esas mentiras, susurradas entre las sábanas a nuestros seres queridos en bolas, con el único fin de obtener más caricias, más placer, o más dinero.
En el año 1911, Hans Vahinger, de la Universidad de Halle, publicó un libro titulado "Die Philosophie des Als Ob". "La Filosofía del Como Si". Vahinger le llamó a su sistema "positivismo idealista". Pero se le conoce, más bien, por "ficcionalismo".
El autor demuestra que el conocimiento es un resultado del esfuerzo que el hombre realiza para adaptarse al medio: consiguientemente, viene a constituir una función creada por la especie para su conservación.
El pensamiento, en la ciencia y en el mundo, trabaja con "ficciones".
El hombre sabe que esas "ficciones", a las que utiliza como instrumentos para realizar sus fines, son ficciones, en efecto.
Dicho en otra forma: las considera como suposiciones que sirven de ayuda, pero que no son verdad.
Empero, él las usa "como si" lo fueran.
El "como si" -als ob- pues, es un recurso fundamental en la construcción del conocimiento del que luego se hace gala.
En Psicología el hombre considera al "YO" "como si' fuera una substancia. Y al "Hombre Económico" en Economía, "como si" fuera un ente palpable. Y al concepto de libertad en Política, "como si" la libertad, en Política, consistiera en otra cosa que en un derecho al pataleo.
La materia, por ejemplo, no es verdad.
Henri Poincaré, la más alta mentalidad europea de fines del siglo XIX, reconoció que uno de los descubrimientos más asombrosos que los físicos hubieran anunciado, ya en aquella época, fue el de que la materia no existe.
Apenas ocurre que los sistemas de soles atómicos, girando a una velocidad de 200.000 kilómetros por segundo, conceden a la materia esa apariencia de continuidad. De la misma manera que cuando una rueda gira rápidamente, diríase que los rayos forman un disco macizo.
Merced a la pavorosa velocidad con que se desplazan en sus órbitas, las partículas electrónicas impiden el paso de la luz por la distancia que media -por el hueco que queda- entre un átomo y otro.
Pero si esos sistemas de soles atómicos se detuvieran, o si sólo disminuyese su velocidad. los cuerpos constituidos por átomos se tornarían invisibles.
Entonces ... ¿qué es la verdad?
Estamos enterados de que los espíritus no crean la verdad ni la falsedad. Crean creencias. Y una creencia es verdadera cuando existe un hecho correspondiente a ella y es falsa cuando el hecho correspondiente no existe.
Pero esa correspondencia entre el hecho y la creencia, se obtiene, en el mundo, por -medio de la convención.
La verdad es, apenas, el fruto de una serie de convenciones.
Recién cuando se conviene en que algo sea verdad, es que llega a serlo. Tres naipes del mismo palo, son tres pedacitos de cartulina, con figuras de color semejante.
Pero cuando se ven afectados por las leyes del truco, son "flor". Porque se convino de antemano en que lo fueran.
La verdad, pues, así considerada -sin directivas y sin aprensiones- carece de fuerza para detener al honrado mentiroso.
Claro que hay que establecer una diferencia entre mentira" y "engaño".
"Mentira", viene del latín "mentiri", de "mentior": imaginar; de "mens", "mentis": imaginación; del sáncristo "mavis": inteligencia; de ",mnan", pensar.
"Engaño", viene, simplemente de "en-ganno , "ganno-en': sacar provecho.
Cuando al hombre se le acercan en la calle con el billete y le dicen que salió premiado con l0.000 pesos y que se lo dan por 500 Y el hombre saca los 500 y, se queda con el billete, bien que el verdadero ladrón, en realidad, sea el hombre, hay que reconocer qua fue el otro quien lo engañó.
Pero cuando nuestro viejo gaucho describe a la ponedora famosa --"un pasito, un güevito; un pasito., un pasito, un güevito"-- no hace más que, sin saberlo, anticipar el espectáculo que un día u otro obtendrán los doctores Turner y Reinecker, de la Universidad de Missouri, por el tratamiento de las aves de corral con la tiro proteína
El mentiroso romántico no debe figurar al lado de quien engaña a otro en propio provecho, porque el desinterés de su actitud lo pone a salvo de cualesquier imputaciones.
Ni puede calificársele de simple embustero --del griego "empodixoo": impedir, embaucar-- porque al disponer la posición de una actualidad para que se vislumbre desde ella un futuro, se jerarquiza en la tarea de fantasista.
Karl Gustav Jung, pese a no haber tenido la fortuna de conocer a nuestro gaucho, estudió, en sus "Tipos Psicológicos", este fenómeno auspicioso de la fantasía finalista.
Para su explicación finalista -dice- es la fantasía un símbolo que recurriendo a los materiales de que dispone, pretende caracterizar y aprehender un fin determinado, o, mejor, aún: una futura línea psicológica evolutiva determinada.
El mentiroso, pues, en función de “fantasista”, no sólo es un expositor, sino que es un creador y, aún, un educador toda vez que prescribe una futura línea de evolución.
Lo cierto, lo comprobado, lo dado, es, ya, antiguo.
Cuando el hombre dice que el te Chón de noche es pesado; que poniéndose entre corrientes de aire arrostra uno el riesgo de contraer una pulmonía --y pocas veces dice más-- está desperdiciando el sitio que le fue asignado para que ayudase desde él, y en la medida que le correspondía, a la salvación del destino unánime.
Porque solo le fue concedida al hombre una parte de lo que debe ser realmente, para que él se complete, luego, inventándose la parte que le falta.
La primera vez que se encontraron André Gide y Oscar Wilde, Gide inició la entrevista con una loca charla rutilante. Pero, de pronto, Wilde le detuvo para inquirirle:
-Todo eso que usted me está diciendo, ¿es cierto?
-¡Si, señor! Es cierto.
-Y entonces ... ¿para qué lo dice?
Hay que dejar en paz a lo que está, a lo visto, a lo dado. Y seguir.
Cuenta Felicien Challaye, el esteta, que un día en que el paisajista Theodore Rousseau pintaba un árbol en la hoz del bosque de Apremont, se le acercó un campesino y le preguntó:
-¿Que está haciendo el caballero?
-Estoy haciendo esa encina, -le repuso, con enfática condescendencia, Rousseau.
-¿Y para que, si ya está hecha ... ?
Teniendo en cuenta que lo cierto ya pasó; que, lo comprobado está viejo; que lo visto hasta ahora en el mundo no justifica de ninguna manera el mérito que se le ha venido dando al ojo ... ¡qué mentirosos --en el sentido que los pretendidos veraces asignan a su calificación de los que no se resignan serlo-- son todos los que dicen nada más que la verdad!
REFERENCIAS:
● Elogio de la mentira. En torno a una sociología de la mendacidad
IGNACIO MENDIOLA
● ANTONIO DYAZ
● http://hem.fyristorg.com/Rafael_Amen/DonClaudio/elogio.html
ESPAGUETIS Y TALIBANES
La lejanía de los talibanes hace que los empleemos como insulto sin muchos miramientos
Magí Camps |
Barcelona
Las dos palabras del título tienen en común que nos llegan de otros idiomas y que son plurales de plurales. La primera, italiana, forma el singular original spaghetto y el plural spaghetti. La segunda, persa, forma el singular talib y el plural taliban. En los dos casos, el uso que hacemos nosotros ha impuesto el plural original como singular (espagueti, talibán) y hemos añadido la ese para formar el plural (espaguetis, talibanes).
Estas dos palabras aún tienen en común una tercera cosa: se emplean como insultos. El primero es muy estadounidense y lo hemos aprendido en las películas cuando para referirse a una persona de origen italiano lo denominan espagueti. Es parecido a cuando a un alemán lo llamamos kartoffel (patata). Son apelativos que funcionan a partir de la sinécdoque, la parte por el todo: en este caso, la comida característica por la nacionalidad. No son forzosamente motes ofensivos, sólo depende del tono en que se digan, pero por pequeña que sea la intención, siempre esconden una brizna de xenofobia, de menosprecio hacia la persona de rasgos distintos a los nuestros, ya sea por el origen, la lengua o las costumbres.
El segundo insulto ha recorrido un largo trecho: desde el original árabe talib, que significa buscador de conocimiento, se emplea en las lenguas afganas con el sentido de estudiante de religión, y es en este país donde pasa a dar nombre a los "grupos de estudiantes radicales suníes que crearon una de las guerrillas que operaron en la guerra civil afgana", explica la Enciclopèdia.cat. Con los atentados del 11-S, el nombre con que se les conoce se extiende, llega a las lenguas occidentales y entra en los diccionarios como nombre común (en el DRAE y en el DIEC, por ejemplo). Y es entonces cuando se empieza a emplear como insulto. ¿La razón? El régimen de rigidez teocrática que los talibanes imponen en el país, que se traduce "en una persecución sin concesiones de cualquier forma de disidencia, la relegación de la mujer a una condición de subordinación total, la reglamentación estricta de la vida cotidiana y la eliminación de cualquier referencia no islámica".
Es una nueva versión del empleo de nazi como insulto, pero como geográficamente los talibanes quedan tan lejos, parece que se puede decir sin tantos miramientos. De hecho, algunos catalanes han sido calificados de talibanes. ¿Su manera de hacer se corresponde con la definición citada? ¿O es que quien descalifica así no ve la viga en su ojo? Francamente, según qué insultos no se deberían emplear tan a la ligera y, aún menos, por parte de personas públicas.
Leer más: http://www.lavanguardia.com/opinion/articulos/20121231/54358731834/magi-camps-espaguetis-y-talibanes.html#ixzz2GuL8i4wz
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Magí Camps |
Barcelona
Las dos palabras del título tienen en común que nos llegan de otros idiomas y que son plurales de plurales. La primera, italiana, forma el singular original spaghetto y el plural spaghetti. La segunda, persa, forma el singular talib y el plural taliban. En los dos casos, el uso que hacemos nosotros ha impuesto el plural original como singular (espagueti, talibán) y hemos añadido la ese para formar el plural (espaguetis, talibanes).
Estas dos palabras aún tienen en común una tercera cosa: se emplean como insultos. El primero es muy estadounidense y lo hemos aprendido en las películas cuando para referirse a una persona de origen italiano lo denominan espagueti. Es parecido a cuando a un alemán lo llamamos kartoffel (patata). Son apelativos que funcionan a partir de la sinécdoque, la parte por el todo: en este caso, la comida característica por la nacionalidad. No son forzosamente motes ofensivos, sólo depende del tono en que se digan, pero por pequeña que sea la intención, siempre esconden una brizna de xenofobia, de menosprecio hacia la persona de rasgos distintos a los nuestros, ya sea por el origen, la lengua o las costumbres.
El segundo insulto ha recorrido un largo trecho: desde el original árabe talib, que significa buscador de conocimiento, se emplea en las lenguas afganas con el sentido de estudiante de religión, y es en este país donde pasa a dar nombre a los "grupos de estudiantes radicales suníes que crearon una de las guerrillas que operaron en la guerra civil afgana", explica la Enciclopèdia.cat. Con los atentados del 11-S, el nombre con que se les conoce se extiende, llega a las lenguas occidentales y entra en los diccionarios como nombre común (en el DRAE y en el DIEC, por ejemplo). Y es entonces cuando se empieza a emplear como insulto. ¿La razón? El régimen de rigidez teocrática que los talibanes imponen en el país, que se traduce "en una persecución sin concesiones de cualquier forma de disidencia, la relegación de la mujer a una condición de subordinación total, la reglamentación estricta de la vida cotidiana y la eliminación de cualquier referencia no islámica".
Es una nueva versión del empleo de nazi como insulto, pero como geográficamente los talibanes quedan tan lejos, parece que se puede decir sin tantos miramientos. De hecho, algunos catalanes han sido calificados de talibanes. ¿Su manera de hacer se corresponde con la definición citada? ¿O es que quien descalifica así no ve la viga en su ojo? Francamente, según qué insultos no se deberían emplear tan a la ligera y, aún menos, por parte de personas públicas.
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LA LENGUA VIVA
La metáfora es la reina de la fiesta
Amando de Miguel
"Metáfora" podría ser el nombre de una empresa de mudanzas o de logística. Consiste en trasladar el significado de las palabras a otras imágenes con ellas relacionadas. Es un recurso que se emplea más bien en la lengua culta, y no digamos en la poética, pero también se encuentra en el lenguaje coloquial. Recordemos la cantidad de frases ingeniosas que siguen el formato de "más... que". Esa comparación dislocada es una metáfora; produce siempre agrado por ser producto del ingenio. En la prosa cotidiana echamos mano de metáforas ya consagradas, repetitivas, lo que puede llegar a producir cierto cansancio.
Las comparaciones funcionan a veces como frases hechas, que se repiten, pero que son agradables de oír por el ingenio que rezuman. Ejemplos: es más falso que un Judas de plástico, bebe más que los peces del villancico, es más parao que el caballo de un retratista, estás más liado que la pata de un romano, gastas menos que Tarzán en corbatas, es más hortera que bailar la música del telediario, estás más perdido que el carro de Manolo Escobar. La lista la extraigo de una monografía del lingüista Juan de Dios Luque, catedrático de Málaga. Debe reconocerse que las comparaciones del lenguaje coloquial de los andaluces suelen ser especialmente dislocadas. Son una mezcla de barroquismo y de una cierta estética surrealista.
Una fuente muy solicitada de metáforas es el mundo arquitectónico, tenido por muy técnico, lo que da un gran prestigio a la comparación. Esta es una lista de palabras típicas de los arquitectos que sirven muy bien para espolvorearlas en las frases coloquiales: pilares, estructura, cúpula, granito de arena, construir, base, diseño. Sirven muy bien para los discursos políticos.
Otro hontanar de expresiones resonantes es el que se relaciona con la anatomía del cuerpo humano. Sirve para conferir un gran dramatismo a la conversación. Veamos: a flor de piel, respirar por la herida, tener el corazón en un puño, hacer de tripas corazón, comer el coco, arder a uno la cabeza, con el corazón en la boca, encogerse a uno el corazón, sin pelos en la lengua, ser un hombre de pelo en pecho, ponérselos (los dídimos) de corbata, caerse a uno el alma a los pies, tener uno un morro que se lo pisa, sacar pecho, no dar su brazo a torcer, abrírsele a uno la cabeza (de dolor o precocupaciones).
Hay más fuentes de metáforas consagradas. Se trata casi siempre de buscar imágenes que acarreen un cierto prestigio por ser técnicas o por ser exageradas. El repertorio náutico sirve muy bien para ese propósito. Aquí la lista resultaría interminable. Valga una muestra: línea de flotación, carga de profundidad, contra viento y marea, deriva, calado, golpe de timón, aviso a los navegantes, navegar por la internet, tirar por la borda, llegar a buen puerto. El prestigio del mundo náutico se manifiesta en algunos indicadores: la elegancia de los cruceros de placer (aunque sean en un paquebote multitudinario), el traje de marinero de la primera comunión, la chaqueta de sport con botones de ancla, el estatus de tener un barco. En esos casos la metáfora se convierte en realidad, en ostentación.
FUENTE: http://www.libertaddigital.com/opinion/amando-de-miguel/la-metafora-es-la-reina-de-la-fiesta-66948/
DIÁLOGOS DEL ALMA
Por Sergio Sinay | Para LA NACION – Buenos Aires
Mail: sergiosinay@gmail.com |
Senhor Sinay: Me assombra a carência de valores que vejo ao redor. Me indigna e me faz sentir impotente.
Se podem contagiar bons exemplos e gerar uma mudança?
Germán Barrabia
RE:
Os bons exemplos melhoram a atmosfera na que convivemos, oferecem opções, porém não operam
magicamente.
O ser humano é um agente moral além de sua vontade. Isto significa que obra sempre sobre a base
de valores, embora não necessariamente respeitando-os nem enobrecendo-os.
É a única criatura que pode escolher como viver, como assinala em Que é bom? Anthony Clifford
Grayling, filósofo inglês, secretário da Sociedade Aristotélica e membro da Real Academia de Literatura.
A razão nos concede liberdade já que só quem razoa escolhe, e a liberdade não consiste em se ver
livre de obstáculos, senão em contar com a faculdade (humana) de optar por um curso de ação ou por
uma atitude ante cada situação que a vida nos apresenta.
Incluso quando parece não haver opção, queda uma eleição: com que atitude afrontar essa circunstância.
Não há escape da liberdade.
Se, só a razão nos levará a atuar moralmente, haveria um certo determinismo que negaria a liberdade.
A equação é razão mais liberdade. A moral pranteia a pergunta: que devo fazer?
A ética, a sua vez, desprega o interrogante: que escolho fazer?
Em ambos os casos há razoamento e uma eleição livre. A ética de alguns vai contra os valores morais.
Escolhem, por exemplo, ignorar a corrupção geral em troca de que se lhes conceda sua própria
corruptela cotidiana.
Quando esse tipo de ética se instala na sociedade, os valores são negociáveis e a moral é corroída.
Como observa nosso amigo Germán, o raciocínio e o nível cultural ou social não são antídotos contra
este mal.
Há uma eleição livre e individual sobre a que mais tarde ou mais cedo (as vezes de maneiras
inesperadas, misteriosas ou curiosas) haverá que responder. A troca neste caso consiste em não trocar e em se obstinar em atuar moralmente.
É um bom destino para a indignação.
Diálogos del alma
Señor Sinay: Me asombra la carencia de valores que veo alrededor. Me indigna y me hace sentir impotente. ¿Se pueden contagiar buenos ejemplos y generar un cambio?
Germán Barrabia
RE:
Los buenos ejemplos mejoran la atmósfera en la que convivimos, ofrecen opciones, pero no operan mágicamente. El ser humano es un agente moral más allá de su voluntad. Esto significa que obra siempre sobre la base de valores, aunque no necesariamente respetándolos ni ennobleciéndolos. Es la única criatura que puede elegir cómo vivir, como señala en ¿Qué es bueno? Anthony Clifford Grayling, filósofo inglés, secretario de la Sociedad Aristotélica y miembro de la Real Academia de Literatura. La razón nos concede libertad ya que sólo quien razona elige, y la libertad no consiste en verse libre de obstáculos, sino en contar con la facultad (humana) de optar por un curso de acción o por una actitud ante cada situación que la vida nos presenta. Incluso cuando parece no haber opción, queda una elección: con qué actitud afrontar esa circunstancia. No hay escape de la libertad.
Si la sola razón nos llevara a actuar moralmente, habría un cierto determinismo que negaría la libertad. La ecuación es razón más libertad. La moral plantea la pregunta: ¿qué debo hacer? La ética, a su vez, despliega el interrogante: ¿qué elijo hacer? En ambos casos hay razonamiento y una elección libre. La ética de algunos va contra los valores morales. Eligen, por ejemplo, ignorar la corrupción general a cambio de que se les conceda su propia corruptela cotidiana. Cuando ese tipo de ética se instala en la sociedad, los valores son negociables y la moral es corroída. Como observa nuestro amigo Germán, el raciocinio y el nivel cultural o social no son antídotos contra este mal. Hay una elección libre e individual sobre la que más tarde o más temprano (a veces de maneras inesperadas, misteriosas o curiosas) habrá que responder. El cambio en este caso consiste en no cambiar y en empecinarse en actuar moralmente. Es un buen destino para la indignación..
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Lo apropiado habría sido decir «El préstamo de hasta 100.000 millones de euros para sanear las entidades financieras lleva aparejados unos condicionantes muy estrictos» o «La entrada en vigor del Real Decreto-Ley […] lleva aparejada la puesta en marcha…».
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